Carta a los obreros norteamericanos

Chapter 2

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La venal prensa burguesa puede gritar a los cuatro vientos siempre que nuestra revolución incurra en una falta. No tenemos miedo a nuestras faltas. Los hombres no se han vuelto santos por el hecho de que haya comenzado la revolución. Las clases trabajadoras, oprimidas y engañadas durante siglos, condenadas a vivir por fuerza en la miseria, en la ignorancia y el embrutecimiento, no pueden hacer la revolución sin incurrir en faltas. Y, como ya he dicho en otra ocasión, no se puede meter en un ataúd y enterrar el cadáver de la sociedad burguesa. El capitalismo muerto se pudre, se descompone entre nosotros, infestando el aire con sus miasmas, emponzoñando nuestra vida y envolviendo lo nuevo, lo fresco, lo joven, lo vivo con miles de hilos y nexos de lo viejo, de lo podrido, de lo muerto. Por cada cien faltas nuestras, proclamadas a los cuatro vientos por la burguesía y sus lacayos (incluidos nuestros mencheviques y eseristas de derecha), hay 10.000 hechos grandes y heroicos, tanto más grandes y tanto más heroicos porque son hechos sencillos, imperceptibles, ocultos en la vida diaria del barrio fabril o de la aldea perdida, y son realizados por hombres que no tienen la costumbre (ni la posibilidad) de proclamar al mundo entero cada uno de sus éxitos.

Pero incluso si fuera al revés -aunque sé que es erróneo suponerlo-, incluso si por cada cien aciertos nuestros hubiera diez mil yerros, aun así nuestra revolución sería, y lo será ante la historia universal, grande e invencible; pues por primera vez no es una minoría, no son sólo los ricos, no son únicamente los instruidos, sino la verdadera masa, la inmensa mayoría de los trabajadores quienes crean por sí mismos una vida nueva, quienes resuelven con su propia experiencia los dificilísimos problemas de la organización socialista.

Cualquier falta cometida en semejante trabajo, en ese trabajo tan concienzudo y sincero que decenas de millones de sencillos obreros y campesinos llevan a cabo para reorganizar toda su vida; cada una de esas faltas vale por miles y millones de éxitos "infalibles" de la minoría explotadora, de éxitos obtenidos en la obra de engañar y estafar a los trabajadores. Pues sólo a través de esas faltas aprenderán los obreros y campesinos a crear una vida nueva, aprenderán a prescindir de los capitalistas; sólo así se abrirán camino, a través de miles de obstáculos, hacia el socialismo victorioso.

Cometen faltas en su trabajo revolucionario nuestros campesinos, que de un solo golpe, en una sola noche, la del 25 al 26 de octubre (según el viejo calendario) de 1917, suprimieron por completo la propiedad privada de la tierra y ahora, un mes tras otro, venciendo inmensas dificultades, corrigiéndose a sí mismos, cumplen en la práctica la dificilísima tarea de organizar nuevas condiciones de economía, de luchar contra los kulaks, de asegurar que la tierra sea para los trabajadores (y no para los ricachones), de pasar a la gran agricultura comunista.

Cometen faltas en su trabajo revolucionario nuestros obreros, que han nacionalizado ahora, en el curso de unos meses, casi todas las fábricas y empresas más importantes y que, en el duro trabajo de cada día, aprenden por vez primera a administrar ramas enteras de la industria, hacen funcionar las empresas nacionalizadas, venciendo la resistencia enconada de la rutina, del espíritu pequeñoburgués, del egoísmo; ponen, piedra sobre piedra, los cimientos de nuevas relaciones sociales, de una nueva disciplina laboral, y de una nueva autoridad de los sindicatos obreros respecto a sus afiliados.

Cometen faltas en su trabajo revolucionario nuestros Soviets, creados ya en 1905 por un potente auge de las masas. Los Soviets de obreros y campesinos representan un nuevo tipo de Estado, un tipo nuevo y superior de democracia; son la forma de la dictadura del proletariado, el medio de gobernar el Estado sin burguesía y contra la burguesía. Por primera vez la democracia sirve aquí a las masas, a los trabajadores, dejando de ser una democracia para los ricos, como sigue siendo la democracia en todas las repúblicas burguesas, incluso en las más democráticas. Por primera vez las masas populares resuelven a escala de un centenar de millones de personas el problema de dar cuerpo a la dictadura de los proletarios y los semiproletarios, un problema que, de no resolverse, no da pie ni para hablar siquiera de socialismo.

Los pedantes o las personas henchidas sin remedio de prejuicios democráticos burgueses o parlamentarios pueden extrañarse de nuestros Soviets de diputados, alegando, por ejemplo, la falta de elecciones directas. Esa gente no ha olvidado ni ha aprendido nada durante las grandes conmociones de 1914-1918. La unión de la dictadura del proletariado y de la nueva democracia para los trabajadores, de la guerra civil y la más amplia incorporación de las masas a la política, no se obtiene de golpe y porrazo ni encaja en las formas trilladas de la rutinaria democracia parlamentaria. Lo que se yergue en esbozo a nuestra vista, como República de los Soviets, es un mundo nuevo, el mundo del socialismo. Y no debe extrañar que ese mundo no nazca ya hecho, no surja de improviso como Minerva de la cabeza de Júpiter.

En tanto que las viejas constituciones democráticas burguesas exaltaban, por ejemplo, la igualdad formal y el derecho de reunión, nuestra Constitución soviética, proletaria y campesina, rechaza la hipocresía de la igualdad formal. Cuando los republicanos burgueses derribaban tronos, no se preocupaban de la igualdad formal de los monárquicos con los republicanos. Cuando se trata de derrocar a la burguesía, sólo los traidores o los idiotas pueden reclamar la igualdad formal de derechos para la burguesía. Bien poco vale la "libertad de reunión" para los obreros y campesinos cuando los mejores edificios están en poder de la burguesía. Nuestros Soviets han arrebatado a los ricos todos los buenos edificios de la ciudad y del campo, entregándoselos totalmente a los obreros y campesinos para uso de sus asociaciones y asambleas. ¡Esa es nuestra libertad de reunión para los trabajadores! ¡Ese es el sentido y el contenido de nuestra Constitución soviética, de nuestra Constitución socialista!

Y por eso todos estamos tan seguros de que nuestra República de los Soviets, cualesquiera que sean los reveses por los que aún haya de pasar, es invencible.

Es invencible porque cada golpe del furioso imperialismo, cada derrota que nos inflige la burguesía internacional alza a la lucha a nuevos y nuevos sectores de obreros y campesinos, los instruye al precio de los mayores sacrificios, los templa y despierta en ellos un nuevo heroísmo de masas.

Sabemos, camaradas obreros norteamericanos, que vuestra ayuda aún tarde tal vez en llegar, pues el desarrollo de la revolución en los diversos países se produce en formas distintas, a ritmo diferente (y no puede producirse de otro modo). Sabemos que la revolución proletaria europea puede no estallar en las próximas semanas, por rápida que sea en este último tiempo su maduración. Contamos con que la revolución mundial es ineludible, pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que cifremos nuestras esperanzas como unos simples en la indefectibilidad de la revolución a plazo breve y determinado. Hemos visto en nuestro país dos grandes revoluciones, la de 1905 y la de 1917, y sabemos que las revoluciones no se hacen por encargo ni por convenios. Sabemos que las circunstancias han puesto en vanguardia a nuestro destacamento, al destacamento de Rusia del proletariado socialista, y no a causa de nuestros méritos, sino a causa del atraso particular de Rusia, y que hasta que estalle la revolución mundial son posibles derrotas de algunas revoluciones. A pesar de ello, sabemos a ciencia cierta que somos invencibles, ya que la humanidad no se doblegará ante la matanza imperialista, sino que acabará con ella. Y el primer país que ha roto los grilletes de la guerra imperialista ha sido el nuestro. Hemos hecho los mayores sacrificios en la lucha por destruir esos grilletes, pero los hemos roto. Estamos libres de ataduras imperialistas y hemos enarbolado ante el mundo entero la bandera de la lucha por el derrocamiento completo del imperialismo.

Nos encontramos como si estuviéramos en una fortaleza sitiada en tanto no nos llegue la ayuda de otros destacamentos de la revolución socialista mundial. Pero esos destacamentos existen, son más numerosos que los nuestros, maduran, crecen y se fortalecen a medida que se prolongan las ferocidades del imperialismo. Los obreros rompen con sus socialtraidores: los Gompers, los Henderson, los Renaudel, los Scheidemann y los Renner. Los obreros marchan con paso lento, pero firme, hacia la táctica comunista, bolchevique, hacia la revolución proletaria, la única que puede salvar la cultura y la humanidad del hundimiento definitivo.

En pocas palabras, somos invencibles, pues invencible es la revolución proletaria mundial.

N. Lenin.

20 de agosto de 1918.

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