Carta a los españoles de la Princesa de Beira

Chapter 3

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Pero de tal manera enlazado, que los deberes de los unos dicen relación a los derechos de los otros, y los derechos de estos imponen deberes a aquellos. Pero como Dios es el Señor absoluto, El es también quien impone el deber y la obligación a los unos y a los otros, de manera que respecto de Dios, Reyes y súbditos son iguales, es decir, igualmente siervos del mismo Señor. Y son deberes de conciencia, porque Dios es Señor, Criador, Padre, a quien todos debemos obedecer, sin que en esta obediencia haya nada que degrade ni al Rey ni al súbdito, antes bien mucho que lo eleve y engrandezca, siendo cosa nobilísima servir a un Dios de infinita majestad, y cosa justísima y santísima obedecer a nuestro común Padre Celestial. Según esta nuestra doctrina católica, los súbditos miran a sus Reyes y demás autoridades legítimas como a representantes de Dios en la tierra, puesto que, “de Dios viene toda autoridad, como también toda Paternidad”; y las autoridades legítimas miran recíprocamente a sus súbditos como a hijos de Dios y como a hermanos, llamados todos a la participación de la misma herencia celestial. Por consiguiente, según nuestros principios, los súbditos no obedecen jamás ni en lo espiritual ni en lo temporal a un hombre, obedecen únicamente a Dios o al hombre por Dios; ni las leyes ni las autoridades legítimas mandan puramente como hombres, sino como representantes de Dios. Esta teoría católica no sólo es conforme a la recta razón, sino también noble y magnífica; pues en lugar de rebajar al Rey y al súbdito los engrandece admirablemente.

Al contrario, según los principios del liberalismo, todo es pequeñez y bajeza. Para que haya sociedad ordenada es necesario que haya sumisión y obediencia; mas esta obediencia en el liberalismo no puede existir o es sola obediencia de esclavos; es la obediencia de un hombre a otro hombre y una obediencia forzada porque los liberales son todos autónomos y soberanos; por consiguiente, iguales e independientes. Si obedecen, pues, a las autoridades, si observan las leyes emanadas de esas autoridades, no pueden obedecer sino haciendo violencia a sus mismos principios. Pero como nada ilógico y violento es durable, los liberales, consiguientes con sus principios, proclaman el derecho de rebelión, y, para los mismos, toda autoridad es despotismo o tiranía. De aquí donde se sigue naturalmente que haya cada día un motín y cada año una revolución, y los que esto proclaman y esto hacen, lógicamente tienen razón, porque obran según los principios de las mismas autoridades contra los cuales se rebelan.

Además no hay cosa sobre la cual haya discutido, o mejor diré, aunque con expresión vulgar, sobre la cual haya charlado tanto el liberalismo como sobre el absolutismo de los Reyes por la gracia de Dios; y, sin embargo, según nuestros principios monárquico-religiosos, un Rey católico no puede ser propiamente absoluto.

Su poder, primeramente, está limitado por todos sus deberes para con el Señor Supremo, y por sus deberes para con sus súbditos. En segundo lugar, tienen una limitación general que abraza mil y mil casos particulares, pues antes que Rey es padre de los pueblos que Dios le ha confiado, y como Rey y como padre debe querer todo el bien posible a su pueblo y alejar de él, en lo posible, todo el mal. Es decir, que en este caso sería un poder absoluto para el bien y un poder nulo para todo lo malo. No es esto sólo, sino que, debiendo ser, como es nuestra España, Rey católico y el primero, digámoslo así, de entre los católicos, está obligado a seguir los preceptos del Evangelio y a observar las leyes de la Iglesia respecto de la cual es hijo y súbdito. Ahora bien, estas mismas leyes divinas y eclesiásticas pondrán también ciertos límites a su poder, debiendo, so pena de dejar de ser católico, respetar los derechos que Dios mismo ha conferido inmediatamente a su Iglesia. En fin, los fueros y privilegios de varias provincias coartaron siempre más o menos el poder absoluto de nuestros Reyes, de manera que apenas hubo Rey en Europa que fuera menos absoluto que los Reyes de la España católica.

Y bien entendido que paso en silencio nuestras Cortes, que no sólo no fueron abrogadas, sino que las hubo hasta mi abuelo Carlos IV; y hubieran continuado si no hubiese invadido a nuestra Patria el liberalismo extranjero.

Paso, pues, en silencio nuestras Cortes porque se me puede responder que, siendo solamente consultivas, no limitaban el poder real. Sin embargo, leyendo imparcialmente nuestra historia, se ve que ellas ponían ciertos límites al poder absoluto. Aquella fórmula “obedézcase y no se cumpla” de que no rara vez se sirvieron nuestros Consejos con respecto a ciertos decretos o providencias reales cuando éstas contenían alguna cosa contraria a lo decretado en Cortes, o contra los fueros y privilegios de provincias y ciudades, demuestra evidentemente que las decisiones de las Cortes ponían también ciertos límites al poder absoluto de los Reyes.

Y obsérvese bien que aquellas palabras “obedézcase y no se cumpla” no fueron una pretensión orgullosa de nuestro Consejo, sino que, cosa singularísima que acaso no se halle en ninguna otra nación de Europa, son una ley hecha por el Rey Don Juan I, en las Cortes de Burgos, en 1379. Y lo mismo en otros términos fue dispuesto más tarde por Felipe V, el cual “no deseando, dice, más que el acierto, cargaba la conciencia de los consejeros de Castilla si no llegaban hasta a replicar contra sus reales disposiciones cuando no las hallaban conformes a justicia” (Ley 5, lib. IV, tit. IX, Novis. Recopil.) Concluyo, pues, que nuestros Reyes, por la gracia de Dios, no fueron jamás absolutos, en el sentido que el liberalismo da a esta palabra.

Al contrario, el liberalismo, siguiendo sus principios, no sólo es absoluto, sino despótico, sino tiránico. El liberalismo es puro absolutismo porque se atribuye a sí un poder que no le viene de Dios, de quien prescinde, no del pueblo soberano, porque a éste no se le concede sino el vano y ridículo derecho de depositar una boleta en una urna electoral; derecho que se hace nulo por las mil intrigas, amaños, promesas, amenazas y a la vez golpes y heridas en las elecciones. Después de esto el liberalismo se arroga poderes absolutos, pues en las cámaras la minoría queda anulada por la suma mayor, es decir, por la fuerza; y la mayoría misma pende como niño del labio de un ministro responsable y, por esto, omnipotente. Por igual razón el liberalismo es siempre despótico; porque la mayoría, pendiente de un ministro omnipotente, impone su voluntad a millones de voluntades, que por ser el mayor número tendrían más derecho de mandar y de gobernar que el ministro todopoderoso que les impone la ley. Además, el liberalismo es despótico porque, desprestigiando toda autoridad y desencadenando las pasiones como hace siempre en todas partes, en último resultado no queda elección sino entre la anarquía o la dictadura militar; dictadura que ha sido, de hecho, el Gobierno de España desde hace treinta años hasta el día. Por fin, el liberalismo principió generalmente en todas partes por ser tiránico, imponiendo leyes inicuas. De una plumada arrojó de España a unos 20.000 religiosos de sus conventos, obligándoles a expatriarse o a morir de hambre. De otra plumada despojó a la Iglesia católica de todos sus bienes, incluyendo en esa expoliación el patrimonio de las vírgenes consagradas a Dios. Lo mismo está haciendo ahora el liberalismo en Italia, y lo ha hecho antes en otras partes. Por todo lo cual se ve que el liberalismo moderno es por esencia absolutista, despótico y a la vez tirano; mientras que los Reyes católicos no pueden serlo sino por excepción de la regla y faltando a sus propios principios. Y ¿por qué? Porque nosotros, confesando que todo el poder viene de Dios y que los derechos y deberes de los Reyes y de los súbditos tienen origen divino, no reconocemos más Rey absoluto que Dios, de quien todos dependemos; en lugar de esto, el liberalismo, proclamando la libertad e independencia de la razón con la soberanía nacional, queriendo, sin embargo, gobernar, tiene que echar mano de la fuerza bruta o de la dictadura.

Pero nosotros no queremos solamente Reyes por la gracia de Dios, sino también Rey legítimo; pues sin esto no hay seguridad, no hay paz posible, especialmente en nuestros tiempos; hay, al contrario, por la necesidad de las cosas y por culpa de las pasiones humanas, mil trastornos y calamidades para las naciones. La guerra de sucesión sobrevino a la muerte de Carlos II, y tuvo en combustión por muchos años no sólo a la España, sino a la Europa entera. Las incertidumbres del Rey electivo trajeron al fin la ruina de la noble nación polaca, la cual, después de casi un siglo, todavía se levanta convulsivamente contra la mano que la subyuga. Y por no citar otros ejemplos, la legitimidad de mi amado e inolvidable esposo Carlos V era reconocida por casi todos los soberanos de la Europa; no la negaron jamás los liberales en sus conversaciones privadas; la confesaron, tal vez, públicamente en las cámaras; pero ¿cuál fue el resultado de no haberla respetado? Primero, una guerra civil de siete años, luego, veinticuatro años de motines y revoluciones liberales, la dilapidación de los bienes y de los tesoros de la nación, una deuda espantosa, un trastorno universal en las leyes, una grande perversión de costumbres, y una increíble confusión de ideas en todas las cosas. Y el caso es que, concluida materialmente la guerra, siguió ésta y sigue aún en los ánimos, ni es posible que concluya sino volviendo al principio de la legitimidad. El trono vacila desde la muerte de Fernando VII porque, sentado sobre falso fundamento, está siempre bamboleándose; y vacilando el trono es necesario que haya incertidumbre en todo; no se puede prever hoy lo que será mañana, porque los principios liberales tienen socavados sus cimientos. La existencia misma del Trono ha sido varias veces puesta en discusión no sólo en las calles y barricadas, sino también en las cámaras mismas; y en verdad (digan lo que quieran los liberales que se agarran al Trono de Isabel como a tabla de salvación), existiendo ese Trono únicamente por gracia de la soberanía nacional, igual razón tienen los socialistas de Loja y los puechetas de Madrid que lo combaten, que los vicalvaristas u otros que le defienden. Y así mañana algunos otros por creerlo útil a sus miras y teniendo medios, quieren sustituir a mi sobrina Isabel por un Coburgo o un Napoleón, o bien un general cualquiera, también tendrían razón, sin apartarse un ápice de los principios del liberalismo.

Todo está en que llegue a ser un hecho consumado. Por último, si viendo en España la anarquía en permanencia, algunos potentados de Europa se conciertan entre sí para repartirse la España, todo sería debido al liberalismo, que consigo trajo la división y la ruina. Pero no, ¡gracias a Dios! Porque todavía se halla en pie y unido el gran partido monárquico-religioso, que siguiendo la sagrada divisa Religión, Patria y Rey, sabrá con su constancia y proverbial heroicidad salvar a la España. Escrita está ya nuestra divisa; levantado está el estandarte real. Carlos VII es nuestro caudillo, y llegado el momento de la lucha, no dudo que muchos de los liberales que hoy nos combaten como si fuésemos (que no lo somos) enemigos, nos abrazarán como hermanos, y lejos de envidiar nuestra gloria, participarán de ella, tomando parte en nuestros combates. En ellos late todavía un corazón español, pura sangre española circula por sus venas. Es, pues, consiguiente en los liberales de hoy haya mañana bastante generosidad de ánimo para sobreponerse a todo respeto humano, y al mezquino interés de partido, y para alistarse bajo nuestra bandera. Treinta años empleados en puros y vanos experimentos, con infinitos daños para la nación, han debido bastar para convencerlos a todos de que, no volviendo a nuestra divisa Religión, Patria y Rey, corremos a paso de gigante a nuestra completa ruina. A su sombra triunfaremos, y entonces haremos ver que, partiendo de la inquebrantable base de nuestra divisa en el sentido expuesto, puede establecerse en España una verdadera y sólida libertad individual y doméstica, civil y política, junto con el orden, la paz y la seguridad. Entonces haremos ver que no necesitamos mendigar ni constituciones, ni leyes, ni libertades extrañas, y que dentro del anchuroso espacio de nuestra divisa cabe todo progreso en las artes, en las ciencias, en el comercio, en la industria; que podemos vivir con vida propia e independiente; que, en fin, sin vanidad, podemos aún ser grandes entre los grandes, sin abajarnos a recibir la ley de nadie.

Estos nuestros principios monárquico-religiosos son en algún modo para nosotros lo que el alma es para el cuerpo: son toda nuestra vida doméstica, civil y política; son toda nuestra historia, son nuestra ley suprema, son nuestro honor y nuestra gloria nacional. Por consiguiente, abandonarlos por adoptar principios liberales extranjeros es como desnaturalizarnos. En las naciones, como en los individuos, hay sus diferencias de temperamento y de organización; y lo que conviene a estos no conviene a los otros. Ténganse allá otras naciones sus constituciones, sus leyes y sus costumbres y no pretendan neciamente plantar y hacer fructificar igualmente la misma planta en diferentes climas, pues en éste morirá lo que en otro prospere. La planta de nuestra nacionalidad tiene aquellas tres profundas raíces: Religión, Patria y Rey; y si a éstas queremos sustituir las contenidas en la fementida fórmula francmasónica: libertad, igualdad, fraternidad, entonces no mejoramos la planta, sino que la destruimos.

Aquí tenéis, pues, ¡oh españoles! mi parecer sobre las preguntas que me hicisteis; no sé si he respondido tan cumplidamente como podíais desearlo, pero he tratado de hacerlo. Si en algo falté, suplidlo vosotros con vuestra voluntad y con vuestra indulgencia. Como habéis visto, procuré no herir a nadie, porque, por una parte, no combato a los liberales, sino al liberalismo; no al errante, sino al error; y, por otra parte, debo confesaros que, gracias a Dios, en mi corazón caben todos los españoles. Mi vida fue una casi no interrumpida tribulación, porque defendí los principios que acabo de exponer, y esto debe ser una garantía para todos los españoles, de que si me engaño en algo, a lo menos hablo con plena convicción, y aun cuando me engañare, nadie puede negarme el respeto debido a una convicción acrisolada en el fuego de las tribulaciones, y a una constancia a prueba de toda especie de infortunios y de privaciones. No me avergüenzo de decirlo: pobre salí de España; pobre y de limosna voy viviendo hace treinta años, y probablemente pobre moriré; porque la revolución me ha negado hasta el pan que en dote me legaron mis queridos padres.

Entre tanto, sintiendo que ya por el peso de mis años, ya por mi quebrantada salud, acaso no me será concedida la gracia de ver realizados mis vivos deseos del bien y felicidad de mis amados españoles, he querido, respondiendo a vuestras preguntas, dejaros consignada en esta larga carta mi voluntad, que es mi testamento.

Soy vuestra siempre,

Baden, cerca de Viena, 25 de septiembre de 1864.

Fuente Ferrer, Melchor: Historia del Tradicionalismo Español, tomo XXII. Páginas 233-253.

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