Carta a los españoles de la Princesa de Beira

Chapter 2

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Pero aquel absurdo principio de que “el Estado es fuente y origen de todos los derechos” le parece al liberalismo necesario para sus fines; pues que, ya siga a los adocenados regalistas, ya se deje llevar de su instinto absolutista, lo cierto es que en medio de tanta libertad como promete, el liberalismo hace todo lo posible para que sólo la Iglesia Católica sea esclava, pretendiendo que sólo ella, cual si fuese niño de menor edad, esté bajo la tutoría del Estado; que el Estado reciba sus derechos; y que el Estado puede y debe contener a la Iglesia católica dentro de ciertos límites que no deben extenderse más allá del pórtico y la sacristía. He aquí por qué el Sumo Pontífice, con los Obispos, levantan la voz y anatematizan dichos principios por estas palabras: ”En verdad, no se avergüenzan de afirmar que la Iglesia no es una sociedad verdadera y perfecta, y enteramente libre; que no goza de propios y constantes derechos, que le hayan sido concedidos por su Divino Fundador; sino que es propio del poder civil el definir cuáles sean los derechos de la Iglesia y los límites dentro de los cuales pueda usar de sus derechos. De donde perversamente concluyen que la potestad civil puede mezclarse en las cosas tocantes a la religión, a las costumbres y al régimen espiritual; como también impedir que los sagrados ministros y los fieles puedan comunicar recíproca y libremente con el Romano Pontífice, constituido por Dios, Pastor supremo de toda la Iglesia… Y sirviéndose de toda especie de falacias y engaños no temen andar publicando en el pueblo que los sagrados ministros de la Iglesia y el Romano Pontífice deben ser absolutamente privados de todo derecho y dominio temporal”. ¿Qué más? El liberalismo, según su principio esencial de autonomía, no reconoce ninguna clase de deberes y obligaciones propiamente dichos; y por eso los liberales, en su jerga liberalesca, no hablan jamás sino de derechos, no admitiendo sino ciertos deberes sociales o un proceder exterior conforme a la llamada legalidad. Y por la misma razón que no admiten deberes de conciencia, porque prescinden de Dios y de todo derecho divino, tampoco admiten delitos ni crímenes sino puramente legales, y menos, delitos políticos. Por eso en sus códigos penales reducen el castigo a puras correcciones disciplinarias, para dar satisfacción, no a Dios, al hombre o a la sociedad, sino sólo a la Majestad de la ley ofendida. Por eso el Sumo Pontífice, con los Obispos, condenan toda esa teoría que los revolucionarios formulan en estas pocas palabras: “Que todos los deberes de los hombres son un nombre vano.”

Pero se ha observado en todas las naciones, que los adeptos del liberalismo, generalmente hablando, colocaban su felicidad suprema en los intereses materiales, y en los placeres y comodidades de la vida, ansiando enriquecerse a toda costa y sin reparar en los medios para procurarse de este modo la mayor suma posible de comodidades y de felicidades. Así es que los bienes de la Iglesia Católica pasaron enteramente de las manos muertas a las manos vivas del liberalismo.

De este modo aquellos bienes, que eran en realidad del gran patrimonio del pueblo, de los pobres, de los hospitales, de las casas de beneficencia; que eran los fondos de la enseñanza gratuita y el recurso de los talentos privilegiados que carecían de fortuna; todos estos bienes, digo, son ahora el rico patrimonio de algunos centenares de liberales poderosos. De consiguiente, era natural que el Sumo Pontífice y los Obispos, defensores natos de los pobres, condenasen esos principios y esas tendencias materialistas y sensuales, como lo hacen en los términos siguientes: “Y hacen consistir toda la disciplina y honestidad de costumbres en aumentar y amontonar riquezas por cualquier modo que sea, y en satisfacer a todos los perversos apetitos. Y con estos nefandos y abominables principios sostienen, alimentan y exaltan el réprobo sentido de la carne, rebelde al espíritu, atribuyéndole dotes naturales y derechos que dicen ser conculcados por la doctrina católica.”

Nada, por otra parte más común en el liberalismo que el exaltar las fuerzas naturales de la razón humana y el deprimir al mismo tiempo la revelación y la doctrina católica, pretendiendo que la revelación, siendo imperfecta, está sujeta a un progreso continuo e indefinido, y que sin esto es incompatible con los adelantos de la razón humana, con la civilización y las luces del siglo. Esto encarecen todos los días los periódicos liberales en toda la Europa, llamando a los católicos, que sienten lo contrario, oscurantistas, retrógrados e ignorantes.

Mas la Iglesia Católica, maestra infalible de verdad, reprueba tales errores diciendo: “Además, no dudan afirmar con sumo descaro que la divina revelación es imperfecta; que por esto está sujeta a un continuo e indefinido progreso que corresponda a los progresos de la razón humana, y que la divina revelación no sólo no es útil, sino que es dañosa a la perfección del hombre.” Y, sin embargo, ¿quién lo dijera?, la pobre razón de los liberales renegando, especialmente desde hace un siglo, de la revelación divina, retrocedió hasta el error más craso, más antirracional, más inmoral que vieron los siglos, pues vino a dar de nuevo en el panteísmo antiguo, “que confunde a Dios con la universidad de las cosas; que hace de todas las cosas Dios; que confunde la materia con el espíritu; la necesidad con la libertad; lo verdadero con lo falso; lo bueno con lo malo; lo justo con lo injusto.”

Nada ciertamente más insensato, nada más impío, nada más repugnante a la misma razón, como se expresa el Sumo Pontífice con todos los Obispos católicos. Ya se ve; los liberales exaltaron tanto la razón humana, que creyeron conveniente endiosarla para darse a sí mismos autoridad y poder, mientras eliminaban a Dios de la sociedad, porque renegando del Dios verdadero era consiguiente que surgiesen dioses falsos a millares. De manera que renegar de Dios y endiosar la razón es lo sumo del progreso liberal y el término de la autonomía, la cual en su esencia es puro ateísmo, porque en último análisis implica ser uno autónomo, y no ser Dios. En vista, pues, de este fatal progreso del liberalismo, los católicos nos gloriamos de ser oscurantistas retrógrados.

¿Y qué diré de la opinión pública que el liberalismo moderno coronó neciamente por reina del mundo? ¿Qué cosa más insensata que poner como fundamento de un Estado, de sus leyes, de su Gobierno, el mero fantasma de la opinión pública? Y digo mero fantasma porque esa opinión pública no existió ni existirá jamás; pues tratándose de puras opiniones es incontestable aquel proverbio que dijo: ”Cuantas son las cabezas, otros tantos son los pareceres.” Y siendo así, ¿quién hizo o podrá hacer jamás que millones de opiniones distintas o del todo contrarias formen una opinión pública que se pueda decir universal y una? Nadie, absolutamente nadie. Solamente la verdad es una y capaz de unir en un sólo y unánime sentimiento a millones de hombres. Si yo propongo esa verdad: “los hijos deben respeto, obediencia y amor a sus padres”, la veré aceptada unánimemente por todos los hombres, no sólo del mundo civilizado, sino también de los pueblos bárbaros. Pero si en lugar de esa u otra verdad propongo una cosa que sea pura opinión, cada hombre se irá por su lado, y los liberales mismos serían los primeros, como autónomos, en decir que la opinión es libre. Solamente la verdad liga y une los entendimientos, porque es su alimento y su vida; y sólo ella es capaz de formar, no opinión, sino sentimiento que sea universal y uno. La pura opinión deja libre al entendimiento de aceptarla o no aceptarla, porque por su naturaleza puede ser verdadera o falsa. Y es aquí por qué un Gobierno que toma por regla la opinión pública, pudiendo ser y siendo con frecuencia falsa, cae en mil dislates y causa ruinas sobre ruinas porque el fundamento es falso. Además, la opinión es, por su naturaleza, incierta y vacilante, y por eso los Gobiernos liberales se bambolean siempre como cañas agitadas de vientos contrarios. La llamada opinión pública cambia casi continuamente, y por eso en los Gobiernos liberales hay un cambio continuo de hombres, de leyes, de constituciones. La opinión no une, sino que comúnmente divide a los hombres, y por eso el liberalismo, fundado en ella, produce necesariamente divisiones sin número, llevando la división y con ella, la desolación hasta el seno de las familias. En fin, el Estado, fundándose en la opinión, no puede serlo, pues con ello nada hay estable sino su inestabilidad misma.

Siendo esto así, ¿por qué el liberalismo proclama a la opinión pública reina del mundo? Primeramente, el liberalismo no ama a la verdad, porque esta liga, y el liberalismo quiere licencia; la verdad conocida y no practicada muerde y remuerde la conciencia, acusa y condena a los culpables, y el liberalismo no quiere nada de esto; la verdad, como eterna y permanente, da estabilidad y firmeza de carácter al individuo, a las familias, a las naciones; y el liberalismo quiere continuos trastornos para medrar en ellos; la verdad es rígida e imperiosa, y el liberalismo quiere sacudir el yugo de toda autoridad que hable en nombre de la verdad y de la justicia. Por otra parte esta cómica opinión, reina del mundo, se acomoda con su flexibilidad a todos los caprichos y a todas las pasiones del liberalismo. Con ser reina del mundo, es, sin embargo veleidosa; hoy levanta un Ministerio y mañana hace barricadas para derribarle; hoy aprueba una Constitución y a poco la hace trizas; ahora dicta una ley y a la hora siguiente la borra. Y también los ministros liberales se hallan bien con la opinión pública, porque ella los cubre con su regio manto y los absuelve de toda responsabilidad, ya sea que ametrallen al pueblo y le carguen y sobrecarguen de contribuciones; ya sea que pongan en cuestión la existencia del trono; ya conculquen la propiedad y los derechos de la Iglesia. La opinión pública, reina del mundo, les hace tantos y tan señalados servicios, que con razón le rinden homenaje. Pero si esto es bueno para el liberalismo, no puede ser considerado sino como muy malo para todo hombre de sano juicio, y sobre todo, por un católico que quiere, ante todo, en todas las cosas, el reino de la verdad y de la justicia.

Aquí tenéis, pues, amados españoles, lo que yo pienso del liberalismo moderno; está, digo, juzgado y condenado por sus obras, por sus principios, por sus tendencias; y no puede menos de condenarle la sana razón, como en sus bases y principios fundamentales le condena la Iglesia católica. Y esto último debiera bastar para que todo español, so pena de no serlo más que de nombre, le volviera las espaldas y le reprobase. Entre tanto, y pues así lo deseáis, añadiré algo sobre nuestros principios monárquico-religiosos. Y esto no porque crea que tengáis gran necesidad de mis explicaciones, sino porque lo creo de alguna utilidad para tener un norte fijo en medio de tanta confusión como han traído las ideas liberales.

3.ª A estas ideas, pues, tan anárquicas como antirracionales y anticatólicas, nosotros oponemos nuestros principios monárquico-religiosos, contenidos sumariamente en aquella nuestra antigua divisa: Religión, Patria y Rey. Esta divisa la heredamos de nuestros mayores como rico patrimonio, como ley fundamental de nuestra España católica, como lema glorioso de nuestras banderas, como grito de guerra contra nuestros enemigos. En las actuales circunstancias ella es la única áncora de salud en medio de la deshecha borrasca que excitó el liberalismo moderno con sus ideas disolventes. A estas ideas, pues, exponemos:

Primeramente, los principios de nuestra fe católica. Como el protestantismo religioso se dividió en mil sectas, que se anatematizan las unas y las otras, así el protestantismo político, o sea el liberalismo, se divide en bandos capaces de conducir la España a una completa ruina si no le opusiésemos los principios de nuestra fe católica, que, por su naturaleza, producen la unidad y la unión entre los que la profesan. Esta fe une nuestros entendimientos con los vínculos de la verdad, bien supremo de la criatura racional, y también une nuestros corazones con el vínculo de la caridad, vínculo el más íntimo, más sagrado y más fuerte. Esto hace que, no obstante las divisiones del liberalismo, la España sea la nación más unida y más una del mundo, y que en sus principios católicos conserve aún el fundamento solidísimo de verdadera grandeza. Esta unidad y unión, siendo íntima y juntando a los hombres por lo más grande y más noble que hay en ellos, que es el entendimiento y el corazón, es infinitamente preferible a la unidad ficticia y precaria de leyes e intereses puramente humanos o a la unidad violenta que se obtiene por medio de la fuerza, es decir, de las bayonetas y de los cañones. Esta última unidad existió y puede existir junto con la barbarie; mas la primera, siendo en algún modo divina, es solamente propia del catolicismo y de la verdadera civilización y la sola verdaderamente digna del hombre.

Añádase a esto que las verdades, ciertas e infalibles de la fe católica, son el fundamento solidísimo de nuestra vida política, civil y doméstica. El Decálogo, el Código Divino, es la base de todas nuestras leyes, y es imposible hallar una ni más simple, ni más perfecto, ni más universal, pues comprendiendo infinitas cosas que se compendian en una sola palabra, que es el amor de Dios y del prójimo. Esta sola ley, bien practicada, puede convertir la tierra en una especie de Paraíso. Ahora bien nuestros mayores, en realidad más sabios que los ilustrados de nuestro siglo, no creyeron hallar fundamento más sólido para la vida social que las verdades infalibles y eternas de nuestra santa religión. Jamás hubieran podido imaginar que viniera un tiempo en que hombres que se dicen católicos, en lugar de aquellas verdades, tomasen por fundamento social el fantasma de la opinión pública; de esa opinión incierta, vacilante, vana, caprichosa, mudable y falsa. Nuestros padres hubieran tenido esto por la mayor de las necedades humanas. Constituir a la opinión por reina del mundo es suponer el escepticismo universal o la negación de toda verdad social, pues si una sola existiese, es claro que esta debía ser coronada por reina del mundo en lugar de la opinión, y esta verdad única debiera entonces ser la base y piedra angular de todo edificio social.

Y que el escepticismo sea uno de los caracteres dominantes de los liberales es cosa evidente; pues, como en el protestantismo religioso, todo es puramente negativo, así en el protestantismo político hay carencia absoluta de principios; y por esto falta absoluta de carácter y de estabilidad en los hombres y en las cosas. No así en los monárquicos religiosos, porque en su fe católica tienen principios y verdades fijas, invariables, eternas, que les sirven de norma en todas las operaciones de su vida política, civil y doméstica. Y como parte de unos mismos principios, también tienen un punto céntrico en donde todos se unen, que es el amor de Dios y del prójimo.

El liberalismo, para obviar a su falta de principios y para poner un dique a la división que engendró el falso reinado de la opinión, inventó la consabida máquina de gobierno. Pero como en esta máquina cada pieza se va por su lado, no puede mantenerla unida y menos hacerla ir adelante, sino a fuerza de ejércitos, de guardias civiles, de agentes de policía, de empleados, y a fuerza de fabricar leyes, ordenanzas, decretos, reglamentos, instrucciones que liguen en algún modo sus partes incoherentes, y ni aun todo esto basta para que haya unidad y fuerza de acción, porque falta la verdad, vínculo de los entendimientos, y el amor, vínculo de las voluntades. El liberalismo, inventando una máquina de gobierno, fue, sin embargo, en algún modo, consiguiente consigo mismo, pues habiendo proclamado a los hombres autónomos, libres e independientes, para mantenerlos unidos en sociedad, era necesario juntarlos mecánicamente como las diversas piezas de una máquina o atarlos al yugo con un sinnúmero de leyes.

Los monárquico-religiosos, al contrario, están unidos entre sí, no maquinalmente, sino como conviene a hombres racionales, es decir, por medio de la verdad y del amor, deseando que esta verdad y amor nos unan a todos con Dios, verdad y caridad por esencia. Si esto es demasiado elevado para el liberalismo moderno, la culpa es suya, que con pretensiones de ilustración adoptó principios falsos que le arrastran por el suelo. Para los verdaderos católicos, pues, cuales debemos ser todos los españoles, ante todo y sobre todo nuestra religión santa; y esto no sólo por lo sobrenatural y divino que contiene y que promete como fin último del hombre, sino también porque ella es el fundamento solidísimo de la verdadera civilización, de la verdadera libertad y del verdadero progreso. Partiendo de sus principios se puede progresar en algún modo hasta el infinito; abandonándolos, se retrocede hasta la barbarie.

La segunda palabra de nuestra divisa es Patria, nombre dulce y suave y nunca más amado por un hijo suyo que cuando se ve lejos de ella. Patria, de la cual es difícil renegar por grandes que puedan ser los atractivos que se encuentren en países extraños. Pero si no es fácil renegar de la Patria, no es raro encontrar hombres sin patriotismo; tales deben ser todos los liberales, siguiendo sus principios. Pues la autonomía de la razón, que hace al hombre libre e independiente, la soberanía nacional, que hace de él un soberano, la ambición que ésta engendra y el orgullo que alimenta; la empleomanía, que la hace suspirar por puestos lucrativos, el sumo apego a los intereses materiales y placeres, plaga suscitada por el liberalismo, y, por fin y sobre todo, el interés del partido, que monopoliza los empleos y las riquezas nacionales, todo esto junto hace que los liberales deban, por sus principios, carecer de patriotismo; porque todos esos principios son egoístas, y el egoísmo es incompatible con el patriotismo. Y la razón es porque el egoísmo desconoce, y aun mata, al verdadero amor del prójimo, y faltando este, es imposible que haya amor patrio o patriotismo, que es una extensión del amor al prójimo. El egoísmo está siempre dispuesto a decir: Salve yo mis intereses, mis placeres, mi posición y mi vida y húndase la Patria; que sea burla y escarnio de naciones extranjeras, sea dependiente o esclava, nada me importa con tal de que queden a salvo mis intereses y mi persona. El egoísta es de una estrechez de corazón que espanta; ni se eleva un palmo de la tierra ni se extiende fuera de los límites de su personalidad. Al contrario, el verdadero patriota español dice: Dios y mi religión, ante todo y sobre todo, y luego, ante todo y sobre todo, mi Patria; prefiero lo nacional a lo extranjero; los intereses o el bien común, al mezquino interés de partido o al interés privado; ningún sacrificio le es costoso cuando se trata de salvar la independencia de su Patria, dispuesto a sacrificar la vida por evitar hasta la sombra de dependencia.

Por librarla del yugo agareno pelearon nuestros padres durante siete siglos con inmensos e indecibles sacrificios, y a pesar de que entonces no había liberalismo o, mejor, porque no lo había, sacudieron aquel yugo, reconquistaron la España desde los Pirineos hasta Gibraltar. Porque no hubo entonces liberalismo que matase el amor patrio, nuestros mayores descubrieron, conquistaron y civilizaron poco después todo un nuevo mundo; y al propio tiempo que esto hacían, en lugar de recibir, imponían la ley a casi toda la Europa; preservaban a la Italia y a su Patria de la herejía luterana, la aterraban en Francia y en Bélgica y le ponían un dique en Alemania.

Por salvar la independencia de nuestra Patria luchábamos al principio de este siglo por seis años contra el domador de Europa y hacíamos morder el polvo a centenares de miles de nuestros enemigos. Y solamente entonces, a mengua del nombre español, y mientras nosotros combatíamos, algunos secuaces del liberalismo trabajaban por ponerse bajo el yugo de naciones extrañas, adoptando sus ideas, sus costumbres, sus Constituciones, sus Códigos y hasta su lenguaje y literatura, renegando de todo lo español o teniéndolo en poco o nada en comparación de lo extranjero. Niegue todo esto si puede el liberalismo español y luego eche una ojeada a la América y verá que por su falta de patriotismo nos hizo perder las inmensas regiones conquistadas y civilizadas por nuestros padres.

Vuelva su vista a la España misma, y poniendo una mano sobre su corazón, digan los liberales si desde hace ya treinta años pasó un año, un mes o un día en que no estuviesen pendientes de una de las dos grandes potencias que con su oro, sus armas y sus soldados, los ayudaron a escalar el poder. ¿Ha de ser siempre así? Respondan todos aquellos por cuyas venas circula sangre española. Y puesto que apenas habrá un liberal que no se precie de ser español puro, piensen y obren como españoles, abandonando ese servilismo extranjero que nos degrada. Yo no puedo leer sin confusión los sucesos de la guerra de África y de la expedición mejicana. En la primera bastó una palabra de Inglaterra para que nuestras armas victoriosas, y estando ya casi a sus puertas, no entrasen en Tánger; en la segunda bastó un consejo de la misma para que nuestra división, que debía haber hecho el primer papel en aquel nuevo imperio, no hiciera ninguno. Mas para renegar del servilismo extranjero es preciso que todos los liberales de corazón se unan a nuestra divisa: Religión, Patria y Rey.

Rey digo, por último, pero Rey por la gracia de Dios y no por la gracia de la soberanía nacional. Esto no es una vana fórmula, como quieren hacer creer algunos tontos o algunos malos, sino que con formas esencialmente diferentes, la primera es conforme a la fe católica; la segunda, en el sentido del liberalismo, es contraria a la fe.

Según el liberalismo, de la soberanía nacional emana todo poder, y los poderes que existen, por ella, y nada más que por ella, existen; negando de este modo todo poder de origen divino. Ahora bien, esto, como he dicho arriba, está condenado por la Iglesia Católica, y con razón; pues la Escritura Sagrada dice expresamente “que todo poder viene de Dios” y otras palabras semejantes. Como Dios es criador del hombre social, también es autor de la sociedad; ésta es imposible sin una autoridad; luego Dios, queriendo la sociedad, quiere necesariamente la autoridad. De consiguiente, con razón se dice que la persona que legítimamente representa la autoridad tiene ésta por derecho divino.

Además, el liberalismo, negando toda ley y todo derecho de origen divino, afirma que todo esto emana de la soberanía nacional. Nosotros, al contrario, sostenemos con la Iglesia Católica que como todo poder viene de Dios, también de El vienen los deberes y los derechos de los Reyes y de los pueblos. Dios, como Criador y Señor absoluto de todo lo criado, ha impuesto leyes sapientísimas a todas sus criaturas, y también al hombre racional leyes conforme a su naturaleza. Estas leyes, ya sean naturales, ya tiendan a un fin sobrenatural, son nuestros deberes, y entre éstos se encuentran los de los Reyes para con sus súbditos, a semejanza de los recíprocos deberes de los padres para con los hijos y de los hijos para con los padres.