Carlos Broschi

Chapter 9

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Tenía la seguridad, por mi parte, de que me estaba enterando de la conversación; pero así y todo, hubiera querido, por muchas razones, escucharla desde más cerca. La dueña de la casa me facilitó un medio, ofreciéndome un asiento para jugar al whist. No soy muy fuerte en el whist; lo juego bastante mal, y pierdo casi siempre, siendo causa esto último de que cada día le tenga más afición. Es una pasión desgraciada, o, lo que es lo mismo, es una de las pasiones que duran. Esta vez, sin embargo, tuve suerte; habían colocado la mesa del whist próxima a la chimenea, e hizo la fortuna que mi butaca estuviese a espaldas de las de mis lindas habladoras, que no fijaron su atención en nosotros. Para ellas, y a sus años, un baile se compone de muchachas, aderezos, adornos, polquistas y galanes: los jugadores de whist no son tenidos en cuenta... no existen; son cuatro asientos vacíos en un salón.

--Pero, chica, ¿no has pensado nunca en ello?

--Jamás.

--¿Ni aun en sueños?

--¿En sueños? no tengo tiempo: duermo perfectamente.

--¿Y no te ha indicado nada tu madre?

--Nada.

--Pues yo he dado ya calabazas a dos.

--¿Por qué motivos?

--Porque no eran millonarios. Quiero tener un marido rico. ¿Y tú?

--Yo desearía que el mío fuese joven y tuviera talento.

--¡Bah! Todo el mundo tiene talento. En cuanto a mí, me gustaría que fuese ministro... para que me llevara a palacio.

--¿Y con eso te contentas?

--Ya lo creo. Cada día estrenaría un nuevo traje, a cual más precioso.

--Así, pues, ¿te preocuparás de trajes después de casada?

--Siempre.

--¿Y de tu esposo?

--Señor--exclamó de pronto mi compañero,--¿no tiene usted bastos?

--¡Vaya si tengo!

--¿Por qué, pues, no los ha echado usted?

--Dispénseme, estaba escuchando... mejor dicho, combinando... y contaba las cartas ya jugadas.

Este incidente fue causa de que perdiera algunos párrafos de la conversación que tenía lugar a mis espaldas, y que no había concluido todavía.

--¡Amarle!... ¿por qué no?... si es posible... si una se enamora...

--¡Oh! eso es lo primero.

--¿Lo crees así?

--Por eso deseo que tengamos casi la misma edad, casi los mismos gustos, casi iguales defectos... Esto le hará indulgente con los míos, y, respecto a los suyos, todos se los perdono desde ahora con tal de que me quiera mucho y de que no ame a nadie más que a mí.

--Mi tía dice que eso no es posible.

--¿Por qué no lo ha de ser? ¡Le amaré yo tanto!

--¿Pero estás loca?

--Es mi deber... y me parece que será un deber muy dulce.

--¿Y si él deja de amarte?

--No importa: seguiré amándole yo. Es mi deber.

--¿Y si te engaña?

--¡Ah! me moriré. Pero, a pesar de todo, no dejaré de amarle.

--Hemos perdido tres bazas--gritó mi compañero.--Estoy fallo a copas; lo indico claramente, y ni una sola vez lo ha tenido usted en cuenta.

--¿Y qué importa?

--¡Ahí es nada!... Yo tenía una porción de triunfillos que usted ha inutilizado jugando otros mayores.

--No hemos perdido gran cosa.

--Hemos perdido diez tantos, que han ganado estos señores.

--Dispénseme usted si pierde por mi culpa: soy un mal aficionado.

Al pronunciar estas palabras, me decía a mi mismo que él me había hecho perder mucho más, impidiéndome oír el resto de la conversación, porque las dos jóvenes acababan de levantar el campo. Seguí con la mirada a una de ellas, que ya me tenía cautivado. Sentía grandes, deseos de saber su nombre, y no me atrevía a preguntarlo.

--Cecilia--dijo una señora de edad madura, mirada altiva y de formas enjutas y angulosas;--Cecilia, ponte el abrigo, y vámonos.

--En seguida, mamá. Pero acabo de comprometerme para una contradanza, y voy antes a disculparme.

--De ninguna manera--exclamó la dueña de la casa.--La señora D'Ortlies nos concederá un cuarto de hora...

Y, como en aquel momento se diese cuenta de mi presencia, me dijo estrechándome la mano:

--La Vizcondesa deseaba conocer a usted y me había pedido que se la presentase.

Nada hay para mí tan empalagoso como una presentación; pero comprendía que ésta daba a Cecilia tiempo para bailar su contradanza, y me regocijó la idea de empezar mis relaciones con ella por un sacrificio. Lo era y no flojo. Mujer de antiguo abolengo, la señora vizcondesa D'Ortlies valía por sus pretensiones tanto, cuando menos, como por su ilustre prosapia. Escribía libros que encontraban más admiradores que lectores. Era moneda tan corriente entre éstos que sus obras debían estar impregnadas de religión, monarquismo y sublimidad, que cada cual, sin conocerlas, las aplaudía de antemano, con admirable aplomo desde que el editor anunciaba que estaban en prensa.

El que ha tenido más éxito de sus libros, y, según dicen, ha contribuido más a extender y cimentar su reputación, es su novela de*** que nadie ha leído todavía.

Sería inútil redundancia alegar que, dados sus principios, su devoción y su ilustre apellido, la señora Vizcondesa firma sus obras con un seudónimo: es un buen recurso para asegurar aplausos.

Hizo el gasto de la conversación hablando casi sola, y no pudo hacer nada más de mi gusto, porque me agradan las mujeres de talento cuando no hay que tenerlo con ellas y cuando al placer de oírlas puedo unir el de permanecer silencioso. En esto me parezco a un sujeto que decía:

--Voy a darme prisa a escribir un libro que rebose ingenio, para tener después el derecho de ser un bruto el resto de mi vida.--¿He escrito ese libro? Lo ignoro: supongamos que sí, y adelante.

La Vizcondesa me habló de mis obras: yo de las suyas... de su hija. Evidentemente era ésta la mejor, y, sin embargo, me pareció que a ninguna daba menos importancia. Siembre sucede lo mismo: por regla general, los autores son los peores jueces de sus engendros.

Prolongose tanto la conversación, que Cecilia tuvo tiempo de bailar dos contradanzas. La pobre no sabía cómo agradecérmelo, y sin que ella lo sospechara, ya estábamos en paz, porque me había pagado con la sonrisa más amable y graciosa del mundo. Recordando las palabras que le había oído, exclamé, viéndola alejarse:

--¡Feliz el hombre que logre agradarle! ¡Feliz el esposo que ella elija!...

Pasó aquel año y el invierno siguiente sin que volviera a ver a Cecilia, pues no voy casi nunca a las reuniones.

Al comenzar la primavera de 1833 me aburría soberanamente. ¿Por qué? Esto no le importa al lector, y, con su permiso, paso por alto los motivos. Recurrí a lo que yo considero como el remedio de todos los males: tomé la diligencia, y en busca de un argumento para una comedia, con la cual podría regocijarme y distraerme, visité la Auvernia y los Pirineos.

Estos dos países son muy poco conocidos.

No hay negociante retirado, no hay jubilado, ni procurador o abogado en vacaciones que no se considere en el deber de viajar por Suiza para poder decir a su mujer y a sus hijos:

--«He visto el valle de Lauterbrunnen, el lago de Brienz y el Grindelwald», camino trillado y recorrido por todo el mundo, itinerario tan común en la actualidad, como el de París a Saint-Cloud.

¡Y, entretanto, nadie piensa en visitar la Auvernia y los Pirineos! ¡Oh, viajeros parisienses, viajeros de imitación; ignoran ustedes que sin salir de Francia encontrarán cascadas, aludes y picos escarpados; ignoran que esos Pirineos, que les pertenecen, que son algo así como la propia casa de ustedes, ofrecen vistas tan graciosas, escenas tan sublimes, espectáculos tan grandiosos como los mismos Alpes! Sí: apelo a todos los que han viajado verdaderamente, y no por los libros: el circo de Gavarni, las Torres de Marboré, el boquete de Roland, ¿no son, en su género, tan admirables, tan incomprensibles, tan grandiosos como el manoseado Mont-Blanc, la caída del Rin o la del Aar? ¿En qué país lograrán ustedes encontrar, en la cima de una montaña, un lago en el cráter de un volcán? Sí, señores, sí, abonados del café Tortoni y de la Opera... sí, un verdadero lago y un verdadero volcán: ahí tienen ustedes todavía el cráter con su forma dilatada y una abertura circular de media legua; vean ustedes las capas de lava, y en el sitio donde hervían el azufre y el salitre, contemplen ahora un lago límpido que se eleva hasta la mitad de ese gran embudo, mientras la otra mitad, cubierta de árboles y musgo, forma una verde muralla de ciento cincuenta pies de altura que baja casi a pico hasta los bordes del lago misterioso, cuyo fondo no se ha encontrado, y sobre el cual nadie se atrevería a lanzarse, porque el remolino de las aguas haría zozobrar en seguida la barca, y el atrevido navegante, precipitado al fondo del abismo, en los fuegos subterráneos, hubiera comenzado como La Pérouse y concluido como Empédocles.

Y todas estas maravillas, que semejan un cuento de _Las mil y una noches_... ese lago que se extiende sobre un volcán, y ese volcán que amenaza recobrar su plaza, ¿dónde piensan ustedes que se encuentra? ¿En los Alpes? ¿En las cordilleras de los Andes?... No, ciertamente. En la Auvernia, a dos o tres leguas de Mont-Doré, y este lago es el lago de Pavin, adonde llegarán ustedes en dos o tres horas de camino, llevando de conductor al señor Miguel Garnier, mi guía, que sólo exige dos francos de jornal, y que les confundirá con un príncipe extranjero si llegan a darle tres.

Encontrábame yo, con mi guía, cerca del lago Pavin, recostado en la hierba al borde del cráter y contemplando a mis pies las aguas puras y transparentes que a cada instante creía ver en ebullición, lo que me hubiera divertido y espantado, cuando sentí pasos a mi espalda: eran otros viajeros. Un anciano, apoyado en el brazo de una joven, gritaba con tono de mal humor:--No andes tan de prisa... no puedo seguirte.--Levanté los ojos y me pareció reconocer en la joven el porte elegante y gracioso, la fisonomía encantadora de mi linda bailarina, de la señorita Cecilia D'Ortlies: mis dudas se convirtieron en certeza cuando divisé, algunos pasos detrás de ella, a una mujer que, provista de un álbum y del indispensable lápiz, escribía al mismo tiempo que andaba. Era la señora Vizcondesa, engolfada en hacer una descripción del lago Pavin, que yo debí imitar, porque indudablemente valía más que la mía. Grandes exclamaciones de sorpresa por una y otra parte: las obligadas frases de admiración sobre el magnífico cuadro que se desarrollaba ante nuestros ojos... y luego, cumplidas las reglas de urbanidad, pensé en mi conveniencia, e hice conocer mis deseos de ser presentado a la señorita Cecilia.

--¡Señorita!...--repitió la Vizcondesa con asombro:--Cecilia está casada.

--¿Cómo así?--repuse.

Y miré en torno mío, buscando al joven esposo, extrañándome de que no acompañase a su mujer.

--Mi yerno--dijo la D'Ortlies presentándome al anciano, cuyo nombre, que no viene a cuento, pronunció con gravedad olímpica.

Era un vástago de rancia nobleza, general en tiempo del Imperio, y duque y Par durante la Restauración. Conservaba todavía un mando militar importante, una fortuna colosal y una porción de buenas cualidades. Pero, desgraciadamente, hacía ya mucho tiempo que le adornaban estas buenas cualidades... porque tenía 67 años, con un aditamento de varias heridas y reumatismo, a lo que había que agregar la gota con todas sus prerrogativas, es decir, la impaciencia, la acritud y un humor endiablado: fuera de esto, era extremadamente amable siempre que no estaba enfermo... y solía estarlo diez meses al año.

¡Este era el marido de Cecilia!

Rememoré entonces la conversación del baile, el gentil compañero que ella había soñado, sus proyectos de dicha para el porvenir. Si no adivinó la pobre niña el interés y la piedad con que yo la miraba, me lo agradeció sin saberlo, porque, apenas transcurrieron algunos minutos, éramos los mejores amigos del mundo.

Mientras nosotros conversábamos, su rancio esposo reposaba sentado; su madre escribía a destajo. Todo lo que Cecilia decía era sencillo y natural; pero estaba impregnado de una dulzura y una melancolía realmente exquisitas. La hablé de su marido, y le tributó los mayores elogios, recordando con gratitud los títulos, la posición y la fortuna de que le era deudora. De su felicidad, que le había robado, no dijo una palabra. ¡Alma noble y virtuosa, en que todo era resignación, abnegación y fidelidad a sus deberes! Pero ¿quién hubiera reconocido en su lenguaje grave y melancólico a la joven que yo había visto, dos años antes, tan soñadora, tan candorosa y tan alegre?

¡Qué juicio al presente! ¡qué tacto! ¡qué criterio! Se me ocurrió que, para haberlos adquirido en tan breve plazo, debía de haber sido muy desgraciada.

Nos encontrábamos al borde del lago, puro, límpido y transparente... imagen de su alma. Así se lo dije; me miró, sonriendo con esa sonrisa triste que hace llorar, y repuso:

--Sí; la calma en la superficie...

--Y tal vez en el fondo...--agregué, mostrándole el lago.

No terminé la frase, pero la adivinó, porque dijo en seguida:

--No, señor, no: ¡jamás!...

Y dirigió al cielo su mirada, ignoro si para tomarlo por testigo o para implorar su protección.

En aquel instante se oyó una voz avinagrada: era la de la Vizcondesa. El general tenía frío: las emanaciones del lago le sentaban mal y era necesario partir. De buena gana hubiera dado el brazo a Cecilia; pero ella ofreció el suyo a su esposo, y sólo quedaba la Vizcondesa. ¡Valiente compensación!... Me vi obligado a hablar de literatura y a enterarme de que la señora componía una nueva novela que deseaba leerme tan pronto como estuviese terminada. ¡A mí, que viajaba para divertirme!

--Creo, Vizcondesa, que no podré gozar tanta ventura, porque me voy a los Pirineos--le dije.

--Allí vamos todos: han recomendado al general las aguas de Barèges, que son milagrosas para las heridas.

--Parecíame que el general se quedaba en Mont-Doré.

--Estamos aquí por casualidad; pues, de paso, ha querido experimentar estos manantiales que el año pasado dieron resultados excelentes al mariscal Soult; pero después de algunos baños, que no le han servido de nada, ha renunciado a ellos y saldremos dentro de pocos días para los Pirineos. Confío que usted se vendrá con nosotros.

Me incliné respetuosamente.

--¿Dónde se hospeda usted en Mont-Doré?

--En el hotel Chabaury, señora.

--Nosotros también. ¿Nos dispensará usted esta noche el honor de que cenemos juntos?

Saludé de nuevo. Decididamente era el comensal, el compañero de viaje y el amigo de la familia.

Viajando, y particularmente en los baños, la amistad se entabla con una rapidez asombrosa; me aproveché de mi nuevo título, y de los derechos que me daba, para hablar de Cecilia. Indiqué a la Vizcondesa que aquel matrimonio, tan ventajoso por otra parte, me inspiraba serios temores respecto a la dicha futura de su hija.

--No conoce usted a Cecilia, caballero, ni sabe usted qué clase de educación ha recibido. Ha estado en el Sagrado Corazón, como todas las señoritas de la nobleza a quienes conozco. Ha leído todas mis obras: las lee diariamente, y los principios que en ellas se sostiene...

--Son inmejorables, señora; pero su hija de usted es muy joven, y si su corazón llega a despertarse...

--No se despertará nunca. En mi familia no se despiertan los corazones.

--No lo dudo--dije mirándola,--en cuanto al pasado; pero en el futuro...

--¡Caballero!...--repuso, examinándome de pies a cabeza:--no hay circunstancias que obliguen a olvidar sus deberes a las personas religiosas y bien educadas. Con religión y principios, no existen matrimonios desproporcionados ni peligros de ninguna clase; esté usted seguro de ello.

--Opino como usted, señora.

Llegamos al hotel.

El general sentíase de mal temple, y su mal humor se acrecentó al encontrarse con varias cartas, que tenía forzosamente que contestar: también había que expedir algunas órdenes.

--Si estuviera aquí Enrique--dijo a su esposa,--me ayudaría y se encargaría de eso; pero tú te opusiste a que viniese con nosotros.

--Ya sabes que éramos tres en el coche, y que no podía prescindir de mi doncella.

--Haces honor a tu sexo... ¡la doncella! ¡Vaya un motivo para que me prives de un sobrino a quien quiero, y de un ayudante de campo que es mis pies y mis manos!

--Echas en olvido que mi mamá y yo estamos aquí para cuidarte, y que, además, tu sobrino Enrique de Castelnau hace falta en París, pues lo exigen tus intereses.

--Di mejor tus caprichos... porque tienes ojeriza a ese pobre Enrique... a quien no puedes tragar.

--¡Yo!

--¡Tú! como lo oyes. Apenas le hablas... apenas le haces caso. Te aseguro que necesita valor para pisar mi casa, después del recibimiento que le haces cuando entra en ella.

--Me acusas sin motivo; el sobrino de mi esposo tendrá siempre derecho a mis deferencias.

--¡Sí, ya sé a qué atenerme al respecto!... Y ¡vive Dios! que tengo ganas de ver que se le trata con desprecio. Claro es que, si alguno de los dos debía aborrecer al otro, indudablemente ese alguno es él... él, que era mi único heredero, y a quien mi matrimonio ha despojado de la fortuna que le correspondía.

--Confío en que no sucederá lo que dices--se apresuró a decir Cecilia.

--Cuando menos, perderá una parte de ella. Y, ¿qué ocurre, en cambio? Que en vez de quejarse de su tía, no tiene boca para alabarla. Es la delicadeza personificada, contigo y con tu madre. Correría todo París por darte gusto, y reventaría sus caballos por proporcionarte un billete de baile o un palco en la Opera.

--Verdad--dijo la Vizcondesa;--y aunque sólo fuera por complacer a tu esposo, tú, Cecilia, debías ser más amable con Enrique.

--Cumplo mi deber, mamá--respondió Cecilia en tono frío y resuelto.

--¡Por vida de!...--gritó colérico el general.--¿Habrá cabeza más dura? Dulce en ocasiones, como un ángel, cuando se rebela parece de granito. ¡A los diez y siete años! La cosa promete. Ignoro, señora Vizcondesa, cómo la ha educado usted, pero afirmo que lo que sucede no tiene sentido común.

--¡Señor!... Cecilia ha leído mis obras.

--Eso quería yo decir.

--¡General!... Olvida usted...

--Dice usted bien. Olvido que la cena nos aguarda. Dispense usted, caballero--dijo dirigiéndose a mí,--que le hagamos testigo de estas pequeñeces: confío en que nos guardará el secreto y no nos sacará a relucir en alguna comedia.

Tomó mi brazo, hizo que me sentara en la mesa a su lado y durante la comida estuvo grosero con todos menos conmigo. No obstante, debo advertir que sus inconveniencias tenían por principal blanco a su suegra.

A los postres llegó una nueva carta, y el general exclamó, dando en la mesa un puñetazo que lo echó a rodar todo:

--¡Sólo esto faltaba!... Enrique está herido.

Cecilia palideció, y observé que temblaban sus labios.

--Sí, herido; le han dado una estocada...--prosiguió el general.--¡Torpe! Tranquilícese usted--dijo a su suegra, que saboreaba impasible una taza de café.--No corre peligro; han transcurrido ocho días y va bien la cura. Pero el módico le ha recetado las aguas de Barèges, y llegará aquí mañana.

--¡Mañana!--dijo la Vizcondesa alegremente.

--¡Mañana!--dijo con frialdad Cecilia, cuyo semblante había vuelto a recobrar su acostumbrada calma.

En cuanto a mí, aguardé el día siguiente con impaciencia.

La llegada de una silla de posta es siempre un acontecimiento en todas las poblaciones de poca importancia, y con más motivo en Mont-Doré, donde el único placer de los vecinos es ver llegar o partir los viajeros. Cuando a las diez de la mañana se oyó el ruido de un carruaje, todo el mundo se asomó a las ventanas.

Pocos minutos después, el señor de Castelnau entró en el salón, abrazó afectuosamente a su tío y saludó a las dos señoras con respeto.

Aparentaba unos veinticinco años. Era alto, bien formado, de porte distinguido; en una palabra, un gallardo mozo; y, lo que vale más, parecía ignorarlo, porque se ocupaba siempre de los demás y nunca de sí mismo. Su rostro, franco y expresivo, tenía impresas las huellas del sufrimiento. La fatiga del viaje, o tal vez otras causas, habían empeorado su herida.

Yo, entretanto, observaba a Cecilia: no vi en sus facciones ni sombra de emoción; recibió a Enrique con afectuosa cortesía, y le interrogó acerca de su salud con un marcado interés... pero no tanto como el que yo esperaba.

Enrique estaba visiblemente conmovido. Casi no acertaba a expresarse, y creo que le hice un gran servicio hablándole del camino y del tiempo, que eran pésimos. La displicencia de la conversación le fue serenando poco a poco, y acabó por respirar más a su gusto. Hay momentos en que los extraños y los importunos no son del todo inútiles.

Aquel día visitamos la cascada de Queureiels y la de Vernière. Enrique se aproximó con frecuencia a Cecilia, que daba siempre el brazo a su esposo o a su madre, y cuando hablaba se dirigía a mí.

Por la noche leyó al general los periódicos, le despachó el correo oficial y estuvo escuchando, con una atención digna de mejor suerte, dos largas disertaciones de la Vizcondesa. Sólo alguna que otra vez, y a hurtadillas, sus grandes ojos negros se volvían, como a pesar suyo, hacia el lado de Cecilia, que trabajaba sin mirarle y sin hacer de él más caso que de los demás concurrentes.

Me convencí de que me había equivocado, y mis conjeturas eran falsas. El pobre joven podía amar a Cecilia, pero Cecilia no pensaba en él.

La mañana del siguiente día, víspera de nuestra partida, la Vizcondesa encontrábase escribiendo junto a Cecilia, que tocaba el piano: y era aquella música tan alegre y juguetona, que acabó de disipar mis últimas dudas.

--No es posible--pensaba yo entretanto,--estar bajo el peso de una pasión cuando se ejecutan semejantes variaciones, y, sobre todo, cuando se ejecutan con tanta perfección.

En aquel instante entró en el salón un médico joven, conocido mío, que venía de París asistiendo a un personaje a quien acompañaba a las aguas de Mont-Doré. Los militares hablan de sus campañas, los escritores de sus obras, y los médicos de sus enfermos: es inevitable. Mi joven doctor, a riesgo de molestar a aquellas damas, empezó a relatarnos las curas maravillosas y singulares que había hecho, sazonando la relación con anécdotas más o menos picantes, a las que sólo yo prestaba atención, porque, como he dicho anteriormente, yo escucho siempre por oficio.

Entre otras cosas, nos contó que recientemente había asistido a un joven que tenía una estocada, cuya herida, de bastante gravedad, no se parecía a ninguna otra. No era recta ni hecha de abajo arriba; todo lo contrario: daba también la circunstancia de que el enfermo tenía gran estatura y hacíase preciso, en consecuencia, que para herirle así en el pecho de arriba abajo, su adversario fuese mucho más alto que él, es decir, un hombre de ocho a diez pies de estatura. Contó asimismo que, obligado por sus preguntas y argumentos, el herido acabó por confesarle que la estocada se la había dado él mismo.

--¿Qué móvil dirá usted que le impulsó?--continuó diciendo.--Nunca adivinaría usted semejante extravagancia. Quería tener un pretexto para ir a las aguas de Barèges, y me rogó que se las recetara... lo que hice en el acto. ¡Pobre chico!... Me pagó espléndidamente la receta... recomendándome su secreto.

--Y, según veo, cumple usted su recomendación al pie de la letra--exclamé sonriendo.

--Puedo franquearme con usted, sin peligro de que lo cuente.

En aquel momento abriose la puerta, y se presentó el general, apoyado en el brazo de su ayudante de campo. Enrique, al ver al médico, corrió hacia él y tendiéndole la mano, dijo:

--Doctor, ¿usted por aquí?...

En seguida, agregó, presentándonosle:

--Señoras y señores, es mi Esculapio... el que me ha curado la herida, el que me ha recetado las aguas de Barèges. ¿No es cierto?