Chapter 8
--¡El, ministro!--exclamó el marqués de Priego en un acceso de ira, al cual el Duque de Carvajal se asoció fríamente por un movimiento de cabeza casi imperceptible;--¡él, ministro!
--Y, ¿por qué no?
--_¿E perché no?_--repitió, en italiano, dirigiéndose a la mesa, un señor ricamente vestido, que llevaba en todos los dedos sortijas de diamantes.--¡El, ministro! Eso es justo, y, ¡es poco aún!... Con una voz semejante debería ser príncipe... ¡o rey! ¡Hay tantos que no lo merecen! He llegado de Brandeburgo, señores, por otro nombre reino de Prusia, en cuyo trono se sienta un hombre que no da dos notas seguras... ¡un hombre que toca la flauta como un principiante!... y le llaman ¡Federico el Grande! ¡Y serán ustedes capaces de indignarse porque el _mio amico_ Farinelli sea ministro!... ¡él! ¡El maestro, el dios de la música sobre la tierra!... ¡él! ¡que debería ser maestro de capilla en el Cielo, que debería cantar con los ángeles si éstos pudiesen comparársele!... ¡El, que ha dicho presentándome a Sus Majestades: Aquí tienen el primer cantante de Europa! A lo que contesté: te has equivocado, el primero eres tú.
Al ver aquel entusiasmo y aquella originalidad, todos los asistentes habían reconocido al famoso Caffarelli, que, a propuesta de Farinelli, había sido llamado a Madrid para cantar en el teatro italiano, con una pensión de cincuenta mil ducados de renta.
--Señor Caffarelli--le dijo el caballero joven;--concibo que un hombre tal como usted sea admirado por los aficionados a la música... Pero ese cantante que no es más que... que un cantante... ese hermoso y encantador caballero por quien todas las señoras enloquecen, sin duda porque es de su sexo más que del nuestro...
--¡Eh! ¡por Nuestra Señora del Pilar!--exclamó indignado el hombre de la ropilla encarnada;--¿mirará usted como un crimen su desgracia? ¿Es culpa suya si, cuando vino al mundo, un padre odioso y criminal le hizo mutilar por mano mercenaria, cimentando su fortuna y su porvenir sobre el oprobio y la vergüenza de su hijo?
--Perdone usted--dijo Caffarelli, interrumpiendo;--perdone, señor, si tomo por mi cuenta la defensa de su padre, que siendo un gran músico, es apasionado por el arte que tan admirablemente profesa; y adorando como adora a su hijo, no existiendo como no existe sino para él, si ha sido odioso y cruel, fue por exceso de amor paternal, creyendo labrar no su fortuna, sino la de su hijo. Lo más extraordinario es que se vio obligado por la miseria a dejar su hijo en manos ajenas; y que ese pobre Farinelli ha ignorado por completo, hasta los diez y ocho años de edad, el gran talento y la magnífica voz que poseía.
Su padre, al regresar de la Siberia donde creyó perecer, se apresuró gozoso a decirle: «_Mio caro figlio_, debes a mi ternura una inmensa fortuna». ¡Y a pesar de tan dichoso porvenir, su hijo ha querido matarle!... Felizmente no lo ha hecho... En su desesperación se desterró voluntariamente; huyó de Nápoles, su patria, y se marchó a país extranjero, sin dinero, sin ningún medio de subsistencia, y tomando el nombre de Farinelli, que debía hacer célebre para siempre, dedicose al canto para poder vivir...
No tardó en llegar a ser rico y obsequiado, porque todas las cortes, todos los soberanos de Europa se disputaban el honor de darle asilo, de escucharle. Nunca la voz humana había operado maravillas semejantes a las suyas; y renovó e hizo posibles los prodigios del cantor Linus y del tenor Orfeo, que, según dicen, encantaban y amansaban con sus melodías las bestias feroces de las selvas. Farinelli ha hecho más... ha encantado, ha seducido caracteres más feroces aún: a los individuos que tenía en la corte, a sus enemigos, a sus rivales... ¡a mí mismo, señores!... ¡a mí! el famoso Caffarelli... Oigan ustedes lo que con él me sucedió, y del modo que le conocí.
La atención de los circunstantes redobló con las palabras de Caffarelli, y todos se aproximaron para no perder una palabra.
El italiano prosiguió de este modo:
--Me encontraba en Londres, donde Su Majestad el rey Jorge y todos los grandes señores de Inglaterra me fatigaban, si así puede decirse, con honores y guineas; porque hasta entonces no había conocido rival. Hablábase mucho entonces de un joven llamado Farinelli, que gozaba de alguna reputación; el Rey y la Reina deseaban oírnos juntos... Era lógico querer comparar al maestro con el discípulo. Cantamos, reunidos en la corte, en la pieza _Arturo de Bretaña_, una grandiosa escena musical donde yo representaba un tirano furioso y Farinelli a un joven príncipe que aquél tenía preso y cuya muerte decreta el tirano.
Empecé cantando un aria del tirano... Era magnífica... era un tirano como nunca se había visto. Durante un cuarto de hora fui ensordecido por los aplausos, y decía para mí con alegría:--¡Pobre joven! ¡te veo perdido!...
Comenzó Farinelli... y bien pronto no se aplaudió más... ¡se lloraba! Cuando oí aquella voz tan suave y encantadora, aquellos acentos deliciosos que llegaban al alma... no veía en él más que a un pobre joven que con las manos extendidas hacia mí me suplicaba le dejase ver aún la luz del sol, que era tan brillante y tan bella...
_Lasciami ancora verder il sole..._
decía él, y yo, imprudente, le escuchaba olvidando mi papel. Corrí hacia él, deshice sus ligaduras... ¡y le abracé llorando!
A partir de aquel momento, y gracias a mí, conquistó una brillante posición. Caffarelli proclamole su vencedor. Pero este vencedor llegó a ser un amigo de corazón y su casa ha estado abierta siempre para mí. Su fortuna no le ha cambiado. Que sea hombre de Estado o embajador, llego hasta su gabinete sin hacerme anunciar, y ese grande hombre interrumpe a menudo su trabajo para cantar un dúo con su antiguo amigo... Digo un dúo... ¡un solo! Porque siempre olvido mi parte, para escucharle.
--¡Bravo, bravo!--exclamó el marqués de Priego con ironía y aplaudiendo como si se encontrase en el teatro;--¡bravo! señor. ¿Pero usted, que todo lo sabe, podrá decirnos cómo Su Alteza el príncipe _Arturo de Bretaña_, a quien dio usted la vida, se ha encontrado de repente hombre influyente y consejero íntimo del rey de España? ¿Cómo su amigo el cantante ha llegado a ser hombre de Estado y empleado en misiones secretas e importantes cerca de varios soberanos de Europa?
--Tal vez--contestó Caffarelli con aire burlón,--para entretener a los soberanos con sus cantos. Pero ignoro en absoluto la causa de su fortuna política.
--Será, sin duda, debido a algún gran misterio--dijo el marqués de Priego.
--Opino como usted--asintió el duque de Carvajal a media voz y con acento malicioso.
--No, señores--replicó el hombre de la ropilla encarnada, que acababa de apurar su segunda taza de chocolate, y que saboreaba en aquel momento el indispensable vaso de agua;--no, señores; y si quieren conocer la causa de su elevación, yo la puedo decir, porque he sido testigo de ella.
--Es algún gran señor--murmuraron en voz baja.
--Es el presidente del Consejo de Castilla--dijo el joven caballero al Duque y a sus vecinos, dándose aires de importancia;--le conozco bien.
--No, caballerito; no me conoce usted: ¡soy Rodrigo Moncénigo, barbero de Su Majestad!
Al oír estas palabras, el duque de Carvajal púsose el sombrero, que acababa de quitarse.
--Desde el comienzo de su reinado, el Rey, nuestro augusto amo, veíase atormentado de una enfermedad de que nadie había logrado aliviarle; el señor Zúñiga, médico de la corte, llegó a perder la esperanza; y todo lo que había podido descubrir era que esta enfermedad tenía mucha semejanza con una inventada por los ingleses y que ellos llaman _spleen_. Ya el Rey, en dos ocasiones, y sin motivo alguno, había querido atentar contra su vida, y a pesar de la desesperación de la Reina y de las exhortaciones del padre Anastasio, confesor de Su Majestad, todo hacía temer que nuestro augusto señor no había abandonado la funesta manía que había de consumar su perdición en este mundo y en el otro.
Hacía ya un mes que permanecía encerrado en su gabinete, sin querer ver a nadie, excepto a la Reina; y a pesar de los ruegos y de las lágrimas de ésta, rehusaba los cuidados y hasta los alimentos que se le daban; ¡en tal estado negábase constantemente a mudarse de ropa y afeitarse! No podía verme; me había despedido: ¡a mí, que era su barbero; a mí, padre de cinco hijos y que no tenía otra fortuna que mi destino!
Todos nos sentíamos consternados, y la Reina más que todos: adoraba a su esposo, de quien veía amenazadas la razón y la vida con aquella negra enfermedad, y no sabía de qué medio valerse para librarle de la muerte, cuando pensó en Farinelli, cuya voz, se decía, obraba milagros. La Reina rogó al cantante que viniese a Madrid, y le colocó en una habitación contigua a la del Rey.
A los primeros acentos que hirieron los oídos de Su Majestad, éste se estremeció.
--¡Es la voz de los ángeles!--dijo; y escuchaba atentamente, cayendo de rodillas y llorando, lo que no le había sucedido en toda su enfermedad.
--¡Que siga--decía,--que siga! ¡Que continúe yo oyendo esa voz que me ha aliviado y vuelto la vida!
Cantó de nuevo Farinelli, y el Rey, volviendo en sí, se arrojó en brazos de la Reina; después salió a la estancia vecina y abrazó a Farinelli, diciéndole:
--¡Mi ángel salvador! ¿qué deseas? ¡Pídeme lo que quieras; te lo concederé, sea lo que fuere!
A lo que Farinelli repuso:
--Pido, señor, que Vuestra Majestad cambie de vestido y se haga afeitar...
Desde aquel instante, yo, Rodrigo Moncénigo, barbero del Rey, fui restablecido en mis funciones, así como en los derechos y honores de mi cargo.
Habiéndose hecho llevar la Reina una cruz de Calatrava, con el permiso de su augusto esposo, la puso, con su propia mano, en el pecho de Farinelli. Ahí tiene usted--continuó el barbero mirando al marqués de Priego--cómo fue condecorado el músico.
A partir de aquel momento, Farinelli no abandona al Rey ni a la Reina... Cuando se presentan los primeros síntomas de melancolía, el italiano canta y la indisposición desaparece. Vean ustedes cómo nuestro amo encontró un amigo...
Cuando descubrió que el admirable cantante era uno de los hombres más instruidos de Europa, que conocía casi todas las lenguas, que la riqueza y vivacidad de su imaginación igualaban a la profundidad y solidez de su juicio; que la rapidez de su golpe de vista le hacía abrazar, desarrollar y resolver en un momento las cuestiones más difíciles, se preguntó por qué había de serle prohibido a un artista tener en los negocios talento, habilidad y genio; se preguntó por qué no había de hacer su consejero y su ministro al que ya era su salvador y su amigo...
Al decir su ministro, hablo de las funciones y no del título; porque, modesto y desinteresado, Farinelli sólo deseaba servir a su Rey... Hombre de suerte y a quien la fortuna no le ha vuelto la cara, no echa en olvido quién es y tiene presente su origen.
No hablaré a ustedes de los nobles y grandes señores de la corte de España que se arrastran a sus pies; y de alguno, que no les nombraré, que le ha pedido delante de mí su protección y su favor con tanta bajeza, que yo estaba avergonzado y Farinelli también; pero sí haré mención de que, para colocar a cada uno a su altura, el artista contestaba con dulzura y modestia:
--¡Dios mío! Señor Duque, ¿qué puede hacer por un gran señor como usted un pobre cantante como yo?...
¿Necesitaré también, señores, decirles el poder que tiene en sus manos cómo lo ejerce? El protege las artes, reaviva el comercio y la agricultura, construye fábricas, hace que nuestra patria progrese en el interior y que sea respetada por los extranjeros. Ha colocado al frente del ejército a hombres de mérito y de señalados servicios sin dejar plaza al favor... Yo tenía un hijo, señores, que recibió tres heridas batiéndose con los imperiales; un hijo que en la batalla de Bitondo arrebató de las manos del enemigo una bandera y la entregó al marqués de Montmar, que era nuestro general; y este hijo era capitán hacía diez años, y hubiera continuado siéndolo toda su vida, porque descendía del pueblo, porque su abuelo, Sancho Moncénigo, mi padre, era barbero de una aldea.--Eso no es justo, me dijo Farinelli.--Y aquella tarde, en la habitación del Rey, leía versos franceses de un poeta que principiaba a hacerse célebre, de Voltaire, y que Farinelli recitaba con calor y entusiasmo, sobre todo, cuando llegó a este pasaje:
_Qui sert bien son pays n'a pas besoin d'aieux_
--Bella máxima--exclamó el Rey.
--Sí, señor--repuso Farinelli;--y es más bella todavía puesta en práctica.
Entonces habló de mi hijo, haciendo presente al Rey que había a la sazón dos regimientos vacantes: el de la Reina y el de Astorga.
--Sea--dijo el Rey;--concedo el mando del último a Rafael Moncénigo.
--Anteayer--prosiguió el barbero con orgullo y satisfacción paternales,--mi hijo recibió su despacho; ¡mi hijo es coronel!...
--¡Por una horrible injusticia y un juego de cubiletes infame!--exclamó un anciano militar que en aquel momento entraba en el café.--Yo, conde de Fuentes, que soy el teniente coronel más antiguo, tenía más derecho que nadie a mandar un regimiento por mi cuna y por los servicios que presté al difunto rey Felipe V, porque me arruiné durante la guerra de sucesión. Pero se me rechaza, se me tiene postergado, y, ¿por qué?... Porque detesto a los favoritos y a los eunucos; porque soy enemigo de Farinelli, y lo proclamo en voz alta; y así lo hice ayer mismo, en su presencia, cuando pasaba por la sala de guardias. Sí, me ha hecho una injusticia, una afrenta; es un infame... Y lo diré a la faz de todo el mundo...
--No delante de mí, al menos--replicó un joven, que había oído las palabras del conde de Fuentes.
Era Rafael Moncénigo, el cual ostentaba con orgullo las insignias de su nuevo empleo.
El barbero trató de contener a su hijo.
--Déjeme usted, padre mío; mientras mi mano pueda sostener una espada, no se ultrajará impunemente a Farinelli en mi presencia, y el señor me dará una satisfacción.
--¡Cuando usted quiera!--exclamó el conde de Fuentes; y ambos adversarios se disponían a salir, entre las aclamaciones de todos los circunstantes, cuando el criado del Conde, que llegaba en aquel momento, le entregó una carta que habían llevado para él, diciéndole que era urgente.
--¡Lea usted, caballero!--dijo Rafael con altivez;--tiempo tenemos.
A medida que el teniente coronel leía el billete, cambiaba de color su rostro; temblaba, presa de una agitación violenta; pero, tomando una doble resolución, se aproximó al joven, que le contemplaba desdeñosamente.
--Caballero--dijo;--¡cuánto deben costar estas palabras a un español!... ¡no tenía razón! Sería un infame si tirase de la espada en semejante combate: lea usted.
El joven leyó en voz alta:
* * * * *
«Señor Conde:
»Es usted mi enemigo, lo sé, y, bajo este título, le debo hacer más cumplida justicia que a ningún otro. He examinado su hoja de servicios, y se lo he hecho presente al Rey, el cual ha tenido a bien conceder a usted el mando del primer regimiento del ejército, del de la Reina... Y como tengo entendido que no es usted rico, le ruego acepte la presente libranza para montar su equipaje con el decoro que corresponde a su nuevo destino. Esto no le quita en nada su independencia, y le deja, en cambio, toda la libertad... ¡hasta la de aborrecerme!
»FARINELLI.»
* * * * *
Las acciones nobles y generosas encierran un atractivo simpático, del cual no se libra nadie; cada uno de los circunstantes aplaudía a la vez; ambos adversarios se estrecharon las manos, y el conde de Fuentes salió, acto continuo, para ir a visitar a su generoso enemigo seguramente.
--Ahí tienen ustedes los hombres de carácter--dijo el marqués de Priego;--el menor favor los hace cambiar, y, en lo sucesivo, éste será ahora uno de los más adictos del favorito.
--Esto es enojoso--agregó el duque de Carvajal;--no obtienen más que para ellos.
--No importa; de todos modos, resulta humillante para un hombre de sangre y del nacimiento del conde de Fuentes.
--Tiene usted razón, me sonrojo por la nobleza española.
Y ambos, en testimonio de estimación, se dieron las manos al tiempo de separarse.
Al salir, el marqués de Priego se encontró por casualidad al lado de Rodrigo Moncénigo.
--¿No podría usted, señor barbero--le dijo en voz baja,--hablar por mí a Farinelli?
Entretanto, el duque de Carvajal había asido del brazo a Caffarelli, rogándole a media voz que tratase de obtener, por su mediación, una audiencia del favorito.
--Lo prometo a usted--repuso el artista, con aire protector.
Y aquella misma tarde, el Duque leía en su morada, esta breve epístola:
* * * * *
«Farinelli tendrá el honor de recibir mañana, antes de comer, al señor duque de Carvajal y a don Fernando, su hijo, en el gabinete particular de la Reina.
»FARINELLI.»
* * * * *
Huelga añadir que ambos no se hicieron esperar. Fueron introducidos en una habitación elegantemente amueblada que servía de salón de música a la Reina, y experimentaron una profunda sorpresa cuando, un instante después, vieron entrar a la abadesa de Santa Cruz y a Isabel de Arcos.
Fernando no tuvo tiempo para reflexionar sobre aquel extraño acontecimiento, porque, en aquel instante, abriose una puerta dorada, y la camarera mayor de la Reina anuncio a Su Majestad María Teresa, que apareció apoyándose en el brazo del cardenal Bibbiena, confesor del Rey.
--Duque de Carvajal--dijo la Reina;--he querido anunciarle por mí misma que es la ocasión de casar a su hijo con Isabel de Arcos: el Rey devuelve a usted todos los empleos de que le habían privado, y juntamente el gobierno de Granada.
Todos los actores de esta escena quedaron inmóviles y sorprendidos, excepto Fernando, que lanzó un grito de alegría.
El Duque se inclinó en señal de asentimiento, e Isabel, haciendo un esfuerzo para sobreponerse a su turbación, tomó la palabra y dijo con voz trémula:
--Vuestra Majestad ignora... y Su Eminencia el cardenal ha debido de decirlo...
--Que ese matrimonio merece la aprobación de Farinelli--le interrumpió la Reina; e Isabel quedó estupefacta.
Con frecuencia, sobre todo después de su llegada a Madrid, había oído hablar del favorito, de su crédito y de sus aventuras; pero nunca le había visto, y habló ingenuamente a la Reina, cuando le contestó que no le conocía.
--Parece imposible--replicó Su Majestad,--pues Farinelli pretende tener sobre usted el derecho de casarla y entregarle una buena dote, siendo, como es, en la actualidad, su único pariente... Vea usted, y convénzase de lo que le digo--continuó mostrándole un pergamino que había sobre una mesa;--ahí tiene ese contrato por el que le cede una parte de su fortuna.
--Estamos aquí para firmar los contratos matrimoniales, y sólo se espera a Farinelli--dijo el cardenal.
--Ahí está--contestó la Reina, indicando con la mano a una persona que aparecía en aquel momento a la puerta de entrada.
--¡Carlos!--exclamaron simultáneamente Fernando e Isabel.
--Sí, amigos míos, Carlos Broschi... o Farinelli... Y ahora que me conocen ustedes--dijo con emoción y cambiando con Teobaldo una mirada de inteligencia,--mi querida Isabel... hermana mía... ¿rehusará usted la mano de Fernando que la ama... y que tan digno es de usted?
La joven bajó los ojos con una turbación inexplicable... Luego levantó la vista y fijola confusamente sobre Farinelli, a quien tendió su mano.
El matrimonio se verificó la mañana siguiente, en la capilla de los Reyes; una numerosa multitud compacta había acudido a la ceremonia, porque se dijo que Sus Majestades honrarían con su presencia el acto nupcial que debía celebrarse por el cardenal confesor del Rey; pero lo que excitaba más la curiosidad pública era que se daba por seguro que cantaría Farinelli.
Y, en efecto; de una de las tribunas cercanas al órgano, salió de repente una voz pura y melodiosa que parecía bajar del cielo, y la concurrencia guardó un profundo silencio.
Nunca se había expresado aquella prodigiosa voz con más sentimiento ni ternura, ni sus acentos habían sido tan penetrantes. Los melodiosos ecos llenaban el alma del dolor más profundo y hacían verter lágrimas; parecían elevarse a las regiones celestes y dirigirse a seres invisibles que habitaban las mansiones eternas.
«¡Ved--decía Carlos,--ved sobre las nubes el ángel que nos contempla y nos bendice! ¡Angel adorado que habitas en el cielo!... ¡Virgen pura, vuelve a tu patria y dirígenos desde ella tu divina voz, diciendo: ¡Ven!... ¡ven!... ¡ven!...»
En medio del silencio que reinaba en la iglesia, los sublimes ecos de aquella voz vibraban, repitiéndose en las bóvedas del templo, y murmurando a lo lejos: ¡Ven!... ¡ven!... Farinelli sucumbía a la profunda emoción que experimentaba, y, tendiendo sus brazos, cayó desvanecido.
Interrumpiose la ceremonia. Teobaldo corrió en socorro de su amigo, le hizo colocar en su coche, cuyas cortinas bajó, y se alejó lentamente por enmedio de la multitud, mientras que Carlos, volviendo hacia su amigo los ojos bañados en lágrimas, le decía:
--¿Habrá en el mundo nadie más desdichado que yo?
--¡Sí--le contestó Teobaldo oprimiendo su mano;--sí, lo hay! Que esta idea te consuele y te impida acusar a la Providencia.
--¡Cómo! ¡Más que perder lo que se ama, sentirse amado y no poder pertenecer al objeto que se idolatra!
--¡Tú has sido amado, al menos!... Si hubieses visto, por el contrario, que la mujer a quien adorabas amaba a otro; si, más fuerte que la ley de la Naturaleza, los deberes de la religión hubiesen levantado entre ustedes una barrera insuperable; si confidente de su ternura para con tu rival, para un amigo, hubieses velado constantemente por ellos; si, en fin, ¡oh, tormentos del infierno! hubieses unido sus manos, ¿te creerías aún el más desdichado de los hombres?
--¡Cómo!--exclamó Carlos espantado,--esos tormentos de que hablas...
--Los he experimentado yo.
--¡Y los has podido soportar y ocultarlos! ¿Quién te ha dado el sobrehumano valor que necesitabas para ello?
--¡Dios y la amistad!
Y ambos amigos confundiéronse en un cariñoso abrazo, mientras el pueblo repetía, aludiendo a los recién casados:
--«¡Qué felices son!»
EL REY DE OROS
Sin preocuparse para nada de las parejas, ni de la magnificencia del salón en que se efectuaba el baile, las dos hablaban cerca de la chimenea. ¡Hablar en vez de bailar, a los quince o diez y seis años!... Forzosamente, la conversación tenía que ser interesantísima, y esta sola idea avivaba en mí el deseo de escucharla. Mal hecho; pero, ¿a quién se ha de permitir ser curioso, si no se le permite a un autor dramático? La curiosidad, que en los demás es un defecto, en él constituye un deber. Debe escuchar, aunque sólo sea por oficio. Por otra parte, ¡aquellas dos jóvenes eran tan lindas, tan elegantes!... En su porte y en sus miradas había tanta gracia y tanta ingenuidad; estaban tan risueñas, y se cuidaban tan poco del porvenir, que hacíase imposible no pensar en el de ellas. Una de las dos, rubia, hablaba con vehemencia y en voz baja; la otra, de hermosos cabellos negros, escuchaba con los ojos bajos y deshojando el ramillete de níveas camelias que tenía en la mano. Indudablemente le preguntaban y no quería responder. Transcurrido un instante, dirigió a su compañera sus ojos azules con una expresión angelical, de los que exhalábase una mirada que decía, sin duda alguna:
--Te juro que no te comprendo.
La contestación fue una carcajada, que traduje de esta manera:
--¿Sí? pues no te creo.