Chapter 5
»Arrastrada por una mano de hierro y tentada por la curiosidad de saber el secreto que me negaban, me acerqué a la puerta, y pálida y anhelante, sin poder respirar apenas, bajé la cabeza y me puse a escuchar lo que decían.
VIII
»Me puse a escuchar--repitió la Condesa;--pero sus palabras no llegaban hasta mí sino a intervalos, y había perdido el principio de la conversación.
--»Sí--decía Teobaldo:--por tu tranquilidad, y sobre todo por la suya, me habías jurado que no volverías a verla.
--»Me es imposible cumplir ese juramento... ¡La amo más que nunca!
--»Por ti entonces, y no por ella... ya que tan poco te importa su reposo; pero te importa que ella pierda el único bien que aun le resta en el mundo, su reputación, que siendo sus deudos, siendo sus amigos, debemos conservar y que sin la menor consideración comprometes a los ojos de todos.
--»Tienes razón... Pero la amo... y no puedes comprender, teniendo el corazón helado, la rabia y la desesperación que en mi pecho se encierran y que mis labios callan.
--»Así, pues--exclamó Teobaldo levantando la voz a impulsos de la cólera,--es por un amor insensato, criminal, por lo que sacrificas el reconocimiento y el deber.
--»¡El deber!
--»Sí, el Rey está enfermo, y te llama... tiene necesidad de tu ciencia. Su vida, que habías salvado, está nuevamente en peligro, y olvidas por una mujer tus juramentos, tus bienhechores.
--»¡Pero esta mujer lo es todo para mí: es mi alma, es mi vida!
--»Te compadezco, Carlos; pero no transijo con el deber: vengo a buscarte y tendrás que seguirme.
--»No puedo abandonar a Juanita.
--»Me seguirás, te digo.
--»Pero al menos, ahora no.
--»Hoy mismo, en seguida.
--»¡Nunca!
--»Yo sabré contenerte.
--»¡Te desafío a que lo hagas!
--»¡Pues bien! Por salvar al menos a uno de vosotros, voy a decírselo todo a Juanita...
»Y observé que Teobaldo se acercaba a la puerta.
»Carlos dio un grito.
--»Te obedezco... marcho... dejo la Inglaterra. Déjame siquiera una hora a su lado.
--»¡Una hora! Sea--contestó Teobaldo.
--»Yo iré a buscarte--dijo Carlos.
--»No, voy a hacer que dispongan el coche, y vendré yo mismo por ti... Esto es más seguro.
»Ambos salieron del gabinete; Teobaldo se ausentó acto continuo, y yo quedé sola con Carlos.
»La conversación que acababa de oír, aunque demasiado vaga para mí, me había hecho conocer, no el amor de Carlos, pues ya lo conocía con exceso, pero sí el origen de su fortuna. Había oído que la vida del Rey estuvo en peligro, y que Carlos, por medio de su ciencia, la había salvado. Carlos no me había dicho que el estudio y el trabajo le habían abierto una carrera, y aunque conocía su aptitud para todas las ciencias, ignoraba que la medicina le hubiese conducido a la fortuna y al merecido renombre de que gozaba. Por este medio llegué a explicarme el crédito y el favor de que gozaba cerca de algunas testas coronadas. ¿Pero por qué ocultarme esos pormenores? ¿Por qué ese cuidado extremoso que ponía en que ignorase acontecimientos que tanto me interesaban y que de tal modo anhelaba conocer? He aquí lo que no podía explicarme y lo que procuré averiguar.
«Estaba frente a mí, y su mirada era triste e incierta, no sabiendo sin duda cómo darme cuenta de su próxima partida. Fui en su auxilio, y tendiéndole la mano le dije:
--«Perdóneme usted, Carlos; perdone una culpable indiscreción de que me acuso. Quería, sin preguntárselo, saber su secreto; lo he escuchado.
»A estas palabras, la palidez de la muerte cubrió su rostro; sus mejillas pusiéronse lívidas y cayó a mis pies inmóvil y como aterrado.
»¡Ah! en aquel espantoso momento lo olvidé todo... Pasmada, fuera de mí, caí de rodillas ante él, sintiéndome dispuesta a seguirle.
--»¡Carlos!--exclamé:--Carlos, ¿me oyes? ¡Vuelve en ti para escuchar que te amo!
»Sentí entonces escaparse de sus labios un tenue suspiro; su corazón no había cesado de latir... Vivía todavía. Abrí las ventanas, y un aire puro refrescó la habitación y logró reanimarle. Le hice respirar un pomo, y por fin abrió los ojos; mi nombre fue la primera palabra que pronunciaron sus labios, y levantó la cabeza, que tenía apoyada sobre mi pecho.
--»¿Dónde estoy?--preguntó.
--»Junto a mí, cerca de tu amiga, que te pide que la perdones.
»En pocas palabras le conté mi falta, mi imprudencia, y le referí todo lo que había escuchado.
»A medida que yo hablaba, la mortal palidez de su rostro desaparecía lentamente. Un ligero carmín lo coloreó; la sangre y la vida circulaban por sus venas... Y, entretanto, sentíase bañado por mis lágrimas, y percibía los latidos de mi corazón, que, a mi pesar, le ponían de manifiesto mi alarma y mi amor.
--»¡Angel del cielo!--exclamó.--¡Eres tú quien me llama y quien busca mi alma!
--»No, no--le dije:--esa alma tan noble y pura debe permanecer aún sobre la tierra; es nuestra, nos pertenece.
--»Sí, tienes razón--me contestó, entusiasmado;--esa alma es tuya, tuya... Porque sólo tú puedes elevarla hasta el cielo o hundirla en los abismos; sólo tú puedes hacerme dichoso o quitarme la vida. ¡Oh, Juanita! Nunca sabrás lo que sufro... ¡Vivir junto a ti, enervarse con tu aliento, sentir consumirse de amor, sin atreverse, sin poder manifestarlo... éste es el tormento que me acibara todos los instantes del día... bien lo ves, no puedo renunciar a él, no puedo separarme de ti sin morir!
»Carlos estaba a mis pies, y cubría mis manos con sus besos... En mi turbación, en la enajenación de mis sentidos, percibí el ruido que hacía una puerta al abrirse. Un momento después, el conde de Pópoli estaba detrás de nosotros, nos miraba. Si hubiesen ustedes conocido lo violento de su carácter, comprenderían el furor que se apoderó de él. Se arrojó sobre nosotros, y repentinamente vi brillar dos espadas. Carlos hizo caer la de su adversario, y bajando la punta de la suya, dijo:
--»Escúcheme usted, escúcheme: su esposa es inocente, lo juro delante de Dios.
--»¡Y bien! ¡pronto vas a justificarte delante de él!--dijo el Conde, que acababa de recoger su arma y comenzaba de nuevo el combate con una rabia que había de serle fatal.
»Al arrojarse sobre Carlos, que no hacía más que defenderse, cayó mortalmente herido. En aquel instante entró una persona en el salón. Era un amigo, un salvador; era Teobaldo.
--»¡Desdichado!--gritó dirigiéndose a Carlos:--¡Vete, vete! ¡Mi coche está a la puerta, huye... Ya que no por ti, por el honor de Juanita!
--»¡Y este honor!--exclamé,--¿quién podrá salvarlo ya?
--»Yo--repuso Teobaldo;--yo, por el deber que tengo de velar sobre usted.
»Y corrió a mi marido que, haciendo un supremo esfuerzo, había logrado llegar hasta el cordón de la campanilla, y tiró de él violentamente. Al oír este modo de llamar, todos los domésticos de la casa se precipitaron en la habitación. Carlos acababa de salir, pero ellos vieron al Conde tendido y bañado en su propia sangre. Teobaldo le sostenía en sus brazos, y yo permanecía arrodillada junto a él, casi desvanecida.
»Toda la servidumbre rodeó al Conde, prodigándole los socorros que aun ellos mismos creían inútiles, dada la gravedad de su herida.
--»Vayan ustedes--dijo con voz desfallecida a los criados;--hagan venir al aldermán[*], a los magistrados, porque quiero hablar delante de ellos...
[*] Oficial municipal de Londres.
--»Sí--dijo Teobaldo:--ejecuten las órdenes del señor; pero--agregó en seguida,--déjennos solos con él.
»Todos salieron del aposento, y Teobaldo se aproximó al lecho donde había sido acostado el moribundo.
--»¿Cuál es su propósito, señor Conde?--le preguntó con voz grave y solemne.
--»El de encargar a la ley mi venganza, entregar a los magistrados la adúltera y sus cómplices... para que, cuando yo muera, y a los ojos de todo el mundo, los que me han engañado y deshonrado sean a la vez deshonrados con un castigo público y deshonroso...
--»¿Y qué dirá usted a Dios cuando comparezca en su presencia?--replicó Teobaldo con voz solemne.--¿Si ha acusado usted y herido al inocente; si ha legado el oprobio y la infamia a su esposa, que nunca fue culpable?
--»En vano espera usted engañarme--dijo el moribundo.
--»Yo, ministro del altar, digo la verdad; la digo delante de este lecho de muerte y delante de Dios que me escucha.
--»Y yo, que no puedo creerle, hablaré en presencia de esos dignos magistrados... Sí, hablaré.
«Efectivamente, en aquel momento el aldermán y sus asesores se presentaron a la puerta del aposento; los criados estaban a espaldas de éstos y llegaban hasta la escalera.
--»¡Ah!--dije a Teobaldo:--¡Estoy perdida!
--»¡No, mientras yo viva!
»Y se arrojó de rodillas al pie del lecho.
--»¡Escúcheme--dijo a mi esposo;--escúcheme en nombre de la salvación de su alma!
»E inclinando su cabeza al oído del Conde, le dijo algunas palabras que no pudimos entender.
»Durante este tiempo el magistrado se acercó lentamente, aunque guardando una respetuosa distancia. De pronto, el Conde, dirigiéndose a los que le rodeaban, dijo:
--«Señores: declaro que he sido herido legalmente por el señor Carlos Broschi en un duelo a que yo le he provocado. Les pido, pues, amigos míos, y a mi esposa, en quien reconozco el amor y la fidelidad en todos sus deberes, que no persigan ni importunen a nadie por mi muerte. ¡Y usted, padre mío, bendígame!»
--»¡Que Dios le reciba en su seno!--dijo el prelado al moribundo.
»Comenzó a recitar las oraciones de la Iglesia, a las que los asistentes contestaban, y después echó sobre su frente el óleo santo.
»Un rayo de alegría brilló en los ojos del Conde, estrechó la mano de Teobaldo, me tendió la otra, y díjome con dulzura:
--»¡Perdóname!...
»Y el cielo abriose para él.
»¡Me sería imposible describir a ustedes todo lo que yo experimenté durante aquel corto período de tiempo, tan largo para mí, tan horrible y extraño! Tantas y tan distintas emociones de amor, de terror y de sorpresa, me habían asaltado al mismo tiempo, que las fuerzas me faltaban, debilitábase mi razón, y algún tiempo después de tan penosos acontecimientos no podía creer todavía en la calma que me rodeaba.
»Fiel al silencio y a la discreción que se me había impuesto, y sin darme explicación alguna acerca de los tristes sucesos de que habíamos sido testigos y actores, Teobaldo separose de mí algunos días después de la muerte del conde de Pópoli.
--»Usted no me necesita--díjome.--La dejo rodeada de la estimación pública y del respeto que merece. Si las desgracias vuelven, yo volveré también. Otro reclama mis cuidados; otro amigo más desdichado que usted... ¡porque él es culpable!
»Y se ausentó Teobaldo.
IX
»Me quedé sola, pues, en aquella casa que tan bella me había parecido siempre y cuya soledad me causaba, a la sazón, una profunda tristeza; los primeros meses de mi viudez los pasé sin recibir noticia alguna de mis amigos; ¿a que se debía este silencio de su parte? Lo ignoraba.
»Me vi atacada entonces de una enfermedad cuyos primeros síntomas había sentido hacía largo tiempo, y que daba entonces bastante cuidado a las personas que me rodeaban; en cuanto a mí, no fijaba mi atención en ella, porque mi pensamiento estaba muy distante de mi persona.
»Por último, cierto día recibí una carta cuya letra me hizo estremecer: ¡era de Carlos!
»Decíame en ella que Teobaldo le había aconsejado que no me escribiese; pero que, al saber que yo estaba enferma, no había podido resistir al deseo de comunicarme sus sentimientos.
»El clima de Inglaterra, decía, no le conviene, aumenta sus padecimientos, necesita usted un clima más templado, más dulce, el bello sol de Nápoles, el aire de nuestra querida patria. Váyase, no al castillo del duque de Arcos, donde encontraría recuerdos demasiado tristes; pero sí a Sorrento, a la orilla del mar, a esa risueña villa que le pertenece y donde la amistad le aguarda.
--»¡Ah!--exclamé.--Has olvidado que todo lo he perdido, que nada me pertenece ya, ni aun el aire de mi país, donde fui reducida a prisión, y del que me vi desterrada...
»Pero, ¡cuál fue mi sorpresa cuando encontré unido a esta carta un decreto del Rey en que me devolvía la facultad de regresar a mi patria y los bienes de mi familia!
»No estaba ya desterrada, era rica y dichosa, y más dichosa aun por deber toda mi felicidad al amigo de mi infancia! ¡Ah! ¡cuán grande es la gratitud, y cuán dulce hace las personas que amamos, y con qué satisfacción recibimos el beneficio que nos obliga a amar más todavía!
»Pocos días después abandoné Inglaterra y me embarqué sufriendo mucho, a causa de mi soledad. ¡Sola! no; llevaba conmigo mis pensamientos, y otros más halagüeños y más dulces me esperaban; iba a ver de nuevo la bella Italia que había creído dejar para siempre! Había salido esclava de aquel país, y volvía libre... ¡libre! ¡Ah! en la situación en que me encontraba, ¡qué de recuerdos se agolpaban a mi imaginación al pronunciar aquella sola palabra! ¡Vanas ilusiones acaso, pero que la imaginación no podía desterrar! ¡Esperanzas insensatas nacidas en el corazón, y que constantemente nos hacen volver la vista hacia nuestra querida patria!
»Pisé, al fin, las playas de Sorrento; veía aquella deliciosa campiña que había pertenecido al duque de Arcos y que nunca había habitado. Carlos me aguardaba; yo corría a él llena de alegría y de satisfacción; sintiéndome dichosa al presente y esperándolo ser en el porvenir; pero quedé sorprendida al ver la tristeza que revelaba su semblante. ¿Qué podía él en aquella ocasión temer o esperar? ¡Yo estaba libre! Pero creí que mi salud era la causa de su pena y de sus inquietudes, y el interés que manifestaba hizo que se aumentase el amor que por él sentía, admirando los cuidados de que me rodeaba.
»Causábame indecible satisfacción deber la salud solamente a él y a su talento!
--»¡Ah!--me dijo:--se equivoca usted al creerme sabio; no lo soy.
--»Así, pues, ¿no es usted un célebre médico?
--»¡Ah! De todas las ciencias, ésa es la sola que yo desearía tener hoy. Pero, ¡ay de mí! no la poseo, y la prueba es que, a pesar de mis anhelos, no la puedo curar y es necesario ceder a otro esa gloria.
»En efecto, hizo ir de Nápoles a un sabio médico y Carlos me suplicó que le obedeciese, atribuyendo a sus conocimientos el cambio favorable que entonces experimenté.
--»Se equivoca usted--le dije:--la mejoría que siento la debo a usted, a su presencia.
»En efecto, no me había sentido tan feliz en ninguna época de mi vida. Segura de mí y de mi corazón, Carlos temía hablarme de sus esperanzas, y mi reserva igualaba a la suya. Yo necesitaba decirle: ¡Este corazón te pertenece! Pero, con un poco de paciencia y de silencio, el período del luto habría pasado; y el amor, que hubiera sido hasta entonces un crimen, sería después un deber.
»Nos comprendíamos sin hablar, y nuestros días pasaban en una dulce tranquilidad, en una dicha sin nombre; mis temores, mis inquietudes, mis antiguas desconfianzas, todo había desaparecido. El porvenir me había hecho olvidar el pasado: no obstante, Carlos nada me había dicho, nada me había confesado; pero parecíame que entre nosotros existía un secreto, un misterio... ¿Qué podía pedirle? ¡El me amaba! ¿Qué me importaba lo demás?
»Como en el tiempo de nuestra niñez, pasábamos el tiempo agradablemente entretenidos y dábamos largos paseos. Su conversación, siempre tan seductora, era entonces más grave y más instructiva. Crecida y educada fuera de la sociedad, apenas la conocía, y Carlos me iniciaba en las grandes cuestiones que entonces agitaban nuestra patria y el mundo entero. Hablábame de los principales soberanos; me describía sus caracteres, su política, como si él hubiese vivido en su intimidad. Me mostraba a la España arrastrada en alianzas y en nuevos lutos, gloriosos tal vez, pero menos útiles para aquella nación que la paz de que tanto necesitaba para cicatrizar sus hondas heridas; y me explicaba que esa nación podía ser más poderosa y respetada sin combatir, que por medio de la guerra.
--»¡Dios mío! Carlos--le dije:--¿de dónde ha sacado usted todos esos conocimientos? ¿Sabe usted que sería un grande y hábil ministro?
»Limitábase a sonreír, y permanecía con aire preocupado.
»Luego, me contestaba:
--»¡El Cielo me preserve de eso! ¡El poder está bien lejos de la dicha! Y la dicha está para mí aquí, cerca de usted.
»Después, oprimiendo mi brazo, que apoyaba en el suyo, y dirigiendo su vista al golfo de Nápoles, en aquel mar cuyas olas espumosas iban a extinguirse a nuestros pies, bajo aquel sol encantador que se ostentaba radiante:
--»¡Aquí--exclamaba,--en estas mismas playas de Sorrento, donde el Tasso vio la luz del día, donde él amó y donde sufrió!...
»Y, dejándose llevar de su entusiasmo, con voz conmovida y tierna me hablaba del Tasso, de su gloria y de sus desdichas; aquellas palabras elocuentes vibraban en mi oído como una dulce armonía, como los versos del poeta que admiraba. Escuchábale... admirábale, satisfecha y orgullosa de él y del amor que por mí sentía.
X
»Pasábamos las veladas en un pabellón elegante situado junto a la orilla del mar, el que hacía para nosotros las veces de biblioteca y de salón de música... Poníame al clavicordio y Carlos me acompañaba. Había adquirido tanta destreza en la música, que me causaba placer el oírle; tocaba el arpa con tal perfección, que, con frecuencia, cuando estaba triste, dejaba yo de tocar y de acompañarle, para no perder una sola de las notas que producía; y con frecuencia también, en aquellos días en que su corazón estaba poseído de pena, hacíanme derramar lágrimas los sonidos que arrancaba a su lira; él mismo, maestro por la inspiración y el sentimiento, experimentaba la emoción que causaba. Veíale, de pronto, inclinar su cabeza sobre el pecho, el arpa escaparse de sus manos, y su rostro inundarse de lágrimas, que procuraba ocultar con una sonrisa; luego, para desechar su melancolía, ejecutaba algún bolero o alguna graciosa barcarola.
»Nada igualaba a la bondad de su corazón, pero encontraba en su carácter contradicciones que me sorprendían y que no podía explicarme. Una mujer del pueblo, de aquellos alrededores, llamada Fiamma, fue cierto día a verme y a darme las gracias de no sé qué favor que le había yo hecho, y me contó que algunos años antes, pobre y miserable, se encontraba rezando en el camino, frente a una Virgen, pidiendo pan para ella y su familia, cuando, de pronto, pesada bolsa cayó a sus pies; levantó los ojos y vio a un joven caballero; era Carlos que le decía:
--»¿No eres tú Fiamma, jardinera en otro tiempo en el castillo del duque de Arcos?
--»Sí, señor--repuso ella;--y me encuentro sin pan y sin asilo desde que nuestra ama fue desterrada y confiscados sus bienes.
--»Ese dinero viene de su parte; tómalo, sé dichosa y ruega a Dios por ella.
--»Y por usted, señor.
»Fiamma, admirada, llevó la felicidad a su familia, y después, gracias a la generosidad de Carlos, se había casado con Bautista, su prometido, cuya fortuna había hecho y que era entonces uno de los hortelanos de Sorrento más diestros y trabajadores.
»A mi vez, quise dar una sorpresa a Carlos, y cedí a Bautista la plaza de jardinero en jefe de mi casa, donde fue a establecerse con su mujer y sus dos hijos. Al día siguiente de su llegada, orienté nuestro paseo hacia la habitación de aquellas buenas gentes, y entré en ella con Carlos, que me daba el brazo. Creía que el aspecto de aquella dichosa casa, de aquel matrimonio que tanto se amaba, le causaría una agradable satisfacción; ¡pero vi, con sorpresa, retratarse en su semblante un profundo dolor que procuraba ocultar!
»Cuando los niños en sus juegos llegaron, dando vueltas, a sus pies, Carlos retrocedió un paso para alejarse de ellos; luego, disgustado de aquel movimiento, se detuvo; pero durante el tiempo que yo los tuve en mi regazo acariciándolos y besándolos, apenas si él les hizo una caricia.
»Siempre que Carlos encontraba a Fiamma o a su marido en el parque separadamente, les hablaba con cariño y amistad alentándolos en sus tareas y no separándose de ellos nunca sin darles una prueba de su generosidad. Cuando los encontraba reunidos, volvía la cabeza y no les dirigía la palabra.
--»Creo que ama usted a Fiamma--le dije un día riendo,--y que tiene celos de Bautista.
»Me miró asombrado, y como si no comprendiese que semejante idea pudiese ocurrírseme; yo me apresuré a explicarle mis palabras.
»Respecto a los niños, cuando los veía en alguna de las calles de árboles echaba por otra. Es cierto que los chicos eran inquietos como todos los de su edad, y Carlos buscaba en sus paseos la soledad y el retiro.
»Al cabo de algún tiempo, su melancolía pareció aumentarse; sorprendíale con frecuencia triste y de mal humor, a pesar de que cada momento que transcurría nos acercaba al término de nuestros votos. ¡Dos meses más, y el tiempo de mi luto habría pasado! ¿Qué podría impedir nuestra dicha? ¿Qué nube podría obscurecer ese hermoso día? Carlos había recibido varias cartas y parecía vivamente preocupado; a pesar de la reserva que me había impuesto, me atreví a interrogarle.
--»¡Ay!--me dijo:--¡tiene usted razón, ha adivinado lo que pasa en mi alma; experimento un gran sentimiento! ¡Es necesario que la deje, Juanita! Que me ausente por un mes. Todo un mes sin verla, ¿comprende ahora mi dolor?
--»¡Sí--le contesté;--yo experimento lo mismo! ¿Y por qué se aleja usted? ¿Qué le obliga a partir?...
»Observé que mi pregunta le había causado una viva impresión, de la que no podía darme cuenta.
--»No quiero saber nada--continué:--nada le pregunto; su amiga no le pide sus secretos... hasta el día en que esos secretos sean los suyos...
»Carlos palideció; yo me apresuré a decirle:
--»Y aun entonces, a usted le tocará preguntar y a mí obedecer. Parta usted, pues que es necesario, y si me ama, vuélvame pronto la dicha que se lleva privándome de su presencia.
»Me juró que volvería antes de un mes... ¡Cuando, al fin, se alejó, lo difícil para mí fue el ocupar mis días, crearme ocupaciones y una nueva existencia; en una palabra, vivir sin él! Aquellos lugares, tan agradables y risueños cuando él los habitaba, no cesaban de recordarme su ausencia, y mi corazón se oprimía a la vista de tantos recuerdos.
»Había debido, hacía mucho tiempo, dar las gracias al Rey por las mercedes que me había concedido, pero la Corte viajaba en aquella época, y debía detenerse algunas semanas en Sevilla. Decidí emprender la marcha; era un viaje poco fatigoso y sobre todo una distracción para mí. Pero antes de mi partida quise, como un propietario cuidadoso de sus intereses, conocer al detalle los bienes que la bondad del Rey me había devuelto. Pasé dos o tres días en un trabajo nuevo para mí, y examinando y poniendo en orden los contratos y títulos que había en el departamento que habitaba Carlos. Entre aquella multitud de papeles encontré uno que hirió mi vista; era el fragmento de una carta desgarrada. Sólo pude ver en él palabras sueltas, frases cortadas; pero la letra era de Teobaldo, y dirigida a Carlos. He aquí su contenido:
--»¿Qué buscas, pues?... ¿Qué esperas?... insensato... Seis meses de dicha... dices, ¡y luego morir!... ¡Morir, ingrato!... ¿Y ella?... porque no te hablo de mí...»
»Cuando acabé de leer aquellas palabras, que no comprendía, temblé porque parecía que me anunciaban algún terrible acontecimiento; y mi alma, propensa a prever las desgracias, daba sin duda una interpretación torcida a frases cuyo sentido ignoraba. Pero, aunque en mi imaginación buscaba las mejores razones para tranquilizarme, me asustaba de mí misma y partí con el secreto presentimiento de que me amenazaba una nueva desdicha. Tuve una travesía feliz, y llegué a Cartagena con un tiempo hermoso.
»El viaje de la Corte había dado a las poblaciones una animación extraordinaria. El rey Fernando estaba en Sevilla, aguardando a la Reina que se le debía reunir, después de haber visitado las provincias vecinas.