Carlos Broschi

Chapter 4

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»Sin embargo, para no tener nada que reprocharme, envié a buscar a mi esposo. A pesar de ser ya más de media noche, el Conde estaba fuera todavía. Ordené que me llamasen a su vuelta. Pero el Conde no regresó al castillo en toda la noche.

»La inquietud se apoderó de mí, y apenas amaneció hice que fueran en su busca. Pero las puertas del castillo estaban bien guardadas por soldados españoles, y no dejaron pasar a mis emisarios. Poco después, presentóseme el oficial que los mandaba, y me dijo respetuosamente:

--»Vengo a cumplir una orden bien sensible para mí. Estoy encargado de prender a usted.

--»A mí, señor oficial?

--»Sí, a la condesa de Pópoli.

--»¿De orden de quién?

--»Del Rey.

»Me vi obligada a obedecer y, un momento después, subía al coche que se me tenía preparado. Llegamos al Castillo-Nuevo, donde fui encerrada. El conde de Pópoli había sido igualmente arrestado aquella misma noche en casa de un caballero vecino nuestro, que estaba complicado con él en la conspiración que se tramaba.

VI

»El conde de Pópoli, dueño de una inmensa fortuna, que aumentó considerablemente al agregársele la del duque de Arcos, mi tío, creía que su nombre y sus riquezas le daban derecho para figurar a la cabeza del gobierno. No había pensado nunca que el talento debe tenerse en cuenta, y habíase indignado de la poca importancia que siempre le concedió la corte de España. Soñando con el virreinato de Nápoles, y no escuchando más que la voz de su orgullo y su amor propio herido, concibió el proyecto de hacerse temer de los que le habían despreciado. Quiso librar a los napolitanos del yugo de los españoles e hizo entrar en el complot a muchos nobles de los alrededores, de los que se creía jefe, y de los que no era más que el instrumento; porque, en caso de triunfo, hubieran recogido el fruto de una sublevación en la que el conde de Pópoli corría todos los peligros.

»¡La conspiración era evidente, las pruebas numerosas y el parecer de los jueces era unánime!... Pero la opinión pública estaba tan pronunciada, era tan poco dudosa en el modo de juzgar del talento y capacidad del conde de Pópoli, que nadie dudaba de que tal proyecto no había sido concebido por él; a causa de esto, se me creyó el alma de aquel complot. Decíase que mis consejos y mi influencia le habían hecho entrar en esta conspiración, cuyo verdadero jefe era yo. En una palabra, se me concedían los honores de la invención. Debo confesar que las cartas escritas por mí y que obraban en poder de los jueces, constituían una prueba más que suficiente en contra mía.

»Supongo que conocerán ustedes los detalles de ese proceso, que tanto ruido hizo en España y en Italia. Sabrán también que fuimos condenados a muerte; pero, escuchen lo que tal vez ignoran.

»Mis jueces, compadecidos de mi juventud, habían solicitado gracia de la corte de Madrid, la que parecía imposible alcanzar porque la población de Nápoles nos miraba como a héroes, como a mártires de la libertad; había querido derribar las puertas de nuestra prisión, y hasta llegó a intentar una sublevación con el fin de salvarnos; la cual no tuvo otro resultado que asegurar nuestra pérdida.

»La ejecución de la sentencia se había fijado para el día de San Javier, y la víspera solicité que se me concediesen dos favores, los que me fueron otorgados. El primero fue ver y abrazar a mi querida hermana, a la que había sacado del convento un año antes y a quien nuestra prisión obligó a entrar de nuevo en él; y la segunda, elegir yo misma mi confesor. Se me dijo que un capellán estaba a las puertas de la prisión y que quería hablarme. Debía de ser Teobaldo; no me había engañado, en efecto.

»Entró con la frente erguida, la mirada llena de expresión; y comprendiendo el santo gozo que le animaba, corrí a él diciéndole:

--»¡Amigo mío! ¡Padre mío! He aquí el día de la libertad: la mirada de usted me lo hace concebir.

--»Aun no--me contestó con una sonrisa triste y expresiva.

»Luego, volviéndose al gobernador de la prisión, que entraba en aquel instante, le entregó una carta, que leyó vivamente, y, sorprendido en extremo por su contenido, la dejó caer sobre la mesa junto a la cual estaba yo sentada. Fijé en ella una mirada investigadora y me estremecí al ver unos caracteres que no me eran desconocidos. Sólo contenía estas palabras:

«Vuestra Majestad me prometió ayer concederme todo lo que le pidiese; pido gracia para la condesa de Pópoli y su esposo.

* * * * *

»CARLOS BROSCHI.»

»Debajo, y escrito por la misma mano del Rey, se leía: «Concedido.

»FERNANDO.»

* * * * *

»Abriéronse las puertas de la prisión; estábamos libres, pero desterrados para siempre del reino de Nápoles, obligándonos a abandonar el territorio en veinticuatro horas, y confiscados todos nuestros bienes. El Conde se ocupó de nuestro viaje, y yo con el corazón lleno de gozo, de temor y de sorpresa, me encerré con Teobaldo.

--»¡Carlos existe!--exclamé:--¡existe!

--»Sí, señora; le he visto, le he abrazado... porque el escrito que le he entregado en la prisión y que le ha devuelto la libertad, él mismo lo ha traído, porque no ha cesado de velar por la felicidad de usted.

--»¿Dónde se encuentra? ¿Por qué nos ha abandonado? ¿Por qué ese silencio, ese misterio en su destino?

--»Juanita--respondiome con voz conmovida y estrechando mis manos:--no me lo pregunte, no me pida explicaciones; no le podré satisfacer.

--»Así, pues, ¿conoce usted eso secreto?

--»Sí, me lo ha revelado, pero no como al amigo, sino como al ministro del Señor... y bajo el secreto de la confesión.

--»Una sola palabra--le dije:--¿sigue amándome aún?

--»Más que nunca.

--»¿Está libre?

--»Lo estará siempre; no ama, no amará a nadie más que a usted. Esto es lo que tal vez no debería decirle--continuó con voz trémula...--Pero, comprenderá usted que por la dicha de ambos... no debe verla... Le he impuesto esta ley... Me ha jurado acatarla, y confío en que cumplirá su palabra.

--»¡Tiene razón!

»A pesar mío, mis ojos vertían abundantes lágrimas, y una incertidumbre angustiosa agitaba y oprimía mi corazón.

--»¿La noche que debía usted bendecir nuestra unión--le dije,--se alejó de nosotros voluntariamente o se le obligó a dejarnos?

--»No, lo hizo por sí mismo, obligado solamente por el honor, por el deber.

--»Una pregunta más, Teobaldo: ¿en su lugar, hubiera usted hecho lo mismo?

--»Sí, señora.

--»En eso caso, ¿aprueba usted su conducta de entonces y de ahora? ¿aprueba su ausencia, su silencio, y hasta el misterio que le rodea?

--»Sí--repuso con voz firme.

--»¡Ya estoy tranquila!--exclamé tendiéndolo la mano;--como él, Teobaldo, seré digna de usted; como él, permaneceré fiel al deber, aunque sea un sacrificio superior a mis fuerzas.

»En aquel momento se presentó el conde de Pópoli. El buque estaba pronto y era necesario partir; los días del destierro comenzaban para nosotros.

--»¡Adiós, pues, patria mía!--decía llorando.--¡Adiós, hermoso cielo de Nápoles! ¡Adiós todo lo que he amado en el mundo!

»Y, entretanto, el navío nos alejaba para siempre de aquellas queridas playas, pobres, desterrados, sí, ¡desterrados para siempre!... Esta palabra vibraba en mis oídos con una violencia que ni el ruido de las olas, ni los gritos de los marineros podían ahogar; mientras que a lo lejos y de pie en la costa, Teobaldo agitaba todavía en señal de despedida su pañuelo blanco, que no tardó en desaparecer en la obscuridad. Largo tiempo permanecí sobre cubierta obstinada en distinguirlo, y cuando ya no le vi...

--»Todo ha terminado para mí--dije.

»Y me creí sola en el mundo.

»En la adversidad se tiene fácilmente valor para sufrir, cuando vemos junto a nosotros las personas a quienes amamos. Pero el infortunio se hace aún más amargo si nos vemos rodeados tan sólo de seres indiferentes. La desgracia es mucho mayor si no amamos a los seres con quienes vivimos; son dos suplicios, y el primero no es el más cruel comparado con el segundo. Me era necesario sufrir las quejas, el mal humor y hasta los reproches del conde de Pópoli, porque de todo me acusaba, hasta de la miseria que no había conocido, y que en breve llegó a aumentar mis dolores.

»Buscamos un refugio en Inglaterra; habiendo llegado sin recomendación alguna, no teníamos conocimiento en el país, y carecíamos de recursos; nuestros bienes confiscados nos privaban de toda esperanza; juzguen ustedes, pues, de mi situación, cuando nos pidieron el precio de nuestro alojamiento, que las pocas alhajas que me quedaban no bastaban para pagar... Ibamos a ser despedidos vergonzosamente; estábamos próximos a encontrarnos sin pan, sin asilo... cuando llegó para el conde de Pópoli un paquete de Londres y una letra, por la cual un antiguo deudor del duque de Arcos enviaba a la sobrina de éste diez mil libras esterlinas que le debía hacía mucho tiempo.

»El conde recibió este dinero como llovido del cielo; y yo, que no tenía más que un amigo en el mundo, adiviné fácilmente, por los términos en que estaba escrita la carta en que se me enviaba la letra, al que ocultaba una buena acción disfrazándola con el reconocimiento.

»Rehuyendo vivir en la ciudad, resolvimos establecernos en la campiña, cuyo modo de vivir convendría a mi salud, a la sazón bastante quebrantada. El Conde encargó a un individuo que nos proporcionase una residencia modesta y conveniente, y se presentó, por fortuna nuestra, una buena ocasión; estaba en venta una encantadora posesión en los alrededores de Londres, situada admirablemente y amueblada con gusto y elegancia; tenía cristalinas aguas, un parque magnífico, y la obtuvimos por un precio módico.

»Mi esposo sentíase encantado de las bellezas de esta modesta habitación, que yo miraba con indiferencia en un principio, y con algo de extrañeza más adelante, pues encontré un gabinetito amueblado y dispuesto como tenía el mío en el castillo del duque de Arcos. Allí tenía el mismo clavicordio y sobre la mesa mis autores predilectos, los libros que más me complacía en leer, y que una mano generosa había recogido para colocarlos allí a mi disposición; en mi destierro encontraba los recuerdos de mi pasada felicidad y de la patria ausente.

--»Gracias, Carlos, gracias--murmuré interiormente.

VII

»Transcurrieron varias semanas en la mayor tranquilidad, y nuestro aislamiento era completo; tranquilidad y aislamiento que me hacían mucho bien, pero que eran insoportables para mi esposo, que echaba de menos su país y sus partidas de caza. Era valiente, activo; y desterrado para siempre del suelo que le vio nacer, decidió, pues, entrar al servicio de Inglaterra, y presentó al efecto una solicitud a los ministros de Jorge II, que fue desatendida. Pidiome entonces que fuese a hablar a la Reina, la que me recibió con dulzura, pero me manifestó que sentía mucha pena por no poder favorecer a un proscrito por la corte de Madrid.

--»Sería arriesgarse--me dijo,--a recibir las justas reclamaciones del embajador de España.

»En aquel instante anunciaron al Rey, y Jorge II apareció apoyado en el brazo de un joven de buen aspecto y cuidadosamente vestido. Necesité hacer un grande esfuerzo para reprimir un grito de sorpresa al reconocer en aquel joven a Carlos, el cual palideció visiblemente y se vio obligado a apoyarse en un sillón. La Reina le tendió la mano y le dijo con bondad:

--»Siéntese, Carlos.

»Se inclinó cortésmente y permaneció de pie, continuando mirándome, con el más profundo silencio. Yo me despedí de SS. MM. y me retiré de su presencia; poco después llegué a mi casa en un estado difícil de explicar. El conde de Pópoli me aguardaba con impaciencia, y le conté el mal éxito de mis gestiones y la poca esperanza que debía tener; mientras hablaba, entró en el patio un carruaje.

»Las puertas del salón se abrieron, y vi aparecer a Carlos, el cual se presentó en casa de mi marido, sereno y con la mayor dignidad.

--»Señor--dijo al conde de Pópoli,--debo mi fortuna y mi posición al duque de Arcos y a su sobrina, y mi único deseo es poder recompensarles un día el bien que de ellos he recibido. Circunstancias favorables me han hecho tener en la corte y en el ministerio algunos amigos a quienes he hablado en favor de usted, y he conseguido que se le conceda un empleo de cierta categoría en el ejército inglés, cuyos valientes soldados pertenecen a todos los países, como ha dicho el Rey al firmar el despacho; soy dichoso por ser el portador de tan feliz nueva, y suplico a usted olvide lo pasado y disponga de mí incondicionalmente.

»Había en su acento tanta lealtad y franqueza, que el Conde, no pudiendo contener su emoción, le tendió espontáneamente la mano, diciéndole:

--»Soy yo, señor, a quien debe culparse de todo lo pasado. Deme su mano... y su amistad, porque en adelante puede usted contar con la mía.

»Desde este día, Carlos frecuentaba nuestra casa.

--»He jurado a Teobaldo--me dijo,--no hablar a usted de mi amor y sostendré este juramento. Pero había ofrecido también velar por usted, protegerla, dedicarle mi vida entera, y cumplo esta promesa. Soy un amigo... un hermano... que nada pide para sí, sólo desea ver a usted... porque vivir sin verla me es imposible, lo he ensayado y no tengo el suficiente valor para privarme de ello; preferiría morir.

»En efecto, veíamos a Carlos casi diariamente; pero, fiel a su promesa, elegía las horas en que mi esposo estaba en casa; y nadie, excepto yo, podía adivinar lo que sufría su corazón. Nunca me dirigió una palabra, una mirada de amor; pero la intensa emoción que le devoraba poníase de manifiesto en sus ojos, y una mirada mía le decía con frecuencia que comprendía sus sufrimientos y su abnegación.

»Mostrábase grande, pero no tanto como era en realidad. Después de algunas palabras que se le habían escapado involuntariamente, y de lo que Teobaldo me había dicho, comprendí que en el instante en que debíamos unirnos para siempre, un deber imperioso, sagrado, un deber que yo no podía explicarme, le había separado de mí... ¡Volvía a mí, me amaba siempre; era libre, y yo estaba unida a otro hombre, estaba encadenada para siempre! Una o dos veces me encontré sola con él, y entonces todo su valor y su resolución le faltaban; su emoción era tan grande, que apenas podía hablar; y yo, más conmovida que él, procuraba llevar la conversación a la época de nuestra niñez, a los tiempos de nuestra juventud; pero, a pesar mío, e impulsada por una secreta curiosidad, concluía siempre por llegar al día de nuestra separación.

--»¿Aquel hombre--decíale,--aquel extranjero que llegó la misma tarde del día en que nos separamos, y que habló largo tiempo con usted, no fue la causa de su partida?

--»Sí--contestábame en tono sombrío:--él fue la causa de que mi felicidad futura desapareciese... me fue necesario huir de usted... Mi dolor, mi desesperación... no han encontrado consuelo, ni olvido mis males sano con el estudio, con el trabajo. El talento que debo a usted... porque todo se lo debo, me ha abierto una carrera en la cual hasta entonces no había pensado. Ella me ha llevado a la fortuna... ¡fortuna honrada, se lo aseguro! Su amigo es el amigo de Teobaldo, y no ha dejado de ser hombre de bien; si no lo fuese, no estaría en presencia de usted... no se atrevería a fijar los ojos en el ángel que ama, que adora... No, no--repitió bajando la voz:--¡que reverencia, que respeta, y que le han arrebatado para siempre!

»Cuando acabó de pronunciar estas palabras, ocultó el rostro entre sus manos para ocultar su llanto. Pero comprendí su acción.

--»Carlos--le dijo con dulzura:--hay un secreto que pesa sobre la vida de usted.

--»Sí, un secreto que me matará.

--»¿Ese secreto--proseguí,--que ha revelado usted a Teobaldo, no puedo conocerlo?

»Se estremeció y me miró como espantado.

--»¡Ignora usted, pues--continué,--que le estimo tanto como Teobaldo, que le amo tanto como él!... ¡ah! ¡mil veces más!... La proximidad de la muerte, la vista del cadalso no me hicieron palidecer; ¡y cree usted que un secreto del que depende su suerte no me podrá ser confiado! ¡Teobaldo lo guarda por amor a su Dios! Yo lo guardaré por el amor que profeso a usted, y el hierro del verdugo no lograría arrancármelo.

»Carlos me miró algunos instantes con amor y reconocimiento; una radiante mirada brilló en sus ojos y creí que iba a ceder; pero me contestó con tristeza:

--»¡Juanita, no desee usted saber ese secreto!... Ignórelo siempre si me ama; porque no podré decírselo sin morir: ¡el día que lo conozca habré dejado de existir!

»En aquel instante entró mi esposo, y Carlos, haciendo un esfuerzo sobre sí mismo, cambió su tristeza en la conversación viva y mordaz que le caracterizaba.

»Había en la franqueza de sus modales y en la gracia de sus palabras un atractivo que le hacía simpatizar con todo el que le trataba. El Conde cedía con frecuencia a su ascendiente y dejábase arrastrar por él, seducido por lo agradable de la conversación; asombrábase de encontrar un placer que no fuese la caza. Habíase acostumbrado de tal modo a las visitas de Carlos, que el día que éste no iba estaba de mal humor y regañaba con todo el mundo, sin exceptuarme a mí.

»Por esta época, deseó pasar a un regimiento que iba a Hannover, y su instancia fue bien admitida; estaba protegido en la corte por una mano invisible. Pero lo que más me admiraba era que yo había hablado a muchas personas de Londres, de Carlos Broschi, y nadie conocía este nombre ni habían oído hablar de la persona así llamada.

»Cierto día presentose un hombre en mi casa y preguntó a mis criados si el señor Broschi debería ir allá, porque no le había encontrado en su alojamiento, según decía, y le era absolutamente necesario verle. Se me dio cuenta de aquella visita, e hice entrar al desconocido, como éste probablemente esperaba.

»El extranjero era un anciano de buen aspecto, y cuyos cabellos blancos dábanle un aire respetable; su figura estaba llena de bondad y animada por unos ojos vivos y que aun tenían algo de brillo de la juventud.

»Le hablé de Carlos, y repentinamente levantó la cabeza con una alegría y un orgullo difíciles de explicar. Carlos, según pude deducir, era su dios, su ídolo; y el anciano no encontraba sobre la tierra persona a quien compararle. Pero de pronto, y como si temiese que su entusiasmo le llevase demasiado lejos, cesó de prodigarle sus elogios.

--»No puedo hablar más--decía:--si le conociese usted como yo; si supiese todo el bien que hace, el oro que derrama a manos llenas... ¡Es un hombre superior... un hombre tan rico y tan humilde... tan modesto y tan dulce! Es la bondad misma... no causará daño a nadie... exceptuando, tal vez, a una persona.

»El anciano enjugó una lágrima que resbalaba por sus mejillas. En cuanto a mí, escuchábale con atención, porque me parecía que una voz conocida llegaba a mis oídos; el extranjero se preparaba a seguir los elogios de Carlos, cuando éste entró en el salón. Apenas vio al desconocido, Carlos se enrojeció; sus ojos, de ordinario tan dulces, lanzaban miradas ardientes, y un temblor nervioso agitó todo su cuerpo.

--»¿Usted aquí?--exclamó:--¿Quién le ha permitido venir? ¿quién le ha dado permiso para presentarse delante de mí?

--»Sólo he querido verte un instante, Carlos--contestó el anciano temblando.--¡Hace tanto tiempo que no he gozado de esta dicha!...

--»¿Qué desea usted?--continuó Carlos procurando disimular su enojo en mi presencia.--Le he señalado diez mil libras de pensión: ¿quiere quince, quiere más todavía?

--»No, bien lo sabes tú... no es esto lo que yo quiero.

--»¿Quiere veinte? Pero con la condición de que partirá al instante, y de que no le volveré a ver.

--»Todo lo rehúso, si no me permites que te vea al menos una vez al año.

--»¡Sea!--repuso Carlos, dominado por un acceso de cólera.--¡Pero parta... aléjese!

--»Te obedezco, Carlos--dijo el anciano llorando.--¡No eres cruel y malo sino para mí!... ¡No me quejo! ¡tienes razón!... Pero llegará un día en que me hagas justicia... Adiós, pues, hasta el año próximo... ¿no es cierto? Adiós, Carlos, yo pediré a Dios por ti.

»El extranjero salió, y Carlos dejose caer en un sofá conmovido y lleno de ira.

--»¡Ah! ¡Dios mío!--le dije acercándome a él:--¿quién es ese anciano?

--»¡Qué! señora, ¿no le ha conocido usted?--me dijo en tono brusco.

--»¡Ah! No, se lo aseguro.

--»¡Es mi padre!

--»¿Su padre?--exclamé:--¡Mi antiguo maestro de música!... El buen Gerardo Broschi... ¡Ah! ¿De dónde viene, qué ha sido de él? ¡sería muy dichosa en abrazarle!...

»Corrí a la ventana para llamarle, pero Carlos me detuvo: veía atravesar una de las calles de árboles al anciano, que se alejaba en el parque, y reconociéndole en aquel instante, exclamé:

--»¿Es el extranjero que, en el castillo de Arcos, fue preguntando por usted en la tarde del funesto día en que nos separamos?

--»El mismo. Hacía diez años que había partido para San Petersburgo, donde era el maestro de música, o, mejor dicho, el confidente de la emperatriz Catalina; ésta le empleó en intrigas de la corte, lo cual, descubierto por el Czar, a quien no gustaba que se burlasen de él, envió a Gerardo a la Siberia. Allí ha permanecido siete años, sin poder dar noticia alguna de su existencia, y regresó a Nápoles el mismo día en que debía efectuarse nuestro matrimonio.

--»¿Y por qué, Carlos, usted, que es tan bueno para todo el mundo, trata con tanta dureza a su padre?

»Carlos no me contestó.

--»¿Por qué rehúsa verle?

--»¿Por qué?--me dijo con aire sombrío y temblando convulsivamente:--porque cuando le veo me dan ganas de matarle. Esto es horrible, ¿no es verdad? Y como no quiero ser parricida, le he prohibido que se ponga en mi presencia. Hago mal, sin duda, y me acuso de ello; pero quiero evitar una desgracia.

»Carlos inclinó la cabeza sobre el pecho y quedó silencioso.

»Algunos días después recibimos una visita que estábamos muy lejos de esperar. Carlos iba frecuentemente a desayunarse y a pasar el día con nosotros. Un criado entró y dijo en voz baja a Carlos que monseñor el obispo de Nola deseaba verle. Carlos exclamó sorprendido:

--»¡El! ¡en Inglaterra!... ¿Qué le ha traído?... ¿Por qué no entra? ¿Teme volver a ver a sus amigos y encontrarse entre ellos?

»En aquel instante abriose la puerta y apareció Teobaldo. Mi esposo lanzó un grito de sorpresa:

--»¡Es posible! ¡el antiguo capellán del duque de Arcos! ¡El que el año pasado todavía era nuestro capellán! ¡verle en los altos puestos de la Iglesia!

»En seguida, el Conde se acercó a él, y saludándole con respeto le dijo:

--»¿Parece, señor Teobaldo, que ha hecho usted una brillante carrera?

--»Pero, no por mi talento ni por mis méritos--repuso fríamente Teobaldo,--sino por la protección de algunos amigos.

--»¡Han cumplido su promesa!--exclamé vivamente.

--»No por completo...--dijo en tono de reconvención y dirigiendo una severa mirada a Carlos, que estaba sentado a mi lado.

»Luego, aproximándose a él, le dijo:

--»He venido hasta aquí porque es necesario que te hable.

--»Más tarde, monseñor--le contestó Carlos con voz dulce y sonrisa graciosa, que parecía querer desarmar el rigor que demostraba Teobaldo.--Tenemos tiempo.

--»No--repuso Teobaldo con dureza.--Vengo a buscarte, a llevarte; necesitamos partir hoy mismo.

--»¿Y por qué razón?

--»Por una muy importante, que ya te explicaré.

--»No demoren ustedes por nosotros su conferencia, grave sin duda--dijo el conde de Pópoli.--Pasen a mi gabinete, que pongo a su disposición; yo voy a salir, y les ruego obren con toda libertad, pues están en su casa.

»Abrió la puerta del aposento, y los dos amigos entraron en él; en seguida partió el Conde, y yo quedé sola.

»No sé cómo decir a ustedes lo que sentí entonces, y la horrible tentación que se apoderó de mí. Teobaldo y Carlos estaban allí... a dos pasos de mí... hablando sin duda de aquel misterio de que dependía su suerte y por consecuencia la mía.