Chapter 3
»Carlos estaba cada día más contento, más satisfecho, más decidor; su gracia y su ingenio animaban todas nuestras reuniones, y cuando nos encontraba juntas a las dos personas a quien su solicitud y cuidado había salvado, su rostro tomaba una expresión de alegría y de contento difícil de explicar.
»Sólo pensaba en nosotros, y se ocupaba asiduamente en procurar distracciones al pobre Teobaldo, que desde su enfermedad y durante su convalecencia estaba demasiado triste y abatido.
»En más de una ocasión me hizo notar su estado; cuando le sorprendía en sus paseos por el parque, le encontraba solo, la cabeza baja, y sus ojos contenían con dificultad sus lágrimas; inquietos al verle de este modo, le preguntamos el motivo que tanto le afligía.
--»Mi pobre madre--nos dijo--está en peligro de muerte.
»Compartimos su dolor y procuramos consolarle; pero, ¡ay de mí! bien pronto la perdió, y lloramos con él sin poder calmar su tristeza, que aumentaba cada día. Obligado por nuestras continuas preguntas, nos declaró, por último, que hacía tiempo meditaba un proyecto que nos participaría al día siguiente.
»En efecto: la mañana de dicho día encontrábame en el salón de música, sentada cerca de Carlos, cuyos dedos corrían sobre el clavicordio, sin ocuparnos de la obra que teníamos delante. Yo le hablaba de la herida que había recibido defendiéndome, que sólo él había olvidado, y de que nunca le oí quejarse; le recordaba su entrada en el salón en el momento que Eduardo me rechazaba brutalmente cuando intentaba huir de su lado.
--»¡Ah!--me dijo.--Fue el día más horrible de mi vida; no había experimentado nunca un dolor semejante.
--»¿Cuándo hirió a usted con su cuchillo?
--»No, cuando creí que iba a abrazar a usted.
»Al pronunciar estas palabras, que parecían escapadas de sus labios, había en su voz, en su mirada, una expresión que no había notado nunca en él, y que me causó profundo asombro.
--»¡Carlos!--exclamé inclinándome hacia él.
»Lanzó un grito de dolor y su rostro se cubrió de una palidez intensa. Acababa, sin saberlo, de oprimir con fuerza el brazo en que su herida estaba abierta todavía, y fuera de mí, caí a sus pies para pedirle perdón por el daño que sin querer le había causado; quiso levantarme, y su cabeza tocó la mía, sus labios rozaron ligeramente los míos, y, en aquel momento, apareció Teobaldo. Nos vio, y una palidez mortal invadió su rostro, mientras que Carlos y yo nos sonrojamos al darnos cuenta de su presencia.
»Teobaldo se repuso, y nos sonrió con la tristeza que acostumbraba.
--»Amigos míos--nos dijo, sentándose cerca de nosotros.--Se acordarán ustedes de la sorpresa que me causó, hace algunos meses, el sueño que Carlos nos contó había tenido. Y esa sorpresa fue tanto mayor, cuanto que hacía muchísimo tiempo que esas mismas ideas eran las mías; fueron las primeras que yo concebí, y que el tiempo y mi enfermedad han fortificado. Cuando estaba usted, señora, en peligro de muerte, prometí a Dios que si la salvaba, me consagraría a él, abrazaría el estado eclesiástico.
--»¿Hacerse religioso?--exclamé.
--»¿Y por qué no? ¿Qué destino me espera en el mundo? ¿puedo aspirar acaso a la dicha de tener una familia? ¿qué mujer me aceptaría por esposo? ¿de quién puedo esperar ser amado? La vida religiosa me brinda el reposo y la calma; conviene a mi carácter tranquilo y dado al estudio; ella no nos separará. Dios no prohíbe amar a sus amigos; al contrario, nos manda rogar por ellos, y yo no me ocuparé de otra cosa sino de la felicidad de ustedes.
»Carlos, con toda la efusión y el calor de una verdadera amistad, combatió semejante proyecto; pero Teobaldo rechazaba todas sus objeciones con la calma y sangre fría de un hombre cuya resolución es inquebrantable; pero como nosotros insistiésemos, exclamó:
--»¿Dirán ustedes, acaso, que no tomo ese partido por ambición? Carlos, ¿no soñaste que yo llegaría a las primeras dignidades de la Iglesia? Déjenme que haga mi fortuna, y entonces se manifestarán celosos más bien que opuestos a mi proyecto.
--»¡No lo consentiremos, de ningún modo!
--»Preciso será que consientan ustedes, pues ya está hecho.
»Ambos lanzamos un grito de dolor y de sorpresa.
--»Sí--prosiguió él;--he pronunciado mis votos.
--»¿Cuándo?
--»Hace pocos días. Había previsto lo difícil que me sería resistir a sus instancias, y he querido evitar esta debilidad anteponiéndome a ella. No me compadezcan ustedes, amigos míos: estoy contento, soy dichoso.
»En efecto, a partir de este día la calma sucedió a las inquietudes que agitaban su alma. La serenidad apareció en su frente, la sonrisa en sus labios; su amistad parecía más intensa, más pura. Aislado del mundo, parecía no tener sobre la tierra más objeto que nosotros, y consagraba al Cielo y al estudio todos los instantes en que no lo necesitábamos. Tuve el atrevimiento de pedir para él a mi tío el título de capellán del castillo, que poseía rentas considerables, y el Duque me concedió este favor.
»Logrado este primer deseo, solicité para Carlos la plaza de secretario, que Teobaldo no podía desempeñar, a lo cual accedió también mi tío sin repugnancia y sin objeción alguna. Semejante conducta de su parte dejome profundamente admirada, y mi alegría rayaba en locura, pensando que la edad había cambiado el carácter del Duque.
»En la entrevista que tuve con él, para pedirle ambos favores, me dijo:
--»A mi vez, tengo también alguna cosa que pedirte.
--»Todo lo que quiera usted, querido tío--le contesté,--se lo concedo por anticipado.
--»Está bien--me dijo abrazándome, favor que nunca me había hecho;--no olvides esta palabra, te la recordaré pasadas algunas semanas.
»Una mañana, en efecto, me hizo llamar a su habitación; me puse a sus órdenes, sin saber de lo que se trataba; mi corazón latía con violencia, mis piernas temblaban y tuve necesidad de detenerme algunos instantes antes de entrar en su gabinete, para disimular mi emoción. Mi tío estaba sentado cerca de una mesa y leía; al verme, dejó sus anteojos y su libro.
--»Querida sobrina--comenzó diciéndome;--eres demasiado bella y bien educada; tienes talento, más sin duda de lo que convendría a la familia de los Arcos; pero el mal, si lo es, no tiene remedio. Además, cuentas diez y ocho años, y todos los señores de las cercanías solicitan tu mano.
--»¡Ah!--exclamé;--no he pensado en casarme...
»Mi tío me miró con sorpresa y prosiguió fríamente:
--»Te he hecho venir, no para pedirte consejo, sino para prevenirte que he ofrecido tu mano a uno de mis vecinos.
»Me turbé de tal modo, que creí que iba a perder el conocimiento. Mi tío me mostró con el dedo un sillón, y, sin interrumpirse, continuó diciendo:
--»He elegido el más rico y más noble, el hijo del conde de Pópoli. Vendrá mañana; prepárate a recibirle.
»Quise hablar, suplicar; pero aparentando no comprenderme, mi tío tomó sus anteojos y su libro y me hizo seña con la mano para que me retirase.
»Como fascinada por aquel dedo demacrado que se extendía hacia mí... obedecí, sin despegar mis labios; salí y me encaminé a mi aposento, donde derramé un mar de lágrimas. ¿Por qué? ¿de dónde provenía mi desesperación? Lo ignoraba, nunca me había dado cuenta de lo que podía suceder en mi corazón. Sólo mis amigos eran capaces de consolarme, y fui en su busca.
--»Amigos míos--les dije llorando;--aconséjenme, sálvenme, me quieren casar.
»Teobaldo se estremeció; luego le vi levantar los ojos al cielo y brillar en ellos una lágrima.
»Carlos púsose pálido como la muerte, y nada me contestó. Creí que no me había comprendido.
--»¡Me quieren casar!--repetí;--¡díganme algo! ¡contéstenme!... ¿Qué me aconsejan?
--»No consienta usted--exclamó Carlos con alegría.
--»¡Prefiera usted la muerte!--dijo Teobaldo.
»Carlos quiso proseguir, pero no pudo pronunciar una sola palabra... Permaneció algunos instantes con la cabeza entre las manos, como buscando alguna idea.
--»Si tal es la voluntad del señor Duque--dijo luego,--ni la razón, ni las lágrimas, ni los ruegos conseguirán vencerlo.
»Teobaldo y yo comprendimos que tenía razón, y guardamos silencio. Carlos continuó:
--»Por mi parte, ni aun ensayaría el hacerle cambiar de modo de pensar; sería inútil.
--»¿Qué haría usted?
--»Me dirigiría a un poder superior al suyo. Abandonaría el castillo, e iría a refugiarme en un convento, el _della Pietá_, donde se encuentra la hermana menor de usted, la señora Isabel.
--»¡Tiene razón!--exclamé;--¡partamos!
--»¡Insensata!--exclamó Teobaldo deteniéndome;--¿Cree usted que la abadesa _della Pietá_ consentiría en recibirla y retenerla contra la voluntad del señor Duque? A su voz todos los monasterios se cierran; ni uno sólo querría excitar su cólera, ni resistiría a sus justas reclamaciones... Porque, sobre todo, él tiene dos derechos sobre usted. Es usted su sobrina... y la ha educado.
»Ni Carlos ni yo encontramos palabras que poder oponer a tan justos razonamientos. Teobaldo inclinó la cabeza y prosiguió, al cabo de un momento:
--»Un solo medio queda, que yo le diré.
--»¿Y cuál es?
--»Lo sabrá usted pasados unos días.
»A pesar de nuestras instancias, no quiso satisfacer la ansiedad que experimentábamos.
IV
»La mañana siguiente, el látigo de un postillón resonó en el patio del castillo, y a poco se vio entrar un magnífico coche precedido y seguido de escuderos y picadores. Mi tío, de pie y rodeado de todos sus criados, recibió en la escalera a un joven a quien abrazó, conduciéndole luego al salón principal. En seguida me envió a decir que me esperaba. Creí que no acabaría nunca de bajar la escalera de piedra que desde mi aposento conducía al salón de ceremonia. Dos veces me vi obligada a apoyarme... En fin, reuniendo todas mis fuerzas, entré con los ojos bajos y sin poder apenas sostenerme.
»Mi tío se me acercó, y tomándome la mano me presentó al conde de Pópoli, que hacía un año había heredado de su padre las más ricas propiedades de la comarca. ¡Imagínense lo que pasó por mí, gran Dios, al reconocer en mi prometido al rudo y feroz Eduardo, el que dos años antes y en aquella misma habitación me había groseramente insultado, el que tan baja y cobardemente había herido a un hombre desarmado e indefenso!
»El conde de Pópoli me saludó con respeto, y después se volvió a mi tío, el cual, continuando la conversación comenzada, le dijo fríamente:
--»Dentro de quince días y en la capilla del castillo, mi capellán celebrará el matrimonio.
»A lo que el Conde contestó inclinándose:
--»Como guste, monseñor.
»Indignada de tanta tiranía; convencida que ante tan firme resolución mi dicha no sería tomada en cuenta para nada, encontré en la convicción de mi inevitable desgracia una energía desconocida hasta entonces, y juré que nunca sería la esposa del conde de Pópoli.
»Carlos, por su parte, mostrábase tranquilo y lleno de esperanza en los medios que había imaginado y sobre los cuales guardaba el más profundo silencio.
»Pero, transcurridos algunos días, toda la confianza de que había hecho alarde le había abandonado; taciturno y silencioso, era presa de una sombría desesperación.
--»No hay salvación para usted--me dijo;--no puedo hacer otra cosa que morir por mi bienhechora. He ido en busca del conde de Pópoli, y sin nombrarla para nada ni comprometerla, lo he recordado el insulto que le había dirigido hace dos años; le he ofrecido y pedido una reparación más completa que la que había obtenido. Contaba con que aceptaría, porque dicen que es valiente, y le hubiese muerto o hubiese dejado mi vida en sus manos. Quería por ese medio impedir la desgracia de usted, o no ser testigo de ella. Esto es, señora, todo lo que podía hacer por usted el pobre Carlos. Pero el Conde ha rehusado altivamente, preguntándome quién era... ¡Quién era, señora!... ¡cuando se trataba de morir!... ¡Huérfano, bastardo tal vez, no tengo derecho a que me mate un noble, un señor!... el conde de Pópoli. Parece que es un crimen aspirar a este honor, porque el señor Duque me hizo azotar.
--»¡A usted, Carlos!
--»Sí, azotado...
»En aquel momento llegó Teobaldo, y ambos nos arrojamos a sus brazos...
--»Sí, son ustedes muy desgraciados--nos dijo, procurando darnos una esperanza que él mismo no tenía, mezclando a los consuelos de la amistad los de la religión.
»Durante dos días le vi ocupado solamente en calmar la desesperación de Carlos, que, en el colmo de su desventura, nada quería escuchar. Su exasperación cesó de repente; pero sombrío y pensativo, guardaba el más profundo silencio con Teobaldo y conmigo. Parecía enteramente ocupado de un siniestro proyecto que absorbía toda su atención y le hacía olvidar a sus amigos.
»Entretanto pasaban los días, y ya estábamos en la víspera del fijado para la realización del funesto enlace.
»Teobaldo se presentó delante de mí, pálido y con el semblante demudado.
--»¡Juanita!--me dijo;--es necesario salvar a Carlos, es preciso salvar su alma. Esta mañana ha venido a mí, no como a un amigo, sino como al ministro del altar; me ha pedido la absolución, que yo le he rehusado, porque está firmemente decidido a cometer un crimen.
--»¡El!--exclamé.
--»Sí... un crimen que lleva consigo la condenación eterna. No le maldiga usted, señora; no le abrume con su cólera... ¡Hoy mismo quiere matarse!
»Yo lancé un grito agudo, y sentí que un frío mortal se apoderaba de mí.
--»¡Matarse!--exclamé;--¿y por qué?
--»¿Por qué?--repitió Teobaldo, estrechando mis manos entre las suyas, frías como el mármol...--No sé cómo decírselo... y no obstante es preciso... es necesario...
»Y al hablar así el sudor corría por su pálida frente.
--»¡Acabe! ¡Acabe!
--»¡Pues bien!--dijo en voz baja y haciendo un esfuerzo sobre sí mismo:--sólo a mí me ha confiado su secreto, y usted no debería saberlo nunca... ¡Ama a usted como un insensato! ¡Vea por lo que se quiere matar! ¡Vea por qué la maldición del Cielo caerá sobre él!
--»¡Ah!--exclamé:--también deberá caer sobre mí, porque sus pensamientos son los míos.
--»¡Usted, Juanita! ¡quiere morir!
»Pero, bajando la vista y sin atreverse a mirarme, continuó con voz temblorosa:
--»¿Le ama usted del modo que él la ama?
»Yo nada contesté; pero caí a sus pies. Teobaldo lanzó un grito y guardó el más profundo silencio; después, fijando sobre mí una mirada llena de bondad, me dijo:
--»Hija mía (era la primera vez que me daba este nombre, autorizado por las santas funciones de su ministerio), hija mía, ¡ojalá pueda alejar de usted y que caiga sobre mí la desgracia que ambos se han preparado! Prométame solamente renunciar a esas ideas de muerte, proyecto culpable que le cerraría las puertas del Cielo, de ese Cielo donde espero volver a encontrarla.
--»Pero entonces, ¿qué partido tomaremos?
--»Uno hay--contestó con emoción;--si ama usted a Carlos, si se siente capaz de arrostrar por él la cólera del señor Duque, el desprecio del mundo, las desgracias, la miseria quizás.
--»Estoy pronta.
--»¡Pues bien! Yo hago mal, sin duda, dándole semejante consejo... Pero, piensa usted en matarse, y es necesario salvar su alma...
»Teobaldo calló por algunos momentos como si le espantase el partido que acababa de tomar.
--»¡Ah! Dios perdonará una falta mejor que un crimen. Cásese con Carlos en secreto y ante el altar.
--»¿Y quién se atreverá a arrostrar la venganza de mi tío, de mi familia? ¿Quién nos desposará?
--»¡Yo!--repuso Teobaldo.
»No encontrando expresiones con que manifestarle mi gratitud, me arrojé en sus brazos.
--»¿De dónde proviene esa sorpresa?--continuó:--¿no le tengo dicho hace algunos años que no sería en balde la protección que me dispensaba?
»No teníamos tiempo que perder. A la mañana siguiente debía celebrarse mi matrimonio con el conde de Pópoli, y decidimos que aquella misma noche Carlos y yo iríamos a la capilla del castillo por caminos diferentes; que Teobaldo bendeciría nuestra unión, y una vez efectuado nuestro enlace, nos resignaríamos a sufrir la cólera del duque de Arcos, que podría sumirnos en una prisión, arrojarnos del castillo y desheredarnos, pero no romper nuestra unión!
»Después de la comida nos trasladamos al salón, cuyas puertas vidrieras daban al parque; el conde de Pópoli, sentado cerca de mí, mostrábase tan galante como se lo permitían sus costumbres de cazador.
»Carlos entró, y en su alegre mirada, llena de dulzura, conocí que Teobaldo le había prevenido. Acababa de despedirse de mi tío, pues debía marchar a una granja a la mañana siguiente. Pasó por delante del Conde, a quien saludó fríamente, y aproximándose a mí para despedirse, tomó mi mano, que llevó respetuosamente a sus labios. Yo le dije en voz baja:
--»Esta noche a las doce.
--»¡A las doce!--repitió estrechando mi mano y dirigiéndome una mirada llena de reconocimiento y de ternura.
»En aquel instante le avisaron que un hombre mal vestido deseaba hablarle y le esperaba en el parque.
»Algunos momentos después, desde las ventanas del salón los vi pasar por una calle de árboles de las más lejanas. No pude distinguir el rostro del extranjero, cuyo porte no me pareció completamente desconocido, agolpándose a mi imaginación ideas y recuerdos confusos.
»Hablaban ambos acaloradamente, y en las gesticulaciones de Carlos, en su paso incierto y vacilante, notaba una agitación y una inquietud que no podía explicarme, y de la que participé cuando pasó una gran parte de la noche sin verle aparecer en el salón; pero bien pronto, me decía yo mirando el reloj, bien pronto sabré lo que significa esa visita imprevista.
»Al fin, cada cual se retiró a su aposento. Yo quedé en mi habitación y púseme a orar; cuando dieron las doce en el reloj del castillo, me encaminé hacia la capilla. Teobaldo me había precedido.
--»¿Eres tú, Carlos?--pregunté.
--»No, hija mía--me contestó una voz temblorosa.
»Era Teobaldo.
»Esperamos inútilmente; permanecimos solos el resto de la noche, y cuando los primeros rayos del día iluminaron las vidrieras de la capilla, Carlos no había aparecido.
»Pasó el día, pasaron también los siguientes y no volvió a presentarse en el castillo.
V
»La ausencia de Carlos--prosiguió la Condesa,--su desaparición misteriosa e imprevista nos habían anonadado. ¿Habría sido víctima de alguna traición? ¿Nuestros proyectos habían sido descubiertos? ¿Su rival, celoso, había pagado asesinos que le matasen? ¿La venganza y el poder del duque de Arcos, le habían privado de su libertad y le habían recluido en alguna prisión de Estado?
»Nos perdíamos en conjeturas, y en vano buscábamos la causa de aquel misterio; toda la solicitud de Teobaldo fue infructuosa y nada pudimos saber. Por otra parte, lo mismo el conde de Pópoli que el duque de Arcos parecían ignorar el suceso; no tenían la menor reserva para con Teobaldo; no nos impedían vernos, y aunque irritados por mi resistencia, atribuían mi obstinación a la repugnancia que sentía al matrimonio más bien que a otra causa extraña. A fuerza de lágrimas y súplicas, había obtenido tres meses de tregua, jurando que cumpliría mi palabra llegado el plazo.
»Cuando transcurrieron los tres meses, pedí de nuevo otra prórroga; pero era necesario ceder a la voluntad del Duque, a mi promesa, a la fe jurada... ¡Ay de mí! ¡no hay poder divino ni humano que pueda cambiar el destino! ¡Mi cabeza estaba trastornada, mi corazón herido; sólo quedaba mi mano, y el duque de Arcos dispuso de ella!
»¡Era ya condesa de Pópoli!
»Como satisfecho de este postrer acto de tiranía que labraba mi eterna desdicha, y como si hubiese concluido su obra sobre la tierra, mi tío murió al año de efectuarse mi matrimonio, dejándonos todos sus bienes. Ningún cambio hubo en mi suerte, ninguna nueva de Carlos. Si, como creíamos, había sido encerrado en alguna prisión a ruegos del duque de Arcos, la muerte de éste debía ponerle en libertad. Pero no pareció, y Teobaldo me dijo, desesperado:
--»Está visto; nuestro amigo no existe.
»Ambos le lloramos, y en las calles de árboles del parque donde solíamos sentarnos los tres en tiempos más felices, colocamos unas piedras en forma de monumento fúnebre, misterioso como su suerte; no inscribimos nombre alguno, ninguna inscripción; y junto a esta tumba sin despojos, pero animada por nuestros recuerdos, nos reuníamos todas las tardes para hablar de él, para rogar por él y pedir a la Providencia que pusiese fin a nuestro dolor y a su ausencia.
»Viví de este modo, cerca de un esposo de pasiones brutales y coléricas, pero cuyo corazón era menos malo de lo que yo creí en un principio. Todos sus defectos provenían de una educación descuidada. Un amor propio excesivo y un orgullo sin límites eran la consecuencia de su absoluta ignorancia; y cuando, con una habilidad y una paciencia infinitas, Teobaldo le hizo comprender poco a poco lo mucho que ignoraba, empezó por confiar menos en sí mismo y más en nosotros. Por mi parte me dediqué a moderar su carácter impetuoso, aunque, con frecuencia, mi dulzura no lograba desarmarle.
»A causa de las escenas violentas a que se entregaba, me compadecían nuestros vecinos. Admiraban mi resignación, que no se debía, seguramente, a la indiferencia. Era demasiado desgraciada para ocuparme de ciertas pequeñeces.
»La tristeza de Teobaldo aumentaba de día en día. La vista del castillo le apenaba profundamente; el aire que respiraba alteraba su salud, y, a no verme sufrir tanto, se hubiese retirado de nuestra morada desde hacía mucho tiempo. Sombrío y taciturno, huía de toda distracción y aun del estudio; entregado a la religión, pasaba día y noche al pie del altar. En los alrededores era tenido por un santo, y hasta mi marido respetaba su virtud.
»Hacía algunos meses que el conde de Pópoli visitaba con frecuencia a los señores de las cercanías, o los recibía en nuestra casa, donde tenían conferencias secretas. En fin, con gran sorpresa mía, llegué a observar que ya no se dedicaba solamente a la caza. Con frecuencia me daba a traducir o escribir cartas para algunos señores de Alemania; estas cartas eran insignificantes en apariencia; pero tenían un sentido diferente y misterioso que deseaba conocer, y que no tardé en adivinar.
»El conde de Pópoli parecía satisfecho de sus proyectos; pero, a pesar de esto, en algunos momentos violentábase para aparecer con un aspecto tranquilo, y, en ocasiones, surcaban su frente imperceptibles arrugas. Contra su costumbre, parecía preocupado por una idea y semejábase a un hombre sumido en profundas meditaciones. Hice notar mis observaciones a Teobaldo, que me trató de visionaria y no quiso darme crédito.
»No obstante, cierto día entró en mi habitación con aire agitado.
--»Juanita--me dijo:--aquí sucede algo extraordinario. Hay una porción de armas en los subterráneos del castillo.
--»¿Armas de caza?--le pregunté.
--»No, deben de ser destinadas para otro fin: esta tarde, cuando volvía del pueblo de suministrar los Sacramentos a una enferma, se me ha aproximado, enmedio del bosque, un hombre envuelto en una capa y me ha dicho en voz baja:
--»Señor capellán; abandone esta misma noche el castillo en compañía de la Condesa; peligra su libertad y su vida; mañana será demasiado tarde.
»En seguida se alejó precipitadamente.
--»Es alguno--le dije,--que ha querido burlarse de usted.
--»No, no--me contestó haciendo la señal de la cruz;--porque me ha parecido oír la voz de Carlos que venía a salvarla.
--»¡Carlos!--exclamé;--es imposible.
--»Sí, eso mismo he pensado yo; pero mi corazón me ha dicho que era él. Cuando se alejaba, después de estrechar mi mano, grité:
--»¡Carlos! ¡Carlos!
»Entonces se detuvo, y creí que se iba a arrojar en mis brazos; pero me equivoqué, pues lanzando un grito de dolor, volvió la cabeza y desapareció velozmente.
»No podré explicar la turbación que me causó esta sencilla relación. ¿Por qué abandonar el castillo donde estábamos seguros, y en el que nuestra numerosa servidumbre podía defendernos? Semejante aviso me pareció absurdo y me hizo dudar de todo.