Carlos Broschi

Chapter 14

Chapter 144,104 wordsPublic domain

El abate de V*** había sido nombrado obispo, y esperaba algo más; confiaba en alcanzar muy en breve el capelo de cardenal. En tan brillante posición, quería conservar a Arturo a su lado, elevarle a las más altas dignidades de la Iglesia, y, en resumen, hacerle abrazar la única carrera que en aquel tiempo conducía rápidamente al poder y los honores.

Arturo no se atrevía a resistir de una manera resuelta al terrible ascendiente de su tío, pero, en su fuero interno, decidió no ser jamás obispo.

El Rey, a quien se había hablado con tal objeto, acogió la idea con gran benevolencia, y, en su efecto, Arturo debía entrar poco después en el Seminario, únicamente por fórmula, recibir después las órdenes y pasar con rapidez de los grados inferiores a los primeros puestos de su nuevo estado.

El joven no había dado al olvido el juramento hecho a su madre; por otra parte, a los ojos de todo el mundo hubiera sido una enorme ingratitud romper abiertamente con su tío, su único pariente y bienhechor. No osando, pues, declarar la guerra al temible prelado, y oponerse directamente a sus intenciones episcopales, procuraba encontrar algún medio indirecto para obtener el mismo fin y poner a su tío en el caso de que fuese él mismo quien renunciara a su proyecto. El mejor medio era dar un gran escándalo que le hiciera indigno de las santas y respetables funciones que a despecho suyo querían conferirle. Esto no era fácil, porque Arturo, tanto por carácter como por educación, no podía prestarse a nada que afectase a su honradez y severidad de principios. No es libertino todo el que quiere; para ese estado, como para los demás, hace falta vocación, y a nuestro joven costábale tanto trabajo ser calavera como ser obispo. Tenía, no obstante, amigos muy alegres y con las más felices disposiciones, que, por prestarle un servicio, le arrastraban a sus orgías. Arturo iba a ellas por cálculo; pero el desorden le disgustaba tanto como divertía a sus compañeros; su juiciosa frialdad contenía la locura de éstos, y acababa frecuentemente por hacerlos razonables: se le había llegado a considerar como un _agua-fiestas_, y, por último, había renunciado a tales diversiones.

Desesperado entonces de conseguir lo que se había propuesto, volvió los ojos a las damas de la corte; pero en la corte de aquella época las damas trataban de evitar a todo trance el ruido y el escándalo. Esto no quiere decir que hubiese menos intrigas que en otros tiempos, sino que se ocultaban mejor. Y aunque hubiesen advertido al obispo de las secretas pasiones de su sobrino, había fingido ignorarlo todo, pensando, acaso, como Molière,

_Que pecar en silencio no es pecar._

¿Qué camino, pues, le quedaba al pobre Arturo, que corría en pos del escándalo, como corren otros en pos de la gloria, sin poderlo alcanzar? Uno de sus amigos, libertino recalcitrante, díjole:

--Busca una amante en la Opera; ese teatro está de moda, todo el mundo va a él; se sabrá, hará ruido, y eso es todo lo que te hace falta.

--¡Yo!--murmuró Arturo enrojeciendo de indignación.--¡Mezclarme en una intriga de ese género!

--No necesitarás hacerte mucha violencia; se arregla el asunto con la familia, y una vez hecho el trato, puedes obrar del modo que te plazca; no se trata de que la cosa sea verdaderamente, sino de que se crea y dé que hablar.

--Siendo así...

--Todo se reduce a tener el título; demasiado sabes que en la actualidad hay muchos titulados que no ejercen... Tú podrás ser uno de ellos.

--Bien, me agrada tu idea.

Ya he referido a ustedes los detalles de la presentación y de la primera entrevista de Judit, Arturo y la tía.

Hízose que monseñor el obispo tuviese noticia de ello, pero monseñor se hizo el desentendido.

Se le dio conocimiento de que casi todas las noches el coche de su sobrino se estacionaba en la calle de Provenza, y Arturo aguardaba de un momento a otro una seria explicación y una escena en la que estaba resuelto a mostrarse arrebatado por una ciega pasión que le hacía indigno, en adelante, de las bondades de su tío; pero éste no le dirigió el más leve reproche, y nuestro joven no sabía cómo explicarse tanta calma y una resignación tan evangélica.

Pero esta calma era precursora de la tempestad.

Una mañana, díjole monseñor:

--El Rey está muy enojado contra ti; ignoro por qué causa.

--Creo adivinarla--repuso el joven.

--Pues yo no quiero saberla. Su Majestad, no obstante, te perdona; pero exige que dentro de dos días ingreses en el Seminario.

--¿Yo, tío?...

--El Rey lo ordena, y contra él, en todo caso, tendrías que protestar.

Y le volvió la espalda, sin decir una palabra más. Arturo, furioso, fuera de sí, sin saber qué hacerse, corrió a casa de Judit, la acompañó a las Tullerías, la presentó como su amante a los ojos de todo París, en vísperas de entrar en el Seminario. Esta vez no pudo menos de obtener el resultado que esperaba. Después de semejante escándalo, era imposible pensar, durante mucho tiempo al menos, en hacerle abrazar la carrera de la Iglesia. Y esto era lo que Arturo deseaba. Su tío escribió a Judit la amenazadora carta que ya conocen ustedes, y el Rey comunicó al Conde la orden de abandonar a París en el término de veinticuatro horas. Era forzoso obedecer. Por fortuna, Arturo estaba íntimamente relacionado con uno de los hijos del señor de Bourmont, que partía a la siguiente noche para Argel, donde se preparaba una importante expedición, y le rogó que le admitiese en su compañía como voluntario, pero sin comunicar a nadie su proyecto, ni a su tío ni al Rey.

--Puesto que dejan a mi elección el lugar del destierro--se dijo,--lo elegiré donde pueda encontrar alguna gloria. Iré donde hay peligro que correr y honor que alcanzar. Me haré matar o lograré distinguirme en la campaña. Y cuando regrese con una bandera, veremos si aun hay quien todavía insista en hacerme vestir la sotana y echar bendiciones a los fieles.

Y abandonó París, de noche, con gran misterio, porque todos sus pasos eran espiados y temía que si adivinaban el objeto de su viaje le impidieran la marcha. Momentos antes escribió una carta a Judit diciéndole tan sólo que la dejaba por algunos días; pero esta carta, a pesar de ser insignificante, fue interceptada y no llegó a su destino. El prefecto de policía estaba a las órdenes de monseñor.

Cuando llegó la semana siguiente, encontrábase Arturo en alta mar, y a los veinte días desembarcó en Africa. Figuró entre los primeros en el asalto del fuerte del Emperador, y cayó herido junto a su intrépido amigo el señor de Bourmont, a quien aquella victoria costó la vida. La de Arturo estuvo en peligro durante mucho tiempo; por espacio de dos meses se desesperó de salvarle, y cuando recobró la salud, su fortuna, sus esperanzas, las de su tío, todo se hundió en tres días, al hundirse la monarquía de Carlos X.

El obispo no pudo resistir este desastre; enfermo y apenado, quiso seguir a la corte en su destierro, pero no pudo. La impaciencia, la cólera que constantemente experimentaba, habían exaltado su cerebro e inflamado su sangre, determinando una fiebre maligna, y en el estado de irritación en que se encontraba, no sabiendo en quién descargar su enojo, eligió a su sobrino como víctima y se vengó en él de la revolución de julio.

Apenas estuvo restablecido de su herida, Arturo regresó a París; y aquí es, señores--dijo el notario alzando la voz,--donde comienzo yo a entrar en escena. El señor Conde fue a mi casa para confiarme los asuntos de la herencia, porque no se encontraba en estado de ocuparse de ellos por sí mismos. Yo era, desde hacía mucho tiempo, su notario y el de su familia; así, pues, su encargo me correspondía de derecho. En seguida procedimos a levantar los sellos judiciales. No les hablaré de los detalles del inventario, aunque no deje de haber mérito en un inventario bien hecho y bien dirigido. Al inscribir en su lugar correspondiente los papeles que encerraba el secreter de monseñor, encontré un billete cuidadosamente doblado, el cual contenía esta firma: _Judit, bailarina de la Opera_. ¡Correspondencia entre una bailarina y un obispo! Cuidando de la buena reputación del clero, tuve intenciones de hacerla desaparecer; pero ya Arturo se había apoderado del billete, y al ver yo su turbación, creí un instante, Dios me perdone tan mal pensamiento, que monseñor y su sobrino habían sido rivales, ignorándolo ambos.

--¡Pobre niña!... ¡Pobre niña!--exclamó Arturo.--¡Qué nobleza, qué generosidad, qué tesoro poseía en ella! Lea usted, señor--añadió presentándome el billete.

Y cuando llegué a esta frase:

_Si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen del que me acuso pero del cual él no es cómplice._

--¡Es cierto!--dijo Arturo con lágrimas en los ojos:--me amaba con todo su corazón y yo no me di cuenta de ello, no pensé en corresponderle... ¡Y tenía diez y seis años! ¡Y era encantadora!... No puede usted imaginarse qué linda es... Es la mujer más bella de París.

--No lo dudo, señor Conde... pero si quiere usted que acabemos el inventario...

--Como usted guste...

Y, no obstante, continuó leyendo en voz alta los siguientes párrafos del billete:

«Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida hicieran que me contestase: Sí, amo a usted... ¡Ah! está mal lo que voy a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y maldiciones; pero entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me impida ser suya y sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la cólera de usted... Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí? ¿Hacerme morir? ¿Y qué me importaría la muerte, si había sido amada?»

--¡Y yo he desconocido... he rechazado un amor semejante!--exclamó Arturo.--Yo; yo sólo he sido culpable... pero repararé mis faltas, le consagraré mi vida entera... ¡se lo prometo, se lo juro! ¿Quién podría hoy vituperarme por ello?... ¡Estaré orgulloso de tener una amante como ella! Sí, la amo; lo confesaré a todo el mundo, y todo el mundo me envidiará... empezando por usted, señor notario, que no me escucha... y que tan atentamente examina esos fárragos de papeles.

Los papeles a que se refería eran el testamento de su tío, que yo acababa de encontrar; testamento en el que se le desheredaba, disponiendo de la inmensa fortuna del difunto en favor de los hospicios y para fundaciones piadosas. Así se lo hice saber a Arturo, el cual recibió la noticia con una indiferencia absoluta, y se puso a leer de nuevo la carta de Judit.

--La verá usted--me dijo;--quiero que coma usted hoy con ella.

--Pero estos papeles... este testamento...

--¿Y qué?--replicó, sonriendo;--eso ya no me concierne. Felizmente para mí, Judit me amará sin esas riquezas... Adiós, señor; voy a verla, voy a encontrar a su lado mucho más de lo que he perdido.

Y salió con la mirada radiante de dicha y de esperanza.

--¡He aquí un joven verdaderamente singular--me dije,--a quien una amante consuela la pérdida de una herencia!

Y terminé mi inventario.

Algunas horas después, de vuelta ya en mi casa, vi entrar a Arturo como un loco, fuera de sí.

--¡Ya no está allí!--exclamaba,--¡ya no está! ¡La he perdido! ¡La he perdido por culpa mía!...

--¡Alguna infidelidad!...

--¿Quién se lo ha dicho a usted?--repuso vivamente, asiéndome por el cuello.

--¡Oh! no sé nada.

--Prefiero esto, porque no sobreviviría a semejante golpe. Desde mi partida, desde hace tres meses, ha abandonado la Opera y nadie tiene noticias de ella.

--¿Qué le han dicho sus compañeras?

--¡Barbaridades! Unas pretenden que ha sido robada... otra me aseguraba con la mayor tranquilidad que ella le había manifestado intención de suicidarse.

--¡No sería extraño! Desde la revolución de julio, el suicidio se ha puesto de moda.

--¡No hable usted así... perdería la razón! He corrido a su casa de la calle de Provenza; pero se marchó de allí sin decir a dónde iba.

--¿No ha encontrado algún indicio que pueda servirle para seguir su pista?

--El piso está desalquilado: nadie lo ha habitado después de ella.

--¿Y no ha encontrado usted nada?

--Sólo encontré, en el cuarto de su tía, esto papel que estaba en el suelo, y que es una etiqueta de equipaje en la que hay escrito:

_A la señora Bonnivet, en Burdeos._

Tengo entendido que ella era de ese país.

--¿Y qué?

--Que vengo a rogar a usted se encargue aquí de mis asuntos y lo arregle todo en la forma que mejor le plazca.

--¿Qué piensa usted hacer, pues?

--Seguir sus huellas, o las de su tía... buscarla... descubrir su paradero...

--¿Enfermo, como se encuentra, quiere partir mañana para Burdeos?

--¡Mañana! ¡Sería demorarme demasiado!

En efecto, salió de París aquella misma noche.

Al llegar a este punto, dio principio el cuarto acto de _Los Hugonotes_, y el notario interrumpió su relato.

Nos vimos obligados a esperar hasta el entreacto siguiente, a que el narrador continuara su historia.

V

La Falcón acababa de caer desmayada, después de haber saltado Nourrit por la ventana; el cuarto acto de _Los Hugonotes_ concluía en medio de ruidosos aplausos, y el notario prosiguió su relato en esta forma:

--Arturo permaneció seis meses en Burdeos haciendo pesquisas, preguntando a todo el mundo por la señora Bonnivet, de la que nadie supo darle noticia alguna. Hasta hizo poner anuncios en los periódicos. La pobre mujer se hubiera muerto de alegría al encontrar en ellos su nombre; pero esto no era ya posible. Por último, el propietario de una casita, en la que ella había vivido, proporcionó al Conde los datos que había solicitado. La señora Bonnivet había muerto hacía ya dos meses.

--¿Y qué fue de su sobrina?

--No estaba con ella; pero la tía gozaba cierto bienestar, pues disfrutaba de una renta vitalicia que alcanzaba a cien luises.

--¿De dónde procedía esa renta?

--No se sabe.

--¿Hablaba de su sobrina?

--Pronunciaba su nombre de vez en cuando. Pero en seguida quedaba silenciosa, como si temiese hacer traición a algún secreto.

A pesar de todas sus pesquisas y gestiones, Arturo no logró obtener un dato más, y vivía desesperado. Porque desde que había perdido a Judit, desde que se consideraba separado de ella para siempre, su afecto hacia la linda joven se había convertido en amor, en una verdadera pasión. Esto era entonces el solo pensamiento, la única ocupación de su vida. Recordaba con amargura los breves instantes que había pasado junto a ella; creía verla ante sus ojos, llena de encantos y de cariño hacia él... ¡Y este bien, que le había pertenecido, habíalo él despreciado! No conoció el valor que tenía hasta que lo perdió para siempre. Recorría sin cesar todos los lugares en que la había visto. No abandonaba un momento la Opera.

Quiso habitar el cuarto de la calle de Provenza; pero con gran sentimiento supo que había sido alquilado, durante su ausencia, por un señor extranjero que no lo ocupaba. Intentó volver a verlo, al menos, y el portero no tenía las llaves; las puertas y las persianas de la habitación estaban constantemente cerradas.

Se explicarán ustedes perfectamente que, consagrado por completo a su amor y a sus penas, Arturo apenas se cuidaba de sus asuntos; pero yo me interesaba por él y observaba con pesar que tomaban un sesgo enojoso. Desheredado por su tío, no contaba con más fortuna que la de su madre, que ascendía, próximamente, a unas quince mil libras de renta; y de esto había consumido más de la mitad, primero en las locuras que había hecho por Judit, y más tarde en los gastos que se le habían originado para descubrir su paradero, porque nada escaseaba. Apenas obtenía el indicio más insignificante, enviaba agentes en todas direcciones y derramaba el oro a manos llenas... pero siempre sin resultado. En consecuencia, decíame constantemente:

--¡Ya no existe! ¡Ha muerto, por desgracia!

Cuando me visitaba para tratar de sus negocios, él sólo hablaba de ella; y yo, de la necesidad de vender y liquidar. No sin trabajo le pude decidir a hacerlo; le era muy sensible deshacerse de los bienes de su madre, pero se imponía aquella venta. Debía cerca de doscientos mil francos, y los intereses de esta deuda hubieran absorbido bien pronto el resto de su fortuna. Fijáronse, pues, los edictos, se publicaron anuncios en los periódicos, y la víspera del día en que debía efectuarse la subasta en mi estudio, recibí de uno de mis colegas, una comunicación que me produjo tanto regocijo como sorpresa. La suerte se había cansado, seguramente, de perseguir al pobre Arturo. Un señor de Courval, hombre de reconocida honradez, se confesaba deudor de su madre por una considerable suma, y deseaba devolverla. El capital y los intereses ascendían a cien mil escudos; la deuda estaba justificada, y mi colega guardábame el dinero en buenos billetes de Banco. No era posible dudar de semejante dicha. Corrí a anunciársela a Arturo, el cual recibió la noticia con una displicencia incomprensible. Cuando no se le hablaba de Judit, todo le era indiferente.

Por mi parte, me apresuré a liquidar sus deudas y a desempeñar sus bienes, y, desde entonces, todo marchó admirablemente, hasta que tuvo lugar un caso de difícil explicación.

Arturo se encontró un día con el señor de Courval, el que tan notablemente se había portado con nosotros. Vivía de ordinario en provincias, y se encontraba por casualidad en París. El Conde le estrechó la mano, dándole gracias por su honrado proceder, precisamente en el momento en que aquél se disculpaba, confesándose en extremo apurado, para cumplir los compromisos que tenía pendientes.

--¡Cómo es eso, si el mes pasado me ha pagado usted cien mil escudos!--repuso el Conde.

--¿Yo?

--Evidentemente; ya no tengo ningún pagaré de usted, pues todos han sido satisfechos, y nada me debe.

--Eso es imposible.

--Vea usted a mi notario y él se lo probará.

El deudor, que ya no lo era, fue a verme, en efecto, y no podía salir de su asombro.

--Es una gran suerte para usted--le dije.

--Y más todavía para el señor Conde--repuso él con aire triste y disgustado;--porque yo ya había tomado mi partido... Como no podía pagar, habíame echado la cuenta de que nada debía; y esa extraña circunstancia no me hace ser más rico... ¡Pero él... ya es diferente!... ¡puede alabarse de ser mimado por la fortuna!...

--¿Pero, de veras no sabe usted de dónde procede esa devolución?

--Ni siquiera lo presumo; pero si pudiera pagar de igual modo todas mis deudas...

--¿Debe usted algo más?

--Casi el doble de lo que he pagado, o, mejor dicho, de lo que han pagado por mí. Y si, quienquiera que haya sido, se presentara nuevamente para continuar la liquidación, le ruego que me avise.

--Lo haré con mucho gusto.

Nuestra sorpresa creció de punto, y Arturo se desesperaba por no poder dar con la clave del enigma. Fui a casa de mi colega, un hombre honrado, muy instruido, que no sabía más que yo... en aquel asunto, se entiende... Le habían remitido los fondos, encargándole que recogiese y anulase los pagarés. Me confió la carta que recibió al efecto, y se la llevé a Arturo. Este la examinó atentamente y nada sacó en limpio. Dicha carta estaba fechada en el Havre, donde residía el señor de Courval; la letra, que no era suya, la desconocíamos por completo... pero Arturo lanzó de pronto un grito de sorpresa, y se puso pálido como un muerto, al fijarse en el sello medio roto: era el de Judit.

En la época en que pasaba por su amante, él le había regalado una piedra antigua de gran valor, que tenía grabado un fénix. Lejos de encontrar en aquel regalo una alusión o una alabanza, Judit lo consideró siempre como un emblema de tristeza y había hecho grabar a su alrededor estas palabras: _¡Siempre solo!_ No se desprendía de este sello ni por un solo momento; aquella divisa, insignificante para otra cualquiera y para ella tan expresiva, no podía pertenecer más que a ella misma.

--¡De Judit procede esta carta!--exclamó Arturo.

Y la dejó escapar de sus temblorosas manos.

--Pues bien, eso implica la seguridad de que existe aún y piensa en usted... Debe, pues, estar satisfecho.

Pero, por el contrario, estaba furioso. Hubiera preferido saber que había muerto. Porque, ¿a qué ocultarse? decía. ¿Por qué, puesto que sabe dónde vivo, teme venir a verme? ¿Es, acaso, que se ha hecho indigna de presentarse ante mí? ¿No me ama ya? ¿Me ha olvidado quizás?

--Esta carta--le dije,--prueba lo contrario.

--¿Y con qué derecho--repuso Arturo fuera de sí,--trata de imponerme sus beneficios? ¿De dónde proceden esas riquezas? ¿Quién la ha autorizado para ofrecérmelas, y desde cuándo me considera capaz de aceptarlas? No las quiero, devuélvalas usted.

--Lo haría de buena gana. Pero, ¿a quién y cómo?

--Poco me importa... No las quiero.

--¿Y cómo puede ser eso, si con ellas se han pagado las deudas de usted y se han liberado sus propiedades?

--Venderá usted lo que sea preciso para realizar los cien mil escudos recibidos, a los que nunca tocaré, y quedarán depositados en su casa hasta que puedan devolverse.

--Tenga usted en cuenta el estado a que se verá entonces reducida su fortuna.

--No me importa. Por más infiel que sea Judit, no me arrepiento de haberme arruinado por ella... Pero ser por ella enriquecido es demasiada humillación para mí.

Y, a pesar de todos mis esfuerzos, de todas mis observaciones, no me fue posible disuadirle de su propósito; enajenáronse los bienes, y muy bien por cierto, gracias al aumento progresivo de la propiedad; fueron depositados en mi estudio los primeros trescientos mil francos, y aun quedó a mi amigo con que comprar seis mil libras de renta en papel del Estado; a esto quedó reducida su fortuna. Atenido a ella vivió dos años, esforzándose por desechar el recuerdo que le perseguía incesantemente. Sombrío y melancólico, esquivando los placeres y las distracciones de todo género, había llegado a hacerse incapaz para el trabajo o el estudio; en cuanto a mí, lamentábame interiormente del dominio que ejercía una pasión tan cruel en un hombre de tan excelentes condiciones. Iba a verme casi diariamente, con objeto de olvidar a Judit, y sin cesar me hablaba de ella.

Asegurábame que no la amaba ya, que la despreciaba, que se iría al fin del mundo antes que volver a verla; y a pesar suyo, dirigíase casi siempre a los lugares que le hablaban de ella y que le traían a la memoria su recuerdo.

Un día, o mejor dicho, una noche, fue a un baile de máscaras a esta sala de la Opera, en la que jamás entraba sin que le latiera el corazón, como si quisiera reventársele en el pecho. Solo, a pesar del gentío... _Siempre solo_... (porque él, entonces, había adoptado, a su vez, la divisa de Judit), paseábase silencioso en medio del bullicio... en aquel teatro... en aquel lugar donde tantas veces le había visto aparecer... Luego, internándose por los corredores, se dirigió, lentamente a aquel palco segundo que en tiempos más dichosos ocupaba casi todas las noches, y desde el cual le hacía la seña que tenían concertada para avisarla cuando podían celebrar sus inocentes entrevistas.

La puerta del palco estaba abierta, y en él, envuelta en un elegante dominó, veíase a una mujer; estaba sola, y parecía abismada en profundas reflexiones. Al ver a Arturo, la dama se estremeció e hizo un movimiento como para levantarse y salir; pero, sin poder apenas sostenerse, se apoyó en el antepecho del palco y cayó de nuevo sobre su asiento. Esta turbación hizo que Arturo se fijase en ella y que se aproximara para ofrecerle sus servicios.

La dama, sin contestarle, le rechazó con un gesto.

--El calor le habrá hecho a usted daño--le dijo el joven con una emoción que en vano trató de dominar;--y si se quitase un momento el antifaz...

La desconocida rehusó de nuevo, limitándose, para respirar con más desahogo, a echar hacia atrás la capucha de su dominó, que le cubría la frente.

Arturo vio entonces una hermosa cabellera negra, que caía en rizados bucles sobre la espalda. Así era como se peinaba Judit... aquella graciosa postura, aquel talle fino y delicado eran los suyos... allí encontraba su porte, sus maneras, ese invencible y poderoso encanto que se adivina y que no puede definirse!...

Por último, se levantó la desconocida.