Carlos Broschi

Chapter 13

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Por otra parte, sus compañeras de teatro, al verla en posición tan brillante, rodeada de tanto lujo, vestida de ricas galas, no cesaban de interrogarla... Y sus preguntas enseñaban a Judit más de lo que ella quería saber... De aquí que, sin que acertara a explicarse el motivo, obstinárase en guardar el más profundo silencio con su tía y sus compañeras respecto a lo que había sucedido entre ella y él. Juzgando por lo que oía en torno suyo, parecíale que en la conducta del desconocido había algo extraordinario... algo de humillante para ella, y que por su propia dignidad no debía decir. Hubiera muerto antes que hablar o quejarse...

Al octavo día, que era de gran representación, distinguió en el palco del Rey a su desconocido, que la estaba contemplando. Lanzó un grito de alegría y de sorpresa, que hizo perder el compás a un bailarín que, en aquel instante, comenzaba una pirueta.

--¿Qué es eso?--le preguntó Natalia, una de sus compañeras, que la ayudaba a sostener una guirnalda de flores.

--¡Es él; está allí!...

--¡Cómo! ¡el conde Arturo de V***, uno de los caballeros de la corte de Carlos X, y que además es un buen mozo! Vaya, no puedes quejarte... Pero, ¿qué tienes? ¿Te vas a poner mala por un hombre a quien ves todos los días?

Judit no oía estas palabras; era demasiado feliz. Arturo acababa de inclinarse hacia ella y le dirigía un saludo, con grande escándalo del dorado palco en que se encontraba. Al terminar el baile, cuando se disponía a subir a su cuarto, tropezó entre bastidores con Arturo, el cual, en presencia del gentilhombre que entonces presidía las funciones de la Opera, le dijo:

--¿Me permite usted, señorita, que la acompañe a su casa?

--Será un honor para mí--balbuceó la joven temblando, sin notar que su respuesta excitaba la hilaridad de sus compañeras.

--En ese caso, apresúrese; aquí la aguardo.

Aseguro a ustedes que Judit no tardó mucho en desnudarse; en la precipitación rompió su vestido de gasa y su pantalón de seda, y la señora Bonnivet, que, como todas las madres y tías de teatro, servíala de doncella, apenas si pudo seguirla por la escalera, llevando el abrigo que su sobrina había olvidado. Arturo aguardaba en el escenario, hablando con varios jóvenes y con Lubert, el director, a quien, en aquel instante, estaba recomendando a Judit. Cuando ésta apareció, avanzó él a su encuentro, a la vista de todos, y juntos bajaron por la escalera particular de los artistas. Un elegante carruaje los esperaba a la puerta; y sería inútil tratar de describir a ustedes la turbación y el arrobamiento de la pobre Judit al verse sentada junto a él, en aquel reducido espacio, que hacía la entrevista más íntima y más dulce. El, temiendo que la joven se constipase, levantó los cristales; luego tomó el chal de cachemir que ella tenía en la mano, y se lo echó sobre los hombros. ¡Ah! ¡qué hermosa estaba Judit, qué seductora, embellecida por la felicidad! Pero esta felicidad fue de corta duración. ¡Hay tan poca distancia desde la calle de la Grange-Bateliere a la de Provenza, y además aquellos magníficos caballos marchaban con tanta rapidez!... El carruaje se detuvo por último; apeose Arturo, ofreció la mano a su compañera, subió con ella hasta el primer piso, llamó a la puerta de su habitación, la saludó respetuosamente y desapareció en seguida.

Judit pasó también aquella vez una mala noche. ¡Le parecía tan extraña la conducta del Conde! Porque, en resumen, bien pudo haber entrado, sentarse y hacerle una visita. Verdad que ella no estaba muy al corriente de las conveniencias sociales; pero se imaginaba que esto hubiera sido mejor que despedirse de una manera tan brusca.

Trató de dormir inútilmente; levantose, se paseó por el aposento, y al despuntar el día, deseando refrescarse durante un momento con el aire de la mañana, abrió el balcón... Cuál no sería su sorpresa al ver a la puerta el carruaje del Conde, que, por lo visto, había pasado allí toda la noche... Los caballos piafaban en las piedras, aguijoneados por la impaciencia y el frío, mientras que el cochero dormía en el pescante...

--Ustedes dispensarán, señores--dijo el notario interrumpiendo su narración;--pero el acto va a empezar y no quiero perder un solo pasaje de la ópera, pues para eso me he abonado...

Continuaré en el otro entreacto.

III

Dos días después volvió Judit a abrir su balcón muy de mañana, y vio también a la puerta el carruaje del Conde.

No cabía duda de que lo enviaba casi todas las noches. ¿Pero con qué propósito? Esto era lo que ella no podía adivinar... Jamás se hubiese atrevido a preguntárselo. Por otra parte, no le veía casi nunca, a no ser por la noche, los días de ópera, en un palco segundo de frente a la escena, al que estaba abonado durante todo el año. No había vuelto a entrar en el escenario ni a proponerle acompañarla. ¿Cómo se arreglaría para verle?... ¿Qué hacer?...

Por fortuna para ella, le hicieron una injusticia... fue objeto de una postergación.

Sus compañeras la creyeron desolada; pero ella mostrose, por el contrario, muy alegre, porque aquella circunstancia le proporcionó un motivo para escribir al Conde, diciéndole que necesitaba pedirle un favor y rogábale tuviese a bien pasarse por su casa. Esta carta no era fácil de escribir; en consecuencia, Judit empleó en ella todo un día: la empezó muchas veces e hizo, lo menos, veinte borradores. Llenose de ellos los bolsillos, y es más que probable que dejara caer alguno, que no faltó quien recogiera, porque por la noche, en el teatro, oyó a algunos jóvenes autores y abonados de la orquesta bromear y reírse de una carta que acababan de encontrar y que circulaba de mano en mano. Veíase obligada a escuchar sus alegres exclamaciones, sus comentarios satíricos, sus crueles chanzonetas sobre aquel billete sin firma, cuyo autor no conocían, pero que se proponían insertar al día siguiente en un periódico, como modelo del estilo epistolar de las Sevigné del coro de baile.

¡Cuál no sería el espanto y el suplicio de Judit, no al oírse poner en ridículo, sino a la idea de que también el Conde se burlaría tal vez al leer su carta, que en aquel momento hubiera dado toda su sangre por no haber escrito! De aquí que se sintiese más muerta que viva al día siguiente cuando entró Arturo en su gabinete.

--Aquí me tiene, querida Judit; me he apresurado a venir apenas he recibido la carta de usted.

Y llevaba todavía en la mano la carta fatal y terrible.

--¿Qué desea usted de mí?--acabó diciendo el Conde.

--Lo que deseo... señor Conde... No sé cómo decírselo... pero ese billete... puesto que lo ha leído usted... si es que ha podido leerle...

--Perfectamente, hija mía--contestó el Conde con una ligera sonrisa.

--¡Ah!--exclamó Judit, desesperada;--esa desgraciada carta le prueba que soy una pobre muchacha sin talento, sin educación, que se avergüenza de su ignorancia y que daría cualquier cosa por salir de ella... Pero ¿cómo he de lograrlo, si usted no viene en mi auxilio, si no me ayuda con sus consejos y su apoyo?

--¿Qué quiere usted decir?

--Proporcióneme maestros, y verá si me falta celo; verá si aprovecho sus lecciones... trabajaré tanto de día como de noche.

--¿También de noche?

--Más vale emplearla en estudiar que en no dormir.

--¡Dios mío! ¿Y por qué no duerme usted?

--¿Por qué?--dijo Judit ruborizándose;--porque hay una idea que me atormenta constantemente.

--¿Qué idea es esa?

--La que tendrá usted de mí... sin duda me desprecia, me considera indigna de usted... Y tiene razón--prosiguió vivamente;--yo me veo tal como soy, me conozco... y quisiera, si esto fuera posible, no volver a tener por qué sonrojarme a los ojos de usted y a los míos.

El Conde la contempló un instante con asombro, y le dijo:

--La obedeceré, querida niña; haré lo que desea.

Al día siguiente, Judit tenía un maestro de ortografía, de historia y de geografía. Era digno de ver el ardor con que estudiaba; y su inteligencia, sus facultades naturales, que sólo necesitaban ser cultivadas para agigantarse, se desarrollaron con rapidez increíble.

Comenzó amando el estudio por Arturo y ya le amaba por ella misma. Constituía su más dulce entretenimiento, su consuelo y el olvido de todas sus penas. No volvió a la sala de baile ni a los ensayos; daba lugar a que le impusieran multas por permanecer en su casa trabajando; y sus compañeras decían:

--Judit se dedica por completo al amor; ya no se la ve; pierde su carrera... hace muy mal.

Y Judit decíase, mientras redoblaba sus esfuerzos:

--Pronto seré digna de él; pronto verá que me encuentro en estado de comprenderle, y podrá juzgar de mis adelantos.

¡Vana esperanza! Cuando el Conde estaba a su lado, la pobre joven, cortada y trémula, no tenía memoria, de nada se acordaba. Cuando él le dirigía alguna pregunta sobre sus estudios, solía responder desacertadamente y el Conde murmuraba para sí:

--La pobre chica tiene buen deseo, pero poca disposición. En cambio, había conseguido con su nueva ciencia comprender cuán torpe y ridícula debía de parecer a Arturo. Y esta idea aumentaba su timidez e impedía la efusión de aquella alma tan tierna y tan sencilla.

El Conde sólo iba a verla de tarde en tarde. En ocasiones, pasaba media hora, por la noche, en su compañía; pero poníase de pie para despedirse, apenas daban las doce. Entonces, sin dirigirle un solo reproche, se limitaba Judit a preguntarle con voz dulce y temblorosa:

--¿Cuándo volveré a verle?

--Ya se lo diré mañana, de lejos, en la Opera.

Con este objeto, él solía ir cada dos días a su palco, y cuando le era posible al día siguiente pasar algunos instantes al lado de Judit, apoyaba con cierto descuido su cabeza sobre la mano derecha, lo cual quería decir: Iré a la calle de Provenza.

Cuando esto tenía lugar, Judit permanecía aguardándole todo el día, no recibía a nadie y hasta alejaba a su tía para consagrarse por completo al placer de verle.

A despecho de lo reservado que con ella se mostraba el Conde, la joven había descubierto que algún secreto pesar le atormentaba. ¿Cuál era este pesar? Le era imposible adivinarlo, y, no obstante, ¡se hubiera sentido tan dichosa en poder participar de su aflicción! No se atrevía a esperar tanta dicha, pero en silencio hacía suyas las penas del Conde, aun ignorándolas, así como su tristeza habitual. Con frecuencia le decía Arturo:

--¿Qué tiene usted, Judit? ¿Cuáles son sus pesares?

Si ella se hubiera atrevido, habría contestado:

--Los de usted.

Cierto día le asaltó una idea horrible; se dijo con terror:

--¡Ama a otra! Pero, en ese caso, ¿por qué toma una amante en la Opera? ¿Como capricho... como objeto de moda... como un juguete que ha comprado sin necesitarlo ni conocerlo?... Pero entonces, ¿por qué?

Contemplose después en el espejo, ¡y se vio tan joven, tan fresca, tan linda!... Quedó abismada en sus reflexiones.

De súbito, se abrió bruscamente la puerta del gabinete, y apareció Arturo, con un aire de turbación que nunca había visto en él.

--Señorita--le dijo con viveza,--tenga usted la bondad de vestirse; vengo a buscarla para ir a las Tullerías.

--¿Es posible?

--Sí, hace un tiempo magnífico, un sol espléndido; todo París está allí.

--¿Y desea usted acompañarme a ese sitio?--exclamó Judit sorprendida, porque el Conde jamás había salido con ella, nunca le había dado el brazo en público.

--Sin duda alguna... para que todo el mundo la vea--repuso Arturo paseándose agitado.--Vamos, señora Bonnivet--dijo bruscamente a la tía, que entraba en aquel momento en el gabinete;--ayude usted a vestir a su sobrina; póngala lo que tenga más elegante, más nuevo y más rico.

--Gracias al Cielo y al señor Conde, no le faltan trajes lindísimos.

--Bien, bien; despáchese, que tenemos prisa.

--Ya estás oyendo que el señor Conde tiene prisa--dijo la señora Bonnivet a su sobrina, disponiéndose a desnudarla de la bata.

Judit se ruborizó y le hizo seña de que se encontraba allí Arturo.

--¿Qué importa? ¿Por ventura tenemos que guardar etiqueta con el señor Conde?

Y sin dar tiempo que la joven pudiera oponerse, su tía le desabrochó el corsé.

La pobre chica, avergonzada y fuera de sí, no sabía cómo substraerse a las miradas de Arturo.

Pero ¡ay! tomábase, por pudor, un cuidado completamente inútil: el Conde no la miraba; embebido por entero en una idea que parecía excitar su despecho y su cólera, recorría a grandes pasos el aposento, y acabó por tropezar con un jarrón de porcelana, que saltó hecho pedazos.

--¡Ah, qué desgracia!--exclamó Judit, dando al olvido, instantáneamente, el desorden de su traje.

--¡Del Japón!--dijo la tía con acento desesperado.--¡Y que valía lo menos quinientos francos.

--No tanto--repuso la joven,--pero era realmente japonés.

--Vamos, ¿está usted dispuesta?--dijo Arturo, que ni siquiera había escuchado la observación de Judit.

--En seguida. Tía, mi chal... los guantes...

--Y la capa--observó el Conde;--la olvida usted, y hará frío.

--No lo creo.

--En efecto--rectificó la tía, tocando la mano de Judit,--está abrasando. ¿Será que tienes fiebre? Convendría que no salieras.

--No, tía--se apresuró a contestar la joven;--nunca me he sentido mejor.

El cupé aguardaba a la puerta; subieron a él y atravesaron los bulevares, juntos, en pleno día. Judit no cabía en sí de gozo; hubiera deseado que todo el mundo la viese. Y para colmo de embriaguez, en la calle de la Paz divisó a dos de sus compañeras, a las que saludó con toda la afabilidad que da la dicha. Eran dos primeras partes que aquel día iban a pie.

Al fin, el coche se detuvo junto a la verja de la calle de Rívoli. Judit se asió al brazo del Conde, y ambos se internaron por la alameda de la Primavera. Era día de trabajo; la población rica y ociosa de París parecía haberse dado cita en aquel paseo, y había enorme concurrencia.

Arturo y su compañera no tardaron en ser objeto de la atención general. Eran los dos tan bellos, hacíase forzoso admirarlos. Todo el mundo se volvía al pasar por su lado, y exclamaba:

--¡Qué linda pareja!

--Es el joven conde Arturo de V***.

--¿Se ha casado, por ventura?

Estremeciose Judit al oír esta pregunta, experimentando cierto doloroso placer, de que no pudo darse cuenta.

--No, por cierto--repuso, en tono despreciativo, una señora anciana que llevaba en brazos un perrito de Viena, y la cual iba seguida por dos lacayos de lujosa librea;--el conde Arturo no se ha casado: monseñor su tío no lo consentiría.

--¿Quién es, entonces, esa linda joven?... ¿Su hermana, acaso?

--Nada de eso; es su amante... una bailarina de la Opera, según creo.

Por fortuna, Judit no oyó las últimas palabras; porque en aquel instante el barón de Blangy, que iba detrás de ella, decía a su hermano:

--Ahí va Judit.

--¿La amante de Arturo?

--Está loco por ella, y en camino de arruinarse...

--No lo extraño; yo haría lo mismo en su lugar. ¡Es guapísima!

--¡Qué aire tan distinguido y qué fisonomía tan seductora!

--¿Y qué me dices de ese talle tan elegante y tan gracioso?

--¡Cuidado! no te vayas a enamorar de ella...

--Ya lo estoy. Ven, ven, la veremos más de cerca.

--Si podemos aproximarnos, porque hay mucha gente en torno suyo.

Toda la multitud se expresaba en idéntica forma, y Arturo, a su vez, lo oía todo. Las mujeres, al ver el aire modesto de Judit, le perdonaban que fuese tan bella; y los hombres, contemplando con envidia a Arturo, se decían:

--¡Feliz él!

El Conde, entonces, miró detenidamente por primera vez a Judit, como ella merecía ser mirada, y se asombró de encontrarla tan hermosa. El paseo, el aire, y, particularmente, la satisfacción de verse tan celebrada, habían dado mayor brillo a sus mejillas, y a sus ojos una expresión y un encanto indefinibles. Y, sobre todo esto, tenía diez y seis años; ¡amaba, y creía que era amada!... ¿Qué otras razones necesitaba para estar hermosa? No era, pues, extraño que obtuviera un éxito completo y que la siguiese un inmenso gentío hasta que regresó al carruaje. Ya en él, al ver que Arturo la contemplaba con ternura, dio al olvido todos sus triunfos; no volvió a pensar en los elogios que la multitud le había prodigado, y entró en su casa diciendo:

--¡Qué dichosa soy!

El día siguiente, al levantarse, recibió dos cartas. La primera procedía del barón de Blangy, que, mucho más rico que Arturo, ofrecíale su amor y su fortuna. Pero ni aun se le ocurrió la idea de enseñarla a su tía o al Conde; no creía hacer, quemándola, el sacrificio más insignificante.

La segunda carta contenía una firma que Judit leyó repetidas veces, sin atreverse a dar crédito a sus ojos. Pero le era imposible la duda; el billete estaba firmado por el obispo de ***; y concebido en estos términos:

* * * * *

«Señorita:

»Ayer se presentó usted en público, en las Tullerías, con mi sobrino el conde Arturo, y ha colmado usted la medida de un escándalo cuyas consecuencias son incalculables.

»Aunque, debido a la impiedad de los hombres, haya permitido Dios que todo esté trastornado, aun tenemos medios de castigar la audacia de usted. Le declaro, pues, que si no pone fin a tal escándalo, tengo bastante influencia con el ministro de la casa del Rey para conseguir que sea usted despedida de la Opera. Si, por el contrario, abandona inmediatamente a mi sobrino, como quiera que el fin santifica los medios, le ofrezco dos mil luises y la absolución de sus faltas, etc., etc.»

* * * * *

En un principio, Judit quedó anonadada por la lectura de esta carta. Pero luego, cobrando ánimo, consultó a su corazón, apeló a todas las energías, y contestó lo siguiente:

* * * * *

«Monseñor:

»Me trata usted con mucha crueldad; y, no obstante, podría asegurar ante Dios que nada tengo de qué acusarme. Así es, se lo juro; pero no me atribuiré un mérito que no es mío, y que sólo pertenece a quien me ha respetado.

»Sí, monseñor; el sobrino de usted es inocente de las faltas de que le acusa, y si se ofende al Cielo amando con toda el alma, es un crimen de que me acuso, pero del cual él no es cómplice.

»He aquí la resolución que acabo de tomar.

»Le diré lo que por mí no me hubiera atrevido a decirle; lo haré por monseñor, y el Cielo me dará fuerzas... Le diré:--Arturo, ¿me ama usted?--Y si, como creo, como temo, me contesta:--No, Judit,--obedeceré a usted; me alejaré de él, no volveré a verle jamás; y entonces, así lo espero, me estimará usted lo bastante para no ofrecerme nada y no añadir la humillación al sufrimiento. Lo segundo... bastará para ocasionar mi muerte.

»Pero si el Cielo, si mi ángel bueno, si la felicidad de toda mi vida, hicieran que él me contestase:--¡Sí, amo a usted!...--¡Ah! está mal lo que voy a decirle, y con razón me colmará usted de reproches y maldiciones; pero entonces, monseñor, no habrá poder en el mundo que me impida ser suya y sacrificárselo todo... Todo lo arrostraría, hasta la cólera de usted... Porque, en definitiva, ¿qué podría usted contra mí? ¿Hacerme morir? ¿Y qué me importaría la muerte si había sido amada?

»Perdone, monseñor, si esta carta le ha podido ofender... es de una pobre muchacha que no conoce el mundo ni los deberes que éste impone; pero que tal vez encontrará ante usted alguna gracia en la escasez de su inteligencia, en la franqueza de su corazón, y, particularmente, en el profundo respeto con que tiene el honor, etc.»

* * * * *

Cuando terminó de escribir esta carta, cerrola Judit, y la envió a su destino sin hablar a nadie; decidida desde aquel momento a conocer su suerte, aguardó con impaciencia la próxima visita del Conde.

Aquella noche había función en la Opera y fue al teatro con la esperanza de verle en su palco y de que le hiciera la seña convenida. Arturo fue tarde y parecía estar triste y preocupado. No miró hacia el escenario ni hizo seña alguna a Judit. La pobre niña, presa de la desesperación, tuvo que resignarse a esperar dos días más. Era lunes, y al miércoles siguiente fue más afortunada. El Conde le hizo la seña que tenían convenida para anunciarle su visita, y Judit pensó:

--Mañana le veré, y mañana sabré lo que para mí guarda el destino.

Pero al día siguiente, muy temprano, presentose en su casa el lacayo del Conde, anunciando que su amo no podía disponer de un solo minuto en todo el día, y que sólo iría por la noche, ya tarde, a cenar con la señorita Judit.

Cenar a solas con ella era un acontecimiento extraordinario en quien siempre la dejaba antes de media noche. ¿Qué quería decir aquello? La tía creía encontrarlo muy claro; pero Judit se negaba a comprenderlo.

Cuando dieron las once de la noche, encontrábase ya dispuesta la cena más exquisita y delicada, preparada por los cuidados de la señora Bonnivet. En cuanto a Judit, nada escuchaba ni veía; limitábase a esperar.

¡Esperar! ¡Todas las facultades de su alma se concentraban o resumían en esta idea!...

Pero dieron las once y media, luego las doce, y Arturo no parecía.

Por último, transcurrió toda la noche sin que él llegara; pero ella seguía esperando.

Tampoco se presentó el Conde al otro día... ni en los siguientes.

Judit no recibió ninguna carta; no volvió a verle.

¿Qué significaba aquello? ¿Qué había sucedido?

En aquel instante, interrumpiose el notario, diciendo:

--Señores, vuelve a levantarse el telón; continuaré mi relato en el entreacto próximo.

IV

Cuando hubo terminado el tercer acto de _Los Hugonotes_, el notario prosiguió en esta forma:

--Señores, adivino que sienten ustedes curiosidad por saber lo que había sucedido a nuestro amigo Arturo, y sobre todo, por saber a ciencia cierta de qué clase de sujeto se trataba.

--¿Por qué no ha empezado usted por ahí?--le dije.

--Me parece--repuso--que soy dueño de colocar la exposición donde me plazca, puesto que soy el narrador.

--Por otra parte, no es aquí, en la Opera, donde hay que mostrarse severo respecto a las exposiciones--agregó el profesor en Derecho,--las cuales no se entienden jamás.

--Lo cual es, con frecuencia, una fortuna para los autores de los libretos--añadió el notario mirándome.

Y, sintiéndose satisfecho de su epigrama, continuó en estos términos:

--El conde Arturo de V*** descendía de una antigua e ilustre familia del Mediodía. Su madre, que se quedó viuda muy joven, no tuvo más hijo que él y carecía de bienes; pero tenía un hermano que era inmensamente rico. Este hermano, monseñor el abate de V***, había sido sucesivamente en la corte de Luis XVIII, y más tarde en la de Carlos X, uno de los prelados que gozaban de más influencia; y sabido es hasta dónde llegaba en aquella época el poder del clero. El abate de V*** tenía un carácter frío y egoísta; era muy severo y orgulloso, y sin embargo, conducíase como buen pariente, porque sentía ambición para él y para los suyos. Se encargó de la educación de su sobrino, hizo devolver a su hermana una parte de los bienes que le fueron confiscados durante la emigración, y la pobre condesa de V*** murió bendiciéndole y encargando a su hijo que le obedeciera ciegamente. Arturo, que adoraba a su madre, prometiole en su lecho de muerte cuanto ella quiso; promesa tanto más fácil de cumplir, cuanto que, desde su infancia, experimentó un miedo horrible hacia su tío y había sido acostumbrado a someterse siempre, sin oponer la menor resistencia, a sus menores indicaciones.

De carácter serio, tímido y dulce, pero dotado de un corazón noble y generoso, Arturo mostró, desde muy niño, profunda inclinación por la carrera de las armas, por el uniforme y la charretera; tal vez debíase esto a que, en el palacio de su tío, no veía más que trajes negros y sobrepellices. Un día, con gran reserva, se atrevió a poner de manifiesto sus intenciones a monseñor, el cual frunció el ceño al oírle y le anunció con tono firme y decidido que abrigaba otras miras respecto a él.