Carlos Broschi

Chapter 12

Chapter 123,961 wordsPublic domain

Entonces me puse a examinarle atentamente.

Era imposible encontrar una figura más expresiva, más bella y de más distinción. Vestido con elegante sencillez, todo en sus modales y en sus más insignificantes gestos era noble, de buen gusto y _comme il faut_. Aparentaba de veinticinco a veintiocho años; sus grandes ojos, negros, estaban constantemente fijos en un palco segundo, situado frente a él, al que miraba con una expresión de tristeza y desesperación indefinible. A pesar mío, volví la cabeza en la misma dirección, y vi que aquel palco estaba vacío.

--Sin duda, pensé, esperaba a alguien que no ha venido; una _ella_ que ha faltado a su palabra... o está enferma, o a quien un marido celoso ha impedido venir... Y él la ama... y la espera... ¡Pobre joven!

Y como él, esperé y le compadecí, y habría dado cualquier cosa por ver abrirse la puerta de aquel palco que seguía obstinadamente cerrado.

El espectáculo iba a terminar, y durante dos o tres escenas en las que ya no bailaban las primeras partes y durante las cuales el público conversaba casi en voz alta, hablose de la ópera _Roberto el Diablo_, que se estaba ensayando entonces y que debía representarse a los pocos días. Mis amigos hiciéronme algunas preguntas respecto a la música y los bailables, demostrando deseos de asistir a los últimos ensayos. ¡Es una cosa tan curiosa y tan interesante para ciertas gentes un ensayo de la Opera! Les prometí llevarlos, y nos levantamos para salir, porque el telón acababa de caer. Al pasar junto a mi desconocido, que continuaba inmóvil en el mismo lugar, le manifesté mi sentimiento por haber aceptado su oferta y el deseo de poder corresponder a su atención.

--Nada más fácil--me dijo;--acabo de saber que es usted Meyerbeer.

--No tengo ese honor.

--O que es usted uno de los autores del _Roberto el Diablo_.

--Del libreto nada más.

--Pues bien, caballero, permítame usted asistir al ensayo de mañana.

--Ofrece aún tan poco atractivo, que sólo me atrevo a invitar a mis amigos.

--Razón de más para que yo insista, caballero.

--Y yo me considero muy honrado con que se digne usted hacerme tal petición.

Me estrechó la mano y quedamos citados para el día siguiente. Fue exacto a la cita, y mientras comenzaba el ensayo, nos paseamos algunos momentos por el teatro. Hablaba en un tono grave, y sin embargo, amable y espiritual; pero notábase fácilmente que se esforzaba en sostener la conversación, y que alguna otra idea le preocupaba. Nuestras más lindas cantantes y bailarinas iban llegando sucesivamente. Le vi estremecerse con frecuencia, y llegó un momento en que fue tal su emoción, que tuvo que apoyarse contra un bastidor. Creí entonces adivinar que sentía una pasión desgraciada por alguna de aquellas diosas, pero su edad y su figura hacían poco verosímil semejante suposición. Y en efecto, no tardé en convencerme de que me engañaba; no habló a nadie, a nadie se acercó, y tampoco dio muestras nadie de conocerle.

Cuando comenzó el ensayo, traté de descubrirle en la orquesta, entre los aficionados, y no le encontré allí. Aunque la sala estaba poco alumbrada, me pareció verle en el palco que la víspera había contemplado con tan profunda emoción. Quise asegurarme de ello, y al terminar el ensayo, después del admirable trío del quinto acto, subí al piso segundo. Meyerbeer, que deseaba hablar conmigo, me acompañaba. Llegamos al palco, cuya puerta estaba entreabierta, y vimos al desconocido con la cabeza oculta entre las manos. Al vernos entrar, volviose bruscamente, abandonó su asiento, y pude ver entonces que su rostro estaba cubierto de lágrimas. Meyerbeer se estremeció de alegría, y, sin decirle una palabra, le estrechó la mano con ademán afectuoso, como para darle gracias. El desconocido, procurando reponerse de su turbación, balbuceó algunas frases de elogio de un modo tan vago, que fue evidente para nosotros que no había escuchado la ópera y que, desde hacía dos horas, estaba pensando en otra cosa que en la música. Meyerbeer me dijo en voz baja, desesperado:

--¡El infeliz no ha oído ni una nota!

Los tres bajamos juntos la escalera, y al pasar por el hermoso y espacioso patio que conduce a la calle de la Grange-Bateliere, el desconocido saludó al empleado en aquella portería. Aguijoneado, entonces, por la curiosidad, acerqueme a aquel hombre y le interrogué:

--¿Conoce usted a ese joven que acaba de marcharse?

--Sólo sé que se llama Arturo, que vive en la calle de Helder, núm. 7, y que este invierno se ha abonado a un palco segundo que da frente a la escena.

--¿Y, según parece, está en el palco a todas horas?

--Viene a él solamente por la mañana; pero por la noche no lo ocupa nunca y está siempre cerrado.

Efectivamente, en toda la semana no se abrió la puerta del palco, que permaneció vacío y sin que nadie se presentase en él.

El estreno de _Roberto el Diablo_ estaba muy próximo, y en esos últimos días el pobre autor se ve agobiado con peticiones de localidades y billetes. ¿Se imaginan ustedes que éste tiene tiempo de pensar en su obra, en los cortes y cambios que serían necesarios? De ninguna manera. Necesita contestar a las cartas y reclamaciones que recibe por todas partes; y las señoras, sobre todo, son las más exigentes en ese día.--Debía usted haberme reservado dos palcos, y no he podido obtener más que uno.--Me había usted ofrecido una delantera, y sólo he recibido un asiento de primera fila.--Me dijo usted que podía contar con el número 10, inmediato al palco del general, y me ha enviado usted el número 15, que está junto al de la señora D***, a quien no puedo sufrir, y que está sumamente infatuada con sus diamantes.

En un día de estreno se enfrían muchas veces las relaciones con los mejores amigos, que acceden a perdonarle a uno algunos días después, si se ha obtenido un éxito brillante, pero que continúan enojados durante mucho tiempo cuando es víctima de un fracaso; de modo que queda uno mal con ellos como con el público. Bien dicen que «un mal no viene nunca solo».

La mañana del día fijado para el estreno de _Roberto el Diablo_, debía yo entregar a unas señoras un palco que les había ofrecido; palco de que el director me había despojado para dárselo a un periodista. Al quejarme de ello, me contestó:

--¡Es para un periodista!... Ya ve usted, un periodista... que la detesta... pero que, gracias a esta atención, consentirá en hablar bien... de la música.

El argumento no admitía réplica, y, por otra parte, el palco estaba ya dado. Pero, ¿dónde colocar a mis lindas señoras, cuyo enojo era para mí, en otro orden, tan temible como el del periodista? Recordé entonces a mi desconocido, y me encaminé a su casa.

Era ésta muy sencilla y modesta, sobre todo tratándose de un hombre que estaba abonado a un palco en la Opera durante todo el año.

--Señor--le dije,--vengo a pedirle un gran favor.

--Usted dirá.

--¿Piensa usted asistir a la representación del _Roberto_... en su palco?

Pareció turbarse, y me respondió con cierta vacilación:

--Desearía asistir, pero no podré hacerlo.

--¿Ha dispuesto usted de él?

--No, señor.

--Si tuviera usted a bien cedérmelo, me sacaría de un gran apuro.

El suyo era cada vez mayor... no se atrevía a negármelo... Por último, haciendo un visible esfuerzo sobre sí mismo, exclamó:

--Accedo a ello, pero con la condición de que no llevará usted a ese palco más que hombres.

--Precisamente--repuse,--se lo pido para unas señoras...

Quedó silencioso durante un momento, y luego dijo:

--Entre esas señoras, ¿hay alguna a quien usted ama?

--Sin duda--contesté ligeramente.

--Entonces, disponga del palco. De todos modos, hoy mismo salgo de París.

Aguijoneado por el interés y la curiosidad, al oír estas últimas palabras, hice un movimiento, cuyo significado debió de adivinar él sin duda alguna, porque me apretó la mano entre las suyas, diciéndome:

--Ya supondrá usted que ese palco tiene para mí recuerdos muy queridos y crueles... que a nadie puedo confiar... ¿A qué conduce quejarse cuando uno es desdichado sin esperanza... y lo es por su culpa?

Aquella noche tuvo lugar el estreno de _Roberto_, y mi amigo Meyerbeer alcanzó un éxito inmenso, que se extendió por toda Europa. Más tarde, sucediéronse muchos otros acontecimientos literarios o políticos y otros muchos fracasos. No volví a ver a Arturo, ni a pensar en él: le había olvidado.

Hace pocas noches, me encontraba también en la Opera. Esta vez no se representaba _Roberto_, sino _Los Hugonotes_. Habían transcurrido cinco años.

--Llega usted muy tarde--me dijo uno de mis amigos, un profesor de Derecho, abonado de la Opera, que se muestre tan alegre por la noche como erudito por la mañana.

--Y hace usted mal--agregó, dándome un golpecito en la espalda, un hombrecillo vestido de negro, de voz acre y cabeza empolvada.

Volví la cabeza para ver quién me hablaba, y me encontré con el señor Baraton, notario de mi familia.

--¿Usted aquí?--exclamé;--¿y su estudio?

--Lo vendí hace tres meses. Soy rico, viudo, tengo sesenta años, he estado casado por espacio de veinte, y durante treinta he sido notario... Creo que ya es tiempo de que piense en divertirme.

--Y hace ocho días--añadió el profesor de Derecho--que se ha abonado a la orquesta.

--Sí, me gusta reírme, y a eso vengo aquí, donde se ven y se oyen las cosas más extrañas del mundo. Estos señores lo saben todo, todo lo conocen... No hay una sola localidad de la que no me hayan referido una anécdota interesante.

Y al decir esto, miraba al profesor de Derecho, el cual se sonreía con ese aire modesto y reservado que se considera como discreto, y que quiere decir: otras muchas podría contar si quisiera.

--¿De veras?--exclamé.

Y, sin darme cuenta de ello, dirigí mis ojos al palco que algunos años antes había excitado vivamente mi curiosidad. ¡Cuál fue mi sorpresa! también estaba desocupado aquella noche; de cuantos había en el teatro, era el único que se encontraba vacío.

Encantado entonces por tener, a mi vez, una historia que contar, hice saber en pocas palabras a mis oyentes la que acabo de referir a ustedes, acaso con demasiada extensión.

Todos me escucharon atentamente y empezaron a formar conjeturas. El profesor rememoraba sus antiguos recuerdos; el notario se sonreía con malicia.

--Veamos--les dije;--¿quién de estos señores, que todo lo saben, nos dará la clave de este enigma? ¿Quién nos podrá contar la historia de ese palco misterioso?

Todos permanecieron silenciosos, hasta el profesor, el cual, pasándose una mano por la frente como procurando recordar la anécdota, hubiera concluido probablemente por inventar una; pero el notario no le dio tiempo para ello.

--¿Que quién le contará a usted esa historia?--exclamó con aire de triunfo;--yo, que la conozco, sin omitir detalle.

--¿Usted, señor Baraton?

--Yo mismo.

--Hable usted, hable.

Y todas las cabezas fijáronse en el narrador.

--Pues bien--repuso el notario con aire importante y tomando un polvo de rapé.--¿Quién de ustedes ha conocido...?

En aquel instante se dejaron oír los primeros acordes de la orquesta.

Y el señor Baraton, que no quería perder una sola nota de la sinfonía, se detuvo repentinamente, diciendo:

--Comenzaré en el próximo entreacto.

II

Apenas terminó el primer acto de _Los Hugonotes_, el notario empezó diciendo:

--Tienen que vestirse la reina y todas sus damas de honor; hay que construir también el castillo y los jardines de Chenonceaux, y, de consiguiente, el entreacto será bastante largo para que yo pueda referirles la historia que desean conocer.

Y cuando hubo saboreado lentamente un polvo de rapé, como para tomarse tiempo de reunir sus recuerdos, el señor Baraton prosiguió en esta forma:

--¿Quién de ustedes ha conocido aquí a la pequeña Judit?

Miráronse, y ni los abonados más antiguos de la orquesta pudieron responder.

--La pequeña Judit--agregó el notario,--una jovencita que hace siete u ocho años fue admitida como figuranta en el cuerpo de baile.

--Aguarde usted...--dijo el profesor de Derecho con un tono algo pedante.--¿Una rubita que en _La Muda_ hacía el papel de uno de los pajes del virrey?

--No, era morena--repuso el notario;--en cuanto al empleo que la atribuye, no tengo datos para asegurarlo, y prefiero atenerme a la inmensa erudición de usted.

El profesor de Derecho hizo una cortesía.

--Lo que nadie podría negar es que la pequeña Judit era encantadora. Otro punto que también parece comprobado, es que la señora Bonnivet, su tía, era portera en la calle de Richelieu, de la casa de un solterón, del cual había sido en otra época ama de gobierno, o según decían algunos, cocinera; pero la señora Bonnivet no convenía en esto. Por lo demás, ella tiraba del cordón y hacía recados, mientras su sobrina hacía conquistas; porque no se podía, en modo alguno, pasar frente a la habitación de la portera sin admirar a la pequeña Judit, que entonces tendría apenas doce años. Sus ojos eran ya los más bellos del mundo, sus dientes parecían perlas, tenía un talle delicioso, y con su vestido de indiana ofrecía el aire más distinguido que imaginar se puede. Además, tenía una fisonomía de expresión inocente, cándida, y, en su misma inocencia, expresiva y coqueta; una de esas fisonomías, en fin, a propósito para hacer enloquecer a cualquiera y cambiar, como suele decirse, la faz de los imperios.

Tantos y tan frecuentes parabienes recibía la señora Bonnivet por la belleza de su sobrina, que se decidió a hacer algunos sacrificios, con objeto de educarla: la hizo entrar en una escuela gratuita, donde aprendió a leer y escribir; brillante progreso cuyas ventajas no tardó en apreciar la señora Bonnivet, que en sus funciones de portera difícilmente descifraba los sobres de las cartas y equivocaba constantemente los periódicos que debía entregar a los inquilinos.

Así, pues, todo el mundo se alegró cuando Judit se encargó de este cuidado; y su tía, convencida de que con una figura y una educación tan distinguida debía hacer fortuna sin mucho trabajo, no esperaba más que una ocasión para ello, la cual no tardó en presentarse. El señor Rosambeau, maestro de baile, que vivía en el quinto piso, ofreciose a dar algunas lecciones a la pequeña Judit, y pocos días después la señora Bonnivet participaba a todas las porteras de su conocimiento, que su sobrina acababa de ser admitida en los coros de la Opera; esta noticia difundiose rápidamente de puerta en puerta por toda la calle de Richelieu.

Ya tenemos, pues, a Judit instalada en la Opera, tomando lecciones por la mañana y presentándose por la noche confundida entre los grupos de jóvenes, de ninfas o de pajes, como hace un instante decía nuestro amigo el profesor.

Judit era la inocencia personificada, aunque entonces había cumplido ya catorce años; habíase criado en una casa honrada, cuyos inquilinos eran todos casados; su tía, que era de un rigorismo exagerado, no la perdía de vista casi nunca; la llevaba al teatro por la mañana, la acompañaba al salir por la noche, y hasta tenía la paciencia de permanecer en el saloncillo del baile, haciendo calceta, mientras su sobrina estudiaba y aprendía los bailables.

Tal vez deseen saber ustedes lo que sucedía, entretanto, en la casa de la calle de Richelieu, pero no puedo decírselo. No faltaba quien asegurase que una amiga de la señora Bonnivet se había encargado de substituirla interinamente, hasta el día en que la pequeña Judit hiciera _suerte_.

Porque ustedes saben, tan bien como yo, que las jóvenes sólo suelen entrar en la Opera para hacer suerte y alcanzar una posición brillante; realizado esto, y cuando llegan a ser ricas, se retiran, se hacen juiciosas y casan a su hija con un agente de Bolsa.

--O con un notario--rectificó el profesor.

--Es cierto--repuso el señor Baraton, haciendo una mueca;--se han dado casos... Pero comprenderán ustedes que ni la señora Bonnivet ni su sobrina pensaban entonces en tales grandezas. Es preciso avanzar en todo de una manera progresiva, y paso a paso.

--¿Y Judit?--pregunté yo, porque veía transcurrir el entreacto.

--De ella me ocupo. La señora Bonnivet, a despecho de su previsora vigilancia, no podía impedir que su sobrina hablase con sus jóvenes compañeras. Por la mañana en el saloncillo del baile, y particularmente por la noche, cuando salían a la escena... formidable límite que la tía no podía franquear y en el que se detenía su vigilante inspección... Judit oía entonces cosas singulares. Una de las ninfas o de las sílfides que con ella bailaba decíala en voz baja:

--Oye, querida: fíjate en la orquesta, a la derecha; ¡observa cómo me mira!

--¿Quién?

--Ese guapo joven que viste chaleco de cachemir.

--¿Y qué significa eso?

--Que está enamorado de mí.

--¡Enamorado!--exclamaba Judit.

--Está claro; ¿de qué te asombras? ¿Acaso tú no tienes algún amorcillo?

--¡Dios mío! yo no.

--¡Tiene gracia! Oigan ustedes, chicas, Judit no tiene ningún pretendiente.

--¡Ya lo creo! como que su tía se opone a ello.

--¡Me gusta! ¡Pues si yo tuviera una tía como esa!...

--Querida, haces mal en censurar a una mujer que tiene miras formales y útiles, como a nosotras nos hubiera convenido, y que, para apartar a su sobrina del peligro de las pasiones, le busca un protector.

--¡Ella! ¡Un protector!... Es demasiado tonta para eso, y no lo encontrará nunca.

Estas conversaciones efectuábanse durante los coros de la _Vestal_. Judit no había perdido una palabra; pero no se atrevía a pedir a nadie la explicación de lo que era todavía un enigma para ella. No obstante, sentíase humillada, inconscientemente, por el concepto en que la tenían; hubiera querido vengarse, abatir a sus buenas amigas, humillarlas a su vez. En consecuencia, cuando, en cierta ocasión, al retirarse por la noche, la señora Bonnivet tomó un aire grave y solemne para anunciar a su sobrina que se le había presentado un protector muy distinguido, su primer movimiento fue de júbilo... y su tía, que no esperaba tal cosa, pareció encantada de ello y continuó muy satisfecha:

--Sí, mi querida sobrina; una persona muy recomendable por todos conceptos, una persona que asegurará tu fortuna y la suerte de tu tía, cosa muy justa después de los sacrificios que le ha ocasionado tu educación y los cuidados que ha tenido para ti.

Mientras hablaba de este modo, la tía se enjugó algunas lágrimas; Judit, conmovida por aquel enternecimiento, se atrevió entonces a preguntar solamente quién era aquel protector y por qué había merecido ella una distinción tan elevada.

--Ya lo sabrás, hija mía, ya lo sabrás... Por el momento, todas tus compañeras se van a morir de envidia.

Esto era lo único que anhelaba Judit; y, efectivamente, produjo honda impresión esta noticia al día siguiente en el saloncillo del baile.

--¿Pero es de veras?

--Te lo aseguro.

--Parece imposible...

--¡Esa remilgada! ¡Qué suerte tiene!...

--¡Una figuranta, una corista!

--En tanto que yo... ¡una primera parte!

--¡Es irritante!

--Pero es natural--decían otras;--hay que confesar que es muy guapa...

--¡Y muy honrada!... ¡Bien lo merece!...

En resumen, nunca una boda de príncipes, ni aun de reyes, dio lugar a tantas conjeturas; pero aquella misma noche quedaron resueltas todas las dudas al aparecer en el teatro la señora Bonnivet con un chal magnífico.

--¿Quién era aquel protector desconocido? Seguramente se trataría de algún banquero entrado en años o algún respetable gran señor. Esto fue lo primero que preguntaron a Judit, con el propósito de hacerla hablar; pero todo fue en vano: Judit observó una discreción impenetrable, por la sencilla razón de que ella misma lo ignoraba.

Tres o cuatro días después abandonó con su tía el pequeño cuarto de la portería para ir a habitar un piso delicioso de la calle de Provenza, donde tenía una alcoba del gusto más moderno y un gabinete exquisito, tan elegante y tan bien decorado y alfombrado, que la tía no se atrevía a entrar en él, y pasaba el tiempo en el comedor o en la cocina... allí se encontraba ella más a su gusto.

Pero transcurrieron algunos días sin que Judit viera presentarse a nadie, lo cual le parecía muy extraño, porque la joven carecía de instrucción, pero no de talento. Su candor y su sencillez reconocían por causa la ignorancia, no la inocencia; y rememorando lo que había podido comprender, y adivinando una parte de lo que no comprendía, empezó a inquietarse, a estremecerse. Hubiera dado cualquier cosa por tener una amiga a quien pedirle consejo... Pero ella sola, ¿qué protección podría buscar contra un protector que no conocía y que ya le inspiraba miedo? Cierto es que, cuantas ideas ella se forjaba de antemano, estaban relacionadas con las de la fealdad y la vejez, a fuerza de oír decir a sus compañeras que su protector no podía ser más que un viejo gotoso, extravagante y contrahecho. Júzguese, pues, de su sorpresa, cuando al quinto día vio entrar a su tía corriendo y desatalentada, la cual, precediendo a un caballero, abrió la puerta del tocador, diciendo:

--¡Aquí está!

Judit intentó levantarse por cortesía, pero sus piernas flaquearon; y conociendo que iba a desmayarse, se dejó caer sobre el sofá en que estaba sentada.

Cuando, al cabo de un rato, se atrevió a levantar los ojos, vio de pie, frente a ella, a un joven guapo, de unos veinticuatro años próximamente, y de porte noble y distinguido, que la contemplaba con una expresión tan dulce y cariñosa, que fue suficiente para disipar su miedo; imaginose que quien la miraba así debía defenderla, y que nada tenía que temer, por lo tanto.

--Señorita...--le dijo el desconocido en tono grave, pero respetuoso.

Y al ver que la tía aún permanecía allí, le hizo seña de que saliera. Esta obedeció acto continuo, porque precisamente tenía que dar órdenes para la comida.

--Señorita--continuó el joven,--está usted en su casa, y mi deseo es que se encuentre bien en ella y sea dichosa. Perdóneme si tengo pocas veces el honor de ofrecerle mis respetos; mis muchas ocupaciones me privarán de este placer. Por lo cual no reclamo más que un título... el de ser amigo de usted. Y un solo derecho... el de satisfacer sus menores caprichos.

Judit no contestó; pero su corazón latía con tal violencia, que hacía mover el ligero percal de su bata.

--Respecto a su tía...--y pronunció esta palabra en tono despreciativo,--estará, en adelante, a las órdenes de usted, porque usted es aquí el ama, y todos la han de obedecer... empezando por mí.

Luego se acercó a ella, le tomó una mano, que llevó a sus labios, y viendo que aun estaba temblorosa, dijo:

--¿Le da miedo, acaso, mi presencia? Tranquilícese, sólo volveré cuando me necesite... cuando me llame... Adiós, Judit... adiós, hija mía.

Y salió acto seguido, dejando a la pobre joven confusa y presa de una emoción que ella no conocía y que en vano hubiera intentado explicarse.

Durante todo aquel día, tuvo Judit en la imaginación la figura del hermoso desconocido, con sus grandes y expresivos ojos negros, pues aunque, aparentemente, no le había mirado, no por eso dejó de examinar su apostura, sus maneras y hasta su traje. Creía estar oyendo aún aquella voz tan dulce, cuyas palabras habíanse grabado en su memoria. La pobre Judit que, hasta entonces, había dormido perfectamente, aquella noche no pudo conciliar el sueño. ¡Era la primera vez! A la mañana siguiente, levantose con el rostro pálido, los ojos hinchados...

La tía, entretanto, no dejaba de sonreír.

Era imposible hablar del desconocido sin que el lindo rostro de Judit se cubriese de súbito rubor...

Y la tía continuaba sonriendo.

Pero él no parecía, no iba... y Judit no podía decirle que fuese... En efecto, ¿qué podía pedirle?... Casa elegante, mesa bien servida, criados y un coche a su disposición... Nada le faltaba... ¡nada más que él!