Carlos Broschi

Chapter 11

Chapter 114,080 wordsPublic domain

--Lee, hermano mío, lee--me dijo, con lágrimas en los ojos.

Era la fábula de _Las dos palomas_.

Al fin, me levanté bruscamente, y respondí a todos:

--Tengo veinte años, soy noble, y necesito alcanzar gloria y honores. Déjenme, pues, que parta.

Y acto seguido me lancé al patio.

Iba a montar en la silla de posta cuando apareció en el descanso de la escalera una joven.

Era Enriqueta.

No lloraba, no pronunciaba una palabra. Pero estaba pálida y temblorosa, y apenas podía sostenerse.

Con el pañuelo blanco que tenía en la mano me hizo una señal de despedida, y cayó sin conocimiento.

Corrí a ella, la levanté en mis brazos, la estreché contra mi corazón jurándole amor eterno, y antes que recobrara el sentido, la confié al cuidado de mi madre y mis hermanas y me dirigí a donde estaba el carruaje sin detenerme ni volver la cabeza.

Si la miraba otra vez, estaba seguro de que no tendría valor para marcharme.

Pocos minutos después, la silla de posta rodaba por la carretera.

En los primeros momentos, sólo pensé en mis hermanas, en Enriqueta, en mi madre y en la dicha que acababa de abandonar.

Pero estas ideas se fueron disipando a medida que desaparecían de mi vista las torres de la Roche-Bernard.

Los sueños de ambición y gloria no tardaron en apoderarse completamente de mi cerebro.

¡Cuántos proyectos y castillos en el aire formé recostado en los almohadones de mi carruaje!

Riquezas, honores, dignidades, brillantes éxitos de todas clases... Todo lo ambicionaba. A mi juicio, lo merecía todo, y todo me lo concedía, elevándome más y más, conforme avanzaba en el camino.

Veíame ya gobernador de provincia, duque, par... Y, al detenerme por la noche en una posada había llegado a mariscal de Francia.

La voz de un criado, que me llamó sencillamente _caballero_, me obligó a salir de mi éxtasis y volver a la realidad.

Al día siguiente y en los sucesivos, tuve los mismos sueños, la misma embriaguez.

Mi viaje era largo. Dirigíame a las inmediaciones de Sedán, a casa del duque de C..., antiguo amigo de mi padre y protector de mi familia, el cual habíase ofrecido a acompañarme a París y presentarme en Versalles, con objeto de obtener para mí el mando de una compañía de dragones por influencia de una hermana suya, la marquesa de F..., hermosa joven designada por la opinión pública como sucesora de Mad. Pompadour, a cuyo título aspiraba con tanta mayor justicia, cuanto que hacía mucho tiempo que venía desempeñando sus honrosas funciones.

Llegué a Sedán de noche, y no pudiendo a semejante hora dirigirme al castillo de mi protector, aplacé mi visita para el día siguiente, y busqué hospedaje en el hotel de _Las armas de Francia_, el mejor de la ciudad, que era el punto de reunión de los oficiales, porque Sedán es plaza fuerte y hay en ella mucha guarnición. Las calles de la ciudad presentan un aspecto guerrero, y hasta los paisanos caminan con aire marcial, como si dijesen a los forasteros: «Somos compatriotas del gran Turena».

Cené en mesa redonda y procuré informarme acerca del camino que debía emprender al día siguiente para llegar al castillo del duque de C..., que distaba tres leguas de la población.

--Cualquiera se lo podrá indicar--me contestaron.--Es muy conocido en el país. En ese castillo ha muerto un militar ilustre, un hombre célebre, el mariscal Fabert.

Y, en seguida, recayó la conversación en este personaje. Esto era natural entre oficiales jóvenes.

Se habló de sus batallas, de sus proezas, de su modestia, que le hizo rehusar los títulos y el collar con que quiso agraciarle Luis XIV, y sobre todo de su extraordinaria suerte. Porque salido de la nada, pues era hijo de un pobre impresor, de simple soldado llegó a la elevada categoría de mariscal.

Este era el único ejemplo que en aquella época podía citarse de semejante fortuna, que, viviendo todavía Fabert, había parecido tan extraordinaria, que el vulgo atribuyó a su elevación causas sobrenaturales.

Decíase que en su juventud se había ocupado de magia, y que había hecho un pacto con el diablo.

El hostelero, con la credulidad propia de nuestros aldeanos bretones, nos aseguró que en el castillo del duque de C..., donde murió Fabert, habían visto entrar a un hombre negro, que nadie conocía, y que este hombre se llevó el alma del mariscal, a quien anteriormente se la había comprado; añadiendo que, todavía, por el mes de mayo, época de la muerte de aquél, se veía aparecer por la noche al negro, con una luz en la mano.

Este relato contribuyó a amenizar el término de nuestra cena, y bebimos una botella de champagne en obsequio al demonio familiar de Fabert, pidiéndole que se dignara tomarnos también bajo su protección y hacernos ganar algunas batallas semejantes a las de Collioure y La Marfée.

Me levanté muy temprano al siguiente día, y acto continuo emprendí el camino que llevaba al castillo del duque de C..., inmensa y gótica mansión en la que no hubiera reparado siquiera, a encontrarme todavía impresionado por la narración de la víspera.

Excitada con ella mi curiosidad, no pude menos de contemplar el edificio atentamente; y confieso que no terminé mi examen sin experimentar cierta emoción.

El criado a quien pregunté me respondió que ignoraba si su amo estaba visible, y sobre todo si me recibiría.

Díjele mi nombre, para que me anunciara, y salió dejándome solo en una especie de sala de armas, cuyas paredes estaban cubiertas de atributos de caza y retratos de familia.

Aguardé un gran rato, sin ver aparecer a nadie.

¡La carrera de gloria y honores, con que yo había soñado, comenzaba por hacer antesala!

Devorábame la impaciencia.

Ya había contado dos o tres veces todos los retratos que adornaban la sala y hasta las vigas del techo, cuando percibí junto a mí un ligero ruido.

Producíalo una puerta mal cerrada que el viento acababa de abrir.

Me acerqué a ella y vi un lindo gabinete, iluminado claramente por dos grandes ventanas y una puerta de cristales, que daban a un jardín espléndido.

Penetré algunos pasos en el interior de aquel alegre aposento y me detuve ante un espectáculo que no descubrí a primera vista.

Dando la espalda a la puerta por donde yo acababa de entrar, vi a un hombre recostado en un canapé.

Levantose, sin darse cuenta de mi presencia, y se dirigió bruscamente a una de las ventanas.

Lloraba silenciosamente, y en sus facciones parecía dibujarse una profunda desesperación.

Por espacio de algunos minutos permaneció inmóvil, con la cabeza oculta entre las manos.

Luego empezó a pasearse precipitadamente por la estancia.

En una de las ocasiones que pasó junto a mí, me vio y se detuvo, estremeciéndose.

Yo, entonces, cortado y pesaroso de mi indiscreción, intenté retirarme, balbuceando algunas frases de disculpa.

Pero él me detuvo por un brazo, diciendo en voz alta:

--¿Quién es usted? ¿Qué desea?

--Soy el caballero de la Roche-Bernard--contesté;--y vengo de Bretaña...

--Ya sé, ya sé--repuso.

Y me abrazó, obligándome luego a que me sentara junto a él.

Hablome de mi padre, de toda mi familia, y demostró conocerla tan bien, que no dudé de que fuese el dueño del castillo.

--¿Es usted el señor de C...?--le dije.

Pero él se levantó, mirándome exaltado, y repuso:

--Lo era, pero ya no lo soy; ya no soy nada.

Y al ver el asombro con que yo le oía, agregó:

--Ni una palabra más, joven; no me interrogue usted...

--A pesar de todo, ya que sin querer he sido testigo de la pena de usted, si mi amistad y mi interés pueden proporcionarle algún consuelo...

--Tiene usted razón. Le es imposible cambiar en nada mi suerte, pero será depositario de mi última voluntad... Este es el único servicio que puede prestarme.

Se levantó a cerrar la puerta y volvió a sentarse a mi lado.

Yo, entretanto, lleno de singular emoción, esperaba sus confidencias.

Su voz tenía algo de grave y solemne.

En su rostro, particularmente, reflejábase una expresión que en nadie había yo observado hasta entonces.

Su frente parecía marcada por el sello de la fatalidad.

Tenía la tez pálida, y sus ojos, negros, despedían un fulgor extraño.

A intervalos, sus facciones, aunque alteradas por el sufrimiento, se contraían por una sonrisa irónica e infernal.

--Lo que voy a revelar a usted--dijo--tal vez ofusque su razón. Dudará... no podrá usted creer... yo mismo dudo muchas veces; es decir, quisiera dudar; pero las pruebas están demasiado claras en todo lo que me rodea...

Interrumpiose un instante, como para coordinar sus ideas. Después, pasándose una mano por la frente, continuó:

--«He nacido en este castillo, teniendo ya dos hermanos, a los cuales debían ir a parar los bienes y los títulos de nuestra familia. No podía esperar, por consiguiente, más que la sotana y el manteo. Y no obstante, en mi cabeza fermentaban las ideas de ambición y de gloria. Descontento de mi obscuridad, ávido de nombradía, sólo pensaba en los medios de adquirirla. Y esta idea me hizo insensible a todos los placeres y dulzuras de la existencia. El presente no era nada para mí: sólo existía para el porvenir; y el porvenir ofrecíase a mis ojos bajo el aspecto más sombrío.

»Contaba treinta años, próximamente, y todavía no era nada.

»Por aquella época se formaban en la capital grandes reputaciones literarias, cuya fama llegaba hasta nuestra provincia.

»¡Ah!--decíame con frecuencia,--¡si yo pudiese al menos alcanzar un nombre en la carrera de las letras! ¡Eso siempre me daría alguna gloria, y tan sólo en la gloria estriba la dicha del hombre!

»Tenía por confidente de mis penas a un antiguo criado, un negro que habitaba en el castillo desde antes de mi nacimiento, y que era, a no dudar, el más anciano de la casa, porque nadie se acordaba de haberle visto entrar en ella; los hombres más viejos del país aseguraban que había conocido al mariscal Fabert y le había asistido en sus últimos momentos...»

Al decir estas palabras, mi interlocutor me vio hacer un gesto de sorpresa, y se detuvo para preguntarme la causa.

--No es nada--respondí.

Pero en aquel momento, recordé, a pesar mío, el hombre negro de que había hablado el hostelero la noche anterior.

El señor de C... prosiguió en esta forma:

«Un día, delante de Yago (tal era el nombre de mi negro) me dejé llevar de la desesperación por la obscuridad en que vivía y la inutilidad de mi existencia, y exclamé:

--»_Daría diez años de vida_ por figurar entre los primeros literatos.

--»¡Diez años--repuso Yago fríamente--es mucho! Es pagar muy cara una cosa tan pequeña. Pero no importa, acepto los diez años. Acuérdese de lo que ha ofrecido, que yo cumpliré mi promesa.

»Inútilmente trataría de pintar a usted mi asombro al oír su contestación. Creí que los años habían debilitado su cerebro, y me encogí de hombros sonriéndome.

»Pocos días después abandoné el castillo para emprender un viaje a París.

»Allí, sin poder explicarme cómo me arreglé para ello, me vi al poco tiempo introducido en los círculos literarios.

»Me animó el ejemplo de muchos escritores y publiqué algunas obras, de cuyo éxito no debo hablar a usted... París entero las aplaudió y los periódicos rivalizaron en elogios hacia mí. El nuevo nombre que yo había adoptado como seudónimo se hizo célebre, y aun ayer, usted mismo lo admiraba, joven...»

Al llegar aquí, un nuevo gesto de sorpresa interrumpió el relato.

--¿No es usted, pues, el duque de C...?

--No--repuso fríamente.

Por mi parte, pensé:

--¡Un hombre de letras célebre!... ¿Será Marmontel? ¿Será Alembert? ¿Será Voltaire?

El desconocido suspiró, plegó sus labios con una sonrisa amarga y desdeñosa, y continuó su narración:

--«Aquel nombre, aquella gloria literaria que tanto había envidiado, en breve llegó a ser insuficiente para mi alma. Aspiraba ya a una fama de mayor prestigio aún, y dije a Yago, el cual me había seguido a París:

--»No existe otro verdadero renombre que el que se adquiere en la carrera de las armas. ¿Qué es un literato, un poeta? Nada. Pero un gran capitán, un general... Este es el destino que ambiciono. Por una gran reputación militar daría diez años de los que me quedan de vida.

--»Aceptado--replicó Yago.--No se olvide usted de que me pertenecen.»

Al pronunciar estas palabras, el desconocido se detuvo otra vez, y viendo la turbación y la duda que se retrataban en mi rostro, dijo:

--«Ya le había anunciado a usted, joven; le cuesta trabajo creerme; todo esto le parece un sueño, una quimera... ¡A mí también!... Y, sin embargo, los grados, los honores que obtuve no eran una ilusión; los soldados que llevé al combate, los reductos tomados, las banderas conquistadas al enemigo, las victorias que tanto asombro causaron a Francia... todo esto fue obra mía, toda esta gloria me pertenece.»

Interin él se expresaba en estos términos, accionando con calor, con entusiasmo, yo, pasmado de sorpresa, me decía:

--¿Quién es, pues, el hombre que tengo delante? ¿Será Coligny, Richelieu, el mariscal Saxe?...

Del estado de exaltación en que se encontraba, cayó el desconocido en un profundo abatimiento, y acercándose a mí, exclamó en tono sombrío:

--«Yago estuvo en lo cierto. Y cuando poco después, disgustado de aquella vana humareda de gloria militar, aspiraba yo a lo único que hay real y positivo en este mundo; cuando a costa de cinco o seis años de vida anhelé poseer grandes riquezas, también me las otorgó. La fortuna colmó mis deseos, y me vi dueño de inmensas tierras, bosques, castillos... Esta mañana conservaba aún todo esto... Si duda usted de lo que le digo, si duda de Yago, aguarde, aguarde un poco... no tardará en venir, y podrá usted convencerse por sí mismo de que, lo que ofusca o confunde su razón y la mía, es, por desgracia, demasiado cierto.»

Al pronunciar estas palabras, se acercó a la chimenea, consultó el reloj, y, haciendo un gesto de espanto, me dijo en voz baja:

--«Esta mañana, al despuntar el día, me sentí tan débil y abatido, que casi no podía levantarme. Llamé a mi ayuda de cámara, y acudió Yago, en lugar de aquél.--¿Qué tengo?--le pregunté.

--»Señor, nada que no sea natural--respondiome,--que la hora se aproxima, que llega el instante...

--»¿Cuál?

--»¿No lo adivina usted? El Cielo le había concedido sesenta años de vida, y tenía usted ya treinta cuando empecé a cumplir sus deseos.

--»¡Yago!--exclamé con terror,--¿hablas formalmente?

--»Sí, señor. En cinco años ha consumido usted en gloria veinticinco de existencia. Me los ofreció usted, y me pertenecen. Este tiempo de que usted será privado se agregará al mío.

--¡Cómo! ¿Era éste el precio de tus servicios?

--»Otros los han pagado más caros. Ejemplo de ello es Fabert, a quien también concedí mi protección.

--»Calla, calla--le dije.--Eso es imposible... mientes... me estás engañando.

--»Crea usted lo que le plazca; pero prepárese, porque no le queda más que media hora de vida.

--»¿Te burlas de mí?

--»De ningún modo. Calcule usted mismo: treinta y cinco años que ha vivido realmente y veinticinco que ha disipado, suman sesenta.

»Y al decir esto se disponía a salir de la estancia.

»Yo sentía disminuirse mis fuerzas, que la vida se extinguía en mí, y exclamé:

--»¡Yago, Yago! concédeme algunas horas, unas cuántas horas aún.

--»No puede ser--me contestó;--sería perjudicarme yo en mi tiempo, y yo conozco mejor que usted el valor de la vida; no hay tesoro con que poder pagar dos horas de existencia.

»Yo apenas me sentía con fuerzas para hablar; mis ojos se cerraban; el frío de la muerte helaba la sangre de mis venas.

--»Pues bien--repliqué trabajosamente;--recupera esos bienes por los que lo he sacrificado todo. Cuatro horas más, y renuncio al oro, a las riquezas que tanto ambicioné.

--»Conforme--dijo entonces Yago.--Has sido un buen amo para mí, y debo hacer algo en tu obsequio. Consiento en lo que pides.

»En aquel momento sentí que recobraba mis fuerzas, y agregué:

--»Cuatro horas es muy poco, Yago; concédeme cuatro más, y renuncio también a la gloria literaria, a mis obras, a lo que me hizo alcanzar un puesto tan elevado en la estimación del mundo.

--»¡Cuatro horas por eso!--murmuró el negro desdeñosamente.--Es mucho; pero no importa, no debo negarte la última gracia.

--»¡Oh! no, la última no--dije, cruzando las manos.--Concédeme hasta la noche, doce horas siquiera, un día entero, y que mis hazañas, mis triunfos, mi reputación militar, se borren para siempre de la memoria de los hombres; que no quede nada de mí sobre la tierra... Un día, Yago, te lo ruego.

--»Abusas de mi bondad--respondiome, haciendo un gesto de burla...--Pero, en fin, te concedo hasta la puesta del sol. Después no me pidas más. Hasta el ocaso, pues. Vendré por ti.»

--Hoy--continuó el desconocido con desesperación,--es el último día de mi vida, el único que me queda!...

Luego, asomándose a una de las ventanas que daban al parque, prosiguió:

--Ya no volveré a ver ese hermoso cielo, esos verdes céspedes, esas bulliciosas aguas; ya no respiraré más este aire embalsamado... ¡Qué insensato he sido! Esos bienes que Dios da a todos, a los que siempre me he mostrado insensible, y cuya dulzura sólo puedo apreciar ahora, los habría disfrutado aún durante veinticinco años. ¡Ah! ¡Y he sacrificado mis días a una quimera; los he perdido por una gloria estéril que no me ha proporcionado la dicha, y que ha muerto antes que yo!... Mire, mire--añadió señalando a unos aldeanos que atravesaban el parque y regresaban, cantando, a sus faenas,--¡qué no daría yo ahora por participar de sus trabajos y de su miseria! Pero ya nada tengo que dar ni que esperar en este mundo, nada... ni la desgracia siquiera.

En aquel instante, un rayo de sol vino a iluminar sus pálidas y descompuestas facciones.

--Vea usted--exclamó asiéndome de un brazo con una especie de delirio,--¡vea qué hermoso es el sol!... ¡Y he de perder todo esto! ¡Ah! deje que aun disfrute de ello, que saboree por completo este alegre y sereno día que para mí no ha de tener un mañana.

Y antes que yo pudiera detenerle, lanzose corriendo al parque, y desapareció por una de las alamedas.

Si he de ser franco, diré que me hubiera sido imposible evitarlo; no tenía fuerzas; me encontraba aturdido, asombrado de cuanto acababa de ver y oír. Apenas si me encontraba aún con energías para levantarme de mi asiento y dar algunos pasos, a fin de convencerme de que no soñaba.

Antes de que lograse darme cuenta exacta de mi situación, se abrió la puerta y apareció un criado, el mismo a quien había interrogado al entrar, diciendo:

--El señor duque de C...

Y un hombre de unos sesenta años y de aspecto distinguido, avanzó a mi encuentro, tendiéndome la mano y excusándose por haberme hecho esperar tanto.

--Cuando llegó usted me encontraba ausente del castillo--me dijo.--Vengo ahora de la ciudad, adonde he ido con objeto de celebrar una consulta sobre el lamentable estado del conde de C..., mi hermano menor.

--¿Está en peligro su vida?--exclamé algo confuso.

--No, por fortuna--replicó el Duque;--pero en su juventud, ciertas ideas de gloria y ambición trastornaron su cabeza, y una grave enfermedad que ha sufrido últimamente, de la que llegamos a creer todos que moriría, ha dejado en su cerebro una especie de delirio por el cual se figura continuamente que sólo le queda un día de vida. En esto consiste su locura.

Entonces, todo se aclaró para mí.

--Pero hablemos de usted--continuó el Duque.--Veamos qué puedo hacer en su favor. A fin de este mes saldremos para Versalles. Le presentaré en la corte, y...

--Conozco las excelentes disposiciones que abriga usted para conmigo, señor Duque, y he venido a darle las gracias por ellas.

--Pues qué, ¿ha renunciado usted al porvenir que podía alcanzar en la corte?

--Sí, señor.

--Recapacite usted en que, por mi influencia, hará rápidamente carrera y podrá llegar en menos de diez años...

--¡Diez años!--exclamé con una especie de terror.

--¡Cómo!--repuso el Duque asombrado.--¿Considera usted que es pagar demasiado caras la gloria y la fortuna? Vamos, joven, decídase, y pronto iremos a Versalles.

--No, señor Duque; regresaré en seguida a la Bretaña, y le suplico nuevamente que acepte la expresión de mi reconocimiento y el de toda mi familia.

--¡Eso es una locura!--murmuró el Duque.

Pero yo, reflexionando en lo que acababa de ver y escuchar, salí diciendo para mí:

--Esto es ser razonable.

Y al día siguiente emprendí el viaje de vuelta a mi casa. ¡Con cuánta alegría contemplé mi hermoso castillo de la Roche-Bernard, los seculares árboles de mi parque y el hermoso sol de mi país! En él me esperaban mis vasallos, mis hermanas, mi madre... y la felicidad, porque ocho días después celebrábase mi matrimonio con mi prima Enriqueta.

JUDIT O EL PALCO DE LA ÓPERA

I

Nos encontramos en un gran teatro, el de la Opera de París.

Y conste que no aludo a las maravillas que presenta a nuestra vista, a la gracia aérea de la Taglioni, al encanto delicioso de las Elssler, ni al poderoso talento de Nourrit, Talma de la tragedia lírica; no hablo de los magníficos acordes de Meyerbeer, orgullo de Alemania, ni de los ingeniosos e inagotables cantos de Auber, el primero de nuestros compositores, si no tuviera la desgracia de ser nuestro compatriota. Tampoco me refiero a la magnificencia de las decoraciones, los trajes y los bailes; no se trata del teatro, sino de la sala. En ella tiene lugar un espectáculo muy curioso en otro sentido, pero tan seductor y brillante como el de la escena.

Dirijan ustedes una mirada a su alrededor; y si esta noche tienen tiempo de observar, si se encuentran de buen humor, si no han perdido el dinero en la Bolsa o escuchado un mal discurso en la Cámara, si su amante no les ha hecho traición o su esposa no les ha armado querella, si han comido bien, en compañía de personas de ingenio o, lo que es aún mejor, de verdaderos amigos, tomen asiento en la orquesta de la Opera; dirijan sus gemelos no hacia el escenario sino hacia las galerías, al anfiteatro y sobre todo a los palcos principales. ¡Qué cuadros tan variados, cuántas escenas de comedia y, con frecuencia, hasta de drama! Y adviertan ustedes que no quiero que salgan del observatorio en que acabo de colocarlos; porque, ¿qué sucedería si abandonando su silla de orquesta y tomando el brazo de un amigo se aventurasen en el _foyer_ de la Opera? No podrían dar un paso en él sin tropezar con una ambición o con un ridículo, sin chocar al paso con un diputado, un hombre de Estado del momento, un ministro de ayer, una reputación de la semana, un orgullo de todos los días. Allí, en torno de aquella gran chimenea, hay un caballero de guantes amarillos que refiere sus aventuras de la mañana y sus apuestas en el bosque de Bolonia; un periodista orador que relata en la conversación su folletín del día siguiente; un _dandy_ que vive a expensas de una actriz y la paga con elogios; otro que se arruina por ella y se ve obligado a enumerar sus perfecciones como para justificar ante sus amigos el empleo de su dinero; todo esto, formando una extraña confusión, una amalgama de amor propio y pretensiones, suministraría material suficiente para escribir cien volúmenes, y mi único propósito es referir una historieta.

Una noche--era, si mal no recuerdo, a fines del año 1831,--bailaba la señorita Taglioni. Asistía una inmensa concurrencia. Yo había ido a reunirme a unos amigos que me habían citado, pero que, encontrándose ya demasiado estrechos, no podían proporcionarme asiento. No obstante, levantose un joven y me ofreció el suyo. Como ustedes supondrán, lo rehusé, no queriendo privarle del placer de presenciar cómodamente el espectáculo.

--No me priva usted de nada--dijo,--pues voy a salir.

En vista de ello, acepté, dándole las gracias, y observé que el joven, antes de retirarse, dirigió una última mirada al salón, y apoyándose un instante contra el palco inmediato, pareció buscar a alguien con la vista; luego, cayendo, súbitamente, en una profunda meditación, ya no pensó en marcharse. Tenía razón al decirme que no le privaría del espectáculo, porque, dando la espalda a la escena, sin ver ni oír nada, parecía haberse olvidado por completo del lugar en que se encontraba.