Carlos Broschi

Chapter 10

Chapter 104,050 wordsPublic domain

El médico balbuceó algunas palabras y se despidió, porque le aguardaba su enfermo. El general se sentó tranquilamente en su cómodo sillón; Enrique, con la sonrisa en los labios, permaneció de pie junto a la chimenea; la Vizcondesa, entre sorprendida e indignada, quería hablar y no se atrevía a hacerlo. Cecilia, pálida, con la frente apoyada en una mano, reflexionaba en silencio, y yo, mirándolos a todos, calculaba que la situación era admirable, y esperaba con inquietud el rumbo que tomaría, y, sobre todo, el desenlace que llegaría a tener.

El general fue el primero que rompió el silencio, tarareando una canción que le había entusiasmado. Era una música que estaba de moda y que su autor no habría conocido, seguramente: de tal manera se la había asimilado y la había hecho propia el general, por la manera de interpretarla.

--Y digan ustedes, señoras--exclamó después de esta especie de ritornelo, ¿nos vamos, por último, mañana a los Pirineos para pasar un mes en Barèges?

Nadie respondió: todos guardaron silencio, y en los ojos de Enrique brilló un relámpago de alegría.

--¿Han pensado ya en los equipajes mi mujer y mi suegra? ¿Han guardado en las cajas sus gorros y sombreros? ¿Está todo dispuesto para la marcha?

--Para la tuya, sí--dijo Cecilia, esforzándose por demostrar un valor que no sentía.

--¿Cómo para la mía? ¿Pues no partiremos juntos?

--No.

--¿Por qué motivo? ¿Puedo saberse?

--Mi madre y yo queremos acompañarte hasta Pau, donde tienes una posesión con un magnífico castillo que no conocemos, y habíamos proyectado permanecer en él hasta tu regreso.

--¿Y dejarme ir solo a Barèges? Está bien.

--No; si eso fuera así, estaría mal. La prueba es que nosotras estábamos decididas a acompañarte, a no separarnos de ti; pero ahora, que irá contigo tu sobrino Enrique, no tienes necesidad de nuestros cuidados.

--¿Qué pretendes darme a entender con esas palabras?

--Te confieso que, para mí, pasar todo un mes en esas horribles montañas, sería lo más triste, lo más penoso, lo más fastidioso del mundo, si he de juzgar por los tres días que llevamos aquí.

Mientras tenía lugar este diálogo, el general saltaba en el sillón; oprimía la tabaquera entre sus dedos, y yo preveía la tempestad que iba a estallar. Pero lo que no pude observar sin compadecerme fue el rostro de Enrique, que, pálido y sin poder apenas sostenerse, se apoyaba en la chimenea. La desesperación reflejábase en todas sus facciones, dejándome adivinar lo que pasaba en el alma de aquel desventurado joven. ¡Haberse herido por ella, por pasar un mes cerca de ella, y perder tanta ventura por un capricho!

--¡Vive Dios!--exclamó el general levantándose colérico y rechazando con el pie el sillón, que fue rodando al centro de la sala;--¿me has tomado por un recluta? ¿Crees que voy a dejarme manejar por una mujer, por una muñeca? Usted vendrá, señora; usted vendrá, porque yo se lo ordeno.

--He dicho que no.

--¿Y por qué? ¡voto a!... ¿por qué?

Cecilia no temblaba ya: había tomado su resolución, y, resignada a todo, sin tener en cuenta otra cosa que su deber, contestó a media voz, pero con firmeza:

--Porque no quiero.

El general, lleno de ira, dio un paso hacia ella y se oyó al mismo tiempo un gemido sordo: era que Enrique, sintiéndose peor de su herida, se desmayaba, y hubiera caído sobre el pavimento si no lo hubiese yo sostenido en mis brazos. La cólera del general, cambiando súbitamente de dirección, descargó sobre su sobrino.

--¡Imprudente! ¡imbécil!... hace una hora que está de pie, y es lo peor que puede hacer... La herida se abrirá de nuevo: siempre se lo estoy diciendo; pero aquí nadie me hace caso, nadie me obedece... ¡Que el diablo se los lleve a todos!... ¡oh!... ¿no vuelve en sí?

--Va recobrando el conocimiento--respondió Cecilia, que, habiéndose lanzado hacia Enrique, le hacía respirar un pomo de sales y le prodigaba los más tiernos cuidados.

--¡Ah!--exclamó el general;--ya abre los ojos.

Cecilia se retiró apresuradamente; entró en su aposento seguida de su madre, y algunos momentos después el general fue a buscarlas. Sus súplicas y sus amenazas debieron de ser inútiles, porque aquella noche nos dijo:

--Ese angelito tiene muy dura la cabeza.

--¿Se niega a ir a Barèges?--preguntó Enrique.

--Así parece. Iremos tú y yo, y nos esperará en mi castillo de Lescar, en los alrededores de Pau.

--¡Cómo!... tío, ¿ha cedido usted?--exclamó Enrique en tono de reproche.

--¿Qué quieres que hiciera?... a no matarla... No quedaba otro remedio: así se lo he dicho ¡voto a!...

--¿Y qué ha respondido?

--Esto: «Si me matas, tanto mejor. No iré a Barèges.» El razonamiento no puede ser más lógico. Es una testaruda, lo repito; una cabeza de hierro. Hay que confesar, sin embargo, que sin ese defecto sería la mejor de las mujeres.

En la madrugada del siguiente día había dos coches preparados para la marcha.

--Todo el equipaje lo ha arreglado la señorita--díjome su doncella.--No se ha acostado en toda la noche.

Apenas estuvieron enganchados los caballos, Cecilia montó precipitadamente en la berlina. Cuando ofrecía la mano a la Vizcondesa para ayudarla a subir, me dijo ésta:

--¿Ve usted, señor, cómo con la religión y los buenos principios no hay matrimonios desproporcionados y rodeados de peligros?

--Por lo menos, hay luchas y amarguras--me dije a mí mismo, al ver el pálido rostro de Cecilia y sus ojos preñados de lágrimas, que sin duda quería ocultar a todos; porque, al divisar de lejos a su marido que se dirigía a la berlina, apoyado en el brazo de Enrique, exclamó repentinamente:

--Cochero, a escape, a escape.

Restalló la fusta, los caballos salieron al galope y el coche desapareció de nuestra vista, mientras gritaba el anciano:

--¡Bien! ¡perfectamente!... ¡Loca! Se va sin despedirse, sin abrazarnos. A fe mía, caballero, que aquí tiene usted el asunto que busca para una comedia.

--¿No será drama?--murmuré entre dientes, contemplando la cara de Enrique, que, incapaz de ver, de oír y de responder, dejose colocar por mí en el otro coche al lado de su tío.--No pensó siquiera en darme las gracias ni en decirme «adiós». ¡Pobre hombre! Esto le matará--dije para mí.

Pocas horas después salí yo también para los Pirineos. No temas, lector, pues no pienso llevarte a los picos del Mont-Perdu, tan curioso y acaso más accesible que el Mont-Blanc; no te conduciré a Luz ni a Saint-Sauveur, que tienen fisonomía alegre y pintoresca; cruzaremos a escape el _Chaos_, esa lluvia de enormes rocas caídas del cielo o vomitadas por el infierno; no penetraremos en el recinto del circo de Gavarnie: aturdido ante tanta magnificencia, deslumbrado por tanta maravilla, no querrías salir de él. Te mostraré solamente las torres de Marboré, rocas inmensas coronadas de almenas, ciudadela encantada donde nieves perpetuas, heridas por el sol, parecen antemuros de diamante. Te indicaré de lejos el portillo de Roland, esa muralla de granito que separa a Francia de España, y que Roland abrió con un golpe de su tajante espada... Ven, acércate. El hizo para ti ese boquete de doscientos o trescientos pies, desde donde puedes divisar Aragón y recorrerlo en toda su extensión. Aquí es, al pie de estas grandiosas torres, donde antiguamente pelearon Agramante y Ferragus contra los parciales de Carlomagno. No estás solo en este desierto: te rodean todos los héroes de Ariosto, y podrías elevarte a las nubes con el poeta, si es que el frío, que penetra hasta los tuétanos, no te obliga a bajar a la tierra. Si sucede tal cosa, ven a calentarte al fuego de algún habitante de la montaña, y volvamos a la aldea de Gèdres, mitad francesa, mitad española, donde seguramente almorzaremos con algún contrabandista. Luego, cruzando el Baztan y salvando el Tourmalet, bajaremos al delicioso valle de Campan, paraíso terrenal que nos conducirá a Bagnères de Bigorre, donde, si estás fatigado y deseas encontrar la tranquilidad y la dicha, es preciso que te detengas y te entregues al descanso.

Esto es lo que yo hice.

Caminando por las ásperas montañas, encontré en una de las fábulas de La Fontaine el asunto para una comedia en cinco actos, que nuestros últimos acontecimientos políticos podían hacer bastante intencionada. Detúveme en Bagnères para escribirla. En un lugar verdaderamente delicioso, al lado de la hermosa casa de M. Lugo, alquilé una casita que daba a las alamedas de Maintenon.

Allí pasé los quince días más tranquilos y más felices de mi vida, trabajando por la mañana, muy temprano, y a primera hora de la noche, y recorriendo durante el día el mágico país que me rodeaba, los valles de Campan y de Lesponne, el convento de Medous y el Elysée Saint Paul. Un día efectué una ascensión al Camp de César o a la Penne de l'Héris; otro día proyectaba excursiones al Pic du Midi, desde donde se dominan las llanuras del Bigorre y del Béarn. ¡Cuánto regocijo y cuánta salud dan el aire puro de las montañas, esos valles risueños y ese hermoso sol! Devuelven la juventud y la dicha; porque aquí, en estas cimas, se olvidan lo mismo los padecimientos del cuerpo que las amarguras del alma. Desgraciadamente, al bajar volvemos a encontrarlos en la llanura y en la ciudad, donde nos esperan.

Cuando terminé mis cinco actos, hízose necesario marchar y alejarse de tan hermoso país. Atravesé el alegro valle de Argelés y la ciudad de Lourdes; admiré la deliciosa capilla de Nuestra Señora de Bétharram, y me dirigí a Pau, que me atraía por más de un concepto. Tenía, en primer lugar, un amigo, un amable y excelente joven, antiguo capitán de la guardia, que habitaba con su familia en el Real Palacio de Pau, y no quise dejar el Mediodía sin abrazarle; por otra parte, en los alrededores de esta ciudad estaba el señorío de Lescar, donde la vizcondesa D'Ortlies y el general me habían comprometido para que me detuviese algunos días. Sentía vivos deseos de volver a ver a Cecilia, y llegué al castillo. Era un edificio hermosísimo, admirablemente situado: el parque extendíase hasta las orillas del Gave; desde las ventanas del salón se descubrían los ribazos del Jurançon, y en el horizonte, a una distancia de quince leguas, las montañas azuladas y las cimas blancas de los Pirineos.

Al apearme del coche, fui recibido por la Vizcondesa y su hija, que me dispensaron la más amable acogida. Esperaban al general, que continuaba en Bigorre; pero ¡cuál fue mi sorpresa cuando, al entrar en el salón, vi a Enrique de Castelnau reclinado en un canapé y leyendo un periódico!...

--Le ha enviado el general--díjome a media voz la Vizcondesa--para traer unos despachos al gobernador de Pau y adquirir noticias de la salud de Cecilia, que ha estado muy enferma.

--¿De veras?--exclamé consternado.

--Ya pasó. Está mucho mejor; y, mientras viene el general, nos acompaña Enrique. ¿Dónde ha de vivir sino en el castillo de su tío? Así lo ha ordenado mi yerno, que, desde hace una semana, nos anuncia su llegada diariamente.

--Así, pues, ¿hace una semana que vive aquí el señor de Castelnau?--pregunté a la Vizcondesa, la cual, adivinando la idea que me preocupaba, se apresuró a contestarme:

--Tranquilícese usted. Ya conoce usted a mi hija. Por otra parte, puedo asegurar que en todo este tiempo no se ha separado ni un momento de mí durante el día.

Y no mentía. Cecilia trabajaba en el gabinete de costura al lado de su madre, y hasta en los paseos que solía dar por el parque jamás Enrique se encontraba a solas con ella. Conste, además, que él no buscaba ocasión para acercarse.

Tenía elegancia y sus modales eran en extremo distinguidos. Todo en él respiraba la delicadeza más escogida, los cuidados más solícitos; pero ni una palabra, ni una mirada que pusiera de manifiesto a los ojos de un extraño el secreto de su alma. Hasta había recobrado la alegría y la jovialidad; estaba menos distraído, y tomaba parte en las conversaciones. Sólo entonces pude observar que estaba dotado de una amabilidad exquisita y de una vasta instrucción, y que, a una excesiva modestia, se unían en él un ingenio fino y sumamente delicado, un carácter noble, pensamientos elevados y generosos... en una palabra, una multitud de buenas cualidades, que habían permanecido ocultas, y que ahora brillaban en todo su esplendor.

La Vizcondesa nos leyó en un periódico un artículo que trataba de un suicidio.

--¡Desventurado!...--exclamó Cecilia, de un modo que casi parecía una aprobación.

--¡Insensato!--dijo Enrique, casi despreciativamente.

--¿No se explica usted el suicidio?--le pregunté con viveza.

--¡Nunca! Suicidarse es privarse de una dicha inmensa.

--¿Cuál?

--La de morir por los que se ama.

--¡Vaya!--pensé,--la quiere siempre, pero ha tomado su partido, y se ha resignado valerosamente. Habrá tenido fuerzas para combatir y vencer.

La Vizcondesa me ofreció leerme su última novela. Acepté, y entré con ella en su gabinete de trabajo, pensando que en aquel momento su amor propio de autor la hacía olvidar su vigilancia de madre, e iba a dejar a Enrique algunos momentos de libertad.

Me equivoqué, pues él no los aprovechó. Me siento orgulloso de haber soportado con un valor heroico la lectura, que fue bastante larga. Entretanto, Cecilia tocaba al piano unas melodías tristes y melancólicas; pero estaba sola, pues yo había visto a lo lejos a Enrique paseando por una de las alamedas del parque, y, cuando volví al salón, continuaba sola, sentada en un gran sillón, con la frente apoyada en una mano y en los ojos una mirada febril. Se levantó vivamente y se acercó a mí con la sonrisa en los labios. Al ponerse de pie dejó caer su pañuelo. Me apresuré a recogerlo, y noté que estaba mojado. La joven se dio cuenta de ello, y me dijo, mostrándome un libro que había sobre la chimenea:

--Soy en extremo ridícula, ¿no es cierto? Esa novela me ha hecho llorar.

Miré el libro, y vi que era una novela de su madre. No necesitaba esta prueba para convencerme de que me engañaba.

Por la tarde hubo mucha gente en el castillo: toda la buena sociedad de Pau y sus alrededores. Cecilia hacía los honores de la casa con una gracia y una naturalidad admirables; se ocupaba de todos, excepto de Enrique, a quien sólo de vez en cuando daba algunas órdenes para que arreglara las mesas de juego.

Hiciéronme jugar al whist con tres personajes de la comarca. Los viejos jugaban al piqué; las viejas al boston, presididas por la Vizcondesa. El recaudador de contribuciones jugaba al billar con el alcalde, y Cecilia, agrupando en torno suyo a los jóvenes, propuso pasar el tiempo en juegos de prendas, lo que se aceptó con entusiasmo. Los juegos de prendas están aún de moda en las provincias, sobre todo en la de los Bajos Pirineos.

Entretanto, hacía yo tales chambonadas, que mí compañero debió de formar pésima idea de los jugadores de la capital; pero estaba escrito que Cecilia me había de hacer perder siempre al whist, porque también esta vez, como cuando la conocí, pensaba en ella más que en el juego, y mis ojos se dirigían constantemente hacia el alegre círculo que dirigía.

Enrique se había alejado, y distraíase viendo jugar al billar; varios jóvenes llamaron al gentil ayudante de campo, y, de grado o por fuerza, no tuvo más remedio que acudir al llamamiento. Sentose lejos de Cecilia, y en las prendas que él sentenció evitaba toda ocasión de aproximarse a ella. En una ocasión, sin embargo, cumpliendo las leyes rigurosas del juego, sentenciaron a Cecilia a dar un beso al joven Castelnau. La joven se puso de pie... ¡En aquel instante, yo fallaba a mi compañero un ocho de copas que era rey!... Hizo un ademán de impaciencia; ¿qué me importaba? Mi atención estaba por completo fija en Cecilia, que se acercó tranquilamente a Enrique presentándole sus frescas y sonrosadas mejillas.

El joven apenas las rozó con sus labios. No se ruborizó, no palideció, no perdió el conocimiento, como yo esperaba: estuvo tranquilo y sereno. Decididamente, me dije, es un héroe. Le admiraba y le compadecía, y, sin quererlo, me sorprendí haciendo votos por él y por su amor sin esperanza.

Todas las prendas estaban sentenciadas: las señoritas y algunos jóvenes sentáronse alrededor de una gran mesa redonda que había en el centro del salón, y se pusieron a hojear álbums, revistas y grabados. Unos tomaban un lápiz y dibujaban; otros pintaban a la sepia algunos paisajes de los alrededores, y Enrique, por complacer a una niña que tenía al lado, esculpía, valiéndose para ello de un cortaplumas inglés, un pedazo de madera, al cual iba dando la forma de una ermita, labor que ejecutan con éxito los pastores de los Alpes o de los Pirineos. La madera era dura, el cortaplumas estaba muy afilado, y, en un movimiento un poco brusco, la hoja resbaló sobre la materia que cortaba y produjo a Enrique una cortadura bastante grande en un dedo de la mano izquierda. Cecilia lanzó un grito y se puso intensamente pálida. Un momento después se echó a reír. La herida era insignificante, aunque sangraba en abundancia. Todos los pañuelos de mano de las señoras se pusieron a disposición del herido; todos los neceseres se abrieron. Buscose tafetán inglés, que fue cortado acto continuo, y veinte manecitas tan blancas como bien formadas se ofrecieron a aplicarlo sobre la herida. Todos reían, y la cura adelantaba poco: la operación era difícil. La cortadura estaba en la segunda falange del dedo, y el tafetán no podía sujetarse. Se le colocaba de nuevo, tratando de darle consistencia, y al menor movimiento se desprendía otra vez.

--Pero, caballero, estése usted quieto, y sobre todo no doble usted el dedo.

--Pero, señoras, eso es fácil de decir... hacerlo ya es diferente.

--Tiene razón este señor--intervine yo,--y para que su dedo permanezca inmóvil, habrá que hacer lo que en cirugía se llama... se llama...

--¿Entablillar?--interrumpió Enrique,--¿como si se tratara, de un brazo o una pierna?

--Justamente.

--¿Y dónde encontrar el aparato?--gritaron todos riendo.

--Helo aquí.

Y tomé una carta de la mesa donde acababa de jugar al whist; creo que era un rey de oros. Lo enrollé alrededor del dedo herido; las señoras sujetáronlo con una hebra de seda, y sostenido de este modo por la cartulina, ya no era de temer que el dedo se doblara y la herida volviera a abrirse. Terminó, al fin, la cura, entre los gritos alborozados y los aplausos de todos los circunstantes, que me felicitaron por mis conocimientos quirúrgicos. Enrique me rogó que le presentara la cuenta de mis honorarios, y Cecilia me prometió acudir a mí para que le curase todos los pinchazos de agujas y alfileres.

Poco después dieron las once, y cada uno tomó su palmatoria.

Yo entré en mi alcoba, desde donde oía aún las carcajadas y las alegres carreras que daba en los comedores aquella juventud bulliciosa.

La mañana siguiente, a eso de las diez, bajé al salón y estaba hablando con la Vizcondesa, cuando, con gran sorpresa nuestra, vimos entrar al general, que nos dijo con la mayor alegría:

--Buenos días, queridos amigos.

--¡Cómo!... ¡Dios mío!... ¿De dónde sale mi yerno? ¿Por dónde ha llegado?... No hemos oído entrar el carruaje en el patio.

--Es que llegué esta madrugada, a las cinco, cuando todos ustedes estaban entregados al sueño.

--¿De veras?

--No quise despertar a nadie y me fui derecho a la alcoba de mi mujer que, por cierto, al pronto, no quería abrirme. Tanto miedo sentía.

--¡Ya lo creo!... El que despierta sobresaltado...

--Imaginábase que los españoles o los contrabandistas se apoderaban del castillo. ¡Pobrecilla!... Por fortuna no tardé en tranquilizarla... ¿Y qué tal va su salud, y la de usted?

--Envidiables.

--¿Se han aburrido ustedes mucho en mi ausencia?... ¿qué han hecho aquí, entretanto?

--Ayer tuvimos reunión, y jugamos al whist y al boston.

--¡Perfectamente! Y, a propósito, tengo que reprender a usted. Ha hecho usted jugadora a su hija.

--¡Yo!

--Usted; jugadora como las mismas cartas. A lo que parece, no piensa en otra cosa ni de día ni de noche. He aquí una prueba--continuó riendo a carcajadas:--aquí tiene usted un naipe, un rey de oros, que he encontrado enrollado debajo de su almohada. Esto es una picardía, ¿verdad?

Traté de reír, para que el general no reparase en la turbación de la Vizcondesa, que parecía herida por un rayo.

--Mire usted, mire usted--prosiguió el general dando nuevamente libre acceso a su risa.--La Vizcondesa no ríe... está desconcertada... y es que se reconoce culpable.

--¡Oh! muy culpable--murmuré interiormente.

En aquel instante bajó Enrique, y poco después Cecilia.

En seguida nos sentamos a la mesa y almorzamos en familia.

Nos encontrábamos solos y, como la víspera, los vi reservados e indiferentes; pero, mejor enterado ahora, ¡cuánto amor sorprendí en aquellos ojos que se evitaban constantemente, en aquella fingida frialdad, en aquella silenciosa unión de voluntades, fiel regulador de todos sus pensamientos!

Concluido el almuerzo, abandonamos la mesa y nos dirigimos al parque. Me quedé algo atrás con la Vizcondesa y le dije:

--Dígame, señora: ¿sigue usted creyendo que con la religión y los buenos principios no existen peligros para un matrimonio desproporcionado?

--Calle usted--replicó,--que se acerca el general.

Se aproximó, efectivamente, a nosotros, y me dijo riendo:

--¿Encontró usted, por último, en los Pirineos el argumento que buscaba?

--Sí, encontré varios... y por cierto uno de ellos es picante como una guindilla.

--¿Le servirá a usted de asunto para una comedia?--me preguntó.

--No, general: para una novela--repuse.

EL PRECIO DE LA VIDA

Abriose la puerta del salón, y nuestro criado José presentose para anunciarnos que estaba dispuesta la silla de posta.

Mi madre y mis hermanas se arrojaron en mis brazos.

--Todavía tienes tiempo para arrepentirte--dijéronme,--renuncia a tu viaje... quédate con nosotras.

--Madre mía--repuse,--soy noble, tengo veinte años, y deseo que se hable de mí y hacer carrera, sea en el ejército o en la corte.

--Pero, ¿no piensas en el dolor que me causas con tu partida?

--Estará usted contenta y orgullosa al saber los adelantos de su hijo.

--¿Y si mueres en alguna batalla?

--No importa. ¿Para qué es la vida? Además, ¿quién piensa en semejante cosa? Cuando se tienen veinte años, el que es noble sólo debe pensar en la gloria. Ya me verá usted, madre mía, volver a su lado dentro de algunos años, hecho todo un coronel, mariscal de campo o con un brillante empleo en Versalles.

--¿Y qué tendremos con eso?

--Que seré aquí respetado y considerado.

--¿Nada más?

--Y que todo el mundo me saludará, quitándose el sombrero al pasar por mi lado.

--¿Y luego?

--Que me casaré con mi prima Enriqueta, que conseguiré un matrimonio ventajoso para mis hermanas, y que todos viviremos tranquilos y felices en mis tierras de Bretaña.

--¿Y quién te impide comenzar desde ahora? ¿No nos ha dejado tu padre la mayor fortuna del país? ¿Existe en diez leguas a la redonda un dominio más rico ni más hermoso castillo que el de la Roche-Bernard? ¿No eres considerado y querido de nuestros vasallos? ¿Deja alguno de saludarte, quitándose el sombrero, como dices, cuando atraviesas el pueblo? No te separes de nosotros, hijo mío; quédate al lado de tus amigos, de tus hermanas y de tu anciana madre, a quien tal vez no encontrarás a tu regreso. No vayas a consumir por un vano anhelo de gloria, o abreviar con sinsabores y sufrimientos de todo género los días de existencia que con tanta rapidez se deslizan. La vida, hijo mío, es una gran cosa, y el sol de Bretaña es muy hermoso.

Al decir esto, me señalaba por las ventanas del salón las hermosas alamedas de nuestro parque, los viejos castaños en flor, las lilas y las madreselvas cuyo aroma embalsamaba el ambiente.

En la antesala encontré al jardinero y su familia, todos tristes y silenciosos, y mirándome como si quisieran decirme:

--No se marche usted, señorito; no nos abandone.

Hortensia, mi hermana mayor, me estrechaba entre sus brazos.

Y Amelia, mi hermana menor, que se encontraba en un extremo de la sala entretenida en ver los grabados de una obra de La Fontaine, acercose a mí con el libro en la mano.