Canto a la Argentina, Oda a Mitre y otros poemas Obras Completas Vol. IX
Part 2
Salgan y lleguen en buen hora, dominando los elementos las velas que el marino adora, y los steamers humeantes que conducen los alimentos, la carga de los fabricantes, los ejércitos de emigrantes, el designio, el brazo que va a arar, sembrar y producir en el latifundio, en el pago, partan las naves de Cartago y arriben las naves de Ofir! ¡Y bien se escuche en las funciones de conmemoración el trueno de las salvas de los cañones del mar conmoviendo el estuario de hímnicas vibraciones lleno en la fiesta del Centenario!
¡Gloria a América prepotente! Su alto destino se siente por la continental balanza que tiene por fiel el istmo: los dos platos del continente ponen su caudal de esperanza ante el gran Dios sobre el abismo. ¿Y por quién sino por tu gloria, oh, Libertad, tanto prodigio? Aguila, Sol y Gorro Frigio llenan la americana historia. Y en lo infinito ha resonado, júbilo de la humanidad, repetido el grito sagrado: ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! Antes que Ceres fué Mavorte el triunfador continental. Sangre bebió el suelo del Norte como el suelo Meridional. Tal a los siglos fué preciso. Para ir hacia lo venidero, para hacer, si no el paraíso, la casa feliz del obrero en la plenitud ciudadana, vínculo íntimo eslabona e ímpetu exterior hermana a la raza anglo-sajona con la latino-americana. Proles múltiples, muchedumbres, tupidas colmenas de hombres, transformadoras de costumbres, con vosotras está la suma de fuerza en que América finca; fuisteis presentidas del inca; os adivinó Moctezuma. En este día supremo: ¡Excelsior! se oye en un extremo; en el otro se oye ¡Adelante! ¡Glorificado el instante en que resurge Triptolemo! América que la dicha encierra vivirá del sol y la tierra; y hoy la tierra, pánico incensario encendido por el destino, perfuma el día argentino en la fiesta del Centenario.
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A las evocaciones clásicas despiertan los dioses autóctonos, los de los altares pretéritos de Copán, Palenque, Tihuanaco, por donde quizá pasaran en lo lejano de tiempos y epopeyas Pan y Baco. Y en lo primordial poético todo lo posible épico, todo lo mítico posible de mahabaratas y génesis, lo fabuloso y lo terrible que está en lo ilimitado y quieto del impenetrable secreto.
Cantaré la Paz sobre todo. Huya el Demonio perverso, huya el Demonio beodo que incendia en mal el universo, desaparezcan las furias que con sangre de los ejércitos empurpuraron las centurias; que no más rujan los tigres marciales sino de alegría, y que a la Paz se alce un templo como aquel que dando un ejemplo insigne Augusto romano ordenara elevar un día. El industrioso ciudadano el ramo de olivo venere: que tenga sus armas listas, no para inhumanas conquistas, mas para defender su tierra donde por la patria se muere. ¡Guerra, pues, tan sólo a la guerra! Paz, para que el pensamiento domine el globo, y vaya luego, cual bíblico carro de fuego, de firmamento en firmamento. ¡Paz para los creadores, descubridores, inventores, rebuscadores de verdad; paz a los poetas de Dios, paz a los activos y a los hombres de buena voluntad! En paz la hora renaciente, continua y poliformemente, el movimiento y no la inercia, legiones dueñas de sus actos, gente que osa, que comercia, multiplica los artefactos, combate la escasez, la negra miseria, y pasa sus revistas a las usinas y talleres; y sus horas áureas alegra con la invención de los artistas y la beldad de las mujeres. ¿A qué los crueles filósofos? ¿A qué los falsos crisóstomos de la inquina y de la blasfemia? ¡Al pueblo que busca ideal ofrezca una nueva academia sus enseñanzas contra el mal, su filosofía de luz; que no más el odio emponzoñe, y un ramaje de paz retoñe del madero de la Cruz!
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¡Argentina! el cantor ha oteado desde la alta región tu futuro. Y vió en lo inmemorial del pasado las metrópolis reinas que fueron, las que por Dios malditas cayeron en instante pestífero; el muro que crujió remordido de llamas la hervorosa Persépolis, Tiro, la imperial Babilonia que aun brama, y las urbes que vieron a Ciro, a Alejandro, y a todos los fuertes que escoltaron victorias y muertes. Y miró a Bizancio y a Atenas, y a la que, domadora del mundo siendo Lupa indomable, fué Roma. Y vió tronos, suplicios, cadenas, y con tiaras a tigres y hienas, Y cien más capitales precitas donde el hombre fué ciego a la vasta Libertad, donde fueron escritas terroríficas y duras leyes, contra tribus y pueblos y casta, o las leyes fueron voluntades; y a través de tragedias y gestas derrumbáronse tronos y reyes, o se hicieron cenizas ciudades por ensalmos de frases funestas. Y después otros siglos y luchas, otra vez lo que arrasa y escombra, muchos reinos que surgen y muchas vanidades que caen en la sombra infinita. Mane, Thecel, Phares. Y el poeta miró un astro eterno sobre ruinas y tierras y mares, que alumbraba con su claridad nuevos cultos, cultura y gobierno y a su brillo quedó deslumbrado: era el astro de la Libertad. Argentinos, la inmortal estrella a vosotros simbólica es Sol: las naciones son grandes por ella: lo sabía el abuelo español. Dad a todas las almas abrigo, sed nación de naciones hermana, convidad a la fiesta del trigo, al domingo del lino y la lana, thanks-giving, yon kipour, romería, la confraternidad de destinos, la confraternidad de oraciones, la confraternidad de canciones, bajo los colores argentinos!
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Argentina, el día en que te vistes de gala, en que brillan tus calles y no hay aspectos ni almas tristes en alturas, pampas y valles; el día en que desde tus fuertes, tus cruceros y tus cuarteles salvas lanzas, músicas viertes entre las palmas y laureles, visitada por los príncipes de reinos y tierras lejanas y mensajeros de repúblicas, son las patrias americanas las que más comparten tu júbilo. Son las próximas hermanas las que te proclaman primera en el decoro familial, después de heroica y guerrera, hospitalaria y maternal. Argentina tiarada de ónice y de mármol, se puede ver cuál luce sobre tu frente el diamante refulgente de las alturas, Lucifer: pues eres la aurora de América. Magnifícase tu apoteosis, regazo de múltiples climas, preferida del nuevo siglo, y en sus cláusulas y en sus rimas te profetizan tus profetas y te poetizan tus poetas. Crece el tesoro año por año mientras prosigues las tareas de las por Dios suspendidas civilizaciones de antaño; encarnas, produces, creas cerebro para otras ideas, útero para nuevas vidas. Tus hijos llevarán en sí por su sangre el hierro y rubí de los cuatro puntos del globo. Concentración de los varones de vedas, biblias y coranes, en el colmo de sus afanes, en el logro de sus acciones, tu floración de floraciones tendrá un perfume latino. En el primitivo crisol Roma influyó en tu destino, cuando a través del español puso su enérgico metal. Y sus históricas llamas animarán genios y famas al argentino Arco Triunfal.
¡Y yo, por fin, qué he de decirte en voto cordial, Argentina! Que tu bajel no encuentre sirte, que sea inexhausta tu mina, inacabables tus rebaños y que los pueblos extraños coman el pan de tu harina. ¡Cómalo yo en postreros años de mi carrera peregrina, sintiendo las brisas del Plata! Que libre de hambre y pestes por tus tesoros y tu ciencia, jamás enemigas huestes te combatan. Tu preeminencia sea siempre mayor, y homérica voz de tu genio viril por ti diga el triunfo de América.
Y mi inspiradora, alumna del Musagetes, al viento las alas, mi pensamiento florido da a la columna, riega junto al monumento; y en lo solemne del coro del himno, el acento canoro une mi amor y mi acento: ¡Argentina tu día ha llegado! ¡Buenos Aires, amada ciudad, el Pegaso de estrellas herrado sobre ti vuela en vuelo inspirado! _Oid, mortales, el grito sagrado: ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!_
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ODA A MITRE
1906
Cingor Apollinea victircia tempora lauro Et sensi exsequias funeris ipse mei. Decursusque virum notox mihi donaque regum; Cunctaque per titulus oppida lecta suos; Et quo me officcio portaverit illa juventus, Quæ fuit ante meum tam generosa forum; Denique laudari sacrato Cæseris ore Emerui lacrimas elicuique Deo. OVIDIO.
I
«¡Oh, captain! Oh, my captain!», clamaba Whitman. ¡Oh,! gran Capitán de un mundo nuevo y radiante, yo qué diría sino «¡mi General!» en un grito profundo que hiciera estremecerse las ráfagas del día!
Gran Capitán de acero y oro, gran General que amaste en la acción y el sueño de Psiquis el decoro, el único tesoro que en Dios agranda el átomo de este mundo pequeño.
II
Á la sabia y divina Themis colocaron las Parcas, según Píndaro, en un carro de oro para ir hacia el Olimpo. Que las tres viejas misteriosas hayan parado en un momento--el instante de un pensamiento-- el trabajo continuo de sus manos, cuando, de un lauro y una palma precedida, ha pasado el alma de Aquel que los americanos miraron hace tiempo trasladado y fundido en el metal que vence la herrumbre del olvido.
III
Es de todos los puntos de nuestra tierra ardiente que brota hoy de los vibrantes pechos voz orgullosa o reverente para el que siendo un alma de todo un continente, defendió, Cincinato sabio y Catón prudente, todas las libertades y todos los derechos.
Pues él era el varón continental. Y era el amado Patriarca continental. ¡Patriarca que conservó en sus nobles canas la primavera, que soportó la tempestad más dura, y a quien una paloma llevó una rosa al arca, rosa de porvenir, rosa divina, rosa que dice el alba de América futura, de la América nuestra de la sangre latina!
IV
Jamás se vieron una lealtad mayor que la del León italiano al amigo de América que amó en fraterno amor. ¡De Garibaldi y Mitre las dos diestras hermanas sembraron la simiente de encinas italianas y argentinas que hoy llenan la tierra de rumor! A ambos cubrió la gran sombra del Dante, y en el Dante se amaron. En el vasto crisol se encontraron un día dos almas de diamante hechas de libertad y nutridas de sol.
V
¡Condor, tú reconoces esos sagrados restos! ¡Oh, tempestad andina, tú sabes quién es él! Doncellas de las pampas, rellenad vuestros cestos de las más frescas flores y de hojas de laurel.
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VI
De las fechas de púrpura de la Historia Argentina, del fulgor de sus glorias, de su guerrero horror, de todo ello se enciende tu apoteosis divina hecha de patrio fuego y universal amor.
Cristal y bronce el verbo y de cristal tu idea, tuviste el equilibrio que mantiene en sí mismo, y ajeno a los halagos de la nocturna Dea, subiste a las alturas sin miedo del abismo.
«Los dioses y los hombres tienen un mismo origen», dice el lírico. Y sabe que el orbe entero gira por las manos supremas que un plan supremo rigen como los sacros dedos el alma de la lira.
Cuando hay hombres que tienen el divino elemento y les vemos en cantos o en obras traspasar los límites de la hora, los límites del viento, los reinos de la tierra, los imperios del mar,
¡sepamos que son hechos de una carne más pura; sepamos que son dueños de altas cosas, y los que encargados del acto de una ciencia futura tienen que darle cuenta de los siglos a Dios!
VII
De la magnífica marea hecha de sombra, hecha de idea, que sube del mar popular, asciende a tus conquistas sumas el perfume de las espumas de ese inmenso y terrible mar.
Pues tu pueblo te ama, austero y pensativo caballero que hiciste del deber tu cruz, y a quien el arcángel ardiente de la guerra besó en la frente dejando una estrella de luz.
¡Cuántas veces tu diestra augusta, cuántas tu palabra robusta conjurara la tempestad! ¡Cuántas salvaste la bandera, y cuántas la Argentina fuera por ti sacra a la Humanidad!
¡Cuántas evitaste los llantos, la triste faz, los negros mantos y el morder las manos de horror! ¡Cuántas con tus acentos grandes apartaste sobre los Andes nubes de trueno y de dolor!
VIII
¡Ilustre abuelo!, partes, pero cuando contempla el orbe entero la obra en que hiciste tanto tú, ¡triunfo civil sobre las almas, el progreso llena de palmas, la libertad sobre el ombú!
Tu gloria crece y se ilumina en la República Argentina con una enorme luz de sol, y tu idea en el continente ha derramado su simiente en donde se habla el español.
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Lleno de cívico decoro y limpio de odio y de oro hacia la eternidad te vas, como un jefe amado y amante, con las banderas por delante y las bendiciones detrás.
¡Oh, Capitán! ¡Oh, General!; jefe sereno e inmortal que hacia la sombra te encaminas, recibe el voto de los nobles y la inclinación de los robles y el saludo de las encinas.
IX
Belgrano te saluda y San Martín y el mundo americano. El alma latina te decora con la palma que anuncia el porvenir fecundo, y una guirnalda fresca y blanca, color de aurora.
Pues tú fuiste aquel fuerte que se reposó un día después de los horrores terribles de la guerra, hallando en los amores de la santa Armonía la esencia más preciosa del zumo de la tierra.
En el dintel de Horacio y en la dantesca sombra, te vieron las atentas generaciones, alto, fiel al divino origen del Dios que no se nombra, desentrañando en oro y esculpiendo en basalto.
Y para mí, Maestro, tu vasta gloria es ésa: amar los hechos fugaces de la hora, sobre la ciencia a ciegas, sobre la historia espesa, la eterna Poesía más clara que la aurora.
Cuando, cual los centauros de metopas y estampas, ibas en un revuelo de tempestad marcial, bravo generalísimo, jinete de las pampas, envuelto ya en el alba de un futuro real,
quizás te acompañaba, junto al corcel guerrero, la musa de tus años en flor; quizás entonces pensabas en los épicos exámetros de Homero, sublimes como mármoles y eternos como bronces.
Y luego ya en tus horas de Néstor Argentino, sintiendo en ti la fuerza que las edades doma, te acompañaba el soplo del rudo Gibelino y Flacco te traía sus músicas de Roma.
Supiste que en el mundo los odios, la mentira, los celos, las crueles insidias, los espantos, se esfuman ante el alma celeste de la Lira que puebla el universo de estrellas y de cantos.
¡Gloria a ti sobre el sistro antiguo y sobre el parche que ha sonado con duelo a tu fúnebre paso! ¡Gloria sobre el ejército que en lo futuro marche con los ojos en ti como en sol sin ocaso!
¡Gloria a ti que a Catón y a Marco Aurelio hubiste rimando versos que eran siempre de cosas puras, pues las Gracias brindaron a tu espíritu, triste de pensar, los diamantes de sus minas obscuras!
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¡Gloria a ti que en tu tierra, fragante como un nido, rumorosa como una colmena y agitada como un mar, ofrendaste, vencedor del olvido, paladín y poeta, un lauro y una espada!
¡Gloria a ti, pensativo de los grandes momentos, para traer el triunfo del instante oportuno, o cuando hechos relámpagos iban tus pensamientos vibrando en tus vibrantes arengas de tribuno!
¡Ya tu imagen el útil del estatuario copia; ya el porvenir te nimba con un eterno rayo; las líricas victorias vierten su cornucopia, la Fama el clarín alza que dora el sol de Mayo!
¡Gloria a ti que, provecto como el destino plugo, la ancianidad tuviste más límpida y más bella; tu enorme catafalco fuera el de Víctor Hugo, si hubiera en Buenos Aires un Arco de la Estrella!
X
¡Descansa en paz...! Mas no, no descanses. Prosiga tu alma su obra de luz desde la eternidad, y guíe a nuestros pueblos tu inspiración, amiga de lo bello y lo justo, del Bien y la Verdad.
¡Tu presencia abolida, que crezca tu memoria; alce tu monumento su augusta majestad; y que tu obra, tu nombre, tu prestigio, tu gloria, sean, como la América, para la Humanidad!
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[imagen OTROS POEMAS]
FRANCE-AMÉRIQUE
Un vent Plein de sanglots sur la mer impassible Vient jusqu’ici! La France écoute, grave, Or, Ce sont les voix éplorées, la douleur terrible Des Hécubes en pleurs des Amériques d’or.
Là-bas, dans l’épouvante et l’injure et la haine, Les chasseurs de la mort ont sonné l’hallali Et de nouveau soufflant sa venimeuse haleine On croirait voir la bouche d’Huitzilohoxtli.
Il semblerait que tous les démons du passé Viennent de s’éveiller empoisonnant la terre. Si contre nous l’étendard sanglant s’est levé, C’est l’étendard hideux de ce tyran: la Guerre.
Marseillaises de bronze et d’or qui vont dans l’air Sont pour nos cœurs ardent le chant de l’espérance. En entendant du coq gaulois le clairon clair On clame: Liberté! Et nous traduisons: France!
Car la France sera toujours notre espérance, La France à la Amérique donnera sa main, La France est la patrie de nos rêves! La France Est le foyer béni de tout le genre humain!
Crions: Paix! sous les feux des combattants en marche, La paix qui prêche l’aube et chante l’angelus, La Paix qui promulgua la colombe de l’arche Et fut la voix de l’ange et la croix de Jésus.
Crions: Fraternité! que l’oiseau symbolique Soit nonce de fraternité dans le ciel pur, Que l’aigle plane sur notre inmense Amérique Et que le condor soit son frère dans l’azur,
Et toi, Paris! magicienne de la Race, Reine latine, éclaire notre jour obscur, Donnez-nous le secret, que votre pas nous trace Et la force du _Fluctuat nec mergitur!_
Et quand nous sommes pris dans cette noire flamme, Qui fait de nos esprits, de Caïn les égaux Nous levons nos regards et nous chauffons nos âmes Au soleil de Voltaire et de Victor Hugo!
GESTA DEL COSO
GESTA DEL COSO
_Dramatis personæ._
EL TORO
EL BUEY
LA MUCHEDUMBRE
América. Un coso. La tarde. El sol brilla radiosamente en un cielo despejado. En el anfiteatro hay un inmenso número de espectadores. En la arena, después de la muerte de varios toros, la cuadrilla se prepara para retirarse triunfante. El primer beluario, cerca de una huella sangrienta, está gallardo, vestido de azul y oro, muleta y espada bajo el brazo. Los banderilleros visten de amarillo y plata. En las chaquetas de los picadores espejean las lentejuelas al resplandor de la tarde. En el toril han quedado: un toro, hermoso y bravo, y un buey de servicio. Son de clarín.
LA MUCHEDUMBRE
¡Otro toro! ¡Otro toro!
EL BUEY
¿Has escuchado? Prepara empuje, cuernos y pellejo: Ha llegado tu tumo. Ira salvaje, Banderillas y picas que te acosan, Aplausos al verdugo; al fin, la muerte. Y arriba, la impasible y solitaria Contemplación del vasto firmamento. Yo, ridículo y ruin, soy el paciente Esclavo. Soy el humillado eunuco. Mi testuz sabe resistir, y llevo Sobre los pedregales la carreta Cuyas ruedas rechinan, y en cuya alta Carga de pasto crujidor, a veces Cantan versos los fuertes campesinos. Mis ojos pensativos, al poeta, Dan sospecha de vidas misteriosas En que reina el enigma. Me complace Meditar. Soy filósofo. Si sufro El golpe y la punzada reflexiono Que me concede Dios este derecho: Espantarme las moscas con el rabo. Y sé que existe el matadero...
EL TORO
¡Pampa! ¡Libertad! ¡Aire y sol! Yo era el robusto Señor de la planicie, donde el aire Mi bramido llevó, cual son de un cuerno Que soplara titán de anchos pulmones. Con el pitón a flor de piel, yo erraba Un tiempo en el gran mar de verdes hojas, Cerca del cual corría el claro arroyo Donde apagué la sed con belfo ardiente. Luego, fuí bello rey de astas agudas: A mi voz respondían las montañas, Y mi estampa, magnífica y soberbia, Hiciera arder de amor a Pasifae. Más de una vez, el huracán indómito, Que hunde los puños desgarrando el roble, Bajo el cálido cielo del estío, Sopló al paso su fuego en mis narices. Después fueron las luchas. Era el puma, Que me clavó sus garras en el flanco, Y al que enterré los cuernos en el vientre. Y tras el día caluroso, el suave Aliento de la noche, el dulce sueño, Sentir el alba, saludar la aurora Que pone en mi testuz rosas y perlas: Ver la cuadriga de Titón que avanza Rasgando nubes con los cascos de oro, Y alrededor de la carroza lírica Desparecer las pálidas estrellas. Hoy aguardo martirio, escarnio y muerte...
EL BUEY
¡Pobre declamador! Está a la entrada De la vida una esfinge sonriente. El azul es en veces negro. El astro Se oculta, desparece, muere. El hombre Es aquí el poderoso traicionero. Para él, temor. Yo he sido en mi llanura Soberbio como tú. Sobre la grama Bramé orgulloso y respiré soberbio. Hoy vivo mutilado, como, engordo, La nuca inclino.
EL TORO
Y bien: para ti el fresco Pasto, tranquila vida, agua en el cubo, Esperada vejez... A mí la roja Capa del diestro, reto y burla, el ronco Griterío, la arena donde clavo La pezuña, el torero que me engaña Agil y airoso, y en mi carne entierra El arpón de la alegre banderilla, Encarnizado tábano de hierro; La tempestad en mi pulmón de bruto, El resoplido que levanta el polvo, Mi sed de muerte en desbordado instinto, Mis músculos de bronce que la sangre Hinche en hirviente plétora de vida; En mis ojos dos llamas iracundas, La onda de rabia por mis nervios loca Que echa su espuma en mis candentes fauces; El clarín del bizarro torilero Que anima la apretada muchedumbre; El matador que enterrará hasta el pomo En mi carne la espada; la cuadriga De enguirnaldadas mulas que mi cuerpo Arrastrará sangriento y palpitante; Y el vítor y el aplauso a la estocada Que en pleno corazón clava el acero. ¡Oh, nada más amargo! A mí, los labios Del arma fría que me da la muerte; Tras el escarnio, el crudo sacrificio, El horrible estertor de la agonía... En tanto que el azul sagrado, inmenso, Continúa sereno, y en la altura, El oro del gran sol rueda al poniente En radiante apoteosis...
LA MUCHEDUMBRE
¡Otro toro!
EL BUEY
¡Calla! ¡Muere! Es tu tiempo.
EL TORO
¡Atroz sentencia! Ayer el aire, el sol; hoy el verdugo... ¿Qué peor que este martirio?
EL BUEY
¡La impotencia!
EL TORO
¿Y qué más negro que la muerte?
EL BUEY
¡El yugo!
TUTECOTZIMÍ
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TUTECOTZIMÍ
Al cavar en el suelo de la ciudad antigua, La metálica punta de la piqueta choca Con una joya de oro, una labrada, roca, Una flecha, un fetiche, un dios de forma ambigua, O los muros enormes de un templo. Mi piqueta Trabaja en el terreno de la América ignota.