Murad the Unlucky, and Other Tales
Chapter 2
¡Guerra, pues, tan sólo a la guerra! Paz, para que el pensamiento domine el globo, y vaya luego, cual bíblico carro de fuego, de firmamento en firmamento. ¡Paz para los creadores, descubridores, inventores, rebuscadores de verdad; paz a los poetas de Dios, paz a los activos y a los hombres de buena voluntad! En paz la hora renaciente, continua y poliformemente, el movimiento y no la inercia, legiones dueñas de sus actos, gente que osa, que comercia, multiplica los artefactos, combate la escasez, la negra miseria y pasa sus revistas a las usinas y talleres; y sus horas áureas alegra con la invención de los artistas y la beldad de las mujeres. ¿A qué los crueles filósofos? ¿A qué los falsos crisóstomos de la inquina y de la blasfemia? ¡Al pueblo que busca ideal ofrezca una nueva academia sus enseñanzas contra el mal, su filosofía de luz; que no más el odio emponzoñe, y un ramaje de paz retoñe del madero de la cruz!
¡Argentina! El cantor ha oteado desde la alta región tu futuro. Y vio en lo inmemorial del pasado las metrópolis reinas que fueron, las que por Dios malditas cayeron en instante pestífero; el muro que crujió remordido de llamas la hervorosa Persépolis, Tiro, la imperial Babilonia que aun brama, y las urbes que vieron a Ciro, a Alejandro, y a todos los fuertes que escoltaron victorias y muertes. Y miró a Bizancio y a Atenas, y a la que, domadora del mundo, siendo Lupa indomable, fue Roma. Y vio tronos, suplicios, cadenas, y con tiaras a tigres y hienas. Y cien más capitales precitas donde el hombre fue ciego a la vasta Libertad, donde fueron escritas terroríficas y duras leyes, contra tribus y pueblos y casta, o las leyes fueron voluntades; y a través de tragedias y gestas, derrumbáronse tronos y reyes, o se hicieron ceniza ciudades por ensalmos de frases funestas. Y después otros siglos y luchas, otra vez lo que arrasa y escombra, muchos reinos que surgen y muchas vanidades que caen en la sombra infinita. Mane, Thecel, Phares. Y el poeta miró un astro eterno sobre ruinas y tierras y mares, que alumbraba con su claridad nuevos cultos, cultura y gobierno, y a su brillo quedó deslumbrado: era el astro de la Libertad. Argentinos, la inmortal estrella a vosotros simbólica es Sol; las naciones son grandes por ella; lo sabía el abuelo español. Dad a todas las almas abrigo, sed nación de naciones hermana, convidad a la fiesta del trigo, al domingo del lino y la lana thanks-giving, yon kipour, romería, la confraternidad de destinos. la confraternidad de oraciones, la confraternidad de canciones, bajo los colores argentinos.
Argentina, el día que te vistes de gala, en que brillan tus calles y no hay aspectos ni almas tristes en alturas, pampas y valles; el día en que desde tus fuertes, tus cruceros y tus cuarteles salvas lanzas, música viertes entre las palmas y laureles, visitada por los príncipes de reinos y tierras lejanas y mensajeros de repúblicas. son las patrias americanas las que más comparten tu júbilo. Son las próximas hermanas las que te proclaman primera en el decoro familiar, después de heroica y guerrera, hospitalaria y maternal. Argentina tiarada de ónice y de mármol, se puede ver cuál luce sobre tu frente el diamante refulgente de las alturas, Lucifer: pues eres la aurora de América. Magnifícase tu apoteosis, regazo de múltiples climas, preferida del nuevo siglo, y en sus cláusulas y en sus rimas te profetizan tus profetas y te poetizan tus poetas. Crece el tesoro año por año, mientras prosigues las tareas de las por Dios suspendidas civilizaciones de antaño; encarnas, produces, creas cerebro para otras ideas, útero para nuevas vidas. Tus hijos llevarán en sí, por su sangre, el hierro y rubí de los cuatro puntos del globo. Concentración de los varones de vedas, biblias y coranes, en el colmo de sus afanes, en el logro de sus acciones, tu floración de flotaciones tendrá un perfume latino. En el primitivo crisol, Roma influyó en tu destino, cuando a través del español puso su enérgico metal. Y sus históricas llamas animarán genios y famas al argentino Arco Triunfal.
¡Y yo, por fin, qué he de decirte, en voto cordial, Argentina! Que tu bajel no encuentre sirte, que sea inexhausta tu mina, inacabables tus rebaños y que los pueblos extraños coman el pan de tu harina. ¡Cómalo yo en postreros años de mi carrera peregrina, sintiendo las brisas del Plata! Que libre de hambre y peste por tus tesoros y tu ciencia, jamás enemigas huestes te combatan. Tu preeminencia sea siempre mayor, y homérica voz de tu genio viril por ti diga el triunfo de América.
Y mi inspiradora, alumna del Musagetes, al viento las alas, mi pensamiento florido da a la columna, riega junto al monumento; y en lo solemne del coro, del himno el acento canoro une mi amor y mi acento: ¡Argentina tu día ha llegado! ¡Buenos Aires, amada ciudad, el Pegaso de estrellas herrado sobre ti vuela en vuelo inspirado! Oíd, mortales, el grito sagrado: ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!
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