Cañas y barro: Novela

Part 8

Chapter 83,978 wordsPublic domain

Todos hablaban del próximo sorteo con la emoción temblorosa del que confía su porvenir al azar. Antes de una hora iba á decidirse para cada uno la miseria de un año ó la abundancia. En los corrillos se hablaba de los seis primeros puestos, de los seis _redolíns_ mejores, los únicos que podían hacer rico á un pescador, y que correspondían á los seis primeros nombres que salían de la bolsa. Eran los puestos de la _Sequiòta_, ó los inmediatos á ella, el camino que seguían las anguilas en las noches tempestuosas, huyendo hacia el mar, para encontrarse con las redes de los _redolíns_, donde quedaban prisioneras.

Se recordaba con misterio á ciertos afortunados pescadores, dueños de un puesto en la _Sequiòta_, que en una noche de tempestad, cuando alborotada la Albufera se rizaba en ondas que dejaban al descubierto el barro del fondo, habían cogido seiscientas arrobas de pesca. ¡Seiscientas arrobas, á dos duros!... Brillaban los ojos con el fuego de la codicia, pero todos se hablaban al oído, repitiendo misteriosamente las cifras de la pesca, temiendo que les oyese alguien que no fuera del Palmar, pues desde pequeño cada cual aprendía con extraña solidaridad la conveniencia de decir que se pescaba poco, para que la Hacienda (aquella señora desconocida y voraz) no les afligiera con nuevos impuestos.

El tío _Paloma_ hablaba de los tiempos pasados, cuando la gente no se multiplicaba como los conejos de la Dehesa, y sólo entraban en el sorteo unos sesenta pescadores, únicos que constituían la Comunidad. ¿Cuántos eran ahora? En el sorteo del año anterior habían figurado más de ciento cincuenta. Si continuaba creciendo la población, serían más los pescadores que las anguilas y perdería el Palmar las ventajas de su privilegio de los _redolíns_, que le daba cierta superioridad sobre los otros pescadores del lago.

El recuerdo de estos _otros_, de los pescadores de Catarroja, que compartían con los del Palmar el disfrute de la Albufera, ponía nervioso al tío _Paloma_. Los odiaba tanto como á los agricultores que roían el agua creando nuevos campos. Según decía el barquero, aquellos pescadores que vivían lejos del lago, en las afueras de Catarroja, mezclados con los labradores y trabajando la tierra cuando se pagaban bien los jornales, no eran más que pescadores de ocasión, gentes que venían al agua empujadas por el hambre, á falta de cosas más productivas en que ocuparse.

El tío _Paloma_ tenía clavado en el alma el orgullo de estos enemigos, que se consideraban los primeros pobladores de la Albufera. Según ellos, eran los de Catarroja los pescadores más antiguos, aquellos á quienes el glorioso rey don Jaime, después de conquistar Valencia, dió el primer privilegio para que explotasen el lago, con el gravamen de entregar la quinta parte de la pesca á la corona.

--¿Qué eran entonces los del Palmar?--preguntaba irónicamente el viejo barquero. Y se indignaba recordando la respuesta que daban los de Catarroja. El Palmar llevaba este nombre porque era remotamente una isleta cubierta de palmitos. En otros siglos bajaba gente de Torrente y otros pueblos que se dedicaban al comercio de escobas; se establecían en la isla, y después de hacer provisión de palmitos para todo el año, levantaban el vuelo. Poco á poco fueron quedándose algunas familias. Los escoberos se convirtieron en pescadores, viendo que esto daba mayores ganancias, y más listos y avezados por su vida errante á los progresos del mundo, inventaron lo de los _redolíns_, consiguiendo para éste un privilegio de los reyes y perjudicando á los de Catarroja, gente sencilla que nunca había salido de la Albufera...

Había que ver la indignación del tío _Paloma_ al repetir las opiniones de los enemigos. ¡Los del Palmar, los mejores pescadores del lago, descendientes de unos escoberos y viniendo de Torrente y otros lugares, donde jamás se había criado una anguila!... ¡Cristo! Por menores motivos se mataban los hombres en cualquier ribazo con la _fitora_. Él estaba bien enterado, y le constaba que todo era mentira.

Siendo joven lo nombraron una vez Jurado de la Comunidad, y se llevó á su casa el tesoro del pueblo, el archivo de los pescadores: un cajón repleto de librotes, ordenanzas, privilegios de reyes y cuadernos de cuentas, que pasaba de un Jurado á otro á cada nuevo nombramiento, y llevaba siglos rodando de barraca en barraca, siempre guardado bajo los colchones, como si pudiesen robarlo los enemigos del Palmar. El viejo barquero no sabía leer. En su época no se pensaba en estas cosas y se comía mejor. Pero cierto vicario amigo suyo le había descifrado por las noches el contenido de las patas de mosca que llenaban las páginas amarillentas, y él lo retenía en su memoria con gran facilidad. Primero el privilegio del glorioso San Jaime, el que mataba moros, pues el barquero, en su respeto por el rey conquistador, que regaló el lago á los pescadores, creía poca cosa la realeza y le quería santo. Después venían las concesiones de Don Pedro, Doña Violante, Don Martín, Don Fernando, todos reyes y unos benditos siervos de Dios, que se acordaban de los pobres; y quién el derecho á cortar troncos de la Dehesa para calar las redes, quién el privilegio de aprovecharse de las cortezas del pino para teñir el hilo de las mallas, todos regalaban algo á los pescadores. Aquellos eran otros tiempos. Los reyes, excelentes personas, con la mano siempre abierta para los pobres, se contentaban con el quinto de la pesca: no como ahora, que la Hacienda y demás invenciones de los hombres se llevan cada tres meses media arroba de plata por dejarles vivir en un lago que era de sus abuelos. Y cuando alguien le decía que el quinto representaba mucho más que la famosa media arroba de plata, el tío _Paloma_ rascábase con indecisión la cabeza por debajo del gorro. Bueno: aceptaba que fuese más; pero no se pagaba en dinero y se sentía menos.

Tras esto volvía á su manía contra los demás habitantes del lago. Era verdad que al principio no existían otros pescadores en la Albufera que los que vivían á la sombra del campanario de Catarroja. En aquellos tiempos no se podía hacer vida cerca del mar. Los piratas berberiscos amanecían á lo mejor en la playa, arramblando con todo, y la gente honrada y trabajadora tenía que guarecerse en los pueblos para que no le adornasen el cuello con una cadena. Pero poco á poco, en tiempos más seguros, los verdaderos pescadores, los puros, los que huían del trabajo de las tierras como de una abdicación deshonrosa, se habían trasladado al Palmar, evitándose así todos los días un viaje de dos horas antes de tender las redes. Amaban al lago y por eso se quedaron en él. ¡Nada de escoberos! Los del Palmar eran tan antiguos como los otros. Á su abuelo le había oído muchas veces que la familia procedía de Catarroja, y aún debían quedarle por allá parientes, de los que nada quería saber.

La prueba de que eran los más antiguos y los más hábiles pescadores estaba en la invención de los _redolíns_: una maravilla que los de Catarroja nunca habían podido discurrir. Aquellos desdichados pescaban con redes y anzuelos; los más de los días tenían que hacerse una cruz en el estómago, y por bueno que se presentase el tiempo no salían de pobres. Los del Palmar, con su sabiduría, habían estudiado las costumbres de las anguilas. Viendo que durante la noche se aproximan hacia el mar, y en la obscuridad tempestuosa juegan como locas, abandonando el lago para meterse en los canales, habían encontrado más cómodo cerrar las acequias con barreras de redes sumergidas, colocar junto á ellas las bolsas de malla de los _mornells_ y _monòts_, y la pesca por sí sola iba á colarse en el engaño, sin más trabajo para el pescador que vaciar el seno de sus artefactos y volver á sumergirlos.

¡Y qué admirable organización la de la Comunidad del Palmar! El tío _Paloma_ se entusiasmaba hablando de esta obra de los antiguos. El lago era de los pescadores. Todo de todos; no como en tierra firme, donde los hombres han inventado esas porquerías del reparto de la tierra, y la ponen límites y tapias, y dicen con orgullo «esto es tuyo y esto es mío», como si todo no fuese de Dios y como si al morir se pudieran poseer otros terrones que los que llenan la boca para siempre.

La Albufera para todos los hijos del Palmar, sin distinción de clases; lo mismo para los vagos que se pasaban el día en casa de _Cañamèl_, que para el alcalde, que enviaba anguilas lejos, muy lejos, y era casi tan rico como el tabernero. Pero como al dividir el lago entre todos, unos puestos eran mejores que otros, se había establecido el sorteo anual, y los buenos bocados pasaban de mano en mano. El que hoy era un miserable, mañana podía ser rico: esto lo ordenaba Dios, valiéndose de la suerte. El que había de ser pobre, pobre quedaba, pero con una ventana abierta para que entrase la Fortuna si sentía el capricho. Allí estaba él, que era el más viejo del Palmar, y pensaba cumplir el siglo si el demonio no se metía de por medio. Había entrado en más de ochenta sorteos: una vez sacó el quinto puesto, otra el cuarto; nunca había conseguido el primero, pero no se quejaba, pues había vivido sin sufrir hambre ni calentarse la cabeza para desnudar á su vecino, como la gente que llegaba de tierra adentro. Además, al finalizar el invierno, cuando en los _redolíns_ terminaban las grandes pescas, el Jurado ordenaba una _arrastrá_, en la que tomaban parte todos los pescadores de la Comunidad, juntando sus redes, sus barcas y sus brazos. Y esta empresa en común de todo un pueblo barría el fondo del lago con su gigantesco tejido de redes, y el producto de la enorme pesca se repartía entre todos por partes iguales. Así deben vivir los hombres, como hermanos, para no convertirse en fieras. Y el tío _Paloma_ terminaba diciendo que por algo el Señor, cuando vino al mundo, predicaba en lagos que eran, poco más ó menos, como la Albufera, y no se rodeaba de cultivadores de campos, sino de pescadores de tencas y anguilas.

La muchedumbre era cada vez mayor en la plaza. El alcalde, con sus adjuntos y el alguacil, estaba en el canal aguardando la barca que traía de Valencia al representante de la Hacienda. Llegaban los personajes de la contornada para consagrar con su presencia el sorteo. La gente abría paso al teniente de carabineros, que venía de su soledad de Torre Nueva, entre la Dehesa y el mar, al galope del caballo, manchado del barro de las acequias. Presentábase el Jurado seguido de un mocetón que llevaba á cuestas la caja del archivo de la Comunidad, y el _pare Miquèl_, el belicoso vicario, con el balandrán al hombro y el gorrito ladeado, iba de grupo en grupo asegurando que la suerte volvería la espalda á los pescadores.

_Cañamèl_, que no era hijo del pueblo y carecía de derecho para participar del sorteo, mostrábase tan interesado como los pescadores. Nunca faltaba á aquella ceremonia. Encontraba allí su negocio para todo el año, que le compensaba de la decadencia del contrabando. Casi siempre, el que conseguía el primer puesto era un pobre, sin otros bienes que un barquito y algunas redes. Para explotar la _Sequiòta_ necesitaba grandes artefactos, varias embarcaciones, marineros á sueldo; y cuando el infeliz, anonadado por su buena suerte, no sabía cómo empezar, se le aproximaba _Cañamèl_ como un ángel bueno. Él tenía lo preciso; ofrecía sus barcas, las mil pesetas de hilo nuevo que se necesitaban para las grandes barreras que debían cerrar el canal y el dinero necesario para adelantar jornales. Todo como ayuda á un amigo, por el afecto que el agraciado le inspiraba; pero como la amistad es una cosa y el negocio otra, se contentaría á cambio de sus auxilios con la mitad de la pesca. De este modo los sorteos eran casi siempre en beneficio de _Cañamèl_, que aguardaba con ansiedad el resultado, haciendo votos por que los primeros puestos no correspondiesen á los vecinos del Palmar que tenían alguna fortuna.

Neleta también había acudido á la plaza atraída por aquel acto, que era una de las mejores fiestas del pueblo. Iba endomingada, parecía una señorita de Valencia, y la _Samaruca_, su feroz enemiga, se burlaba en un corro hostil de su moño alto, del traje de color de rosa, del cinturón con hebilla de plata y de su olor de _mujer mala_, que escandalizaba á todo el Palmar, haciendo perder la calma á los hombres. La graciosa rubia, desde que era rica, se perfumaba de un modo violento, como si quisiera aislarse del hedor de fango que envolvía al lago. Se lavaba poco la cara, como todas las mujeres de la isla: su piel no era muy limpia, pero jamás faltaba sobre ella una capa de polvos, y á cada paso sus ropas despedían un rabioso perfume de almizcle, que hacía dilatar el olfato con placentera beatitud á los parroquianos de la taberna.

En la muchedumbre se marcó una gran ondulación. ¡Ya estaba allí!... ¡la ceremonia iba á comenzar! Y pasaron ante el gentío el alcalde con su bastón de borlas negras, todos sus adláteres y el enviado de la Hacienda, un pobre empleado al que miraban los pescadores con admiración (imaginando confusamente su inmenso poder sobre la Albufera) y al mismo tiempo con odio. Aquel lechuguino era el que se tragaba la media arroba de plata.

Todos fueron subiendo con lentitud por la estrecha escalerilla de la escuela, que sólo podía contener una persona de frente. Una pareja de carabineros, fusil en mano, guardaba la puerta para impedir la entrada de las mujeres y los chicuelos, que alteraban las deliberaciones de la reunión. De vez en cuando la curiosidad de la gente menuda pretendía arrollarlos, pero los carabineros presentaban las culatas y hablaban de dar una paliza á toda la chiquillería, que con sus gritos turbaba la solemnidad del acto.

Arriba era tanta la aglomeración, que los pescadores, no encontrando sitio en los bancos, se apiñaban en los balcones. Unos, los más antiguos, llevaban el gorro rojo de los viejos habitantes de la Albufera; otros cubrían su cabeza con el pañuelo de largo rabo de los labriegos ó con sombreros de palma. Todos iban vestidos de colores claros, con alpargatas de esparto ó descalzos, y de esta muchedumbre sudorosa y apretada surgía el eterno hedor viscoso y frío de los anfibios criados en el barro.

Sobre la plataforma del maestro estaba la mesa presidencial. En el centro el enviado de la Hacienda dictando á su escribiente el encabezamiento del acta, y á sus lados el cura, el alcalde, el Jurado, el teniente y otros invitados, entre los que figuraba el médico del Palmar, un pobre paria de la ciencia, que por cinco reales venía embarcado tres veces por semana á curar en bloque á los tercianarios pobres.

El Jurado se levantó de su asiento. Ante él tenía los libros de cuentas de la Comunidad, maravillosos jeroglíficos, en los que no entraba ni una sola letra, estando representados los pagos por figuras de todas clases. Así lo habían inventado los antiguos Jurados, que no sabían escribir, y así continuaba. Cada hoja contenía la cuenta de un pescador. Nada de inscribir su nombre en la cabecera, sino la marca que cada cual ponía á su barquito y sus redes para reconocerlos. Uno era una cruz, el otro unas tijeras, el de más allá un pico de fúlica, el tío _Paloma_ una media luna, y así se entendía el Jurado, no teniendo más que mirar el jeroglífico para decir: «Ésta es la cuenta de Fulano.» Y después, en el resto de la página, rayas y más rayas, significando cada una de ellas el pago de un mes de impuesto.

Los viejos barqueros alababan este sistema de contabilidad. Así cualquiera podía revisar las cuentas, y no había trampas como en esos librotes de números y apretada escritura, que sólo entienden los señores.

El Jurado, un mocetón avispado, de cabeza rapada y ojos insolentes, tosió y escupió varias veces antes de hablar. Los invitados, que ocupaban la presidencia, echaron el cuerpo atrás y comenzaron á conversar entre sí. Iban á tratarse primeramente los asuntos de la Comunidad, en los que ellos no podían intervenir. Eran cosas que debían arreglarse entre pescadores. El Jurado comenzó su peroración: «_¡Caballers!_...»

Y paseó su mirada imperiosa sobre el concurso, imponiendo silencio. Abajo, en la plaza, chillaban los chicos como condenados y la charla de las mujeres subía con molesto zumbido. El alcalde hizo salir al alguacil, saltando por entre la gente para imponer silencio y que el Jurado siguiera su discurso.

Caballeros, las cosas claras. Á él lo habían hecho Jurado para cobrar á cada uno su parte y entregar todos los trimestres á la Hacienda cerca de mil quinientas pesetas, la famosa media arroba de plata de que hablaba todo el pueblo. Pues bien; las cosas no podían seguir así. Muchos se retrasaban en el pago, y los pescadores mejor acomodados tenían que suplir la falta. Para evitar en adelante este desorden, proponía que los que no estuviesen al corriente en el pago no entrasen en el sorteo.

Una parte del público acogió con murmullos de satisfacción estas palabras. Eran los que habían pagado, y al quedar excluídos del sorteo muchos de sus compañeros, veían aumentada la probabilidad de conseguir los primeros puestos. Pero la mayoría de la reunión, la de aspecto más mísero, protestaba á gritos, poniéndose de pie, y durante algunos minutos el Jurado no pudo dejarse oir.

Al restablecerse el silencio y ocupar todos sus sitios se levantó un hombre enfermizo, de cara pálida, con un resplandor malsano en los ojos. Hablaba lentamente, con voz desmayada; sus palabras se cortaban á lo mejor por un escalofrío. Él era de los que no habían pagado: tal vez nadie debía tanto como él. En el sorteo anterior le tocó uno de los últimos puestos y no había pescado ni para dar de comer á su familia. En un año había perchado dos veces hacia Valencia, llevando en el fondo del barquito dos cajas blancas con galones dorados, dos monerías que le hicieron pedir dinero á préstamo... Pero ¡ay! ¡qué menos puede hacer un padre que adornar bien á sus pequeños cuando se van para siempre!... Se le habían muerto dos hijos por comer mal, como decía el _pare Miquèl_, allí presente, y después él había pillado las tercianas trabajando, y las arrastraba meses y meses. No pagaba porque no podía. ¿Y por esto iban á quitarle su derecho á la fortuna? ¿No era él de la Comunidad de pescadores, como lo fueron sus padres y sus abuelos?...

Se hizo un silencio doloroso, en el que podía oirse el sollozar del infeliz, caído sin fuerzas en su asiento con la cara entre las manos, como avergonzado de su confesión.

--_¡No, redeu, no!_--gritó una voz temblona con una energía que conmovió á todos.

Era el tío _Paloma_ que, puesto de pie, con el gorro encasquetado, los ojillos llameantes de indignación, hablaba apresuradamente, mezclando en cada palabra cuantos juramentos y tacos guardaba en su memoria. Los viejos compañeros le tiraban de la faja para llamarle la atención sobre su falta de respeto á los señores de la presidencia; pero él les contestaba con el codo y seguía adelante. ¡Valiente cosa le importaban tales peleles á un hombre como él, que había tratado reinas y héroes!... Hablaba porque podía hablar. ¡Cristo! Él era el barquero más viejo de la Albufera, y sus palabras debían tomarse como sentencias. Los padres y los abuelos de todos los presentes hablaban por su boca. La Albufera pertenecía á todos, ¿estamos? y era vergonzoso quitarle á un hombre el pan por si había pagado ó no á la Hacienda. ¿Es que esa señora necesitaba para cenar las míseras pesetas de un pescador?...

La indignación del viejo animaba al público. Muchos reían á carcajadas, olvidando la impresión penosa de momentos antes.

El tío _Paloma_ recordaba que él también había sido Jurado. Bueno era tener el puño duro con los pillos que huyen del trabajo; pero á los pobres que cumplen su deber y por ser víctimas de la miseria no pueden pagar había que abrirles la mano. _¡Cordones!_ ¡Ni que fuesen moros los pescadores del Palmar! No; todos eran hermanos y á todos pertenecía el lago. Esas divisiones de ricos y pobres quedaban para la tierra firme, para los _labradores_, entre los cuales hay amos y criados. En la Albufera todos eran iguales: el que no pagaba ahora ya pagaría más adelante; y los que tuvieran más que supliesen las faltas de los que nada tenían, pues así había ocurrido siempre... ¡Todos al sorteo!

Tonet dió la señal de la baraúnda aclamando á su abuelo. El tío Tòni no parecía muy conforme con las creencias de su padre, pero todos los pescadores pobres se abalanzaron sobre el viejo, demostrándole su entusiasmo con tirones de la blusa y cariñosas palmadas, tan vehementes, que caían sobre su nuca arrugada como una lluvia de cachetes.

El Jurado cerró sus libros con expresión de desaliento. Todos los años ocurría lo mismo. Con aquella gente antigua, que parecía siempre joven, era imposible poner en orden los asuntos de la corporación. Y con gesto aburrido fué escuchando las excusas de los que no habían pagado y se levantaban para explicar su morosidad. Tenían enfermos en su familia; les había tocado un puesto malo; estaban imposibilitados para el trabajo por las fiebres malditas, que al anochecer parecían espiar desde los cañaverales la carne de pobre para clavar en ella las garras; y toda la miseria, la vida triste de la laguna insalubre, iba desfilando como un lamento interminable.

Para cortar esta exposición infinita de dolores se acordó no excluir á nadie del sorteo, y el Jurado depositó sobre la mesa el bolsón de piel con las boletas.

--_Demane la paraula_--gritó una voz junto á la puerta.

¿Quién deseaba hablar para nuevas y abrumadoras reclamaciones? Se abrieron los grupos y una gran carcajada saludó la aparición de _Sangonera_, que avanzaba gravemente, frotándose sus ojos enrojecidos de borracho, haciendo esfuerzos por mostrarse en su apostura digno de tomar parte en la reunión. Viendo desiertas todas las tabernas del Palmar, se había deslizado en la escuela, y antes del sorteo creyó necesario pedir la palabra.

--_¿Qué vòls tú?_--dijo el Jurado con mal humor, molestado por una intervención del vagabundo que venia á colmar su paciencia después de las excusas de los deudores.

¿Qué quería?... Deseaba saber por qué causa no figuraba su nombre en los sorteos de todos los años. Él tenía tanto derecho como el que más á gozar un _redolí_ en la Albufera. Era el más pobre de todos; pero ¿no había nacido en el Palmar? ¿no le habían bautizado en la parroquia de San Valero de Ruzafa? ¿no era descendiente de pescadores? Pues debía figurar en el sorteo.

Y la pretensión de este vagabundo, que jamás quiso tocar una red y prefería pasar á nado los canales antes que empuñar una percha, pareció tan inaudita, tan grotesca á los pescadores, que todos prorrumpieron en carcajadas.

El Jurado contestaba con displicencia. ¡Largo de allí, _maltrabaja_! ¿Qué le importaba á la Comunidad que sus abuelos hubiesen sido honrados pescadores, si su padre abandonó la percha para siempre dedicándose á la holganza, y él no tenía de marinero más que el haber nacido en el Palmar? Además, su padre no había pagado nunca el impuesto y él tampoco: la marca que en otros tiempos llevaban los _Sangoneras_ en sus aparatos de pesca hacía muchos años que había sido borrada de los libros de la Comunidad.

Pero el borracho insistió alegando sus derechos entre las crecientes risas del público, hasta que intervino el tío _Paloma_ con sus preguntas... Y si entraba por fin en el sorteo y le tocaba uno de los mejores puestos, ¿qué haría de él? ¿cómo lo explotaría, si no era pescador ni conocía el oficio?

El vagabundo sonrió maliciosamente. Lo importante era conseguir el puesto; lo demás corría de su cuenta. Ya se arreglaría de modo que trabajasen otros para él, dándole la mejor parte del producto. Y en su cínica sonrisa vibraba la maligna expresión del primer hombre que engañó á su semejante, haciéndolo trabajar para mantenerse en la holganza.