Cañas y barro: Novela

Part 7

Chapter 74,023 wordsPublic domain

El viejo sabía mejor que nadie dónde estaba la dolencia del tabernero, y hablaba de ella con expresión maliciosa. Se había despertado en él la bestia amorosa, dormida durante los años en que no sintió otra pasión que la de la ganancia. Neleta ejercía sobre él la misma influencia que cuando era su criada. El brillo de las dos gotas verdes de sus ojos, una sonrisa, una palabra, el roce de sus brazos que se encontraban al llenar las copas en el mostrador, bastaban para que perdiese la calma. Pero ahora _Cañamèl_ ya no recibía arañazos, ni al quedar abandonado el mostrador se escandalizaban los parroquianos... Y de este modo transcurría el tiempo. _Cañamèl_ quejándose de extrañas enfermedades; doliéndole tan pronto la cabeza como el estómago; grueso y flácido, con una creciente obesidad tras la cual se adivinaba la consunción de su organismo; y Neleta cada vez más fuerte, como si al derretirse la vida del tabernero cayese sobre ella cual lluvia fecundante.

El tío _Paloma_ comentaba esta situación con cómica gravedad. La raza de los _Cañamèls_ iba á reproducirse tanto, que llenaría todo el Palmar. Pero transcurrieron cuatro años sin que Neleta fuese madre, á pesar de sus fervientes deseos. Deseaba un hijo para asegurar su posición, hábilmente conquistada, y darles en los morros, como ella decía, á los parientes de la difunta. Cada medio año circulaba por el pueblo la noticia de que estaba encinta, y las mujeres, al entrar en la taberna, la examinaban con inquisitorial atención, reconociendo la importancia que tendría este acontecimiento en la lucha de la tabernera con sus enemigas. Pero siempre se deshacía la esperanza.

Las más atroces murmuraciones se cebaban en Neleta así que surgía la posibilidad de que fuese madre. Las enemigas pensaban maliciosamente en cualquier propietario de tierras de arroz de los que venían de los pueblos de la Ribera y descansaban en la taberna; en algún cazador de Valencia; hasta en el teniente de carabineros, que, aburrido de su soledad de Torre Nueva, venía algunas veces á amarrar su caballo en un olivo ante la casa de _Cañamèl_, después de atravesar el barro de los canales: en todos, menos en el enfermizo tabernero, dominado más que nunca por aquella furia insaciable que parecía consumirlo.

Neleta sonreía ante las murmuraciones. No amaba á su marido, estaba segura de ello: sentía mayor afición por muchos de los que visitaban su taberna, pero tenía la prudencia de la hembra egoísta y reflexiva que se casa por la utilidad y desea no comprometer su calma con infidelidades.

Un día circuló la noticia de que el hijo del tío Tòni estaba en Valencia. La guerra había terminado. Los batallones sin armas, con el aspecto triste de los rebaños enfermos, desembarcaban en los puertos. Eran espectros del hambre, fantasmas de la fiebre, amarillos como esos cirios que sólo se ven en las ceremonias fúnebres, con la voluntad de vivir brillando en sus ojos profundos como una estrella en el fondo de un pozo. Todos marchaban á sus casas, incapaces para el trabajo, destinados á morir antes de un año en el seno de las familias, que habían dado un hombre y recibían una sombra.

Tonet fué acogido en el Palmar con curiosidad y entusiasmo. Era el único del pueblo que volvía de allá. ¡Y cómo volvía!... demacrado por la miseria de los últimos días de la guerra, pues era de los que habían sufrido el bloqueo en Santiago. Pero aparte de esto, mostrábase fuerte, y las viejas comadres admiraban su cuerpo enjuto y esbelto, las posturas marciales que tomaba al pie del raquítico olivo que adornaba la plaza, atusándose el bigote, adorno viril que en todo el Palmar sólo lo usaba el cabo de los carabineros, y exhibiendo la gran colección de jipijapas, único equipaje que había traído de la guerra. Por las noches se llenaba la taberna de _Cañamèl_ para oir su relato de las cosas de allá.

Había olvidado sus fanfarronadas de guerrillero, cuando apaleaba á los pacíficos sospechosos y entraba en los bohíos revólver en mano. Ahora todos sus relatos eran sobre los americanos, los yanquis que había visto en Santiago; unos tíos muy altos, muy forzudos, que comían mucha carne y usaban unos sombreros pequeños. Aquí terminaban sus descripciones. La enorme estatura de los enemigos era la única impresión que sobrevivía en su memoria. Y en el silencio de la taberna resonaban las carcajadas de todos al contar Tonet que uno de aquellos tíos, viéndole cubierto de andrajos, le había regalado un pantalón antes de embarcar, pero tan grande, tan grande, que le envolvía como una vela.

Neleta, detrás del mostrador, le oía, mirándolo fijamente. Sus ojos eran inexpresivos; las dos gotas verdes carecían de luz, pero no se apartaban un instante de Tonet, como si tuviesen ansia por retener aquella figura marcial, tan distinta de las otras que la rodeaban y que en nada recordaba al muchacho que diez años antes la tenía por novia.

_Cañamèl_, tocado de patriotismo y entusiasmado por la extraordinaria concurrencia que Tonet atraía á la taberna, chocaba la mano con el soldado, le ofrecía vasos y le hacía preguntas sobre cosas de Cuba, enterándose de las modificaciones ocurridas desde el remoto tiempo en que él estuvo allá.

Tonet iba á todas partes escoltado por _Sangonera_, que admiraba á su compañero de la infancia. Ya no era sacristán. Había abandonado los libros que le prestaban los vicarios. Las aficiones de su padre á la vida errante y al vino habíanse despertado en él, y el cura lo arrojó de la iglesia, cansado de las chuscas torpezas que cometía ayudándole la misa en plena embriaguez. Además, _Sangonera_ no estaba conforme, según afirmaba gravemente, entre las risas de todos, con las cosas de los curas. Y aviejado en plena juventud por una embriaguez interminable, roto y mugriento, vivía al azar como en su infancia, durmiendo en su barraca, peor que una pocilga, y asomando á todos los sitios donde se bebía su enjuta figura de asceta, que apenas si marcaba en el suelo una raya de sombra.

Al amparo de Tonet encontraba obsequios, y él era el primero en pedir en la taberna que contase las cosas de allá, pues sabía que tras el relato llegaban los vasos.

El repatriado se mostraba satisfecho de esta vida de descanso y admiración. El Palmar parecíale ahora un lugar de delicias, recordando las noches pasadas en la trinchera con el estómago desfallecido por el hambre y la penosa travesía en el buque cargado de carne enferma, sembrando el mar de cadáveres.

Al mes de esta vida regalada, su padre le habló una noche en el silencio de la barraca. ¿Qué se proponía hacer? Ahora era un hombre y debía dar por terminadas las aventuras, pensando seriamente en el porvenir. Él tenía ciertos planes, de los que deseaba hacer partícipe al hijo, á su único heredero. Trabajando sin descanso, con la tenacidad de hombres honrados, aún podían crearse una pequeña fortuna. Una señora de la ciudad, la misma que le había dado en arriendo las tierras del Saler, conquistada por su sencillez y su afán en el trabajo, acababa de regalarle una gran extensión de terreno junto al lago; un _tancat_ de muchas hanegadas.

No había más que un inconveniente para comenzar el cultivo, y era que el regalo estaba cubierto de agua y había que rellenar los campos trayendo muchas barcas de tierra, ¡pero muchas!

Había que gastar dinero ó trabajar por cuenta propia. Pero ¡qué demonio! no debían desmayar; así se habían formado todas las tierras de la Albufera. Las ricas posesiones de hoy eran lago cincuenta años antes, y dos hombres sanos, animosos y sin miedo al trabajo pueden realizar grandes milagros. Mejor era esto que pescar en malos sitios ó trabajar tierras ajenas.

Á Tonet le sedujo la novedad de la empresa. Si le hubieran propuesto cultivar los mejores y más antiguos campos inmediatos al Palmar, tal vez habría torcido el gesto; pero le gustaba batallar con el lago, convertir en tierra laborable lo que era agua, hacer surgir cosechas donde coleaban las anguilas entre las hierbas acuáticas. Además, en su ligereza de pensamiento, sólo veía los resultados, sin fijarse en el trabajo. Serían ricos y él podría alquilar las tierras, dándose una vida de holgazán, que era su aspiración.

Padre é hijo se lanzaron á la faena, ayudados por la _Borda_, siempre animosa para todo lo que diese prosperidad á la casa. Con el abuelo no había que contar. El proyecto le había puesto de igual humor que al dedicarse su hijo por primera vez al cultivo de tierras. ¡Otros que querían achicar la Albufera convirtiendo el agua en campos! ¡Y eran de su familia los que cometían tal atentado! ¡Bandidos!...

Tonet se entregó al trabajo con el ardor momentáneo de los seres de escasa voluntad. Su deseo era llenar de un solo golpe aquel rincón del lago donde su padre buscaba la riqueza. Desde antes del amanecer, Tonet y la _Borda_ iban en dos barquillos á buscar tierra para llevarla después, en un viaje de más de una hora, al gran espacio de agua muerta cuyos límites marcaban los ribazos de barro.

El trabajo era penoso, aplastante, una tarea de hormigas. Sólo el tío Tòni, con su audacia de trabajador infatigable, podía acometerlo sin otro auxilio que su familia y sus brazos.

Iban á los grandes canales que desembocan en la Albufera; á los puertos de Catarroja y el Saler. Con perchas de ancha horquilla arrancaban del fondo grandes pellas de barro, pedazos de turba gelatinosa, que esparcía un hedor insoportable. Dejaban á secar en las orillas estos jirones del seno de las acequias, y cuando el sol los convertía en terrones blancuzcos, cargábanlos en los dos barquitos, que se unían, formando una sola embarcación. Percha que percha, tras una hora de incesante trabajo, llevaban al _tancat_ el montón de tierra tan penosamente reunido, y la charca se lo tragaba sin resultado aparente, como si se disolviera la carga sin dejar rastro. Los pescadores veían pasar todos los días dos ó tres veces á la laboriosa familia, deslizándose como moscas de agua sobre la pulida superficie del lago.

Tonet se cansó pronto de esta tarea de enterrador. La fuerza de su voluntad no llegaba á tanto; pasada la seducción del primer momento, vió la monotonía del trabajo y calculó con terror los meses y aun los años que faltaban para dar cima á la obra. Pensaba en lo que había costado de arrancar cada montón de tierra y temblaba de emoción viendo cómo se enturbiaba el agua al recibir la carga, y después, al aclararse, mostraba el suelo siempre igual, siempre profundo, sin la más pequeña giba, como si toda la tierra se escapase por un agujero oculto.

Comenzó á faltar al trabajo. Pretextaba cierto recrudecimiento de las dolencias adquiridas en la guerra para quedarse en la barraca, y apenas partían su padre y la _Borda_, corría en busca del fresco rincón en casa de _Cañamèl_, donde nunca le faltaban compañeros para un truque y el porrón al alcance de la mano. Á lo más, trabajaba dos días por semana.

El tío _Paloma_, en su odio á los enterradores que descuartizaban el lago, celebraba con risas la pereza del nieto. ¡Ji, ji!... Su hijo era un tonto al confiar en Tonet. Conocía bien al mozo. Había nacido con un hueso atravesado que le impedía agacharse para trabajar. De soldado se le había endurecido, y no había que esperar remedio. Él sabía la medicina única: ¡á palos se rompía aquello!

Pero como en el fondo le alegraba ver á su hijo sufriendo dificultades en la empresa, aceptaba la pereza de Tonet y hasta le sonreía al verlo en casa de _Cañamèl_.

En el pueblo comenzaban las murmuraciones por la asiduidad con que Tonet visitaba la taberna. Se sentaba siempre ante el mostrador, y Neleta y él se miraban. La tabernera hablaba con Tonet menos que con los otros parroquianos, pero en los ratos de poco despacho, cuando hacía alguna labor sentada ante los toneles, cada vez que levantaba sus ojos, éstos iban instintivamente hacia el joven. Los parroquianos también observaban que el _Cubano_, al dejar los naipes, buscaba con su mirada á Neleta.

La antigua cuñada de _Cañamèl_ hablaba de esto de puerta en puerta. ¡Se entendían, no había más que verlos! ¡Bueno iban á poner al imbécil tabernero! ¡Entre los dos se comerían toda la fortuna que había amasado la pobre de su hermana! Y cuando los menos crédulos hablaban de la imposibilidad de aproximarse, en una taberna siempre llena de gente, la arpía protestaba. Se entenderían fuera de casa. Neleta era capaz de todo, y él un enemigo del trabajo que había dado fondo en la taberna, seguro de que allí le mantendrían.

_Cañamèl_, ignorando estas murmuraciones, trataba á Tonet como á su mejor amigo. Jugaba á la baraja con él y reñía á su mujer si no lo convidaba. Nada leía en la mirada de Neleta, en los ojos de extraño resplandor, ligeramente irónicos, con que acogía estas reprimendas mientras ofrecía un vaso á su antiguo novio.

Las murmuraciones que circulaban por el Palmar llegaron hasta el tío Tòni, y una noche, sacando éste á su hijo fuera de la barraca, le habló con la tristeza del hombre fatigado que lucha inútilmente contra la desgracia.

Tonet no quería ayudarle, bien lo veía. Era el perezoso de otros tiempos, nacido para pasar la existencia en la taberna. Ahora era un hombre: había ido á la guerra, y su padre no podía levantar sobre él la mano como en otros tiempos. ¿No quería trabajar?... Bien; él continuaría la obra completamente solo, aunque reventase como un perro, siempre con la esperanza de dejar al morir un pedazo de pan al ingrato que le abandonaba.

Pero lo que no podía ver con calma era que su hijo pasase los días en casa de _Cañamèl_, frente á su antigua novia. Podía ir si quería á otras tabernas; á todas, menos á aquélla.

Tonet protestó con vehemencia al oir esto. ¡Mentiras, todo mentiras! ¡Calumnias de la _Samaruca_; aquella bestia maligna, cuñada de _Cañamèl_, que odiaba á Neleta y no reparaba en murmuraciones! Y Tonet decía esto con la energía de la verdad, afirmando por la memoria de su madre no haber tocado un dedo de Neleta, ni haberle dicho la menor palabra que recordase su antiguo noviazgo.

El tío Tòni sonrió tristemente. Lo creía: no dudaba de sus palabras. Es más: tenía la convicción de que hasta el presente eran calumnias todas las murmuraciones. Pero él conocía la vida. Ahora sólo eran miradas, y mañana, atraídos por el continuo roce, caerían en la deshonra como consecuencia de este juego peligroso. Neleta siempre le había parecido una casquivana, y no sería ella la que diese ejemplo de prudencia.

Después de esto, el animoso trabajador tomó un acento tan sincero, tan bondadoso, que impresionó á Tonet.

Debía pensar que era el hijo de un hombre honrado, con mala fortuna en sus negocios, pero al cual nadie podía reprochar una mala acción en toda la Albufera.

Neleta tenía marido, y el que busca la mujer ajena une la traición al pecado. Además, _Cañamèl_ era amigo suyo; pasaban el día juntos, jugaban y bebían como compañeros, y engañar á un hombre en estas condiciones es una cobardía, digna de pagarse con un tiro en la cabeza.

El tono del padre se hizo solemne.

Neleta era rica, su hijo pobre, y podían creer que la perseguía como un medio para mantenerse sin trabajar. Esto es lo que le irritaba; lo que convertía su tristeza en cólera.

Antes ver muerto á su hijo que avergonzarse ante tal deshonra. ¡Tonet! ¡Hijo!... Había que pensar en la familia, en los _Palomas_, antiguos como el Palmar: raza de trabajadores tan desgraciados como buenos; acribillados de deudas por la mala suerte, pero incapaces de una traición.

Eran hijos del lago, tranquilos en su miseria, y al emprender el último viaje, cuando los llamase Dios, podrían llegar perchando hasta los pies de su trono, mostrándole al Señor, á falta de otros méritos, las manos cubiertas de callos como las bestias, pero el alma limpia de todo crimen.

IV

El segundo domingo de Julio era para el Palmar el día más importante del año.

Se sorteaban los _redolíns_, los puestos de pesca de la Albufera y sus canales entre los vecinos del Palmar, ceremonia solemne y tradicional presidida por un delegado de la Hacienda, misteriosa señora que nadie había visto, pero de la que se hablaba con respeto supersticioso, como dueña que era del lago y la interminable pinada de la Dehesa.

Á las siete el esquilón de la iglesia había hecho correr á misa á todo el pueblo. Solemnes resultaban las fiestas al Niño Jesús, después de Navidad; pero no pasaban de ser pura diversión, mientras que en la ceremonia del sorteo se jugaba al azar el pan del año y hasta el riesgo de enriquecerse si la pesca era buena.

Por eso la misa de este domingo era la que se oía con más devoción. Las mujeres no tenían que ir en busca de sus maridos, llevándolos á empujones á que cumpliesen el precepto religioso. Todos los pescadores estaban en la iglesia con gesto de recogimiento, pensando en el lago más que en la misa, y con la imaginación veían la Albufera y sus canales, escogiendo los puestos mejores por si la suerte los agraciaba con los primeros números.

La iglesia, pequeña, con las paredes pintadas de cal y las altas ventanas con cortinas verdes, no podía contener á todos los fieles. La puerta estaba de par en par, y el público se esparcía por la plaza con la cabeza descubierta bajo el sol de Julio. En el altar mostraba su carita sonriente y su falda hueca el Niño Jesús, patrón del pueblo; una imagen que no levantaba más de un palmo, pero á pesar de su pequeñez, sabía llenar de anguilas, en las noches tempestuosas, las barcas de los que conseguían los mejores puestos, con otros milagros no menos asombrosos que relataban las mujeres del Palmar.

En las paredes se destacaban sobre el fondo blanco algunos cuadros procedentes de antiguos conventos: tablas enormes con falanges de condenados todos rojos, como si acabasen de ser cocidos, y ángeles de plumaje de cotorras arreándolos con flamígeras espadas.

Sobre la pila de agua bendita, un cartelón con caracteres góticos rezaba así:

Si por la ley del amor no es lícito delinquir, no se permite escupir en la casa del Señor.

No había en el Palmar quien no admirase estos versos, obra, según el tío _Paloma_, de cierto vicario, allá en los tiempos en que el barquero era mozo. Todos se habían ejercitado en la lectura, deletreándolos durante las innumerables misas de su existencia de buenos cristianos. Pero si se admiraba la poesía, no se aceptaba el consejo, y los pescadores, sin respeto alguno á «la ley del amor», tosían y escupían con su crónica ronquera de anfibios, deslizándose la ceremonia religiosa en un continuo carraspeo que ensuciaba el piso y hacía volver al oficiante su colérica mirada.

Nunca había tenido el Palmar vicario como el _pare Miquèl_. Decíase que lo habían enviado allí de castigo, pero él parecía tomar su desgracia muy á gusto. Cazador infatigable, apenas terminaba su misa se calzaba las alpargatas de esparto, encasquetábase la gorra de piel, y seguido por su perro, metíase Dehesa adentro ó hacía correr su barquito por entre los espesos carrizales para tirar á las pollas de agua. Había que ayudarse un poco en su miserable posición, según él decía. El sueldo era de cinco reales diarios y estaba condenado á morir de hambre como sus antecesores, á no ser por la escopeta, que toleraban los guardas de la selva, y surtía de carne su mesa todos los días. Las mujeres admiraban su energía de varón fuerte, viendo cómo las dirigía casi á puñetazos. Los hombres no celebraban menos la llaneza con que trataba las funciones de su ministerio. Era un cura de escopeta. Cuando el alcalde tenía que pasar la noche en Valencia, dejaba su autoridad en manos de don Miguel, y éste, satisfecho de la transformación, llamaba al cabo de los carabineros de mar.

--Usted y yo somos las únicas autoridades del pueblo. Velemos por él.

Y salían de ronda toda la noche, con la carabina pendiente del hombro, entrando en las tabernas para enviar las gentes á dormir, deteniéndose en el presbiterio varias veces para beber una copa de caña, hasta que apuntaba el día, y don Miguel, dejando el arma y su traje de contrabandista, se entraba en la iglesia para decir la misa á los pescadores.

Los domingos, mientras realizaba el sagrado acto, miraba con el rabillo del ojo á los fieles, fijándose en los que escupían con insistencia, en las comadres que charlaban murmurando de la vecina, en los chicuelos que se empujaban cerca de la puerta; y al volverse, irguiendo su arrogante cuerpo para bendecir á todos, miraba con tales ojos á los culpables, que éstos se estremecían adivinando las próximas amenazas del _pare Miquèl_. Él era quien había expulsado á patadas al ebrio _Sangonera_, al pillarle por tercera ó cuarta vez empuñando la botella de vino de la sacristía. En su casa sólo el cura podía beber. El genio violento le acompañaba en todas sus funciones sagradas, y muchas veces, en plena misa, al notar que el sucesor de _Sangonera_ equivocaba las respuestas ó andaba tardo en trasladar el Evangelio de un lado á otro, le largaba una coz por debajo de las randas del alba, chasqueando la lengua como si llamase á su perro.

Su moral era sencilla: residía en el estómago. Cuando los penitentes excusaban sus faltas en el confesonario, la penitencia era siempre la misma. ¡Lo que debían hacer era comer más! Por eso el demonio los agarraba al verlos tan flacos y amarillentos. Lo que él decía: «Buenos bocados y menos pecados.» Y si alguien contestaba, alegando su miseria, indignábase el cura, soltando un taco redondo. _¡Recordóns!_ ¿Pobres y vivían en la Albufera, el mejor rincón del mundo? Allí estaba él con sus cincos reales, y lo pasaba mejor que un patriarca. Le habían enviado al Palmar creyendo hacerle la santísima, y sólo cambiaba su puesto por una canongía en Valencia. ¿Para qué había criado Dios las becadas de la Dehesa, que volaban en enjambre como las moscas, los conejos, tan numerosos como las hierbas, y todos aquellos pájaros del lago, que no había más que remover los cañares para que saltasen á docenas? ¿Es que esperaban que la carne cayese ya desplumada y con sal en sus calderos?... Lo que debían tener era más afición al trabajo y temor á Dios. No todo había de ser pescar anguilas, pasando las horas sentados en una barca, como mujeres, y comer carne blancuzca que olía á barro. Así estaban de enmohecidos y pecadores, que daban asco. El hombre que es hombre, ¡cordones! debía ganarse como él la comida... ¡á tiros!...

Después de Pascua Florida, cuando todo el Palmar vaciaba su saco de pecados en el confesonario, menudeaban los escopetazos en la Dehesa y en el lago, y los guardas iban locos de un lado á otro, sin poder adivinar á qué obedecía este furor repentino por la caza.

Terminó la misa, y la muchedumbre se esparció por la plazoleta. Las mujeres no volvían á sus barracas para preparar el caldero de mediodía. Se quedaban con los hombres, frente á la escuela, donde se verificaba el sorteo, el mejor edificio del Palmar, el único con dos pisos, una casita que tenía abajo el departamento de los niños y arriba el de las niñas. En el piso superior se verificaba la ceremonia, y al través de las ventanas abiertas se veía al alguacil, ayudado por _Sangonera_, arreglar la mesa con el sillón presidencial para el señor que vendría de Valencia y los bancos de las dos escuelas para los pescadores miembros de la Comunidad.

Los más viejos del pueblo se agrupaban junto al olivo retorcido y de escasas hojas, único adorno de la plaza. Este árbol raquítico y antiguo, arrancado de las montañas para languidecer en un suelo de barro, era el punto de reunión del pueblo, el sitio donde se desarrollaban todos los actos de su vida civil. Bajo sus ramas se hacían los tratos de la pesca, se cambiaban las barcas y se vendían las anguilas á los revendedores de la ciudad. Cuando alguien encontraba en aguas de la Albufera un _mornell_ abandonado, una percha flotando ó cualquier otro útil de pesca, lo dejaba al pie del olivo y la gente desfilaba ante él, hasta que el dueño lo reconocía por la marca especial que cada pescador ponía á sus útiles.