Cañas y barro: Novela

Part 6

Chapter 63,922 wordsPublic domain

El lujo de esta taberna enorgullecía á los parroquianos. Las paredes estaban chapadas de azulejos de Manises hasta la altura de las cabezas. Encima extendíanse por las paredes paisajes fantásticos, verdes ó azules, con caballos como ratas y árboles más pequeños que los hombres, y de las vigas pendían ristras de morcillas, alpargatas de esparto y manojos de cuerdas amarillas y punzantes, que se empleaban como jarcias en las grandes barcas del lago.

Todos admiraban á _Cañamèl_. ¡El dinero que tenía aquel gordo!... Había sido guardia civil en Cuba y carabinero en España; después vivió muchos años en Argelia: conocía algo de todos los oficios y sabía tanto, ¡tanto! que, según expresión del tío _Paloma_, se enteraba durante su sueño del lugar donde se acostaba cada peseta, y al día siguiente corría á cogerla.

En el Palmar nunca se había bebido vino como el suyo. Todo era de lo mejor en aquella casa. El amo recibía bien á los parroquianos y arañaba en los precios de un modo razonable.

_Cañamèl_ no era del Palmar, ni siquiera valenciano. Era de muy lejos, de allá donde hablan en castellano. En su juventud había estado en la Albufera de carabinero, casándose con una muchacha del Palmar, pobre y fea. Después de una vida accidentada, al reunir algunos cuartos, había venido á establecerse en el pueblo de su mujer, cediendo á los deseos de ésta. La pobre estaba enferma y revelaba poca vida: parecía gastada por aquellos viajes que la hacían soñar con su tranquilo rincón del lago.

Los demás taberneros del pueblo vociferaban contra _Cañamèl_ al ver cómo se apoderaba de los parroquianos. ¡Ah, grandísimo tunante! ¡Por algo daba tan barato el vino bueno! Lo que menos le interesaba era la taberna: en otra parte estaba su negocio, y por algo había venido de tan lejos á establecerse allí. Pero _Cañamèl_, al enterarse de tales palabras, sonreía bondadosamente. ¡Al fin todos habían de vivir!

Los más íntimos de _Cañamèl_ sabían que no eran infundadas estas murmuraciones. La taberna le importaba poco. Su principal negocio era por la noche, después de cerrarla: por algo había sido carabinero y recorrido las playas. Todos los meses caían fardos en la costa, rodando en la arena á impulsos de un enjambre de bultos negros que los levantaban en alto, llevándolos á través de la Dehesa hasta las orillas del lago. Allí, las barcas grandes, los _laúdes_ de la Albufera, que podían cargar hasta cien sacos de arroz, se abarrotaban con los fardos de tabaco, emprendiendo lentamente la marcha en la obscuridad hacia tierra firme... Y al día siguiente, ni visto ni oído.

Escogía la tropa para estas expediciones entre los más audaces que concurrían á su taberna. Tonet, á pesar de sus pocos años, fué agraciado dos ó tres veces con la confianza de _Cañamèl_, por ser muchacho valiente y reservado. En este trabajo nocturno podía ganarse un hombre de bien dos ó tres duros, que después dejaba otra vez en manos de _Cañamèl_ bebiendo en su taberna. Y todavía los infelices, comentando al día siguiente los azares de una expedición de la que eran ellos los principales protagonistas, se decían admirados: «¡Pero qué agallas tiene ese _Cañamèl_!... ¡Con qué atrevimiento se expone á que le metan mano!...»

Las cosas marchaban bien. En la playa todos eran ciegos, gracias á la buena maña del tabernero. Sus antiguos amigos de Argel le enviaban con puntualidad los cargamentos, y el negocio rodaba tan suavemente, que _Cañamèl_, á pesar de que correspondía con extraordinaria generosidad al silencio de los que podían perjudicarle, prosperaba á toda prisa. Al año de estar en el Palmar ya había comprado tierras de arroz y tenía en el piso alto de la taberna su talego de plata para sacar de apuros á los que solicitaban préstamos.

Su respetabilidad crecía rápidamente. Al principio le habían dado el apodo de _Cañamèl_ por el acento suave y dulzón con que se expresaba en un valenciano trabajoso. Después, al verle rico, la gente, sin olvidar el apodo, le llamaba Paco, pues, según declaraba su mujer, así le llamaban en su país, y él se enfurecía sordamente si le apelaban Quico, como á los otros Franciscos del pueblo.

Al morir su mujer, pobre compañera de la época de infortunio, su hermana menor, una pescadora fea, viuda y de carácter dominante, pretendió acampar en la taberna con carácter de dueña, escoltada por todos los de la familia. Halagaban á _Cañamèl_ con los cuidados que inspira un pariente rico, hablándole de lo difícil que era para un hombre solo seguir al frente de la taberna. ¡Allí faltaba una mujer! Pero _Cañamèl_, que había odiado siempre á la cuñada por su mala lengua y temblaba ante la posibilidad de que aspirase á ocupar el puesto aún caliente de su hermana, la puso en la puerta, desafiando sus protestas escandalosas. Al cuidado del establecimiento le bastaban dos viejas, viudas de pescadores, que guisaban los _all y pebres_ para los aficionados que venían de Valencia, y limpiaban aquel mostrador en el que gastaba sus codos todo el pueblo.

_Cañamèl_, al verse libre, hablaba contra el matrimonio. Un hombre de su fortuna sólo podía casarse por conveniencia con alguna que tuviese más dinero que él. Y por las noches reía oyendo al tío _Paloma_, que era elocuente cuando hablaba de las mujeres.

El viejo barquero declaraba que el hombre debía ser como los _buxqueròts_ del lago, que cantan alegremente mientras están en libertad, y cuando los meten en una jaula prefieren morir antes que verse encerrados.

Todas sus comparaciones se las facilitaban los pájaros de la Albufera. ¡Las hembras!... ¡Mala peste! Eran los seres más ingratos y olvidadizos de la creación. No había más que ver á los pobres _collvèrts_ del lago. Vuelan siempre en compañía de la hembra, y no saben ir sin ella ni á buscar la comida. Dispara el cazador. Si cae muerta la hembra, el pobre macho, en vez de escapar, vuela y vuela en torno del sitio donde pereció su compañera, hasta que el tirador acaba también con él. Pero si cae el pobre macho, la hembra sigue volando tan fresca, sin volver la cabeza, como si nada hubiese pasado, y al notar la falta del acompañante se busca otro... ¡Cristo! Así son todas las hembras, lo mismo las que llevan plumas que las que visten zagalejos.

Tonet pasaba las noches jugando al truque en la taberna y ansiaba la llegada del domingo para estar allí todo el día. Le gustaba la vida de inmovilidad, con el porrón al alcance de la mano, manejando los mugrientos naipes sobre la manta que cubría la mesilla y apuntando con pequeños guijarros ó granos de maíz, que representaban el valor de las apuestas. ¡Lástima que no fuese rico como _Cañamèl_, para proporcionarse siempre esta vida de señor! Rabiaba al pensar que al día siguiente tendría que fatigarse en la barca, y tan creciente era su pasión por la pereza, que _Cañamèl_ ya no le buscaba para los trabajos nocturnos, al ver con qué mal gesto cargaba los fardos y cómo disputaba con los compañeros de trabajo para evitarse fatigas.

Sólo mostraba actividad y sacudía su somnolencia de perezoso ante una diversión próxima. En la gran fiesta del Palmar en honor del Niño Jesús, el tercer día de Navidad, Tonet se distinguía entre todos los mozos del lago. Cuando en la víspera llegaba la música de Catarroja en una gran barca, los jóvenes se metían en el agua del canal, pugnando por quién avanzaba más y cogía el bombo. Era un honor, que hacía pavonearse altivo ante las muchachas, apoderarse del enorme instrumento y cargárselo á la espalda, paseándolo por el pueblo.

Tonet se metía hasta el pecho en el agua, fría como hielo líquido; disputaba á puñetazos la delantera á los más audaces y se agarraba á la borda de la barca, haciendo suya la voluminosa caja.

Después, en los tres días de fiestas, venían las diversiones tormentosas, que las más de las veces acababan á palos. El baile en la plaza á la luz de teas resinosas, donde obligaba á Neleta á permanecer sentada, pues por algo era su novia, mientras él bailaba con otras menos guapas, pero mejor vestidas: y las noches de _albaes_, serenatas de la gente joven que iba hasta el amanecer de puerta en puerta cantando coplas, escoltada por un pellejo de vino para tomar fuerzas y acompañando cada canción con una salva de relinchos y otra de tiros.

Pero transcurrida esta corta temporada, Tonet volvía á aburrirse en su vida de trabajo, sin otro horizonte que el lago. Se escapaba á veces, despreciando la cólera de su padre, y desembarcaba en el puerto de Catarroja, recorriendo los pueblos de la tierra firme, donde tenía amigos de la época de la siega. Otras veces tomaba el camino por el Saler, y llegaba á Valencia con el propósito de quedarse en la ciudad, hasta que el hambre le empujaba de nuevo á la barraca de su padre. Había visto de cerca la existencia de los que viven sin trabajar y abominaba de su mala suerte, que le hacía permanecer como un anfibio en un país de cañas y barro, donde el hombre, desde pequeño, tiene que encerrarse en una barquichuela, eterno ataúd sin el cual no puede moverse.

El hambre de placeres se despertaba en él, rabiosa y dominadora. Jugaba en la taberna hasta que _Cañamèl_ lo ponía en la puerta á media noche; había probado todos los líquidos que se beben en la Albufera, incluso la absenta pura que traen los cazadores de la ciudad para mezclarla con el agua hedionda del lago, y más de una noche, al tenderse en su camastro de la barraca, los ojos del padre le habían seguido con expresión severa, percibiendo su paso inseguro y su respiración jadeante de alcoholizado. El abuelo protestaba con palabras de indignación. Santo y bueno que le gustase el vino; al fin vivían eternamente sobre el agua, y el buen barquero debe conservar la panza caliente... ¿Pero bebidas _compuestas_?... ¡Así empezó el viejo _Sangonera_!

Tonet olvidaba todos sus afectos. Golpeaba á la _Borda_, tratándola como á una bestia sumisa, y apenas si prestaba atención á Neleta, acogiendo sus palabras con bufidos de impaciencia. Si obedecía á su padre era de un modo tan forzado, que el gran trabajador palidecía, moviendo sus manazas poderosas como si fuese á despedazarle. El muchacho despreciaba á todo el pueblo, viendo en él un rebaño miserable, nacido para el hambre y la fatiga, de cuyas filas debía salir á cualquier precio. Los que tornaban orgullosos de la pesca, mostrando los cestones de anguilas y tencas, le hacían sonreir. Al pasar frente á la casa del vicario veía á _Sangonera_ que, dedicado ahora á la lectura, pasaba las horas sentado en la puerta leyendo libros religiosos y disfrazando su gesto de pillo con una expresión compungida. ¡Imbécil! ¿qué le importarían aquellos libracos que le prestaban los vicarios?...

Quería vivir, gozar de un golpe todas las dulzuras de la existencia. Se imaginaba que cuantos habitaban al otro lado del lago, en los pueblos ricos ó en la ciudad grande y ruidosa, le robaban una parte de los placeres que le correspondía por indiscutible derecho.

En la época de la siega del arroz, cuando miles de hombres llegaban á la Albufera de todos los extremos de la provincia, atraídos por los grandes jornales que ofrecían los propietarios faltos de brazos, Tonet se reconciliaba momentáneamente con la vida en aquel rincón del mundo. Veía caras nuevas, hacía amigos, encontraba una rara alegría en estos vagabundos, que, con la hoz en la mano y el saco de ropa á la espalda, iban de un punto á otro trabajando mientras lucía el sol, para emborracharse así que llegaba la noche.

Le gustaba esta gente de existencia accidentada y le entretenían sus relatos, más interesantes que los cuentos murmurados junto á la lumbre. Unos habían estado en América, y olvidando su miseria en los remotos países, hablaban de éstos como de un paraíso donde todos nadaban en oro. Otros contaban sus largas estancias en la Argelia salvaje, en los mismos límites del Desierto, donde se habían ocultado mucho tiempo por un navajazo dado en su pueblo ó un robo que les _acumulaban_ los enemigos. Y Tonet, al oirles, creía percibir en el vientecillo putrefacto de la Albufera el perfume exótico de aquellos países maravillosos, y en el brillo de los azulejos de la taberna veía sus portentosas riquezas.

Esta amistad con los vagabundos se estrechaba, hasta el punto de que, al terminar la siega y cobrar ellos sus jornales, los acompañaba Tonet en una orgía brutal á través de todas las poblaciones inmediatas al lago; carrera loca de taberna en taberna, de _albaes_ por la noche ante ciertas ventanas, que terminaba con una pelea general cuando, escaseando el dinero, parecía el vino más agrio y se disputaba por quién era el obligado á pagar.

Una de estas expediciones fué famosa en la Albufera. Duró más de una semana, y en todo este tiempo el tío Tòni no vió á su hijo en el Palmar. Se supo que la banda de alborotadores iba como una fiera suelta por la parte de la Ribera, que en Sollana apalearon á un guarda y en Sueca habían sido descalabrados dos de la cuadrilla en una pelea de taberna. La Guardia civil iba al alcance de esta expedición de locos.

Una noche avisaron al tío Tòni que su hijo acababa de aparecer en casa de _Cañamèl_ con las ropas sucias de barro, como si hubiese caído en una acequia, brillándole aún en los ojos la borrachera de siete días. El sombrío trabajador fué allá, silencioso como siempre, con un ligero bufido que movía sus labios como si se pegasen uno á otro.

Su hijo bebía en el centro de la taberna con la sed del ebrio, rodeado de un público atento, al que hacía reir con el relato de las barrabasadas cometidas en esta expedición de recreo.

De un revés el tío Tòni le rompió el porrón que llevaba á su boca, abatiéndole la cabeza sobre un hombro. Tonet, anonadado por el golpe y viendo á su padre frente á él, se encogió por unos momentos; pero después, brillando en sus ojos una luz turbia é impura que daba miedo, se lanzó contra él, gritando que nadie le pegaba impunemente, ni aun su mismo padre.

Pero no era fácil rebelarse contra aquel hombretón grave y silencioso, firme como el deber, y que llevaba en sus brazos la energía de más de treinta años de continua batalla con la miseria. Sin despegar los labios contuvo á la fierecilla, que pretendía morderle, con una bofetada que le hizo tambalearse, y casi al mismo tiempo, con el empuje de uno de sus pies lo envió contra el muro, haciéndole caer de bruces en la mesilla de unos jugadores.

La gente se abalanzó sobre el padre, temiendo que en su cólera de atleta silencioso aporrease á todos los concurrentes de la taberna. Cuando se restableció la calma y soltaron al tío Tòni, su hijo ya no estaba allí. Había huído levantando los brazos en actitud desesperada... ¡Le habían pegado!... ¡á él, que tan temido era!... ¡y en presencia de todo el Palmar!...

Transcurrieron algunos días sin que se tuvieran noticias de Tonet. Poco á poco se supo algo por la gente que iba al mercado de Valencia. Estaba en el cuartel de Monte-Olivete, y muy pronto se embarcaría para Cuba. Había sentado plaza. Al huir desesperado hacia la ciudad, se había detenido en las tabernas inmediatas al cuartel donde estaba el banderín de enganche para Ultramar. La gente que pululaba por allí, voluntarios en espera de embarque y reclutadores astutos, le habían decidido á tal resolución.

El tío Tòni en el primer momento quiso protestar. El muchacho no tenía aún veinte años; se había cometido una ilegalidad. Además, era su hijo, su único hijo. Pero el abuelo le hizo desistir con su habitual dureza. Era lo mejor que podía hacer su nieto. Crecía torcido: ¡que corriese mundo y que sufriera! ¡ya se encargarían de enderezarlo! Y si moría, un vago menos: al fin, todos, más pronto ó más tarde, habían de morir.

El muchacho partió sin protesta. La _Borda_ fué la única que, escapándose de la barraca, se presentó en Monte-Olivete y le despidió llorando, después de entregarle toda su ropa y los cuartos de que pudo apoderarse sin que se enterara el tío Tòni. Á Neleta ni una palabra: el novio parecía haberla olvidado.

Transcurrieron dos años sin que el muchacho diese señales de vida. Un día llegó una carta para el padre, encabezada con frases dramáticas, de un sentimentalismo falso, en la cual Tonet solicitaba su perdón, hablando luego de su nueva existencia. Era guardia civil en Guantánamo y no lo pasaba mal. Se notaba en su estilo cierto aplomo petulante, como de hombre que corría los campos con un arma al hombro é inspiraba temor y respeto. Su salud era magnífica. Ni una ligera enfermedad desde que desembarcó. La gente de la Albufera soportaba perfectamente el clima de la isla. El que se criaba en aquella laguna, bebiendo su agua de barro, podía ir sin miedo á todas partes; estaba aclimatado.

Después surgió la guerra. En la barraca del tío Tòni temblaba la _Borda_, llorando por los rincones cuando llegaban al Palmar confusas noticias de los combates que ocurrían allá lejos. En el pueblo dos mujeres llevaban luto. Se marchaban los muchachos al entrar en quinta, entre llantos desesperados, como si sus familias no los hubieran de ver más.

Pero las cartas de Tonet eran tranquilizadoras y revelaban gran confianza. Ahora era cabo en una guerrilla montada y parecía muy contento de su existencia. Él mismo se describía con gran minuciosidad, vestido de rayadillo, con un gran jipijapa, medias botas de charol, el machete golpeándole el muslo, la carabina mauser cruzada en la espalda y la canana repleta de cartuchos. No había cuidado; aquella vida era la suya: buena paga, mucho movimiento y la gran libertad que proporciona el peligro. «¡Venga guerra!», decía alegremente en sus cartas. Y adivinábase á larga distancia el soldado fanfarrón, satisfecho de su oficio, encantado de sufrir fatigas, hambre y sed, á cambio de librarse del trabajo monótono y vulgar, de vivir fuera de las leyes de los tiempos normales, de matar sin miedo á castigo y considerar como suyo todo cuanto ve, imponiendo su voluntad al amparo de las duras exigencias de la guerra.

Neleta se enteraba de tarde en tarde de las aventuras de su novio. Su madre había muerto. Ella vivía ahora en la barraca de una tía suya, y para ganarse el pan servía de criada en casa de _Cañamèl_ los días en que llegaban parroquianos extraordinarios y eran muchas las _paellas_.

Se presentaba en la barraca de los _Palomas_ preguntando á la _Borda_ si había carta y escuchaba su lectura con los ojos bajos, apretando los labios como para concentrar más su atención. Parecía haberse enfriado su afecto por Tonet desde aquella fuga, en la que no tuvo para la novia el más leve recuerdo. Le brillaban los ojos y sonreía, murmurando _grasies_ cuando al final de las cartas la nombraba el guerrillero enviándole sus recuerdos; pero no mostraba ningún deseo por que el muchacho regresase, ni se entusiasmaba cuando hacía castillos en el aire, asegurando que aún volvería al Palmar con galones de oficial.

Otras cosas preocupaban á Neleta. Se había convertido en la muchacha más guapa de la Albufera. Era pequeña, pero sus cabellos, de un rubio claro, crecían tan abundantes, que formaban sobre su cabeza un casco de ese oro antiguo descolorido por el tiempo. Tenía la piel blanca, de una nitidez transparente, surcada de venillas; una piel jamás vista en las mujeres del Palmar, cuya epidermis escamosa y de metálico reflejo ofrecía lejana semejanza con la de las tencas del lago. Sus ojos eran pequeños, de un verde blanquecino, brillantes, como dos gotas del ajenjo que bebían los cazadores de Valencia.

Cada vez frecuentaba más la casa de _Cañamèl_.

Ya no prestaba su ayuda en circunstancias extraordinarias. Pasaba todo el día en la taberna, limpiándola, despachando copas tras el mostrador, vigilando el hogar donde burbujeaban las sartenes, y al llegar la noche marchaba ostentosamente hacia la barraca de su tía, escoltada por ésta, llamando la atención de todos, para que se enterasen bien las parientas hostiles de _Cañamèl_, las cuales comenzaban á murmurar si Neleta veía salir el sol al lado de su amo.

_Cañamèl_ no podía pasar sin ella. El viudo, que hasta entonces había vivido tranquilo con sus viejas criadas, despreciando públicamente á las mujeres, era incapaz de resistir el contacto de aquella criatura maliciosa que le rozaba con gracia felina. El pobre _Cañamèl_ sentíase inflamado por los ojos verdosos de aquella gatita, que apenas le veía en calma procuraba hacérsela perder con encontronazos hábiles que marcaban sus encantos ocultos. Sus palabras y miradas sublevaban en el maduro tabernero una castidad de varios años. Los parroquianos le veían unas veces con arañazos en la cara; otras con alguna contusión junto á los ojos, y reían ante las excusas que confusamente formulaba el tabernero. ¡Bien sabía defenderse la muchacha de los irresistibles arranques de _Cañamèl_! ¡Lo inflamaba con los ojos para aplacarlo con las uñas! Á veces, en los cuartos interiores de la taberna, rodaban con estrépito los muebles, temblaban los tabiques con furiosos empujones, y los bebedores reían maliciosamente... ¡_Cañamèl_ que intentaba acariciar á su gata! ¡De seguro que saldría al mostrador con un nuevo arañazo!...

Esta lucha había de tener fin. Neleta era demasiado firme para no rendir á aquel panzudo, que temblaba ante sus amenazas de no volver más á la taberna. Todo el Palmar se conmovió con la noticia del matrimonio de _Cañamèl_, á pesar de que era un suceso esperado. La cuñada del novio iba de puerta en puerta vomitando injurias. Las mujeres formaban corrillos ante las barracas... ¡La mosquita muerta! ¡y qué bien había sabido manejarse para pescar al hombre más rico de la Albufera! Nadie se acordaba del antiguo noviazgo con Tonet. Habían transcurrido seis años desde que partió, y raramente se volvía de allá donde él estaba.

Neleta, al tomar posesión como dueña legítima de aquella taberna, por la que pasaba todo el pueblo y á la que acudían los menesterosos implorando la usura de _Cañamèl_, no se enorgulleció ni quiso vengarse de las comadres que la calumniaban en su época de servidumbre. Á todas las trataba con cariño, pero interponía el mostrador entre ella y las visitantes, para evitar familiaridades.

Ya no volvió á la barraca de los _Palomas_. Hablaba con la _Borda_ como con una hermana, cuando ésta iba á comprarle algo, y al tío _Paloma_ le servía el vino en el vaso más grande, procurando olvidar sus pequeñas deudas. El tío Tòni frecuentaba poco la taberna; pero Neleta, al verle, lo saludaba con expresión de respeto, como si aquel hombre silencioso y ensimismado fuese para ella algo así como un padre que no quería reconocerla, pero al que veneraba en secreto.

Éstos eran los únicos afectos del pasado que vivían en ella. Dirigía su establecimiento como si nunca hubiese hecho otra cosa; sabía dominar á los bebedores con una palabra; sus brazos blancos, siempre arremangados, parecían atraer á la gente de todas las orillas de la Albufera; la taberna marchaba bien, y ella se mostraba cada día más fresca, más hermosa, más arrogante, como si de golpe hubiesen entrado en su cuerpo todas las riquezas del marido, de las que se hablaba en el lago con asombro y envidia.

En cambio _Cañamèl_ mostraba cierta decadencia después de su matrimonio. La salud y frescura de su mujer parecían robadas á él. Al verse rico y dueño de la mejor moza de la Albufera, había creído llegado el momento de enfermar por primera vez en su vida. Los tiempos no eran buenos para el contrabando; los oficiales jóvenes é inexpertos encargados de la vigilancia de la costa no admitían negocios, y como de la taberna entendía Neleta mejor que _Cañamèl_, éste, no sabiendo qué hacer, se dedicaba á estar enfermo, que es diversión de rico, según afirmaba el tío _Paloma_.