Cañas y barro: Novela

Part 3

Chapter 34,084 wordsPublic domain

En las noches de invierno parecían náufragos refugiados en una isla desierta. Ni una palabra entre ellos, ni una risa, ni una voz de mujer que los alegrase. La barraca tenía un aspecto lúgubre. En el centro ardía el fogón á nivel del suelo, un pequeño espacio cuadrado con orla de ladrillos. Enfrente el banco de la cocina, con una pobre fila de cacharros y antiguos azulejos. Á ambos lados los tabiques de dos cuartos, construídos con cañas y barro, como toda la barraca; y por encima de estos tabiques, que sólo tenían la altura de un hombre, todo el interior de la techumbre negro, con capas de hollín, ahumado por el fuego de muchos años, sin otro respiradero que un orificio en la montera de paja, por donde entraban silbando los vendavales de invierno. Del techo pendían los trajes impermeables del padre y del hijo para las pescas nocturnas: pantalones rígidos y pesados, chaquetas con un palo atravesado en las mangas, la tela gruesa, amarilla y reluciente por las frotaciones de aceite. El viento, al penetrar por el boquete que servía de chimenea, columpiaba estos extraños monigotes, que reflejaban en su grasienta superficie la luz roja del hogar. Parecía que los dos habitantes de la barraca se habían ahorcado de la techumbre.

El tío _Paloma_ se aburría. Gustábale hablar: en la taberna juraba á su gusto, maltrataba á los otros pescadores, los deslumbraba con el recuerdo de los grandes personajes que había conocido; pero en su casa no sabía qué decir, su conversación no merecía la menor réplica del hijo obediente y callado, perdiéndose sus palabras en un silencio respetuoso y abrumador. El barquero lo declaraba á gritos en la taberna con su alegre brutalidad. Aquel hijo era muy bueno, pero no se le parecía; siempre silencioso y sumiso. La difunta debía haberle hecho alguna trampa.

Un día abordó á Tono con su expresión imperiosa de padre al uso latino, que considera á los hijos faltos de voluntad y dispone sin consulta de su porvenir y su vida. Debía casarse: así no estaban bien; en la casa faltaba una mujer. Y Tono acogió esta orden como si le hubiera dicho que al día siguiente había de aparejar la barca grande para esperar en el Saler á un cazador de Valencia. Estaba bien. Procuraría cumplir cuanto antes la orden de su padre.

Y mientras el muchacho buscaba por cuenta propia, el viejo barquero comunicaba sus propósitos á todas las comadres del Palmar. Su Tono quería casarse. Todo lo suyo era del muchacho: la barraca, la barca grande con su vela nueva y otra vieja que aún era mejor; dos barquitos, no recordaba cuántas redes, y encima de esto, las condiciones del chico, trabajador, serio, sin vicios y libre del servicio militar por un buen número en el sorteo. En fin: no era un gran partido, pero desnudo como un sapo de las acequias no estaba su Tono; ¡y para las muchachas que había en el Palmar!...

El viejo, con su desprecio á la mujer, escupía viendo las jóvenes, entre las cuales se ocultaba su futura nuera. No; no eran gran cosa aquellas vírgenes del lago, con sus ropas lavadas en el agua pútrida de los canales, oliendo á barro y las manos impregnadas de una viscosidad que parecía penetrar hasta los huesos. El pelo descolorido por el sol, blanquecino y pobre, apenas si sombreaba sus caras enjutas y rojizas, en las que los ojos brillaban con el fuego de una fiebre siempre renovada al beber las aguas del lago. Su perfil anguloso, la sutilidad escurridiza de su cuerpo y el hedor de los zagalejos, las daba cierta semejanza con las anguilas, como si una nutrición monótona é igual de muchas generaciones hubiera acabado por fijar en aquella gente los rasgos del animal que les servía de sustento.

Tono escogió una; cualquiera, la que menos obstáculos opuso á su timidez. Se verificó la boda, y el viejo tuvo en la barraca un ser más con quien hablar y á quien reñir. Sentía cierta voluptuosidad al ver que sus palabras no quedaban en el vacío y que la nuera oponía protestas á sus exigencias de malhumorado.

Con esta satisfacción coincidió un disgusto. Su hijo parecía olvidar las tradiciones de la familia. Despreciaba el lago para buscar la vida en los campos, y en Septiembre, cuando recogían el arroz y los jornales se pagaban caros, abandonaba la barca, haciéndose segador, como muchos otros que excitaban la indignación del tío _Paloma_. Esta tarea de trabajar en el barro, de martirizar los campos, correspondía á los forasteros, á los que vivían lejos de la Albufera. Los hijos del lago estaban libres de tal esclavitud. Por algo les había puesto Dios junto á aquella agua, que era una bendición. En su fondo estaba la comida, y era un disparate, una vergüenza, trabajar todo el día con barro á la cintura, las piernas comidas de sanguijuelas y la espalda tostada por el sol, para coger unas espigas que finalmente no eran para ellos. ¿Iba su hijo á hacerse _labrador_?... Y al formular esta pregunta, el viejo metía en sus palabras todo el asombro, la inmensa extrañeza de un hecho inaudito, como si hablase de que algún día la Albufera podía quedarse en seco.

Tono, por primera vez en la vida, osaba oponerse á las palabras de su padre. Pescaría, como siempre, el resto del año. Pero ahora era casado, las atenciones de la casa resultaban mayores, y sería una imprudencia despreciar los magníficos jornales de la siega. Á él le pagaban mejor que á los otros, por su fuerza y su asiduidad en el trabajo. Los tiempos había que tomarlos como venían; cada vez se cultivaba más arroz en las orillas del lago, las antiguas charcas se cubrían de tierra, los pobres se hacían ricos, y él no era tan tonto que perdiese su parte en la nueva vida.

El barquero aceptaba refunfuñando esta transformación en las costumbres de la casa. La sensatez y la gravedad de su hijo le imponían cierto respeto, pero protestaba, apoyado en la percha, á orillas del canal, conversando con otros barqueros de su buena época. ¡Iban á transformar la Albufera! Dentro de pocos años nadie la conocería. Por la parte de Sueca colocaban ciertos armatostes de hierro dentro de unas casitas con grandes chimeneas y... ¡eche usted humo! Las antiguas norias, tranquilas y simpáticas, con su rueda de madera carcomida y sus arcaduces negros, iban á ser sustituidas por maquinarias infernales que moverían las aguas con un estrépito de mil demonios. ¡Milagro sería que toda la pesca no tomase el camino del mar, fastidiada por tales innovaciones! Iban á cultivarlo todo; echaban tierra y más tierra sobre el lago. Por poco que él viviese, aún había de ver cómo la última anguila, falta de espacio, se marchaba moviendo el rabo por la boca del Perelló, desapareciendo en el mar. ¡Y Tono metido en esta obra de piratas! ¡Habría que ver á un hijo suyo, á un _Paloma_, convertido en _labrador_!... Y el viejo reía como si imaginase un suceso irrealizable.

Pasó el tiempo y su nuera le dió un nieto, un Tonet, que el abuelo llevaba muchas tardes en brazos hasta la orilla del canal, ladeando la pipa en su boca desdentada para que el humo no molestase al pequeño. ¡Demonio de muchacho, y qué guapo era! La larguirucha y fea de su nuera era como todas las hembras de la familia; lo mismo que su difunta: daban hijos que en nada se parecían á sus progenitores. El abuelo, acariciando al pequeño, pensaba en el porvenir. Lo enseñaba á los camaradas de su juventud, cada vez más escasos, y vaticinaba el porvenir.

«Éste será de los nuestros: no tendrá más casa que la barca. Antes de que le salgan todos los dientes ya sabrá mover la percha...»

Pero antes de que le salieran los dientes, lo que ocurrió para el tío _Paloma_ fué el hecho más inesperado de su vida. Le dijeron en la taberna que Tono había tomado en arriendo, cerca del Saler, ciertas tierras de arroz, propiedad de una señora de Valencia, y cuando por la noche abordó á su hijo, quedó estupefacto viendo que no negaba el crimen.

¿Cuándo se había visto un _Paloma_ con amo? La familia había vivido siempre libre, como deben vivir los hijos de Dios que en algo se estiman, buscándose el sustento en el aire ó en el agua, cazando y pescando. Sus señores habían sido el rey ó aquel guerrero _franchute_ que era capitán general en Valencia; amos que vivían muy lejos, que no pesaban y podían tolerarse por su grandeza. ¿Pero un hijo suyo arrendatario de una lechuguina de la ciudad y llevándola todos los años en metal sonante una parte de su trabajo? ¡Vamos, hombre! ¡Ya estaba tomando el camino para hablar con aquella señora y deshacer el compromiso! Los _Palomas_ no servían á nadie mientras en el lago quedara algo que llevarse á la boca: aunque fuesen ranas.

Pero la sorpresa del viejo fué en aumento ante la inesperada resistencia de Tono. Había reflexionado bien sobre el asunto y estaba dispuesto á no arrepentirse. Pensaba en su mujer, en aquel chiquitín que llevaba en brazos, y se sentía ambicioso. ¿Qué eran ellos? Unos mendigos del lago, viviendo como salvajes en la barraca, sin más alimento que los animales de las acequias y teniendo que huir como criminales ante los guardas cuando mataban algún pájaro para dar mayor substancia al caldero. Unos parásitos de los cazadores, que sólo comían carne cuando los forasteros les permitían meter mano en sus provisiones. ¡Y esta miseria prolongándose de padres á hijos, como si viviesen amarrados para siempre al barro de la Albufera, sin más vida ni aspiraciones que las del sapo, que se cree feliz en el cañar porque encuentra insectos á flor de agua!

No; él se rebelaba; quería sacar á la familia de su miserable postración; trabajar, no sólo para comer, sino para el ahorro. Había que fijarse en las ventajas del cultivo del arroz: poco trabajo y gran provecho. Era una verdadera bendición del cielo: nada en el mundo daba más. Se planta en Junio y se recolecta en Septiembre; un poco de abono y otro poco de trabajo, total tres meses: se coge la cosecha, las aguas del lago, hinchadas por las lluvias del invierno, cubren los campos, y ¡hasta el año siguiente! La ganancia se guarda, y en los meses restantes se pesca á la luz del sol y se caza ocultamente para mantener la familia. ¿Qué más podía desear?... El abuelo había sido un pobre, y después de una vida de perro sólo logró construir aquella barraca, donde vivían eternamente ahumados. Su padre, á quien tanto respetaba, no había conseguido guardar un mendrugo para la vejez. Que le dejasen á él trabajar á gusto, y su hijo, el pequeño Tonet, sería rico, cultivaría campos cuyos límites se perderían de vista, y sobre el solar de la barraca tal vez se levantase con el tiempo una casa mejor que todas las del Palmar. Hacía mal su padre en indignarse porque sus descendientes cultivaban la tierra. Más valía ser labrador que vivir errante en el lago, pasando hambre muchas veces y exponiéndose á recibir el balazo de un guarda de la Dehesa.

El tío _Paloma_, pálido de rabia al oir á su hijo, miraba fijamente una percha caída á lo largo de la pared, y las manos se le iban á ella para romperle de un golpe la cabeza. Se la hubiera roto de ocurrir la rebeldía en otros tiempos, pues se consideraba con derecho después de tal atentado á su autoridad de padre antiguo.

Pero veía á la nuera con el nieto en brazos, y estos dos seres parecían engrandecer á su hijo, poniéndolo á su nivel. Era un padre, un igual suyo. Por primera vez se dió cuenta de que Tono ya no era el muchacho que guisaba la cena en otros tiempos, bajando la cabeza aterrado ante una de sus miradas. Y temblando de rabia al no poder pegarle como cuando cometía una torpeza en la barca, exhaló su protesta entre bufidos. Estaba bien: cada cual á lo suyo; el uno al lago y el otro á aplastar terrones. Vivirían juntos, ya que no había otro remedio. Sus años no le permitían dormir en medio del lago, pues arrastraba una vejez de reumático; pero, aparte de eso, como si no se conocieran. ¡Ay, si levantase la cabeza el primitivo _Paloma_, el barquero de Suchet, y viese la deshonra de la familia!...

El primer año fué de incesantes tormentos para el viejo. Al entrar por la noche en la barraca encontraba instrumentos de labranza al lado de los aparatos de pesca. Un día tropezó con un arado que Tono había traído de tierra firme para recomponerlo durante la velada, y le produjo el mismo efecto que un dragón monstruoso tendido en medio de la barraca. Todas estas láminas de acero le causaban frío y rabia. Le bastaba ver una hoz caída á unos cuantos pasos de sus redes, para que al momento creyese que la corva hoja iba á marchar por sí sola á cortarle los aparejos, y reñía á su nuera por descuidada, ordenando á gritos que arrojase lejos, muy lejos, aquellas herramientas de... _labrador_. Por todas partes objetos que le recordaban el cultivo de la tierra. ¡Y esto en la barraca de los _Palomas_, donde no se había conocido más acero que el de las facas para abrir el pescado!... ¡Vamos, que había para reventar de rabia!

En la época de la siembra, cuando las tierras estaban secas y recibían el arado, Tono llegaba sudoroso, después de arrear durante todo el día las caballerías alquiladas. Su padre rodaba en torno de él, husmeándolo con maligna fruición, y después corría á la taberna, donde dormitaban con el vaso en la mano sus camaradas de los buenos tiempos. ¡Caballeros, la gran noticia!... Su hijo olía á caballo. ¡Ji, ji! ¡Un caballo en la isla del Palmar! Ya había llegado lo del mundo al revés.

Aparte de estos desahogos, el tío _Paloma_ conservaba una actitud fría y aislada en medio de la familia del hijo. Entraba por la noche en la barraca con el _monòt_ al brazo, una bolsa de red y aros de madera que contenía algunas anguilas, y empujaba con el pie á su nuera para que le dejase sitio en el fogón. Él mismo se preparaba la cena. Unas veces enrollaba las anguilas atravesándolas con una varita y las guisaba al _ast_, tostándolas pacientemente por todos los lados sobre las llamas. Otras iba á buscar en la barca su antiguo caldero lleno de remiendos, y guisaba en _such_ alguna tenca enorme ó confeccionaba una _sebollá_, mezclando cebollas con anguilas, como si preparase la comida de medio pueblo.

La voracidad de aquel viejo pequeño y enjuto era la de todos los antiguos hijos de la Albufera. No comía seriamente más que por la noche, al volver á la barraca, y sentado en el suelo en un rincón, con el caldero entre las rodillas, pasaba horas enteras silencioso, moviendo á ambos lados su boca de cabra vieja, tragando cantidades enormes de alimento, que parecía imposible pudieran contenerse en un estómago humano.

Comía lo suyo, lo que había conquistado durante el día, y no se cuidaba de lo que cenaban sus hijos ni les ofrecía parte de su caldero. ¡Cada cual que engordase con su trabajo! Sus ojillos brillaban con maligna satisfacción cuando veía sobre la mesa de la familia, como único alimento, una cazuela de arroz, mientras él roía los huesos de algún pájaro cazado en el interior de un carrizal al ver lejos á los guardas.

Tono dejaba hacer su voluntad al padre. No había que pensar en someter al viejo, y el aislamiento continuaba entre él y la familia. El pequeño Tonet era el único lazo de unión. Muchas veces el nieto se aproximaba al tío _Paloma_, como si le atrajese el buen olor de su caldero.

--_Tin, pobret, tin_--decía el abuelo con cariñosa lástima, como si lo viese en la mayor miseria.

Y le regalaba un muslo de fúlica, grasiento y estoposo, sonriendo al ver cómo lo devoraba el pequeñuelo.

Cuando arreglaba algún _all y pebre_ con sus viejos amigotes en la taberna, se llevaba al nieto sin decir palabra á los padres.

Otras veces la fiesta era mayor. Por la mañana el tío _Paloma_, sintiendo la comezón de las aventuras, había desembarcado con algún camarada, tan viejo como él, en las espesuras de la Dehesa. Larga espera, tendidos sobre el vientre entre los matorrales, espiando á los guardas, ignorantes de su presencia. Así que asomaban los conejos dando saltos en torno de los tallos de la maleza, ¡fuego en ellos! dos al saco y á correr, á ganar la barca, riéndose después, desde el centro del lago, de las carreras de los guardas por la orilla buscando en vano á los cazadores furtivos. Estas audacias rejuvenecían al tío _Paloma_. Había que oirle por la noche, al guisar la caza en la taberna, entre sus amigotes que pagaban el vino, cómo se vanagloriaba de su hazaña. ¡Ningún mozo del día era capaz de hacer otro tanto! Y cuando los prudentes le hablaban de la ley y sus penalidades, el barquero erguía fieramente su busto, encorvado por los años y el manejo de la percha. Los guardas eran unos vagos, que aceptaban el empleo porque les repugnaba trabajar, y los señores que arrendaban la caza unos ladrones, que todo lo querían para ellos... La Albufera era de él y de todos los pescadores. Si hubiesen nacido en un palacio, serían reyes. Cuando Dios les había hecho nacer allí, por algo sería. Todo lo demás eran mentiras inventadas por los hombres.

Y después de devorar la cena, cuando apenas quedaba vino en los porrones, el tío _Paloma_ contemplaba al nieto dormido entre sus rodillas y se lo mostraba á los amigos. Aquel pequeño sería un verdadero hijo de la Albufera. Su educación corría á cargo suyo, para que no siguiese los malos caminos del padre. Manejaría la escopeta con asombrosa habilidad, conocería el fondo del lago como una anguila, y cuando el abuelo muriese, todos los que vinieran á cazar encontrarían la barca de otro _Paloma_, pero remozado, tal como era él cuando la misma reina venía á sentarse en su barquito, riendo sus chuscadas.

Aparte de estos enternecimientos, la animosidad del barquero contra su hijo continuaba latente. No quería ver las despreciables tierras que cultivaba, pero las tenía fijas en su memoria y reía con diabólico gozo al saber que los negocios de Tono marchaban mal. El primer año le entró salitre en los campos, cuando estaba granándose el arroz, y casi perdió la cosecha. El tío _Paloma_ relataba á todos esta desgracia con fruición; pero al notar en su familia la tristeza y alguna estrechez á causa de los gastos que habían resultado improductivos, sintió cierto enternecimiento y hasta rompió el mutismo con su hijo para aconsejarle. ¿No se había convencido aún de que era hombre de agua y no labrador? Debía dejar los campos á la gente de tierra adentro, dedicada de antiguo á destriparlos. Él era hijo de pescador, y á las redes había de volver.

Pero Tono contestó con gruñidos de mal humor, manifestando su propósito de seguir adelante, y el viejo volvió á sumergirse en su odio silencioso. ¡Ah, el testarudo!... Desde entonces deseó toda clase de calamidades para las tierras del hijo, como un medio de domar su orgullosa resistencia. Nada preguntaba en casa, pero al cruzarse su barquichuelo en el lago con las grandes barcazas que venían de la parte del Saler, se enteraba de la marcha de la cosecha y sentía cierta satisfacción cuando le anunciaban que el año sería malo. Su testarudo hijo iba á morir de hambre. Aún tendría que pedirle de rodillas, para comer, la llave del antiguo vivero con la montera de paja desfondada que tenía junto al Palmar.

Las tormentas á fines del verano le llenaban de gozo. Deseaba que se abriesen las cataratas del cielo; que viniera de orilla á orilla aquel barranco de Torrente que desaguaba en la Albufera, alimentándola; que se desbordase el lago sobre los campos, como ocurría algunas veces, quedando bajo el agua las espigas próximas á la siega. Morirían de hambre los labradores; pero no por esto le faltaría á él la pesca en el lago, y tendría el gusto de ver á su hijo royéndose los codos é implorando su protección.

Por fortuna para Tono, no se cumplían los deseos del maligno viejo. Los años volvían á ser buenos; en la barraca reinaba cierto bienestar, se comía, y el animoso trabajador soñaba, como una dicha irrealizable, con la posibilidad de cultivar algún día tierras que fuesen suyas, que no impusieran la obligación de ir una vez por año á la ciudad para entregar el producto de casi toda la cosecha.

En la vida de la familia hubo un acontecimiento. Tonet crecía y su madre estaba triste. El muchacho iba al lago con su abuelo; después, cuando fuese mayor, acompañaría á su padre á los campos, y la pobre mujer pasaba el día sola en la barraca.

Pensaba en su porvenir, y el aislamiento futuro la daba miedo. ¡Ay, si tuviese otros hijos!... Una hija era lo que con más fervor pedía á Dios. Pero la hija no venía; no podía venir, según afirmaba el tío _Paloma_. Su nuera estaba descompuesta; cosas de mujeres. La habían asistido en su parto las vecinas del Palmar, dejándola de modo que, según el viejo, cada cosa andaba por su lado. Por esto parecía siempre enferma, con un color pálido, de papel mascado, no pudiendo permanecer mucho tiempo de pie sin quejarse, andando ciertos días como si se arrastrara, con quejidos que se sorbía entre lágrimas para no molestar á los hombres.

Tono ansiaba cumplir los deseos de su mujer. No le disgustaba una niña en la casa; serviría de ayuda á la enferma. Y los dos hicieron un viaje á la ciudad, trayendo de allá una niña de seis años, una bestezuela tímida, arisca y fea, que sacaron de la casa de expósitos. Se llamaba Visanteta; pero todos, para que no olvidase su origen, con esa crueldad inconsciente de la incultura popular, la llamaron la _Borda_.

El barquero refunfuñó indignado. ¡Una boca más!... El pequeño Tonet, que tenía diez años, encontró muy de su gusto aquella chiquilla para hacerla sufrir sus caprichos y exigencias de hijo mimado y único.

La _Borda_ no encontró en la barraca otro cariño que el de aquella mujer enferma, cada vez más débil y dolorida. La infeliz se forjaba la ilusión de que tenía una hija, y por las tardes, haciéndola sentar en la puerta de la barraca, cara al sol, peinaba los rabillos rojos de su cabeza, bien untados de aceite.

Era como un perrillo vivaracho y obediente que alegraba la barraca con sus trotecitos, resignada á las fatigas, sumisa á todas las maldades de Tonet. Con un supremo esfuerzo de sus bracitos arrastraba un cántaro tan grande como ella, lleno de agua de la Dehesa, desde el canal hasta la casa. Corría al pueblo á todas horas cumpliendo los encargos de su nueva madre, y en la mesa comía con los ojos bajos, no atreviéndose á meter la cuchara hasta que todos estaban á mitad de la comida. El tío _Paloma_, con su mutismo y sus feroces ojeadas, le inspiraba gran miedo. Por la noche, como los dos cuartos estaban ocupados, uno por el matrimonio y el otro por Tonet y su abuelo, dormía junto al fogón, en medio de la barraca, sobre el barro que rezumaba á través de las lonas que la servían de lecho, tapándose con las redes de las corrientes de aire que entraban por la chimenea y por la puerta desvencijada, roída por las ratas.

Sus únicas horas de placer eran las de la tarde, cuando, en calma todo el pueblo y los hombres en la laguna ó en los campos, se sentaba ella con su madre á coser velas ó tejer redes á la puerta de la barraca. Las dos hablaban con las vecinas, en el gran silencio de la calle solitaria é irregular, cubierta de hierba, por entre la cual correteaban las gallinas y cloqueaban los ánades extendiendo al sol sus dos mangas de húmeda blancura.

Tonet ya no iba á la escuela del pueblo, casucha húmeda pagada por el Ayuntamiento de la ciudad, donde niños y niñas, en maloliente revoltijo, pasaban el día gangueando las tablas del abecedario ó entonando oraciones.

Era todo un hombre, según decía su abuelo, que le tentaba los brazos para apreciar su dureza y le golpeaba con la mano el pecho. Á su edad el tío _Paloma_ podía comer de lo que pescaba, y había disparado sobre todas las clases de pájaros que existen en la Albufera.

El muchacho siguió con gusto al abuelo en sus expediciones por tierra y agua. Aprendió á manejar la percha, pasaba como una exhalación por los canales sobre uno de los barquitos pequeños del tío _Paloma_, y cuando llegaban cazadores de Valencia se agazapaba en la proa de la barca ó ayudaba á su abuelo á manejar la vela, saltando al ribazo en los pasos difíciles para agarrar la cuerda, remolcando la embarcación.