Cañas y barro: Novela

Part 2

Chapter 23,863 wordsPublic domain

Los de tierra adentro que volvían á sus casas después de ganar los grandes jornales de la siega preguntaban quién era la tal _Sancha_ que las mujeres nombraban con cierto terror, y los del lago contaban al forastero más próximo la sencilla leyenda que todos aprendían desde pequeños.

Un pastorcillo como el que ahora caminaba por la orilla apacentaba en otros tiempos sus cabras en el mismo llano. Pero esto era muchos años antes, ¡muchos!... tantos, que ninguno de los viejos que aún vivían en la Albufera conoció al pastor: ni el mismo tío _Paloma_.

El muchacho vivía como un salvaje en la soledad, y los barqueros que pescaban en el lago le oían gritar desde muy lejos en las mañanas de calma:

--_¡Sancha! ¡Sancha!..._

_Sancha_ era una serpiente pequeña, la única amiga que le acompañaba. El mal bicho acudía á los gritos, y el pastor, ordeñando sus mejores cabras, la ofrecía un cuenco de leche. Después, en las horas de sol, el muchacho se fabricaba un caramillo cortando cañas en los carrizales y soplaba dulcemente, teniendo á sus pies al reptil, que enderezaba parte de su cuerpo y lo contraía como si quisiera danzar al compás de los suaves silbidos. Otras veces el pastor se entretenía deshaciendo los anillos de _Sancha_, extendiéndola en línea recta sobre la arena, regocijándose al ver con qué nervioso impulso volvía á enroscarse. Cuando, cansado de estos juegos, llevaba su rebaño al otro extremo de la gran llanura, seguíale la serpiente como un gozquecillo, ó enroscándose á sus piernas le llegaba hasta el cuello, permaneciendo allí caída y como muerta, con sus ojos de diamante fijos en los del pastor, erizándole el vello de la cara con el silbido de su boca triangular.

Las gentes de la Albufera le tenían por brujo, y más de una mujer de las que robaban leña en la Dehesa, al verle llegar con la _Sancha_ en el cuello hacía la señal de la cruz como si se presentase el demonio. Así comprendían todos cómo el pastor podía dormir en la selva sin miedo á los grandes reptiles que pululaban en la maleza. _Sancha_, que debía ser el diablo, le guardaba de todo peligro.

La serpiente crecía y el pastor era ya un hombre, cuando los habitantes de la Albufera no le vieron más. Se supo que era soldado y andaba peleando en las guerras de Italia. Ningún otro rebaño volvió á pastar en la salvaje llanura. Los pescadores, al bajar á tierra, no gustaban de aventurarse entre los altos juncales que cubrían las pestíferas lagunas. _Sancha_, falta de la leche con que le regalaba el pastor, debía perseguir los innumerables conejos de la Dehesa.

Transcurrieron ocho ó diez años, y un día los habitantes del Saler vieron llegar por el camino de Valencia, apoyado en un palo y con la mochila á la espalda, un soldado, un granadero enjuto y cetrino, con las negras polainas hasta encima de las rodillas, casaca blanca con bombas de paño rojo y una gorra en forma de mitra sobre el peinado en trenza. Sus grandes bigotes no le impidieron ser reconocido. Era el pastor, que volvía deseoso de ver la tierra de su infancia. Emprendió el camino de la selva costeando el lago, y llegó á la llanura pantanosa donde en otros tiempos guardaba sus reses. Nadie. Las libélulas movían sus alas sobre los altos juncos con suave zumbido, y en las charcas ocultas bajo los matorrales chapoteaban los sapos, asustados por la proximidad del granadero.

--_¡Sancha! ¡Sancha!_--llamó suavemente el antiguo pastor.

Silencio absoluto. Hasta él llegaba la soñolienta canción de un barquero invisible que pescaba en el centro del lago.

--_¡Sancha! ¡Sancha!_--volvió á gritar con toda la fuerza de sus pulmones.

Y cuando hubo repetido su llamamiento muchas veces, vió que las altas hierbas se agitaban y oyó un estrépito de cañas tronchadas, como si se arrastrase un cuerpo pesado. Entre los juncos brillaron dos ojos á la altura de los suyos y avanzó una cabeza achatada, moviendo la lengua de horquilla, con un bufido tétrico que pareció helarle la sangre, paralizar su vida. Era _Sancha_, pero enorme, soberbia, levantándose á la altura de un hombre, arrastrando su cola entre la maleza hasta perderse de vista, con la piel multicolor y el cuerpo grueso como el tronco de un pino.

--_¡Sancha!_--gritó el soldado retrocediendo á impulsos del miedo--. ¡Cómo has crecido!... ¡Qué grande eres!

É intentó huir. Pero la antigua amiga, pasado el primer asombro, pareció reconocerle y se enroscó en torno de sus hombros, estrechándolo con un anillo de su piel rugosa sacudida por nerviosos estremecimientos. El soldado forcejeó.

--¡Suelta, _Sancha_, suelta! No me abraces. Eres demasiado grande para estos juegos.

Otro anillo oprimió sus brazos, agarrotándolos. La boca del reptil le acariciaba como en otros tiempos; su aliento le agitaba el bigote, causándole un escalofrío angustioso, y mientras tanto los anillos se contraían, se estrechaban, hasta que el soldado, asfixiado, crujiéndole los huesos, cayó al suelo envuelto en el rollo de pintados anillos.

Á los pocos días unos pescadores encontraron su cadáver: una masa informe, con los huesos quebrantados y la carne amoratada por el irresistible apretón de _Sancha_. Así murió el pastor, víctima de un abrazo de su antigua amiga.

En la barca correo reían los forasteros oyendo el cuento, mientras las mujeres agitaban sus pies con cierta inquietud, creyendo que lo que rebullía cerca de sus faldas con sordos gemidos era la _Sancha_, refugiada en el fondo de la embarcación.

Terminaba el lago. Otra vez la barca penetraba en una red de canales, y lejos, muy lejos, sobre el inmenso arrozal, se destacaban las casas del Saler, el pueblecito de la Albufera más cercano á Valencia, con el puerto ocupado por innumerables barquichuelos y grandes barcas que cortaban el horizonte con sus mástiles sin labrar, semejantes á pinos mondados.

Terminaba la tarde. La barca deslizábase con menos velocidad por las aguas muertas del canal. La sombra de la vela pasaba como una nube sobre los arrozales enrojecidos por la puesta del sol, y en el ribazo marcábanse sobre un fondo anaranjado las siluetas de los pasajeros.

Continuamente pasaban moviendo la percha gentes que volvían de sus campos, de pie en los barquichuelos negros, pequeñísimos, con la borda casi á ras del agua. Estos esquifes eran los caballos de la Albufera. Desde la niñez, todos los nacidos en aquella tribu lacustre aprendían á manejarlos. Eran indispensables para trabajar en el campo, para ir á la casa del vecino, para ganarse la vida. Tan pronto pasaba por el canal un niño, como una mujer, ó un viejo, todos moviendo la percha con ligereza, apoyándola en el fondo fangoso para hacer resbalar sobre las aguas muertas el zapato que les servía de embarcación.

En las acequias inmediatas se deslizaban otros barquitos, invisibles tras los ribazos, y por encima de las malezas avanzaban los bateleros con el tronco inmóvil, corriendo á impulsos de sus puños.

De vez en cuando los del correo veían abrirse en los ribazos anchas brechas, por las que se esparcían sin ruido ni movimiento las aguas del canal, durmiendo bajo una capa de verdura viscosa y flotante. Suspendidas de estacas cerraban estas entradas las redes para las anguilas. Al aproximarse la barca, saltaban de las tierras de arroz ratas enormes, desapareciendo en el barro de las acequias.

Los que antes se habían enardecido con venatorio entusiasmo ante los pájaros del lago, sentían renacer su furia viendo las ratas de los canales. ¡Qué buen escopetazo! ¡Magnífica cena para la noche!...

La gente de tierra adentro escupía con expresión de asco, entre las risas y protestas de los de la Albufera. ¡Un bocado delicioso! ¿Cómo podían hablar si nunca lo habían probado? Las ratas de la marjal sólo comían arroz; eran plato de príncipe. No había más que verlas en el mercado de Sueca, desolladas, pendientes á docenas de sus largos rabos en las mesas de los carniceros. Las compraban los ricos; la aristocracia de las poblaciones de la Ribera no comía otra cosa. Y _Cañamèl_, como si por su calidad de rico creyese indispensable decir algo, cesaba de gemir para asegurar gravemente que sólo conocía en el mundo dos animales sin hiel: la paloma y la rata; con esto quedaba dicho todo.

La conversación se animó. Las demostraciones de repugnancia de los forasteros servían para enardecer á los de la Albufera. El envilecimiento físico de la gente lacustre, la miseria de un pueblo privado de carne, que no conoce más reses que las que ve correr de lejos en la Dehesa y vive condenado toda su vida á nutrirse con anguilas y peces de barro, se revelaba en forma bravucona, con el visible deseo de asombrar á los forasteros ensalzando la valentía de sus estómagos. Las mujeres enumeraban las excelencias de la rata en el arroz de la paella; muchos la habían comido sin saberlo, asombrándose con el sabor de una carne desconocida. Otros recordaban los guisados de serpiente, ensalzando sus rodajas blancas y dulces, superiores á las de la anguila, y el barquero desorejado rompió el mutismo de todo el viaje para recordar cierta gata recién parida que había cenado él con otros amigos en la taberna de _Cañamèl_, arreglada por un marinero que después de correr mucho mundo tenía manos de oro para estos guisos.

Comenzaba á anochecer. Los campos se ennegrecían. El canal tomaba una blancura de estaño á la tenue luz del crepúsculo. En el fondo del agua brillaban las primeras estrellas, temblando con el paso de la barca.

Estaban próximos al Saler. Sobre los tejados de las barracas erguíase entre dos pilastras el esquilón de la casa de la _Demaná_, donde se reunían cazadores y barqueros la víspera de las tiradas para escoger los puestos. Junto á la casa se veía una enorme diligencia, que había de conducir á la ciudad á los pasajeros del correo.

Cesaba la brisa, la vela caía desmayada á lo largo del mástil, y el desorejado empuñaba la percha, apoyándose en los ribazos para empujar la embarcación.

Pasó con dirección al lago una barca pequeña cargada de tierra. Una muchacha perchaba briosamente en la proa, y en el otro extremo la ayudaba un joven con un gran sombrero de jipijapa.

Todos los conocieron. Eran los hijos del tío Tòni, que llevaban tierra á su campo: la _Borda_, aquella expósita infatigable, que valía más que un hombre, y Tonet el _Cubano_, el nieto del tío _Paloma_, el mozo más guapo de toda la Albufera, un hombre que había visto mundo y tenía algo que contar.

--¡Adiós, _Bigòt_!--le gritaron familiarmente.

Le daban tal apodo á causa del bigote que sombreaba su rostro moreno, adorno desusado en la Albufera, donde todos llevan rasurado el rostro. Otros le preguntaban con irónico asombro desde cuándo trabajaba.

Se alejó el barquito, sin que Tonet, que había lanzado una rápida ojeada á los pasajeros, pareciese oir las bromas.

Muchos miraron con cierta insolencia á _Cañamèl_, permitiéndose las mismas bromas brutales que se usaban en su taberna... ¡Ojo, tío Paco! ¡Él iba á Valencia, mientras Tonet pasaría la noche en el Palmar!...

El tabernero fingió al principio no oirles, hasta que, cansado de sufrir, se enderezó con nervioso impulso, pasando por sus ojos una chispa de ira. Pero la masa grasienta del cuerpo pareció gravitar sobre su voluntad, y se encogió en el banco, como aplastado por el esfuerzo, gimiendo otra vez dolorosamente y murmurando entre quejidos:

--_¡Indesents!... ¡indesents!..._

II

La barraca del tío _Paloma_ se alzaba á un extremo del Palmar.

Un gran incendio había dividido la población, cambiando su aspecto. Medio Palmar fué devorado por las llamas. Las barracas de paja se convirtieron rápidamente en cenizas, y sus dueños, queriendo vivir en adelante sin miedo al fuego, construyeron edificios de ladrillo en los solares calcinados, empeñando muchos de ellos su escasa fortuna para traer los materiales, que resultaban costosos después de atravesar el lago. La parte del pueblo que sufrió el incendio se cubrió de casitas, con las fachadas pintadas de rosa, verde ó azul. La otra parte del Palmar conservó el primitivo carácter, con las techumbres de sus barracas redondas por los dos frentes, como barcos puestos á la inversa sobre las paredes de barro.

Desde la plazoleta de la iglesia hasta el final de la población por la parte de la Dehesa, se extendían las barracas, separadas unas de otras por miedo al incendio, como sembradas al azar.

La del tío _Paloma_ era la más antigua. La había construído su padre en los tiempos en que no se encontraba en la Albufera un ser humano que no temblase de fiebre.

Los matorrales llegaban entonces hasta las paredes de las barracas. Desaparecían las gallinas en la misma puerta de la casa, según contaba el tío _Paloma_, y cuando volvían á presentarse, semanas después, llevaban tras ellas un cortejo de polluelos recién nacidos. Aún se cazaban nutrias en los canales y la población del lago era tan escasa, que los barqueros no sabían qué hacer de la pesca que llenaba sus redes. Valencia estaba para ellos al otro extremo del mundo, y sólo venía de allá el mariscal Suchet, nombrado por el rey José duque de la Albufera y señor del lago y de la selva, con todas sus riquezas.

Su recuerdo era el más remoto en la memoria del tío _Paloma_. El viejo aún creía verle con el cabello alborotado y las anchas patillas, vestido con redingot gris y sombrero redondo, rodeado de hombres de uniformes vistosos que le cargaban las escopetas. El mariscal cazaba en la barca del padre del tío _Paloma_, y el chiquitín, agazapado en la proa, le contemplaba con admiración. Muchas veces reía del chapurrado lenguaje con que se expresaba el caudillo lamentando el atraso del país ó comentaba los sucesos de una guerra contra españoles é ingleses, de la que en el lago sólo se tenían vagas noticias.

Una vez fué con su padre á Valencia para regalar al duque de la Albufera una anguila maresa, notable por su tamaño, y el mariscal los recibió riendo, puesto de gran uniforme, deslumbrante de bordados de oro, en medio de oficiales que parecían satélites de su esplendor.

Cuando el tío _Paloma_ fué hombre y, muerto su padre, se vió dueño de la barraca y dos barcas, ya no existían duques de la Albufera, sino bailíos, que la gobernaban en nombre del rey su amo; excelentes señores de la ciudad que nunca venían al lago, dejando á los pescadores merodear en la Dehesa y cazar con entera libertad los pájaros que se criaban en los carrizales.

Aquellas fueron las épocas buenas, y cuando el tío _Paloma_ las recordaba con su voz cascada de anciano en las tertulias de la taberna de _Cañamèl_, la gente joven se estremecía de entusiasmo. Se pescaba y cazaba al mismo tiempo, sin miedo á guardas ni multas. Al llegar la noche volvía la gente á casa con docenas de conejos cogidos con hurón en la Dehesa, y á más de esto, cestas de pescado y ristras de aves cazadas en los cañares. Todo era del rey, y el rey estaba lejos. No era como ahora, que la Albufera pertenecía al Estado (¡quién sería este señor!) y había contratistas de la caza y arrendatarios de la Dehesa, y los pobres no podían disparar un tiro ni recoger un haz de leña sin que al momento surgiese el guarda con la bandolera sobre el pecho y la carabina apuntada.

El tío _Paloma_ había conservado las preeminencias de su padre. Era el primer barquero del lago, y no llegaba á la Albufera un personaje que no lo llevase él á través de las isletas de cañas mostrándole las curiosidades del agua y la tierra. Recordaba á Isabel II joven, llenando con sus anchas faldas toda la popa del engalanado barquito y moviendo su busto de buena moza á cada impulso de la percha del barquero. Reía la gente recordando su viaje por el lago con la emperatriz Eugenia. Ella en la proa, esbelta, vestida de amazona, con la escopeta siempre pronta, derribando los pájaros que hábiles ojeadores hacían surgir á bandadas de los cañares con palos y gritos; y en el extremo opuesto, el tío _Paloma_, socarrón, malicioso, con la vieja escopeta entre las piernas, matando las aves que escapaban á la gran dama y avisándola en un castellano fantástico la presencia de los _collvèrts_: «¡Su Majestad... ojo! Por detrás le entra un _collovierde_.»

Todos los personajes quedaban satisfechos del viejo barquero. Era insolente, con la rudeza de un hijo de la laguna; pero la adulación que faltaba á su lengua la encontraba en su escopeta, arma venerable, llena de composturas, hasta el punto de no saberse qué quedaba en ella de la primitiva fabricación. El tío _Paloma_ era un tirador prodigioso. Los embusteros del lago mentían á sus expensas, llegando á afirmar que una vez había muerto cuatro fúlicas de un tiro. Cuando quería halagar á un personaje mediano tirador, se colocaba tras él en la barca y disparaba al mismo tiempo con tal precisión, que las dos detonaciones se confundían, y el cazador, viendo caer las piezas, se asombraba de su habilidad, mientras el barquero, á sus espaldas, movía el hocico maliciosamente.

Su mejor recuerdo era el general Prim. Lo había conocido en una noche tempestuosa llevándolo en su barca á través del lago. Eran los tiempos de desgracia. Los miñones andaban cerca; el general iba disfrazado de obrero y huía de Valencia después de haber intentado sin éxito sublevar la guarnición. El tío _Paloma_ lo condujo hasta el mar, y cuando volvió á verle, años después, era jefe del gobierno y el ídolo de la nación. Abandonando la vida política, escapaba de Madrid alguna vez para cazar en el lago, y el tío _Paloma_, audaz y familiarote después de la pasada aventura, le reñía como á un muchacho si marraba el tiro. Para él no existían grandezas humanas: los hombres se dividían en buenos y malos cazadores. Cuando el héroe disparaba sin hacer blanco, el barquero se enfurecía hasta tutearle. «General de... mentiras. ¿Y él era el valiente que tantas cosas había hecho allá en Marruecos?... Mira, mira y aprende.» Y mientras reía el glorioso discípulo, el barquero disparaba su escopetucho casi sin apuntar y una fúlica caía en el agua hecha una pelota.

Todas estas anécdotas daban al tío _Paloma_ un prestigio inmenso entre la gente del lago. ¡Lo que aquel hombre hubiese sido de querer abrir la boca pidiendo algo á sus parroquianos!... Pero él siempre cazurro y malhablado; tratando á los personajes como camaradas de taberna; haciéndolos reir con sus insolencias en los momentos de mal humor ó con frases bilingües y retorcidas cuando quería mostrarse amable.

Estaba contento de su existencia, y eso que cada vez era más dura y difícil, conforme entraba en años. ¡Barquero, siempre barquero! Despreciaba á las gentes que cultivaban las tierras de arroz. Eran _labradores_, y para él esta palabra significaba el mayor insulto.

Enorgullecíase de ser hombre de agua, y muchas veces prefería seguir las revueltas de los canales antes que acortar distancias marchando por los ribazos. No pisaba voluntariamente otra tierra que la de la Dehesa, para disparar unos cuantos escopetazos á los conejos, huyendo á la aproximación de los guardas, y por su gusto hubiese comido y dormido dentro de la barca, que era para él lo que el caparazón de un animal acuático. Los instintos de las primitivas razas lacustres revivían en el viejo.

Para ser feliz sólo le faltaba carecer de familia, vivir como un pez del lago ó un pájaro de los carrizales, haciendo su nido hoy en una isleta y mañana en un cañar. Pero su padre se había empeñado en casarlo. No quería ver abandonada aquella barraca, que era obra suya, y el bohemio de las aguas vióse forzado á vivir en sociedad con sus semejantes, á dormir bajo una techumbre de paja, á pagar su parte para el mantenimiento del cura y á obedecer al alcaldillo pedáneo de la isla, siempre algún sinvergüenza--según decía él--, que para no trabajar buscaba la protección de los señorones de la ciudad.

De su esposa apenas si retenía en la memoria una vaga imagen. Había pasado junto á él rozando muchos años de su vida, sin dejarle otros recuerdos que su habilidad para remendar las redes y el garbo con que amasaba el pan de la semana todos los viernes, llevándolo á un horno de cúpula redonda y blanca, semejante á un hormiguero africano, que se alzaba en un extremo de la isla.

Habían tenido muchos hijos, muchísimos; pero menos uno, todos habían muerto _oportunamente_. Eran seres blancuzcos y enfermizos, engendrados con el pensamiento puesto en la comida, por padres que se ayuntaban sin otro deseo que transmitirse el calor, estremecidos por los temblores de la fiebre palúdica. Parecían nacer llevando en sus venas en vez de sangre el escalofrío de las tercianas. Unos habían muerto de consunción, debilitados por el alimento insípido de la pesca de agua dulce, otros se ahogaron cayendo en los canales cercanos á la casa, y si sobrevivió uno, el menor, fué por agarrarse tenazmente á la vida, con ansia loca de subsistir, afrontando las fiebres y chupando en los pechos flácidos de su madre la escasa substancia de un cuerpo eternamente enfermo.

El tío _Paloma_ encontraba estas desgracias lógicas é indispensables. Había que alabar al Señor, que se acuerda de los pobres. Era repugnante ver cómo se aumentaban las familias en la miseria, y sin la bondad de Dios, que de vez en cuando aclaraba esta peste de chiquillos, no quedaría en el lago comida para todos y tendrían que devorarse unos á otros.

Murió la mujer del tío _Paloma_ cuando éste, anciano ya, se veía padre de un chicuelo de siete años. El barquero y su hijo Tono quedaron solos en la barraca. El muchacho era juicioso y trabajador como su madre. Guisaba la comida, reparaba los desperfectos de la barraca y tomaba lecciones de las vecinas para que su padre no notase la ausencia de una mujer en la vivienda. Todo lo hacía con gravedad, como si la terrible lucha sostenida para subsistir hubiese dejado en él un rastro inextinguible de tristeza.

El padre se mostraba satisfecho cuando marchaba hacia la barca seguido por el muchacho casi oculto bajo el montón de redes. Crecía rápidamente, sus fuerzas eran cada vez mayores, y el tío _Paloma_ enorgullecíase viendo con qué impulso sacaba los _mornells_ del agua ó hacía deslizarse la barca sobre el lago.

--Es el hombre más hombre de toda la Albufera--decía á sus amigos--. Su cuerpo _se la venga_ ahora de las enfermedades que sufrió de pequeño.

Las mujeres del Palmar alababan no menos sus sanas costumbres. Ni locuras con los jóvenes que se congregaban en la taberna, ni juegos con ciertos perdidos que, una vez terminada la pesca, se tendían panza abajo sobre los juncos, á espaldas de cualquier barraca, y pasaban las horas manejando una baraja mugrienta.

Siempre serio y pronto para el trabajo, Tono no daba á su padre el más leve disgusto. El tío _Paloma_, que no podía pescar acompañado, pues al menor descuido se enfurecía é intentaba pegar al camarada, jamás reñía á su hijo, y cuando, entre bufidos de mal humor, intentaba darle una orden, ya el muchacho, adivinándola, había puesto manos á la obra.

Cuando Tono fué un hombre, su padre, aficionado á la vida errante y rebelde á la existencia de familia, experimentó los mismos deseos que el primitivo tío _Paloma_. ¿Qué hacían aislados los dos hombres en la soledad de la vieja barraca? Le repugnaba ver á su hijo, un hombretón ancho y forzudo, inclinarse ante el hogar, en el centro de la barraca, soplando el fuego y preparando la cena. Muchas veces sentía remordimiento contemplando sus manos cortas y velludas, con dedos de hierro, fregando las cazuelas y haciendo saltar con un cuchillo las escamas duras, de reflejos metálicos, de los peces del lago.