Part 18
Pero inmediatamente retrocedían, heridos por el hedor del lecho de inmundicias en que se revolvía el enfermo. Algunos, más animosos, llegaban hasta él para bromear con brutal ironía, invitándolo á beber la última copa en casa de _Cañamèl_; pero el enfermo sólo contestaba con un ligero mugido y cerraba los ojos, sumiéndose de nuevo en su sopor, cortado por vómitos y estremecimientos. Á media noche el vagabundo quedó abandonado.
Tonet no quiso ver á su antiguo compañero. Había vuelto á la taberna, después de un largo sueño en la barca; sueño profundo, embrutecedor, rasgado á trechos por rojas pesadillas y arrullado por las descargas de los cazadores, que rodaban en su cerebro como truenos interminables.
Al entrar se sorprendió viendo á Neleta sentada ante los toneles, con una palidez de cera, pero sin la menor inquietud en sus ojos, como si hubiese pasado la noche tranquilamente. Tonet se asombraba ante la fuerza de ánimo de su amante.
Cambiaron una mirada profunda de inteligencia, como miserables que se sienten unidos con nueva fuerza por la complicidad.
Después de larga pausa, ella se atrevió á preguntarle. Quería saber cómo había cumplido su encargo. Y él contestó, con la cabeza inclinada y los ojos bajos, cual si todo el pueblo le contemplase... Sí; lo había dejado en lugar seguro. Nadie podría descubrirlo.
Tras estas palabras, cambiadas con rapidez, los dos quedaron silenciosos, pensativos: ella tras el mostrador, él sentado en la puerta, de espaldas á Neleta, evitando verla. Parecían anonadados, como si gravitase sobre ellos un peso inmenso. Temían hablarse, pues el eco de su voz parecía avivar los recuerdos de la noche anterior.
Habían salido de la situación difícil: ya no corrían ningún peligro. La animosa Neleta se asombraba de la facilidad con que todo se había resuelto. Débil y enferma, encontraba ánimos para permanecer en su sitio; nadie podía sospechar lo ocurrido durante la noche, y sin embargo, los amantes se sentían súbitamente alejados. Algo se había roto para siempre entre los dos. El vacío que dejaba al desaparecer aquel pequeñuelo apenas visto se agrandaba inmensamente, aislando á los dos miserables. Pensaban que en adelante no tendrían más aproximación que la mirada que cruzasen recordando su antiguo crimen. Y en Tonet aún era más grande la inquietud al recordar que ella desconocía la verdadera suerte del pequeño.
Al llegar la noche se llenó la taberna de barqueros y cazadores que volvían á sus tierras de la Ribera, mostrando los manojos de pájaros muertos, ensartados por el pico. ¡Gran tirada! Todos bebían, comentando la suerte de determinados cazadores y la brutal hazaña de _Sangonera_. Tonet iba de grupo en grupo, con el deseo de distraerse, discutiendo y bebiendo en todos los corrillos. Su propósito de olvidar por medio de la embriaguez le hacía beber y beber con forzada alegría, y los amigos celebraban el buen humor del _Cubano_. Nunca le habían visto tan alegre.
El tío _Paloma_ entró en la taberna y sus ojillos escudriñadores se fijaron en Neleta.
--_¡Reina!... ¡Qué blanca! ¿Es que estás mala?..._
Neleta habló vagamente de una jaqueca que no la había dejado dormir, mientras el viejo guiñaba sus ojos maliciosamente, uniendo la mala noche á la fuga inexplicable de su nieto. Después se encaró con éste. Le había puesto en ridículo ante aquel señor de Valencia. Su conducta no era digna de un barquero de la Albufera. Con menos motivo había dado de bofetadas á más de uno en sus buenos tiempos. Sólo á un perdido como él podía ocurrírsele convertir en barquero á _Sangonera_, que había reventado de hartura apenas lo dejaron solo.
Tonet se excusó. Tiempo le quedaba de servir á aquel señor. Dentro de dos semanas sería la fiesta de Santa Catalina, y Tonet se prestaba á ser su barquero. El tío _Paloma_, aplacando su cólera ante las explicaciones del nieto, dijo que ya había invitado á don Joaquín á una cacería en los carrizales del Palmar. Vendría á la semana siguiente, y él y Tonet serían sus barqueros. Había que contentar á la gente de Valencia, para que la Albufera tuviera siempre buenos aficionados. Si no, ¿qué sería de la gente del lago?
Aquella noche se emborrachó Tonet, y en vez de subir á la habitación de Neleta se quedó roncando junto al hogar. Ninguno de los dos se buscó; parecían huir uno del otro, encontrando cierto alivio en su aislamiento. Temblaban de verse juntos en la habitación. Temían que resucitase el recuerdo de aquel ser que había pasado entre los dos como el lamento de una vida inmediatamente sofocada.
Al día siguiente Tonet volvió á embriagarse. No quería verse á solas con su razón: necesitaba embrutecerla con el alcohol para conservarla muda y dormida.
Llegaban á la taberna nuevas noticias sobre el estado de _Sangonera_. Se moría sin remedio. Los hombres habían vuelto á sus faenas y las mujeres que entraban en la barraca del vagabundo reconocían la impotencia de sus remedios. Las más viejas explicaban la enfermedad á su modo. Se le había podrido el tapón de alimentos que cerraba la boca de su estómago. No había más que ver cómo se le hinchaba el vientre.
Llegó el médico de Sollana en una de sus visitas semanales, y lo llevaron á la barraca de _Sangonera_. El jornalero de la ciencia movió la cabeza negativamente. Nada quedaba que hacer. Era una apendicitis mortal: la consecuencia de un abuso extraordinario que llenaba de asombro al médico. Y por el pueblo repetían lo de la apendicitis, recreándose las mujeres en pronunciar una palabra tan extraña para ellas.
El vicario don Miguel creyó llegado el momento de entrar en la barraca de aquel renegado. Nadie como él sabía despachar á la gente con prontitud y franqueza.
--_¡Che!_--dijo desde la puerta--. _¿Tú eres cristiá?_
_Sangonera_ hizo un gesto de asombro. ¿Que si era cristiano? Y como escandalizado por la pregunta, miró al techo de su barraca, acariciando con arrobamiento y esperanza el pedazo de cielo azul que se veía por los desgarrones de la cubierta.
¡Bueno, pues; entre hombres fuera mentiras! continuó el vicario. Debía confesarse, porque iba á morir... Ni más ni menos. Aquel cura de escopeta no usaba rodeos con sus feligreses.
Por los ojos del vagabundo pasó una expresión de terror. Su existencia, llena de miserias, se le apareció con todo el encanto de la libertad sin límites. Vió el lago con sus aguas resplandecientes; la Dehesa rumorosa, con sus espesuras perfumadas, llena de flores silvestres, y hasta el mostrador de _Cañamèl_, ante el cual soñaba, contemplando la vida de color de rosa al través de los vasos... ¡Y todo aquello iba á abandonarlo!... De sus ojos vidriosos comenzaron á rodar lágrimas. No había remedio: le llegaba la hora de morir. Contemplaría en otro mundo mejor la sonrisa celestial, de inmensa misericordia, que una noche le acarició junto al lago.
Y con repentina tranquilidad, entre náuseas y crispamientos, confesó en voz baja al sacerdote sus raterías contra los pescadores, tan innumerables que no podía recordarlas más que en masa. Junto con sus pecados revelaba sus esperanzas: su fe en Cristo, que vendría nuevamente á salvar á los pobres; su encuentro misterioso de cierta noche en la orilla del lago. Pero el vicario le interrumpía con rudeza:
--_Sangonera, menos romansos. ¡Tú delires!... La veritat... digues la veritat._
La verdad ya la había dicho. Todos sus pecados consistían en huir del trabajo, por creer que era contrario á los mandatos del Señor. Una vez se había resignado á ser como los demás, á prestar sus brazos á los hombres, poniéndose en contacto con la riqueza y sus comodidades, y ¡ay! pagaba esta inconsecuencia con la vida.
Todas las mujeres del Palmar se mostraron enternecidas por el final del vagabundo. Había vivido como un hereje después de su fuga de la iglesia, pero moría como un cristiano. Su enfermedad no le permitía recibir al Señor, y el vicario le administró el último sacramento, manchándose la sotana con sus vómitos.
Sólo entraban en la barraca algunas viejas animosas que se dedicaban por abnegación á amortajar á todos los que morían en el pueblo. En la choza era insoportable el hedor. La gente hablaba con misterio y asombro de la agonía de _Sangonera_. Desde el día anterior no eran alimentos lo que arrojaba su boca. Era algo peor: y las vecinas, apretándose las narices, se lo imaginaban tendido en la paja, rodeado de inmundicias.
Murió al tercer día de enfermedad, con el vientre hinchado, la cara crispada, las manos contraídas por el sufrimiento y la boca dilatada de oreja á oreja por las últimas convulsiones.
Las mujeres más ricas del Palmar, que frecuentaban el presbiterio, sentían tierna conmiseración por aquel infeliz que se había reconciliado con el Señor después de una vida de perro. Quisieron que emprendiese dignamente el último viaje, y marcharon á Valencia para los preparativos del entierro, gastando una cantidad que jamás había visto _Sangonera_ en vida.
Lo vistieron con un hábito religioso, dentro de un ataúd blanco con galones de plata, y el vecindario desfiló ante el cadáver del vagabundo.
Sus antiguos compañeros se frotaban los ojos enrojecidos por el alcohol, conteniendo la risa que les causaba ver á su amigote tan limpio, en una caja de soltero y vestido de fraile. Hasta su muerte parecía cosa de broma. ¡Adiós, _Sangonera_!... ¡Ya no se vaciarían los _mornells_ antes de la llegada de sus dueños; ya no se adornaría con las flores de los ribazos como un pagano ebrio! Había vivido libre y feliz, sin las fatigas del trabajo, y hasta en el trance de la muerte sabía marchar al otro mundo con aparato de rico, á costa de los demás.
Á media noche metieron el féretro en el _carro de las anguilas_, entre los cestones de la pesca, y el sacristán del Palmar, con otros tres amigos, condujo el cadáver al cementerio, deteniéndose en todas las tabernas del camino.
Tonet no se dió exacta cuenta de la muerte de su compañero. Vivía entre tinieblas, siempre bebiendo, y la embriaguez causaba en él un mutismo profundo. El miedo contenía su verbosidad, temiendo hablar demasiado.
--_¡Sangonera ha mòrt! ¡El teu compañero!_--le decían en la taberna.
Él contestaba con gruñidos, bebiendo y dormitando, mientras los parroquianos atribuían su silencio á la pena por la muerte del camarada.
Neleta, blanca y triste, como si á todas horas pasase y repasase un fantasma ante sus ojos, pretendía evitar que su amante bebiera.
--_Tonet, no begues_--decía con dulzura.
Y se asustaba ante el gesto de rebelión, de sorda cólera con que la contestaba el borracho. Adivinaba que su imperio sobre aquella voluntad se había desvanecido. Algunas veces veía brillar en sus ojos un odio naciente, una animosidad de esclavo resuelto á chocar con el antiguo opresor, aniquilándolo.
No prestaba atención á Neleta, y llenaba su vaso en todos los toneles de la casa. Cuando le sorprendía el sueño, tendíase en cualquier rincón, y allí permanecía como muerto, mientras la _Centella_, con el dulce instinto de los perros, acariciaba su rostro y sus manos.
Tonet no quería que despertase su pensamiento. Tan pronto como la embriaguez comenzaba á desvanecerse, sentía una inquietud penosa. Las sombras de los que entraban en la taberna, al proyectarse en el suelo, le hacían levantar la cabeza con alarma, como si temiese la aparición de alguien que turbaba sus sueños con el escalofrío del terror. Necesitaba reanudar la embriaguez, no salir de su estado de embrutecimiento, que le amodorraba el alma embotando sus sensaciones.
Al través de los velos con que la embriaguez envolvía su pensamiento, todo le parecía lejano, difuso, borroso. Creía que iban transcurridos muchos años desde aquella noche pasada en el lago; la última de su existencia de hombre, la primera de una vida de sombras, que atravesaba á tientas, con el cerebro obscurecido por el alcohol. El recuerdo de aquella noche le hacía temblar apenas se sentía libre de la embriaguez. Solamente borracho podía tolerar este recuerdo, viéndolo indeciso, como una de esas vergüenzas lejanas cuya evocación duele menos perdida en las brumas del pasado.
Su abuelo vino á sorprenderle en este embrutecimiento. El tío _Paloma_ aguardaba al día siguiente la llegada de don Joaquín para una cacería en los carrizales. ¿Quería cumplir el nieto su palabra? Neleta le instó á que aceptase. Estaba enfermo, le convenía distraerse, llevaba más de una semana sin salir de la taberna. El _Cubano_ se sintió atraído por la promesa de un día de agitación. Su entusiasmo de cazador volvió á renacer. ¿Iba á vivir siempre lejos del lago?
Pasó el día cargando cartuchos, limpiando la magnífica escopeta del difunto _Cañamèl_; y ocupado en esto bebió menos. La _Centella_ saltaba en torno de él, ladrando de alegría al ver los preparativos.
Á la mañana siguiente se presentó el tío _Paloma_, trayendo en el barquito á don Joaquín con todos sus arreos vistosos de cazador.
El viejo estaba impaciente y daba prisa á su nieto. Sólo quería detenerse el tiempo preciso para que el señor tomase un bocado, y en seguida á los carrizales. Había que aprovechar la mañana.
Al poco rato partieron: Tonet delante, llevando la _Centella_ en su barquito como un mascarón de proa, y á continuación la barca del tío _Paloma_, donde don Joaquín examinaba con asombro la escopeta del viejo, aquella arma famosa llena de remiendos, de la que tantas proezas se contaban en el lago.
Los dos barquitos salieron á la Albufera. Tonet, viendo que su abuelo perchaba hacia la izquierda, quiso saber dónde iban. El viejo se asombró de la pregunta. Iban al _Bolodró_, la _mata_ más grande de las inmediatas al pueblo. Allí abundaban más que en otros puntos los gallos de cañar y las pollas de agua. Tonet quería ir lejos; á las _matas_ del centro del lago. Y entre los dos barqueros comenzó una empeñada discusión. Pero el viejo acabó por imponerse, y Tonet tuvo que seguirle de mala voluntad, moviendo sus hombros como resignado.
Los dos barquitos entraron en un callejón de agua entre los altos carrizos. La anea crecía á manojos entre los _senills_; las cañas se confundían con los juncos, y las plantas trepadoras, con sus campanillas blancas y azules, se enredaban en esta selva acuática formando guirnaldas. La confusa maraña de raíces daba una apariencia de solidez á los macizos de cañas. En el callejón, el agua mostraba en su fondo extrañas vegetaciones que subían hasta la superficie, no sabiéndose en ciertos momentos si navegaban los barquitos ó se arrastraban sobre campos verdosos cubiertos por un débil cristal.
El silencio de la mañana era profundo en este rincón de la Albufera, que aún parecía más salvaje á la luz del sol: de vez en cuando un chillido de pájaro en la espesura; un ruido de burbujas en el agua, delatando la presencia de bichos ocultos entre las viscosidades del fondo.
Don Joaquín preparaba la escopeta, esperando que pasasen los pájaros de un lado á otro del espeso carrizal.
--_Tonet, dona una vòlta_--ordenó el viejo.
Y el _Cubano_ salió con su barquito á toda percha para rodar en torno de la _mata_, sacudiendo las cañas á fin de que, asustados los pájaros, se trasladasen de una punta á otra del carrizal.
Tardó más de diez minutos en dar la vuelta al cañar. Cuando volvió al lado de su abuelo ya disparaba don Joaquín contra los pájaros que, inquietos y asustados, cambiaban de guarida, pasando por el espacio descubierto.
Asomábanse las pollas á aquel callejón desprovisto de cañas, que dejaba su paso al descubierto. Dudaban un momento en arriesgarse, pero por fin, unas volando y las otras á nado, pasaban la vía de agua, y en el mismo momento alcanzábalas el disparo del cazador.
En este espacio angosto el tiro era seguro, y don Joaquín gozaba las satisfacciones de un gran tirador, viendo la facilidad con que abatía las piezas. La _Centella_ se arrojaba del barquito, alcanzaba á nado los pájaros, todavía vivos, y los traía con expresión triunfante hasta las manos del cazador. La escopeta del tío _Paloma_ no estaba inactiva. El viejo tenía empeño en halagar al parroquiano, adulándole á tiros, como era su costumbre. Cuando veía un pájaro próximo á escapar, disparaba, haciendo creer al burgués que era él quien lo había derribado.
Pasó á nado una hermosa zarceta, y por pronto que tiraron don Joaquín y el tío _Paloma_, desapareció en el carrizal.
--_¡Va ferida!_--gritó el viejo barquero.
El cazador mostrábase contrariado. ¡Qué lástima! Moriría entre las cañas, sin que pudiesen recogerla...
--_¡Búscala, Sentella!... ¡Búscala!_--gritó Tonet á su perra.
_Centella_ se arrojó de la barca, lanzándose en el carrizal con gran estrépito de las cañas, que se abrían á su paso.
Tonet sonreía, seguro del éxito: la perra traería el pájaro. Pero el abuelo mostraba cierta incredulidad. Aquellas aves las herían en una punta de la Albufera, y como ganasen el cañar, iban á morir al extremo opuesto. Además, la perra era una antigualla como él. En otros tiempos, cuando la compró _Cañamèl_, valía cualquier cosa, pero ahora no había que confiar en su olfato. Tonet, despreciando las opiniones de su abuelo, se limitaba á repetir:
--_¡Ya vorá vosté!... ¡Ya vorá vosté!_
Se oía el chapoteo de la perra en el fango del carrizal, tan pronto inmediato como lejano, y los hombres seguían en el silencio de la mañana sus interminables evoluciones, guiándose por el chasquido de las cañas y el rumor de la maleza rompiéndose ante el empuje de la vigorosa bestia. Después de algunos minutos de espera la vieron salir del carrizal, con aspecto desalentado y los ojos tristes, sin llevar nada en la boca.
El viejo barquero sonreía triunfante. ¿Qué decía él?... Pero Tonet, creyéndose en ridículo, apostrofaba á la perra, amenazándola con el puño para que no se aproximara á la barca.
--_¡Búscala!... ¡Búscala!_--volvió á ordenar con imperio al pobre animal.
Y otra vez se metió entre los carrizos, moviendo la cola con expresión de desconfianza.
Ella encontraría el pájaro. Lo afirmaba Tonet, que la había hecho realizar trabajos más difíciles. De nuevo sonó el chapoteo del animal en la selva acuática. Iba de una parte á otra con indecisión, cambiando á cada momento de pista, sin confianza en sus desordenadas carreras, sin osar mostrarse vencida, pues tan pronto como tornaba hacia las barcas, asomando su cabeza entre las cañas, veía el puño del amo y oía el _¡búscala!_ que equivalía á una amenaza.
Varias veces volvió á husmear la pista, y al fin se alejó tanto en sus invisibles carreras, que los cazadores dejaron de oir el ruido de sus patas.
Un ladrido lejano, repetido varias veces, hizo sonreír á Tonet. ¿Qué tal? Su vieja compañera podría tardar, pero nada se le escapaba.
La perra seguía ladrando lejos, muy lejos, con expresión desesperada, pero sin aproximarse. El _Cubano_ silbó.
--_¡Aquí, Sentella, aquí!..._
Comenzó á oirse su chapoteo cada vez más próximo. Se acercaba tronchando cañas, abatiendo hierbas, con gran estrépito de agua removida. Por fin apareció con un objeto en la boca, nadando penosamente.
--_¡Aquí, Sentella, aquí!..._--seguía gritando Tonet.
Pasó junto á la barca del abuelo, y el cazador se llevó la mano á los ojos, como si le hiriese un relámpago.
--_¡Mare de Deu!_--gimió aterrado, mientras la escopeta se le iba de las manos.
Tonet se irguió, con la mirada loca, estremecido de pies á cabeza, como si el aire faltase de pronto en sus pulmones. Vió junto á la borda de su barca un lío de trapos, y en él algo lívido y gelatinoso erizado de sanguijuelas: una cabecita hinchada, deforme, negruzca, con las cuencas vacías y colgando de una de ellas el globo de un ojo: todo tan repugnante, tan hediondo, que parecía entenebrecer repentinamente el agua y el espacio, haciendo que en pleno sol cayese la noche sobre el lago.
Levantó la percha con ambas manos, y fué tan tremendo el golpe, que el cráneo de la perra crujió como si se rompiese, y el pobre animal, dando un aullido, se hundió con su presa en las aguas arremolinadas.
Después miró con ojos extraviados á su abuelo, que no adivinaba lo ocurrido, al pobre don Joaquín, que parecía anonadado por el terror, y perchando instintivamente, salió disparado cual una flecha por la vía de agua, como si se incorporase el fantasma del remordimiento, adormecido durante una semana, y corriera tras él, rasgándole la espalda con sus uñas implacables.
X
Su carrera fué corta. Al salir á la Albufera vió cerca algunas barcas, oyó gritos de los que las tripulaban y quiso ocultarse con el rubor del que se ve desnudo ante gentes extrañas.
El sol parecía herirle: la inmensa superficie del lago le causaba miedo; necesitaba agazaparse en un rincón obscuro, no ver, no oir; y viró, volviendo á meterse en los carrizos.
No fué muy lejos. La proa del barquito se hundió entre las cañas, y el miserable, soltando la percha, se dejó caer en el fondo de la embarcación con la cabeza oculta entre las manos. Por mucho tiempo callaron los pájaros, cesaron los ruidos en el carrizal, como si la vida oculta entre las cañas callase, aterrada por un rugido salvaje, un lamento entrecortado, que parecía el hipo de un moribundo.
El miserable lloraba. Después del embrutecimiento, que le había conservado en completa insensibilidad, el crimen levantábase ante él, como si no hubiera transcurrido el tiempo, como si acabase de cometerlo. Cuando creía próximo á borrarse para siempre el recuerdo de su delito, la fatalidad lo hacía renacer, lo paseaba ante sus ojos, ¡y en qué forma!
El remordimiento resucitaba en él los instintos de padre, muertos desde aquella noche fatal. El horror le hacía sentir su delito con cruel intensidad. Aquella carne abandonada á los reptiles del lago era carne suya; aquella envoltura de materia, vivero de sanguijuelas y gusanos, era el fruto de sus arrebatos apasionados, de su amor insaciable en el silencio de la noche.
La enormidad del crimen le abrumaba. Nada de excusas: no debía buscar pretextos como otras veces para seguir adelante. Era un miserable, indigno de vivir: una rama seca del árbol de los _Palomas_, siempre recto, siempre vigoroso, con aspereza salvaje, pero sano en medio de su aislamiento. La mala rama debía desaparecer.
Su abuelo tenía razón al despreciarlo. Su padre, su pobre padre, al que ahora contemplaba con la grandeza de los santos, hacía bien en repelerle como un brote infame de su existencia. La infeliz _Borda_, con su vergonzoso origen, era más hija de los _Palomas_ que él.
¿Qué había hecho durante su vida? Nada; su voluntad sólo tenía fuerzas para huir del trabajo. El desdichado _Sangonera_ había sido mejor que él: solo en el mundo, sin familia, sin necesidades en su dura existencia de vagabundo, podía vivir inactivo, con la dulce inconsciencia de los pájaros. Pero él, devorado por ardorosos apetitos, huyendo egoístamente del deber, había querido ser rico, vivir descansado, siguiendo tortuosas sendas, despreciando los consejos de su padre, que adivinaba el peligro; y de la pereza sin dignidad, había venido á caer en el crimen.
Le espantaba su delito. Su conciencia de padre arañábale al despertar, pero aún sufría de una herida mayor y más sangrienta. La soberbia viril, aquel afán de ser fuerte y dominar á los hombres por el arrojo, le hacía sufrir el tormento más cruel. Veía en lontananza el castigo, el presidio, ¡quién sabe si el _carafalet_, última apoteosis del hombre-bestia! Todo lo aceptaba, pues al fin, para los hombres se había hecho; pero por algo digno de un ser fuerte, por reñir, por matar cara á cara, tinto en sangre hasta los codos, con la locura salvaje del ser humano que se trueca en fiera... ¡Pero matar á un recién nacido sin otra defensa que su llanto! ¡Confesar ante el mundo que él, el valentón, el antiguo guerrillero, para caer en el crimen sólo había osado asesinar á un hijo suyo!
Y lloraba, lloraba sintiendo, más que los remordimientos, la vergüenza de su cobardía y el despecho por su vileza.