Part 16
Entre las casas del Saler, algunas buenas mozas de la ciudad habían establecido sus mesas de garbanzos tostados y turrones mohosos, alumbrándose con bujías resguardadas por cucuruchos de papel. En las puertas de las barracas las mujeres del pueblo hacían hervir las cafeteras, ofreciendo tazas _tocadas_ de licor, en las cuales era más la caña que el café; y una población extraordinaria discurría por el pueblo, aumentada á cada momento por los carros y tartanas que llegaban de la ciudad. Eran burgueses de Valencia, con altas polainas y grandes fieltros, como guerreros del Transvaal, contoneando fieramente su blusa de innumerables bolsillos, silbando al perro y exhibiendo con orgullo su escopeta moderna dentro del estuche amarillo pendiente del hombro; labradores ricos de los pueblos de la provincia, con vistosas mantas y la canana sobre la faja, unos con el pañuelo arrollado en forma de mitra, otros llevándolo como un turbante ó dejándolo flotar en largo rabo sobre el cuello, delatando todos en el tocado de su cabeza los diversos rincones valencianos de que procedían.
La escopeta parecía igualar á los cazadores. Tratábanse con la fraternidad de compañeros de armas, animándose al pensar en la fiesta del día siguiente; y hablaban de la pólvora inglesa, de las escopetas belgas, de la excelencia de las armas de fuego central, estremeciéndose con fiera voluptuosidad de árabes, como si en sus palabras aspirasen ya el humo de los disparos. Los perros, enormes y silenciosos, con la viva mirada del instinto, iban de grupo en grupo oliendo las manos de los cazadores, hasta quedar inmóviles al lado del amo. En todas las barracas, convertidas en posadas, guisaban la cena las mujeres con la actividad propia de unas fiestas que ayudaban á vivir gran parte del año.
Tonet vió la casa llamada de los Infantes, un piso bajo de piedra, con alta montera de tejas rasgada por varias lucernas: un caserón del siglo XVIII, que se desmoronaba lentamente desde que los cazadores de sangre real no venían á la Albufera, y que en la actualidad estaba ocupado por una taberna. Enfrente estaba la casa de la _Demaná_, edificio de dos pisos, que parecía gigantesco entre las barracas, mostrando en sus desconchadas paredes varias rejas curvas y sobre el tejado un esquilón para llamar á los cazadores al reparto de los puestos.
Tonet entró en esta casa, echando una mirada á la sala del piso bajo, donde se verificaba la ceremonia. Un enorme farol despedía turbia luz sobre la mesa y los sillones de los arrendatarios de la Albufera. El estrado se aislaba del resto de la pieza con una barandilla de hierro.
El tío _Paloma_ estaba allí, en su calidad de barquero venerable, bromeando con los cazadores famosos, fanáticos del lago á los que conocía medio siglo. Eran la aristocracia de la escopeta. Los había ricos y pobres: unos eran grandes propietarios y otros carniceros de la ciudad ó labradores modestos de los pueblos inmediatos. No se veían ni se buscaban en el resto del año, pero al encontrarse en la Albufera todos los sábados, en las pequeñas tiradas, ó al juntarse en las grandes, se aproximaban con cariño de hermanos, se ofrecían el tabaco, se prestaban los cartuchos y se oían mutuamente, sin pestañear, los estupendos relatos de cacerías portentosas verificadas en los montes durante el verano. La comunidad de gustos y la mentira los unían fraternalmente. Casi todos ellos llevaban visibles en su cuerpo los riesgos de esta afición, que dominaba su vida. Unos, al mover sus manos con la fiebre del relato, mostraban los dedos amputados por la explosión de la escopeta; otros tenían surcadas las mejillas por la cicatriz de un fogonazo. Los más viejos, los veteranos, arrastraban el reuma como consecuencia de una juventud pasada á la intemperie; pero en las grandes tiradas no podían permanecer quietos en sus casas, y venían, á pesar de sus dolencias, á lamentarse de la torpeza de los cazadores nuevos.
La reunión se disolvió. Llegaban los barqueros para anunciarles que la cena estaba pronta, y salían en grupos, distribuyéndose por las iluminadas barracas, que marcaban las manchas rojas de sus puertas sobre el suelo de barro. En el ambiente flotaba un fuerte olor de alcohol. Los cazadores temían el agua de la Albufera; no podían beber el líquido del lago como la gente del país, por miedo á las fiebres, y traían consigo un verdadero cargamento de absenta y ron, que al destaparse impregnaba el aire con fuertes aromas.
Tonet, al ver tan animado el Saler, como si en él acampase un ejército, recordaba los relatos de su abuelo: las orgías organizadas en otros tiempos por los cazadores ricos de la ciudad, con mujeres que corrían desnudas, perseguidas por los perros; las fortunas que se habían deshecho en las míseras barracas durante largas noches de juego, entre tirada y tirada: todos los placeres estúpidos de una burguesía de rápida fortuna, que al verse lejos de la familia, en un rincón casi salvaje, excitada por la vista de la sangre y el humo de la pólvora, sentía renacer en ella la humana bestialidad.
El tío _Paloma_ buscó al nieto para presentarle su cazador. Era un señor gordo, de aspecto bonachón y pacífico; un industrial de la ciudad, que, después de una vida de trabajo, creía llegado el momento de divertirse como los ricos y copiaba los placeres de sus nuevos amigos. Parecía molesto por su terrorífico aparato: le pesaban las bolsas para la caza, la escopeta, las altas botas, todo nuevo, recién comprado. Pero al fijarse en la canana en forma de bandolera que le cruzaba el pecho, sonreía bajo su enorme fieltro, juzgándose igual á uno de aquellos héroes boers cuyos retratos admiraba en los periódicos. Cazaba por primera vez en el lago, y confiábase á la experiencia del barquero para escoger el sitio cuando llegase su número.
Los tres cenaron en una barraca con otros cazadores. La sobremesa era ruidosa en veladas como aquélla. Medíase el ron á vasos, y en torno de la mesa, como perros hambrientos, se agrupaban los vecinos del pueblo, riendo los chistes de los señores, aceptando cuanto les ofrecían y bebiéndose uno solo lo que los cazadores creían suficiente para todos.
Tonet apenas comía, escuchando como á través de un sueño los gritos y risas de aquella gente, la regocijada protesta con que acogían las mentirosas hazañas de los cazadores fanfarrones. Pensaba en Neleta; se la imaginaba encogida de dolor en el piso alto de la taberna, revolcándose en el suelo, ahogando sus rugidos, sin poder gritar para alivio de su sufrimiento.
Fuera de la barraca sonaba el esquilón de la casa de la _Demaná_ con un timbre tembloroso de campana de ermita.
--_Ya en van dos_--dijo el tío _Paloma_, que contaba el número de toques con gran atención, temiendo más llegar tarde á la _demaná_ que perder una misa.
Cuando sonó el esquilón por tercera vez, abandonaron la mesa cazadores y barqueros, acudiendo todos al lugar donde se designaban los puestos.
La luz del farolón había sido aumentada con la de dos quinqués, colocados sobre la mesa del estrado. Detrás de la verja estaban los arrendatarios de la Albufera, y tras ellos, hasta la pared del fondo, los cazadores abonados perpetuamente al lago, que ocupaban este sitio por derecho propio. Al otro lado de la verja, llenando el portal y esparciéndose fuera de la casa, estaban los barqueros, los cazadores pobres, toda la gente menuda que acudía á las tiradas. Un hedor de mantas húmedas, de pantalones manchados de barro, de aguardiente y tabaco malo esparcíase sobre el gentío que se estrujaba contra la verja. Las blusas impermeables de los cazadores resbalaban sobre los cuerpos cercanos con un chirrido que aguzaba los dientes. En el gran marco de sombra de la puerta abierta se marcaban como indecisas manchas los blancos frontones de las barracas inmediatas.
Á pesar de esta aglomeración no se alteraba el silencio que parecía dominar á todos apenas pisaban el umbral. Se notaba la misma ansiedad muda que reina en los tribunales cuando se resuelve la suerte de un hombre, ó en los sorteos al decidirse la fortuna. Si alguien hablaba era en voz baja, con tímido cuchicheo, como en la alcoba de un enfermo.
El arrendatario principal se levantó:
--_Caballers..._
El silencio se hizo aún más profundo. Iba á procederse á la demanda de los puestos.
Á ambos lados de la mesa, erguidos como heraldos de la autoridad del lago, estaban los dos guardas más antiguos de la Albufera: dos hombres delgados, pardos de color, de ondulantes movimientos y rostro hocicudo; dos anguilas con blusa, que parecían vivir en el fondo del agua para no presentarse más que en las grandes solemnidades cinegéticas.
Un guarda pasaba lista para saber si todos los puestos estarían ocupados en la tirada del día siguiente.
--_¡El ú!... ¡el dos!..._
Iban por turno, según la cantidad que pagaban anualmente y su antigüedad. Los barqueros, al oir el número de sus amos, contestaban por éstos:
--_¡Avant! ¡avant!_
Después de pasar lista venía el momento solemne, la _demaná_, la designación que cada barquero, de acuerdo con su cazador ó por propia cuenta como más experto, hacía del sitio para la tirada.
--_¡El tres!_--decía uno de los guardas.
É inmediatamente el que tenía dicho número lanzaba el nombre que llevaba pensado. «_La mata del Siñor..._» «_La barca podrida..._» «_El rincó de la Antina._» Así iban sonando los sitios de la caprichosa geografía de la Albufera; lugares bautizados al gusto de los barqueros; títulos muchos de ellos que no podían repetirse sin rubor ante mujeres ó que revolvían el estómago al nombrarse en la mesa, á pesar de lo cual sonaban en este acto con solemnidad, sin producir la más ligera sonrisa.
El segundo guarda, que tenía una voz de clarín, al oir la designación hecha por los barqueros erguía la cabeza, y con los ojos cerrados y las manos en la verja decía á todo pulmón, con un grito desgarrador que se extendía en el silencio de la noche:
--_El tres va á la mata del Siñor... El cuatre va al rincó de San Ròch... El sinc á la ca... del barber._
Duró cerca de una hora la designación de los puestos, y mientras los cantaban los guardas con lentitud, un muchachuelo los inscribía en un gran libro sobre la mesa.
Terminada la designación, se extendían las licencias de caza ambulantes para la gente menuda: unos permisos que sólo costaban dos duros y con los cuales podían ir los labradores en sus barquitos por toda la Albufera, á cierta distancia de los puestos, rematando los pájaros que escapaban del escopetazo de los ricos.
Los grandes cazadores se despedían estrechándose las manos. Unos querían dormir en el Saler con el propósito de ir á su puesto cuando rompiese el día; otros, más fogosos, partían inmediatamente para el lago, queriendo vigilar por sí mismos la instalación del enorme tanque dentro del cual habían de pasar la jornada. «_¡Vaya!... ¡bòna sòrt y divertirse!_» Y cada uno llamaba á su barquero para convencerse de que nada faltaba en los preparativos.
Tonet ya no estaba en el Saler. En el silencio del acto de la _demaná_ le había acometido una angustia grande. Tenía ante sus ojos la imagen dolorida de Neleta retorciéndose con los sufrimientos, sola allá en el Palmar, caída en el suelo, sin encontrar quien la consolase, amenazada por la vigilancia de los enemigos.
No pudo resistir su pena y salió de la casa de la _Demaná_, dispuesto á volver inmediatamente al Palmar, aunque esto le costase reñir con su abuelo. Cerca de la casa de los Infantes, donde estaba la taberna, oyó que le llamaban. Era _Sangonera_. Tenía hambre y sed; había rondado las mesas de los cazadores ricos sin alcanzar la más insignificante piltrafa: todo se lo comían los barqueros.
Tonet pensó en ser sustituído por el vagabundo; pero el hijo del lago se extrañó de que le propusieran tripular una barca, más aún que si el vicario del Palmar le invitase á pronunciar la plática del domingo. Él no servía para eso; además, no le gustaba perchar para nadie. Ya conocía su pensamiento: el trabajo era cosa del demonio.
Pero Tonet, impaciente y angustiado, no estaba para oir las tonterías de _Sangonera_. Nada de resistencias, ó le aliviaba el hambre y la sed echándolo en el canal de una patada. Los amigos sirven para sacar de un apuro á los amigos. ¡Bien sabía perchar en barquitos ajenos cuando iba á meter sus uñas en las redes de los _redolíns_, robando las anguilas! Además, si tenía hambre, podía refocilarse como nunca en el cargamento de provisiones que aquel señor traía de Valencia. Al ver dudoso á _Sangonera_ por la esperanza de hartazgo, acabó de decidirle con fuertes empujones, llevándolo hasta la barca del cazador y explicándole cómo había de disponer todos los preparativos. Cuando se presentase el amo podía decirle que él estaba enfermo y lo había buscado como sustituto.
Antes de que el absorto _Sangonera_ acabase de titubear, ya Tonet había montado en su ligero barquito y emprendía la marcha perchando como un desesperado.
El viaje era largo. Había que atravesar toda la Albufera para ir al Palmar, y no soplaba viento. Pero Tonet sentíase espoleado por el miedo, por la incertidumbre, y su barquito resbalaba como una lanzadera sobre el obscuro tisú del agua, moteado por los puntos de luz de las estrellas.
Era más de media noche cuando llegó al Palmar. Estaba fatigado, con los brazos rotos por el desesperado viaje y deseaba encontrar tranquila la taberna para caer como un leño en la cama. Al amarrar su barquichuelo frente á la casa, la vió cerrada y silenciosa como todas las del pueblo, pero las rendijas de las puertas marcábanse con líneas de roja luz.
Le abrió la tía de Neleta, y al reconocerle hizo un gesto de atención, designando con el rabillo del ojo á unos hombres sentados ante el hogar. Eran labradores de la parte de Sueca que habían venido á la tirada: antiguos parroquianos que tenían campos cerca del Saler y á los que no se podía despedir, so pena de inspirar sospechas. Habían cenado en la taberna y dormitaban junto al fuego, para montar en sus barquitos una hora antes de romper el día y esparcirse por el lago, esperando los pájaros que escapasen ilesos de los buenos puestos.
Tonet los saludó á todos, y después de cambiar algunas palabras sobre la fiesta del día siguiente, subió al dormitorio de Neleta.
La vió en camisa, pálida, las facciones desencajadas, oprimiéndose los riñones con ambas manos y con una expresión de locura en los ojos. El dolor la hacía olvidar la prudencia, y lanzaba rugidos que asustaban á su tía.
--_¡Te van á oir!_--exclamaba la vieja.
Neleta, sobreponiéndose al sufrimiento, se ponía los puños en la boca ó mordía las ropas de su cama para ahogar los gemidos.
Por consejo de ella, Tonet bajó á la taberna. Nada había de remediar permaneciendo arriba. Acompañando á aquellos hombres, distrayéndolos con su conversación, podía impedir que oyesen algo que les infundiera sospechas.
Tonet pasó más de una hora calentándose en el rescoldo de la chimenea, hablando con los labradores de la pasada cosecha y de las magníficas tiradas que se preparaban. Hubo un momento en que se cortó la conversación. Todos oyeron un grito desgarrado, salvaje: un chillido semejante al de una persona asesinada. Pero la impasibilidad de Tonet los tranquilizó.
--_El ama está un pòch mala_--dijo.
Y siguieron hablando, sin prestar atención á los pasos de la vieja, que iba de un lado á otro apresuradamente, haciendo temblar el techo. Pasada media hora, cuando Tonet creyó que todos habían olvidado el incidente, volvió á subir al dormitorio. Algunos labradores cabeceaban, dominados por el sueño.
Arriba vió á Neleta tendida en el lecho, blanca, pálida, inmóvil, sin más vida que el brillo de sus ojos.
--_¡Tonet... Tonet!_--dijo débilmente.
El amante adivinó en su voz y en su mirada todo lo que quería decirle. Era una orden, un mandato inflexible. La fiera resolución que tantas veces había asustado á Tonet volvía á reaparecer en plena debilidad, después de la crisis anonadadora. Neleta habló lentamente, con una voz débil como un suspiro lejano. Lo más difícil había pasado ya: ahora le tocaba á él. Á ver si mostraba coraje.
La tía, temblando, con la cabeza perdida, sin darse cuenta de sus actos, presentaba á Tonet un envoltorio de ropas, dentro del cual se revolvía un pequeño ser, sucio, maloliente, con la carne amoratada.
Neleta, al ver próximo á ella el recién nacido, hizo un gesto de terror. ¡No quería verlo: temía mirarlo! Se tenía miedo á sí misma, segura de que si fijaba un instante la vista en él, renacería la madre y le faltaría valor para dejar que se lo llevasen.
--_¡Tonet... en seguida... empòrtatelo!_
El _Cubano_ dió sus instrucciones rápidamente á la vieja y bajó para despedirse de los labradores, que ya dormían. Fuera de la taberna, por la parte del canal, la vieja le entregó el animado paquete á través de una ventana del piso bajo.
Cuando se cerró la ventana y Tonet quedó solo en la obscuridad de la noche, sintió que de golpe se desplomaba todo su valor. El lío de ropas y de carne blanducha que llevaba bajo su brazo le infundía miedo. Parecía que instantáneamente se había despertado en él una nerviosidad extraña que aguzaba sus sentidos. Oía todos los rumores del pueblo, hasta los más insignificantes, y le parecía que las estrellas tomaban un color rojo. El viento estremeció un olivo enano inmediato á la taberna y el rumor de las hojas hizo correr á Tonet, como si todo el pueblo despertase y se dirigiera hacia él preguntando qué llevaba bajo el brazo. Creyó que la _Samaruca_ y sus parientes, alarmados por la ausencia de Neleta durante el día, rondaban la taberna como otras veces y que la feroz bruja iba á aparecer en la orilla del canal. ¡Qué escándalo si le sorprendían con aquel envoltorio!... ¡Qué desesperación la de Neleta!...
Arrojó en el fondo de su barquito el paquete de ropas, del cual comenzó á salir un llanto desesperado, rabioso, y cogiendo la percha pasó el canal con una velocidad loca. Perchaba furiosamente, como espoleado por los lloros del recién nacido, temiendo ver iluminadas las ventanas de las casas y que las sombras de los curiosos le preguntasen adónde iba.
Pronto dejó atrás las viviendas silenciosas del Palmar y salió á la Albufera.
La calma del lago, la penumbra de una noche tranquila y estrellada, pareció darle valor. Arriba el azul obscuro del cielo; abajo el azul blanquecino del agua, conmovido por estremecimientos misteriosos que hacían temblar en su fondo el reflejo de las estrellas. Chillaban los pájaros en los carrizales y susurraba el agua con el coleteo de los peces persiguiéndose. De vez en cuando confundíase con estos rumores el llanto rabioso del recién nacido.
Tonet, cansado por aquella noche de continuos viajes, seguía moviendo su percha, empujando el barquito hacia el Saler. Su cuerpo sentíase embrutecido por la fatiga; pero el pensamiento, despierto y aguzado por el peligro, funcionaba con más actividad aún que los brazos.
Ya estaba lejos del Palmar, pero aún le faltaba más de una hora para llegar al Saler. De allí á la ciudad otras dos horas largas de camino. Tonet miró al cielo: debían ser las tres. Antes de dos horas surgiría el alba y el sol estaría ya en el horizonte cuando llegase él á Valencia. Además, pensaba con terror en la larga marcha por la huerta de Ruzafa, vigilada siempre por la Guardia civil; en la entrada en la ciudad, bajo la mirada de los del resguardo de consumos, que querrían examinar el paquete que llevaba bajo el brazo; en las gentes que se levantaban antes del amanecer y le encontrarían en el camino, reconociéndolo. ¡Y aquel llanto desesperado, escandaloso, que cada vez era más fuerte y constituía un peligro aun en medio de la soledad de la Albufera!...
Tonet veía ante él un camino interminable, infinito, y sentía que las fuerzas le abandonaban. Nunca llegaría á las calles de la ciudad, desiertas al amanecer, á los portales de las iglesias, donde se abandonan los niños como un fardo enojoso. Era fácil desde el Palmar, en la soledad silenciosa del dormitorio, decir: «Tonet, haz esto»; pero la realidad se encargaba después de ponerse delante con sus obstáculos infranqueables.
Aun en el mismo lago crecía por momentos el peligro. Otras veces podía navegarse de una orilla á otra sin encontrar á nadie, pero en aquella noche la Albufera estaba poblada. En cada _mata_, en cada replaza notábase el trabajo de hombres invisibles, los preparativos de la tirada.
Todo un pueblo iba y venía en la obscuridad sobre los negros barquitos. En el silencio de la Albufera, que transmitía los ruidos á prodigiosas distancias, sonaban los mazos clavando las estacas de los puestos de las cazadores, y como rojas estrellas brillaban á flor de agua los manojos de inflamadas hierbas, á cuya luz terminaban sus preparativos los barqueros. ¿Cómo seguir adelante, entre gentes que le conocían, acompañado por el lloro del recién nacido, lamento incomprensible en medio del lago? Cruzóse con una barca que pasó á larga distancia, pero al alcance de la voz. Sin duda se habían extrañado de aquel llanto.
--_Compañero_--gritó una voz lejana--, _¿qué pòrtes ahí?_
Tonet nada dijo, pero sus fuerzas le abandonaron para seguir el viaje, y se sentó en un extremo del barquito, soltando la percha. Quería permanecer allí, aunque le sorprendiese el amanecer. Tenía miedo á continuar y se abandonaba con el anonadamiento del rezagado que se arroja al suelo sabiendo que va á morir. Reconocíase impotente para cumplir su promesa. ¡Que le sorprendiesen, que todos se enteraran de lo ocurrido, que Neleta perdiese su herencia!... ¡él no podía más!
Pero apenas hubo adoptado esta resolución desesperada, comenzó á marcarse en su cerebro una idea que parecía quemarle con su contacto. Primero fué un punto de fuego, después un ascua, luego una llamarada, hasta que por fin rompió como formidable incendio que hinchaba su cabeza, amenazándola con un estallido, mientras un sudor helado se esparcía por su frente como la respiración de este hervidero.
¿Para qué ir más lejos?... El deseo de Neleta era que desapareciese el testigo de su falta para no perder una parte de la fortuna; abandonarlo, ya que con su presencia podía comprometer la tranquilidad de los dos, y para esto ningún sitio como la Albufera, que había ocultado muchas veces á hombres buscados por la justicia, salvándolos de minuciosas persecuciones.
Temblaba al pensar que el lago no conservaría la existencia de aquel cuerpecillo débil y naciente; ¿pero acaso el pequeño tenía más asegurada la vida si lo abandonaba en cualquier callejón de la ciudad? «Los muertos no vuelven para comprometer á los vivos.» Y Tonet, al pensar esto, sentía resucitar en él la dureza de los viejos _Palomas_, la cruel frialdad de su abuelo, que veía morir sus hijos pequeños sin una lágrima, con el pensamiento egoísta de que la muerte es un bien en la familia del pobre, pues deja más pan para los que sobreviven.
En un momento de lucidez, Tonet se avergonzó de su maldad, de la indiferencia con que pensaba en la muerte del ser que estaba á sus pies, y que callaba ahora como fatigado por el llanto rabioso. Le había contemplado un instante, y sin embargo, su vista no le produjo ninguna emoción. Recordaba su rostro amoratado, el cráneo puntiagudo, los ojos saltones, la boca enorme, que se contraía, estirándose de oreja á oreja. Una ridícula cabeza de sapo que le había dejado frío, sin que latiese en él el más débil sentimiento. ¡Y sin embargo, era su hijo!...
Tonet, para explicarse esta frialdad, recordaba lo que muchas veces había oído á su abuelo. Sólo las madres sienten una ternura instintiva é inmensa por sus hijos desde el momento que nacen. Los padres no los aman en seguida: necesitan que transcurra el tiempo, y sólo cuando crece el pequeño se sienten unidos á él por un continuo contacto, con cariño reflexivo y grave.