Cañas y barro: Novela

Part 15

Chapter 153,750 wordsPublic domain

Pero en la obscuridad de la alcoba, al decir esto Tonet, sonaban los jergones de maíz del lecho con los movimientos impacientes de Neleta. Su voz tenía la ronquera de la rabia... ¿Él también?... No, hijo; sabía lo que necesitaba hacer, y no pedía consejos. Bien estaban así. ¿Le faltaba algo? ¿no disponía de todo como si fuera el dueño? ¿Para qué darse el gusto de que los casase don Miguel, y después, tras la ceremonia, abandonar la mitad de su fortuna en las manos puercas de la _Samaruca_? Antes se dejaría cortar un brazo que amputar su herencia. Además, ella conocía el mundo; salía algunas veces del lago, iba á la ciudad, donde los señores admiraban su desparpajo, y no se le ocultaba que lo que en el Palmar aparecía como una fortuna, fuera de la Albufera no llegaba á una decorosa miseria. Tenía sus pretensiones de ambiciosa. No siempre había de estar llenando copas y tratando con beodos; quería acabar sus días en Valencia, en un piso, como una señora que vive de sus rentas. Prestaría el dinero mejor que _Cañamèl_, se ingeniaría para que su fortuna se reprodujese con incesante fecundidad, y cuando fuese rica de veras, tal vez se decidiera á transigir con la _Samaruca_, entregándola lo que ella miraría entonces como una miseria. Cuando esto llegase podía hablarla de casamiento si seguía portándose bien y obedeciéndola sin disgustos. Pero en el presente no, _¡recordóns!_ nada de casorios ni de dar dinero á nadie: primero se dejaba abrir por el vientre como una tenca.

Y era tanta su energía al expresarse de esta manera, que Tonet no osaba replicar. Además, aquel mozo que pretendía imponerse por su valor á todo el pueblo sentíase dominado por Neleta y la tenía miedo, adivinando que no estaba tan seguro de su afecto como creyó al principio.

No era que Neleta se cansase de aquellos amores. Le quería, pero su riqueza la daba sobre él una gran superioridad. Además, la mutua posesión durante las noches interminables del invierno, en la taberna cerrada y sin correr riesgo alguno, había amortiguado en ella la excitación del peligro, la temblorosa voluptuosidad que la dominaba en tiempos de _Cañamèl_ al besarse tras las puertas ó tener sus citas rápidas en los alrededores del Palmar, siempre expuestos á una sorpresa.

Á los cuatro meses de esta vida casi marital, sin otro obstáculo que la vigilancia de la _Samaruca_, fácilmente burlada, Tonet creyó por un momento que podrían realizarse sus deseos matrimoniales. Neleta se mostraba preocupada y grave. La arruga vertical de su entrecejo delataba penosos pensamientos. Por los más insignificantes pretextos reñía con Tonet; lo insultaba, repeliéndolo y lamentándose de su amor, maldiciendo el momento de debilidad en que le había abierto los brazos; pero después, á impulsos de la carne, lo aceptaba de nuevo, entregándose con abandono, como si la pena que la dominaba fuese irreparable.

Su humor desigual y nervioso convertía las noches de amor en agitadas entrevistas, durante las cuales alternaban las caricias con las recriminaciones, y faltaba poco para que se mordieran las bocas que momentos antes se besaban. Por fin, una noche, Neleta, con palabras entrecortadas por la rabia, reveló el secreto de su estado. Había enmudecido hasta entonces, dudando de su desgracia; pero ahora, tras dos meses de observación, estaba segura. Iba á ser madre... Tonet se sintió aterrado y satisfecho al mismo tiempo, mientras ella continuaba sus lamentaciones. Aquello podía haber ocurrido viviendo _Cañamèl_ sin peligro alguno. Pero el demonio, que sin duda andaba de por medio, había creído mejor hacer surgir el obstáculo en momentos difíciles, cuando ella estaba interesada en ocultar sus amores para no dar gusto á los enemigos.

Tonet, pasado el primer momento de sorpresa, la preguntó con timidez qué pensaba hacer. En el temblor de su voz adivinó ella los ocultos pensamientos del amante y rompió á reir con una carcajada irónica, burlona, que revelaba el temple de su alma. ¡Ah! ¿creía que por esto iba á casarse? No la conocía. Podía estar seguro de que antes se mataba que ceder ante sus enemigos. Lo suyo era muy suyo; y lo defendería. ¡De ésta no se casaba Tonet, pues para todo hay remedio en el mundo!...

Pasó esta explosión de rabia por la jugarreta que se permitía la Naturaleza, sorprendiéndolos cuando más seguros se creían; y Neleta y Tonet continuaron su vida como si nada ocurriese, evitando hablar del obstáculo que surgía entre ellos, familiarizándose con él, tranquilos porque su realización era aún remota y confiando vagamente en cualquier circunstancia inesperada que pudiera salvarles.

Neleta, sin hablar de ello al amante, buscaba el medio de deshacerse de la nueva vida que sentía latir en sus entrañas, como una amenaza para su avaricia.

La tía, asustada por sus confidencias, hablaba de remedios poderosos. Recordaba sus conversaciones con las viejas del Palmar al lamentarse de la rapidez con que se reproducen las familias en la miseria. Por consejo de su sobrina, iba á Ruzafa ó entraba en la ciudad para consultar las curanderas que gozaban de obscura fama en las últimas capas sociales, y volvía allá con extraños remedios, compuestos de ingredientes repugnantes que volcaban el estómago.

Tonet, muchas noches sorprendía en el cuerpo de Neleta emplastos hediondos, á los que la tabernera concedía la mayor fe: cataplasmas de hierbas silvestres, que daban á sus veladas de amor un ambiente de brujería.

Pero todos los remedios demostraban su ineficacia con el curso del tiempo. Pasaban los meses y Neleta se convencía con gran desesperación de la inutilidad de sus esfuerzos.

Como decía la tía, aquel ser oculto estaba bien _agarrado_, y en vano luchaba Neleta por anularlo dentro de sus entrañas.

Las entrevistas de los amantes durante la noche eran borrascosas. Parecía que _Cañamèl_ se vengaba, resucitando entre los dos, para empujarlos el uno contra el otro.

Neleta lloraba de desesperación, acusando á Tonet de su desgracia. Él era el culpable: por él veía comprometido su porvenir. Y cuando, con la nerviosidad de su estado, se cansaba de insultar al _Cubano_, fijaba sus ojos iracundos en el vientre, que libre de la opresión á que estaba sometido durante el día para burlar la curiosidad de los extraños, parecía crecer cada noche con monstruosa hinchazón. Neleta odiaba con furor salvaje el ser oculto que se movía en sus entrañas, y con el puño cerrado se golpeaba bestialmente, como si quisiera aplastarlo dentro de la cálida envoltura.

Tonet también lo odiaba, viendo en él una amenaza. Contagiado por la codicia de Neleta, pensaba con terror en la pérdida de una parte de aquella herencia que consideraba como suya.

Todos los remedios de que había oído hablar confusamente en las libres conversaciones entre barqueros los aconsejaba á su amante. Eran pruebas brutales, atentados contra la Naturaleza que ponían los pelos de punta, ó remedios ridículos que hacían sonreír; pero la salud de Neleta se burlaba de todo. Aquel cuerpo, en apariencia delicado, era fuerte y sólido y seguía en silencio cumpliendo la más augusta función de la Naturaleza, sin que los malvados deseos pudieran torcer ni retardar la santa obra de la fecundidad.

Pasaban los meses. Neleta tenía que hacer grandes esfuerzos, sufrir inmensas molestias para ocultar su estado á todo el pueblo. Se apretaba el corsé por las mañanas de un modo cruel, que hacía estremecerse á Tonet. Muchas veces la faltaban las fuerzas para contener el desbordamiento de la maternidad.

--_¡Tira... tira!_--decía ofreciendo al amante los cordones de su corsé con un gesto fiero, apretando los labios para contener los suspiros de dolor.

Y Tonet tiraba, sintiendo en la frente un sudor frío, estremeciéndose de la voluntad que demostraba aquella mujercita, rugiendo sordamente y tragándose las lágrimas de su angustia.

Se pintaba el rostro y echaba mano de toda la perfumería barata para mostrarse en la taberna fresca, tranquila y hermosa como siempre, sin que nadie pudiese leerle en el rostro los síntomas de su estado. La _Samaruca_, que husmeaba como un perdiguero en torno de la casa, presentía algo anormal al lanzar sus rápidas miradas pasando por la puerta. Las demás mujeres, con la experiencia de su sexo, adivinaban lo que ocurría á la tabernera.

Un ambiente de sospecha y de vigilancia parecía formarse en torno de Neleta. Se murmuraba mucho en las puertas de las barracas. La _Samaruca_ y los parientes disputaban con las mujeres que no querían aceptar sus afirmaciones. Las comadres chismosas, en vez de enviar á sus pequeños á la taberna por vino ó aceite, iban en persona á plantarse ante el mostrador, buscando con varios pretextos que la tabernera se levantase de la silla, que se moviera para servirlas, mientras ellas la seguían con mirada voraz, apreciando las líneas de su talle agarrotado.

--_Sí que está_--decían unas con aire de triunfo al avistarse con las vecinas.

--_No está_--gritaban otras--. _Tot son mentires._

Y Neleta, que adivinaba la causa de tantas idas y venidas, acogía con sonrisa burlona á las curiosas... ¡Tanto bueno por aquí! ¿Qué mosca les había picado, que no podían pasar sin verla?... ¡Parecía que en su casa se ganaba un jubileo!...

Pero esta alegría insolente, la audacia con que provocaba la curiosidad de las comadres, evaporábase por la noche, después de una jornada de sufrimientos asfixiantes y de forzada serenidad. Al despojarse de la coraza de ballenas caía repentinamente su valor, como el del soldado que se ha excedido en un empeño heroico y no puede más. El desaliento se apoderaba de ella, al mismo tiempo que las hinchadas entrañas se esparcían libres de opresión. Pensaba con terror en el suplicio que había de sufrir al día siguiente para ocultar su estado.

No podía más. Ella, tan fuerte, lo declaraba á Tonet en el silencio de unas noches que ya no eran de amor, sino de zozobra y dolorosas confidencias. ¡Maldita salud! ¡Cómo envidiaba ella á las mujeres enfermizas en cuyas entrañas jamás germina la vida!...

En estos instantes de desaliento hablaba de huir, de dejar la taberna encomendada á su tía, refugiándose en un barrio apartado de la ciudad hasta que saliera del mal paso. Pero la reflexión la hacía ver inmediatamente lo inútil de la fuga. La imagen de la _Samaruca_ surgía ante ella. Huir equivaldría á acreditar lo que hasta entonces sólo eran sospechas. ¿Dónde iría que no la siguiese la feroz cuñada de _Cañamèl_?...

Además, estaban á fines del verano. Iba á recoger la cosecha de sus campos de arroz y despertaría la curiosidad de todo el pueblo una ausencia injustificada, tratándose de una mujer que con tanto celo cuidaba sus intereses.

Se quedaría. Afrontaría cara á cara el peligro: permaneciendo en su sitio la vigilarían menos. Pensaba con terror en el parto, misterio doloroso que aún aparecía más lúgubre envuelto para ella en las sombras de lo desconocido, y procuraba olvidar su miedo ocupándose de las operaciones de la siega, regateando con los braceros el precio de su trabajo. Reñía á Tonet, que por encargo suyo iba á vigilar á los jornaleros, pero llevando siempre en el barquito la escopeta de _Cañamèl_ y su fiel perra la _Centella_, y ocupándose más de disparar á las aves que de contar las gavillas del arroz.

Algunas tardes abandonaba la taberna al cuidado de la tía y marchaba á la era, una replaza de barro endurecido en medio del agua de los campos. Estas excursiones eran un calmante para su dolorosa situación.

Oculta tras las gavillas arrancábase el corsé con gesto angustioso y se sentaba al lado de Tonet, sobre la enorme pila de paja de arroz, que esparcía un olor punzante. Á sus pies daban vueltas los caballos en la monótona tarea de la trilla, y ante ellos extendía la Albufera su inmensa lámina verde, reflejando invertidas las montañas rojas y azuladas que cortaban el horizonte.

Estas tardes serenas calmaban la inquietud de los dos amantes. Se sentían más felices que en la cerrada alcoba, cuya obscuridad se poblaba de terrores. El lago sonreía dulcemente al arrojar de sus entrañas la cosecha anual; los cantos de los trilladores y de los tripulantes de las grandes barcas cargadas de arroz parecían arrullar á la Albufera madre después de aquel parto que aseguraba la vida á los hijos de sus riberas.

La calma de la tarde dulcificaba el carácter irritado de Neleta, infundiéndola nuevas confianzas. Contaba con los dedos el curso de los meses y el término de la gestación que se verificaba en sus entrañas. Faltaba poco tiempo para el penoso suceso que podía cambiar la suerte de su vida. Sería al mes siguiente, en Noviembre, tal vez cuando se celebrasen en la Albufera las grandes tiradas llamadas de San Martín y Santa Catalina. Al contar, recordaba que aún no hacía un año que _Cañamèl_ había muerto; y con su instinto de perversa inconsciente, deseosa de arreglar su vida de acuerdo con la dicha, se lamentaba de no haberse entregado meses antes á Tonet. Así hubiera podido ostentar su estado sin miedo, atribuyendo al marido la paternidad del nuevo ser.

La posibilidad de que la muerte interviniese en sus asuntos reanimaba su confianza. ¿Quién sabe si después de tantos terrores iba á nacer muerta la criatura? No sería la primera. Y los amantes, engañados por esta ilusión, hablaban del niño muerto como de una circunstancia segura, inevitable, y Neleta espiaba los movimientos de sus entrañas, mostrándose satisfecha cuando el oculto ser no daba señales de vida. ¡Se moriría! Era indudable. La buena suerte, que la había acompañado siempre, no iba á abandonarla.

El término de la recolección la distrajo de estas preocupaciones. Los sacos de arroz se amontonaban en la taberna. La cosecha ocupaba los cuartos interiores de la casa, se apilaba junto al mostrador, quitando sitio á los parroquianos, y hasta ocupaba los rincones del dormitorio de Neleta. Ésta admiraba la riqueza encerrada en los sacos, embriagándose con el polvillo astringente del arroz. ¡Y pensar que la mitad de aquel tesoro podía haber sido de la _Samaruca_!... Sólo al recordar esto, Neleta sentía renacer sus fuerzas á impulsos de la cólera. Sufría mucho con la dolorosa ocultación de su estado, pero antes morir que resignarse al despojo.

Bien necesitaba de estas resoluciones enérgicas. Su situación se agravaba. Hinchábanse sus pies, sentía un irresistible deseo de no moverse, de permanecer en la cama; y á pesar de esto bajaba al mostrador todos los días, pues el pretexto de una enfermedad podía avivar las sospechas. Movíase con lentitud cuando los parroquianos la obligaban á levantarse, y su forzada sonrisa era una crispación dolorosa que hacía estremecerse á Tonet. El talle agarrotado parecía próximo á hacer estallar la fuerte envoltura de ballenas.

--_¡No puch més!_--gemía desesperada al desnudarse, arrojándose de bruces en el lecho.

Los dos amantes, en el silencio de la alcoba, cambiaban sus palabras con cierto terror, como si viesen levantarse entre ellos el fantasma amenazante de su falta... ¿Y si el niño no nacía muerto?... Neleta estaba segura de ello. Le sentía rebullir en las entrañas con una fuerza que desvanecía su criminal esperanza.

Sus rebeldías de mujer codiciosa, incapaz de confesar el pecado con perjuicio de la fortuna, infundíanle la audaz resolución de los grandes criminales.

Nada de llevar la criatura á un pueblo inmediato á la Albufera, buscando una mujer fiel que lo criase. Había que temer las indiscreciones de la nodriza, la astucia de los enemigos y hasta la falta de prudencia de ellos, que, como padres, tomarían afecto al pequeñuelo, acabando por descubrirse. Neleta razonaba con una frialdad aterradora, mirando los sacos de arroz amontonados en su dormitorio. Tampoco había que pensar en ocultarlo en Valencia. La _Samaruca_, una vez sobre la pista, buscaría la verdad en el mismo infierno.

Neleta clavaba en el amante sus ojos verdes, que parecían extraviados por la angustia del dolor y el peligro de la situación. Había que abandonar al recién nacido, fuese como fuese. Debía tener ánimo. En los peligros se muestran los hombres. Lo llevaría por la noche á la ciudad, lo abandonaría en una calle, á la puerta de una iglesia, en cualquier sitio: Valencia es grande... ¡y adivina quiénes fueron los padres!

La dura mujer, después de proponer el crimen, intentaba encontrar excusas á su maldad. Tal vez sería una suerte para el pequeño este abandono. Si moría, mejor para él; y si se salvaba, ¡quién sabe en qué manos podía caer! Tal vez le esperase la riqueza: historias más asombrosas se habían conocido. Y recordaba los cuentos de la niñez, con sus hijos de reyes abandonados en una selva, ó sus bastardos de pastoras, que, en vez de ser comidos por los lobos, llegan á poderosos personajes.

Tonet la oía aterrado. Intentó resistirse, pero la mirada de Neleta impuso cierto miedo á su voluntad siempre débil. Además, también él se sentía mordido por la codicia: todo lo de Neleta lo consideraba como suyo, y se indignaba ante la idea de partir con los enemigos la herencia de la amante. Su indecisión le hacía cerrar los ojos, confiando en el porvenir. La cosa no era para desesperarse: ya vería de arreglarlo todo. Tal vez su buena suerte vendría á resolver el conflicto á última hora.

Y gozaba de una tranquilidad momentánea, dejando transcurrir el tiempo sin pensar en las criminales proposiciones de Neleta.

Estaba unido á ella para siempre: constituía toda su familia. La taberna era ya su único hogar. Había roto con su padre, que, enterado por las murmuraciones del pueblo de su vida marital con la tabernera, y viendo que transcurrían las semanas y los meses sin que el hijo durmiese una sola noche en la barraca, tuvo con éste una entrevista rápida y dolorosa. Lo que hacía Tonet era deshonroso para los _Palomas_. Él no podía tolerar que se llamara hijo suyo un hombre que vivía públicamente á expensas de una mujer que no era su esposa. Ya que quería vivir en el deshonor, alejado de su familia y sin prestarla auxilio... ¡como si no se conocieran! Se quedaba sin padre: únicamente podría encontrarlo otra vez cuando recobrase su honra. Y el tío Tòni, después de esta explicación, continuó con el fiel auxilio de la _Borda_ el enterramiento de sus campos. Ahora que la gran empresa tocaba á su fin, se sentía desalentado: preguntábase con tristeza quién había de agradecerle tantas fatigas, y únicamente por su tenacidad de trabajador siguió adelante en el empeño.

Llegó la época de las grandes tiradas: San Martín y Santa Catalina, las fiestas del Saler.

En todas las reuniones de los barqueros se hablaba con entusiasmo del gran número de pájaros que este año había en la Albufera. Los guardas de la caza, que vigilaban de lejos los rincones y las matas donde se congregaban las fúlicas, las veían aumentar rápidamente. Formaban grandes manchas negras á flor de agua. Al pasar una barca por cerca de ellas, abrían las alas volando en grupo triangular é iban á posarse un poco más allá, como una nube de langosta, hipnotizadas por el brillo del lago é incapaces de abandonar unas aguas en las que les esperaba la muerte.

La noticia se había esparcido por la provincia, y los cazadores serían más numerosos que otros años.

Las grandes tiradas de la Albufera ponían en conmoción todas las escopetas valencianas. Eran fiestas antiquísimas, cuyo origen conocía el tío _Paloma_ de la época en que guardaba los papeles de Jurado, relatándolo á sus amigos en la taberna. Cuando la Albufera era de los reyes de Aragón, y sólo podían cazar en ella los monarcas, el rey Don Martín quiso conceder á los ciudadanos de Valencia un día de fiesta, y escogió el de su santo. Después, la tirada se repitió igualmente el día de Santa Catalina. En estas dos fiestas toda la gente podía entrar libremente en el lago con sus ballestas, cazando los innumerables pájaros de los carrizales, y el privilegio, convertido en tradición, venía reproduciéndose á través de los siglos. Ahora las tiradas gratuitas tenían un prólogo de dos días, en los cuales se pagaba al arrendatario de la Albufera por escoger los mejores puestos, viniendo á ellas los tiradores de todos los pueblos de la provincia.

Escaseaban los barquitos y los barqueros para el servicio de los cazadores. El tío _Paloma_, conocido tantos años por los aficionados, no sabía cómo atender á las demandas. Él estaba enganchado desde mucho tiempo antes á un señor rico que pagaba espléndidamente su experiencia de las cosas de la Albufera. Mas no por esto los cazadores dejaban de dirigirse al patriarca de los barqueros, y el tío _Paloma_ andaba de un lado á otro buscando barquitos y hombres para todos los que le escribían desde Valencia.

La víspera de la tirada, Tonet vió entrar á su abuelo en la taberna. Venía en su busca. Aquel año la Albufera iba á tener más escopetas que pájaros. Él ya no sabía de dónde sacar barqueros. Todos los del Saler, los de Catarroja y aun los del Palmar estaban comprometidos: y ahora, un antiguo parroquiano, á quien nada podía negar, encargábale un hombre y un barquito para un amigo suyo que cazaba por primera vez en la Albufera. ¿Quería ser Tonet ese hombre, sacando á su abuelo de un compromiso?

El _Cubano_ se negó. Neleta estaba mala. Por la mañana había abandonado el mostrador, no pudiendo resistir los dolores. El momento tan temido sobrevendría tal vez muy pronto, y necesitaba estar en la taberna.

Pero su lacónica negativa fué interpretada como un desprecio por el viejo, que se mostró furioso. ¡Como ahora era rico, se permitía despreciar á su pobre abuelo, dejándolo en una situación ridícula! Él lo toleraba todo: había sufrido su pereza cuando explotaban el _redolí_; cerraba los ojos ante su conducta con la tabernera, que no honraba mucho á la familia; ¿pero dejarle en un apuro que él consideraba como de honor? ¡Cristo! ¿Qué dirían de él sus amigos de la ciudad cuando viesen que en la Albufera, donde le creían el amo, no encontraba un hombre para servirles? Y su tristeza era tan grande, tan visible, que Tonet se arrepintió. Negar su auxilio en las grandes tiradas era para el tío _Paloma_ un insulto á su prestigio y al mismo tiempo algo así como una traición á aquel país de cañas y barro donde habían nacido.

El _Cubano_ aceptó con resignación el ruego de su abuelo. Pensó, además, que Neleta podría esperar. Hacía tiempo que la alarmaban falsos dolores, y la crisis del momento sería igual á las otras.

Al cerrar la noche, Tonet llegó al Saler. Como barquero, debía asistir á la _demaná_, presenciando con su cazador la distribución de los _puestos_.

El caserío del Saler (lejos ya del lago, al extremo de un canal por la parte de Valencia) presentaba un aspecto extraordinario con motivo de las grandes tiradas.

En la replaza del canal que llamaban el Puerto, agolpábanse á docenas los negros barquitos, sin espacio para moverse, haciendo crujir sus delgadas bordas unos contra otros y estremeciéndose con el peso de enormes cubos de madera que habían de fijarse al día siguiente sobre estacas en el barro. En el interior de estos cubos se ocultaban los cazadores para disparar á los pájaros.