Part 14
La _Samaruca_ afirmaba que estaban asesinando á su cuñado. La tal Neleta era una criminal y su tía una bruja. Entre las dos habían dado algo al tío Paco que le trastornaba el juicio: tal vez los _polvos seguidores_ que sabían fabricar ciertas mujeres para vencer el desvío de los hombres. Así andaba el pobre, rabioso tras ella, sin apagar nunca su sed, perdiendo cada día un nuevo jirón de salud. ¡Y no había justicia en la tierra para castigar este crimen!...
El estado del tío Paco justificaba las murmuraciones. Los parroquianos le veían inmóvil junto al hogar, aun en pleno verano, buscando el fuego en el que hervían las _paellas_. Las moscas revoloteaban junto á su cara, sin que mostrase voluntad para espantarlas. En los días de sol se envolvía en la manta, gimiendo como un niño, quejándose del frío que le producían los dolores. Sus labios tomaban un color azulado; las mejillas, flácidas y abultadas, tenían la palidez amarillenta de la cera, y los ojos saltones estaban rodeados de una aureola negra, en la que parecían hundirse. Era un fantasma enorme, grasiento y temblón, que entristecía con su presencia á los parroquianos. El tío _Paloma_, que había terminado con _Cañamèl_ el negocio del _redolí_, no iba por la taberna. Aseguraba que el vino le parecía menos gustoso mirando aquel fardo de dolores y gemidos. Como el viejo tenía ahora dinero, frecuentaba una tabernilla adonde le habían seguido sus amigos, y la concurrencia de casa _Cañamèl_ sufrió gran disminución.
Neleta aconsejaba á su marido que fuese á los baños que recomendaban los médicos. Su tía le acompañaría.
--_Més avant_--respondía el enfermo--. _Después... después._
Y seguía inmóvil en la silleta de esparto, sin voluntad para separarse de la mujer y de aquel rincón, al que parecía agarrada su existencia.
Los tobillos comenzaron á hinchársele, tomando monstruosas dimensiones. Neleta esperaba esto. Era la hinchazón de los _maleolos_ (esto es, recordaba bien el nombre) que le había anunciado un médico en su último viaje á Valencia.
Esta manifestación de la enfermedad sacó á _Cañamèl_ de su sopor. Ya sabía él lo que era aquello. La humedad maldita del Palmar que se le metía por los pies al permanecer quieto. Y obedeció á Neleta, que le ordenaba trasladarse á otro terreno. En Ruzafa tenían, como todos los ricos del Palmar, su casita alquilada para casos de enfermedad. Allí podría valerse de los médicos y las farmacias de Valencia. _Cañamèl_ emprendió el viaje, acompañado de la tía de su mujer, y estuvo ausente unos quince días. Pero apenas la hinchazón decreció un poco, el tío Paco quiso volver, afirmando que ya estaba bueno. No podía vivir sin su Neleta. En Ruzafa sentía el frío de la muerte cuando, al llamar á su esposa, se presentaba la tía, con su cara arrugada y hocicuda de anguila vieja.
Volvió á reanudar los antiguos hábitos, sonando en la taberna el débil quejido de _Cañamèl_ como un continuo lamento.
Á principios del otoño tuvo que volver á Ruzafa en peor estado. La hinchazón comenzaba á extenderse por sus piernas, enormes, desfiguradas por el reuma, verdaderas patas de elefante, que arrastraba con dificultad, apoyándose en el más cercano y lanzando un quejido al colocar el pie en el suelo.
Neleta acompañó á su marido hasta la barca-correo. La tía había ido delante, por la mañana, en el _carro de las anguilas_, para preparar la casita de Ruzafa.
Por la noche, al acostarse, después de cerrada la taberna, Neleta creyó oir por el lado que daba al canal un silbido tenue que conocía desde niña. Entreabrió una ventana para mirar. ¡Él estaba allí! Paseaba como un perro triste, con la vaga esperanza de que le abrieran. Neleta cerró, volviéndose á la cama. Resultaba una locura el propósito de Tonet. No era tonta para comprometer su porvenir en un rapto de apasionamiento juvenil. Como decía su enemiga la _Samaruca_, ella sabía más que una vieja.
Halagada, sin embargo, por el apasionamiento de Tonet, que corría á ella tan pronto como la consideraba sola, la tabernera se durmió pensando en su amante. Había que dejar correr el tiempo. Tal vez, cuando menos lo esperasen, retoñaría la antigua felicidad.
La vida de Tonet había sufrido un nuevo cambio. Volvía á ser bueno, á vivir con su padre, á trabajar en los campos, que estaban casi cubiertos de tierra, gracias á la tenacidad del tío Tòni.
Los desmanes del _Cubano_ en la Dehesa habían terminado. La Guardia civil de la huerta de Ruzafa visitaba con frecuencia la selva. Aquellos soldados bigotudos, de cara inquisitorial, hacían llegar hasta él su resolución de contestar con una bala de mauser el primer escopetazo que disparase entre los pinos. El _Cubano_ aprovechó la advertencia. Las gentes del correaje amarillo no eran como los guardas de la Dehesa: podían dejarlo tendido al pie de un árbol y después pagaban con un pedazo de papel dando cuenta del hecho. Licenció á _Sangonera_, y otra vez volvió el vagabundo á su vida errante, coronándose de flores de los ribazos cuando estaba ebrio y buscando por el lago la mística aparición que tanto le había impresionado.
Tonet, por su parte, colgó la escopeta en la barraca de su padre y juró ante éste un arrepentimiento eterno. Quería que le tuvieran por hombre grave. Sería para el tío Tòni respetuoso y bueno, como éste lo había sido con el abuelo. Acababan para siempre las calaveradas. El padre, enternecido, abrazó á Tonet, lo que no había hecho desde que volvió de Cuba, y juntos se entregaron al enterramiento de los campos con el ardor del que ve su obra próxima á terminar.
La tristeza daba nuevas fuerzas á Tonet, endureciendo su voluntad. Impulsado por la pasión, que le roía las entrañas, había rondado varias noches en torno de la taberna, sabiendo que Neleta estaba sola. Había visto entreabrirse levemente las hojas de una ventana y volver á cerrarse. Sin duda le había reconocido, y á pesar de esto permanecía muda, inabordable. Nada debía esperar. Sólo le quedaba el cariño de los suyos. Y cada vez se unía más al tío Tòni y la _Borda_, participando de sus ilusiones y sus penas, compartiendo con ellos la miseria y admirándoles con la sencillez de sus costumbres, pues apenas bebía y pasaba las veladas relatando al padre sus aventuras de guerrillero. La _Borda_ mostrábase radiante de felicidad, y cuando hablaba con alguna vecina era para elogiar á su hermano. ¡El pobre Tonet! ¡cuán bueno era! ¡cómo alegraba al padre cuando quería!...
Neleta abandonó repentinamente la taberna para ir á Ruzafa. Tan grande fué su prisa, que no quiso esperar la barca-correo, y llamó al tío _Paloma_, para que en su barquito la condujese al Saler, al puerto de Catarroja, á cualquier punto de tierra firme desde donde pudiera dirigirse á Ruzafa.
_Cañamèl_ estaba muy grave: agonizaba. Para Neleta no era esto lo más importante. Su tía había llegado por la mañana con noticias que la dejaron inmóvil de sorpresa tras el mostrador. La _Samaruca_ estaba en Ruzafa hacía cuatro días. Se había metido en la casa como parienta, y la pobre tía no osaba protestar. Además llevaba con ella á un sobrino, al que quería como un hijo, y que vivía con ella: el mismo á quien Tonet había pegado la noche de _les albaes_. Al principio, la enfermera calló, con su bondad de mujer sencilla: eran parientes de _Cañamèl_, y no tenía tan mal corazón que fuese á privar al enfermo de estas visitas. Pero después oyó algunas de las conversaciones de _Cañamèl_ y su cuñada. Aquella bruja se esforzaba por convencerle de que nadie le quería como ella y el sobrino. Hablaba de Neleta, asegurando que, tan pronto como él emprendió el viaje, el nieto del tío _Paloma_ entraba en su casa todas las noches. Además... (aquí vacilaba de miedo la vieja) el día anterior se presentaron en la casa dos señores conducidos por la _Samaruca_ y su sobrino: uno que preguntaba á _Cañamèl_ con voz queda y otro que escribía. Debía ser cosa de testamento.
Ante esta noticia, Neleta se mostró tal como era. Su vocecita mimosa, de dulzonas inflexiones, se tornó ronca; brillaron como si fuesen de talco las claras gotas de sus ojos, y por su piel blanca corrió una oleada de verdosa palidez.
--_¡Recordóns!_--gritó como un barquero de los que concurrían á la taberna.
¿Y para esto se había casado ella con _Cañamèl_? ¿Para esto aguantaba una enfermedad interminable, esforzándose por aparecer dulce y cariñosa? Vibraba en pie dentro de ella, con toda su inmensa fuerza, el egoísmo de la muchacha rústica que coloca el interés por encima del amor.
En el primer impulso quiso golpear á su tía, que le comunicaba tales noticias á última hora, cuando tal vez no había remedio. Pero la explosión de cólera le haría perder tiempo, y prefirió correr á la barca del tío _Paloma_ con tanta prisa, que ella misma empuñó una percha para salir cuanto antes del canal y tender la vela.
Á media tarde entró como un huracán en la casita de Ruzafa. Al verla la _Samaruca_ palideció, é instintivamente fué de espaldas á la puerta; pero apenas intentó retirarse, la alcanzó una bofetada de Neleta, y las dos mujeres se agarraron del pelo mudamente, con sorda rabia, revolviéndose, yendo de un lado á otro, chocando contra las paredes, haciendo rodar los muebles con las manos crispadas hundidas en el moño, como dos vacas uncidas que se pelearan con las cabezas juntas sin poder separarse.
La _Samaruca_ era fuerte é inspiraba cierto miedo á las comadres del Palmar, pero Neleta, con su sonrisita dulce y su voz melosa, ocultaba una vivacidad de víbora y mordía á su enemiga en la cara con un furor que la hacía tragarse la sangre.
--_¿Qué es això?_--gemía en una habitación inmediata la voz da _Cañamèl_, asustado por el estruendo--. _¿Qué pasa?..._
El médico, que estaba con él, salió del dormitorio, y ayudado por el sobrino de la _Samaruca_, pudo separar á las dos mujeres, después de grandes esfuerzos y de recibir no pocos arañazos. En la puerta se agolpaban los vecinos. Admiraban el ciego ensañamiento con que riñen las mujeres, y alababan el coraje de la rubia pequeñita, que lloraba por no poder _desahogarse_ más.
La cuñada de _Cañamèl_ huyó, seguida de su sobrino; cerróse la puerta de la casa, y Neleta, con los pelos en desorden y la blanca tez enrojecida por los arañazos, entró en el cuarto del marido después de limpiarse la sangre ajena que manchaba sus dientes.
_Cañamèl_ era una ruina. Las piernas hinchadas, monstruosas: el edema, según decía el médico, se extendía ya por el vientre, y la boca tenía la lividez azul de los cadáveres.
Parecía aún más enorme sentado en un sillón de cuerda, con la cabeza hundida entre los hombros, sumido en un sopor de apoplético, del que sólo lograba salir á costa de grandes esfuerzos. No preguntó la causa del estruendo, como si la hubiese olvidado instantáneamente, y sólo al ver á su mujer hizo un torpe gesto de alegría y murmuró:
--_Estic molt mal... molt mal._
No podía moverse. Tan pronto como intentaba acostarse se ahogaba, y había que correr á levantarlo como si hubiese llegado su última hora.
Neleta hizo sus preparativos para quedarse allí. La _Samaruca_ no se burlaría más. No soltaba á su marido hasta llevárselo bueno al pueblo.
Pero ella misma hacía un gesto de incredulidad ante la esperanza de que _Cañamèl_ pudiera volver á la Albufera. Los médicos no ocultaban su triste opinión. Se moría de un reumatismo cardíaco, de _asistolia_. Era enfermedad sin remedio; el corazón quedaría falto de contracción en el momento menos esperado y acabaría la vida.
Neleta no abandonaba á su marido. Aquellos señores que habían escrito papeles cerca de él no se apartaban de su pensamiento. La enfurecía el amodorramiento de _Cañamèl_; quería saber qué es lo que había dictado bajo la maldita inspiración de la _Samaruca_, y le sacudía para hacerle salir de su sopor.
Pero el tío Paco, al reanimarse un momento, contestaba siempre lo mismo. Todo lo había dispuesto bien. Si ella era buena, si le quería como tantas veces se lo había jurado, nada debía temer.
Á los dos días murió _Cañamèl_ en su sillón de esparto, asfixiado por el asma, hinchado, con las piernas lívidas.
Neleta apenas lloró. Otra cosa la preocupaba. Cuando el cadáver hubo salido para el cementerio y ella se vió libre de los consuelos que le prodigaban las gentes de Ruzafa, sólo pensó en buscar al notario que había redactado el testamento y enterarse de la voluntad de su esposo.
No tardó en lograr su deseo. _Cañamèl_ había sabido hacer bien las cosas, como afirmaba en sus últimos momentos.
Declaraba su heredera á Neleta, sin mandas ni legados. Pero ordenaba que si ella volvía á casarse ó demostraba con su conducta sostener relaciones amorosas con algún hombre, la parte de su fortuna de que podía disponer pasase á su cuñada y á todos los parientes de la primera esposa.
VIII
Nadie supo cómo volvió Tonet á la taberna del difunto _Cañamèl_.
Los parroquianos le vieron una mañana sentado ante una mesilla, jugando al truque con _Sangonera_ y otros desocupados del pueblo, y nadie lo extrañó. Era natural que Tonet frecuentase un establecimiento del que era Neleta única dueña.
Volvió el _Cubano_ á pasar allí su vida, abandonando de nuevo al padre, que había creído en una total conversión. Pero ahora ya no se reproducía entre él y la tabernera aquella confianza que escandalizaba al Palmar con sus alardes de fraternidad sospechosa. Neleta, vestida de luto, estaba tras el mostrador, embellecida por cierto aire de autoridad. Parecía más grande al verse rica y libre. Bromeaba menos con los parroquianos; mostrábase de una virtud arisca; acogía con torvo ceño y apretando los labios las bromas á que estaban habituados los concurrentes, y bastaba que algún bebedor rozase al tomar el vaso sus brazos arremangados, para que Neleta sacase las uñas, amenazando con plantarlo en la puerta.
La concurrencia aumentaba desde que había desaparecido el doliente é hinchado espectro de _Cañamèl_. El vino servido por la viuda parecía mejor, y las tabernillas del Palmar volvían á despoblarse.
Tonet no osaba fijar sus ojos en Neleta, como temiendo los comentarios de la gente. ¡Ya hablaba bastante la _Samaruca_, viéndole otra vez en la taberna! Jugaba, bebía, se sentaba en un rincón, como lo hacía _Cañamèl_ en otros tiempos, y parecía dominado á distancia por aquella mujer que á todos miraba menos á él.
El tío _Paloma_ comprendía con su habitual astucia la situación del nieto. Estaba siempre allí por no disgustar á la viuda, que deseaba tenerle bajo su vista, ejercer sobre él una autoridad sin límites. Tonet «montaba la guardia», como decía el viejo, y aunque de vez en cuando sentía deseos de salir á los carrizales á disparar unos cuantos escopetazos, callaba y permanecía quieto, temiendo sin duda las recriminaciones de Neleta cuando se viesen á solas.
Mucho había sufrido ella en los últimos tiempos, aguantando las exigencias del dolorido _Cañamèl_, y ahora que era rica y libre se resarcía, haciendo pesar su autoridad sobre Tonet.
El pobre muchacho, asombrado de la prontitud con que la muerte arreglaba las cosas, dudaba aún de su buena fortuna al verse en casa de _Cañamèl_, sin miedo á que apareciese el irritado tabernero. Contemplando aquella abundancia, de la que Neleta era única dueña, obedecía todas las exigencias de la viuda.
Ella le vigilaba con duro cariño, semejante á la severidad de una madre.
--_No begues més_--decía á Tonet, que, incitado por _Sangonera_, se atrevía á pedir nuevos vasos en el mostrador.
El nieto del tío _Paloma_, obediente como un niño, se negaba á beber y permanecía inmóvil en su asiento, respetado por todos, pues nadie ignoraba sus relaciones con la dueña de la casa.
Los parroquianos, que habían presenciado su intimidad en tiempos de _Cañamèl_, encontraban lógico que los dos se entendiesen. ¿No habían sido novios? ¿No se habían querido hasta el punto de excitar los celos del cachazudo tío Paco?... Se casarían ahora, tan pronto como pasasen los meses de espera que la ley exige á la viuda, y el _Cubano_ daríase aires de legítimo dueño tras aquel mostrador que ya había asaltado como amante.
Los únicos que no aceptaban esta solución eran la _Samaruca_ y sus parientes. Neleta no se casaría: estaban seguros de ello. Era demasiado mala aquella mujercita de melosa lengua para hacer las cosas como Dios manda. Antes que realizar el sacrificio de ceder á los parientes de la primera esposa lo que era muy suyo, preferiría vivir enredada con el _Cubano_. Para ella nada tenía esto de nuevo. ¡Cosas más grandes había visto el pobre _Cañamèl_ antes de morir!...
Espoleados por el testamento que les ofrecía la posibilidad de ser ricos y por la convicción de que Neleta no había de allanarles el camino casándose, la _Samaruca_ y los suyos ejercían un minucioso espionaje en torno de los amantes.
Por las noches, á altas horas, cuando se cerraba la taberna, la feroz mujerona, arrebujada en su mantón, espiaba la salida de los parroquianos, buscando entre ellos á Tonet.
Veía á _Sangonera_ que se retiraba á su barraca con paso inseguro. Los compañeros le perseguían con sus burlas, preguntándole si había vuelto á encontrar al afilador italiano. Él, en medio de su embriaguez, se serenaba... ¡Pecadores! ¡Parecía imposible que siendo cristianos se burlasen de aquel encuentro!... Ya vendría el que todo lo puede, y su castigo sería no reconocerlo, no seguirlo, privándose de la felicidad reservada á los escogidos.
Algunas veces, al quedarse solo _Sangonera_ ante su barraca, lo abordaba la _Samaruca_, surgiendo de la obscuridad como una bruja. ¿Dónde estaba Tonet? Pero el vagabundo sonreía maliciosamente, adivinando las intenciones de la mujerona. ¡Preguntitas á él! Y extendiendo sus manos con un gesto vago, como si quisiera abarcar toda la Albufera, contestaba:
--_¿Tonet? Per lo mon; per lo mon._
La _Samaruca_ era infatigable en sus averiguaciones. Antes de romper el día ya estaba frente á la barraca de los _Palomas_, y al abrir la puerta la _Borda_ entablaba conversación con ella, mientras lanzaba ávidas miradas al interior de la vivienda para ver si Tonet estaba dentro.
La implacable enemiga de Neleta adquirió la convicción de que el joven se quedaba por las noches en la taberna. ¡Qué escándalo! ¡Cuando sólo hacía unos meses que había muerto _Cañamèl_! Pero lo que más le irritaba de esta audacia amorosa era que el testamento del tabernero quedase sin cumplir y la mitad de sus bienes siguiera en poder de la viuda, en vez de pasar á los parientes de la primera mujer. La _Samaruca_ hizo viajes á Valencia: se enteró de personas que conocían las leyes por la punta de las uñas, y pasó el tiempo en continua agitación, acechando noches enteras por los alrededores de la taberna, acompañada de parientes que habían de servirla de testigos. Esperaba que Tonet saliese de la casa antes del amanecer, para probar de este modo sus relaciones con la viuda. Pero las puertas de la taberna no se abrían en toda la noche: la casa permanecía obscura y silenciosa, como si todos durmiesen en su interior el sueño de la virtud. Por la mañana, cuando la taberna se abría, Neleta mostrábase tras el mostrador tranquila, sonriente, fresca, mirando á todos frente á frente, como la que nada tiene que reprocharse; y mucho tiempo después, Tonet aparecía como por arte de encantamiento, sin que los parroquianos supiesen ciertamente si había entrado por la puerta que daba á la calle ó la del canal.
Era difícil pillar en falta á aquella pareja. La _Samaruca_ se desesperaba, reconociendo la astucia de Neleta. Para evitar confidencias, había despedido á la criada de la taberna, reemplazándola con su tía, aquella vieja sin voluntad, resignada á todo, que sentía cierto respeto no exento de miedo ante el genio violento de la sobrina y las riquezas de su viudez.
El vicario don Miguel, enterado de los sordos trabajos de la _Samaruca_, agarró más de una vez á Tonet, sermoneándole para que evitase el escándalo. Debían casarse: cualquier día podían sorprenderles los del testamento y se hablaría del hecho en toda la Albufera. Aunque Neleta perdiese una parte de su herencia, ¿no era mejor vivir como Dios manda, sin tapujos ni mentiras? El _Cubano_ movía los hombros. Él deseaba el matrimonio, pero ella debía resolver. Neleta era la única mujer del Palmar que, con su acostumbrada dulzura, hacía frente al rudo vicario: por esto se indignaba al oir sus reprimendas. ¡Todo eran mentiras! Ella vivía sin faltar á nadie. No necesitaba hombres. Le precisaba un criado en la taberna y tenía á Tonet, que era su compañero de la niñez... ¿Es que no podía escoger en una casa como la suya, llena de _intereses_, al que le mereciese más confianza? Ya sabía ella que todo eran calumnias de la _Samaruca_ para que la regalase los campos de arroz de _su difunto_; la mitad de una fortuna á cuya creación había contribuído como esposa honrada y laboriosa. Pero ¡estaba fresca aquella bruja si esperaba la herencia! ¡primero se secaría la Albufera!
La avaricia de la mujer rural se revelaba en Neleta con una fogosidad capaz de los mayores arrebatos. Despertábase en ella el instinto de varias generaciones de pescadores miserables roídos por la miseria, que admiraban con envidia la riqueza de los que poseen campos y venden el vino á los pobres, apoderándose lentamente del dinero. Recordaba su niñez hambrienta, los días de abandono, en los que se colocaba humildemente en la puerta de los _Palomas_ esperando que la madre de Tonet se apiadase de ella; los esfuerzos que tuvo que hacer para conquistar á su marido y sufrirle durante su enfermedad; y ahora que se veía la más rica del Palmar, ¿tendría por ciertos escrúpulos que repartir su fortuna con gentes que siempre la habían hecho daño? Sentíase capaz de un crimen antes que entregar un alfiler á los enemigos. La posibilidad de que pudiese ser de la _Samaruca_ una parte de las tierras de arroz que ella cuidaba con tanta pasión la hacía ver rojo de cólera, y sus manos se crispaban con la misma furia que en Ruzafa la hizo arrojarse sobre su enemiga.
La posesión de la riqueza la transformaba. Mucho quería á Tonet, pero entre éste y sus bienes, no dudaba en sacrificar al amante. Si abandonaba á Tonet, volvería más ó menos pronto, pues su vida estaba encadenada para siempre á ella; pero si soltaba la más pequeña parte de su herencia, ya no la vería nunca.
Por esto acogió con indignación las tímidas proposiciones que le hizo por la noche Tonet en el silencio del piso alto de la taberna.
Al _Cubano_ le pesaba esta vida de huídas y ocultaciones. Deseaba ser dueño legal de la taberna; deslumbrar á todo el pueblo con su nueva posición, hombrearse con las gentes que le habían despreciado. Además (y esto lo ocultaba cuidadosamente), siendo marido de Neleta, le pesaría menos el carácter dominador de ésta, su despotismo de mujer rica que puede poner al amante en la puerta y abusa de la situación. Ya que le quería, ¿por qué no se casaban?