Cañas y barro: Novela

Part 12

Chapter 123,933 wordsPublic domain

Tonet había preparado bien las cosas, ocupándose hasta de la música que se cantaría en la fiesta. Nada de misas célebres, que hacían dormir á la gente. Eso era bueno para los de la ciudad, acostumbrados á las óperas. En el Palmar querían la miga de Mercadante, como en todos los pueblos valencianos.

Durante la fiesta se enternecían las mujeres oyendo á los tenores que entonaban en honor del Niño Jesús barcarolas napolitanas, mientras los hombres seguían con movimientos de cabeza el ritmo de la orquesta, que tenía la voluptuosidad del vals. Aquello alegraba el espíritu, según decía Neleta: valía más que una función de teatro y servía para el alma. Y mientras tanto, fuera, en la plaza, trueno va y trueno viene, se disparaban las largas filas de _masclets_, conmoviendo las paredes de la iglesia y cortando muchas veces el canto de los artistas y las palabras del predicador.

Al terminar, la muchedumbre se detuvo en la plaza esperando la hora de la comida. La banda de música, algo olvidada después de los esplendores de la misa, rompió á tocar á un extremo. La gente se sentía satisfecha en aquel ambiente de plantas olorosas y humo de pólvora, y pensaba en el caldero que le aguardaba en sus casas con los mejores pájaros de la Albufera.

Las miserias de su vida anterior parecían ahora de un mundo lejano al cual no habían de volver.

Todo el Palmar creía haber entrado para siempre en la felicidad y la abundancia, y se comentaban las frases grandilocuentes del predicador dedicadas á los pescadores; la media onza que le daban por el sermón y la espuerta de dinero que costaban seguramente los músicos, la pólvora, las telas con franja de oro manchadas de cera que adornaban el portal de la iglesia y aquella banda que los ensordecía con sus marciales rugidos.

Los grupos felicitaban al _Cubano_, rígido dentro de su traje negro, y al tío _Paloma_, que se consideraba aquel día dueño del Palmar. Neleta se pavoneaba entre las mujeres, con la rica mantilla sobre los ojos, luciendo el rosario de nácar y el devocionario de marfil de su casamiento. De _Cañamèl_ nadie se acordaba, á pesar de su aspecto majestuoso y de la gran cadena de oro que aserraba su abdomen. Parecía que no era su dinero el que pagaba la fiesta: todos los plácemes iban á Tonet, en su calidad de dueño de la _Sequiòta_. Para aquella gente, el que no era de la Comunidad de Pescadores no merecía respeto. Y el tabernero sentía crecer en su interior el odio hacia el _Cubano_, que poco á poco se apoderaba de lo suyo.

Este mal humor le acompañó todo el día. Su mujer, adivinando el estado de su ánimo, tuvo que hacer esfuerzos de amabilidad durante la gran comida con que obsequiaron en el piso alto de la taberna al predicador y á los músicos. Hablaba de la enfermedad de su pobre Paco, que le ponía muchas veces de un humor endiablado, rogando á todos que le perdonasen. Á media tarde, cuando la barca-correo se llevó á la gente de Valencia, el irritado _Cañamèl_, viéndose solo con su mujer, pudo soltar toda la bilis.

Ya no toleraba por más tiempo al _Cubano_. Con el abuelo se entendía bien, por ser hombre trabajador, que cumplía sus compromisos; pero aquel Tonet era un perezoso, que se burlaba de él, aprovechando su dinero para darse una vida de príncipe, sin más méritos que su fortuna en el sorteo de la Comunidad. Hasta le quitaba la poca satisfacción que podía proporcionarle gastar tanto dinero en la fiesta. Todo se lo agradecían al otro; como si _Cañamèl_ no fuese nadie, como si no saliese de su bolsillo el dinero para la explotación del _redolí_, y todos los resultados de la pesca no se le debieran á él. Acabaría por echar de su casa aquel vago, aunque perdiese con ello el negocio.

Neleta intervenía, asustada por la amenaza. Le recomendaba la calma; debía pensar que era él quien había buscado á Tonet. Además, á los _Palomas_ los miraba ella como de la familia: la habían protegido en la mala época.

Pero _Cañamèl_, con una testarudez de niño, repetía sus amenazas. Con el tío _Paloma_, bueno: estaba dispuesto á ir á todas partes. Pero ó Tonet se enmendaba, ó rompía con él. Cada cual en su puesto: no quería partir más sus ganancias con aquel majo que sólo sabía explotarle á él y al pobre abuelo. El dinero le costaba mucho de ganar y no toleraba abusos.

La discusión entre los esposos fué tan acalorada, que Neleta lloró, y por la noche no quiso ir á la plaza, donde se celebraba el baile.

Grandes hachones de cera, que servían en la iglesia para los entierros, iluminaban la plaza. _Dimòni_ tocaba en su dulzaina las antiguas contradanzas valencianas, la _cháquera vella_, ó el baile al estilo de Torrente, y las muchachas del Palmar danzaban ceremoniosamente, dándose la mano, cruzándose las parejas, como damas de empolvada peluca que se hubieran disfrazado de pescadoras para bailar una pavana á la luz de las antorchas. Después venía el _ú y el dos_, baile más vivo, animado por coplas, y las parejas saltaban briosamente, promoviéndose una tempestad de gritos y relinchos cuando alguna muchacha, al girar como una peonza, mostraba sus medias bajo la ondeante rueda de los zagalejos.

Antes de media noche, el frío disolvió la fiesta. Las familias se retiraban á sus barracas, pero quedaron en la plaza los jóvenes, la gente alegre y brava del pueblo, que se pasaba los dos días de fiesta en continua embriaguez. Presentábanse con la escopeta ó el retaco al hombro, como si para divertirse en un pueblo pequeño, donde todos se conocían, fuese preciso tener el arma al alcance de la mano.

Organizábanse _les albaes_. Había que pasar la noche, según la costumbre tradicional, corriendo el pueblo de puerta en puerta, cantando en honor de todas las mujeres jóvenes y viejas del Palmar, y para esta tarea los cantadores disponían de un pellejo de vino y varias botellas de aguardiente. Algunos músicos de Catarroja, muchachos de buena voluntad, se comprometieron á corear la dulzaina de _Dimòni_ con sus instrumentos de metal, y la serenata de _les albaes_ comenzó á rodar en la noche obscura y fría, guiada por una antorcha del baile.

Toda la juventud del Palmar, con su vieja arma al hombro, marchaba en apretado grupo tras el dulzainero y los músicos, que agarraban sus instrumentos con la manta, temiendo el frío contacto del metal. _Sangonera_ cerraba la comitiva, cargado con el pellejo de vino. Con frecuencia creía llegado el momento de echar la carga en el suelo y preparaba el vaso para _refrescar_.

Comenzaba la copla uno de los cantores, entonando los dos primeros versos con acompasado baqueteo del tamborcillo, y le contestaba otro completando la redondilla. Generalmente, los dos últimos versos eran los más maliciosos, y mientras la dulzaina y los instrumentos de metal saludaban la terminación de la copla con un ruidoso _ritornello_, la gente joven prorrumpía en gritos y agudos relinchos y hacía salva disparando al aire sus retacos.

¡El diablo que durmiera aquella noche en el Palmar! Las mujeres, desde la cama, seguían mentalmente la marcha de la serenata, estremeciéndose con el estrépito y el tiroteo, y adivinaban su paso de una puerta á otra por las alusiones mortificantes con que saludaban á cada vecino.

En esta expedición, el pellejo de _Sangonera_ no permanecía quieto mucho tiempo. Los vasos circulaban por los grupos, aumentando el calor en medio de la helada noche, y los ojos eran cada vez más brillantes, así como las voces se hacían roncas.

En una esquina dos jóvenes fueron á las manos por cuestión de quién debía beber antes, y después de abofetearse se separaron algunos pasos, apuntándose con las escopetas. Todos intervinieron, y á golpes les quitaron las armas. ¡Á dormir! ¡Les había hecho daño el vino: debían irse á la cama! Y los de _les albaes_ siguieron adelante con sus cantos y relinchos. Estos incidentes entraban en la diversión; todos los años ocurrían.

Á las tres horas de lento paseo por el pueblo todos iban borrachos. _Dimòni_, con la cabeza pesada y los ojos cerrados, parecía estornudar en la dulzaina, y el instrumento gemía indeciso y vacilante como las piernas del tañedor. _Sangonera_, viendo el pellejo casi vacío, quería cantar, y coreado por un continuo _¡fòra, fòra!_ entre silbidos y relinchos, improvisaba coplas incoherentes contra los _ricos_ del pueblo.

No quedaba vino, pero todos confiaban en dar fondo á la mitad de su viaje frente á casa de _Cañamèl_, donde renovarían la provisión.

Cerca de la taberna, obscura y cerrada, los de _les albaes_ encontraron á Tonet envuelto en la manta hasta los ojos y enseñando por bajo de ella la boca del retaco. El _Cubano_ temía la indiscreción de aquella gente; recordaba lo que él había hecho en noches iguales, y creía contenerlos con su presencia.

La comitiva, abrumada por la embriaguez y el cansancio, pareció recobrar nueva vida frente á la casa de _Cañamèl_, como si al través de las rendijas de la puerta llegase á todos el perfume de los toneles.

Uno cantó una canción respetuosa al _siñor don Paco_, halagándole para que abriese, apellidándolo la «flor de los amigos» y prometiendo las simpatías de todos si llenaba el pellejo. Pero la casa permaneció silenciosa: no se movió una ventana: no sonó el más leve ruido en su interior.

En la segunda copla ya le hablaban de tú al pobre _Cañamèl_, y la voz de los cantores temblaba con cierta irritación, que prometía una lluvia de insolencias.

Tonet mostrábase inquieto.

--_¡Che!... ¡No feu el pòrch!_--decía á sus amigos con acento paternal.

¡Pero buena estaba la gente para oir consejos! La tercera copla fué para Neleta, «la mujer más resalada del Palmar», compadeciéndola por estar casada con el tacaño _Cañamèl_, «que para nada servía»... Y á partir de esta copla, la serenata se convirtió en un venenoso chaparrón de escandalosas alusiones. La concurrencia se divertía. Encontraban las coplas más gustosas aún que el vino, y reían con esa preferencia que muestra la gente rural por divertirse á costa de los infortunios. Se enfurecían todos haciendo causa común si á un pescador le quitaban un _mornell_ que valía unos reales, y reían como locos cuando á alguien le robaban la mujer.

Tonet temblaba de ansiedad y de cólera. En ciertos momentos deseaba huir, presintiendo que sus amigotes irían demasiado lejos, pero le retenía el orgullo, con la falsa esperanza de que su presencia sería un freno.

--_¡Che! ¡Mireu lo que feu!_--decía con un tono de sorda amenaza.

Pero los cantores se tenían por los muchachos más bien plantados del pueblo; eran los matoncillos que habían salido á la luz mientras él rodaba por las tierras de Ultramar. Tenían deseos de hacer ver que no les inspiraba ningún miedo el _Cubano_, y reían de sus recomendaciones, inventando apresuradamente coplas, que lanzaban como proyectiles contra la taberna.

Un muchachuelo, sobrino de la _Samaruca_, hizo desbordar la cólera de Tonet. Cantó una copla sobre la asociación de _Cañamèl_ y el _Cubano_, diciendo que no sólo explotaban juntos la _Sequiòta_, sino que se repartían á Neleta, y terminó afirmando que pronto tendría la tabernera la sucesión que en vano pedía á su marido.

El _Cubano_ se plantó de un salto en medio del corro, y á la luz de la antorcha se le vió levantar la culata del retaco, golpeando la cara del cantor. Como éste se rehiciera echando mano á su escopeta, Tonet dió un salto atrás, disparando su carabina casi sin apuntar... ¡La tormenta que se armó!... Perdióse la bala en el espacio, pero _Sangonera_ creyó oir su silbido junto á la nariz y se arrojó al suelo dando espantosos alaridos.

--_¡M’han mòrt! ¡Asesino!_...

En las casas se abrían las ventanas con estrépito, asomando sombras blancas, algunas de las cuales avanzaban el cañón de la escopeta sobre el alféizar.

Tonet fué desarmado en un instante, y empujado por muchos brazos, acorralado contra la pared, se agitaba como un furioso, pugnando por sacar el cuchillo que guardaba en la faja.

--_¡Solteume!_--gritaba entre espumarajos de rabia--. _¡Solteume! ¡Á eixe pillo el mate yo!_

El alcalde y su ronda, que seguían de cerca á _les albaes_ presintiendo el escándalo, se mezclaron entre los combatientes. El _pare Miquèl_, con gorra de pelo y carabina, comenzó á repartir culatazos, con la satisfacción que le causaba pegar impunemente ejerciendo de autoridad.

El cabo de los carabineros se llevó á Tonet hacia su barraca, amenazándole con el mauser, y al sobrino de la _Samaruca_ lo metieron en una casa para lavarle la sangre del culatazo.

_Sangonera_ dió más que hacer. Seguía revolcándose en el suelo, asegurando entre berridos que estaba muerto. Le daban el último vino del pellejo para animarlo, y el vagabundo, satisfecho del remedio, juraba que estaba pasado de parte á parte y no podía levantarse, hasta que el enérgico vicario, adivinando su marrullería, le largó dos saludables patadas, que instantáneamente le pusieron en pie.

El alcalde ordenó que _les albaes_ siguieran su marcha. Ya habían cantado bastante á _Cañamèl_. El funcionario sentía por el tabernero ese respeto que inspira en los pueblos el hombre rico, y quería evitarle nuevos disgustos.

Se alejó la serenata como desmayada: en vano hacía escalas la dulzaina de _Dimòni_, pues los cantores, viendo seco el pellejo, sentían obstruída su garganta.

Fueron cerrándose las ventanas, la calle quedó solitaria, pero los últimos curiosos, al retirarse, creyeron oir en el piso alto de la taberna rumor de voces, choque de muebles y algo como un lejano llanto de mujer interrumpido por las exclamaciones sordas de una voz furiosa.

Al día siguiente sólo se hablaba en el Palmar de lo ocurrido en _les albaes_ frente á la casa de _Cañamèl_.

Tonet no osaba presentarse en la taberna. Temía abordar la penosa situación en que le había colocado la imprudencia de los amigos. Durante la mañana vagó por la plaza de la Iglesia, sin atreverse á ir más adelante, viendo de lejos la puerta de la taberna llena de gente. Era el último día de jolgorio y vagancia para el pueblo. Se celebraba la fiesta del Cristo, y por la tarde la música se embarcaría para Catarroja, dejando al Palmar sumido en su tranquilidad de convento para todo un año.

Tonet comió en la barraca con su padre y la _Borda_, que durante los tres días de fiesta, para no dar que hablar á los vecinos, habían suspendido á regañadientes el rudo trabajo contra las aguas. El tío Tono debía ignorar lo ocurrido en la noche anterior. Su gesto grave, pero igual al de todos los días, así lo revelaba. Además, había pasado el tiempo reparando los desperfectos que el invierno causaba en su barraca, pues el rudo trabajador no podía descansar un instante.

La _Borda_ debía saber algo: se leía en sus ojos puros, que parecían iluminar su fealdad; en la mirada compasiva y tierna que fijaba en Tonet, estremeciéndose por el peligro que había arrostrado en la noche anterior. En un momento que los dos jóvenes quedaron solos, ella se quejó con dolorosas exclamaciones. ¡Señor! ¡Si el padre sabía lo ocurrido!... ¡Lo iba á matar á disgustos!...

El tío _Paloma_ no se presentó en la barraca: sin duda comía con _Cañamèl_. Por la tarde lo encontró Tonet en la plaza. Su rostro arrugado no reflejaba ninguna impresión, pero habló á su nieto con sequedad, aconsejándole que fuese á la taberna. El tío Paco tenía algo que decirle.

Tonet retardó algún tiempo la visita. Se entretuvo en la plaza viendo cómo se formaba la banda para tocar por última vez lo que la gente llamaba el _pasacalle de las anguilas_. Los músicos se consideraban chasqueados si al volver del Palmar no llevaban alguna pesca á sus familias. Todos los años, antes de partir, recorrían el pueblo entonando el último pasodoble, mientras al frente del bombo algunos chiquillos con espuertas iban recogiendo lo que cada vecina quería darles: anguilas, tencas y lisas, sin contar el _llobarro_ (la buscada lubina) que los clavarios reservaban para el músico mayor.

La música rompió á tocar, andando con paso lento, para que las pescadoras depositasen sus ofrendas. Entonces fué cuando Tonet se decidió á entrar en casa de _Cañamèl_.

--_¡Buenas tardes, caballers!_--gritó alegremente para darse ánimos.

Neleta, tras el mostrador, le lanzó una mirada indefinible y bajó la cabeza para que no viese sus ojeras profundas y los párpados enrojecidos por el llanto.

_Cañamèl_ le contestó desde el fondo del establecimiento, señalando majestuosamente la puerta de las habitaciones interiores.

--_Pasa, pasa; tenim que parlar._

Los dos hombres entraron en un _estudi_ inmediato á la cocina, que servía algunas veces de dormitorio á los cazadores de Valencia.

_Cañamèl_ no dió tiempo á su socio para sentarse. Estaba lívido: sus ojillos brillaban más hundidos que nunca entre los bullones de grasa, y su nariz corta y redonda temblaba como un _tic_ nervioso. El tío Paco abordó la cuestión. _Aquello_ había de acabarse: ya no podían seguir juntos el negocio ni ser amigos. Y como Tonet intentase protestar, el gordo tabernero, que estaba en un momento de pasajera energía, tal vez el último de su existencia, le detuvo con un gesto. Nada de palabras: era inútil. Estaba resuelto á concluir; hasta el tío _Paloma_ reconocía su razón. Habían emprendido el negocio con el trato de que él pondría el dinero y el _Cubano_ el trabajo. Su dinero no había faltado: el esfuerzo del socio es lo que nadie veía. El _señor_ lo pasaba á lo grande, mientras su pobre abuelo se mataba trabajando por él... ¡Y si sólo fuese esto! Se había metido en aquella casa como si fuese de su propiedad. Parecía el amo de la taberna. Comía y bebía de lo mejor; disponía del cajón como si no tuviese dueño; se permitía libertades que no quería recordar; se apoderaba de su perra, de su escopeta, y según decía ahora la gente... hasta de su mujer.

--_¡Mentira... mentira!_--gritó Tonet con el ansia del culpable.

_Cañamèl_ le miró de un modo que le hizo ponerse en guardia, con cierto miedo. Sí; seguramente era mentira. También creía él lo mismo. Esto les valía á Neleta y á Tonet, porque si él llegase á sospechar remotamente que pudieran ser ciertas las porquerías que aquellos canallas habían cantado la noche anterior, era hombre para retorcerle el pescuezo á ella y meterle un escopetazo á él entre ceja y ceja. ¿Qué se había figurado? El tío Paco era muy bueno, pero á pesar de su enfermedad, resultaba tan hombre como cualquiera cuando le tocaban lo suyo.

Y el tabernero, temblando de sorda cólera, se paseaba como el caballo viejo y enfermo, pero de raza fuerte, que sabe encabritarse hasta el último momento. Tonet miraba con admiración al antiguo aventurero, que, en su enfermiza indolencia, panzudo y hablando, encontraba aún la energía de sus tiempos de luchador, libre de escrúpulos.

En el silencio de la habitación resonaba el eco lejano de los instrumentos de metal que recorrían el pueblo.

_Cañamèl_ volvió á hablar, y sus palabras fueron acompañadas por la música, cada vez más próxima.

Sí; todo era mentira. Pero él no estaba allí para ser burla de la gente. Además, le cargaba ver á Tonet siempre en la taberna, tomándose con Neleta aquellas familiaridades de hermano. No quería en su casa más hermanazgos postizos: se acabó. Estaba de acuerdo con el tío _Paloma_. En adelante seguirían el negocio de la _Sequiòta_ los dos solos, y el abuelo ya se entendería con el nieto para que cobrase su parte. Tonet nada tenía que tratar con _Cañamèl_. Si no estaba conforme, podía decirlo. Él era el amo de la _Sequiòta_ por el sorteo, pero el tío Paco retiraría sus redes y su capital, Tonet disgustaría á su abuelo, y ¡allá veríamos cómo se las arreglaba solo!

Tonet no protestó ni opuso resistencia. Lo que acordase su abuelo bien hecho estaba.

La música llegó enfrente de la taberna. Se detuvo, y su armónico estrépito hizo estremecer las paredes.

_Cañamèl_ levantó la voz para ser oído. Una vez resuelto lo del negocio, quedaba el hablar los dos, de hombre á hombre. Y él, con su autoridad de marido que no quiere que se le rían y de hombre que cuando era preciso sabía poner en la puerta á un parroquiano molesto, ordenaba á Tonet que no se acercase más por la taberna. ¿Lo entendía bien? ¡Se acabó la amistad! Era lo más acertado para impedir murmuraciones y mentiras... La puerta de aquella casa debía ser en adelante para el _Cubano_ tan alta... tan alta como el Miguelete de Valencia.

Y mientras los trombones lanzaban sus rugidos á la puerta de la casa, _Cañamèl_ erguía su figura casi esférica sobre las puntas de los pies y elevaba el brazo al techo para expresar la altura enorme, inconmensurable, que en adelante había de separar al _Cubano_ del tabernero y su mujer.

VII

Al pasar Tonet dos días fuera de la taberna, se dió cuenta de lo mucho que amaba á Neleta.

Tal vez influía en su desesperación la pérdida del alegre bienestar que antes gozaba, de aquella abundancia en la que se sumía como en una ola de felicidad. Faltábale, á más de esto, el encanto de los ocultos amores adivinados por todo el pueblo; la malsana dicha de acariciar á su amante en pleno peligro, casi en presencia del esposo y de los parroquianos, expuesto á una sorpresa.

Arrojado de casa de _Cañamèl_, no sabía dónde ir. Probó á contraer amistades en las otras tabernas del Palmar, míseras barracas, sin más fortuna que un tonelillo, donde sólo de tarde en tarde entraban los que por deudas atrasadas no podían ir á casa de _Cañamèl_. Tonet huyó de estos sitios como un potentado que penetrase por error en un bodegón.

Pasó los días vagando por las afueras del pueblo. Cuando se cansaba iba al Saler, al Perelló, al puerto de Catarroja, á cualquier sitio, para matar el tiempo. Él, tan perezoso, perchaba horas enteras en su barquito para ver á un amigo, sin otro propósito que fumar un cigarro con él.

La situación le obligaba á vivir en la barraca de su padre, examinando con cierta inquietad al tío Tòni, que alguna vez, en la fijeza de su mirada, parecía revelarle su conocimiento de todo lo ocurrido. Tonet cambió de conducta á impulsos del tedio. Para vagar de un lado á otro de la Albufera como un animal enjaulado, mejor era prestar su ayuda al pobre padre. Y desde el día siguiente, con la pasajera furia de los perezosos cuando se deciden al trabajo, fué, como en otros tiempos, á arrancar barro de las acequias.

El tío Tòni demostró su gratitud por este arrepentimiento desarrugando el ceño y dirigiendo algunas palabras á su hijo.

Lo sabía todo. Las cosas ocurrían tal como él las anunciaba. Tonet no había procedido como un _Paloma_, y el padre sufrió mucho oyendo lo que se decía de él. Le hería dolorosamente ver á su hijo viviendo á costa del tabernero y robándole además la mujer.

--_¡Mentira... mentira!_--contestaba el _Cubano_ con la ansiedad del culpable--. _¡Son calumnies!..._

Mejor: el tío Tòni celebraba que fuese así. Lo importante era haber salido del peligro. Ahora á trabajar, á ser hombre honrado, á ayudar al padre en la tarea de enterrar sus charcas. Cuando éstas se convirtiesen en campos y en el Palmar viesen á los _Palomas_ recoger muchos sacos de arroz, ya encontraría Tonet una compañera. Podría escoger entre todas las muchachas de los pueblos inmediatos. Á un rico nadie le contesta negativamente.

Y Tonet, animado por las palabras de su padre, entregábase al trabajo con verdadera rabia. La pobre _Borda_ se fatigaba á su lado más aún que yendo con el tío Tòni. El _Cubano_ siempre creía que trabajaba poco; era exigente y brutal con la infeliz muchacha; la cargaba como si fuese una bestia, pero comenzaba él por dar ejemplo de fatiga. La pobre _Borda_, jadeante bajo el peso de las espuertas de tierra y el continuo manejo de la percha, sonreía alegre, y por la noche, cuando con los huesos doloridos preparaba la cena, miraba con agradecimiento á su Tonet, aquel hijo pródigo que tanto había hecho sufrir al padre, y ahora, con su buena conducta, daba un aire de serenidad y confianza al rostro del fuerte trabajador.

Pero en la voluntad del _Cubano_ nunca soplaba el mismo viento. La conmovían furiosas ráfagas de actividad y reaparecía después la calma de una pereza dominadora y absoluta.