Cañas y barro: Novela

Part 11

Chapter 113,940 wordsPublic domain

El Palmar parecía entumecido y soñoliento. Ni gente en las calles, ni barcas en el lago. Los hombres salían para recoger la pesca caída en las redes durante la noche, y volvían rápidamente al pueblo. Los pies mostrábanse enormes, con sus envolturas de paño grueso dentro de las alpargatas de esparto. Las barcas llevaban en el fondo una capa de paja de arroz para combatir el frío. Muchos días, al amanecer, flotaban en el canal anchas láminas de hielo, como cristales deslustrados. Todos se sentían vencidos por el tiempo. Eran hijos del calor, habituados á ver hervir el lago y humear los campos su hálito corrompido bajo la caricia del sol. Hasta las anguilas, según anunciaba el tío _Paloma_, no querían sacar sus morros fuera del barro en aquel tiempo de perros. Y para agravar la situación, caía con gran frecuencia una lluvia torrencial que obscurecía el lago y desbordaba las acequias. El cielo gris daba un ambiente de tristeza á la Albufera. Las barcas que navegaban en la bruma tenían el aspecto de ataúdes, con sus hombres inmóviles metidos en la paja y cubiertos hasta la nariz por gruesos andrajos.

Pero al llegar Navidad, con su fiesta del Niño Jesús, el Palmar pareció reanimarse, repeliendo el sopor invernal en que estaba sumido.

Había que divertirse como todos los años, aunque se helase el lago y se anduviera sobre él, como contaban que ocurría en lejanas tierras. Más aún que el deseo de divertirse, les impulsaba el de molestar con su alegría á los rivales, á la gente de tierra firme, aquellos pescadores de Catarroja que se burlaban del Niño del Palmar, despreciando su pequeñez. Estos enemigos sin fe ni conciencia llegaban á decir que los del Palmar sumergían á su divino patrón en las acequias cuando la pesca no era buena. ¡Oh sacrilegio!... Por eso el Niño Jesús castigaba su lengua pecadora, no permitiendo que gozasen el privilegio de los _redolíns_.

Todo el Palmar se preparaba para las fiestas. Las mujeres desafiaban el frío atravesando el lago para ir á Valencia á la feria de Navidad. Al volver en la barca del marido, la impaciente chiquillería las esperaba en el canal, ansiosa por ver los regalos. Los caballitos de cartón, los sables de hojalata, los tambores y trompetas eran acogidos con exclamaciones de entusiasmo por la gente menuda, mientras las mujeres mostraban á sus amigas las compras de mayor importancia.

Las fiestas duraban tres días. El segundo día de Navidad llegaba la música de Catarroja y se rifaba la anguila más gorda de todo el año para ayuda de gastos. El tercero era la fiesta del Niño Jesús, y al día siguiente la del Cristo; todo con misas y sermones y bailes nocturnos al son del tamboril y la dulzaina.

Neleta se proponía este año gozar como nunca en las fiestas. Su felicidad era completa. Le parecía vivir en una eterna primavera tras el mostrador de la taberna. Cuando cenaba, teniendo á un lado á _Cañamèl_ y al otro al _Cubano_, todos tranquilos y satisfechos, en la santa paz de la familia, se consideraba la más dichosa de las mujeres y alababa la bondad de Dios, que permite vivir felices á las buenas personas. Era la más rica y la más guapa del pueblo; su marido estaba contento; Tonet, supeditado á su voluntad, mostrábase cada vez más enamorado... ¿Qué le quedaba por desear? Pensaba que las grandes señoras que había visto de lejos en sus viajes á Valencia no eran de seguro tan dichosas como ella en aquel rincón de barro rodeado de agua.

Sus enemigas murmuraban; la _Samaruca_ la espiaba: ella y Tonet, para verse á solas sin excitar sospechas, tenían que inventar viajes á las poblaciones inmediatas al lago. Neleta era la que aguzaba para esto el ingenio, con una facundia que hacía sospechar al _Cubano_ si serían ciertas las murmuraciones sobre amores anteriores á los suyos, que acostumbraron á la tabernera á tales astucias. Pero ésta se mostraba tranquila ante la maledicencia. Lo que ahora hablaban sus enemigas era lo mismo que decían cuando entre ella y Tonet no se cambiaban más que palabras indiferentes. Y con la certeza de que nadie podía probar su falta, despreciaba las murmuraciones, y en plena taberna bromeaba con Tonet de un modo que escandalizaba al tío _Paloma_. Neleta se daba por ofendida. ¿No se habían criado juntos? ¿No podía querer á Tonet como á un hermano, recordando lo mucho que su madre había hecho por ella?

_Cañamèl_ asentía, alabando los buenos sentimientos de su mujer. En lo que no mostraba tanta conformidad el tabernero era en la conducta de Tonet como asociado. Aquel mozo había acogido su buena suerte lo mismo que si fuera un premio de la lotería, y como el que no hace daño á nadie y se come lo suyo, divertíase, sin preocuparse de la pesca.

El puesto de la _Sequiòta_ daba buen rendimiento. No eran las pescas fabulosas de otra época, pero había noches en que se llegaba muy cerca del centenar de arrobas de anguilas, y _Cañamèl_ gozaba las satisfacciones del buen negocio, regateando el precio con los proveedores de la ciudad, vigilando el peso y presenciando el embarque de las banastas. Por este lado no iba mal la compañía, pero á él le gustaba la igualdad: que cada cual cumpliese su deber sin abusar de los demás.

Había prometido su dinero y lo había dado: suyas eran todas las redes, aparejos y bolsas de malla, que podían formar un montón tan grande como la taberna. Pero Tonet prometió ayudarle con su trabajo, y podía decirse que aún no había cogido una anguila con sus pecadoras manos.

Las primeras noches fué al _redolí_, y sentado en la barca con el cigarro en la boca, veía cómo su abuelo y los pescadores á sueldo vaciaban en la obscuridad las grandes bolsas, llenando de anguilas y tencas el fondo de la embarcación. Después, ni esto. Le molestaban las noches obscuras y tempestuosas, en las que el agua está movida y se realizan las grandes pescas: no gustaba del esfuerzo que había que hacer para tirar de las redes pesadas y repletas; le causaba cierta repugnancia la viscosidad de las anguilas escurriéndose entre las manos, y prefería quedarse en la taberna ó dormir en su barraca. _Cañamèl_, para animarlo con el ejemplo, echándole en cara su pereza, se decidía algunas noches á ir al _redolí_ tosiendo y quejándose de sus dolores; pero el maldito, bastaba que hiciese él este sacrificio para que mostrase mayor empeño en quedarse, llegando en su desvergüenza á manifestar que Neleta tendría miedo si se veía sola en la taberna.

Era cierto que el tío _Paloma_ se bastaba para llevar adelante el negocio: nunca había trabajado con tanto entusiasmo como al verse dueño de la _Sequiòta_; pero ¡qué demonio! el trato era trato, y á _Cañamèl_ le parecía que el muchacho le robaba algo viéndolo tan satisfecho de la vida y despegado por completo de su negocio.

¡Qué suerte la de aquel bigardo! El miedo á perder la _Sequiòta_ era lo único que contenía al tío Paco. Mientras tanto, Tonet, viviendo en la taberna como si fuese suya, engordaba sumido en aquella felicidad de tener satisfechos todos sus deseos con sólo tender la mano. Se comía lo mejor de la casa, llenaba su vaso en todos los toneles, grandes y pequeños, y alguna vez, con loco y repentino impulso, como para afirmar más su posesión, se permitía la audacia de acariciar á Neleta por debajo del mostrador, en presencia de _Cañamèl_ y estando á cuatro pasos los parroquianos, entre los cuales había algunos que no les perdían de vista.

Á veces experimentaba un loco deseo de salir del Palmar, de pasar un día fuera de la Albufera, en la ciudad ó en los pueblos del lago, y se plantaba ante Neleta con expresión de amo.

--_Dónam un duro._

¡Un duro! ¿Y para qué? Los ojos verdes de la tabernera se clavaban en él imperiosos y fieros; erguíase con la soberbia de la adúltera que no quiere ser engañada á su vez; pero al ver en la mirada del mocetón únicamente el deseo de vagar, de desentumecerse de su vida de macho bien cebado, Neleta sonreía satisfecha y le daba cuanto dinero pedía, recomendándole que volviese pronto.

_Cañamèl_ se indignaba. Podría tolerársele aquello si atendiera al negocio; pero no: ¡le defraudaba en sus intereses, y además se comía media taberna, pidiendo encima dinero! Su mujer era muy buena: la perdía el agradecimiento que profesaba á aquellos _Palomas_ desde la niñez. Y con su minuciosidad de avaro iba contando lo que Tonet consumía en el establecimiento y la prodigalidad con que convidaba á sus amigos, siempre á costas del dueño. Hasta _Sangonera_, aquel piojoso expulsado de la taberna porque llenaba de miseria los taburetes, volvía ahora al amparo del _Cubano_, que le hacía beber hasta la embriaguez, y usaba para ello licores de botella, los más costosos, todo por el gusto de oir los disparates que se había forjado en sus lecturas de sacristán.

«El mejor día va á apoderarse hasta de mi cama», decía el tabernero quejándose á su Neleta. Y el infeliz no sabía leer en aquellos ojos; no veía una sonrisa diabólica en la mirada de malicia con que acogía ella tal suposición.

Cuando Tonet se cansaba de estar en la taberna días enteros, sentado junto á Neleta, con la expresión de un gozquecillo que espera el momento propicio para sus caricias, cogía la escopeta y el perro de _Cañamèl_ y se iba á los carrizales. La escopeta del tío Paco era la mejor del Palmar: un arma de rico que Tonet consideraba como suya, y con la que rara vez marraba el golpe. La perra era la famosa _Centella_, conocida en todo el lago por su olfato. No había pieza que se le escapara, por espeso que fuese el carrizal, buceando como una nutria para sacar del fondo de los hierbajos acuáticos el pájaro herido.

_Cañamèl_ afirmaba que no había dinero en el mundo para comprarle este animal; pero veía con tristeza que su _Centella_ mostraba mayor predilección por Tonet, que la llevaba de caza todos los días, que por su antiguo amo, cubierto de pañuelos y mantas junto á la lumbre. ¡Hasta de la perra se apoderaba aquel tuno!...

Tonet, entusiasmado por el magnífico _arreglo_ que el tío Paco tenía para la caza, consumía la provisión de cartuchos guardada en la taberna para los cazadores. Nadie del Palmar había cazado tanto. En los estrechos callejones de agua de las _matas_ más cercanas al pueblo sonaba continuamente el escopetazo de Tonet, y la _Centella_, enardecida por el trabajo, chapoteaba en los carrizales. El _Cubano_ sentía una voluptuosidad feroz en este ejercicio, que le recordaba sus tiempos de guerrillero. Se ponía al acecho esperando los pájaros con las mismas precauciones de astucia salvaje que empleaba al emboscarse en la manigua para cazar á los hombres. La _Centella_ le traía á la barca las _fòches_ y los _collvèrts_, con el cuello blando y el plumaje manchado de sangre. Después venían los pájaros del lago menos vulgares, cuya caza llenaba de satisfacción á Tonet: y admiraba, muertos en el fondo de la embarcación, el gallo de cañar, con plumaje azul turquí y pico rojo; el _agró_ ó garza imperial, con su color verde y púrpura y un penacho de plumas estrechas y largas sobre la cabeza; el _oroval_, con su color leonado y el buche rojo; el _piuló_ ó pato florentino, blanco y amarillento; el _morell_ ó pelucón, con cabeza negra de reflejos dorados, y el _singlòt_, hermosa zancuda, de espléndido plumaje de un verde brillante.

Por la noche entraba en la taberna con aires de vencedor, arrojando en el suelo su cargamento de carne muerta envuelta en un arco iris de plumas. ¡Allí tenía el tío Paco materia para llenar el caldero! Se lo regalaba generosamente: al fin la escopeta era suya.

Y cuando, de tarde en tarde, cazaba un flamenco, llamado _bragat_ por la gente de la Albufera, con enormes patas, largo cuello, plumaje blanco y rosa y cierto aire misterioso, semejante al de los ibis de Egipto, Tonet se empeñaba en que _Cañamèl_ lo hiciese disecar en Valencia, para su dormitorio; un adorno elegante, pues por algo lo buscaban tanto los señores de la ciudad.

El tabernero acogía estos regalos con mugidos que revelaban una satisfacción muy relativa. ¿Cuándo dejaría quieta su escopeta? ¿No sentía frío en los carrizales? Ya que tan fuerte era, ¿por qué no ayudaba por las noches al abuelo en el trabajo del _redolí_? Pero el condenado acogía con risotadas las lamentaciones del enfermizo tabernero, y se dirigía al mostrador:

--_Neleta, una copa..._

Bien se la había ganado pasando el día entre los carrizales, con las manos heladas sobre la escopeta, para traer aquel montón de carne. ¡Y aún murmuraban que huía del trabajo!... En un arranque de impudor alegre, acariciaba las mejillas de Neleta por encima del mostrador, sin importarle la presencia de la gente ni temer al marido. ¿No eran como hermanos y habían jugado juntos de pequeños?...

El tío Tòni nada sabía ni quería saber de la vida de su hijo. Se levantaba antes del alba y no volvía hasta la noche. Comía con la _Borda_, en la soledad de sus campos sumergidos, algunas sardinas y torta de maíz. Su lucha por crear nueva tierra le tenía en la pobreza, no permitiéndole mejores alimentos. Al volver á la barraca, cerrada ya la noche, se tendía en su camastro con los huesos doloridos, sumiéndose en el sopor del cansancio, pero su pensamiento velaba calculando entre las nieblas del sueño las barcas de tierra que aún faltaban en sus campos y las cantidades que debía satisfacer á los acreedores antes de considerarse dueño de unos arrozales creados con su sudor palmo á palmo. El tío _Paloma_ pasaba las más de las noches fuera de la barraca, pescando en la _Sequiòta_. Tonet no comía con la familia, y sólo á altas horas, cuando se cerraba la taberna de _Cañamèl_, llamaba á la puerta con impaciente pataleo, levantándose la pobre _Borda_, soñolienta y fatigada, para abrirle.

Así transcurrió el tiempo, hasta que llegaron las fiestas del Palmar.

La víspera de la fiesta del Niño, por la tarde, casi todo el pueblo se agolpó entre la orilla del canal y la puerta trasera de la taberna de _Cañamèl_.

Era esperada la música de Catarroja, el principal aliciente de las fiestas, y aquel pueblo, que durante el año no oía otros instrumentos que la guitarra del barbero y el acordeón de Tonet, estremecíase al pensar en el estrépito de los cobres y el zumbido del bombo por entre las filas de barracas. Nadie sentía los rigores de la temperatura. Las mujeres, para lucir sus trajes flamantes, habían abandonado los mantones de lana y mostraban los brazos arremangados, violáceos por el frío. Los hombres llevaban fajas nuevas y gorros rojos ó negros que aún conservaban los pliegues de la tienda. Aprovechando la charla de sus compañeras, se escurrían hasta la taberna, donde la respiración de los bebedores y el humo de los cigarros formaban un ambiente denso que olía á lana burda y alpargatas sucias. Hablaban á gritos de la música de Catarroja, asegurando que era la mejor del mundo. Los pescadores de allá eran mala gente, pero había que reconocer que música como aquella no la oía ni el rey. Algo bueno habían de tener los pobres del lago. Y al notar que en la ribera del canal se arremolinaba la gente, lanzando gritos anunciadores de la proximidad de los músicos, todos los parroquianos salieron en tropel y la taberna quedó vacía.

Por encima de los cañares pasaba el extremo de una gran vela. Al aparecer en un recodo del canal el laúd que conducía á la música, la muchedumbre prorrumpió en un grito, como si la enardeciera la vista de los pantalones rojos y los blancos plumeros que ondeaban sobre los morrioncillos.

La chavalería del pueblo, siguiendo la costumbre tradicional, luchaba por apoderarse del bombo. Metíanse los mozos agua adentro en aquel canal de hielo líquido, hundiéndose hasta el pecho con una intrepidez que hacía castañetear los dientes á los que estaban en la ribera.

Las viejas protestaban:

--_¡Condenats!... ¡Pillaréu una pulmonía!_

Pero los muchachos abalanzábanse á la barca, se agarraban á la borda, entre las risas de los músicos, pugnando por que les entregasen el enorme instrumento: «¡Á mí! ¡Á mí!...» Hasta que uno más audaz, cansado de pedir, lo agarró con tal ímpetu, que casi fué al agua el gran tambor, y echándoselo al hombro, salió de la acequia, seguido por sus envidiosos compañeros.

Los músicos, al desembarcar, se formaban frente á casa de _Cañamèl_. Desenfundaban sus instrumentos, los templaban, y el compacto gentío seguía á los músicos, silencioso y con cierta veneración, admirando aquel acontecimiento que se esperaba todo un año.

Al romper á tocar el ruidoso pasodoble, todos experimentaban sobresalto y extrañeza. Sus oídos, acostumbrados al profundo silencio del lago, conmovíanse dolorosamente con los rugidos de los instrumentos, que hacían temblar las paredes de barro de las barracas. Pero repuestos de esta primera sorpresa que turbaba la calma conventual del pueblo, la gente sonreía dulcemente, acariciada por la música, que llegaba hasta ellos como la voz de un mundo remoto, como la majestad de una vida misteriosa que se desarrollaba más allá de las aguas de la Albufera.

Las mujeres se enternecían, sin saber por qué, y deseaban llorar; los hombres, irguiendo sus espaldas encorvadas de barquero, marchaban con paso marcial detrás de la banda y las muchachas sonreían á sus novios, con los ojos brillantes y las mejillas coloreadas.

Pasaba la música como una ráfaga de nueva vida sobre aquella gente soñolienta, sacándola del amodorramiento de las aguas muertas. Gritaban sin saber por qué, daban vivas al Niño Jesús, corrían en grupos vociferantes delante de los músicos, y hasta los viejos se mostraban vivarachos y juguetones como los pequeñuelos, que con sables y caballitos de cartón formaban la escolta del músico mayor, admirando sus galones de oro.

La banda pasó y repasó varias veces la única calle del Palmar, prolongando la carrera para que el público quedase satisfecho metiéndose en los callejones que quedaban entre las barracas y saliendo al canal para retroceder otra vez á la calle, y el pueblo entero la seguía en estas evoluciones tarareando á gritos los pasajes más vivos del pasodoble.

Hubo por fin que dar término á este delirio musical, y la banda se detuvo en la plaza, frente á la iglesia. El alcalde procedió al alojamiento de los músicos. Se los disputaban las comadres según la importancia de los instrumentos, y el encargado del bombo, precedido por su enorme caja, tomaba el camino de la mejor vivienda. Los músicos, satisfechos de haber lucido sus uniformes, se arrebujaban en mantas de labriego, echando pestes contra la húmeda frialdad del Palmar.

Con la dispersión de la banda no se aclaró el gentío de la plaza. En un extremo de ella comenzó á sonar el redoble de un tamboril, y al poco rato se anunció una dulzaina con prolongadas escalas, que parecían cabriolas musicales. La muchedumbre aplaudió. Era _Dimòni_, el famoso dulzainero de todos los años; un alegre compadre, tan célebre por sus borracheras como por la habilidad en la dulzaina. _Sangonera_ era su mejor amigo, y cuando el dulzainero venía á las fiestas, el vagabundo no se separaba de él un momento, sabiendo que al final se beberían fraternalmente el dinero de los clavarios.

Iba á rifarse la anguila más gorda del año para ayuda de la fiesta. Era una costumbre antigua, que respetaban todos los pescadores. El que de ellos cogía una anguila enorme, la guardaba en su vivero, sin atreverse á venderla. Si alguien pescaba otra más grande, se guardaba ésta, y el dueño de la anterior podía disponer de ella. De este modo los clavarios poseían siempre la más enorme que se había cogido en la Albufera.

Este año, el honor de la anguila gorda correspondía al tío _Paloma_: por algo pescaba en el primer sitio. El viejo experimentaba una de las mayores satisfacciones de su vida enseñando el hermoso animal á la muchedumbre de la plaza. ¡Aquello lo había pescado él!... Y sobre sus brazos temblones mostraba el serpentón de lomo verde y vientre blanco, grueso como un muslo y con una piel grasienta en la que se quebraba la luz. Había que pasear la apetitosa pieza por todo el pueblo al son de la dulzaina, mientras los individuos más respetables de la Comunidad vendían los números de la rifa de puerta en puerta.

--_Tin: treballa una vegá_--dijo el barquero soltando el animal en brazos de _Sangonera_.

Y el vagabundo, orgulloso de la confianza que ponían en él, rompió la marcha con la anguila en los brazos, seguido de la dulzaina y el tambor y rodeado de las cabriolas y gritos de la chiquillería. Corrían las mujeres para ver de cerca la enorme bestia, para tocarla con religiosa admiración, como si fuese una misteriosa divinidad del lago, y _Sangonera_ las repelía con gravedad. «_¡Fòra, fòra!..._» ¡La iban á corromper con tantos tocamientos!

Pero al llegar frente á casa de _Cañamèl_, creyó que había gozado bastante de la admiración popular. Le dolían los brazos, debilitados por la pereza; pensó que la anguila no era para él, y entregándola á la chiquillería, se metió en la taberna, dejando que siguiera adelante la rifa, llevando al frente, como trofeo de victoria, el vistoso animal.

La taberna tenía poco público. Tras el mostrador estaba Neleta, con su marido y el _Cubano_, hablando de la fiesta del día siguiente. Los clavarios eran, según costumbre, los agraciados con los mejores puestos en el sorteo de los _redolíns_, y á Tonet y su consocio les correspondía el lugar de preferencia. Se habían hecho en la ciudad trajes negros para asistir á la gran misa en el primer banco, y estaban ocupados en discutir los preparativos de la fiesta.

En la barca-correo llegarían al día siguiente los músicos y cantores y un cura célebre por su elocuencia, que diría el sermón del Niño Jesús, ensalzando de paso la sencillez y virtudes de los pescadores de la Albufera.

Una barcaza estaba en la playa de la Dehesa cargando mirto y arrayán para esparcirlo en la plaza, y en un rincón de la taberna guardaba el polvorista varios capazos de _masclets_, petardos de hierro que se disparaban como cañonazos.

En la madrugada siguiente el lago se conmovió con el estrépito de los _masclets_, como si en el Palmar se librase una batalla. Después se aglomeró en el canal la gente, mordiendo sus almuerzos metidos entre el pan. Esperaba á los músicos que venían de Valencia, y se hacía lenguas de la esplendidez de los clavarios. ¡Bien arreglaba las cosas el nieto del tío _Paloma_! ¡Por algo tenía á su alcance el dinero de _Cañamèl_!

Al llegar la barca-correo, bajó á tierra primeramente el predicador, un cura gordo, de entrecejo imponente, con una gran bolsa de damasco rojo que contenía sus vestiduras para el púlpito. _Sangonera_, impulsado par sus antiguas afabilidades de sacristán, se apresuró á encargarse del equipaje-oratorio, echándoselo á la espalda. Después fueron saltando á tierra los individuos de la capilla musical; los cantores con cara de gula y rizadas melenillas, los músicos llevando bajo el brazo los violines y flautas enfundados de verde, y los tiples, adolescentes amarillos y ojerosos, con gestos de precoz malicia. Todos hablaban del famoso _all y pebre_ que se hacía en el Palmar, como si hubiesen hecho el viaje sólo para comer.

La gente les dejaba entrar en el pueblo sin moverse de la ribera. Quería ver de cerca los instrumentos misteriosos, depositados junto al mástil de la barca, y que unos cuantos mocetones comenzaban á remover. Los timbales, al ser trasladados á tierra, causaban asombro, y todos discutían el empleo de aquellos calderos, semejantes á los que se usaban para guisar el pescado. Los contrabajos alcanzaron una ovación, y la gente corrió hasta la iglesia siguiendo á los portadores de las _guitarras gordas_.

Á las diez comenzó la misa. La plaza y la iglesia estaban perfumadas por la olorosa vegetación de la Dehesa. El barro desaparecía bajo una gruesa capa de hojas. La iglesia estaba llena de candelillas y cirios, y desde la puerta se veía como un cielo obscuro moteado por infinitas estrellas.