Cañas y barro: Novela

Part 10

Chapter 103,835 wordsPublic domain

Había visto á Tonet desde su escondrijo y lo llamó, sin abandonar por esto su magnífica posición. Su cuerpo se había acomodado perfectamente en la paja, y no era caso de perder el molde... Después explicó por qué estaba allí. Había comido en la taberna con unos carreteros, excelentes personas, que le dieron unos mendrugos, pasándole el porrón á cada bocado y riendo sus chuscadas. Pero el tabernero, igual á todos los de su clase, apenas se fueron los parroquianos le había puesto en la puerta, sabiendo que por propia cuenta nada podía pedir. Y allí estaba matando al tiempo, que es el enemigo del hombre... ¿Había amistad entre ellos ó no? ¿Era capaz de convidarle á una copa?

El gesto afirmativo de Tonet pudo más que su pereza, y aunque con cierta pena, se decidió á ponerse de pie. Bebieron en la taberna, y después, lentamente, fueron á sentarse en un ribazo del puerto resguardado por tablas negras.

Tonet no había visto á _Sangonera_ en muchos días, y el vagabundo le contó sus penas.

Nada tenía que hacer en el Palmar. Neleta la de _Cañamèl_, una orgullosa que olvidaba su origen, le había despedido de la taberna con el pretexto de que ensuciaba los taburetes y los azulejos del zócalo con el barro de sus ropas. En las otras tabernas todo era miseria: no acudía un bebedor capaz de pagar una copa, y él se veía forzado á salir del Palmar, á correr el lago, como en otros tiempos lo hacía su padre; á pasar de pueblo en pueblo, siempre en busca de generosos amigos.

Tonet, que con su pereza tanto había disgustado á su familia, se atrevió á darle consejos. ¿Por qué no trabajaba?...

_Sangonera_ hizo un gesto de asombro. ¡También él!... ¡También el _Cubano_ se permitía repetir los mismos consejos de los viejos del Palmar! ¿Le gustaba á él mucho el trabajo? ¿Por qué no estaba con su padre enterrando los campos, en vez de pasarse el día en casa de _Cañamèl_, al lado de Neleta, repantigado como un señor y bebiendo de lo más fino?...

El _Cubano_ sonreía, no sabiendo qué contestar, y admiraba la lógica del ebrio al repeler sus consejos.

El vagabundo parecía enternecido por la copa que le había pagado Tonet. La calma del puerto, interrumpida á ratos por el martilleo de los calafates y el cloquear de las gallinas, excitaba su locuacidad, impulsándolo á las confidencias.

No, Tonet; él no podía trabajar; él no trabajaría aunque le obligasen. El trabajo era obra del diablo: una desobediencia á Dios; el más grave de los pecados. Sólo las almas corrompidas, los que no podían conformarse con su pobreza, los que vivían roídos por el deseo de atesorar, aunque fuese miseria, pensando á todas horas en el mañana, podían entregarse al trabajo, convirtiéndose de hombres en bestias. Él había reflexionado mucho; sabía más de lo que se imaginaba el _Cubano_, y no quería perder su alma entregándose al trabajo regular y monótono para tener una casa y una familia y asegurar el pan del día siguiente. Esto equivalía á dudar de la misericordia de Dios, que no abandona nunca á sus criaturas; y él, ante todo, era cristiano.

Reía Tonet escuchando estas palabras, considerándolas como divagaciones de la embriaguez, y daba con el codo á su harapiento compañero. ¡Si esperaba otra copa por sus tonterías, sufriría un desengaño! Lo que le ocurría á él era que odiaba el trabajo. Lo mismo les pasaba á los otros, pero unos más y otros menos, todos encorvaban el lomo, aunque fuese á regañadientes.

_Sangonera_ vagaba su vista por la superficie del canal, teñida de púrpura con la última luz de la tarde. Su pensamiento parecía volar lejos: hablaba lentamente, con cierto misticismo que contrastaba con su hálito aguardentoso.

Tonet era un ignorante, como todos los del Palmar. Lo declaraba él, con la valentía de la embriaguez, sin miedo á que su amigo, que tenía vivo el genio, lo arrojase de un empellón en el canal. ¿No declaraba que todos torcían la espina á regañadientes? ¿Y qué demostraba esto sino que el trabajo es algo contrario á la Naturaleza y á la dignidad del hombre?... Él sabía más de lo que se figuraban en el Palmar: más que muchos de los vicarios á los que sirvió como un esclavo. Por eso había reñido para siempre con ellos. Poseía la verdad, y no podía vivir con los ciegos de espíritu. Mientras Tonet andaba por aquellas tierras del otro lado del mar, metido en batallas, leía él los libros de los curas y pasaba las tardes á la puerta del presbiterio reflexionando sobre las abiertas páginas, en el silencio de un pueblo cuyo vecindario huía al lago. Había aprendido de memoria casi todo el Nuevo Testamento, y aún parecía estremecerse recordando la impresión que le produjo el sermón de la Montaña la primera vez que lo leyó. Creyó que se rompía una nube ante sus ojos. Había comprendido de pronto por qué su voluntad se rebelaba ante el trabajo embrutecedor y penoso. Era la carne, era el pecado quien hacía vivir á los hombres abrumados como bestias para la satisfacción de sus apetitos terrenales. El alma protestaba de su servidumbre, diciendo al hombre: «No trabajes», esparciendo por los músculos la dulce embriaguez de la pereza, como un adelanto de la felicidad que á los buenos aguarda en el cielo.

--_Ascolta, Tonet, ascolta_--decía _Sangonera_ á su amigo con acento solemne.

Y recordaba desordenadamente sus lecturas evangélicas; los preceptos que habían quedado impresos en su memoria. No había que preguntarse con angustia por la comida y el vestido, porque, como decía Jesús, las aves del cielo no siembran ni siegan, y á pesar de esto, comen; ni los lirios del campo necesitan hilar para vestirse, pues los viste la bondad del Señor. Él era criatura de Dios y á Él se confiaba. No quería insultar al Señor trabajando, como si dudase de la bondad divina que había de socorrerle. Solamente los gentiles, ó lo que es lo mismo, las gentes del Palmar que se guardaban el dinero de la pesca sin convidar á nadie, eran capaces de afanarse por el ahorro, dudando siempre del mañana.

Él quería ser como los pájaros del lago, como las flores que crecían en los carrizales, vago, inactivo y sin otro recurso que la divina Providencia. En su miseria, nunca dudaba del mañana. «Le basta al día su propio afán.» Ya le traería el día siguiente su disgusto. Por el momento, le bastaba la amargura del día presente: la miseria, que le proporcionaba su intento de conservarse puro, sin la menor mancha de trabajo y de terrenal ambición en un mundo donde todos se disputaban á golpes la vida, molestando y sacrificando cada cual al vecino para robarle un poco de bienestar.

Tonet seguía riendo de estas palabras del borracho, dichas con exaltación creciente. Admiraba sus ideas con tono zumbón, proponiéndole abandonar el lago para meterse en un convento, donde no tendría que batallar con la miseria. Pero _Sangonera_ protestaba indignado.

Había reñido con el vicario, saliendo del presbiterio para siempre, porque le repugnaba ver en sus antiguos amos un espíritu contrario al de los libros que leían. Eran iguales á los demás: vivían atenaceados por el deseo de la peseta ajena, pensando en la comida y el vestido, quejándose del decaimiento de la piedad cuando no entraba dinero en casa, con la zozobra en el mañana, dudando de la bondad de Dios, que no abandona á sus criaturas.

Él tenía fe y vivía con lo que le daban ó con lo que encontraba á mano. Ninguna noche le faltaba un puñado de paja donde acostarse, ni sentía hambre hasta el punto de desfallecer. El Señor, al ponerle en el lago, había colocado á su alcance todos los recursos de la vida para que fuese ejemplo de un verdadero creyente.

Tonet se burlaba de _Sangonera_. Ya que era tan puro, ¿por qué se emborrachaba? ¿Le mandaba Dios ir de taberna en taberna para correr después los ribazos casi á gatas, con el tambaleo de la embriaguez?... Pero el vagabundo no perdía su solemne gravedad. Su embriaguez á nadie causaba daño, y el vino era cosa santa: por algo sirve en el diario sacrificio á la Divinidad. El mundo era hermoso, pero visto á través de un vaso de vino parecía más sonriente, de colores más vivos, y se admiraba con mayor vehemencia á su poderoso autor.

Cada uno tiene sus diversiones. Él no encontraba mejor placer que contemplar la hermosura de la Albufera. Otros adoraban el dinero, y él lloraba algunas veces admirando una puesta del sol, sus fuegos descompuestos por la humedad del aire, aquella hora del crepúsculo, que era en el lago más misteriosa y bella que tierra adentro. La hermosura del paisaje se le metía en el alma, y si la contemplaba al través de varios vasos de vino, suspiraba de ternura como un chiquillo. Lo repetía: cada cual gozaba á su modo. _Cañamèl_, por ejemplo, apilando onzas: él contemplando la Albufera con tal arrobamiento, que dentro de la cabeza le saltaban unas coplas más hermosas que las que se cantaban en las tabernas, y estaba convencido de que, á ser como los señores de la ciudad que escriben en los papeles, sabría decir cosas muy notables en medio de su embriaguez.

Después de un largo silencio, _Sangonera_, aguijoneado por su locuacidad, se oponía á sí mismo objeciones para rebatirlas inmediatamente. Se le diría, como cierto vicario del Palmar, que el hombre estaba condenado á ganar el pan con el sudor de su rostro, después del primer pecado: mas para esto había venido Jesús al mundo, para redimirlo de la primitiva falta, volviendo la Humanidad á la vida paradisíaca, limpia de todo trabajo. Pero ¡ay! los pecadores, aguijoneados por la soberbia, no habían hecho caso de sus palabras: cada uno quería vivir con mayores comodidades que los demás; había pobres y ricos, en vez de ser todos hombres: los que desoían al Señor trabajaban mucho, muchísimo, pero la Humanidad era infeliz y se fabricaba el infierno en el mundo. Le decían á él que si la gente no trabajase se viviría mal. Conforme; serían menos en el mundo, pero los que quedasen permanecerían felices y sin cuidados, subsistiendo de la inagotable misericordia de Dios... Y esto forzosamente había de ocurrir: el mundo no sería siempre igual. Jesús había de volver, para enderezar de nuevo á los hombres por el buen camino. Lo había soñado muchas veces, y hasta en cierta ocasión que estuvo enfermo de tercianas, cuando le entraba el frío de la fiebre, tendido en un ribazo ó agazapado en un rincón de su ruinosa barraca, veía la túnica de Él, morada, estrecha, rígida, y el vagabundo extendía sus manos para tocarla y sanar repentinamente.

_Sangonera_ mostraba una fe tenaz al hablar de este regreso á la tierra. No volvería para mostrarse en las grandes poblaciones dominadas por el pecado de la riqueza. La otra vez no se presentó en la inmensa ciudad que se llama Roma, sino que había predicado por pueblecillos no mayores que el Palmar, y sus compañeros fueron gente de percha y de red, como la que se reunía en casa de _Cañamèl_. Aquel lago sobre cuyas olas andaba Jesús con asombro de los apóstoles, seguramente que no era más grande ni hermoso que la Albufera. Allí entre ellos vendría el Señor, cuando volviese al mundo á rematar su obra; buscaría los corazones sencillos, limpios de toda codicia; él sería uno de los suyos. Y el vagabundo, con una exaltación en la que entraban por igual la embriaguez y su extraña fe, se erguía mirando el horizonte, y por el borde del canal, donde se quebraban los últimos rayos del sol, creía ver la figura esbelta del Deseado, como una línea morada, avanzando sin mover los pies ni rozar las hierbas, con un nimbo de luz que hacía brillar su cabellera dorada de suaves ondulaciones.

Tonet ya no le oía. Un fuerte cascabeleo sonaba en el camino de Catarroja, y por detrás de la choza del peso de los pescadores avanzaba el toldo agrietado de una tartana. Eran los suyos que llegaban. Con su vista de hijo del lago, _Sangonera_ reconoció á larga distancia á Neleta en la ventanilla del vehículo. Después de su expulsión de la taberna, nada quería con la mujer de _Cañamèl_. Se despidió de Tonet y fué á tenderse de nuevo en el pajar, entreteniéndose con sus ensueños mientras llegaba la noche.

Se detuvo el carruaje frente á la tabernilla del puerto y bajó Neleta. El _Cubano_ no ocultó su asombro. ¿Y el abuelo?... La había dejado emprender sola el viaje de regreso, con todo el cargamento de hilo, que llenaba la tartana. El viejo quería volver á casa por el Saler, para hablar con cierta viuda que vendía á buen precio varios _palangres_. Ya llegaría al Palmar por la noche en cualquier barca de las que sacaban barro de los canales.

Los dos, al mirarse, tuvieron el mismo pensamiento. Iban á hacer el viaje solos: por primera vez podrían hablarse, lejos de toda mirada, en la profunda soledad del lago. Y ambos palidecieron, temblaron, como en presencia de un peligro mil veces deseado, pero que se presentaba de golpe, inopinadamente. Tal era su emoción, que no apresuraban la marcha, como si los dominara un extraño rubor y temiesen los comentarios de la gente del puerto, que apenas se fijaba en ellos.

El tartanero acabó de sacar del vehículo los gruesos paquetes de hilo, y ayudado por Tonet, fué arrojándolos en la proa de la barca, donde formaron un montón amarillento que esparcía el olor del cáñamo recién hilado.

Neleta pagó al tartanero. ¡Salud y buen viaje! Y el hombre, chasqueando el látigo, hizo emprender á su caballo el camino de Catarroja.

Aún permanecieron los dos un buen rato inmóviles en la riba de barro, sin atreverse á embarcar, como si esperaran á alguien.

Los calafates llamaban al _Cubano_. Debía emprender pronto el viaje: el viento iba á caer, y si marchaba al Palmar aún tendría que darle á la percha un buen rato. Neleta, con visible turbación, sonreía á toda aquella gente de Catarroja, que la saludaba por haberla visto en su taberna.

Tonet se decidió á romper el silencio dirigiéndose á Neleta. Ya que el abuelo no venía, había que embarcar cuanto antes; aquellos hombres tenían razón. Y su voz era ronca, con un temblor de angustia, como si la emoción le apretase la garganta.

Neleta se sentó en el centro de la barca, al pie del mástil, empleando como asiento un montón de ovillos, que se aplastaban bajo su peso. Tonet tendió la vela, quedando en cuclillas junto al timón, y la barca comenzó á deslizarse, aleteando la lona contra el mástil con los estremecimientos de la brisa, blanda y moribunda.

Pasaban lentamente por el canal, viendo á la última luz de la tarde las barracas aisladas de los pescadores, con guirnaldas de redes puestas á secar sobre las encañizadas del corral, y las norias viejas, de madera carcomida, en torno de las cuales comenzaban á aletear los murciélagos. Por los ribazos caminaban los pescadores tirando penosamente de sus barquitos, remolcándolos con la faja atada al extremo de las cuerdas.

--¡Adiós!--murmuraban al pasar.

--¡Adiós!...

Y otra vez el silencio, coreado por el susurro de la barca al cortar el agua y el monótono canto de las ranas. Los dos iban con la vista baja, como si temiesen darse cuenta de que estaban solos, y si al levantar los ojos se encontraban sus miradas, las huían instantáneamente.

Se ensanchaban las orillas del canal. Los ribazos se perdían en el agua. Las grandes lagunas de los campos por enterrar se extendían á ambos lados. Sobre la tersa superficie ondeaban las cañas en el crepúsculo, como la cresta de una selva sumergida.

Estaban ya en la Albufera. Avanzaron algo más con los últimos estremecimientos de la brisa, y en derredor sólo vieron agua.

Ya no soplaba viento. El lago, tranquilo, sin la menor ondulación, tomaba un suave tinte de ópalo, reflejando los últimos resplandores del sol tras las lejanas montañas. El cielo tenía un color de violeta y comenzaba á agujerearse por la parte del mar con el centelleo de las primeras estrellas. En los límites del agua marcábanse como fantasmas los lienzos desmayados é inmóviles de las barcas.

Tonet arrió la vela, y agarrando la percha, comenzó á hacer marchar la embarcación á fuerza de brazos. La calma del crepúsculo rompió su silencio.

Neleta, con sonora risa, poníase de pie, queriendo ayudar á su compañero. Ella también manejaba la percha. Tonet debía acordarse de los tiempos de la niñez, de sus juegos revoltosos, cuando desenganchaban los barquitos del Palmar sin saberlo sus amos y corrían los canales, teniendo muchas veces que huir de la persecución de los pescadores. Cuando se cansase comenzaría ella.

--_Estate queta..._--respondía él con el resuello cortado por la fatiga: y seguía perchando.

Pero Neleta no callaba. Como si le pesase aquel silencio peligroso, en el que se huían las miradas como si temieran revelar sus pensamientos, la joven hablaba con gran volubilidad.

En el fondo marcábase lejana, como una playa fantástica á la que nunca habían de llegar, la línea dentellada de la Dehesa. Neleta, con incesantes risas, en las que había algo forzado, recordaba á su amigo la noche pasada en la selva, con sus miedos y su sueño tranquilo; aquella aventura que parecía del día anterior: tan fresca estaba en su memoria.

Pero el silencio del compañero, su vista fija en el fondo de la barca con expresión ansiosa, la llamaron la atención. Entonces vió que Tonet devoraba con los ojos sus zapatos amarillos, pequeños y elegantes, que se marcaban sobre el cáñamo como dos manchas claras, y algo más que con los movimientos de la barca había ella dejado al descubierto. Se apresuró á cubrirse y quedó silenciosa, con la boca apretada por un gesto duro y los ojos casi cerrados, mientras una arruga dolorosa se trazaba en su entrecejo. Neleta parecía hacer esfuerzos para vencer su voluntad.

Seguían avanzando lentamente. Era un trabajo penoso atravesar la Albufera á fuerza de brazos con la barca cargada. Otros barquitos vacíos, sin más peso que el del hombre que empuñaba la percha, pasaban rápidos como lanzaderas por cerca de ellos, perdiéndose en la penumbra, cada vez más densa.

Tonet llevaba cerca de una hora de manejar la pesada percha, resbalando unas veces sobre el fuerte suelo de conchas y enredándose otras en la vegetación del fondo, que los pescadores llaman el _pelo_ de la Albufera. Bien se veía que no estaba habituado á tal trabajo. De ir solo en la barca se hubiera tendido en el fondo, esperando que volviese el viento ó le remolcara otra embarcación. Pero la presencia de Neleta despertaba en él cierto pundonor y no quería detenerse hasta que cayera reventado de fatiga. Su pecho jadeante lanzaba un resoplido al apoyarse en la percha empujando la barca. Sin abandonar el largo palo, llevaba de vez en cuando un brazo á su frente para limpiarse el sudor.

Neleta le llamó con voz dulce, en la que había algo de arrullo maternal.

Sólo se veía su sombra sobre el montón de ovillos que llenaba la proa. La joven quería que descansase: debía detenerse un momento; lo mismo era llegar media hora antes que después.

Y le hizo sentar junto á ella, indicando que en el montón del cáñamo estaría más cómodamente que en la popa.

La barca quedó inmóvil. Tonet, al reanimarse, sintió la dulce proximidad de aquella mujer, lo mismo que cuando permanecía tras el mostrador de la taberna.

Había cerrado la noche. No quedaba otra claridad que el difuso resplandor de las estrellas, que temblaban en el agua negra. El silencio profundo era interrumpido por los ruidos misteriosos del agua, estremecida por el coleteo de invisibles animales. Las lubinas, viniendo de la parte del mar, perseguían á los peces pequeños, y la negra superficie se estremecía con un _chap-chap_ continuo de desordenada fuga. En una _mata_ cercana lanzaban las fúlicas su lamento como si las matasen y cantaban los _buxqueròts_ con interminables escalas.

Tonet, en este silencio poblado de rumores y cantos, creía que no había transcurrido el tiempo, que era pequeño aún y estaba en un claro de la selva, al lado de su infantil compañera, la hija de la vendedora de anguilas. Ahora no sentía miedo: únicamente le intimidaba el calor misterioso de su compañera, el ambiente embriagador que parecía emanar de su cuerpo, subiéndosele al cerebro como un licor fuerte.

Con la cabeza baja, sin atreverse á levantar los ojos, avanzó un brazo, ciñéndolo al talle de Neleta. Casi en el mismo instante sintió una caricia dulce, un contacto aterciopelado, una mano que resbalaba por su cabeza y deslizándose hasta la frente secaba el sudor que aún la humedecía.

Levantó la mirada y vió á corta distancia, en la obscuridad, unos ojos que brillaban fijos en él, reflejando el punto de luz de una lejana estrella. Sintió en las sienes el cosquilleo de los pelos rubios y finos que rodeaban la cabeza de Neleta como una aureola. Aquellos perfumes fuertes de que se impregnaba la tabernera parecieron entrar de golpe hasta lo más profundo de su ser.

--_¡Tonet, Tonet!_--murmuró ella con voz desmayada, como un tierno vagido.

¡Lo mismo que en la Dehesa!... Pero ahora ya no eran niños; había desaparecido la inocencia que les hacía apretarse uno contra otro para recobrar el valor, y al unirse tras tantos años con un nuevo abrazo, cayeron en el montón de cáñamo, olvidados de todo, con el deseo de no levantarse más.

La barca siguió inmóvil en el centro del lago, como si estuviera abandonada, sin que sobre sus bordas se marcase la más leve silueta.

Cerca sonaba la perezosa canción de unos barqueros. Perchaban sobre el agua poblada de susurros, sin sospechar que á corta distancia, en la calma de la noche, arrullado por el gorjeo de los pájaros del lago, el Amor, soberano del mundo, se mecía sobre unas tablas.

VI

Llegó la gran fiesta del Palmar, la del Niño Jesús.

Era en Diciembre. Sobre la Albufera soplaba un viento frío que entumecía las manos de los pescadores, pegándolas á la percha. Los hombres llevaban gorros de lana hundidos hasta las orejas y no se quitaban el chubasquero amarillo, que al andar producía un _fru-fru_ de faldas huecas. Las mujeres apenas salían de las barracas: todas las familias vivían en torno del hogar, ahumándose tranquilamente en una atmósfera densa de cabaña de esquimales.

La Albufera había subido de nivel. Las lluvias del invierno engrosaban las aguas, y campos y ribazos estaban cubiertos por una capa líquida, moteada á trechos por las hierbas sumergidas. El lago parecía más grande. Las barracas aisladas, que antes estaban en tierra firme, aparecían como flotando sobre las aguas, y las barcas atracaban en la misma puerta.

Del suelo del Palmar, húmedo y fangoso, parecía salir un frío crudo é insufrible, que empujaba á las gentes dentro de sus viviendas. Las comadres del pueblo no recordaban un invierno tan cruel. Los gorriones moriscos, inquietos y rapaces, caían de las techumbres de paja, encogidos por el frío, con un grito triste que parecía un lamento infantil. Los guardas de la Dehesa hacían la vista gorda ante las necesidades de la miseria, y todas las mañanas un ejército de chiquillos se esparcía por el bosque, buscando leña seca para calentar sus barracas.

Los parroquianos de _Cañamèl_ sentábanse en torno de la chimenea, y sólo se decidían á abandonar sus silletas de esparto junto al fuego para ir al mostrador en busca de nuevos vasos.