In the Heart of the Vosges and Other Sketches by a "Devious Traveller"

Chapter 3

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Quería ademas, para lograr esto, perder fuerzas físicas, debilitando su cuerpo con ayunos y lágrimas, y cobrar fuerzas morales en la oración y en su amor de madre.

Cuando se levantó y la vio por vez primera su marido, retrocedió asombrado; ¡y razón tenía! El pelo de la joven madre se había encanecido. Sobre sus facciones demacradas se había extendido la palidez verdosa de la ictericia; sus ojos, extraviados y hundidos, brillaban calenturientos en un círculo morado.

-Es cierto -le dijo- que estás mala, ¡y muy mala! ¡Debes haber sufrido mucho!

-¡Mucho! -contestó la paciente.

-Pero ¿por qué no has llamado a un médico? -repuso impaciente su marido-. ¡No sabes nada, ni aun cuidarte cuando padeces!

¡Un año aún sobrevivió la mártir, con el golpe de muerte en el corazón, sin más alivio que la certeza de que era mortal!

¡Un año entero duró su descenso al sepulcro! La vida es tenaz a los treinta años.

-Pero ¿qué tiene la señora? -preguntaban sus numerosos amigos a D. Andrés Peñalta.

-Una ictericia negra que le aniquila el cuerpo y el espíritu -respondía éste-. Mucho le mandan los médicos, pero nada la alivia. Estoy ciertamente con mucho cuidado.

Y a su mujer a solas decía:

-El médico dice que no acierta la causa de tus males, y que tú no se la indicas. ¡Si nada sabes, ni aun explicar lo que padeces!

Por fin la quinta víctima del crimen cayó postrada. Los facultativos, desorientados, agotados sus recursos, se cruzaban de brazos. La hora del eterno descanso era llegada; el confesor derramaba lágrimas y consuelos a la cabecera de la moribunda.

Ya preparada y pronta a aparecer ante el tribunal de Dios, y cuando sintió que sólo pocos instantes de vida le quedaban, la noble víctima hizo seña a los presentes de que se alejasen, y llamó a su marido.

-¡Padre de mis hijos! -le dijo con voz solemne-. Dos cosas he sabido en esta vida.

-¿Tú? -exclamó asombrado el marido.

-¡Sí!

-¿Y cuáles han sido? -preguntó aterrado el delincuente, con los ojos espantados y fuera de sus órbitas.

-CALLAR EN VIDA, porque era madre, Y PERDONAR EN MUERTE, porque soy cristiana! -respondió la santa mártir, cerrando sus ojos para no volver a abrirlos más.

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