In the Heart of the Vosges and Other Sketches by a "Devious Traveller"
Chapter 2
Era una tarde de primavera despues de un día de verano, pues el suave vientecillo que corría se había, como hace un sibarita, refrescado en las nieves de las altas cumbres, y perfumádose después entre las jaras que cubren sus laderas. La plácida hora del crepúsculo se anticipaba por el valle, no dorando ya los rayos del sol sino las cimas de los montes que lo rodeaban, en cuyas crestas todas parecía arder una hoguera; tal como sucedió en los montes de Asturias, en aquel famoso hecho guerrero que valió su nombre al progenitor de los Cienfuegos. No había un celaje en el cielo que pudiese servir de refugio a los últimos y rosados esplendores del sol. Oíase el alegre murmurio del agua de riego esparciéndose en cien diferentes direcciones por los huertos; dócil en seguir la senda que le traza el hombre, se veía a esta hija de las nubes y de las fuentes, ya rodear un naranjo como un ceñidor de bruñido acero, ya esparcirse sobre un cuadro recién sembrado como una cubierta de cristal, y entonces pararse incierta entre ceder a las seducciones del sol, que la atrae a sí para tejerse con ella sus velos, o a la atracción de la tierra, que la anhela para nutrir con ella las plantas tan lindas que le forman su rico vestido. Oíase el grillo, tocador del primer instrumento que hubo en el mundo, desesperado de que a pesar de su incesante reclamación no se le declare decano de la filarmonía. Oíase el balar de las ovejas, tan dulce como su índole, tan suave como su vellón, tan triste como la víctima a la cual simboliza; el prolongado mugido de la vaca que llama a su cría, el zumbido monótono del abejorro tonto y torpe, volando en derecho de sus narices sin cuidarse de tropezar con las ajenas. Veíanse los aviones surcar el aire en sus alegres desatinadas evoluciones, dando sus gozosos pitíos, lo cual, al contemplarlos, hace decir a los niños con fraternal simpatía: «Ya salieron los muchachos de la escuela.» Empezaban su silencioso vuelo los inofensivos murciélagos, pobres pájaros sin plumas que se esconden de la luz del día como pobres veronzantes, tan feos, que llevan en las aldeas el nombre de figuritas, y tan perseguidos, que se preguntan: ¿Si considerará el hombre usurpada la existencia que les dio a ellos aquel mismo Criador que al hombre le dio la suya? Entonaban sus claras serenatas las ranas, rústicas sirenas que convidan entre sus frescos juncos a las delicias del baño. Las laboriosas abejas dejaban gruñendo su tarea, porque hallaban ya en las flores rocío mezclado a la miel. Oíase la triste y plañidera queja del mochuelo, que impele a ir a consolarlo; suena tan melancólico su canto entre la armonía de la naturaleza, como para probar que hay en ella una voz, así como en el corazón hay una cuerda, que vibra siempre melancólicamente, aunque el día haya sido brillante y sea la noche serena. Sólo la grave y misántropa lechuza, a la que chocaba este concierto general al acercarse la noche, se desprendía de la torre en que medita y censura, lanzando su enérgico ceceo como para imponer silencio.
Pero entre todas estas voces campestres, tan llenas de indefinible encanto para quien sabe gozar prácticamente de la naturaleza, sobresalía la sonora, modulada, y expresiva voz del hombre, las de los trabajadores campesinos que al regresar a sus casas cantaban. ¿Quién ha enseñado a estos hombres? ¿Quién les ha infundido la elevada y aguda poesía de la letra, la encantadora y original melodía de sus cantos? El sentir, que no necesita del arte; entre tanto que sin el sentir, el arte es un cadáver, un bien formado cuerpo sin alma.
Mas prestemos oído a lo que canta este airoso joven que se ha adelantado a los demás, y cuya voz ha atraído a la ventana a una linda muchacha, a quien oculta una cortina formada en la reja por la enredadera cubierta de sus flores amarillas.
EL RETRATO.
Tiene tu cabeza hermoso peinado; con hebras de oro lo tienes formado.
Tienes una frente que es plaza de guerra, donde amor triunfante puso su bandera.
Tienes unas cejas muy bien dibujadas; no hay pincel que pueda tan bien colocarlas.
Tienes unos ojos, luceros del alba, que apagan sus luces a la luna clara.
Es tu nariz fina cual filo de espada, que a los corazones todos los traspasa.
Tienes unos labios... Son dos coralitos; ya esconden, ya enseñan tus dientes bonitos.
Tienes una barba con un hoyo en medio; si en él me enterrasen, quisiera haber muerto.
Tienes la garganta tan clara, tan bella, que hasta lo que bebes se trasluce en ella.
Tienes unos trazos tan bien torneados... No los tuvo Eva mejor acabados.
Tienes, niña, el talle como hermosa palma que airosa descuella por entro las plantas.
Tienes unos pies, pisas tan airosa, que por donde pasas florecen las rosas.
Ya están dibujadas, niña, tus facciones; ahora viene Mayo, que las dé colores.
Capítulo V: El alojado
Como ya hemos hecho observar, en este pueblo español rancio, cristiano viejo, tan alegre y pacíficamente alumbrado por las luces de sus altares y por las del sol, no habían penetrado las del siglo. Donde sonaban las armonías que hemos descrito, no se habían oído ni arengas políticas ni canciones patrióticas; no se tenía idea de un alistamiento voluntario para vestir casaca, ni menos del objeto con que se hacía. ¡Cuál sería, pues, el asombro de los atrasados valdepacíficos, cuando vieron una tarde un tropel semipaisano semimilitar entrar en el pueblo dando desaforados gritos de ¡Viva la libertad!
Al ver aquella banda de hombres armados y empolvados, al oír aquel grito extraño para ellos, los habitantes de Valdepaz quedaron consternados. Cundió luego la voz de que eran presos que se habían fugado de la cárcel de la capital, y que huían a la sierra vitoreando su reconquistada libertad. La consternación fue general; pero poco después se serenaron los ánimos, al oír el severo toque del tambor, y ver bajar por la cuesta, en buen órden y con paso mesurado, una columna de soldados.
Es de advertir que el pueblo tiene por los soldados que salen de su seno una simpatía profunda, en que se mezcla la lástima y la admiración: míranlos como víctimas, sí, pero víctimas consagradas a una santa causa, esto es, la de su religion, la de su rey y la de la independencia, no individual, sino la del país, como se defendía en la heroica e inmortal guerra, que por lauro y distintivo ha conservado esta denominación.
Todo, al llegar esta tropa, quedó aclarado. Decíase entonces (pero en Valdepaz no se sabía nada de eso) que existía en la sierra una partida de facciosos, y venía en su persecucion una columna compuesta de voluntarios nacionales y de tropa de línea: los primeros eran los que, entrando algo estrepitosamente, habían alarmado al pueblo; pero aclarado el asunto, los ánimos se sosegaron, y sólo les quedó a los valdepacíficos el asombro, primero, de que hubiese soldados sin haber entrado en quintas; segundo, que los hubiese de menos de veinte y de más de cincuenta años; tercero, que se vitorease la libertad sin haber estado preso; y cuarto, que en la sierra hubiese facciosos.
Los voluntarios recorrieron aquellos alrededores, se hicieron vejigas en los pies, y no encontraron nada; por lo cual se volvieron por donde habían venido, y llegaron a sus casas un poco tostados del sol. Los zapateros de su pueblo hicieron una función a San Crispín.
La tropa tenía orden de permanecer en Valdepaz. Venía mandada por un capitán, que fue alojado en casa de la viuda de un rico y honrado labrador. Tenía ésta un hijo, que seguía llevando la labor tal cual había enriquecido a su padre y abuelos, y una hija de quince años, que era el sol de aquel modesto, cándido y virtuoso hogar doméstico.
El capitán, que se llamaba D. Andrés Peñalta, era un hombre de no mala presencia, pero de carácter melancólico y agriado por repetidas decepciones en su carrera, en la que, como muchos, en tiempos de trastornos y revoluciones había sido víctima de circunstancias adversas. Era esto aún más sensible para este hombre, tipo de una clase que se ha hecho harto común en nuestra época, esto es, de aquellos que se creen siempre superiores a la posicion que ocupan.
No obstante, la dulce atmósfera de aquella pacífica casa pareció influir benéficamente en el ánimo tétrico y ensimismado que había producido en él su no satisfecho orgullo. Inclinose hacia aquella niña, ídolo de su casa y gala del pueblo, que tenía el encanto de la juventud y de la inocencia, las garantías de felicidad que aseguran las virtudes, y las de bienestar que prometen los bienes de fortuna. Esto último, sobre todo, debía seducir a un hombre que tenía una ambicion por figurar y ser considerado, tanto más ansiosa, cuanto contrariada se había visto por las circunstancias.
Peñalta, con su brillante uniforme y su porte respetuoso, según calificaban su aire altivo en el pueblo, se había captado la admiración general, pero muy particularmente la de sus patronas; así fue que el día en que pidió a Doña Mariana a su hija Rosalía, no pudo ni intentó la señora ocultar su satisfacción. La dócil niña, al ver que estaba contenta su madre, no lo estuvo menos; las comadres y vecinas hicieron coro, y sólo el hijo de la señora demostró desagrado y decidida oposicion al proyectado enlace. Hizo presente a su madre que su caudal, que consistía en algunas fincas, pero principalmente en su vasta labor y numerosa ganadería, prosperaba unido; pero que si cada parte tiraba por su lado, si se dividía o se realizaba, sería en perjuicio de todos. Demostró con buenas razones que su hermana debía casarse con un vecino del pueblo, sin salir del lugar en donde se había criado, y en el que de padres a hijos todos habían vivido felices, bienquistos y considerados. Pero nada pudieron estas juiciosas observaciones sobre la ilusionada Doña Mariana, que estaba llena de entusiasmo por la brillante suerte de su hija Rosalía; y el insistir su hijo en oponerse, sólo sirvió para exasperar a su buena y limitada madre que acabó por decirle que su empeño en que no se dividiese el caudal sería por sacar él la mejor parte. A pesar de tan dura o injusta razón (que había sido sugerida a la buena señora) su hijo siguió combatiendo abiertamente el casamiento de su hermana; de suerte que, incomodada la madre con esta pertinacia, y arrastrada a ello por los extremos que tenía por su hija, declaró que nunca se separaría de ella, y sí de un hijo díscolo, y que seguiría a la primera adonde quiera que fuese.
Este proyecto de la bien acomodada viuda no podía menos de convenir y agradar al capitan, que se apresuró a acogerlo y apoyarlo.
Poco después se verificó la boda, y la nueva familia partió.
Siete años consecutivos vivieron en una paz no interrumpida, gracias al angelical carácter de la madre y de la hija, a su falta de toda pretension y exigencia, así como a la pequeñez del círculo doméstico en que se movían, puesto que la existencia de ambas se reducía a admirar al capitán, a la sazón ascendido a comandante, y a adorar a los tres niños habidos de este matrimonio. Fuera de esto, caían en la nulidad más completa, anonadadas por el prepotente orgullo del comandante Peñalta.
¡Triste mundo éste, donde no se adquiere un lugar sino conquistándolo, ni se conserva sino atrincherándolo! ¡Flaca y débil humanidad, que subyuga al que modesto cede, y ataca al que insolente se encima! Esto solo basta para probarnos nuestra inferioridad humana, y hacernos ansiar aquella justicia superior, para la que no hay brillo deslumbrador ni oscuridad impenetrable.
Así fue que en aquellas mujeres, la modestia que aceptaba, la humildad que cedía, la bondad que se conformaba, lejos de ser apreciadas como las más finas y perfectas perlas entre las joyas femeninas, no sirvieron sino para hacerlas aparecer como débiles y ruines, y para robustecer y entronizar en el que acataban, el menosprecio y el despotismo.
Siendo así que D. Andrés Peñalta tenía un excesivo amor propio y un ansia desmedida por ser apreciado como hombre de virtudes, sin tenerlas (hipocresía catonesca que ha reemplazado a la religiosa), trataba a su mujer y a su suegra en presencia de extraños con gran consideración y afecto, y se hacía, como dicen los franceses, buen príncipe, esto es, que se dignaba descender benévolamente a la esfera de aquellas que ante él se inclinaban; pero en la intimidad, se desquitaba, tratándolas con suma altanería y recalcado desdén.
Las torpezas o impropiedades que solía cometer Rosalía en visita, le indignaban. Es consiguiente que la pobre joven, criada en una aldea, nada sabía de los primores y etiquetas de una ciudad populosa; ni vestirse con elegancia, ni estar tres o seis horas en su tocador; ni cantaba, ni bailaba, ni tocaba el piano; por lo cual el necio amor propio de su marido, mortificado con estas cosas, había tomado, para demostrar su encono, una muletilla con la que continuamente hería y humillaba a su pobre mujer; era ésta: «Tú no sabes nada.»
Sobre dos cosas nada puede el malévolo e injusto despotismo: sobre el hierro, que resiste siempre con igual fuerza, y sobre el junco, que al punto cede; así era que en aquella casa había una paz profunda, pues el despotismo que la regía sólo hallaba suaves y débiles juncos. Pasaba la voluntad del déspota sobre aquel interior doméstico como una ráfaga del huracán sobre un campo llano; campo no estéril ni desolado, sino cubierto de suave y fresco césped.
Capítulo VI: La plana
En este trascurrido tiempo, las relaciones de Doña Mariana con su hijo se habían ido agriando cada vez más; porque esta buena señora, subyugada y en todo sumisa a su yerno, no se conformaba con las cuentas que le mandaba aquél, el cual había seguido administrando el caudal de su madre, que continuaba unido al suyo. Conformándose al parecer, y dócil a los consejos de D. Andrés, acabó Doña Mariana por exigir la partición del caudal y la realización de su parte. Despues de muchos debates, se había por fin verificado este arreglo al poco tiempo de su llegada a M***. Este suceso contentó a todos; y la buena señora se sentía aligerada de un peso grande, con haber cortado por este medio todo motivo de altercados para lo sucesivo, tanto con su hijo como con su yerno.
Una mañana despues de volver de la iglesia, había venido a hablar a la señora un escribano, que era el apoderado de su hijo, y la había traído quinientas onzas en oro, última entrega de su capitalizado caudal. La señora había a continuación firmado el finiquito, y sentada al lado de su hija celebraba la conclusión de este negocio, cuando entró el mayorcito de sus nietos, que venía de la escuela. Traía muy ufano una plana escrita por él, la que enseñó a su abuela. Tomola ésta en la mano con aquel agrado y aquella complacencia qne excitaban en ella cuanto hacían sus nietos, y leyó la máxima que, escrita con firme pulso, encabezaba la plana, y se repetía en cada renglon, copiada por el niño. Decia así:
«No cuentes con el día de mañana, que no lo tienes seguro.»
La señora miró cada renglón con aire de aprobación, y dijo al niño:
-¿Siempre dice lo mismo, Andresito?
-Sí señora -contestó éste-; todos los renglones dicen lo que la muestra, menos el último.
La abuela bajó la vista, y leyó:
«La hizo Andrés Peñalta el 20 de Marzo de 1840.»
¡Chiquillo -dijo la señora-, si estamos hoy a 19, día del Patriarca!
El niño se echó a reír, y repuso:
-Verdad es que me equivoqué; pero ¿qué le hace? Supongamos que la escribiría mañana.
-¿Tan pronto te olvidas de las sentencias que escribes niño? -le dijo su abuela-. ¿No dice acaso, «No cuentes con el día de mañana, que no lo tienes seguro»?
-Bueno, yo la enmendaré -repuso el niño, cogiendo la plana y echándose a correr.
Un momento después volvió y se la entregó a su abuela.
-¡Muchacho! -exclamó ésta apenas la vio-. ¿Por qué has enmendado estos números con tinta encarnada? ¡Jesús! ¡Parece una fecha sangrienta!
-Estaba la tinta encarnada sobre la mesa de padre, y es muy bonita, -contestó el niño.
-Pues a mí me parece muy fea -observó su madre-, y que hace muy notable la enmienda. Rómpela, hijo, y mañana, si Dios quiere, escribirás otra plana mejor a tu abuela.
-No, no -dijo ésta-; dámela, gloria mía. Para mí la hiciste, en ella me dices una cosa muy buena y muy santa, y es que no cuente con el día de mañana, que no es seguro; esto es, que debemos estar siempre preparados para la muerte, que nos lleva ante el tribunal del gran Juez de las almas; así es que la quiero conservar como buena memoria y mejor consejo. Y mira -añadió, tomando sobre la mesa una pila de veinte onzas-, estoy tan satisfecha de tu aplicación y de esta plana que la atestigua, que estas veinte onzas te las destino, y por mi muerte serán tuyas. Para que se sepa, voy a escribir ésta mi voluntad al pié de la plana y a liar en ella las onzas.
La señora cogió la pluma con la que acababa de firmar los recibos, y escribió al pie de la plana, y debajo de la roja fecha y del nombre del niño, que era el mismo de su padre: «Esto le deja en memoria, Mariana Pérez».
En seguida lió las veinte onzas en la plana, las que guardó con el demás oro en una caja, que cerró y se llevó a su cuarto.
Aquella noche se consumó en la persona de esta anciana el atroz asesinato referido al principio de esta relación, en la que queda tambien pintado el dolor en que tan inaudita desgracia sumió a la pobre Rosalía, y la profunda impresion que causó en su marido, el cual quizás se arrepentiría entonces de lo amarga que hizo la vida a aquella infeliz víctima, que tanto le había querido y considerado.
La pérdida que experimentaron con tan considerable robo, de que nada se pudo recuperar; el misterio que envolvió el atentado, a pesar de las muchas diligencias e investigaciones que se hicieron; la convicción de tener algún enemigo oculto, pero perspicaz, hicieron insufrible al matrimonio su permanencia en aquel pueblo, y a instancias del comandante fueron trasladados a un punto lejano de aquél.
Capítulo VII: Una notabilidad
Diez años habían pasado en su nuevo domicilio, en el que, desde que llegaron, habían hallado, tanto el marido como la mujer, la mejor acogida. Su suerte mejoró mucho. D. Andrés heredó a un tío, muerto en América, se retiró del servicio, afincó, y se dedicó con buen éxito a varias empresas, entre ellas a derribar conventos, cuyos materiales, de gran valor, vendía baratos. Había sido alcalde, y era en la actualidad diputado provincial; en una palabra, llegó a ser una notabilidad, y el tipo del ciudadano moderno, esto es, gran expendedor de frases retumbantes salpicadas de términos heterogéneos, celoso apóstol de la moralidad, ferviente pregonador de la filantropía, arrogante antagonista de supersticiones, entre las que contaba la observancia del domingo y días festivos; preste de la diosa Razón, arcipreste de San Positivo, gran maestre de Prosopopeya, profesor en las modernas nobles artes del menosprecio y del desden, hábil arquitecto de su propio pedestal: nada faltaba a este moderno tipo, que era reputado por el Salomón de los juicios de conciliación, y por el Demóstenes de una recién instalada junta formada para la construccion de un canal, cuyos trabajos, a fuerza de juntas y expedientes, estaban muy adelantados, no faltando más para la realización del proyectado canal, sino el dinero para abrirlo, y el agua para llenarlo.
No es nuestro ánimo personificar la época en el señor D. Andrés, sino sus influencias, y es seguro que en un órden de cosas opuesto habría sido el centinela avanzado de la intolerancia, el seide de la rutina, el cancerbero de los aranceles y el carabinero de útiles y necesarias innovaciones. Esto lo decimos en honor de la verdad, y en favor de la exactitud del tipo que pintamos, y de ninguna manera por lavarle su feísima cara a la época.
Con la ventaja que gozan las almas mansas de no dejarse abatir por la desgracia, la que tienen los temples suaves de estar exentos de sentimientos efervescentes y violentos, y la que es propia de caracteres pacientes, de no irritarse ni aferrarse en sus sufrimientos, Rosalía había vuelto a su estado natural de calma y de tranquilidad de espíritu, que es, a no dudarlo, una señal de predestinación.
Habríase aún llamado feliz, a no haber sido por la manera con que la trataba su marido, el cual, cada vez más ensoberbecido por su buena posición, por el éxito de sus empresas y por la consideración general que había sabido granjearse, trataba a su pobre mujer con una dureza y un menosprecio que iban en aumento cada día.
La educación de sus hijos, a quienes Rosalía mimaba, era el continuo tema de sus reconvenciones, y la ocasión de repetir su incesante ultraje: «Tú no sabes nada.» A veces al oírlo lloraba Rosalía; a veces se resignaba paciente; pero nunca replicaba, haciéndose a sí misma esta reflexión: «Natural es que eso piense y eso diga mi marido, que tanto sabe, cuando yo nada sé, sino coser y rezar.»
¡Cuán cierto es que la virtud innata, lo mismo que la inocencia, se ignoran a sí mismas! Pero el tiempo había de demostrar a D. Andrés cuánto sabe la mujer que sabe ser cristiana, y cuán preferibles son las virtudes humildes a las heroicas.
Capítulo VIII: El legado
Un día en que Rosalía enseñaba a su hija, suave niña, como lo había sido su madre, lo que ella sabía, esto es, rezar y coser, entró el menor de sus dos hijos.
-Madre -le dijo alargándole un papel-, mirad, una plana hecha por Andrés cuando era chico.
Rosalía lo tomó, y leyó con ojos asombrados:
«No cuentes con el día de mañana, que no lo tienes seguro.»
Al fin de la hoja se veía roja y sangrienta la fecha del 19 de Marzo de 1840, lo hizo Andrés Peñalta, y debajo, de letra de su madre, de la víctima del misterioso e impune crimen, éste su solo testamento: «Esto le deja en memoria, Mariana Pérez.»
-¿Dónde hallaste este papel? -preguntó Rosalía con una voz tan extraña y demudada, que sus hijos la miraron sobrecogidos.
-En el cuarto de padre, entre unos papeles viejos -contestó el niño.
Rosalía se levantó lívida, corrió a su cuarto, echó el cerrojo, y cerró las ventanas para no ver la luz del día.
El velo que por diez años cubría al asesino de su madre estaba descorrido a sus ojos; el horroroso secreto salía de su sombra; la víctima, desde su tumba, recordaba la sangrienta fecha en un documento guardado con el dinero robado, que sólo podía hallarse en poder del ladrón y asesino, y este documento acusador se hallaba en poder de su marido!
Rosalía se dejó caer sobre un sofá, y ocultó su rostro entre sus manos. Así permaneció tres horas, inmóvil como el estupor, fría como deja la falta de la circulacion de la sangre a un cadáver, muda como pone la parálisis a aquél a quien hace su presa.
La primera hora no pensó: todas sus ideas se confundieron en un espantoso vértigo. En la segunda, la desesperacion vagó por su alma como el león por su jaula, viendo por dónde salir y hallar ancho ámbito en que lanzar su rugido. En la tercera se presentó digna y severa la reflexión, trayendo de una mano a la moderación cristiana, y de la otra a la prudencia humana: la primera, con su freno; la segunda, con su anteojo. Entonces la cristiana, la madre y la esposa cruzó sus manos y exclamó:
-¡Tuya, tuya, Padre y Juez nuestro, es la justicia! ¡Tuya, tuya la vindicta!
Levantose animosa, encendió una vela, en cuya llama quemó con resuelta mano el papel acusador, y se arrojó en su lecho.
A poco llegó su marido, y le preguntó con su usual aspereza lo que significaba aquel encierro.
Al oír la voz del asesino de su madre, al sentir su cercanía, un temblor espantoso se apoderó de la infeliz, la cual, entrechocándose sus dientes, respondió que estaba enferma.
El marido se alejó impaciente: ¡no le concedía ni aun el derecho de estar enferma!
Ocho días permaneció Rosalía encerrada, sin permitir que la viese nadie, ni aun sus hijos, pretextando para ello un agudo dolor de cabeza, pero en realidad porque temía se exhalase en clamores desesperados el tremendo secreto que quería ahogar en su destrozado pecho.