Callar en vida y perdonar en muerte
Part 1
«Me está reservada la venganza, y Yo soy quien la ejerceré», dice el Sabor.
(Epist. de Son Pablo a los Romanos.)
Capítulo I: Una calavera entre dos floreros
Veíase en la populosa ciudad de M*** una extraña anomalía que chocaba a todo forastero, pero que había llegado a ser para sus habitantes, por la costumbre que tenían de verla, cosa en que no paraban la atención. Consistía ésta en el mustio y extraño contraste que formaba en uno de los barrios más céntricos y de mejor vecindario de la ciudad, en una de las calles de más tránsito, en la que las casas competían en compostura y buen parecer, una casa cerrada, sucia, descuidada y sombría, cuyo aspecto hería la vista y afectaba el ánimo. Las dos casas que tocaban a sus costados estaban tan blancas como si fuesen de alabastro; sus rejas y balcones se habían pintado, forzando de esta suerte al grave hierro a vestirse de alegre verde de primavera, como las plantas que, colocadas en sus tiestos color de coral, los ocupaban. Asomábanse por encima de los tiradillos, con sus vestidos de varios colores, las vanidosas dahalias, que tanto ha embellecido el cultivo europeo; alzábanse las lilas, tan distinguidas entre las flores, como lo es en sociedad la persona que a un mérito real une la modestia. El heliotropo, que sabe cuanto vale, y por lo mismo desdeña visuales colorines, se retiraba detrás de los geranios, que, variando y mejorando su exterior, han sabido conquistarse un buen lugar entre la aristocracia de Flora. En el sitio preferente se ostentaban las camelias, frías, tiesas, sin fragancia, que es el alma de las flores, haciéndose valer y dándose tono, sin acordarse de que la moda y la novedad, que las ensalzan hoy, las desatenderán mañana, y que serán tanto más olvidadas, cuanto que no dejan un perfume por recuerdo. Inclinábanse sobre los rodapiés los exquisitos claveles, la más española de las flores, como si les doliesen sus hermosas cabezas por el exceso de su aroma. Detrás de las vidrieras se veían extendidas esas cortinas formadas de pequeños juncos verdes, que vienen de China, sobre las cuales se miran pintados pájaros extraños y apócrifos, que parecen partos del arco iris, figurando así las casas, grandes pajareras de aves fantásticas en jardines encantados.
Por el contrario, la casa vacía, con sus paredes oscuras, sus negros hierros, sus maderas cerradas, si huyese de la luz del día y de las miradas de los hombres, parecía excluida de la vida alegre y activa y llevar sobre sí un anatema. En el balcón sólo se veían unos girones de papel de cartelón, que el viento y los aguaceros habían destrozado, y que su dueño, cansado de renovar, dejaba ya en el mismo estado; con cuyo mal aspecto parecían poner en entredicho aquella tétrica y abandonada mansión. En fin, podíase comparar la sola, silenciosa y fúnebre casa, enclavada entre sus dos alegres y vistosas vecinas, a una calavera colocada entre dos floreros.
Capítulo II: Conversación
En una de estas casas recibía una señora amable y risueña gran número de visitas, con motivo de ser los días de su santo.
Dirigiéndose a uno de los caballeros que se hallaba sentado en el círculo formado ante su sofá, le dijo:
-¿Con que no habéis hallado casa?
-No señora, -contestó el interrogado, que era forastero-: las que se me han proporcionado, unas son estrechas para mi numerosa familia, otras están en mal sitio; y mi mujer, que sale poquísimo, lo primero que me ha encargado es que la casa que tome esté bien situada.
-No hay duda en que este vecindario aumenta; no se hallan casas, -dijo uno de los presentes.
-Pero, señora, -añadió el forastero-, acabo de ver la inmediata casa a la vuestra, desalquilada; me convendría mucho, y no me habéis hablado de ella.
-Es cierto, es cierto -repuso la señora; ha sido una inadvertencia; pero estamos tan acostumbrados aquí a contar esa casa entre los muertos, que no debéis extrañar no se me ocurriese sacarla de su mortaja.
-¿Entre los muertos? ¿Es decir, entre lo no existente? -preguntó asombrado el forastero.
-Así es, puesto que nadie la ocupa, ni le quiere dar vida.
-¿Y por qué? ¿Está acaso ruinosa?
-Nada de eso; está en muy buen estado.
-¿Es fea? ¿Es destartalada?
-No; es buena y tiene comodidades.
-¿Ha muerto en ella algún ético?
-No, que yo sepa... Ademas, ese miedo exagerado, que es ciertamente una preocupación, se va desvaneciendo. Blanqueando las paredes, pintando las maderas, como se hace después de cualquiera enfermedad, todas las casas se habitan hoy día luego que deja de existir en ellas la víctima de ese terrible padecimiento, que sólo curan los viajes de mar con privilegio exclusivo.
-Pues entonces, ¿cuál es el que tiene esa casa para no ser habitada?... ¿Tiene asombros? -añadió sonriendo el caballero forastero.
-Justamente -contestó la señora.
-¿Eso me decís en el siglo XIX, en medio del esplendor de las luces, en las barbas de la reinante despreocupación?
-Sí señor, porque el asombro que se supone es el que selló en ella el crimen, y ese asombro aún no han llegado a disiparlo ni las luces, ni la despreocupacion. En esa casa, señor, se cometió un asesinato.
-Convengo -repuso el caballero- que eso debió de ser una cosa atroz para los que a la sazon la vivían, y terrible para los allegados y los parientes de la víctima; pero no creo sea razón suficiente para que, andando el tiempo, quede por ese motivo una casa condenada a ser demolida, o a existir sin ser habitada. ¿Cuánto ha que tuvo lugar el hecho?
-Seis años.
-Señora, entonces me parece el abandono de esa casa, inocente del atentado de que fue teatro, cosa de agüero y sobremanera anómala en esta época, en la que, sin extrañas influencias, llevan la utilidad y la conveniencia el timón de los hechos.
-¡Qué quiere usted, señor! -repuso la dueña de la casa-. Estamos aquí, por lo visto, un poco atrasados; y no nos pesa. Pero lo horroroso del asesinato, la inocencia de la víctima, que fue una pobre e inofensiva anciana, el misterio que cubrió y cubrirá siempre al autor del crimen, han impregnado de tal horror el lugar en que se consumó, y la sanción que ha dado el tiempo al desvío que esa casa inspira es tan poderosa, que nadie se ha hallado que quisiese quebrantar el aislamiento que, cual una maldición, pesa sobre el lugar del impune delito. Parece la soledad de esa casa un sello sobre un pliego cerrado, que Dios abrirá en su día, si no ante los tribunales de los hombres, ante el tribunal supremo de que es juez.
Entraron en este momento nuevas visitas, y la conversación fue interrumpida.
Capítulo III: Un crimen
La curiosidad del caballero forastero, excitada por lo que había oído, hizo que volviese a los pocos días con el determinado objeto de anudar la conversación interrumpida.
Después de los primeros cumplidos, dijo a la amable dueña de la casa:
-Señora, extrañareis quizás mi insistencia; pero es grande mi deseo de saber algunos pormenores sobre el crimen de que me hablasteis el otro día, que tan pavoroso debe haber sido cuando no puede el tiempo, ese Saturno que hasta las piedras se traga, consumir las huellas que ha dejado.
-Con la mejor voluntad os comunicaré lo que sé, que es lo que sabe todo el mundo -contestó la interrogada-. Pero es probable que la fecha, ya antigua, del hecho, así como el no haberlo presenciado, lo despoje a vuestros ojos de la activa y siniestra impresión que causó a todos los habitantes de esta ciudad. Habrá diez años que llegó aquí, y se alojó en la referida casa, un comandante con su mujer, tres hijos pequeños y su suegra. Era él todo un caballero en su porte, así como en su conducta; al cariño que demostraba a su mujer, que era muy joven y muy sencilla, se mezclaba la gravedad de un padre, y así formaban una familia tan unida como feliz. Era ella una paloma sin hiel, como dice la poética definición popular, y se hallaba tan satisfecha y dichosa en ser la escogida de aquel digno marido, como en ser la madre de los tres ángeles que sin cesar la rodeaban. Era el tipo de aquellas ejemplares mujeres que sólo existen en el estrecho círculo de sus deberes de hija, esposa y madre. En cuanto a la señora mayor, era de aquellas criaturas que denomina el mundo, para clasificarlas pronto, con el título de una infeliz. Siendo muy piadosa, pasaba su tranquila existencia en el templo rogando a Dios por los objetos de su cariño, y en el hogar doméstico alabando a los de su culto. Eran estas señoras propietarias en un pueblo pequeño, por lo que muchos las denominaban lugareñas o provincianas, como se dice ahora en frances traducido; pero yo siempre hallé en aquella casa delicada urbanidad, porque era sincera, franqueza decorosa, y una conducta austera sin gazmoñería y sin aspirar a los elogios a que es acreedora. Si es esto ser lugareña, no debe pesar el serlo. Pasaba yo en su casa muchos ratos, porque aquella paz interior, aquella felicidad modesta y sosegada, comunicaban bienestar a mi corazón; porque una simpatía grata me inclinaba hacia aquel hombre tan digno y tan estricto en el cumplimiento de sus deberes, me impelía hacia aquella suave mujer que gozaba en sus virtudes como otras en sus placeres, y me arrastraba hacia aquella anciana sencilla y amante, que no hacía más en la vida que sonreír y rezar. Puede que esta felicidad, aunque santa y modesta, fuese demasiado perfecta para ser duradera en un mundo en que, por desgracia, aun los buenos se acuerdan menos del cielo cuando la tierra les hace la vida dulce. Ello es que una mañana entró mi doncella azorada en mi cuarto; traía el rostro descompuesto y agitada la respiración.
-¿Qué hay, Manuela? -le pregunté sobresaltada.
-Señora, una gran desgracia, una atrocidad sin ejemplo.
-Pero ¿qué es? ¿Qué ha sucedido? Explícate.
-Esta noche... en la casa de junto... No os asustéis, señora.
-No, no; acaba.
-Ha sido muerta la señora mayor.
-¡Muerta! ¿Qué dices?
-Sí señora, degollada.
-¡María Santísima! -exclamé horrorizada-. ¿Y cómo? ¿Han entrado ladrones?
-Es de presumir; pero nada se sabe.
El caso es, señor, -prosiguió la narradora-, que aquella mañana salió el asistente, que dormía en un cuarto en el zaguán, para ir a la plaza. La puerta de la calle, según afirmó, estaba cerrada, como la había dejado la noche antes. Así, era evidente que por la calle no habían entrado los asesinos. Pero cuando volvió de la plaza, extrañó hallar la puerta de en medio sólo encajada, de manera que cedió a su presión, y pudo entrar sin ser necesario que nadie le abriese; mas ¡cuál no sería su asombro al ver enrojecida el agua en la blanca mar de la fuente del patio! Aumentose éste al ver en la tersa pared de la escalera señalada con sangre una mano. ¿Hubo acaso de darle al asesino, al bajar aquellos escalones y al verse cubierto de sangre humana, un desvanecimiento que le obligó a buscar un apoyo en la pared? ¿Conservó ésta la marca de la mano homicida para acusar al culpable y marcar su senda? Subió el asistente desalado, siguiendo el rastro de las gotas de sangre, que de trecho en trecho, y como dedos vengadores, le señalaban por dónde ir a descubrir el crimen. Llega a la sombría y apartada estancia que en el interior de la casa habitaba la señora mayor, aquélla que nunca quiso creer en el mal porque nunca pudo comprenderlo! ¡Hasta la puerta llegaba la laguna de sangre que iba extendiéndose en el suelo y que sus ladrillos no querían absorber! Sangre líquida, caliente, que parecía todavía conservar la vida que faltaba al lívido cadáver, que con los ojos desmesuradamente abiertos por el espanto con que terminó su vida, yacía sobre la cama, al lado de la que pendía un brazo blanco y yerto, como si fuese de cera, para testificar el abandono en que murió. El asistente, aterrado, dio gritos, y corrió a llamar a sus amos. ¡Qué espectáculo para estos desgraciados!... La pobre hija cayó al suelo como herida de un rayo. El comandante, pálido y demudado, pero más dueño de sí, mandó cerrar la puerta de la casa, pues a los gritos del asistente se reunía gente, e hizo avisar a la justicia. Pero ésta nada halló sino el mudo cadáver; vio sangrientas heridas, bocas que acusaban el crimen, pero no al criminal; y era lo extraño, que ni aun las más remotas sospechas pudieron caer sobre nadie, ni encontrarse el más leve indicio que sirviese de luz para seguir pista alguna. El asistente dormía al lado afuera del portón, en el zaguán. Esta puerta, que sólo por el lado de adentro se abría, la halló abierta al volver de la calle; lo que hace probable que el asesino se hubiese ocultado el día antes en el interior de la casa, o entrado por los tejados. Esta última versión no era probable ni casi posible, en vista de que esa casa, la de la condesa *** y la mía forman manzana. La criada había pasado aquella noche en la fiesta de una boda de una hermana suya, como atestiguaron cuantos habían concurrido a ella. El otro asistente estaba malo en el hospital, y no se había movido de su lecho. A pesar de esto, los dos primeros fueron presos; pero despues de algun tiempo se les puso en libertad. Notad hasta qué punto fue aterrador y horripilante el atentado, cuando sólo la idea de que se le sospechara de haber tenido parte en él, hirió de tal suerte la imaginación del asistente, que era un honrado mallorquín, que perdió la razón, y de la cárcel fue llevado a la casa de los locos. Sobre la criada cayó tal sombra, por haber sido presa y envuelta en aquel tétrico y misterioso proceso, que no pudo hallar casa en que la quisiesen admitir de sirviente; su novio la dejó, y así, presa de la ignominia y de la miseria, arrojose a la mala vida, y se perdió. Entre tanto, la ciudad estaba aterrada. Nada pudo la justicia inquirir, ni aun sospechas que hubieran podido servirle de vislumbre en aquellas tinieblas. El crimen, con el misterio, se hace pavoroso y crece como el terror en la oscuridad de la noche. La vindicta pública, indignada, gritaba: «¡Justicia!», y los jueces, con la cuchilla alzada, no hallaban sobre quién descargar el golpe. Así, eran vanos los clamores para que se hiciese justicia, en vista de que ésta se la había Dios reservado para sí; pues, repito, que nada se supo entonces, nada se ha sabido despues, ¡nada se sabrá nunca!
-¿Y que fue luego del comandante y de su familia? -preguntó vivamente interesado y conmovido por la relación que había oído el forastero, para quien la casa que le había parecido un inocente paria, se iba convirtiendo en un antro misterioso y lúgubre.
-Sabéis -respondió sonriéndose la señora- que los extranjeros nos echan en cara a las españolas el proceder siempre de ligero, el ceder constantemente a nuestro primer impulso, y el tener en poco aquel estricto y severo círculo de accion de sus paisanas, que está a veces lleno de delicado decoro, y a veces hinchado de frío egoísmo: las españolas, francas y ardientes de corazón, no reflexionan cuando éste las arrebata; y si por esta razón aparecen siempre tiernas, valientes y generosas, a veces son irreflexivas; esto es, como dicen los franceses, tener los defectos de sus cualidades. Consiguiente a esto, apenas salio la justicia de aquella casa, cuando me arrojé en ella para prestar auxilio y consolar a mis desgraciados amigos. No, nunca olvidaré, ni se borrará de mi alma, el lastimero cuadro que presentaba! Fue tal la impresion que recibí, que costó la existencia al último hijo que Dios me destinaba. El cadáver, que aún permanecía en el cuarto en que se halló, no se veía, pero se sentía! Enfriaba aquella atmósfera: ¡la casa olía a sangre! El agua que llenaba la mar de la fuente permanecía roja, como si el líquido y corriente hilo que constantemente la renueva pasase por en medio como yerto témpano, sin querer mezclarse con ella, o como si una gota de inocente sangre vertida bastase a enturbiar para siempre una fuente, así como basta a manchar para siempre una conciencia. Mi pobre amiga, que tanto amaba a su madre, se estremecía en convulsiones. Al verme, pudo gritar, llorar y desahogar su comprimido dolor. Su marido estaba aterrado; el asombro parecía haber parado la circulación de su sangre. ¡Tal era la lívida palidez que cubría su rostro, y la inmovilidad de sus labios, comprimidos por el horror! Me traje a su infeliz mujer a mi casa, y a poco tiempo, habiendo su marido logrado una permuta, pasaron a una lejana provincia, porque les era imposible permanecer en el lugar en que había acontecido tan horrorosa catástrofe.
-Pero ¿con qué objeto se cometió ese asesinato? -preguntó el caballero.
-Se infirió que por robar a la víctima, -contestó la señora-. Aquella mañana, según dijo su hija, había recibido su madre una crecida suma de dinero por manos de un escribano; sobre él recayeron violentas sospechas, y aunque nada se le ha podido probar, ha quedado completamente desacreditado. Las sospechas que llegan a hacerse unánimes y estables desacreditan a veces más que un hecho probado y ventilado, en cuyo caso el interesado, aunque culpable, ha podido emitir descargos, alegar disculpas, y sobre todo demostrar arrepentimiento y obtener así el perdon, que el Dios de las misericordias no guardó sólo para sí, sino que con su divino destello puso en el corazón del hombre, y al que elevó a precepto en su santo Evangelio.
-Vuestra observación es justa -repuso el caballero-. La sociedad, que es y debe ser clemente, después de castigado el delito, es inexorable con el crimen impune. Eso es lógico. ¿Y habeis vuelto a saber de vuestros pobres vecinos?
-He sabido varias veces de ellos, hasta que últimamente los he perdido de vista. Les fue muy bien en el pueblo a que se trasladaron. El marido se retiró del servicio militar, se afincó y tuvo mucha suerte en cuanto emprendió: así sucede que es hoy uno de los hombres más considerados de aquel pueblo, una notabilidad, según el estilo moderno. Ha sido alcalde y diputado provincial, y qué se yo cuántas cosas más en el innumerable plantel constitucional de autoridades. En cuanto a ella, vivía siempre contenta en su vida doméstica y retirada.
-Por lo visto -dijo el forastero con una sonrisa ágria y amarga-, la casa conserva la impresion que se ha borrado en los corazones!
-La casa ha conservado la impresión del crimen: en los corazones se ha amortiguado la del dolor. El dolor no puede ser eterno en este mundo; así lo ha dispuesto Aquél que sabe lo que nos conviene. Cada día un nuevo sol hace olvidar el que desapareció la víspera; cada flor que abre su seno aleja la vista de la que se marchita. La ausencia es un velo poco trasparente. Lo venidero absorbe lo actual, y su ardiente excitacion debilita las impresiones, como los rayos del sol desvanecen la viveza de los colores. Y no motejéis al olvido, ese bálsamo, esa panacea, ese dulce elixir de vida que Dios envía a las criaturas, como a las plantas envía su refrigerante rocío. Sin él, ¿qué sería de nosotros?
-No sé -repuso el caballero- si clasificar lo que decís de sublime filosofía, o de divisa del vulgar ¿qué se me da a mí?
-Ni tan alto ni tan bajo: es una verdad sencilla y práctica; una de las muchas disposiciones de la naturaleza, contra las que se rebela en vano el orgullo del hombre. Pero decidme, ¿queréis habitar la casa? Mucho me alegraría que la presencia de una buena y amable familia disipase la sombra de esa fúnebre morada, como la sonrisa de la aurora ahuyenta el ceño de la noche.
-Gracias, señora. No la viviré yo. Aunque hijo de este siglo despreocupado, no ha podido el carácter del positivismo que le preside ahogar las impresiones del espíritu que reina, en alta esfera; y puesto que aquella casa es la depositaria del misterioso y horrendo atentado, la única que conoce los impunes criminales, huyan de ella los buenos y quédese sola con su secreto, como deberían estarlo todos los que llevan la conciencia manchada con algun delito.
Capítulo IV: Valdepaz
Existe un pueblo que nombraremos con el pseudónimo de Valdepaz, que ha escogido por asiento un valle, colocado entre las últimas ondas que forma el suelo de una vasta cordillera. Dórale un brillante sol sus mieses, riéganle claros manantiales sus huertas, en que el copudo naranjo cubre de perlas su manto como un rey, el fino granado se adorna de corales, el suave almendro de guirnaldas de rosa, y los sencillos frutales se apresuran a ponerse su traje blanco, que es tan que se desprende aun antes de partir la fugitiva primavera que se lo viste.
Separan a Valdepaz del resto del mundo los montes que a su alrededor se levantan como inmensos biombos, con los que hubiese rodeado la naturaleza la cuna en que durmiese uno de sus hijos. Álzase en su centro, digna y tranquila, la no profanada iglesia; descansa honrado bajo el techo del labrador el arado que enseña el trabajo, y en premio da el pan de cada día. Los niños aprenden la doctrina, besan la mano al cura, y piden la bendición a sus padres. La ilustracion del siglo novador, según se habrá notado, había retrocedido desdeñosa al ver tanto oscurantismo, había contado a Valdepaz entre las momias, borrándolo de la lista de los vivos, y, cual a otro enterrado Pompeya, le había dicho con profunda intención y grave solemnidad: ¡Séate la tierra ligera!