Chapter 7
Una noche salen fuerzas de éste, segun la costumbre, á recorrer la playa contigua para vigilar la bahía por aquella parte y dar la voz de alarma, si algun desembarco se intenta. Pasada la media noche, sienten ruido en el agua como de una lancha ó barquilla, y apesar de las sombras creen ver una barquilla ó lancha que se dirige á la orilla á favor de la marea creciente. Dan varios la voz de ¿Quién vive? y de ¡ alto! No responden y la lancha cada vez mas se avecina. Rómpese el fuego y la lancha continúa adelantándose y el fuego continúa igualmente con alteracion de los voluntarios al ver la temeridad de los que la tripulan. Mas ¿cuál es su confusion al contemplar á la luz de la naciente aurora, que es una vaca el objeto de sus cuidados, el blanco de sus tiros? Aquel animal se habia caido de uno de los buques que traen ganados de Marruecos durante el sitio para el abastecimiento de Cádiz. La vaca está muerta, y probablemente vendria ya ahogada cuando los disparos contra ella, si bien se notan las heridas de los tiros que se asestaron. Con gran regocijo es traida á la playa, y allí se parte en trozos y sirve para un rancho de las tropas de Puntales, que así solemnizan la equívocacion con aquel obsequio que las sombras de la noche les han enviado.
El 10 de Agosto de 1812 se bendice la bandera del regimiento de infantería de Extramuros, que tambien guarda el castillo, y la Regencia concede que terminada la ceremonia, esa bandera misma sea arbolada bajo el pabellon nacional, y que todos los dias de San Lorenzo sea arbolada igualmente para recuerdo de la gloria adquirida en esta defensa. Al arbolarse la bandera, los fuegos del enemigo se lanzan contra el castillo; los voluntarios permanecen en sus puestos durante la ceremonia con riesgo de sus vidas. Los generales D. Cayetano Valdés y D. Juan José Martinez, que pasan por las inmediaciones del castillo y oyen los vivas y el marcial estruendo, acuden, ven el espectáculo y obligan á aquellos voluntarios á recojerse prudentemente en las casa-matas.
Tales cosas en Cádiz ocurren, tal es el ánimo de sus vecinos, tal el de sus defensores, cuando el dia 25 de Agosto nótase á las ocho de la mañana que arden por varios puntos las obras de la línea enemiga con muestras de ser abandonada. No tiene límites el regocijo popular: la constancia de Cádiz queda victoriosa.
El poeta D. Eugenio de Tapia, espresa el júbilo de la ciudad en el siguiente improvisado soneto:
Pag 52
Tanta fatiga, Soult, tanto sudar, Tanto estrépito horrible de cañon, Tanta cureña, obus y morteron, Tanta muerte y estrago amenazar.
Tanto bullicio y tanto amontonar Bala, granada, bomba y salchichon, Tanta amenaza en tono fanfarron, Tanto bajar, subir, parlamentar
Tal trápala y bullicio en qué paró? La gran ciudad de Alcides lo dirá, Pues publicar su gloria es su deber.
La luna treinta vueltas completó, Y al cabo sin decirnos dónde vá Nuestro gran mariscal echó á correr.
D. Angel de Saavedra, que como ayudante del Estado Mayor ha ido á recojer efectos de guerra de los enemigos al Trocadero, saca un diseño de los obuses de Villantroys, el cual es grabado al humo, y corre de mano en mano por Cádiz como objeto de la mas viva curiosidad. Entre esos morteros están los dos llamados el R ey de Roma y el Morti er , que son regalados á la nacion inglesa como recuerdo del sitio de esta ciudad. Al propio tiempo el mismo D. Angel de Saavedra, escribe y publica una oda con el título de Cádiz lib re del sitio , en magníficos versos, imitacion del estilo de Fernando de Herrera. Dice en la única estrofa que conocemos de esta oda, pues no hemos podido hallarla, ni su mismo autor la conserva impresa, ni escrita, ni en la memoria:
¡Ay de los que en su número fiados Y en su denuedo y en sus armas fieras, Se atrevieron a hollarte, ínclita España! Y a desplegar de muerte las banderas En la costa que el mar Atlante baña; Que el brazo del Señor potente y grave Deshace su furor, cual sol ardiente Deshace obscura niebla, y ya no sabe Vencer el galo triunfador, y en vano Ostenta su poder antes temido, Y de sus huestes el ardor insano Y su bélico estruendo y alarido; Que el cielo en ellas el pavor infunde Y su altivez y su impiedad confunde!
La ciudad de Cádiz, agradecida á la escuadra británica por la proteccion que le ha debido, por las pérdidas que ocasioné á los franceses en dias de tantas fatigas y de peligros tantos, acuerda enviar una diputacion á felicitar al almirante Legge. En la mañana del 18 de Setiembre, los regidores D. José Romero Campo y D. Bartolomé Costelo, con el síndico D. Santiago José Terry, llevan el mensage de la ciudad. Van en una falúa con clarines, mazas, porteros y alguaciles. Llegan al navío almirante: dos oficiales de graduacion los reciben en el pasamanos de la escala: acompáñanlos hasta la cámara, á cuyas puertas sale el almirante: quedan ante ellas las mazas de la ciudad. Entran en la cámara todos, siéntanse los diputados del Ayuntamiento y el almirante; y á presencia de la oficialidad, se le dice por uno de los regidores el objeto de la venida y el síndico pone en sus manos el oficio de gratitud. El almirante responde que él lo transmitirá á sus oficiales; y que aquella prenda del afecto de una ciudad como Cádiz, será la página mas brillante de la ejecutoria de cada uno de ellos. Vuelve la diputacion á la falúa del general de la
Pag 53
armada española: el navío almirante inglés despide á la diputacion del Ayuntamiento disparando los cañonazos de ordenanza, como honor de un capitan general. La marinería de todos los buques de guerra ingleses está colocada en forma de ceremonia y saluda con víctores á los representantes de Cádiz.
Tres dias despues el Almirante, viene con toda solemnidad á las Casas Consistoriales á dar las gracias á la ciudad, por aquella muestra de afecto hácia la nacion británica. Un mensaje igual, pero solamente escrito, se envia por la Municipalidad al general de las tropas inglesas, que han defendido las líneas de la isla de Leon. Las gentes mas principales que tienen casas de recreo en Chiclana y otros puntos vuelven la inmediata primavera á gozar de las delicias del campo tras tantos dias de forzoso encierro en las murallas de Cádiz. Don Juan Bautista de Arriaza, al contemplar el regocijo de gaditanos y gaditanas, en el instante de tornar á aquellos lugares de su diversion predilecta, escribe esta bellísima anacreóntica que tan brillante colorido local atesora.
A las primeras partidas de campo, que se hicieron á Chiclana, despues del largo sitio de Cádiz y acabados de destruir los parapetos franceses.
ANACREÓNTICA. La Primavera alegre Llama con dulce risa, Al campo de Chiclana Las gaditanas ninfas. Tras los aciagos tiempos, En que la guerra impía Las tuvo entre murallas Medrosas y aflijidas. Vedlas correr ansiosas Y ocupar á. porfia, Las deleznables lanchas, Las ruidosas berlinas: Cual se unen y conciertan En parejas distintas, Ya que amistad las junte, Ya porque amor las guia! La alegre carga sienten Las lanchas oprimidas, Y remando y cantando Se apartan de la orilla. ¡Oh, cuán audaces otras En leyes carros brincan Y á los fogosos brutos A la carrera aguijan! Cuál por llegar se afana; Y con jocosa grita Al mas ligero aplauden Y al perezoso animan. Bullo en placer Chiclana, Al verse acometida, Por mar y tierra á un tiempo, Do tropas tan festivas. Sus flores, sus guirnaldas Y sus verdes colinas, Para sus danzas presta, Pura sus juegos brinda. Todo es allí contento, Todo descuido y trisca: Donde tronaba Marte Ya solo Amor suspira. Pues que los sitios mismos Ora al placer dedican, Que antes cubiertos vieron De tiendas enemigas. Donde asentada estuvo La horrenda artillería, Que amenazaba á Cádiz Con espantosa ruina, Ahora se ordenan danzas De enamoradas lindas, Y hacen el son los himnos, Que la victoria dicta. Ay! que así se suceden En esta amarga vida, Venturas y desgracias Dolores y delicias.
Antes del levantamiento del sitio habia estado en esta ciudad el bizarro escocés don Juan Downie, sujeto de probado valor, muy dado á empresas de caballería y de corazon excelente. Él creó una legion en Extremadura para combatir á los franceses, dándole el nombre de Legion de leal extremeños. Todos iban vestidos á la es p añola del tiempo de Felipe II, con jubon, calzas y ropilla de los colores blanco y encarnado, capa corta encarnada igualmente, y bonete de los
Pag 54
mismos colores. Sus armas eran lanzas con banderines encarnados y blancos, espadas y pistolas: estos los del escuadron de caballería; que habia además dos ó mas batallones de infantería vestidos á la antigua usanza igualmente.
El poeta y capitan don Cristóbal de Beña, amigo muy amigo de don Juan Downie, escribió una cancion con el título de la Voz del patriota en Extremadura, donde se lee esta estrofa:
Mirad de su tumba Cual ya se levantan Y al vándalo espantan Pizarro y Cortés. ¿No veis cuál derrumba Su lanza gloriosa La tropa orgullosa Del loco francés?
Y no era esto del vestido á la antigua, capricho solo de Downie, pues hallaba quienes lo siguieran en la empresa y quienes vistieran esos trages. En Cádiz mismo, don Clemente de Beña, escribió lo siguiente:
«Otro de los medios indirectos, pero muy poderoso, para renovar el entusiasmo, sería volver á usar el antiguo trage español. No es decible lo que esto podria influir para la felicidad de la nacion. Quién se vistiese á la española antigua llamaria precisamente á su memoria los hechos gloriosos de los antiguos españoles. ¡Oh padres de la patria! diputados del augusto Congreso de córtes: á vosotros dirijo mi humilde voz: vosotros podeis renovar los dias de nuestra antigua prosperidad: vestíos con el trage de nuestros padres, y la nacion entera seguirá al instante vuestro ejemplo.» (1)
Downie tuvo, pues, quien en escritos defendiese la utilidad de renovar el uso del antiguo trage: solamente que en todo esto habia un error, que era creer que ese trage pertenecia á los españoles, como peculiar de la nacion, cuando se usaba en toda Europa de la misma suerte. Tan equivocadas suelen ser las ideas en tiempos de alteraciones!
En la sorpresa de Arroyo-Molinos el 28 de octubre de 1811, se halló esta legion, y alcanzó una parte muy eficaz en aquella victoria. Downie con treinta ó cuarenta de sus soldados de caballeria, y él tambien, vestidos á la antigua, vino á Cádiz como para presentar á las Córtes y á la Regencia una muestra de lo que sus soldados eran. Llevaba ceñida una antiquísima y grande espada, que la marquesa de la Conquista, descendiente de Pizarro, habia donado al caballero escocés, alhaja que por tradiciones familiares se decia del conquistador del Perú.
Aquella extraña tropa fué la risa de muchos; y al fin tuvo que abandonar su vestido de otros tiempos, porque la experiencia demostró que aquellos birretes eran blanda defensa para los sables de la caballería enemiga, que no dejaba de acuchillar bien á nuestros soldados sin respetar algo lo venerable de la antigüedad de los trajes.
Pero no por eso don Juan Downie dejó de vestir extravagantemente, pues aun-
(1) Examen general de los Concisos publicados hasta el dia.—Cádiz 1811
Pag 55
que se puso el uniforme de brigadier, segun su categoría, llevaba además una faja de general por voluntad propia, y con la libertad de aquellos dias de la guerra de la independencia, en que á los defensores de la causa de la nacion todo era permitido; y así se retrató en una estampa que corrió grabada.
Igualmente no separaba de sí la espada antigua de Pizarro.
Cuando salió de Cádiz una expedicion, poco antes del levantamiento del sitio, para la provincia de Huelva, á fin de que desde allí se dirijiese á tomar á Sevilla, Downie iba en ella. Con la impaciencia del entusiasmo, la division se arrojó sobre los franceses que estaban á. punto de retirarse de la ciudad. Downie á caballo en el puente de Triana fué herido de un balazo en la mejilla izquierda, que lo destrozó parte del ojo. Cayó; y próximo á ser prisionero, no quiso que la espada de Pizarro lo fuese con él; y así tuvo la serenidad bastante y la fortaleza para arrojarla á la parte donde los suyos estaban sin poderle dar socorro. Prisionero quedó y por pocas horas, pues los mismos enemigos, acosados por los españoles, lo abandonaron en el camino de Carmona y no muy distante de Sevilla.
Regresa á Cádiz Downie apenas convalecido de su herida; y apesar de su extraña figura, pues es muy alto y seco, con bigote largo y caído, un parche negro que con su vendaje le cubre toda la parte izquierda del rostro, y no obstante la memoria de sus extravagancias pasadas, estímanlo todos, por la noble hazaña propia de un caballero de la edad media, y digna del mejor de los españoles por conservar una prenda gloriosa de España.
Don Cristóbal de Beña escribe en Cádiz con el título del her o í sm o la siguiente Oda.
Musa, que de los ínclitos varones Diste á Osian divino El ensalzar las bélicas acciones En canto peregrino, Que acompañaba con su voz sonora De oro y márfil el arpa encantadora;
Dá poder celestial hoy á mi acento, Que á los astros levante Sobre las alas rápidas del viento El ánimo constante, Del que es honor de la escocesa gente Y émulo digno de Fingid valiente.
En su sangre dos veces ya teñido, iba Downie el osado, Trás el francés por su valor vencido; Y de uno y otró lado La muerte y el temor le acompañaba, Y atónita Sevilla le miraba.
Cuando al bajar la plácida victoria Del azulado cielo A coronarle con laurel de gloria, Llegó con raudo vuelo Ardiente férreo globo, despedido De hueco bronce en hórrido estampido;
Que el magnánimo rostro traspasara Con espantosa herida Y del fuerte bridon le derribara En súbita caida; Y ya los enemigos orgullosos, Trás la presa corrian afanosos.
De su carro de nubes entretanto
Pag 56
Fingal, que lo veia, Con el celeste impenetrable manto Al héroe le cubria, Que apoyándose al pomo de la espada Sostenia la vida desmayada.
"Hijo, le dice, si á la cruda suerte Rendirse hoy es forzoso, Tambien el ciclo de inmatura muerte Te libra generoso; Poco serás, te juro, prisionero: Yo, en tanto, guardaré tu noble acero.
"Sea" Downie responde; mas mirando Que no lejos estaba, De sus valientes el guerrero bando, Hacia ellos señalaba, Y á Fingal sonriendo, le decia: Quién mejor guardará la espada mia?
Y superior entonces á sí mismo, Así el acero lanza, En prueba de su esfuerzo y heroismo, Que á los suyos alcanza; Y entre prisiones queda, y no suspira Porque la fuerte espada libre mira!
Downie en Cádiz, contribuye á estimular mas y mas la aficion á las letras en don Cristóbal de Beña, y á él se debe sin duda alguna la publicacion de las poesías patrióticas de este ingenio en Lóndres, con el nombre de la Lira de la libertad.
Llega á Cádiz en Diciembre de 1812 el Lord Wellington: es la segunda vez que saluda sus nobles muros. En la primera, aún no habia logrado el alto renombre que le dieron en la Península sus últimos triunfos. Es recibido con gran aplauso, si bien recélanse de él infundadamente algunos del bando liberal: presumen que Wellington es adversario de la Constitucion y que pretende, con la autoridad del mando de General Superior en nuestros ejércitos, abolir las reformas políticas establecidas. Por la Regencia se obsequia á Wellington con un banquete; El Marqués de Wellesley dá otro á que concurren los diputados y la Regencia misma. En la mañana del 26 de diciembre una diputacion del ayuntamiento de Cádiz, compuesta de tres regidores y un síndico, pasa á felicitar en nombre de la ciudad á Wellington y á poner en sus manos una expresiva carta de gratitud por lo que ha contribuido á la defensa de la patria.
Inmediatamente devuelve Wellington la visita de felicitacion con una de agradecimiento. A la una de la mañana del mismo dia, tiene el Ayuntamiento que congregarse en las Casas Capitulares á toda priesa: llega, en efecto el Lord Wellington, acompañado de varios oficiales de graduacion de la Marina británica: es recibido por una comision con mazas y clarines en el pórtico del edificio y asi mismo es despedido, luego que saluda á la municipalidad en la sala del Consistorio. Obséquiase al Lord Wellington con una funcion de teatro, á que asiste, representándose la tragedia, recientemente escrita en Cádiz por don Francisco Martinez de la Rosa, con el título de la Viuda de Padilla: la cual en esa época solo se pone en escena tres veces. Aplaudida es en estremo, así por su oportunidad política como por ser su autor Martinez de la Rosa, estimado ya por su comedia, lo que puede un empleo, en donde la voz pública decia que estaba retratado en
Pag 57
uno de sus personajes el marqués de. Villa-Panes y un eclesiástico muy conocido; pero bajo supuestos nombres.
El Lord Wellington, habiendo sido felicitado por una comision de las córtes, se presenta en ellas á manifestarles su gratitud.
Celébranse las sesiones en la Iglesia del Oratorio de San Felipe, como ya queda escrito. El altar mayor está cubierto con un velo; igualmente todos los altares. La mesa del presidente se halla delante de la puerta del Templo, y bajo un dosel con el retrato de don Fernando VII, á cuyo pie hay un sillon vuelto. A su lado se colocan durante las sesiones dos guardias de Corps. El anfiteatro para los diputados, tiene tres órdenes de asientos, y está dividido en cuatro partes para facilitar la entrada.
Solo se abre la puerta principal para las grandes solemnidades , ó cuando algun general ú otro personage como Lord Wellington es recibido , bien sea en el Congreso mismo, bien en la barra ó barandilla, que se encuentra adornada con dos grandes leones de bronce. Dentro del anfiteatro y cerca de la barra, están dos tribunas para que los diputados, lean ó pronuncien sus discursos. Los diputados entran al salon por la pequeña puerta, que dá á la Sacristía. De las tres galerías que hay en la rotonda, las dos últimas que tienen barandas de madera, no se ocupan. La primera llamada Paraiso, sirve de tribuna pública. Debajo se ve otra que es la reservada. La capilla del Sagrario, tiene un tablado que es la tribuna de taquígrafos y periodistas. Están grabados con letras de oro en el salon, los nombres de don Luis Daoiz, don Pedro Velarde y don Mariano Alvarez, defensor de Gerona. La Iglesia ha quedado intacta, pero sí está bellamente transformada en salon de córtes, por el ingeniero Prat, hábil director de esta obra.
Entra en el Congreso Lord Wellington, el dia 30 de diciembre, acompañado de cuatro diputados, y toma asiento en el seno mismo de las córtes: dá en tono seco y mal estilo las gracias por las honras que le ha merecido, y manifiesta solemnemente sus votos por la felicidad de España y por que quede libre de franceses la Península, á que ofrece contribuir hasta sacrificar su vida. El presidente, respóndele en un discurso muy florido, en que se tributan á Wellington grandes y merecidos loores. Es despedido con igual ceremonia y en medio de los vivas de las tribunas.
La Grandeza de España quiere obsequiar al Lord Wellington, como duque de Ciudad-Rodrigo, con un baile. Elígense los salones altos de la Casa de Misericordia, que se adornan con toda pompa y exquisito lujo.
Cuéntase que un dia antes del baile, van unos forasteros á visitar aquel asilo; llegan á una de las partes bajas del edificio en que los locos están recogidos. Uno de estos se dirijo á los visitantes y les dice: »Sí buscais locos, mañana los vereis bailando á centenares en los altos aposentos de esta casa.» Es tan celebrado este dicho, que D. Pablo de Jérica lo convierte al punto en un sazonado epigrama.
El baile es suntuosísimo: cuesta á la Grandeza 28.000 pesos fuertes, pagados entre los Grandes, que en Cádiz residen, á 1.000 cada uno.
La Condesa de Benavente, Duquesa viuda de Osuna, que preside el baile, recibe un anónimo en que le anuncian hallarse la cena envenenada por los enemigos de España, que han sobornado á los cocineros. Varios embozados están en la parte exterior del edificio, y reparten furtivamente y á la descuidada á los que entran al
Pag 58
baile, impresos, anónimos tambien, en que lo del veneno se anuncia. Dá que hablar en las primeras horas de la noche el asunto, despreciando los mas la nueva como una, burla, pero siempre con algun vago recelo. Todos esperan lo qué hará Wellington. Este cree entrever una burla para probar su valor, y así es el primero que riéndose de ella y de los que han querido turbar de este modo la fiesta, tal vez por no haber sido convidados, prueba la envenenada cena y bebe de los envenenados vinos, imitando todos su ejemplo con general alborozo, mientras se entona un himno, que Arriaza ha compuesto y que así empieza:
¡Oh cuán dulce es a un héroe glorioso Que triunfó con justicia y valor, Presentarle el tributo amoroso De ternura, de aprecio y de honor!
Pocos dial pasa en Cádiz Lord Wellington, y vuelve al ejército con el cargo de generalísimoá proseguir activamente la guerra contra el comun enemigo.
Otro personage recibe poco tiempo despues un homenaje de afecto en las Córtes, Pero homenaje de afecto mucho mas expresivo y tierno.
A las doce de la mañana del dia 16 de Febrero de 1813 se presenta en la barandilla del Congreso un sargento primero de caballería, Antonio García. Tiene treinta y dos heridas: las dos sin cerrar, todas adquiridas en defensa de la patria. Habia sido pasado por las armas en un monte con otros dos soldados; recibió cuatro balazos. Abandonaron su cuerpo, entre los dos cadáveres, los enemigos, creyéndolo muerto igualmente. Un pastor por curiosidad acude y nota en él señales de vida: lo socorre, llévalo á hombros, cúidalo y sálvalo. Apenas convalecido, vuelve á presentarse en la division del general Ballesteros. Hállase en tres acciones. En la de Fregenal de la Sierra recobra una bandera española, que está en poder de diez y siete franceses: hace prisionero al mismo comandante que lo mandó fusilar en el monte y le devuelve suplicio por suplicio.
Ha llegado á Cádiz Antonio García. Las Córtes saben esta heróica historia y acuerdan prevenir á la Regencia que conceda al sargento primero de caballería ligera el uso del uniforme de su cuerpo con la distincion de alférez y la pension de 15 reales diarios por toda su vida, así como que se abra juicio contradictorio para que en él adquiera la gloriosa cruz de San Fernando.
Al comparecer en la barra de las Córtes, de órden de las mismas, y llenas de un numeroso público las tribunas, lee el secretario el decreto; y el presidente dirige á García un discurso que termina con estas palabras:
»Ya que vuestra salud no os permite continuar en la penosa carrera, con que habeis conseguido tanta gloria, en el seno de vuestra familia y en el pais de vuestra cuna, continuad desplegando nuevos sentimientos de esta especie y refiriendo á vuestros conocidos y vecinos la historia verdadera de vuestros sucesos, contribuyendo con el vivo ejemplo á entusiasmar mas y mas el calor patriotico de vuestros conciudadanos. Expresadles, si os es posible, la dulce emocion que en este momento disfruta vuestra alma, al contemplar que todo el público se está congratulando en vuestras satisfacciones: decidles que nada puede igualar á este efecto encantador de la virtud: finalmente asegurad á los jóvenes, que estos premios son inagotables
Pag 59
y que los obtendrán cuantos imiten vuestras heróicas acciones. Acercaos ahora á recibir las credenciales de la recompensa que la patria os ha señalado.»
Es pequeño de cuerpo: vá vestido con chaqueta militar amarilla: lleva un casco de caballeria: en su rostro se ven varias cicatrices. Llégase á la mesa del Presidente, y este le entrega el decreto para que lo lleve él mismo, y lo ponga en manos de la Regencia, acompañado de un alabardero, que lo ha de seguir de órden de las córtes.