The Copperhead

Chapter 3

Chapter 33,975 wordsPublic domain

En tanto José Bonaparte procura ganar prosélitos en la provincia, creando una comision general de subsistencias. Esta anuncia que sus buenos deseos quedarian sin efecto, si la magnanimidad verdaderamente regia de José I no hubiera venido en nuestro socorro.. «Sabed (dice á los pueblos circunvecinos de Cádiz) lo que hasta aquí tiene pocos ejemplares y quizás para desgracia del género humano tendrá menos imitadores. Sabed que el rey se desprende de sus rentas todas, las cede y manda que se apliquen al suministro de subsistencias para el ejército: sabed que ocupa mas su alma sensible, su corazon tierno, su real ánimo la subsistencia de una sola familia de su reino, de un solo vasallo que el explendor de los soberanos.»

Trae el manifiesto los ejemplos de los Titos, los Aurelios y los Antoninos y otros príncipes, conocidos como delicias del género humano, y pregunta si entre estos se encuentra alguno que desprendiéndose, aun en mas feliz situacion, de sus rentas, su patrimonio, su erario, lo ceda todo en beneficio de sus vasallos.

«Dándonos cuanto tiene, exclama la Comision Central de Subsistencias, se ha hecho por solo este motivo acreedor á mucho mas de lo que comunmente debe el buen vasallo á su soberano.»

Pero estos manifiestos no llegan á Cádiz, ni en Cádiz pueden atraer simpatías á José, aunque llegasen. José I cede las rentas, que son de España para mantener el ejército francés que le ha de asegurar en la usurpacion del trono.

José Napoleon, por otra parte ya se ausenta de la vista de los muros de Cádiz; deja el Puerto de Santa María, y se dirige á Ronda, á Málaga, Granada y Jaen para ser conocido.

Llega á la ciudad de Arcos: pasa en ella una noche: al siguiente dia (27 de febrero) antes de partir, oye con su ministro Urquijo y varios generales, y otros magnates de su comitiva una misa en la parroquia de Santa María. Al salir, un leñador ó carbonero llamado Juan Giron, arrójase á sus pies, y le pide una gracia; pregúntale José qué solicita. El leñador le dice que su mujer Antonia Lopez ha parido en la noche anterior un niño y una niña, y que desea que S. M. sea padrino del bautismo de ambos. José le responde que no puede detener su partida; pero que lo será: llama al corregidor don Leonardo Talcos de la Riva, que se halla entre el séquito real, y le ordena que tenga en los brazos, como padrino en representacion suya, á los gemelos: da unas onzas de oro al leñador y parte. Aquella tarde con gran pompa en la misma parroquia de Santa María es el bautismo de los hijos del leñador ó carbonero, poniéndose al niño el nombre de José Bonaparte, y á la niña el de Josefina Julia.

Mientras estas cosas acaecen, comienza á estrecharse el asedio de Cádiz. Pero la Isla de Leon y la Carraca detienen la marcha á los invasores: una y otra están defendidas por pantanos, caños y salinas, que impiden la formacion de un ejército en líneas y en columnas; pues las estrechas vias que hay entre las salinas solo son conocidas de los salineros. Muchos franceses, creyendo practicable el terreno, se dirigen á él, llevados de un valor digno de mas feliz fortuna; pero reciben su sepulcro en vida, siendo absorbidos por el fango. Alburquerque, tras un reñido combate, se apodera del sitio llamado el Portazgo, que está al extremo del arrecife, que va desde el puente de Suazo al camino de Puerto Real y Chiclana. Colócase allí una batería como obra avanzada al puente, y otras en medio de las salinas mismas; y ante ellas queda inútil el poder de Napoleon contra Cádiz. En toda la línea desde el puente al castillo de Sancti-Petri erígense baterías y reductos, siendo notables el del cerro de los Mártires, y uno á las inmediaciones de aquella fortaleza. Allí combaten mucho los vientos del Este, que forman grandes remolinos con las arenas, y en horas suelen cubrir los objetos, cuando soplan con la violencia que suelen. Los ingenieros españoles manifiestan á los ingleses que nada sería mejor que cubrir los parapetos con las pitas, que se usan para los vallados, y que defienden de las arenas las huertas, como se vé en Cádiz. Arredrados ante los gastos del trasporte y adquisicion de pitas, que ascenderia á unos 500 duros, forman el reducto con faginas. Pero no pasa mucho tiempo, sin que el Este ó Levante sople con furia por espacio de seis dias. En ellos queda cegado con arena el foso del reducto, y cubierto el parapeto. Desengañados los ingleses, aceptan el consejo de los españoles, y cubren su fortificacion con las pitas, la cual desde lejos parece mas que reducto una huerta.

La junta de Cádiz propone á la regencia, que ella administre los caudales del Estado. Esta acepta el ofrecimiento, conociendo que mejor los manejarán comerciantes de reputacion y riqueza que el poder ejecutivo, cuando tan grande es la penuria pública.

En esto viene á turbar la union de Cádiz un suceso. El duque de Alburquerque, ufano y con razon, por haber salvado á Cádiz, y además con los blasones de su cuna, lleva á mal estar sugeto á una junta de comerciantes. Con altanería se queja de que las tropas no son atendidas, cual se debe: replícale enérjicamente la junta y replica igualmente el general: aquella y este se consideran con eminentes servicios y aun superiores, dignos de ser respetados. Divídese la opinion: el vecindario de Cádiz por su junta, y los forasteros y empleados por Alburquerque. La regencia se vé obligada á cortar la disension que reina en Cádiz, olvidándose todos de que el comun enemigo se halla al frente de sus muros.El duque de Alburquerque es nombrado embajador en Lóndres.

Cádiz experimenta graves inquietudes en aquellos dias. El 6, 7 y 8 de marzo un horroroso temporal aflige á esta poblacion. Desamárranse tres navíos y una fragata de guerra españoles, y ván á dar en las costas del Puerto de Santa María y Puerto Real. Sálvanse, como pueden, los marinos, combatidos por el huracan y los fuegos enemigos y auxiliados por las cañoneras, las lanchas y los botes de la escuadra británica. Un navío de guerra portugués, y un bergantin inglés de guerra igualmente, y veinte buques mercantes son víctimas del furor del viento y de las olas.

A los siguientes dias se entregan al fuego los navíos de guerra españoles por los franceses, á fin de que no se recuperen por nosotros, ya que ellos no pueden armarlos de nuevo en nuestra ofensa.

En los dias 16 y 26 de mayo repite el temporal sus furores. Aprovechan en el primer dia tal ocasion los franceses prisioneros en uno de los pontones, cortan las amarras y van á dar en las costas del Puerto de Santa María. Sálvanse á nado y reciben el auxilio y el aplauso de sus compatriotas. El 26 los de otro ponton imitan el ejemplo y con un suceso parecido.

Los franceses á todo trance necesitan el sitio del Trocadero, punta avanzada en el término de Puerto Real hacia la bahía que sirve de carenero, no sin grandes dispendios, por los fangos que allí constantemente se acumulan. Defiende el Trocadoro el pequeño castillo de Matagorda sobre la bahía, pero cercano á la costa, y el castillo una guarnicion inglesa. Dos meses de incesantes fuegos no han podido vencerle; mas la fuerza irresistible de las baterías contrarias, últimamente establecidas, logra que el navío San Pablo se retire, en presencia de las balas rojas que sobre él caen. Bátese por los franceses á medio tiro de cañon el castillo, y los ingleses, estando ya convertido en ruinas, lo abandonan el dia 24 de abril. El general inglés que ha ido á su socorro, pierde una pierna en el combate postrero, y por espacio de algun tiempo es objeto de la veneracion pública en Cádiz, al contemplar su pérdida en la defensa de esta plaza.

Vista la dificultad y el riesgo de mantener en bahía á los prisioneros franceses en los pontones, determínase su traslacion á la isla de Cabrera.

La regencia acuerda residir en Cádiz, como punto de mas importancia que la isla de Leon. El 29 de mayo entra en esta ciudad donde es recibida con ceremonias reales; fija su morada en el edificio de la Aduana. Al dia siguiente es el del rey don Fernando VII: celébrase con gran pompa y alegría: la regencia recibe córte en el palacio de la Aduana, acto concurrido cuanto puede ser. ¡Noble espectáculo el de una nacion reducida á los estrechos límites de esta isla, combatida por los enemigos que tienen en cautiverio al mismo rey, á quien se tributa este homenaje de amor! Pero en todos los espectáculos mas solemnes y tiernos siempre hay alguna extravagancia. El marqués del Palacio había solicitado de la regencia permiso para trasladarse de la isla de Leon el dia 30 con cien hombres vestidos y armados, como él decia en la peticion, de coraceros á la antigua española á cumplimentar á la autoridad soberana. Expídese una real órden para que el general en gefe don Joaquin Blake le facilite los hombres y caballos que pida, á su eleccion, lo mismo sargentos y cabos que soldados de seis regimientos que hay en la isla. Seis oficiales acompañarán al marqués.

El dia 30 vienen á Cádiz vestidos, no de coraceros, pues ni una sola coraza se vé, sino con jubon, calzas y capa corta, á la usanza antigua. Llega el marqués con su tropa, que tiene todo el aspecto de una comparsa de teatro. Entra en el salon de córte á tiempo que es recibida por la regencia: síguenlo los seis oficiales; él tambien vestido á la española antigua y con la faja de general al uso moderno. Adelántase al medio del salon, hace una gran reverencia, cálase unos anteojos, desnuda y empuña la espada, y en altas y destempladas voces lee unos desaliñados versos, exhortando á todos con el ejemplo de su persona á seguir las costumbres antiguas, á despreciar las modernas y á continuar lidiando por la buena causa. Acompaña sus voces con esgrimir la espada y tirar golpes al aire á diestro y siniestro. Lo estrafalario del vestido, lo alto y membrudo del personaje y malo de los versos causan risa á muchos, si bien se reprime. Retirase el marqués, recorre con su especie de cuadrilla de máscaras la poblacion, hasta que á la hora de anochecer toma con ella el camino de la Isla de Leon, muy ufano de haber animado al pueblo de Cádiz á abandonar las ropas y demás costumbres modernas. Y esta extravagancia, unos meses despues vale al marqués del Palacio el título de regente interino por las Córtes, cargo en que egecuta otras extravagancias, de ningun modo inesperadas, visto su carácter y el estado de su inteligencia.

Los patricios de Madrid, refugiados en Cádiz y la isla de Leon, determinan celebrar el 2 de mayo solemnes honras por sus conciudadanos ilustres, muertos por la independencia española en la córte dos años antes. La Iglesia de los Carmelitas descalzos está llena de inmenso pueblo: oficia el cardenal de Borbon, arzobispo de Toledo: asisten el general Castaños, presidente del consejo de regencia, el Nuncio de S. S., ministros y grandes, magistrados, generales españoles, y britanos de mar y tierra, y numerosa oficialidad de las tres naciones amigas España, Portugal é Inglaterra. Sobre la puerta principal de la Iglesia se leen en una lápida negra estos versos famosos:

A los que mueren dándonos ejemplo No es sepulcro el sepulcro, sino templo.

Un obelisco egipcio se eleva con figuras alegóricas en el centro de la plaza de San Antonio. Ocupan las tropas nacionales y aliadas la Alameda y muralla: truena el cañón en señal de duelo: Vése desde allí la bahía en calma y poblada de buques: la costa frontera de que es dueño el francés enemigo.

Desde ella puede contemplar las muestras del entusiasmo público por el confuso bullir de la muchedumbre. Contribuye á esta solemnidad grandiosa en aquellos instantes la entrada de los dos navíos de línea, Algeciras y Asia, que anclan á la boca del puerto; y vienen de Veracruz y la Habana con siete millones de pesos fuertes y 4,000 fusiles. Son los socorros que nos envian nuestros hermanos de América.

Las tropas de la isla de Leon, solemnizan el dia y salen á hacer un reconocimiento cerca de Chiclana. Es necesario mostrar á los franceses que si el 2 de mayo es de vergüenza para ellos, debe ser de venganza para nosotros. Desalojan aquellas al enemigo: destruyen por medio del hierro y del fuego las obras que construian.

Al terminar el dia, celebrado con aquella magnificencia fúnebre, las gentes concurren á la Alameda, y allí escuchan las músicas militares y la cancion patriótica que ha escrito expresamente para tal dia, el poeta don Juan Bautista Arriaza:

¡Dia temible lleno de gloria, Lleno de sangre, lleno de horror! Nunca te ocultes á la memoria De los que tengan patria y honor!

En esta cancion invoca á las bellas hijas de este suelo, diciéndoles:

Sensibles hijas de la hermosa Gades, Pues sois modelos de filial piedad, Los ojos llenos de ternura y gracia Volved en llanto a la infeliz ciudad. Ved á la muerte nuestros caros hijos Entre verdugos el traidor llevar; Y el odio preste á vuestros ojos rayos, Si de dolor ya no podeis llorar.

En tanto miran tristemente la ciudad de Cádiz los franceses: la escuadra española fondeada en su puerto: compuesta de catorce navíos y nueve buques mas entre fragatas y otros menores y la inglesa de diez navíos y siete fragatas y corbetas. Entran y salen buques con objetos de comercio y otros cargados de víveres. La libertad de abastos atrae la abundancia: sobra no solamente lo necesario para la vida, sino para la comodidad y para el capricho y hasta para remediar á otras ciudades y para nuestros ejércitos. Y en el campo francés, ante la ciudad asediada, la escasez reina, pareciendo en esto mas que sitiadores, sitiados.

Y en aquellos instantes mismos el Lord Mac-Duff y Sir Federico Crellet promueven la formacion de un fondo patriótico, no solo para estimular al soldado español con la seguridad de una remuneracion y consuelo por las gloriosas heridas que reciba, y le dejen inhabilitado para ganar su sustento, sino tambien para suavizar la amarga suerte de su esposa, hijos y parientes mas cercanos que queden en la indigencia ú horfandad. Se asocian al noble pensamiento de aquellos caballeros ingleses la poblacion de Cádiz y otros sujetos de aquella misma nacion y otros extranjeros, que en la ciudad residen.

No paran aquí los patrióticos donativos ni pararán seguramente. A últimos del mismo año se abre una suscricion con el nombre de Don patriótico para, proveer de vestuario, monturas y armamento á la partida del célebre, entonces coronel, D. Juan Martín, el Empecinado. El cuerpo que manda tiene ya 300 caballos; pero por falta de aquellos objetos no pueden entrar en él muchos intrépidos españoles, que desean combatir á las órdenes de un caudillo no menos práctico que afortunado.

Préstanse á dirijir las labores del equipo el duque del Infantado y D. Tomás Isturiz, con otros dos vecinos de Cádiz: admítense donativos en dinero ó efectos; y una vez mas demuestra esta ciudad su amor patrio y la bizarría de ánimo de sus moradores. Al año siguiente otra suscricion se abre en 4 de Febrero para vestir á ochocientos jóvenes de la provincia de Madrid que quieren servir igualmente á la patria con el Empecinado. Hé aquí como se excita al pueblo para este nuevo donativo.

«Nosotros, guardados dentro de una fuerte plaza, nosotros que á pesar de las comunes desgracias vivimos en seguridad, dormimos tranquilos y tenemos en fin, aun mas que el preciso alimento ¿seremos insensibles á la voz del Empecinado, que como si pidiera para sí, nos pide casi por limosna los nuevos socorros que necesita para sus nuevos soldados. ¿Tendrán ellos obligacion de pelear, si nosotros no cumplimos con la nuestra, socorriéndolos con cuanto no nos sea necesario para vivir?» Así se expresa la santa voz del patriotismo en los gaditanos.

No son menos raros los hechos, que preceden á la expedicion que de Cádiz se dirige á las provincias del Septentrion, y á cuyos preparativos con viva fé ayudan los ingleses. El mando se confia á D. Mariano Renovales, oficial guerrillero, valiente hasta lo sumo, pero desdichado siempre, sin duda por su imprudencia. Publica en la Imprenta Real y por orden del gobierno la proclama que él habia escrito para sublevar á los pueblos, en cuyo socorro ha de ir. En ella amenaza á los franceses con actos de los mas sanguinarios; y exclama: « Por consiguiente , ya se acabó la h u m anidad." Denomina en este documento oficial al rey intruso José Botellas y pone una llamada para una nota, en que aparece una figura malísimamente grabada, queriendo representar á José Bonaparte, con una botella de vino en la mano y medio cayéndose por efecto de la bebida. Sale en otoño la expedicion y su fin es harto desgraciado. Piérdese en los mares del Septentrion una fragata de guerra con los que la tripulan: el temporal dispersa los demás buques: las pocas tropas que desembarcan son completamente batidas por los franceses, y en medio de aquel conflicto el extravagante Renovales logra solamente salvar la vida.

Las córtes son, en esto, convocadas por la Regencia; pero formadas solo por el brazo popular: van llegando á la Isla de Leon los diputados electos y se alojan en las casas, que por órdenes superiores se les destinan. Instálanse allí las córtes el dia 24 de Setimbre del mismo año de 1810. La salva general de los buques de guerra de la bahía, de los baluartes de la plaza y de las baterías del puente de Zuazo solemniza el acontecimiento. Juran en la iglesia mayor los Diputados y pasan al salon de córtes que se ha preparado en el teatro de la villa. El pueblo las aclama con las repetidas voces de ¡viva la nacion ! Una marcha con himno se ha compuesto para ella, cuya letra, si bien de ningun valor poético, es al menos la expresion sencilla de un amor patrio sin númen, como revela esta estrofa con el coro.

Del tiempo borrascoso, Que España está sufriendo, Vá el horizonte viendo Alguna claridad: La aurora son las cedes, Que con sabios vocales Remediarán los males, Dándonos libertad.

CORO.

Respira España y cobra La perdida alegría; Que ya se acerca el dia De tu felicidad.

Las córtes declaran que reside en ellas la soberanía nacional, hacen que los regentes la reconozcan y presten el juramento de obediencia. Todos, vencidos de las circunstancias, acatan la primera resolucion de las córtes, menos, por el momento, el obispo de Orense. La regencia ya no es otra cosa que el poder ejecutivo de las córtes, que gobiernan y legislan á nombre de la nacion para asegurar la corona en Fernando VII. Nombran las córtes nueva regencia, compuesta solamente de tres individuos.

Comienzan sus deliberaciones, pero ¿cómo? Al frente y á la vista de las huestes de Napoleon, despues de una guerra de mas de dos años, constante, heróica y desgraciada y siempre viva: el pueblo que acude á las tribunas, divisa desde las ventanas del edificio los centinelas de los enemigos en las líneas y los reductos, y casi puede ver al propio tiempo á los diputados, que, al lejislar, demuestran que España es España todavía: el estrépito de los clarines y tambores mas de una vez distrae la atencion de diputados y público; y el estruendo del cañon de los franceses y el tronar de las baterías de los reductos españoles y británicos, que le responden, alternan en la bóveda del salon de córtes con los acentos de los que consignan que no han de tomar durante el ejercicio de su diputacion gracia ni merced del poder ejecutivo, de los que proclaman y juran de nuevo por su rey á Fernando VII; y nula, como violenta, la cesion de la corona en José Bonaparte.

En la inmediata poblacion de San Cárlos (parte de la Isla de Leon) hay una Academia militar recien establecida; cuatrocientos son sus alumnos y de tres en tres meses deben salir de ella cincuenta, aptos por sus varios conocimientos para ser buenos oficiales de cualquier arma. El cañon enemigo turba tambien el sosiego de sus aulas y sirve de recuerdo á los maestros para que mas vivamente enseñen á sus discípulos el deber de combatir sin tregua a los opresores de España.

Desde el 21 de Junio de este año se halla en Cádiz el célebre duque de Orlean, que ha reinado en Francia últimamente con el nombre de Luis Felipe. En medio de las salvas de la artillería de la plaza desembarca y desde los muelles se dirije al palacio de la regencia donde es recibido con toda ceremonia y asistencia del cuerpo diplomático, grandes y secretarios del despacho; desde allí pasa al alojamiento, que tiene preparado; y lo sigue y rodea un numeroso gentío que con el mas vivo interés acude á contemplarlo.

Habia solicitado de la regencia anterior un mando en el ejército de España; pero así los de la Junta de Gobierno como los Regentes mismos miran con cierto recelo á aquel príncipe. Los parciales de una constitucion liberal sospechan de él, creyéndolo adversario de las modernas ideas, por haber en la travesía de Sicilia á Cádiz el duque y su capellan hablado con un hijo de esta ciudad en sentido contrario al establecimiento de un código de aquella especie en España, por el peligro de que pasase á república mas adelante la nacion con el dilatado cautiverio del monarca.

Sigue en sus instancias el duque, y llega á exijír el cumplimiento de la promesa del mando, que le hizo el regente Saavedra, y en fe de cuya palabra había venido á Cádiz.

Las córtes en sesion secreta acuerdan que el duque parta de esta ciudad inmediatamente. El, vestido de capitan general de ejército, monta á caballo, diríjese á la Isla de Leon, llega al humilde palacio de las córtes y pide la venia para hablar desde la barandilla. Las córtes por mucho tiempo lo hacen esperar en un sitio poco decoroso, y cual si no se tratase de un individuo de la familia Real. Al cabo determinan negarle lo que solicita y que inmediatamente salga de Cádiz, confiándose al general de marina don Juan de Villavicencio, la ejecucion de la partida y con órden de no perder de vista al duque hasta que la fragata Esmeralda leve anclas para Sicilia.

Invade la fiebre amarilla en tales días á Cádiz; pero la entrada del invierno hace que los estragos sean pocos, y que merced á las precauciones sanitarias con la tropa, el mal no pase á la Isla de Leon.

Los franceses sitiadores habian construido en Sanlúcar de Barrameda veinte y seis lanchas cañoneras: una noche salen de aquel puerto en direccion del de Santa María, caminando cerca de la costa: son vistas en frente de Rota por las fuerzas marítimas españolas é inglesas. Acuden las sutiles á apoderarse de ellas; trábase un vivo combate; pero las cañoneras enemigas están bajo los fuegos de la numerosa artillería que las va siguiendo por la costa. Al fin logran entrar en el Guadalete, victoria que es de ningun efecto, pues no pueden salir del rio durante el asedio. Tal vijilancia se ejerce desde entonces sobre aquel punto.

Créese Cádiz segura de un bombardeo, cuando el dia 1.° de Diciembre de 1810 una granada de gran tamaño y rellena de plomo viene á caer en el centro de la ciudad . Aterrorizase esta por el primer momento, viendo desvanecida su confianza; pero al experimentar que las granadas no revientan y que por tanto no ocasionan mayor estrago que el de su caida y que todas las que se lanzan en ese y los siguientes dias, no tienen el alcance de la primera, recóbrase la tranquilidad, y conviértese el bombardeo en objeto de los cantares festivos de un pueblo, por naturaleza alegre, invencionero y burlon:

Vayanse los franceses en hora mala; que Cádiz no se rinde ni sus murallas.

Con las bombas que tiran los fanfarrones hacen las gaditanas tirabuzones.

Con las bombas que tira el mariscal Soult, hacen las gaditanas mantillas de tul.