Cádiz en la Guerra de la Independencia: cuadro histórico
Part 2
En tanto el marqués de Villel oye misa en San Antonio: una parte del pueblo quiere sacarlo del templo, mas las puertas se cierran durante la ceremonia. Sale el marqués: síguenlo los amotinados, entra en su casa; tras él los comisionados del pueblo que le piden las llaves de su gabeta y le registran los papeles. Es llevado á las casas consistoriales por el Magistral D. Antonio Cabrera, cuya presencia no evita los insultos; pero sí un atentado personal.
Acuden allí el Ayuntamiento y los voluntarios distinguidos para salvar al Marqués de Villel, y para que no se diga que en Cádiz se ha dado muerte á un vocal de la Junta Central. Protesta el Marqués su inocencia ante todos: mientras en la plaza el pueblo clama indignado. El Marqués desde los balcones quiere repetir sus protestas: voces iracundas y algunos tiros sin efecto contra su persona le interrumpen y niegan al fin sus deseos.
Determínase trasladarlo á la casa del nuevo gobernador y dejarlo en su poder, segun órden que este ha enviado. Fórmanse en dos hileras los voluntarios distinguidos y en medio de ellas y abrazado por el Marqués de Casa-Rávago y el comandante del segundo batallon de los voluntarios distinguidos, que lo escudan con sus pechos, es llevado al convento de los Capuchinos. Recíbelo á las puertas Fr. Mariano de Sevilla, hácese cargo del Marqués como prisionero; y quedan custodiándolo fuerzas iguales de los voluntarios distinguidos y de los amotinados. Ordena Fray Mariano de Sevilla que se saquen del castillo de Santa Catalina los dos reos de Estado generales D. José de Iturrigaray y D. Juan Carrafa y que se depositen tambien bajo su custodia en el convento.
Es necesario, empero, aplacar el tumulto. Los sublevados siguen siendo dueños de las calles de la ciudad y amenazan proceder contra personas determinadas. Los dos gobernadores publican un bando, firmado por ambos, en que ofrecen acceder á cuanto el pueblo quiera, siempre que se pida sin amenazas y sin la violencia de las armas. Pero esto no basta á disipar las turbas ni menos logra contenerlas por mas que vean que los gobernadores destituyen al comandante del resguardo, á uno de los jueces, á uno de los regidores y que hasta ofrecen deponer á la Junta, si en la Junta no tiene el pueblo confianza.
Y el tumulto arrecia al otro dia: quiere libertar á los presos de la cárcel, da muerte al comandante de bahía á presencia de su hijo: intenta por último la canalla embravecida apoderarse de la Tesorería. Fray Mariano de Sevilla, recorre en un asno los diferentes puntos de la ciudad, de que eran señores los sublevados: procura sosegarlos pero inútilmente.
Manda que salgan en aquella tarde dos misiones: una del convento de Santo Domingo y otra de su propio convento y por él presidida. Los religiosos mas elocuentes van predicando á los amotinados y obligándolos á agregarse á la devota procesion con sus armas mismas: el medio que se empleó cuando el tumulto contra Solano.- Fray Mariano de Sevilla logra que á la mision se agreguen los principales caudillos y los mas fogosos.
Entra la mision en el convento de Capuchinos, cuando la noche está adelantada. Ofréceles cena el guardian: ellos la aceptan y para mayor seguridad del gobernador religioso y de los reos bajo su custodia, no vacilan en acatar su órden, en forma de ruego; y en los claustros del convento se quedan para pasar la noche. Pasa ya la madrugada, cuando rendidos están al sueño por el cansancio del tumulto, abre Fray Mariano de Sevilla sigilosamente las puertas, penetran sin estruendo fuerzas de los voluntarios distinguidos, y allí en los claustros se apoderan de los alborotadores, sacándolos amarrados codo con codo para llevarlos á la cárcel pública.
Fray Mariano de Sevilla que no es demagogo y que solo aceptó aquel vano título de gobernador por evitar efusion de sangre y ver si podia salvar de un conflicto á Cádiz, así pone fin á su gobierno, siendo su último acto mandar notificar al Marqués de Villel que está en completa libertad.
No es aceptada por este sin que antes en un juicio quede notoria su inocencia ó su culpa.
Una parte del pueblo aun porfia en tornar á la sublevacion, movido por los amigos y parientes de los presos y por algunas mujeres de lo mas perdido de la plebe, que habian tenido una parte muy eficaz en el tumulto. Trátase de asaltar la cárcel, de poner en libertad los presos, de ganar el parque de artillería, de armarse, de ir al convento de los Capuchinos, de no dejar en él piedra sobre piedra, de dar afrentosa muerte al Marqués de Villel, á los demás reos de Estado y sobre todo al ex-gobernador Fray Mariano de Sevilla.
Pero la plebe está de antemano vencida. Las leyes y la autoridad han recobrado su imperio, merced á la astucia del religioso, D. Félix Jones, publica un bando imponiendo severas penas á los alborotadores y los voluntarios distinguidos ocupan todos los edificios amenazados.
Recupera la ciudad la calma, y al cabo de cuarenta dias de voluntaria prision, sale del convento el Marqués de Villel, conducido de orden de la Junta Central en ceremoniosa pompa por comisionados de la misma, por las autoridades, Junta de Gobierno, en la cual vá Fray Mariano de Sevilla, Ayuntamiento y toda clase de personas condecoradas.
Celébrase una funcion de desagravio en la Santa Iglesia Catedral á que asisten todos, Marqués de Villel y comitiva. De allí se trasladan á las Casas Consistoriales, donde en nombre de la ciudad se le dirige un discurso reconociendo sus virtudes y servicios; y con igual séquito es el Marqués llevado á su morada. Luminarias y espectáculos teatrales y otras fiestas públicas solemnizan aquel acontecimiento.
Con entusiasmo verdadero celebra en 10 de Agosto el pueblo de Cádiz la victoria de Talavera, á tiempo que llega á esta ciudad el embajador extraordinario de la Gran Bretaña cerca de la Junta Central. Es el Marqués de Wellesley, hermano de Lord Wellington, que acaba de humillar las águilas francesas.
La alegría de Cádiz se expresa de la manera mas viva y conmovedora. La entrada del Marqués de Wellesley se asemeja á un triunfo. El pueblo quita de su carroza los caballos: pone en ella cordones y él mismo lo conduce á su morada entre vítores repetidos. Las tropas lo reciben con los honores de capital general: con repiques de campana las iglesias; las señoras con aclamaciones desde sus casas.
Al llegar Wellesley á la que tiene destinada para hospedaje, se asoma á los balcones para dar gracias al pueblo y le arroja un bolsillo lleno de oro, en muestra de gratitud. Un zapatero, que se halla en el concurso, toma el bolsillo y seguido de varios del pueblo, entra en la casa del embajador y solicita hablarle á nombre de este. Ábrense las puertas de la sala: Wellesley los recibe y el representante popular le dice estas palabras: «Si el pueblo de Cádiz aclama á V. E. es porque en él mira el representante de la nacion aliada de España para combatir á Bonaparte. Este entusiasmo no se paga con el oro sino con la gratitud. Tome V. E. este bolsillo, y no vea en ello un desaire, sino una prueba de la sinceridad del afecto de esta poblacion.»
Con esta dignidad se procede con Wellesley: así se interpreta el sentimiento de Cádiz en aquella guerra.
Corren dias y días y al llegar al año de 1810 un ejército francés numeroso y aguerrido desciende á Andalucía. La Junta Central, desacreditada y mal obedecida, huye de Sevilla á la desbandada y en medio de un tumulto de la plebe que quiere una defensa imposible. Por diversos caminos y separadamente vienen los centrales á la isla de Leon, algunos no sin peligros y ultrajes. Reinstálase la Junta el dia 27 de Enero.Sábenlo en Cádiz y aparentan ignorarlo. Conocen que la ciudad vá á experimentar un asedio y determinan no fiar la defensa á una Junta odiada é impotente, sino á los mismos vecinos de Cádiz.
El mismo dia 27 de Enero queda instalada la nueva Junta. Su primer acuerdo es que no han de usar sus vocales distintivo alguno del cargo ni han de aceptar en tiempo alguno cruces, honores ú otra cualquier recompensa por el servicio que han jurado prestar á la patria.
Sabe la Junta Central lo resuelto en Cádiz: vé que es imposible seguir en el gobierno; la especie de sublevacion en que la ciudad está, cuando ella no tenia apenas poder, le indica que de hecho se halla disuelta. Hay mas: el pueblo de la Isla se amotina, amenaza la vida de los centrales; y solo merced á los nobles esfuerzos del general Castaños, pueden estos conservarla, y mediante el empeño solemne de su palabra de que la Junta se disolverá inmediatamente. Pero antes de declararse tal, acuerda esta la convocatoria para celebrar córtes en la misma villa de la Isla de Leon. Piérdese ó hácese perdidizo y hasta ignorado el decreto de convocatoria á córtes, en que habian de concurrir los tres brazos: los prelados, la grandeza y los representantes del pueblo: aquellos dos formando un estamento ó cámara, y estos la otra.
Cádiz lleva á mal que se intente el nombramiento de un Consejo de Regencia, y hasta trata de negarle la obediencia; pero cede á su pesar, no bien el marques de Wellesley indica á los de la Junta de Gobierno y defensa, que no podia continuar en su puesto de embajador no habiendo en España un gobierno único, si quiera fuese interino. El mismo general Castaños viene de la Isla á explorar y convencer los ánimos.
Las tropas francesas muy cerca están de Sevilla. Apréstase Cádiz á la defensa. Tan descuidada está que el 31 de Enero, cuando el heróico general Castaños, despues de ser nombrado uno de los regentes, pasa á reconocer las fortificaciones de la Isla de Leon, al llegar al puente de Suazo, solo halla en él para su custodia un soldado inválido.
Lamentase Castaños con los gofos y ayudantes que le acompañan, al ver aquel punto sin defensa, del que pudieran los enemigos apoderarse fácilmente. El inválido, cuadrándose y con voz respetuosa, responde á Castaños: «Sosiéguese V. E.: no dejaré transitar á nadie sin pasaporte.»
En medio del conflicto que á Cádiz se prepara, el Marqués de Wellesley y varios generales ingleses solicitan que para salvar á esta ciudad se permita el desembarco de tropas británicas y se les confie su guarnicion y defensa. La Junta de Gobierno oye con prevencion estas instancias: teme por Cádiz: recuerda cómo los ingleses se apoderaron de la plaza de Gibraltar; y para no ofender á los aliados con sospechas de deslealtad, va entreteniendo sus esperanzas. Pero no dán treguas el peligro y la impaciencia de los ingleses. Al fin el Marqués de Wellesley dice á los de. la Junta: «Está visto: Cádiz quiere sucumbir á los franceses no teniendo fuerzas bastantes para su defensa. Pues Cádiz se obstina, nos retiraremos para no presenciar el espectáculo de que ante nosotros los franceses se apoderen de esta ciudad.»
Uno de los miembros de la Junta responde con estas palabras al embajador británico: «Si V. E. no tiene buque que lo lleve inmediatamente á Lóndres, puede V. E. mañana mismo disponer del navío San Pablo .»
El general Castaños conoce la razon de la Junta; pero prudentemente quiere evitar el desacuerdo con los ingleses. Ofrece á estos la defensa de las fortificaciones de la Isla de Leon y del castillo de Matagorda.
Aceptada por estos, desembarcan, no en la ciudad, sino en los determinados puntos.
Dase en Cádiz poca importancia á la Isla de Leon como parte de su defensa: cífrase todo el conato del pueblo en una fortaleza que se está improvisando en el camino de esta ciudad á aquella villa, y que por cortarlo, toma el nombre de
La Cortadura , poniéndolo bajo el nombre y la proteccion de San Fernando. En ese sitio, cuando la guerra de sucesion, ataque de Cádiz por la escuadra de los aliados, se habia construido otra cortadura, reducto formado solo de faginas y con un foso. Desde antiguos tiempos habia allí una garita de piedra, llamada de dos mares, desde donde las atalayas vijilaban las costas del Sur y de la bahía.
La cercanía del ejército francés hace que todo el pueblo de Cádiz, por decirlo así, acuda á terminar la Cortadura: grandes y pequeños, acaudalados y pobres contribuyen con su personal trabajo. Hasta forasteros distinguidos siguen el ejemplo. El duque de Híjar, con su gran cruz de Cárlos III al pecho, es uno de los que cual el trabajador mas humilde, presta este servicio á su patria. El nombrado guardian de los Capuchinos Fray Mariano de Sevilla, con su comunidad formada, se presenta un dia; y vénse mezclados entre los albañiles, comerciantes, personajes de noble estirpe y artesanos, los religiosos con el pico y la azada y acarreando piedras. Al siguiente dia vuelve la comunidad y tras ella vienen todas. La de San Juan de Dios concurre por mitades: mientras unos van á los trabajos, los otros están junto el lecho de los enfermos. Límpianse los fosos de la muralla de la ciudad, ármanse sus glacis, pónese en defensa el castillo de S. Lorenzo del Puntal, derríbanse mas de doscientas casas, que hay entre las puertas de Cádiz y la Cortadura, para dejar expeditos los fuegos. El pueblo entero activa rápidamente estas operaciones: solo los pobres reciben jornal, dado por los mismos que con ellos voluntariamente trabajan. Adviértese que la Cortadura en baja mar queda descubierta. Faltan mantas y abrojos defensivos. Los vecinos de Cádiz llevan allí rejas de sus ventanas, hierros de sus balcones, pasamanos de sus escaleras . Qué les importa la seguridad de sus casas? La de Cádiz es la que ellos quieren, y con la de Cádiz la seguridad de la independencia de España.
Adelántanse 40000 franceses hacia Sevilla; y hé aquí que cuando con pocas fuerzas cuenta Cádiz para defenderse, llega la noticia de que el Duque de Alburquerque con su ejército, que opera en Extremadura, está en las Cabezas de San Juan y que pronto se dirijirá á la isla gaditana.
Redóblase el entusiasmo público. Cádiz está salvada y vá á ser invencible: es la voz del popular regocijo. Llega el 4 de Febrero á la Isla de Leon Alburquerque. La division vése hambrienta, fatigada y desnuda. Es nombrado Capitan general de Andalucía y obliga á aquella tropa, desalentada por las rápidas y continuas marchas, á ocuparse dia y noche en fortificar la Isla de Leon.
Cádiz socorre á los once mil hombres de Alburquerque,. con alimentos, vestuarios y dinero, todo en su mayor parte donativos de este vecindario.
En tanto el mariscal Víctor, que llega al alcance de Alburquerque y que vé imposible su entrada por la vía de las armas en la ciudad de Cádiz, establece su cuartel general el 5 de Febrero en el Puerto de Santa María.
Al dia siguiente un buque parlamentario se acerca á la ciudad. Conduce al portador de un oficio de los tres generales D. José Justo Salcedo, D. Pedro de Obregon y D. Miguel de Hermosilla. Piden á Cádiz que reconozca por Rey á José Bonaparte, diciendo desearlo así todos los españoles, y que abra las puertas de la ciudad á sus auxiliares los franceses. Convócase la Junta. Mientras los vocales se reunen, el presidente gobernador D. Francisco Javier de Venegas muestra á D. Salvador Garzon de Salazar, uno de estos, la intimacion, manifestándole la necesidad de confundir con buenos y estensos raciocinios la deslealtad de aquellos españoles. Garzon de Salazar está empezando á formar en aquel instante un cigarro de papel; y dice al general: «Para responder á esta intimacion no hay necesidad sino de solas cuatro palabras, que sean la expresion de la dignidad y energía de Cádiz: tan breve ha de ser la respuesta, que en este mismo papel me atrevo á escribirla.» Y en efecto, en el mismo papel la traza y en ese mismo papel la lee á la Junta, la cual la acepta como suya, y desde aquel punto adquiere una gran celebridad hasta pasar á inscribirse en mármoles y en oro.
La Junta no quiere leer las proclamas de José Bonaparte y las devuelve con la lacónica respuesta que ha acordado:
JUNTA DE GOBIERNO DE CÁDIZ.—LA CIUDAD DE CÁDIZ, FIEL A LOS PRINCIPIOS QUE HA JURADO, NO RECONOCE OTRO REY QUE AL SEÑOR DON FERNANDO VII. CÁDIZ 6 DE FEBRERO DE 1810.—FRANCISCO JAVIER DE VENEGAS (Presidente).
Otra igual intimacion hacen los tres generales, adictos á José, al que lo era de marina D. Ignacio María de Alava, á cuyas órdenes está la escuadra española en bahía; pero su respuesta, si no tan breve, es no menos digna y enérgica.
Llega José Bonaparte al Puerto de Santa María, donde recibe el obsequio de una fiesta de toros, á que asiste por vez primera. Duélese de ver tan cerca la importante plaza de Cádiz, y no poder entrar en ella. Envía secretos emisarios: envíalos tambien públicamente; pero nada consigue, sino desengaños. Prohíbese la entrada de parlamentarios: la bandera de estos en los buques servirá sólo de blanco á los tiros de los cañones de nuestras murallas. Un pliego de los partidarios de José, que llega á manos de la Junta, á pesar de estas precauciones, no es abierto, y sí llevado á la plaza pública y quemado á presencia del pueblo por mano del verdugo. Desde que sabe José que no puede obtener en el momento la ciudad de Cádiz, mas bella le parece todavía.
En un barco parlamentario vá á intimar la rendicion de la escuadra de órden de José Bonaparte un canónigo de Sevilla llamado el Dr. Morales. Tiene que volver atrás la barquilla en que se dirije á desempeñar su encargo, ante las amenazas de nuestros marinos; y regresa tristemente el canónigo al Puerto de Santa María á contar á José el mal suceso de su empresa.
En Cádiz se halla el famoso poeta D. Juan Bautista de Arriaza, y escribe y publica á principios de Abril una graciosa invectiva poética, contra el canónigo, extraño mensajero para notificar la rendicion á una escuadra. El título de esta obrita es el de Desenfado patriótico compuesta en forma de diálogo entre un emisario y un patriota.
Tiene por lema estos versos:
Así son, cual mas, cual menos Todos los hispanos-galos: Sirvan una vez los malos De diversion á los buenos.
La invectiva de Arriaza es muy celebrada. Hallándose el autor en la plaza de San Antonio, rodeado de muchos que aplauden su escrito, se acerca el célebre poeta D. Manuel José Quintana, el cual recuerda en aquel instante que Arriaza habia sido comensal y en mil maneras favorecido por el canónigo. «Siento, le dice Quintana, que haya V. maltratado tanto y de tal manera á un amigo tan íntimo de V. y á quien por haber sido mio á pesar de su proceder político, siento ver así ofendido.» Arriaza le responde: «Y ¿eso qué vale? Con tal de decir un chiste, nada me importa perder un amigo.» «Pues ahora, replica Quintana, ha dicho V. una majadería y ha perdido dos.» Y sin decir mas palabra se aparta de aquel sitio.
Por semejantes dias enséñase en Cádiz como objeto digno de la curiosidad por su rareza un peso duro con el busto de José Bonaparte: es el primero que se vé en Cádiz. El ingenioso poeta D. Cristóbal de Beña, capitan de ejército, autor de unas fábulas políticas de mucho mérito, de las poesias La Lira do la Libertad (Lóndres 1813) y de una instruccion de guerrillas, al verlo y ver sus caprichosas armas, improvisa este arrogante soneto.
De las Españas y las Indias rey Se apellida en su busto el baladron, Por llamarse, no mas, Napoleon, Y mandar de asesinos una grey.
Mas quiebra de verdad la eterna ley, Dándose tal dictado fanfarron; Pues no le pertenece ni un terron De los que arando rompe el tardo buey.
Poco importa que un pérfido cincel Una en su escudo el águila imperial Con los leones que se burlan de él,
Si puesta toda en armas, por su mal, La fuerte España borrará con hiel De union tan execrable aun la señal.
Esto escriben los poetas. Los prelados de religiones representan el 2 de Marzo á la Junta ofreciéndose por sí y por ellas á la defensa de Cádiz. Muchos religiosos se alistan voluntariamente en la artillería. Diputados de cada comunidad, ante dos vocales de la Junta superior de gobierno, se reunen con licencia de sus prelados el dia 27 de Marzo para formar el reglamento de un cuerpo que habra de llamarse de Brigadas regulares de honor.
Previénese en él que todos los religiosos destinados á servir la artillería, estarán á las órdenes del comandante de ella. Tendrán además un gefe eclesiástico, llamado superior, si bien subordinado al de la artillería, y electo á pluralidad de votos por las mismas brigadas.
Dividiráse en brigadas cada una de veinte y cinco ó treinta hombres de una propia comunidad; y si el número de los alistados de ella no es suficiente, se completará con los de otra que por sí no pueda formar brigada. Cada brigada tendrá tres gefes con los nombres de brigadier primero, segundo y tercero, y usará del distintivo de uno, dos ó tres galoncillos angostos de plata, colocados sobre la sangría del brazo, denotando por su número cual es la categoría.
Todos los alistados habrán de tonsurarse, y componer su cabeza cual eclesiásti- cos seglares: ninguno usará patillas, bigote ú otro adorno ageno ó indecoroso á su profesion religiosa: todos, fuera de los actos del servicio militar, seguirán sujetos á sus prelados: su uniforme será pantalon y casaca corta azul: vueltas, solapa y collarin de terciopelo morado con dos granadas bordadas en dicho collarin, ya sean de seda ó de metal, segun lo hubiere. Llevarán bordado en seda ú oro sobre el pecho el escudo de su religion: además gastarán corbatin negro, chaleco blanco, sombrero igual al de los artilleros voluntarios de esta plaza, con chapa dorada, en cuyo centro se lea: Brigadas regulares de honor y en la circunferencia este lema: Pro lege, pro lego e t pro Patria. Usarán igualmente media blanca, zapato y botin negro de paño. El armamento será un sable corto pendiente de fornitura ó correaje blanco. El gefe superior vestirá lo mismo y llevara baston y escudo al pecho con los de todas las órdenes de que haya alistados.
Ninguno de ellos, fuera del servicio, usará este uniforme, cuidando de esto severamente los prelados. El que faltare será juzgado en secreto por su superior y por el gefe eclesiástico de la brigada.
Careciendo de facultades la Junta para ordenar que el religioso capuchino use de camisa y para dispensar que el franciscano ó mendicante, que la usa de sayal, la lleve de lienzo, se abstiene de decidir este caso. Lo que los prelados de las órdenes digan, eso y no otra cosa se facilitará por la Junta.
Cuando la brigada de cada comunidad haya de formarse para algun servicio, lo hará en su convento y bajo la voz de su brigadier primero ó el que le sustituya en categoría. En cualquier acto que su prelado se les presente, le harán los honores rindiéndole el sable. Irán formados por las calles: se cuidará de que las guardias, que se les señalen, sean en los sitios mas incomunicados con el vecindario. Auxiliarán á los soldados y á las autoridades en cualquiera conflicto sin efusion de sangre, menos en los casos de que interior ó exteriormente sea acometida la batería que defiendan, ó no obedecida la voz de un centinela; pues entonces sin peligro de irregularidad pueden resistir con las armas.
Otras mas prevenciones tiene este reglamento, testimonio del trastorno de ideas que hay en este trance.
Aplázase la fundacion de .este extravagante cuerpo de brigadas de honor y los religiosos alistados y los no alistados pasan diariamente á prestar un servicio importante á la artillería, que es á formar cartuchos en el parque para el ejercito de la isla, para la escuadra y para la guarnicion de Cádiz. Otros, así como algunos eclesiásticos hacen guardias como cualquier voluntario durante el sitio.