Cádiz en la Guerra de la Independencia: cuadro histórico
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COMENDADOR DE LA REAL ÓRDEN AMERICANA DE ISABEL LA CATÓLICA, CONDECORADO CON LA CRUZ DE 1ª CLASE DE LA ÓRDEN CIVIL DE LA BENEFICENCIA, GEFE SUPERIOR HONORARIO DE ADMINISTRACION DE HACIENDA, GEFE DE ADMINISTRACION CIVIL, GOBERNADOR CESANTE DE PROVINCIA, CONSEJERO PROVINCIAL DE CÁDIZ, ACADEMICO CORRESPONDIENTE DE LA REAL DE LA HISTORIA, Y DE LA SEVILLANA DE BUENAS LETRAS, Y DE NÚMERO DE LA DE BELLAS ARTES DE ESTA CIUDAD.
Se ha trazado este pequeño libro para ofrecerlo á S. M. la Reina en su visita á Cádiz. El Excmo. Ayuntamiento, atendiendo al alto interés con que esta Augusta Señora mira las glorias nacionales, nada ha creido mas oportuno que presentarle en nombre de la ciudad un cuadro de lo que esta fué en la guerra de la independencia. La ejecucion de tan noble idea, se ha confiado al autor de este escrito.
Si bien algunas de sus noticias están consignadas en la Historia de Cádiz y su provincia, no por eso dejan de ir acompañadas de nuevas y hasta hoy desconocidas particularidades, á mas de hechos que comunmente en historias se omiten por poco graves; y que sin embargo merecen ser sabidos, si se quieren comprender mejor.
La época que se describe es de grandiosa fama para Cádiz. Entonces los actores mismos de los sucesos comparaban á esta ciudad con Atenas, cuando sus ciudadanos moraban en las naves, mientras que Xerxes oprimia la Grecia con sus armas, ó cuando Roma, estando casi á sus puertas el vencedor Hannibal, vendía los terrenos que ocupaban como dueños los Cartagineses, comparacion que si se tuvo por apasionada, hoy se estima verdadera.
El libro presente no se asemeja á otro alguno, ni por el asunto, ni por el desempeño. Por el asunto, porque si bien todos los asedios de ciudades, los combates todos, unos á otros se parecen, sin mas diferencia que los siglos y las clases de armas, el de Cádiz, á pesar de su duracion de dos años y medio, ofrece singularidades dignas de memoria: defendiéndose la España antigua y echándose los cimientos para la fundacion de una España nueva: enviándose ejércitos á libertar otras provincias ocupadas de enemigos: guerras interiores políticas y literarias, enredos de córte, córte misma la ciudad y aquí reconcentrada toda la fuerza de la nacion, rasgos de sublime patriotismo y de virtudes, mezclados con sucesos extravagantes; y en medio de todo experimentándose mas ó menos el rigor de la guerra que procura derribar la constancia de sus moradores, burlándose del rey intruso y de sus armas, y cuidándose, al par de la defensa de sus muros, de todo cuanto pueda contribuir al mantenimiento de la alegría de sus almas, al ver los esfuerzos impotentes de las águilas francesas.
A ningun otro libro se asemeja por el desempeño, porque aquí en rápido y descriptivo lenguaje se pintan de un modo vivo y animado los hechos, sean cuales fueren.
Es un cuadro histórico el que se traza, cuadro pintado á grandes rasgos, cuadro de primera intencion, cuadro, en fin, improvisado, donde la premura del tiempo apenas ha dado lugar para pensarlo, escribirlo y entregarlo á la prensa.
Costumbre es cuando los reyes visitan fundiciones, á su presencia y como obsequio, proceder á la fabricacion de un objeto, que terminado, pero no perfecto, le muestran.
Este libro se parece, pues, á un alto relieve, que representa una época gloriosa para España y para Cádiz: si rápidamente se fundiera en bronce ese relieve, para ofrecerlo como homenaje S. M., seria cual se encuentra este libro, como ha salido del pensamiento y sin que la lima lo perfeccione, pero despojándolo de ese estado primitivo en que quizá en tal ocasion pueda cifrarse su mérito. Y á pesar de su modesto desempeño, tiene el libro en su sencillez misma una grandeza, que es la del asunto. Si el libro no es apreciable por el decir, siempre, mientras que no tenga un competidor, será digno de estima por lo que dice.
Se ha procurado describir los acontecimientos con viveza de colorido, pintarlos fielmente, retratar costumbres, alternando todos los hechos beneméritos, sublimes, virtuosos y estraños, porque todos ellos y no solo los excelentes y graves, son los que dan á conocer el carácter verdadero de aquella época, el alma de aquellos sucesos.
El pensamiento, pues, de este libro es, con los planos que lo acompañan, trasladar el ánimo á aquel tiempo á presenciar los acontecimientos, á conocer la ciudad, á vivir en ella y con los hombres que la defendian.
Es en fin un libro de índole especial, y sin modelo que seguir para vencer errores. Discúlpelos todos lo digno del intento.
Una escuadra inglesa al mando del vice-almirante Sir Juan Carlos Purvis bloquea á Cádiz en Mayo de 1808. El lord Collingvood está con otra escuadra en la bahía de Gibraltar. En la de Cádiz mezcladas se ven la del almirante francés Rosily y la española de don Juan Ruiz de Apodaca. El capitan general marqués del Socorro ha vuelto de la campaña de Portugal. Tras él vienen emisarios públicos y secretos de la Junta que se ha creado en Sevilla, apenas la catástrofe gloriosa del 2 de Mayo se ha conocido. Que se secunde el movimiento de Sevilla es el general deseo. El Consulado en acatamiento de las supremas órdenes elije, el dia 27 un diputado para la Junta de Bayona; pero en vano. Niégase el favorecido á ir, pretestando enfermedad. Nómbrase otro y renuncia igualmente. No hay quien se allane en el comercio de Cádiz á asistir á unas córtes que se iban á congregar fuera de España.
Junta de generales se celebra en la casa del marqués del Socorro el 29 de Mayo y allí se acuerda publicar un bando, encaminado á probar los graves inconvenientes de una aventurada declaracion de guerra, si bien se accede á un alistamiento preventivo de cuantos quieran empuñar armas para acudir á la defensa de la patria.
De noche y á la luz de hachones y con gran aparato militar el bando es publicado. Indígnase el pueblo y la indignacion acrece y se hace terrible al siguiente dia.
«Bátase, ríndase ó incéndiese la escuadra francesa en represalia de nuestros hermanos asesinados de órden de Murat en la córte:» tal y no otro es el grito de la muchedumbre.
El marqués del Socorro, en tanto, sabe que esta plaza, bloqueada desde el desastre de Trafalgar, y con la escuadra francesa bajo sus fuegos y una española para su defensa, no tiene pólvora suficiente para batir á cinco navíos de línea.
Un general, que sabia serlo, ¿cómo podia descubrir este secreto al vulgo, y á un vulgo, justa y ciegamente exaltado por el amor patrio?
Acude en airado tropel á sus puertas. Procura calmar el marqués del Socorro la furia popular: es en vano. Recuérdale, señalándole desde el balcon la escuadra inglesa, amenazadora aun á la vista de Cádiz, que allí están nuestros enemigos. Solano, al proferir estas palabras, pronuncia su mortal sentencia. Asalta el pueblo la casa: huyen y escóndanse ó hácense indiferentes los soldados; las puertas se abren á los tiros de un cañon. Precipítase la muchedumbre dentro del edificio. Rompe é incendia muebles y papeles. No domina en los ánimos el saqueo sino el destrozo. No halla á Solano: este se refugia en una casa inmediata, donde una señora irlandesa que allí vive, lo oculta en un secreto. Este es descubierto por el mismo artífice que lo ha construido. Osa el primero poner las manos en el general uno que habia sido novicio en la Cartuja de Jerez. Arrójalo Solano á un pequeño patio, donde aquel desdichado espira. No puede defenderse de tantos; y arrebatado por la muchedumbre, ligados los brazos como un malhechor, el general se ve herido, injuriado y conducido por la calle de la Aduana para recibir la muerte en el afrentoso suplicio de la horca. Ni golpes, ni heridas, ni afrentas, apartan de su alma el valor: la sonrisa del desden siempre en sus labios. Una esperanza tiene el general; la numerosa guardia de la Puerta del Mar que no ha de abandonar á su jefe.
La debilidad de la sangre vertida no ha hecho decaer su vigor; pero la impasible actitud de sus soldados le obliga á inclinar el cuello al sacrificio. Un caballero, envuelto en una capa y con una espada en la mano, ha seguido de cerca á Solano. Al ver que se adelanta el magistral don Antonio Cabrera á prestarle los auxilios espirituales, se dirije al general y á la voz de muerte al traidor lo atraviesa de parte á parte. Mano de amigo y amigo muy estimado, que quiso libertarlo de las injurias de la plebe y de la ignominia del suplicio, es la que arrebató á la saña del tumulto aquella vida. (1)
Muerto y todo, insisten los alborotados en colgar de la horca el cadáver; pero el magistral Cabrera los convence con su elocuencia y los obliga á llevar el cuerpo al depósito establecido en una de las capillas de la Catedral nueva. Guarda toda la noche el Magistral el cadáver á la luz de dos blandones, mientras reza en su breviario las preces de los difuntos.
Una y otra vez la plebe con gritos de. indignacion penetra en las naves del edificio: siempre es rechazado y vencido por las exhortaciones de aquel ejemplar sacerdote. Antes que despunte la luz de la mañana, el Magistral hace llevar en un carro cubierto y depositar en el cementerio el cadáver de Solano. A la tarde acompaña gran muchedumbre el entierro del que fué arrojado por el general; y lo deposita en el nicho de junto, sin saber que pared en medio queda el de su matador, objeto del ódio público, y sin que el fresco material, que cubre la sepultura inmediata, le excite la sospecha de que allí reposan los restos del marqués del Socorro.
Gentes allegadizas y forasteras, promovieron el tumulto y la muerte de Solano, atribuida en parte á odio personal del conde del Montijo, quien dos años despues se vindicó de semejantes imputaciones y en Cádiz mismo. (1)
Los fautores y cómplices de la sublevacion, no ligados por vínculo alguno á Cádiz, abren las puertas de las cárceles y del presidio á los criminales para aumentar la muchedumbre. Se estremecen la nobleza, el comercio, y los artesanos. Congréganse los generales en la Aduana y las corporaciones civiles y algunas religiosas. Don Tomás de Morla, el mas antiguo de los generales, toma el mando; pero nadie vé el camino de enfrenar el tumulto, cada vez mas amenazador. Fray Mariano de Sevilla, guardian del convento de Capuchinos, se ofrece con los auxilios de la religion á devolver la paz á Cádiz. Junta la comunidad; ordenada esta en forma de rosario y precedida de un Crucifijo, recorre las calles, llega á donde la plebe está mas enfurecida, pidiendo sangre y exterminio; la presencia de la devota comunidad contiene á los sublevados y a los foragidos que con ellos han hecho causa comun. Exhórtalos Fr. Mariano de Sevilla á agregarse al rosario á fin de pedir á Dios por la libertad de los reyes y por la salvacion de la patria: mézclanse entre los religiosos los de la plebe armados y los criminales armados igualmente: continúa recorriendo algunas calles la procesion, que mas y mas se aumenta con los que siguen el ejemplo: llega á la plaza Real, hoy de Isabel II; allí Fr. Mariano de Sevilla les obliga á dirijir deprecaciones á Dios y á la Vírgen, á jurar obediencia al rey Fernando y á reconocer las autoridades, que en su nombre gobiernan, y á deponer, en fin, las armas con la esperanza y hasta promesa de un indulto por los escesos cometidos. Tornan á la cárcel y al presidio, llevados por los mismos que les dieron libertad, los mas de los criminales que no apelaron á la huida en los primeros momentos. Así termina el tumulto: así valiéndose de las armas de la religion se salva de la afrenta el cadáver de un general ilustre cuanto desdichado,
(1) "Manifiesto de lo que no ha hecho el conde del Montijo, escrito para desengaño y confusion de los que de buena ó mala fé le dicen autor de sediciones que no ha hecho ni podido hacer." Cádiz: 1810. Bajo el epígrafe de No tuve parte en la muerte de Solano, dice: "Don Torcuato Trujillo, que traia pliegos mios para el general Solano con la proclama que se debia publicar en mi nombre, fué detenido en el camino por accidentes inevitables. Solano quizá esperaba las instrucciones que en ellos le enviaba y la pérdida ó extravío malicioso de otro que detuvo quien no sé decir, ya en territorio de Andalucía, costó la vida tal vez a Solano, privándonos de un general, que hubiera sido muy útil para la época queha seguido. Él, mi mujer y Garay fueron los únicos que supieron en Badajoz que mi ida en posta á Madrid á principios de 1808 era con ánimo determinado de derribar á Godoy á todo trance. Solano me guardó fielmente el secreto y me dió palabra de honor de obrar siempre como buen español; así cuando supe su muerte en Madrid me admiré sobremanera. Parece, pues, que seria mas natural imputarla á algun enemigo personal ó ambicioso, que quizá ha hecho otras con el mismo pretesto; que á quien no tenia motivo sino para apreciarle como leal y bravo militar y a quien jamás ha tratado de verter otra sangre que la francesa."
y Cádiz recupera la tranquilidad, libre de los criminales que amenazaban con la sangre, el incendio y el saqueo.
El ayuntamiento ha sido ultrajado en la persona del regidor preeminente don Francisco de Huarte (1) cercano deudo del marqués del Socorro: necesita por medio de un acto público y solemne reparar la ofensa. El 6 de Abril una diputacion compuesta de los condes de Casa-Lasqueti y Casa-Rojas, del marqués de Villa-Real de Purullena y otros regidores mas, hasta el número de ocho, sale de la casa capitular, mientras el ayuntamiento queda en sesion: vá á la de Huarte, que los amotinados habian saqueado á las voces de mueran los traidores; y lo conduce en medio de ella al consistorio. Suspéndese el punto que en la sesion se trata, y don Francisco Huarte espresa su gratitud al municipio. Como cristiano y caballero, solo demanda dos cosas: que no se castigue á los que le han perjudicado, pues desde luego perdona la ofensa; y para que conste á la posteridad de su familia, un testimonio de que nunca promovió arbitrios en perjuicio del pueblo, palabras muy propias del que mandó inscribir en su sepulcro, Pidió por caridad lo encomienden á Dios. Acuerda además el ayuntamiento que con la misma diputacion se traslade á casa del gobernador para que sea visto de todo el pueblo y este conozca el justo aprecio en que la ciudad lo tiene. El objeto no es otro que restablecer la autoridad del municipio. A dos sesiones mas asiste Huarte, pero discretamente conoce que no puede vivir en Cádiz estando aun fresca en sus calles la vertida sangre de su deudo odiado por la muchedumbre. Huye de la ciudad; refúgiase en la Cartuja de Jerez; y en ella los monjes dan un cariñoso asilo á aquel anciano inocente.
Instalase una junta de gobierno, que reconoce como suprema á la de Sevilla, y acuerdan sus vocales usar como distintivo una banda de tafetan ó sarga encarnada en la parte superior del brazo izquierdo: ciérranse los teatros, hácense rogativas públicas, y el dia 31 de Mayo se jura por rey de España á Fernando VII.
La rendicion de la escuadra francesa es el insistente clamor del vecindario.
Considérase una afrenta que el pabellon francés se vea arbolado aun en las aguas de la bahía. El almirante Rosily, por medio de una operacion estratégica, tiene su escuadra de forma que la española se haya entre dos fuegos; mas cediendo á las instancias de los comisionados de Morla y ante la actitud del pueblo, fondea sus buques separadamente.
No osa Morla emprender desde luego la rendicion de la escuadra. Le falta, como á Solano, la suficiente pólvora: no están artillados los fuertes. Empieza este trabajo y Rosily, apercibiéndose de él, se aparta de ellos y lleva su escuadra á sitio distante entre la Carraca y Puerto Real, á fin de ganar tiempo, pues espera la llegada de Dupont á las Andalucías.
El 4 de Junio pide Morla al vicealmirante inglés Purvis, que ancle la escuadra, que está bajo sus órdenes, á las inmediaciones de Cádiz, y que se halle pronto á conducir cualquier parte de ella dentro de la bahía, siempre que sea llamado. El mismo dia 6 en que Juan Carlos Purvis recibe el mensage de Morla, se presenta á la boca del puerto y fondea allí sus buques.
(1) Era caballero del órden de Santiago y de la Real Maestranza de Sevilla y alcaide de las casas consistoriales de Cádiz y hermano del canónigo y poeta Dr. D. Cayetano de Huarte.
Intímase el 9 la rendicion á la escuadra francesa. Rosily se niega á ella: los cañones y las bombarderas y las baterías de la costa rompen por la tarde el fuego contra los enemigos, y trábase el combate. Coronadas de gentes se ven las murallas, azoteas y torres de Cádiz; las costas vecinas, y las cubiertas de los buques, distantes del sitio de la lucha. Terminan la tarde y el fuego juntamente.
Vuélvese á intimar la rendicion á Rosily, y vuelve á pedir paso franco para la escuadra.
La irritacion popular crece de dia en dia, vista la suspension de la lucha al siguiente. Morla, en tanto, pide al vice-almirante inglés 400 barriles de pólvora, y entre tanto ordena la construccion de muchas baterías en la costa, llevar á ellas cañones de todos calibres, entrener, en fin, la ansiedad del vulgo hasta que la pólvora llegue.
Concédese esta por Collingwood, que ya está á la altura de Cádiz con la escuadra, y acaba de firmar un armisticio con Morla, que en realidad es solo un tratado de paz.
La última intimacion á Rosily es hecha el 14 de junio. Al ver los medios de destruccion, que en la costa hay contra los buques, Rosily escribe á Morla desde el navío El Héroe rindiéndose y contando con la lealtad española y con la generosidad del general, á quien se dirige.
Morla anuncia en estas breves palabras el sometimiento, de los enemigos: «Gaditanos, la escuadra francesa, al mando del almirante Rosily acaba de rendirse á discrecion, confiada en la humanidad y generosidad del pueblo español.»
Esta proclama se lee con frenético entusiasmo por el pueblo en las principales esquinas de la ciudad de Cádiz. No puede ser mas lacónica, ni mas digna. Está escrita con las mismas frases de la rendicion de Rosily.
El viejo almirante Collingwood, sucesor de Nelson en el combate de Trafalgar, saluda desde su navío el Océano á Morla, y con Morla á una nacion que siempre había altísimamente estimado.
»Por la elegía del pueblo español (dice á Morla), debe ver el continente de Europa, que hay aquí una excepcion en las usurpaciones que han obligado á muchos estados á una degradada dependencia, y que se ofrece el ejemplo de lo que es capaz una gran nacion, cuando se halla unánime.»
»Permítame V. E. que le felicite (añade) por la rendicion de la escuadra francesa, y espero que en breve habrá noticias de que los sucesos de ese ejército no han sido menos ventajosos.»
»Me alegraré que la irritacion del pueblo español contra los marinos franceses haya cesado ahora; y yo lo creo animado de un generoso y noble espíritu para no insultar ni ofender á un enemigo que se ha sometido.»
Tal es el juicio, tal el entusiasmo de Collingwood ante la primer victoria que en Cádiz tiene España contra Bonaparte.
3676 prisioneros, 442 cañones, 1651 quintales de pólvora, 1429 fusiles, 1096 sables, 101,568 balas de fusil y otros pertrechos y víveres para hasta cinco meses, son los despojos de la rendicion de la escuadra.
Los prisioneros franceses quedan depositados en la Carraca, y mas tarde se trasladan á varios navíos, convertidos en pontones.
Cádiz , está conmovida ante la idea de un alistamiento voluntario para defender la patria. Acuden en gran número á inscribrirse como soldados los jóvenes mas conocidos de todas las clases de la sociedad: hasta el primogénito del conde de Casa-Rojas y su amigo el literato gaditano don José Joaquin de Mora. Tal es la afluencia, que en las mismas plazas y de noche y á la luz de hachones, los comisionados se ocupan en escribir los nombres de los alistados. Dejan los coristas sus conventos y empuñan las armas.
Créase al propio tiempo un cuerpo distinguido de voluntarios honrados de Cádiz , para guarnicion y defensa de la ciudad, que con el tiempo llega á tener 9.000 hombres.
Faltan haberes á la junta suprema de Sevilla: faltan haberes á la de Cádiz, el entusiasmo patriótico de esta ciudad procura vencer todo. Comienzan los donativos. Solo cuarenta vecinos ceden mas de ocho millones de reales. El cabildo de la Santa Iglesia Catedral entrega 1403 libras de plata labrada. Compiten los préstamos voluntarios con los donativos: cada cual segun su fortuna, pero con iguales deseos .
Casi todos los alistados de Cádiz asisten como soldados en la gloriosa jornada de Bailen. Cádiz envia á ella sus hijos: sus hijos contribuyen á que su patria vea prisionero á uno de los mas afamados generales de Napoleon, el primero de los vencidos, y con él otros. Todos son encerrados en la fortaleza de San Sebastian. Allí Dupont se consuela con el estudio del lírico famoso Horacio, procurando trasladar todas las galas del poeta filosófico latino al verso francés: allí igualmente escribe sus meditaciones sobre su poema el Arte de la guerra.
Rosily obtiene permiso para regresar á Francia: permiso mas que generoso político.
Es el nuncio que á Napoleon envia España, para que como testigo de los hechos le narre nuestras victorias. ¿Y cuál mejor que un general ilustre vencido?
Baja Rosily á tierra, penetra en la ciudad con sus ayudantes, y en Cádiz no recibe la menor ofensa, sino evidentes señales de respeto hácia el valor desgraciado.
Cumplidas fueron las profecías de Collingwood, que conocía el carácter de los españoles, en la victoria de Bailen, y en este respeto á un general vencido y que sale de las prisiones.
Antes de empezar el año de 1809, Morla deja á Cádiz; y el general don Félix Jones le sustituye en el cargo.
A principios de enero llega á esta ciudad don Juan Antonio Fivaller, marqués de Villel y conde de Darnius, miembro de la junta central por Cataluña. Trae omnímodas facultades para preparar la defensa de Cádiz y para cuidar de su buena gobernacion. De desacierto en desacierto procede el marqués de Villel, especialmente en lo que toca á esta: mézclase en asuntos domésticos, ofende con puerilidades al vecindario, y hasta prohibe bailes y tertulias. Empieza á nacer contra Villel la murmuracion, que pronto pasa á ser general aborrecimiento.
Manda, en esto, la junta central que un batallon de cazadores, voluntarios extrangeros, que habían desertado de los ejércitos de Napoleon, pase á guarnecer á Cádiz.
El vulgo les da el nombre de polacos: cree que vienen á desarmar á los voluntarios distinguidos y á entregar la plaza á Bonaparte: que la junta central está vendida á los franceses y nuestros ejércitos dispersos.
Irrítase el pueblo: una parte sale armado á acometer á los polacos, que vienen por el camino real en direccion de Cádiz, los cuales se ven obligados á huir y á refugiarse en el castillo de San Lorenzo del Puntal, donde el gobernador les dá acogida y defensa, no sin que antes é inevitablemente algunos de ellos sean maltratados por la furia popular.
Intenta aplacar esta dentro de los muros de Cádiz, Fray Mariano de Sevilla, guardian de los Capuchinos; el cual es aclamado gobernador por las turbas como en quien tienen absoluta confianza, cuando no se atreven á ponerla en persona alguna. A pesar de todo Fray Mariano de Sevilla no toma el mando sino como gobernador acompañado de don Félix Jones.
Grita el pueblo que la plaza no está artillada, por la parte de tierra, y que si lo está, los cañones se encuentran clavados ó inútiles de otro modo para que no puedan hacer fuego contra los polacos, encubiertos soldados de Napoleon.
En tal conflicto, Fray Mariano, á quien se dirije la peticion, manda á dos de los que hacian veces de ayudantes á sus inmediatas órdenes, Fray Rafael de Castro y Fray Santiago de Cervera, religiosos capuchinos, que pasen á reconocer las piezas de artillería de las obras exteriores de Puerta de Tierra. Suben con efecto ellos solos á las baterías, examinan ó no los cañones, y cual si fueran peritos, los dan por útiles, sosegando á las turbas que hasta allí los han seguido.