Chapter 18
--Creo que esta noche se le podrá ver--dijo Valiente--porque a las diez se verificará, según he oído, entre lord Gray y D. Pedro del Congosto una especie de desafío quijotesco con que espera reírse mucho la gente.
--Bobadas... En fin, señora marquesa, Wellesley me ha prometido que la muchacha volverá, pero hay que dejar en paz a lord Gray... Señora marquesa, me llama mucho la atención este extraño caso. Soy experto en ciertos asuntos, y creo que en el lance de que nos ocupamos juega alguna persona que no es lord Gray.
--¿Lo cree usted? Yo opino que Inés se ha marchado sola.
--Pues yo creo que no.
--O con lord Gray. Ese señor inglés se propone desocupar mi casa.
--Algún otro pájaro, señora, algún otro pájaro ha enredado aquí, y no pararé hasta averiguar quién es... Los dos raptos tienen entre sí íntima conexión.
--Busque usted, pues--dijo la marquesa--a ese cómplice desconocido, y haga caer sobre él todo el peso de la ley, si es que nada puede hacerse contra lord Gray.
--Espero sacar mucho partido de mis averiguaciones esta noche.
--Verdaderamente--dijo Calomarde--si ha de haber un choque con la embajada inglesa, lo mejor es dar fuerte sobre el pobre cómplice si se descubre, y decir: «aquí que no peco».
--Así anda la justicia en España--objetó la de Leiva.
--Veremos lo que saco en limpio--dijo Villavicencio--. Vaya, señora mía, me voy a hacer una visita de cumplido a la calle de la Verónica. Creo que bastará mi autoridad...
De pronto presentose D. Paco en la sala sofocado y jadeante, y exclamó:
--¡Ahí está, ahí está ya!... al fin la encontramos.
--¿Quién?
--La señora doña Asuncioncita... ¡Pobre niña de mi alma!... Está en la escalera... No quiere subir... ¡parece medio muerta la pobrecita!...
XXXII
Reinó sepulcral silencio, y miramos todos a la puerta del fondo por donde apareció doña María. Con decoroso silencio, que no con lágrimas, mostraba esta señora su honda pena. El color blanco de su cara habíase convertido en una palidez pergaminosa; su frente estaba surcada de repentinas arrugas, y los secos ojos tan pronto irradiaban el fulgor de la ira como se abatían amortiguados. Pero otro incidente llamó la atención más que el grave silencio y la amarillez y las arrugas, y fue que sus cabellos, entrecanos algunos días antes, estaban enteramente blancos.
--¡Está ahí!--repitió un sordo murmullo.
--¿Te negarás a recibirla?--dijo con emoción la marquesa, adivinando los pensamientos de doña María.
--No... que venga aquí--repuso la madre con energía--. Veré a la que ha sido mi hija... ¿La encontró usted? ¿Estaba sola?
--Sola, señora--exclamó llorando D. Paco--. ¡Y en qué triste y lastimoso estado! Los vestidos están rotos, en su preciosa cabecita tiene varias heridas, y en su voz y ademanes demuestra el más grande arrepentimiento. No ha querido subir, y yace exánime y sin fuerzas en la escalera.
--Que entre--dijo la de Leiva--. La infeliz empieza a expiar su culpa. María, pasó la ocasión del rigor y ha llegado el momento de la benevolencia. Recibe a tu hija, y si acabó para el mundo, no acabe para ti.
--Retirémonos para evitarle la vergüenza de verse delante de nosotros--dijo Valiente.
--No, queden todos aquí.
--Sr. D. Francisco--dijo doña María al ayo--traiga usted a Asunción.
El ayo salió determinando fuertes corrientes atmosféricas con la violencia de sus suspiros.
Bien pronto oímos la voz de Asunción que gritaba:
--Mátenme, que me maten: no quiero que mi madre me vea.
Por D. Diego y el ayo conducida, a intervalos suavemente arrastrada, casi traída a cuestas, entró la infeliz muchacha en la sala. En la puerta arrojose al suelo, y sus cabellos en desorden sueltos, le cubrían la cara. Todos acudimos a ella, la levantamos, la consolamos con palabras cariñosas; pero ella clamaba sin cesar:
--Mátenme de una vez. No quiero vivir.
--La señora doña María la perdonará a usted--le dijimos.
--No, mi madre no me perdonará. Estoy condenada para siempre.
Doña María, por largo tiempo llena de entereza y superioridad, comenzó a declinar y su grande ánimo se abatió ante espectáculo tan lamentable. Después de mucho luchar con la sensibilidad y el cariño materno, pugnó por sobreponerse a este, y resueltamente exclamó:
--¿He dicho que la traigan aquí? No, me equivoqué. No quiero verla, no es mi hija. Váyase a los lugares de donde ha venido. Mi hija ha muerto.
--Señora--exclamó D. Paco poniéndose de rodillas--si la señora doña Asuncioncita no se queda en la casa, usted se condenará. ¿Pues qué ha hecho? Salir a dar un paseo. ¿Verdad, niña mía?
--No; ¡mi madre no me perdona!--gritó con desesperación la muchacha--. Llévenme fuera de aquí. No merezco pisar esta casa... Mi madre no me perdona. Vale más que me maten de una vez.
--Sosiégate, hija mía--dijo la de Leiva--. Grande es tu culpa; pero si no puedes reconquistar el cariño de tu madre y la estimación de todos, no serás abandonada a tu dolor. Levántate. ¿Dónde está lord Gray?
--No sé.
--¿Vino a buscarte con conocimiento y consentimiento tuyo?
La desgraciada se cubría el rostro con las manos.
--Habla, hija mía, es preciso saber la verdad--dijo la de Leiva--. Tal vez tu culpa no sea tan grande como parece. ¿Saliste de buen grado?
La presencia de doña María se conocía por su respiración que era como un sordo mugido. Luego oímos distintamente estas palabras que parecían salir de la cavernosa garganta de una leona:
--Sí... de grado... de grado.
--Lord Gray--dijo Asunción--me juró que al día siguiente abrazaría el catolicismo.
--Y que se casaría contigo, ¡pobrecita!--dijo con benevolencia la marquesa.
--Lo de siempre... historia vieja--balbuceó Calomarde a mi oído.
--Señores--dijo Villavicencio--retirémonos. Estamos aumentando con nuestra presencia la confusión de esta desgraciada niña.
--Repito que se queden todos--dijo la de Rumblar con fúnebre acento--. Quiero que asistan a los funerales del honor de mi casa. Asunción, si quieres, no que te perdone, sino que tolere tu presencia aquí, confiesa todo.
--Me prometió abrazar el catolicismo... me dijo que marcharía de Cádiz para siempre, si no... Yo creí...
--Basta--exclamó Villavicencio--. Que se retire a buscar algún reposo esta criatura.
--Pero ese infame hombre la ha abandonado...
--La ha arrojado de su casa--dijo D. Paco.
Múltiple exclamación de horror resonó en la sala.
--Esta mañana--añadió Asunción sacando difícilmente de su pecho el aliento necesario para hablar--lord Gray salió dejándome sola en la casa. Yo temblaba de zozobra... Entraron luego unas mujeres, unas mujerzuelas... ¡qué horrible gente!... Con sus gritos me desvanecieron y con sus manos me maltrataron. Todas se reían de mí y me desgarraron los vestidos, diciéndome palabras ignominiosas... Bebían y comían en una mesa que el criado de milord les dispuso... disputaban unas con otras sobre cuál de ellas era más amada por él... Entonces comprendí el abismo en que había caído... Lord Gray volvió... Le increpé por su vil conducta... Estaba taciturno y sombrío... Tomó una chinela y con ella les azotó la cara a aquellas viles mujeres... Me colmó de cuidados. Me dijo que me iba a llevar a Malta... Yo me negué a ello y empecé a llorar amargamente invocando el nombre de Jesús... Volvieron las mujeres acompañadas de hombres soeces; uno de ellos quiso ultrajarme. Lord Gray le rompió la cabeza con una silla... Corrió la sangre... ¡Dios mío, qué horror!...
Deteníase a cada rato, y luego con gran esfuerzo seguía:
--Lord Gray me dijo después que él no podía hacerse católico, y que se alegraba de que yo entrase en el convento para robarme. Quise salir y el criado anunció la llegada de una señora... ¡Oh! Entró una señora principal que le llamó ingrato... La señora se reía de mí... ¡Qué hora, Dios mío, qué hora!... La señora dijo que yo era la más piadosa y devota señorita de todo Cádiz, y luego me rogó que encomendase a lord Gray a Dios en mis oraciones... La vergüenza me inflamaba, y busqué un cuchillo para matarme... Después...
Estábamos todos conmovidos y aterrados con la patética relación de la desgraciada niña, digna de mejor suerte.
--Después... entraron unos hombres; ¡qué hombres! Vestían de cruzados como don Pedro del Congosto, y venían a recordar a lord Gray que este le había desafiado... Entraron los amigos de lord Gray y todos se rieron mucho del desafío con D. Pedro. Luego... milord me rogó de nuevo que partiese con él a Malta... Yo le decía que me hiciese el favor de matarme... Reíase a carcajadas y jugando con un puñal hacía como que me quería matar... Me inspiraba tal horror que huí de su lado... Yo corrí por la casa dando gritos... él se reía... un criado me dijo: «milord me ha mandado que la acompañe a usted a su casa». Salimos a la calle y en la puerta añadió: «No tengo ganas de ir tan lejos: vaya usted sola», y cerró la puerta... Di algunos pasos... una mujer frenética que dijo haber perdido por mí los favores de lord Gray, quiso castigarme... ¡Ay!, yo estaba medio muerta y me dejé castigar... Libre al fin recorrí varias calles... me perdí... yo buscaba la muralla para arrojarme al mar... al fin después de dar mil vueltas volví junto a la casa de lord Gray... Encontráronme D. Paco y mi hermano... yo no quería venir aquí... pero me trajeron al fin a mi casa de donde salí culpable, y a donde vuelvo castigada, pues las penas todas del purgatorio y el infierno no son superiores a las que yo he padecido hoy... Aun así no merezco perdón. Mi falta es grande... No merezco más que la muerte, y pido a Dios que me la conceda esta noche misma, para que ni un día más soporte la vergüenza y el deshonor que han caído sobre mí. ¡Señora madre mía, adiós! ¡Hermana mía, adiós! ¡No quiero vivir!
No dijo más y cayó desmayada en el pavimento.
Conmovidos y aterrados, contemplamos el semblante de doña María, que reclinada en el sillón, con la barba apoyada en la mano, silenciosa, ceñuda primero como una sibila de Miguel Ángel, y conmovida después, pues también las montañas se quebrantan al sacudimiento del rayo, derramó lágrimas abundantes. Parecía que su rostro se quemaba. Su llanto era metal derretido.
--Hija mía--dijo la marquesa--, retírate a descansar... Sr. D. Francisco, o tú, Diego, llévala a su cuarto.
El conmovedor espectáculo de la infeliz Asunción desapareció de nuestra vista.
--Señoras--dijo Villavicencio--tengo el alma despedazada, y me retiro.
--Siento mucho... pues...--murmuró Ostolaza, y se retiró también.
--He tenido un verdadero sentimiento...--dijo Valiente, marchándose tras el anterior.
--Por mi parte...--indicó Calomarde saludando--. Si es preciso entablar recurso...
Se fueron todos. Yo me quedé, porque una fuerza irresistible me clavaba en aquella sala, y no podía apartar el pensamiento del desolado cuadro que había visto. Delante de mí estaba la de Rumblar en la misma actitud en que antes la he descrito. El fenómeno de su llanto me llenaba de asombro. A mi lado la marquesa de Leiva lloraba también.
Pero no estábamos solos los tres. Acababa de entrar una figura estrambótica, un mamarracho de los antiguos tiempos, una caricatura de la caballería, de la nobleza, de la dignidad, del valor español de otras edades. Mirando aquella figura de sainete que se presentaba tan inoportunamente, dije para mí:
--¿Qué vendrá a hacer aquí D. Pedro del Congosto? ¿Si creerá que sus caballerías ridículas sirven de alguna cosa en estas circunstancias?
La de Leiva abrió los ojos, vio al estafermo, y como si no diera importancia alguna a su persona, volviose a mí y me dijo:
--¿Qué piensa usted de lord Gray?
--Que es un infame, señora.
--¿Quedará sin castigo?
--No quedará--exclamé arrebatado por la ira.
D. Pedro del Congosto dio algunos pasos, púsose delante de doña María, y alzando el brazo, con voz y gesto que al mismo tiempo parecían trágicos y cómicos, habló así:
--Señora doña María... ¡esta noche!... ¡a las once!... ¡en la Caleta!
--¡Oh! ¡Gracias a Dios!--exclamó la noble señora levantándose con ímpetu--. Gracias a Dios que hay en España un caballero... Cuatro personas han presenciado el lastimoso cuadro de la deshonra de mi hija, y a ninguno se le ha ocurrido tomar por su cuenta el castigo de ese miserable.
--Señora--dijo Congosto con voz hueca, que antes que risa, como otras veces, me produjo un espanto indefinible--. Señora, lord Gray morirá.
Aquellas palabras retumbaron en mi cerebro. Miré a D. Pedro y me pareció trasfigurado. Aquel espantajo, recuerdo de los heroicos tiempos, dejó de ser a mis ojos una caricatura desde el momento en que me lo representé como providencial brazo de la justicia.
--No es usted, D. Pedro--dijo con incredulidad la de Leiva--quien ha de arreglar esto.
--Señora doña María--repitió el estafermo sublimado por una alta idea de su propio papel, por la idea de la hidalguía, del honor, de la justicia--¡esta noche!... ¡a las once!... ¡en la Caleta! Todo está dispuesto.
--¡Oh! Bendita sea mil veces la única voz que ha sonado en mi defensa en esta sociedad indiferente. Abominables tiempos, aún hay dentro de vosotros algo noble y sublime.
Esto que en otras circunstancias hubiera sido ridículo, tratándose de D. Pedro, en aquellas me hacía estremecer.
--Bendito sea mil veces--continuó doña María--el único brazo que se ha alzado para vengar mi ultraje en esta generación corrompida, incapaz de un sentimiento elevado.
--Señora--dijo D. Pedro--adiós... voy a prepararme.
Y partió rápidamente de la sala.
--María--dijo la de Leiva a su parienta--sosiégate; debes procurar dormir...
--No puedo sosegar--repuso la dama--. No puedo dormir... ¡Oh Dios mío! Si permites que el miserable quede sin castigo... Si vieras, mujer... siento una salvaje complacencia al recordar aquellas palabras «esta noche... a las once... en la Caleta».
--No esperes de D. Pedro más que ridiculeces... Sosiégate... Han dicho aquí que el desafío de D. Pedro con lord Gray era una función quijotesca. ¿No es verdad, caballero?
--Sí, señora--repuse--. Son ya las diez... Soy amigo de lord Gray y no puedo faltar.
Respetuosamente me despedí de ellas y salí. Detúvome en la escalera D. Diego, que a toda prisa y muy sofocado subía, y me dijo:
--Gabriel, ahí me traen otra vez a la buena alhaja de doña Inesita.
--¿Quién?
--El gobernador. Esta noche todas las ovejas descarriadas vuelven al redil... Vengo de allá... si vieras. La condesa ha llorado mucho y se ha puesto de rodillas delante de Villavicencio; pero no pudo conseguir nada. La ley y siempre la ley. Si es lo que yo digo: la ley... Por supuesto, chico, no puedo negarte que me dio lástima de la pobre condesa. Lloraba tanto... Inés estaba más serena y se conformaba. Aguárdate y la verás llegar. Sin embargo, más vale que no parezcas en tu vida por aquí. Villavicencio quiso averiguar el cómo y cuándo de la fuga de Inés, y allá le dijeron que la sacaste tú de la casa. Te anda buscando porque no te conoce. Dice que eres cómplice de lord Gray y el verdadero criminal. Calumnia, pura calumnia; pero no te metas en vindicar tu honra mancillada y echa a correr, que Villavicencio tiene malas pulgas, y aunque te escuda el fuero militar... Conque en marcha y no vuelvas a Cádiz en tres meses.
--Pues sí; yo fui quien la sacó de casa.
--¡Tú!--exclamó con tanto asombro como cólera--. Ya no me acordaba que eres servidor de mi famosa parienta la condesa. ¿Conque la sacaste tú?
--Y la volveré a sacar.
--Tú bromeas... no pienses que me apuro mucho... ¿Crees que insisto en casarme con ella?... Pues ahora de mejores veras debes poner los pies en polvorosa, porque voy a contarle a mamá tu hazaña... Francamente, yo creí que era una calumnia. Ahora me explico el furor de Villavicencio contra ti. ¿Pues no dice que tú eres el autor de todo y que es preciso sentarte la mano?
--¿A mí?
--Y disculpaba a lord Gray... Se me figura que quieren hacer justicia en tu persona sin molestar para nada al señor milord. Ándate con cuidado, pues se le ha puesto en la cabeza que tú eres cómplice del maldito inglés y le ayudaste en esta gran bribonada que nos ha hecho.
--¿Ha visto usted a lord Gray?--le pregunté--. ¿Dónde se le podrá encontrar?
--Ahora mismo me han dicho que le acaban de ver paseando solo por la muralla. ¡Maldito inglés! Las pagará todas juntas... Hace poco la Inesita me llamó vil y cobarde por dejar sin castigo esto de anoche, y aseguraba que si ella fuera hombre... estaba furiosa la niña. Por supuesto, yo pienso buscar a lord Gray, y cuando le vea le he de decir «so tunante...», pues... conque márchate... tú también eres buena pieza. Adiós.
No me podía detener a contestar sus majaderías, porque un pensamiento fijo me atormentaba, y dirigida mi voluntad a un punto invariable con arrebatadora fuerza; nada podía apartarme de aquella corriente por donde se precipitaba impetuosamente todo mi ser.
XXXIII
Un cuarto de hora después tropezaba en la muralla, frente al Carmen, con lord Gray, el cual, deteniendo la velocidad de su paso, me habló así:
--¡Oh, Sr. de Araceli... gracias a Dios que viene alguien a hacerme compañía!... He dado siete vueltas a Cádiz corriendo todo lo largo de la muralla... ¡Aburrimiento y desesperación!... Mi destino es dar vueltas... dar vueltas a la noria.
--¿Está usted triste?
--Mi alma está negra... más negra que la noche--repuso con alucinación--. Camino sin cesar buscando la claridad, y no hago más que dar vueltas recorriendo un círculo fatal. Cádiz es una cárcel redonda, cuya pared circular gira alrededor de nuestro cerebro... Me muero aquí.
--¡Tan feliz ayer y tan desgraciado hoy!--le dije--. ¡Cuán limitada es la creación que está a nuestro alcance! ¡Cuán pobre es el universo!... El Omnipotente se ha reservado para sí lo mejor, dejándonos la escoria... No podemos salir de este maldito círculo... no hay escape por la tangente... El ansia de lo infinito quema nuestra alma, y no es posible dar un paso en busca de alivio... Vueltas y más vueltas... ¡Mula de noria... arre!... Otro circulito y otro y otro...
--Lord Gray, Dios le ha dado a usted todo y usted malgasta y arroja las riquezas de su alma haciéndose infortunado sin deber serlo.
--Amigo--me dijo apretándome la mano tan fuertemente que creí me la deshacía--soy muy desgraciado. Tenga usted lástima de mí.
--Si eso es desgracia, ¿qué nombre daremos a la horrenda agonía de una criatura, a quien usted acaba de precipitar en la mayor deshonra y vergüenza?
--¿Usted la ha visto?... ¡Infeliz muchacha!... Le he rogado que vaya conmigo a Malta y no quiere.
--Y hace bien.
--¡Pobre santita! Cuando la vi, más que su hermosura que es mucha, más que su talento que es grande, me cautivó su piedad... Todos decían que era perfecta, todos decían que merecía ser venerada en los altares... Esto me inflamaba más. Penetrar los misterios de aquella arca santa; ver lo que existía dentro de aquel venerable estuche de recogimiento, de piedad, de silencio, de modestia, de santa unción; acercarme y coger con mis manos aquella imagen celestial de mujer canonizable; alzarle el velo y mirar si había algo de humano tras los celajes místicos que la envolvían; coger para mí lo que no estaba destinado a ningún hombre y apropiarme lo que todos habían convenido en que fuese para Dios... ¡Qué inefable delicia, qué sublime encanto!... ¡Ay!, fingí, engañé, burlé... Maldita familia... Luchar con ella es luchar con toda una nación... Para atacarla toda la inteligencia y la astucia toda no bastan... Mil veces sea condenada la historia que crea estas fortalezas inexpugnables.
--La audacia y la despreocupación de un hombre son más fuertes que la historia.
--Pero cómo se desvanece todo... Aquello que ayer aún valía, hoy no vale nada y su encanto desaparece como el humo, como la nave, como la sombra... El hermoso misterio se disipó... La realidad todo lo mata... ¡Ay! Yo buscaba algo extraordinario, profundamente grandioso y sublime en aquella encarnación del principio religioso que caía en mis brazos; yo esperaba un tesoro de ideales delicias para mi alma, abrasada en sed inextinguible; yo esperaba recibir una impresión celeste que transportara mi alma a la esfera de las más altas concepciones; pero ¡maldita Naturaleza!, la criatura seráfica que yo soñaba rodeada de nubes y de angelitos en sobrenatural beatitud, se deshizo, se disipó, se descompuso, como una imagen de máquina óptica cuya luz sopla el bárbaro titiritero diciendo: «buenas noches...». Todo desapareció... Las alas de ángel agitándose zumbaban en mi oído, pero yo me desencajaba los ojos mirando y no veía nada, absolutamente nada más que una mujer... una mujer como otra cualquiera, como la de ayer, como la de anteayer...
--Hay que conformarse con lo que Dios nos ha dado y no aspirar a más. En resumen: usted sacó a Asunción de su casa, jurándole que abrazaría el catolicismo y se casaría con ella.
--Es verdad.
--Y lo cumplirá usted.
--No pienso casarme.
--Entonces...
--Ya le he dicho que venga conmigo a Malta.
--Ella no irá.
--Pues yo sí.
--Milord--dije dando a mis palabras toda la serenidad posible--usted debajo de ese humor melancólico, debajo de los oropeles de su imaginación tan brillante como loca, guarda sin duda un profundo sentido y un corazón de legítimo oro, no de vil metal sobredorado como sus acciones.
--¿Qué quiere usted decirme?
--Que una persona honrada como usted sabrá reparar la más reciente y la más grave de sus faltas.
--Araceli--me dijo con mucha sequedad--es usted impertinente. ¿Acaso es usted hermano, esposo o cortejo de la persona ofendida?
--Lo mismo que si lo fuera--repuse, obligándole a detenerse en su marcha febril.
--¿Qué sentimiento le impulsa a usted a meterse en lo que no le importa? Quijotismo, puro quijotismo.
--Un sentimiento que no sé definir y que me mueve a dar este paso con fuerza extraordinaria--repuse--. Un sentimiento que creo encierra algo de amor a la sociedad en que vivo y amor a la justicia que adoro... No le puedo contener ni sofocar. Quizás me equivoque; pero creo que usted es una peligrosa, aunque hermosa bestia, a quien es preciso perseguir y castigar.
--¿Es usted doña María?--me dijo con los ojos extraviados y la faz descompuesta--¿es usted doña María que toma forma varonil para ponérseme delante? Sólo a ella debo dar cuentas de mis acciones.
--Yo soy quien soy. Por lo demás, si parte de la responsabilidad corresponde a la madre de la víctima, eso no aminora la culpa de usted... Pero no es una sola víctima; las víctimas somos varias. La salvaje pasión de una furia loca y desenfrenada para quien no hay en el mundo ni ley, ni sentimiento, ni costumbre respetables, alcanza en sus estragos a cuanto la rodea. Por la acción de usted personas inocentes están expuestas a ser mortificadas y perseguidas, y yo mismo aparezco responsable de faltas que no he cometido.
--En fin, Araceli, ¿en qué viene a parar toda esa música?--dijo con tono y modales que me recordaban el día de la borrachera en casa de Poenco.
--Esto viene a parar--repuse con vehemencia--en que usted se me ha hecho profundamente aborrecible, en que me mortifica verle a usted delante de mí, en que le odio a usted, lord Gray, y no necesito decir más.
Yo sentía inusitado fuego circulando por mis venas. No me explicaba aquello. Deseaba sofocar aquel sentimiento exterminador y sanguinario; pero el recuerdo de la infeliz muchacha a quien poco antes había visto, me hacía crispar los nervios, apretar los puños, y el corazón se me quería saltar del pecho. No había cálculo en mí. Todo lo que determinaba mi existencia en aquel momento era pasión pura.
--Araceli--añadió respirando con fuerza--, esta noche no estoy para bromas. ¿Crees que soy Currito Báez?
--Lord Gray--repuse--tampoco yo estoy para bromas.
--Todavía--dijo con amargo desdén--no he gustado el placer de matar a un deshacedor de agravios propios y amparador de doncellas ajenas.
--Maldito sea yo, si no es noble y nuevo lo que inflama mi espíritu en este instante.
--¡Araceli!--exclamó con súbita furia--¿quieres que te mate? Deseo acabar con alguien.
--Estoy dispuesto a darle a usted ese gusto.
--¿Cuándo?
--Ahora mismo.