Cabos sueltos: Literatura y lingüística

Part 26

Chapter 263,976 wordsPublic domain

No llevan el color del terruño, ni engastan el sentir de nuestra gente, ni se han calentado al sol de Castilla. Llenamos nuestra tienda de géneros extraños, embaucados como niños, por la bonitura del envase iba á decir, y sólo es porque los vemos en manos de aquellos ya de antaño reconocidos buhoneros, de los que decía Quevedo que nos venían á engatusar y sacarnos los cuartos vendiéndonos ratoneras y agujetas. No nos percatamos del trueque ni de que por ser de peor calidad se han de averiar antes, y que los libros que con ese aguado decir escribamos, quedarán muertos al mes siguiente. Pero lo peor del caso es que retiramos á la trastienda los géneros nacionales, donde quedan á trasmano arrinconados y mohosos. Hay en las más hondas capas del habla vulgar castellana muchedumbre sinnúmero de voces tan pintorescas, tan agudas y primorosas, de tan recio sentir y tan bien sonantes, que nos las envidiarían los escritores extranjeros. Son vocablos que dicen con el pensar español, que se vaciaron en la creadora fantasía española, que dieron color, brío y vida á las obras de Cervantes y Quevedo; pero que la literatura moderna deja ratonarse y apolillarse, por andarse á mendigar otros cosmopolitas, franceses, desustanciados, manoseados, de cajón, que no responden más que al menguado, poco poético y feo pensar de los bulevares modernos, ó dígase las rondas afrancesadas. El que en ellos se ha criado, ó ha deseado y soñado criarse, halla mezquino y faltoso nuestro rico caudal, y se quedará muy más convencido de ello al tropezar con tres ó cuatro palabras anglo-francesas que se le antojan exquisitas é intraducibles, porque está de todo en todo ayuno de idioma castellano.

¿Pero acaso hay palabra verdaderamente traducible entre dos lenguas? Eso fuera si dos pueblos tuvieran la misma cabeza, la misma sangre, el mismo natural, el mismo humor, la misma alma. Lo que aquí hay es que pretenden hacer literatura española pensando en francés, leyendo libros franceses, empapándose en imágenes y sentimientos que en Francia son tan delicados como sus vinos; pero que en España saben á aguachirle. La espuma del champán es harto agradable; pero como les decía un baturro á unos que estaban bebiéndolo: ¡buenas pantorrillicas echarán con eso! Dejemos cada cosa en su lugar, y si queremos escribir en castellano y hacer arte castellano, pensemos y sintamos y hablemos como se piensa, se siente y se habla en esta tierra, que no es tan desaprovechada é ingrata como creen los que no la conocen.

II

Traemos achacosa, enclenque y más que medio tísica á nuestra lengua los que escribimos y nos europeizamos. Europeizarse hace cinco siglos era hacerse romanos; hoy, hacerse franceses. La lengua castellana y nuestra literatura padecieron desde entonces de achaque latino; desde el siglo XVIII ha cargado con otros alifafes, sufre de achaque gálico y de achaque helénico. No es de bien avisado doctor mudarle la enfermedad al paciente en cada visita por comezón de novedades. He de volver otra vez y ciento á este mi diagnóstico, pese á quien me tenga por moledor y machacón. Antes el mal le venía de Italia; hoy el malhadado neologismo, que cifra esas tres enfermedades, le llega por Francia; contra ella, pues, y darle.

No es cosa de tomarse un mal rato por los afrancesados terminajos que ponen de moda industriales y comerciantes. En un pecho logrero y mercenario no caben delgadeces literarias. El toque está en atraerse parroquianos, dar golpe, arremolinar boquiabiertos frente al escaparate, ofrecer novedades que despierten el apetito, si no por la sustancia, al menos por lo extraño del rótulo que lleve la mercancía; y si ese rótulo huele á francés ó es francés puro, tanto que mejor. Compradores bobillos que paguen lo extranjerizo de un nombre no faltarán. Señoritas cabizhueras que lo repicoteen después en los salones, y caballeritos casquivanos que les alaben el buen gusto, lo lleven á los cuatro vientos, y lo pongan de moda, y le vacíen el almacén al tendero, sobrarán en esta sociedad, que es una verdadera y bien surtida pavera.

Tampoco es muy ajeno á la condición de nuestra casta el arremeter á escritores en busca de honra y provecho barbilampiños mozalbetes, que no hallan oficio más socorrido. ¿Qué van á hacer? ¿Meterse á compositores de música, á pintores, á arquitectos? Todo eso pide largos años de solfear, dibujar, pasar hambre, soledad y silencio, cosas que no se avienen con lo corto de la vida y la prisa por farolear. El literato no ha menester más que cuatro cuartillas y un lápiz, y eso está ahí al alcance del más flaco bolsillo: en las esquinas de la Puerta del Sol lo ofrecen á voz en cuello los buhoneros con los Toribios que sacan la lengua. ¿Ideas? En los libros. ¿Y libros? En las bibliotecas públicas, sin gastar un maravedí. Pero ¿y palabras? Es lo más barato. El músico se quema las cejas estudiando armonía y combinaciones de sonidos; el pintor masculla barro y aceite á fuerza de barajar y templar colores, y se magulla los dedos á puro dibujar. El material del literato, el habla, maldita la falta que hace írselo á rebuscar entre las gentes del pueblo ó en los libros clásicos. Á más, que atiborrándose de lecturas francesas se cazan con las ideas que hoy halagan una buena montonera de citas y nombres de libros y autores, que es un consuelo poderlos ir encajando y empedrando entre lo que á uno le vaya ocurriendo, y otra porción de no menos bienquistos galicismos, luces y primores del escribir moderno. Allí es donde aprenden griego y latín, inglés y ruso, los que no tienen lugar ni tiempo para aprenderlo en esta pícara España.

De los varios géneros literarios no todos abren sus puertas. Hay que descartar el dramático, que pudiera ir acompañado de poco sabrosos silbidos y runrunes nada apacibles; el de toda labor seria y erudita, que tiene contados lectores y es una antigualla; el de la verdadera poesía, dama antojadiza, no con todos afable y generosa. Queda uno, el de mayor alcance filosófico, el de más viso, el que hoy como nunca es apreciado: el de la crítica literaria. Fruto de toda una vida de estudios macizos, flor del más exquisito y apurado gusto, alquitarado por el hondo conocimiento de las literaturas antiguas y modernas, la crítica literaria es para los susodichos mancebos cosa de coser y cantar, que ni pide tiempo, ni gastos, ni aun saber manejar el idioma. Para halagar al común de los lectores cortando sayos al vecino, basta con afilar bien la pluma y desvergonzarse de una vez. Para colgar de los cuernos de la luna una obra que sale á luz, dejando probablemente también colgado y pataleando á la vergüenza pública á su autor, no es menester más que encaramarla á son de bombo y platillos, música barata y callejera, que tiene otra ventaja, la de dejarle á uno bien con todos, lo cual no es de pequeña monta para muchos menesteres.

El tal crítico literario no pasará á la historia, aunque se acompañe de muchedumbre de autores que suele citar en comprobación de una perogrullada; pero él se lo cree bonitamente á los pocos aplausos que oiga, de fueren quienes fueren; que ya los habrá tan contentadizos que les llene y le alienten á él con sus encomios.

¿Y todo eso á propósito del neologismo gálico-greco-latino? Allá voy, que estos tales son los que nos lo traen, cuando habían de ser los mastines que guardasen el rebaño y ahuyentasen el lobo.

Hay críticos literarios que, sin ser de esos adocenados parlanchines, por falta de hondos conocimientos en el habla castellana, trompiquean no menos que ellos. Para poner el dedo en la llaga y no hablar en el aire, abro una revista de estos días y doy con sendos artículos sobre Rubén Darío en dos de sus números seguidos. Su autor acaba de publicar en París otros dos, no artículos, sino tomos de crítica literaria. Maguer mozo, no es lerdo ni poco avispado: baste decir que llegan editados por Garnier, hombre que sabe dónde le aprieta el zapato y entiende del oficio. En los artículos hay derroche de citas, lecturas, autores, todo de fuera de España. Es un dolor que por acá, donde él vive y le dan de comer, no haya autor, libro ni sentencia digna de citarse.

Voy á lo mío, al neologismo, al desconocimiento y menosprecio del castellano, y por ende al lenguaje poco artístico en un crítico de arte literario. «Voz asexuada y argentina, voz de timbre metálico, voz de querubín entre nubes rosa, voz tiple, voz alba y angélica...» Siguen muchedumbre ensordecedora de voces de todos calibres, entre ellas la de tenor, que dice ser _ambigua_, é _intersexual_ y _guapa_ y _rubia_; y la de contralto, que se le antoja «voz de monja andaluza, que llora en el coro su vocación perdida». Son las siete voces de la lira humana. Dejo la voz de monja y monja andaluza, no gallega, que sería dar en la tercera por dar en la prima. Lo de voz _asexuada_ y voz _intersexual_ es lo guapo y rubio. Por extravagancias gongorinas pasaran en otro tiempo. Hoy deben de ser lindezas de los modernistas españoles, que no es lo mismo que modernistas de buena ley. No hay hombre ni mujer, chico ni chaco, que no tenga voz _asexuada_, y no hay alma viva que la tenga _intersexual_, á lo menos no ha llegado á mi noticia.

Si os pregunta un castellano viejo, de ésos que tararean coplas de Gabriel y Galán, que cómo se come eso de _voz asexuada_, porque no es fruta de su tierra, decidle que es voz de sexo. Y si añade que qué es _voz de seso_, después de corregirle porque no sabe pronunciar la _x_ latina, le declararéis que _sexo_ es un cierto vocablo que usaron, allá hace dieciocho ó veinte siglos, unos señores romanos, y que significa el ser hombre ó mujer, y no las dos cosas á la vez. ¡Acabáramos!, os responderá; pero ¿por qué no lo dijo así en cristiano? Voz hombruna ó voz mujeril: no hay quien no lo entienda.--Pero es que el autor que tal escribe no ha querido decir eso.--Os apretará reponiendo si se trata de una voz que sea hombruna y mujeril de una sola pieza.--Tal es lo que la palabra suena, le diréis, si no significa hombruna ó mujeril exclusivamente; pero yo creo que ese señor quiso decir voz mujeril, por más que el vocablo no lo diga. Convendrá el castellano viejo en que seguramente hay en Madrid literatos que saben más que él, pues saben escribir; pero que no hablan ni escriben castellano, sino lengua de romanos, y que ellos se sabrán su por qué.

_Asexuada_ es una rareza fabricada malamente sobre otra rareza francesa, cual es la de llamar _personas del sexo_ á las mujeres, como si los demás fuéramos eunucos á nativitate. Pican á la puerta y entra á pasarme la doméstica el siguiente recado: ¡¡¡Viene una persona del sexo!!!

Es como lo otro de llamarlas del «bello sexo». En sana filosofía, hermosas son las mujeres para mujeres; pero más hermoso y acabado es el varón, como lo es el macho más que la hembra en todo linaje de animales, el pavo real, el león, el toro, el caballo. Para las mujeres me sospecho yo que el hombre es más hermoso; y si no lo creen así, allá ellas con su avieso gusto, que á nosotros más hermosas nos parecen ellas que los barbados, aunque sabemos que en hecho fisiológico y psicológico de verdad es todo lo contrario. De todos modos no deja de ser un galicismo muy cortés y una cortesía muy francesa y muy cumplimentera, mentirosa y bobalicona eso del _bello sexo_.

Pues ¿y la _voz intersexual_? El autor quiso decir que es á la vez de hombre y mujer, y lo que dijo es que se halla en medio de los dos, es decir, que no es ni uno ni otro. Además, en tierra castellana siempre se dijo _entre_, no _inter_. Los que han formado vocablos con _inter_, como con _super_ por _sobre_, ejemplo _superhombre_, sabrán tanto latín como ese señor crítico literario; pero castellano, ni por pienso.

Las _nubes rosa_ es una vizcainada. ¿También sabe vizcaíno el hondo crítico? Pues no bastan esas hondas sabidurías para venirnos á destrozar el castellano, que llama á eso nubes rosadas ó de rosa ó sonrosadas, ó más castizamente arreboles, término que sin duda no le ocurrió porque andaba en aquel entonces pensando en Francia, donde á la cuenta no los debe de haber.

Decidle, pues, al castellano viejo que _voz rosa_ es voz de rosa. ¡Así entenderá él de por sí que _voz alba_ es voz del alba ó de alborada! ¿Qué más dice alba que blanca? Pues dice que el crítico su autor se pica de latino y de buscar regodeos en el hablar.

Otra muestra de francés y latín que pasa por castellano: «la tendencia á la fusión de estos géneros se ha ido acentuando». ¡Recórcholis!, ¿eso francés y latín? Todos entendemos la frase. Triste habla la nuestra literaria, que la entendamos los españoles y por castellana la tengamos. Tendencia, fusión, género, acentuar no nacieron acá ni vinieron del habla de los romanos; nos los regalaron los latinistas, tomándolos del Diccionario latino-francés. Lo de acentuarse una tendencia es una raquítica metáfora de escribidores que van á beber su inspiración poética, no en las fuentes de la umbría, sino en la seca prosodia. ¡Bonita fuente de galanas metáforas, la prosodia! Esa y otras francesas de su laya las repetimos á diario, dejando marchitar las ricas y frescas de nuestro pueblo.

«El poeta lírico debe ser un susceptible, en la hermosa acepción de esta palabra». ¿Véis cómo el mal viene de Roma, pero pasando por Francia? ¿Qué dice á la fantasía ese _susceptible_ para ser nada menos que hermoso? ¿Quién sabe si le dió ese epíteto por llevar la contra á Baralt y á todo el mundo, pues todo el mundo siente lo feo de ese galicismo? El poeta siente, es blando, tierno, delicado, sensible, impresionable. Pero estos señores críticos no entienden ni conocen el castellano, y todo lo que leen en francés les sabe á mieles. «Tiende á rebajar el arte _en l’amignonant_, para decirlo con intraducible frase francesa». Este señor debe de ser el único en España que no sabe decir empequeñecer, achicar, apocar, aniñar, amuchachar.

«En un aire de matinée inmundo y equívoco». Cuidado, que no se trata del aire de la mañana, ni del garbo y desenvuelto meneo, que es lo que aire suena en castellano. Un garbo inmundo, sólo le ocurre decirlo á un galiparlante. Aire es, pues, aquí tan puro francés como _matinée_, é inmundo y equívoco son francés y latín. ¡Aire equívoco! El que ha equivocado los aires de su vocación es el que se mete á crítico y pretende escribir artísticamente con esa jerga franco-latina. Á cualquier cosa llaman escribir estos ensartadores de citas francesas.

«O en esta otra, que tanto se le asimila (ó inversamente, á lo cual tanto aquélla se asimila)». Yo no negaré que en el Diccionario oficial se halle el verbo asimilar; pero ¿qué tiene que ver el Diccionario oficial con la lengua castellana? Preguntad en cualquier villorrio de Castilla qué es eso de asimilar, y no os sabrán responder. Pero lo entenderán, me replicará alguno, en las ciudades. Es decir, que ese verbo y otros sin cuento, que andan en el Diccionario, no los entienden en los pueblos, y sí en las ciudades. Señal clara de que hay dos lenguas en España: una la castellana del pueblo, otra la afeada con toda suerte de escorias gálico-latinas, que le han echado encima los cultos y galiparleros. Esas, lacras son, pues, y achaques del castellano. Como necios latiniparlantes los ha habido por aquí á montones, raras serán las palabras latinas que no se les haya ocurrido á uno ú á otro de nuestros escritores de cuenta poner en sus escritos. Ahora bien, en la Academia reina y puja el criterio de tener por castellano cuanto se halle en nuestros escritores más salientes y aun en los que no lo son tanto. Así el Diccionario está encostrado de latinismos, que ocupan el lugar de muchedumbre de vocablos de castizo abolorio, los cuales usan las gentes por toda España y usaron nuestros mismos clásicos. Sólo que el criterio latinista ha sobrepujado allí siempre, y los tales latinistas no tienen oídos para oir lo que no sea claramente latino, y en cambio no se les trasconeja al revisar los libros un solo latinismo, porque andan al husmeo y á caza de ellos. ¿Qué más da decir asimilarse ó decir, como todo español dice, asemejarse, que se derivó de ese verbo latino? Ganas de novelerías sosas y hueras. ¿Por qué no dicen alio por ajo, palia por paja, cilia por ceja? Porque se trata de vocablos caseros y de todos los españoles; y los que afectan latinismos no escriben para todos los españoles, sino para los que saben latín. ¿No fuera, pues, mejor escribirles en latín? Es que no lo entenderían ni ellos sabrían escribirlo. ¿Á qué, pues, esos pujos de escribir en una lengua que ni unos ni otros conocen? ¡Velay! ¡Qué verdad es que los menos entendidos en una cosa son los que más de ella se pican, por ejemplo, los que tanto francés, latín y griego entrometen en sus escritos, á falta de limpio castellano! Dejémosles en esas niñerías de copistas; pero quede asentado que ellas son las que tienen postrada y achacosa la lengua castellana.

[Ilustración]

EL ALMA DE SANTA TERESA EN SU ESTILO Y LENGUAJE

Inteligencia de ángeles había de tener todo aquel que osara tomar la pluma para tratar las cosas de la Madre Teresa de Jesús; labios de querubines el que se atreviera á tomar en los suyos, impuros y terrenales, el nombre de tan excelsa mujer. No sé qué tiene de níveo y delicado, y como si al llegar de las manos hubiese de empañarse, cuanto atañe á las vírgenes, y fuera de la que lo es sobre todas, Teresa de Jesús paréceme un finísimo brillante de los que tachonan el camarín de Dios, tan único y de tan deslumbradoras luces, que siempre tuve á temeridad y caso de profanación tomar sus libros para más de aprender, acatado y tembloroso, de sus celestiales doctrinas. ¿Por dónde íbame á desmandar yo á juzgar con mi mezquino entender nada de lo que á ella tocase? Sobre lo arduo de tan más que humana empresa, viene á acabar de dejarme más embarazado y perplejo el deseo manifestado por S. A. la Infanta de España, Doña Paz, de que escriba alguna cosa acerca del castellano y del lenguaje de la Santa. Yo me siento tan apesadumbrado bajo el peso de esta para mí honrosa carga, pero carga al cabo y á la postre que pesa sobre mis hombros más de lo que ellos sufren, que ruego á S. A. R. y á los demás que me leyeren no reparen en lo descosido y pobre de mis ideas y lo desmañado de mis palabras en trance en que no soy dueño de mis escasas fuerzas para discurrir y hablar con la serenidad y maestría que el asunto pidiera.

Acerca del lenguaje de Santa Teresa pudiera sacarse un juicio claro y terminante de dos premisas que pasan por averiguadas, y no dejan de encerrar, lealmente hablando, ciertos visos de verdad. Conocido es el dicho del gran Emperador Carlos V, bien enterado en los principales idiomas europeos, de que el castellano es la lengua para hablar con Dios. Por donaire pudiera haber repuesto Santa Teresa que, para hablar con Dios, la lengua mejor es la que no habla, la del silencio. Pero demos que también la lengua haya de emplearse en alabar á Dios, como David lo hacía en sus salmos, y la Santa en sus villancicos. Si con Dios se pasaba días y noches la extática Virgen de Ávila conversando con Él familiarmente y mano á mano, como pocos de los más regalados Santos, habremos de inferir que el lenguaje de la Santa, tan hecha á tratar con Dios en la lengua para ello más apropiada, es el más divino y soberano de los lenguajes. Lo cual me ataría á mí de pies y manos si, asiendo desatentadamente de este cabo del hilo, me empeñara en deshilar todo el ovillo, para tornar á enhilar un vistoso panegírico de variados encarecimientos y apasionados elogios, descaminándome así del intento que me he propuesto, de ir á buscar la verdad, fuese cual fuese, en unos escritos cuya más alta virtud y aliciente está, sin duda alguna, en reflejar, como en un limpio y transparente estanque, el alma entera de la más sincera de las santas y escritoras.

El que se pone á escribir va muy puesto en que ha de hablar con la pluma, bien de otra más levantada y elegante manera de como habla á diario con la lengua. Sabe que es un arte dificultoso y muy cuesta arriba, que es un asunto de peso y harto serio eso de dejar estampado su pensar y á la luz del día, su sentir y querer, á merced de todo el que quiera enterarse, y como en testamento imperecedero para los tiempos adelante, abierto á los ojos de las gentes. De aquí que, cuando nos avistamos por primera vez con un escritor, por cuyos libros le teníamos en singular aprecio, suele acontecer llevarnos un solemnísimo desengaño, al ver y tocar con las manos que es un hombre que habla y discurre más ó menos como el resto de los mortales. Derrúmbase de golpe el pedestal, sobre el cual le había encumbrado nuestra fantasía, y si no somos unos necios que le menospreciemos, en lugar de caer en la cuenta de nuestro poco seso, nos persuadimos una vez más de que el escribir es un arte, que dista bastante del palique en que pasamos y divertimos un rato con nuestros amigos, y que, por el mismo caso, hay siempre algo de amanerado y hechizo, que ha de despintar algún tanto el alma del artista, coloreando su natural espontáneo con matices rebuscados y más ó menos ajenos á su ordinaria manera de expresarse.

Santa Teresa es de los raros casos en que podemos quedar seguros no haber entrado á la parte en sus escritos el menor elemento estético allegadizo, convencional ó afectado. Lo que en ellos hubiere de estético, á buen seguro que es de su propio natío.

Menudéase, más de lo que la verdad pidiera, con los escritores, esta mentirosa loa de que escriben como piensan, sin rebozos de postizos afeites. Ello es más raro y dificultoso de lo que cabe pensar. De la Santa no hay duda. No quiere de suyo escribir, ni le pasó en su vida por el pensamiento que lo que á ratos perdidos deja en sus papeles por orden precisa de quien le puede mandar, ha de ir á parar á otras manos que á las de sus hijas, que nada saben de achaque de literaturas. Su escribir es llanamente su hablar.

No busquemos, pues, en sus escritos aquellos exquisitos rodeos y acabadas maneras que pudiéramos requerir y aun exigir en un artista de la palabra. Digo mal. Lo que no le demandaremos será cierto atildamiento retórico, y un no sé qué de recortado, limado y repulido, que en los escritos de algunos autores, por encubierto y bien disimulado que esté, lleva el recuerdo á los afeites que ciertas damas sobreponen á la frescura nacida del cutis. No negaré yo, que cuando en ello ha andado la mano bien amaestrada de algún perfumista consumado, digo de algún maestro del buen decir, no añada algún matiz halagüeño y agradable á los que gustan más bien de apariencias, no pagándose tanto de lo natural, si se nos ofrece menoscabado con las mellas que en hombres y animales, plantas y piedras, echamos de ver á cada paso. Gloria da ver algunas caras así repintadas, mayormente á la luz artificial de calles y salones, y no deja uno de pasmarse de la destreza y artificio del que por tan maravilloso arte manejó pastas y pinceles. Pero los colores y el frescor de rosa en las caras que los llevan cual Dios se las dió, engendran en el pecho un sentimiento algo más hondo y entrañable, que se derrama y desaparece poco á poco y deliciosamente por todo nuestro ser, y nos levanta en alas de ese pío general del alma humana en busca de aquella soberana y no creada hermosura, tan cantada por místicos y poetas, de la cual es sombra y mal rasguñado bosquejo toda otra belleza fabricada por manos de hombres mortales y menguados.