Cabos sueltos: Literatura y lingüística

Part 1

Chapter 13,737 wordsPublic domain

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto sin formatear las palabras en itálicas están indicadas con _guiones bajos_ mientras que las palabras en negritas se indican =de este modo=. Los super-índices se indican de este modo ^{texto}.

La cubierta del libro fue agregada por el Transcriptor y ha sido puesta en el dominio público.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando se imprimió la presente edición. Es posible encontrar palabras que en ese momento tenían una ortografiía que no sigue las reglas actuales de la RAE. Por ejemplo, monosílabos como “fue” y “vio”, en esta obra están acentuados, mientras que en la actualidad se escriben sin acento. Esto se aplica al texto producido por el autor de la obra, Julio Cejador y Frauca. También se adecuó la ortografía de las mayúsculas acentuadas a las reglas establecidas por la RAE.

Sin embargo, en instancias en que el autor cita textos de otros autores el criterio seguido fue el de preservar la forma de escritura original. Es posible que debido a esto se pueda encontrar una misma palabra escritas con ortografía diferente.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice de capítulos, incluido al final en la publicación original, ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.

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JULIO CEJADOR Y FRAUCA

CABOS SUELTOS

Literatura y Lingüística

[Ilustración]

PERLADO, PÁEZ Y COMP.ª

SUCESORES DE HERNANDO

Arenal, 11, y Quintana, 31 y 33.--Madrid.

1907

CABOS SUELTOS LITERATURA Y LINGÜÍSTICA

JULIO CEJADOR Y FRAUCA

CABOS SUELTOS Literatura y Lingüística

[Ilustración]

PERLADO, PÁEZ Y COMP.ª SUCESORES DE HERNANDO Arenal, 11, y Quintana, 31 y 33.--Madrid. 1907

Esta obra es propiedad del autor.

Queda hecho el depósito que marca la ley.

Á MI QUERIDO DISCÍPULO DON JOSÉ ORTEGA GASSET

Allá te van dedicados, mi querido Pepe, esos articulejos, que según iban saliendo en revistas y periódicos con tanto gusto leiste y más de lo que ellos se merecían me alabaste. Niñerías habrán de parecerte ahora, según son de hondas las filosofías en que andas metido por la docta Alemania, y ricas y cada día más nuevas las humanidades que te traen tan sabrosamente entretenido. Pero como lleven alguna doctrina, para aquí algún tanto nueva, me ha parecido recogerlos en un tomito, que, si no á los maestros, pudieran ser de provecho á los que ya comienzan á aficionarse á estas cosas por esta nuestra España. Y ya era hora que retoñase en ella, ó apuntase al menos, algún renuevo de aquellas tan arraigadas aficiones filológicas que dieron lustre á nuestras letras, renombre á nuestros humanistas y donosura á nuestra lengua castellana. Con ser tan corrientes y molientes fuera de aquí las más de mis doctrinas lingüísticas, tiénenlas no pocos por desusadas y aun revolucionarias: tan recio es el tesón de nuestra casta, tan grande el apego á lo que una vez se le asentó, tan no hacedero el desasirla y destrabarla de lo que con empeño aferró y prendió.

Por otro cabo, la gente moza, que siente en el rostro las blandas caricias con que le halagan los aires extranjerizos que corren, más que en el corazón las grandezas nacionales que pasaron y ellos tienen por áurea y embustera leyenda, bien así como tiene por quimera el ver aquel que nació ciego, ó por quijotismos extravagantes cualquier empresa levantada el que se crió con pecho apocado y mezquino, no saben ni quieren apreciar nuestra lengua en lo que se aparta de la francesa, ni reconocer la reciura del sentir y la naturalidad del fantasear de nuestros añejos escritores.

Traer por acá lo bueno de lo moderno y despertar las ganas de conocer lo bueno de lo viejo y castizo, son los dos intentos que, como siempre me he propuesto, espero se dejen traslucir en estos ligeros escritos. En los cuales en lo tocante á la manera del decir no poco te desagradará, como á mí mismo me descontenta, por ser algunos ya trasañejados y de mis primeros escritos. Supla la sinceridad y buena intención mía, y la indulgencia tuya y de mis amigos que los hayan de leer.

Tu siempre afectísimo amigo,

JULIO CEJADOR.

ÍNDICE DE LOS CAPÍTULOS QUE CONTIENE ESTE LIBRO

Pág.

Dedicatoria: á D. José Ortega Gasset v

Lingüística y Filología 1

Estudio del castellano 19

Idolillos de gramáticos 37

Los orígenes de la lengua castellana según un libro reciente 61

Los simbolistas 81

La ironía y el gracejo en los refranes 111

El imperfecto y el futuro de subjuntivo en el «Quijote» 139

La concordancia gramatical en el «Quijote» 159

El mitógrafo D. Estanislao Sánchez Calvo 175

Motes ó apodos 189

Á propósito de un libro 215

Ortología castellana 233

Sir William Jones y Lorenzo Hervás y Panduro 245

El primer Congreso de la Lengua catalana 255

Extravagancias del lenguaje 265

Criterio del casticismo 303

Navarro Ledesma: el hombre y el literato 345

Chocano y los demás poetas jóvenes de América 351

El castellano en América 367

El neologismo 437

El alma de Santa Teresa en su estilo y lenguaje 469

El latín y la evolución del castellano 493

[Ilustración]

LINGÜÍSTICA Y FILOLOGÍA

Ha tiempo que un servidor de ustedes anda buscando en las revistas que se publican en España, ya que buscarlo en los anuncios bibliográficos sería pedir cotufas en el golfo, algo que sepa á esa nueva ciencia del lenguaje que nuestros vecinos los franceses llaman _Lingüistique_; los italianos, más comunmente, _Glottologia_; los ingleses, _Science of language_; pero en balde. Eso sí, se ve estampado en letras de molde, y se oye á cada paso, el nombre de _Lingüística_, y más aún, el de _Filología_; pero ni siquiera parece que se entienden (digo del público en general) estos términos, puesto que se truecan indistintamente el uno y el otro, y suelen aplicarse al estudio práctico de las lenguas ó á las obras que miran á ese blanco, lo cual ni es Filología, ni es Lingüística, propiamente hablando. Fuera de los rótulos en las bibliotecas y de los títulos de secciones en las revistas, donde, de pocos años á esta parte, aparece más á menudo el de _Lingüística_, sin duda por copiar á los franceses, en las conversaciones, y aun en los libros, se halla, sobre todo, el nombre de _Filología_. Todo lo cual da bien á entender que hemos oído campanas; pero..., y que, si del nombre no se nos alcanza gran cosa, de lo que el nombre suena se nos alcanza menos. De los contados escritores que daban alguna esperanza de traernos acá algunas ideas de esa nueva ciencia alemana, á unos hemos tenido la desgracia de perderlos, como Ayuso y Simonet; otros, andan desperdigados, y no hallan favor, ni arrimo, ni medios, ni aun público para emprender tamaña empresa, que lo ha sido siempre en España todo buen deseo de traer algo nuevo.

Cansado, pues, de buscar y de esperar, me he resuelto yo á ser el primero. Voy á darme, pues, el gusto de leer un artículo de Lingüística en una revista española, aunque para ello tenga que escribírmelo yo mismo.

El asunto es muy vago; tan vago, que muchos ni distinguen, como digo, la Lingüística de la Filología, ni podrían declarar buenamente lo que son una y otra; por eso lo he tomado yo también tan vagamente como reza el título del presente artículo. Luego que hayamos echado hoy una ojeada sobre esta nueva región, aunque sea tan ligera como la del turista, que la ve _al vapor_ desde la ventanilla del tren, y después que la hayamos deslindado y dividido en sus términos naturales, podremos estudiarla más en particular, parcela por parcela, si es que los lectores no se cansan, y tampoco yo.

Pero, ante todo, ¿qué se entiende por _Lingüística_ y por _Filología_? Porque, fuera de España, semejante pregunta sabría ya á rancio; pero aquí, ogaño, todavía es pregunta que puede y debe hacerse, y, sobre todo, merece la pena de que se le dé alguna respuesta.

Siempre que he puesto los pies por vez primera en una ciudad, lo primero que he hecho, si mis ocupaciones me lo permitían, ha sido irme á las bibliotecas públicas, como los pretendientes á las porterías, y los que por primera vez llegan á la Corte, á la Puerta del Sol. Y en las bibliotecas me voy derecho á las secciones de _Lingüística_ y de _Literatura_.

Ésta última, en las bibliotecas españolas de provincias, suele reducirse á dos docenas de libros viejos, que tuvieron la dicha de acogerse allí como á sagrado, cuando la exclaustración de los frailes, y á unos cuantos menos de autores modernos, menos todavía de los que de camino se habrán podido ver en el escaparate de cualquier librero. Si los Gobiernos no abastecen nuestras bibliotecas públicas de obras literarias, será, sin duda, porque las tendrán por obras ligeras, que los españoles, según somos hechos, diz que nos damos de preferencia á estudios más serios. Pero, consolémonos, que la sección de Lingüística estará mejor surtida, aunque, al parecer, no es más que una hijuela de la anterior, allá en el último rincón. En ella daremos, de hecho, con cuatro ó diez, ó, si á mano viene, veinte Gramáticas de Ahn, Ollendorf, etc., para aprender á las mil maravillas y _sin maestro_ el francés ó el inglés, por si alguno, aprovechando la serena quietud que allí reina, y la no interrumpida soledad, tan á propósito para el estudio, se decide á frecuentar aquel silencioso cementerio de la ciencia antigua.

También topará allí el sabio con no pocos _Auctores latinatitis_ de las Escuelas Pías ó de otros coleccionistas, y buen golpe de Gramáticas latinas, de esas que corren hoy de texto, y que los muchachos, ratonadas y todo las puntas, y con originales glosas en las márgenes, suelen abandonar en las profanas manos de bedeles ó de ilustrados libreros de viejo. ¡Y sobre todo eso se lee el pomposo rótulo de _Lingüística_ ó el de _Filología_! Gracias que los conserjes, como personas de algún sentido común, al preguntarles por dicha sección, suelen responder con toda llaneza: «De eso que usted busca hay muy poco». ¡Y tan poco!

Con que, á los encargados de rotular los estantes, plúteos y anaqueles de nuestras bibliotecas, si no lo llevan á mal, me atrevería á decirles quedo y al oído, para que no se escandalicen los extranjeros que las visiten: «Pongan todos esos libracos en la sección del desecho ó del rastro; pero, ¡por honra de la cultura española!, no les ocurra llamar á eso _Lingüística_, por más que lean el título de esa sección en algún _Manual del Bibliotecario_, aunque éste sea el del Congreso de los ídem de Bélgica; y mucho menos lo llamen _Filología_».

¿Qué se entiende entonces por _Filología_ y _Lingüística_?, porque ahora lo entiendo menos. Si fuéramos á atenernos á la etimología de estas dos palabras, y no al sentido en que se toman en el mundo literario, que es lo que tratamos de aclarar, no tendríamos poco que reponer. _Filología_ vale _afición al lenguaje_; como _Filosofía, afición á la sabiduría_. Llevado de un sentimiento de modestia, se llamó á sí mismo por vez primera _filólogo_ el eruditísimo Wolf, como por parecido sentimiento se había llamado _filósofo_ el sabio Pitágoras. En otra acepción muy distinta usó el término _filólogo_ Platón[1]; y el de _sofistas_ ó _profesores de sabiduría_, aplicándoselo á sus propias personas, sus conocidos adversarios Protágoras, Gorgias y Compañía.

_Lingüística_ suena propiamente _arte del lenguaje_; pero la _Lingüística_ moderna no es un arte, es una _ciencia del lenguaje_. Para deslindar el sentido corriente que hoy tienen estos dos términos, menester será acudir á la Historia, puesto que histórica es la discusión del valor de cualesquiera términos, y más de los términos de que tratamos.

La Filología y la Lingüística son cosas muy distintas: la primera, es ya de antiguo abolengo, nació en Alejandría antes de la Era Cristiana, aunque tomó nuevos y desusados vuelos, y se la bautizó con este nombre, en Alemania por los tiempos del renacimiento de la Crítica; la segunda, es ciencia de ayer, nació el siglo pasado, de la Filología.

En la época del renacimiento de los estudios clásicos, renovóse, por decirlo así, el de la Gramática greco-latina, como base indispensable para los estudios de Humanidades y Retórica clásica, que tanto empuje tomaron con los bizantinos llegados por entonces á Italia. En aquel movimiento helénico, los ojos se volvieron á la antigua Atenas y á la antigua Roma; la belleza serena del Apolo de Belveder y de la Venus de Milo, los extremados poemas de Virgilio y Homero, las elegantes líneas y el viviente relieve de aquel divino Partenon, que resalta como una síntesis simbólica de la Atenas del siglo de Pericles en el riente azul del cielo de la Grecia, eran el único ideal artístico de aquellos cristianos, que olvidados de las fuentes en que habían bebido sus doctrinas los Santos Padres, abrieron con ansia los ojos á la nueva luz étnica que se levantaba á alumbrar el siglo de los Médicis y de León X, después de una noche de diez y ocho siglos. Todo el afán se ponía en remedar las obras clásicas, y era natural que la institución de la juventud siguiera la norma de los nuevos Quintilianos. Se necesitaba saber manejar el instrumento propio de aquel arte consumado, el griego y el latín; se quería hablar y escribir como Cicerón y Virgilio, como Demóstenes y Homero; así que la Gramática greco-latina y el ejercicio de composición se pusieron en práctica con mayor fervor que en los tiempos de Quintiliano y de Donato.

Pero aquel primer empuje, venido de fuera, sea que lo acabado del modelo hiciera caer el cincel y la pluma de mano de los artistas, desesperanzados de alcanzar lo que ansiaban, sea que la plasticidad y la galanura de la forma no llenase los anhelos que la cultura cristiana, más espiritual que plástica, más subjetiva que objetiva, más lírica que épica, había hecho nacer en los pueblos de Europa, lo cierto es que, llegado á cierta altura de su trayectoria, torció luego el camino, y volvió á entrar en la atmósfera del mundo cristiano.

El alma cristiana se había empapado del lirismo de David, de la profunda y filosófica poesía de _Job_ y del _Cantar de los Cantares_; la elocuencia arrebatadora de los profetas, que lleva en alas de lo sublime misterioso á la vida inmortal y al reino eterno de Cristo, henchía el alma cristiana; y ni los dioses del Olimpo, ni las arengas del Foro lograron otra cosa más que despertarla de su adormecimiento y hacerla volver á la más honda inspiración cristiana, ó, por lo menos, al arte espiritualista del sentimiento, que de ella procede.

Esta inspiración, incubada en el corazón de las razas europeas durante toda la Edad Media, el romanticismo en lo que tiene de sincera aspiración y quitada toda la hojarasca de que hubo de vestirse en un principio, el arte subjetivo del vuelo hacia lo infinito, el arte del corazón, en fin, estalló y prendió fuego á los mismos dioses paganos y al arte clásico que le había servido de despertador.

Tras unas cuantas frías y amaneradas muestras que, más bien como alardes y escarceos de escuela, que como obras imperecederas de un arte espontáneo, dió aquel primer movimiento clásico, el romanticismo, el arte cristiano, brotó como por ensalmo y volvió á recobrar sus antiguos fueros. En vano las vallas francesas quisieron atajarle los pasos: el seudo-clasicismo, en que había de degenerar necesariamente el clasicismo al ser trasplantado entre cristianos, feneció con la mentida pompa de la corte de Versalles para no volverse á levantar jamás.

Á nuevo arte, nuevo instrumento: las lenguas nacionales tomaron el lugar y vez de las lenguas clásicas; porque el hervor y la vida no se dejaban encerrar en aquellas lenguas muertas, que no daban de sí nuevas formas sin mudarse por el mismo hecho y dejar de ser lo que eran bajo el sol de la cultura antigua. La inspiración romántica y moderna rebosaba en aquellos tiesos y viejos moldes, y la Gramática greco-latina sólo se siguió estudiando con la única mira de penetrar en la Literatura clásica, no con el de crear obras artísticas.

Pero precisamente mientras el griego y latín iban perdiendo tierra como instrumentos de hablar y escribir, acrecentábase su valer y dignidad, y hacíanse más fáciles, primero gracias á la Filología y luego á la Lingüística.

El movimiento romántico en las artes, y sobre todo en la Literatura, fué al principio algún tanto brusco y hasta brutal, como el de toda reacción; pero pasados los primeros ímpetus, se ciñó al renacimiento de las literaturas nacionales. Todas ellas, bañadas del espíritu cristiano y fraguadas en el crisol de la civilización europea, hija de ese mismo espíritu, se distinguieron hasta lo infinito por su propio natural, conforme á la manera de ser de cada pueblo. Shakespeare, Calderón y Schiller, nos ofrecen tres facetas muy distintas de un mismo prisma, por reflejar ingenios de pueblos muy diferentes, siquiera todos tres lleven el sello de una misma idea cristiana y de una misma civilización europea.

No paró aquí esta nueva tendencia literaria. Los europeos recorrieron el mundo, se entraron por todos los pueblos y razas, dieron sacomano, una tras otra, á todas las literaturas, y el rico botín tomó el nombre de _Filología_. Verdad es que sus más preciados tesoros el codicioso Renacimiento no los había podido desenterrar en Grecia é Italia: las antigüedades helénicas y latinas, apuradas y acrisoladas con el trabajo de la crítica, con el fehaciente veredicto de la numismática, etcétera, etc., encaminaron más derechamente al filólogo para conocer y penetrar el espíritu de las antiguas gentes y pueblos clásicos, harto más acabadamente que lo que alcanzaron los humanistas del Renacimiento. Pero, fuera de la Europa clásica, los estudios orientales descubrieron nuevos veneros en el hebreo, el siriaco y el árabe, el copto y los caracteres geroglíficos del Egipto; dieron con las desconocidas y no sospechadas lenguas y alfabetos cuneiformes de Besitun, Nínive y Babilonia; llegaron á señorearse de las ricas literaturas persa, china y japonesa; coronándolo todo el trascendental hallazgo de la lengua, de la literatura y de la sabiduría de los indios, que abrió la puerta á la comparación del sanskrit, del zend y de las lenguas europeas.

El estudio de la Gramática, dado de manos por los literatos, cayó entonces en las de los filólogos y más tarde en las de los lingüistas. No sirvió ya de mero instrumento para hablar ó escribir en lenguas muertas, sino para buscar los restos literarios de todos los pueblos de las pasadas generaciones, restos que nos daban á conocer las variadas manifestaciones del ingenio y de la belleza en toda la humanidad, no ya en un solo rincón de Grecia: la Gramática vino á ser el instrumento de la _Filología_. Y mientras la _Estética_ nacía entre las manos de Hegel al abarcar con su mirada los varios monumentos que de todos los rincones del mundo le ponía delante el incansable afán de los filólogos; mientras la _Psicología de los pueblos_ se delineaba ante la vista de los Steinthal y Lazarus al abrazar de una ojeada estos mismos monumentos de la humanidad entera; mientras la _Etnología_ se aprovechaba de los datos aportados por los viajeros y descubiertos en los libros indígenas de todas las naciones; mientras la Literatura se iba embebiendo de todos los colores y matices que le traían las maneras de ver y fantasear de todos los pueblos, ¿quién se iba á entretener en aprender griego y latín para escribir ó hablar con los muertos, sino sólo para entender la Literatura clásica, como se estudiaban el sanskrit y el árabe, el chino y el asirio, el godo y el celta, para seguir el movimiento filológico más universal ó para crear obras de arte, cada cual en su lengua patria, allegando ideas y elementos estéticos de todo el universo? Otro fué, pues, el rumbo de la enseñanza gramatical en Europa, porque otras eran las miras á que se enderezaba, otro el gusto artístico que la dirigía, otro el espíritu que la alentaba.

La _Filología_ es, pues, el estudio de todos los monumentos de un cierto pueblo, mayormente de los literarios, para calar más á fondo en el ingenio y las ideas, en el espíritu y la cultura, en una palabra, en la civilización de ese mismo pueblo.

Pero de la _Filología_ nació la _Lingüística_. Al rebuscar y escudriñar las literaturas y los demás monumentos de las gentes que pasaron con el intento filológico de hacer revivir las antiguas civilizaciones, se preguntó el hombre pensador si no era por ventura el habla el de mayor momento y valía, el espejo que retrataba el ingenio y la cultura de cada raza, el tesoro de todos sus conocimientos é instituciones, la obra de las obras humanas, no sólo como instrumento literario, sino como monumento propio de cada raza y de cada pueblo. «Nada presta tanta luz á la investigación de los orígenes de las naciones, como el estudio de las lenguas», dijo Leibnitz. Y Creuzer: «El lenguaje es el documento más fidedigno de los pueblos». _Die Sprache ist die treueste Urkunde der Völker._ De esta suerte consideraron el lenguaje los fundadores de la Lingüística, Leibnitz, Hervás y G. Humboldt, y creyeron que en su estudio hallarían solución los más intrincados é interesantes problemas de Psicología, de Etnología, de Historia.

De aquí á mirar el lenguaje como objeto propio y particular de estudio, prescindiendo hasta de las luces que su estructura, sus palabras, sus conexiones con otras lenguas podían derramar en las investigaciones etnológicas, psicológicas, en una palabra, filológicas, no había más que un paso. Y ese paso se dió, y lo que antes había sido puro arte, se remontó á la categoría de ciencia, y el estudio de las lenguas, que hasta entonces sólo se emprendía como un medio para ser literato ó filólogo, que sólo era simple instrumento literario ó filológico, se tomó como objeto final y propio, constituyendo _la Ciencia del lenguaje_ ó _Lingüística_.

La Ciencia del lenguaje ó Lingüística prescinde, por lo tanto, de cualquiera aplicación práctica que se quiera hacer de sus consecuencias á las demás ramas de la ciencia. Teniendo su objeto propio, es una ciencia ó arte, de cuyas conclusiones puede valerse el filólogo, ya para conocer el espíritu y la civilización de los pueblos, ya para aprender mejor la lengua que le ha de servir de instrumento en sus investigaciones propias.

El lenguaje es _medio_ para el filólogo y _objeto_ propio de estudio para el lingüista. Además, el filólogo sólo mira al uso de aquella lengua particular que le puede servir para su propósito; el lingüista abarca todas las lenguas en general, aunque se ciña á una sola familia, ó tal vez á una sola lengua; y no para usarlas, sino en sí, en su naturaleza, causas, mudanzas y origen, como término final de investigación. ¿Quién no distingue el oficio del droguero, que echa mano de los cuerpos para otros intentos, y las ciencias Química y Botánica, que se detienen á desmenuzar y estudiar las substancias y las plantas en sí mismas, y no por su aplicación práctica para confeccionar drogas?