Henry VIII and His Court 6th edition
Chapter 2
Aquel acontecimiento no era sólo gloria de Merengueda, sino de toda la redacción. ¡El ministro sabía que El Bisturí le había dado un palo!
Desde entonces siguió pegándole... pero con palo dulce; le llamaba guapo, barbián, buen amigo, generoso, feliz mortal, etc., etcétera.
Cuando oyó todo esto del ministro, Miguel se hinchó de satisfacción y por poco tira de su asiento al pobre Rueda.
-¿Y diga V.; en qué número... salió ese palo? -preguntó Bustamante temblando de emoción.
-En el 24... sí, en el 24 creo...
¡Oh, felicidad! En el 24 precisamente venía un logogrifo suyo cuya solución era Vercingétorix.
¡Era posible que el ministro hubiese leído el logogrifo! ¡Qué honor! ¡Qué diría su mujer cuando lo supiese! Miguel recordó las picardías enigmáticas que había escrito por la mañana en el café y se prometió atenuar los insultos en verso que dirigía al de Gobernación.
Y es más, cuando el coche del ministro volvió a pasar junto a la manuela del Bisturí, Bustamante, sin que lo notasen sus amigos, saludó al señor Romero Robledo con un saludo zurdo y vergonzante, pero lleno de abnegación y desinterés; el ministro no le contestó porque no le vio siquiera. Iba sonriendo, eso sí, pero no a él, no a Paleólogo, sino al universo mundo.
Blindado no trataba a ningún ministro.
Le apestaba la política... Pero también tuvo su saludo interesante.
Una señora de unos cuarenta años, que iba sola en una carretela con escudo nobiliario, triste, aburrida se animó al ver a Blindado, se irguió y le saludó con el abanico y con la gracia del mundo.
Blindado saludó con las líneas quebradas que usaban entonces los pollos elegantes.
Rueda guiñó el ojo a Merengueda, que se puso pálido de envidia.
Miguel, temiendo ser indiscreto, no preguntó nada, pero admiró, desde otro punto de vista, al afortunadísimo Blindado, que no sólo era un gran crítico, sino que se veía saludado de aquel modo por marquesas muy elegantes, aunque jamonas.
-Decididamente -pensó Bustamante imitando el estilo de Merengueda-, estos muchachos son notabilidades y El Bisturí es un periódico de fuste. ¡Oh! ¡Si no hay como la prensa satírica!
Ya cerca del oscurecer se apearon frente al Suizo.
Miguel inmediatamente se acercó al cochero, se impuso y pagó.
-¡De ningún modo...!
-No puede ser...
-¡Cobre usted! -gritó con energía el provinciano, aludiendo al duro que había entregado al asturiano del pescante (perífrasis que prefiero a llamarle automedonte).
-Esti duro non me paez buenu, señuritu...
En efecto, aquel duro era falso, si bien no era el mismo que le había entregado Miguel.
De buena gana hubiera discutido la cuestión Paleólogo, pero le pareció ridículo tener allí a sus ilustres amigos detenidos, llamando la atención por tan poca cosa. Podían pasar el ministro y la marquesa y enterarse. ¡De ningún modo lo consentiría él!
Dio otro duro y el cochero le devolvió una peseta.
El escéptico Blindado cuando ya la manuela había desaparecido, tuvo una duda.
-Mire V. esa peseta... ¡Esa sí que será falsa probablemente...!
Miguel tuvo pronto la seguridad de que era falsa en efecto.
Blindado sonrió con amargura... y cierta satisfacción.
Y Miguel, olvidando aquel par de duros pensó admirado:
-¡Cómo conoce este hombre el corazón humano! Así él seduce marquesas y despelleja autores.
En aquel instante se le ocurrió a Blindado el siguiente galicismo:
-¿Si comiéramos en el Inglés?
La proposición fue aprobada por unanimidad, pero se le impuso una condición a Bustamante: que no había de pagar él por todos.
-¡A la inglesa! -exclamó Ruedita.
-¡A la inglesa! -repitió Blindado con menos fervor.
-Bueno, señores, no se hable de eso -respondió Paleólogo, sonriendo con malicia, que daba a entender su oculto pensamiento: pagarlo él todo. Estaba decidido a hacer carrera por allí, por la prensa satírica, y no vacilaba en sacrificar un billete de cien pesetas, que destinaba a aquella comida magna. Él había oído decir que muchos ricachos de pueblo se habían hecho hombres en Madrid sin más que dar banquetes a los personajes. Pues él quería hacer lo mismo.
Subieron a los comedores, buscaron un gabinete para cuatro cubiertos y el mozo les preguntó, con un aire de gran señor que desorientó a Bustamante:
-¿Cubierto?
Rueda y Merengueda se miraron vacilantes, pero Blindado, águila en ciertos asuntos, sobre todo en el conocimiento del corazón humano, como había pensado muy bien Bustamante, se apresuró a decir:
-¡No, hombre, no! Trae la lista.
A Miguel le extrañó que Blindado tutease al camarero de las patillas, y se dijo: -Estos hombres audaces son los que suben. ¡Cuánto daría yo por atreverme a tutear a ese... señor mozo!
El comedor en que estaban tenía su diván y espejo rectangular, de cajón en semejantes lugares comunes. Pero a Bustamante le pareció aquello un lujo superior a los propios merecimientos. El diván ancho y bien mullido le parecía un incentivo demasiado fuerte de la voluptuosidad. Cuando le dijeron que allí se comía con amiguitas y que aquellos nombres inscritos en el espejo con diamantes eran de las palomas torcaces que solían acudir al reclamo de una buena mesa, Paleólogo sintió vacilar el edificio de sus creencias morales de provinciano morigerado. Ya desde su pueblo traía el proyecto vago, indeciso, de ser infiel a su esposa una sola vez, no por nada, sino por ver de todo, por saber lo que había adelantado la civilización en cierto ramo que en su tiempo estaba muy atrasado. Aquel diván y aquel espejo le recordaron su plan en boceto de infidelidad transitoria.
Trajo el camarero la lista, que estaba en francés de folletín traducido.
Blindado puso el tarjetón en manos de Miguel diciendo:
-Que escoja el señor; es su derecho de forastero.
Miguel se puso colorado y el consabido sudorcillo de las situaciones apuradas comenzó a inundarle el cogote.
Él había traducido francés, en otra época, había leído el Telémaco y algo del Gil Blas... Pero temía que la lengua del vecino imperio, como él llamaba a Francia, y eso que hacía algunos años de la caída de Napoleón, temía que la lengua del vecino imperio se le hubiese ido de la memoria.
Lo primero que vio fue la lista de los vinos, porque había empezado por el reverso.
Pidió tres o cuatro châteaux, por lo pronto. Después se limpió el sudor con el pañuelo y volvió a la carga. Todo lo que veía tenía nombre de vino; además lo decía arriba: Vins, y esto significaba vinos o él había olvidado el francés. -Pues, señor -pensaba entre congojas-, ¿si será moda ahora emborracharse con toda clase de vinos y no comer?
-Señores -dijo en voz alta-, esto me parece demasiado egoísmo; a mí me gusta de todo, escojan ustedes.
Entonces Blindado tomó la lista, le dio la vuelta y pidió de lo más suculento y sabroso, nombrándolo en francés y preguntando a cada plato a Miguel:
-¿Le gusta a V. esto?
El otro aprobaba sin entender palabra. ¡Diablo de francés! Aquello no era lo que él había leído en el Telémaco... écrevisse... asperges. El sabio Fenelón no decía palabra de estas cosas. Indudablemente, las lenguas cambiaban, como todo. Afortunadamente él, Miguel Paleólogo, se tenía por hijo de su siglo y estaba dispuesto a comer todos aquellos que se le antojaban neologismos franceses, y hasta dispuesto a pagarlo.
Se comió bien; con los mariscos se ensañó Blindado, que tenía proyectos trascendentales. Comieron ostras, langosta, langostinos, calamares, todo ello regado con los vinos correspondientes. A mitad de comida, Miguel, que había perdido el miedo y se ahogaba en sudor, tuteó al mozo para decirle:
-Oye, tú, ¿hay encendida por ahí alguna estufa?
El mozo sonrió, dando a entender que comprendía el chiste. Miguel creía en la estufa oculta.
-La estufa la tienes tú aquí, troglodita -dijo Blindado, dando una palmadita familiar en el abdomen, respetable al fin, de Bustamante.
Y acercándose al oído del provinciano le dijo algo que le obligó a mirar al diván con ojos llenos de lujuria.
-¿Odaliscas, eh? ¡Ah, pillín! -gritó entre carcajadas grotescas el hombre de las charadas.
-¡Cuidado! -dijo Ruedita, en voz baja, a Blindado.
-¿Por qué?
-Porque me lo vas a emborrachar de veras.
-¿Y qué?
-¡No hay que abusar! -advirtió con gravedad de borracho prudente Merengueda, que comía y bebía más que todos y estaba muy pálido.
Muy bien le pareció a Bustamante lo de tomar helado antes de terminar la comida; era cosa nueva para él semejante intermedio, pero lo reputó excelente.
-¡Y mi mujer -pensaba-, que nunca da leche merengada a los chiquillos si no han hecho antes la digestión! ¡Qué preocupaciones hay en los pueblos!
-¡Preocupaciones! -siguió reflexionando-. ¡Quién sabe, después de todo, si esto de la fidelidad conyugal será también una preocupación! Después de todo, la moral es relativa, como decía hoy este talentazo de Blindado en el café.
-¿Odaliscas, eh? ¿Con que odaliscas? -repitió en voz alta, riendo como un fauno.
-¡Hola, no le ha caído en saco roto! -dijo el crítico, que aproximó su silla a la de Miguel.
Hablaron en voz baja.
Rueda y Merengueda conferenciaron también.
A los dos les daba la borrachera por la prudencia. Rueda decía:
-¡Esto es abusar! Ese Blindado cree que por venir de provincias es tonto mi amigo... ¡Quiere explotarle y degradarle...!
-¡Es un cínico! ¡Esta comida le va a costar un dineral! ¡Ha pedido de lo mejor! -respondió Merengueda, serio y sin perder bocado.
-¿A quién le va a costar un dineral?
-A Blindado... ¿Pues a quién? Ya que él la pidió así, que la pague; yo no traigo aquí más que dos duros...
-¡Pues lo menos nos sube a cinco por barba!
-¡Y ese otro bestia ha pedido tanto vino...!
-¡Y caro...! Yo traigo seis pesetas.
-¡Pues que pague Blindado!
-¿Con qué?
-¡Qué sé yo!, con las costillas... ¡yo no pago! -y Merengueda comía, serio, taciturno, pálido, olvidado de que era un humorista de fondos políticos.
Blindado, levantando el gallo, decía:
-¿Pues qué duda tiene? La moral es relativa... tienes razón, Miguelito; has coincidido con Pascal; verdad aquí... error al otro lado de los Pirineos. El hombre es naturalmente lascivo, el pudor en la mujer, una convención... Las mujeres de unas islas... las islas... las islas... en fin,
Más allá de las islas Filipinas.
Pues bien, las mujeres de allí se arrojan al agua para acercarse a nado a las naves de los europeos y ofrecerles su cuerpo a cambio de abalorios, pañuelos de seda y otras baratijas...
-¡Así se abrió España al cartaginés! -observó Bustamante, satisfecho de haber colocado oportunamente una cita de primeras letras.
Blindado y Miguel Paleólogo quedaron en que la moral era relativa y en ir aquella noche a visitar a varias damas de las Camelias, irredimibles y hasta empeñadas.
Cuando llegó la hora de pagar, Bustamante se impuso. Estaba bastante borracho para no admitir competencia. Gritó, insistió en pagar él solo, cuando ya nadie le llevaba la contraria. Entregó, sin saber lo que hacía, un billete de cien pesetas, y el camarero le devolvió unas cuantas en una bandeja plateada. La bandeja deslumbró a Paleólogo, que se guardó aquellas creyendo que eran un dineral.
-¡La propina, hombre! -le advirtió Blindado.
-¡Ah, caballero, usted dispense...! Toma -añadió, recordando que debía llamar de tú al mozo. Y le dio un reluciente Amadeo.
-¿A dónde vamos? -preguntó Rueda en la calle.
-¡Hombre! Vamos a ver a esas señoras... amigas de... -dijo como pudo Miguel.
-No -observó Blindado-, has de saber, compadre, que en la alta sociedad no reciben tan temprano. Ahora vamos al Real. Allí verás marquesas llanas y populares que no vacilan en codearse con cualquiera. Iremos al paraíso, que es donde están esas marquesas de incógnito. Nuestro traje no nos permite presentarnos en las butacas; los palcos por asiento son cursis... Vamos al paraíso.
-Sí, sí, vamos.
Miguel había oído en su pueblo que en el paraíso se juntaba lo mejor de Madrid; que iba allí cada marquesa y cada duquesa, así, como quiera, de trapillo. A él se lo había dicho un gobernador de provincia, que también asistía al paraíso cuando era gobernador cesante, y no se avergonzaba; iba, también, como un cualquiera.
Rueda y Merengueda, que tenían la borrachera antipática de la prudencia, dejaron solos a Blindado y Paleólogo.
-¡Nos lavamos las manos! -dijo Rueda.
-Eso es -añadió Merengueda-, no queremos ser responsables de las picardías de ese tuno.
Rueda hablaba de pedir una satisfacción a Blindado al día siguiente. Le había secuestrado al amigo, al probable protector de El Bisturí.
Miguel llegó con su nuevo Mentor madrileño al paraíso del Real.
-Sobre todo no seas tímido -le había dicho Blindado, por la escalera, que no se acababa nunca-. No seas tímido; aquí todo se hace al vapor, el amor inclusive. Siéntate junto a una chica guapa, que probablemente será hija de un título. Oprímala usted; si ella resiste al palo... písela usted el pie. (Volvía a darle tratamiento de usted.)
-¿Y si ella está en el banco inferior?
-Entonces le pisa usted una mano... Es decir, eso no; en fin, la topografía dirá a usted cómo y cuándo ha de pisar o tocar, o lo que sea.
-Sentémonos aquí, que se domina el escenario.
-No, señor, eso es cursi. No hay que ver, sino oír. Los inteligentes, los críticos nos sentamos aquí abajo.
Paleólogo siguió a su amigo a los bancos inferiores. Se sentaron en la sombra. Desde allí no se veía más que el cielo mitológico y la gradería paradisíaca. Pronto comenzó la orquesta a hacer temblar el aire. Se trataba del Rienzi, de Wagner. Paleólogo estaba aturdido con tal estrépito, y grande fue su asombro al ver levantarse a todos los de aquel banco, que eran, sin duda, los inteligentes, y gritar como energúmenos, enseñando los puños y los bastones a los dioses del techo:
-¡Más tambores! ¡Faltan tambores! ¡Se defrauda al público! ¡Más tambores!...
-¡Más tambores! ¡Dios mío! -pensaba Paleólogo-. ¿Para qué querrán tanto parche estos caballeros?
Lo que es no entenderlo: él creía que sobraban tamborileros. No tardó en olvidarse del arte para no pensar más que en una joven rubia que tenía cerca de sí, a su espalda, la cual ya le pisaba los faldones del chaquet. Era muy blanca y muy relamida, y Bustamante la tuvo por duquesa desde la primera mirada con que ella se dignó favorecerle, al volver él la cabeza para contemplarla. De mirada en mirada, el provinciano iba perdiendo la poca cabeza que le quedaba, y sin encomendarse al diablo (que a Dios no había de ser), se atrevió a pisar un pie diminuto, de la duquesita; pero se lo pisó con la mano, que todo era pisar, tratándose de Paleólogo. No había otro modo. Calló la niña y no retiró aquella monada, que tenía entre dedos gordos y blandos el atrevido lugareño.
-¡Esto es hecho! -pensó Paleólogo-. Aventura tenemos. La duquesa de Pinohermoso, pongo por pino, se ha prendado de mí... Perdone mi mujer, pero esto honra a la familia. Además, la moral es relativa y en Madrid es cursi andarse con repulgos.
Y atreviéndose más, tocó el elástico de la bota de la duquesa (que traía botas con elástico). Todavía calló la aristócrata.
A Miguel le daba vueltas el paraíso delante de los ojos... Se ahogaba... no sentía más que una audacia sin límites... Puso la mano sobre un tobillo redondo, tentador... y acto continuo creyó que le habían roto la espina dorsal, merced a un puntapié que la duquesa tuvo a bien aplicarle, salva la parte, con toda la energía de su pudor sobresaltado.
La duquesita le llamó sin vergüenza y mal cabayero y le preguntó retóricamente que por quién la había tomado, añadiendo que si estuviese allí su papá... Pero estaba la mamá, que llamó a Alfredito, un novio para la niña, sentado un poco más arriba. Alfredito desafió in continenti al provinciano, entre los siseos del público. En el escenario andaban a sablazos con gran estrépito también. Miguel aceptó el reto sin ver, oír ni entender; creía que estaba loco, y escapó de aquellos bancos perseguido por los silbidos del público inteligente. En el entreacto, Blindado salió en busca de Miguel, le dijo que no valía la pena abroncarse por tan poco. Aquella señorita no era duquesa, sino hija de un empleado en consumos, una cursi de las pocas que se deslizaban entre la buena sociedad del paraíso. Por eso ella había gritado. Cuando diera con una verdadera señora, vería Paleólogo cómo no se quejaba por mucho que él se insinuara.
Sin embargo, Bustamante se juró a sí mismo no insinuarse más, y se fue a los bancos altos de la izquierda (del espectador), para contemplar a su gusto a la familia real, que estaba en frente, allá abajo, en su palco de diario. Tomó unos gemelos de alquiler y embelesado admiraba al rey, a la reina y a las infantas. Un profundo sentimiento de amor a la monarquía y a la dinastía le embargaba el alma; la música hacía mayor su entusiasmo. El rey tomó unos gemelos muy grandes, paseó la mirada por el teatro, y... ¡oh, placer! se le antojó mirar hacia arriba... ¡Paleólogo creyó que le miraba a él y que le miraba con fijeza!... No, no debía de ser a él... ¡pero sí... era a él!... En rigor, no era un desconocido, así, en absoluto, para Su Majestad. Al pasar el tren real por el pueblo, siendo Paleólogo concejal, había saludado a Su Majestad en la plataforma del wagón... y el rey se había sonreído e inclinado la cabeza... como ahora... También se sonreía ahora.
-¡Oh, no cabe duda, es a mí!
Y Paleólogo saludó a S. M., que ni siquiera veía al ex concejal.
El entusiasmo dinástico le duró hasta el final de la ópera. Contemplando estaba a sus anchas, con los ojos metidos por los cristales de los gemelos, cómo la familia del monarca se despedía del público, a los acordes de la marcha real, cuando oyó dos silbidos a su lado, muy cerca y toses y otros ruidos subversivos... Volvió la cabeza indignado, ardiendo en celo monárquico y se encontró con un guardia de orden público que, sujetándole por el cuello de la camisa le intimó la rendición de su persona con todos sus derechos ilegislables.
-Todos los de este banco... desde aquí... hasta aquí... ¡presos!
-¡Pero, señor!...
-¡Silencio!
Y la autoridad, en forma de media docena de polizontes, llevó al mísero Paleólogo a la prevención, en compañía de otros seis malhechores, todos estudiantes menos él.
-¡Blindado! -gritaba Miguel al bajar aquella escalera que había subido lleno de ilusiones.
Pero Blindado no aparecía.
Durmió en la prevención el mísero Bustamante. Así pasó su primera noche en Madrid.
Y al día siguiente, tuvo que salir desterrado a Guadalajara, con otros estudiantes.
La Correspondencia lo decía: «Don Miguel Bustamante, alumno de la facultad de Medicina; Don Pedro Pérez, de la de Farmacia, y Don Antonio Gómez, de la de Ciencias, han sido desterrados a Guadalajara a consecuencia del escándalo del Teatro Real, de que ya dimos cuenta a nuestros lectores».
Los primeros días de su destierro en Guadalajara se aburrió mucho Miguel Paleólogo. Su carácter de víctima de nuestras disensiones políticas, le tenía muy orgulloso y descontentadizo. Hablaba poco con la patrona, nada en la mesa, iba al café y pedía su veneno correspondiente por señas, y sin decir una palabra pagaba.
Empezó a escribir sus memorias para entretener sus ocios.
Un extracto de aquel diario nos ahorrará muchos párrafos de soporífera narración.
Copio:
«Guadalajara es un poblachón que yace bajo el poder de un militarismo invasor.
»No se ve más que capotes azules y franjas de pantalón partidas en dos.
»Me han presentado en el café a varios caballeros alumnos de la Academia de Ingenieros. Simpatizamos.
»Presentación en el Casino. No hay más que caballeros alumnos. Un joven toca el piano... con los tacones y las espuelas.
»Me va gustando Guadalajara. Los paisanos me llaman ya el ingeniero, por mis relaciones con el elemento militar. Después de todo, los ejércitos permanentes son una necesidad.
»Velita, que es el diablo y además una cosa que llaman aquí perdigón, es mi íntimo amigo.
»Velita me aconseja que enamore a doña Nicolasa, que ignora mi estado. Cierto que la moral es relativa, como decía muy bien Blindado, pero, ¿y si don Serapio, el hermano de doña Nicolasa, averigua mis planes y me desloma?
»¡Dios mío!, ¡en buena me he metido! ¡Un desafío con doña Nicolasa!, lo que yo me temía. Leo lo escrito y enmiendo: el desafío no es con doña Nicolasa sino con don Serapio, su hijo, digo, su hermano. No sé lo que me escribo. ¿Por qué sería doña Nicolasa tan sensible y yo tan calavera y tan... tan... tarantán? ¡A buena hora mangas verdes!, después del burro muerto...
»Leo lo de mangas verdes y no lo borro porque me he propuesto escribir en estilo familiar y decir todo lo que siento, confesar mis debilidades y darme bombo siempre que lo merezca, como lo hacía J. J. Rousseau.
»Me he portado bastante bien sobre el terreno. Don Serapio me pidió una explicación y yo se la di por consejo de Velita. Pagué la cena para todos aquellos señores y ya no se hablará más del asunto. Pero permítaseme consagrar un suspiro a la memoria de estos amores efímeros y dulces, y a la de su víctima propiciatoria, como creo que se dice, aunque no estoy seguro. ¡Ay, pobre Nicolasa!
»¡Gran éxito! En la tertulia de las de Pintiparado hemos representado charadas Velita y yo, con acompañamiento de caballeros alumnos y señoritas de la localidad y de Marchamalo. Yo he representado varias fábulas de Esopo. Dicen que el asno lo figuraba tan bien que no me faltaba más que rebuznar. No, y yo hubiera rebuznado, pero la charada clásica debe ser muda.
»Me ha llamado a su despacho el señor gobernador. Tengo un poco de miedo, aunque poco. ¿Será por lo de doña Serapia, digo, Nicolasa (¡ingrato!) o será por causas políticas?
»Era por causas políticas. Mis charadas de El Bisturí me han comprometido. Se me sigue causa en rebeldía y el gobernador me entrega al juez, que me entregará a la guardia civil.
»¡Yo sí que voy a entregarla de esta!
»¡La gloria es un martirio! La Academia en masa me ampara y pide al gobernador casi amotinada, que aplace mi prisión... pero a mí no me llega la camisa al cuerpo. Esos caballeros alumnos, cuya buena intención agradezco, pueden empeorar mi causa.
»El gobernador acaba de acceder a la petición de los ingenieros y se dará en el teatro esta misma noche una función a mi beneficio. Yo representaré charadas y haré de hijo en Verdugo y sepulturero. Después, saldré entre civiles del teatro. Definitivamente, soy un mártir de las ideas y un genio. Lo de genio no se lo diré a nadie por ahora, pero lo soy...
»Necesito coordinar mis ideas... ¡Qué emociones!... El teatro lleno de uniformes... la escena llena... de roses... En cuanto yo exclamé: Yo derribo una cabeza siempre del primer hachazo...
los caballeros alumnos, como otros tantos caballeros energúmenos, se levantaron, locos de entusiasmo, y a gritos, a palmadas, hasta sablazos creo, improvisaron la ovación más descomunal de todos los siglos, por lo menos de todos los siglos en que ha habido ingenieros militares. ¡Qué entusiasmo! El tablado se cubrió de roses, después se cubrió de caballeros alumnos. Velita me quiso ahogar en un abrazo.
»Me sacaron en procesión por las calles.
»El gobernador mandó a los civiles para rescatarme... Palos, sablazos, tiros... ¡qué sé yo! Dormí en el calabozo de la Academia. Aquello fue una equivocación, pero dormí dentro del fuero militar.
»Al día siguiente comparecí ante el director de la ilustre escuela. Era un brigadier medio ciego, muy ordenancista y de muy malas pulgas. Me llamó caballero alumno y me mandó arrestado, mientras se me formaba sumaria. Creyó que era yo ingeniero. No me permitió sacarle de su error y fui arrestado en nuevo calabozo.
»Ocho días después, salíamos desterrados para Andalucía 'varios alumnos de la Academia de ingenieros militares, entre ellos el Sr. D. Miguel Paleólogo Bustamante, complicado en otras causas políticas'. Al menos así lo decía La Correspondencia.
»Yo me encontré, de justicia en justicia, entregado a la de mi pueblo. Entré en mis lares en calidad de estudiante, periodista y caballero alumno de ingenieros, desterrado por causas políticas.