Henry VIII and His Court 6th edition

Chapter 1

Chapter 14,167 wordsPublic domain

¡Pero, señor, si él no lo negaba, si ya sabía que tenía razón su mujer! ¿Que la plaza estaba por las nubes? ¡Claro! ¿Que todo costaba el doble de lo que valía tres años atrás? ¡Cierto! ¿Que un padre con tres hijos de pocos años y de muchos dientes, no podía consagrarse al arte poco lucrativo, aunque muy honroso, de hacer charadas en verso, ora improvisadas, ora discurridas si tenían intríngulis? Corriente. En todo eso estaba él, y ya había escrito tres cartas al señor López, el diputado, pidiéndole un destino; por cierto que López no le había contestado a ninguna... Pero que se respetase su vocación. ¡Qué mal hacía él a nadie descifrando logogrifos y discurriendo otros muchos más complicados! La vocación no se discute. Él había nacido para aquel género de literatura y había que dejarle en paz o lo echaba todo a rodar, y se comía a sus propios hijos con dientes y todo, como el dios Saturno de la mitología.

Su primer hijo era hija y se llamaba Paz, pero Bustamante la llamaba mi primera; y a Gil, que seguía, le llamaba mi segunda y a María de la O, mi tercera.

-Bustamante -le dijo una noche su mujer, que le llamaba por el apellido y ya estaba hasta el moño de charadas-, es necesario que vayas a Madrid y le saques a López una credencial aunque sea de las entrañas.

-Sí, esposa mía, estoy conforme; me trasladaré a la capital, veré a López y si no me da eso, le pondré en los Pasatiempos del Eco de los Pósitos como chupa de dómine con esta charadita, que se me ha ocurrido ahora: Prima es neutro, aunque te asombre, mi segunda pega bien, y mi todo es un mal hombre que me la pega también.

-¡Bustamante! Para no decir más que tonterías... más vale que te duermas. (Estaban en el lecho nupcial).

-Bueno, esposa mía, pues en tal caso, la solución en el número próximo; quiero decir que hasta mañana.

Y dio media vuelta y se quedó dormido.

Pocos días después llegaba a Madrid nuestro Bustamante, que se llamaba Miguel Paleólogo, según él, aunque lo de Paleólogo no estaba en el calendario y sí en la historia bizantina. Pero creía Bustamante que Paleólogo era el apellido de un San Miguel no Arcángel. De todas maneras, él llegó a Madrid en el tren correo, a las ocho de la mañana.

Su mujer le había recomendado que fuese a parar a la misma fonda de López, aunque le costase muy caro este lujo. El propósito de doña Pascuala era que su Miguel, su Bustamante, como ella decía, se agarrase a los faldones del diputado desde el ser de día hasta las altas horas de la noche, que eran para doña Pascuala las diez. Prometió Miguel a su esposa hacerlo como ella pedía, pero en cuanto llegó a la corte, donde no había estado hacía diez años, le entró mucho miedo a todo lo grande, y la fonda cara se le apareció como un Medina Zara, como un palacio de cristal, y el diputado López como un sátrapa de siete colas (apéndices que él atribuía a los sátrapas).

No se atrevió a entrar en la gran fonda y dio al cochero las señas de la de Pepito Rueda, un estudiante de su pueblo, más andaluz que su padre, que era de Utrera. Pepito Rueda era muy amigo de Bustamante, que le doblaba la edad; pero consistía el aquel de la amistad en que ambos eran de genio alegre y amigos de la literatura, cada uno según sus posibles. Pepito mojaba algo en varios periodiquitos satíricos de la corte. Escribía unas crónicas del Senado llamando animales a todos los senadores desde el marqués de la Habana para abajo, y, es claro, el director del periódico le quitaba de las crónicas los insultos, que él llamaba las ocurrencias, y además no le pagaba.

Con la influencia que se ha visto que Rueda tenía en la prensa, había conseguido publicarle a Bustamante más de una charada en los diarios y revistas de Madrid. Bustamante estaba muy agradecido a Rueda, por más que también por su propio mérito tenía Miguel de par en par abiertas las columnas de varios periódicos. Esta frase, que repetía sin cesar, parecíale muy elegante y fue grande su asombro cuando en cierta ocasión le convencieron de que las columnas no tenían para qué abrirse y menos de par en par. Lo cierto era que él desde el pueblo había empezado a mandar la solución de la charada y del logogrifo y hasta del salto de caballo al Almacén de las modas, al Correo elegante, a La Camelia, periódicos de señoritas, y al Eco de los Pósitos. Al principio, aunque la solución fuese la que él decía, no le contestaban los periódicos, pero después... ¡Ah! Qué emoción tan pura, tan intensa la suya cuando leyó por vez primera en el Eco de los Pósitos lo siguiente: -«Correspondencia particular. Sr. D. M. P. B. Ha acertado usted. El todo es Carratraca, pero los versos de usted no se pueden publicar, porque el chiste que V. emplea al descifrar algunas sílabas no es del gusto del público moderno».

La Camelia era más lacónica y más elocuente, decía: «El Sr. D. Miguel Paleólogo Bustamante de... nos envía la solución de la charada del número anterior: Bobadilla. Dice así:

»Mi primera y mi segunda es defecto personal, y mi segunda primera ante una moza con sal... Así empieza tu charada y veo con claridad que prima y segunda es boba y así, puedo continuar. Tercia y segunda es cantante -pero escribiéndolo mal-. ¿Y prima y cuarta se come?, pues no me diga V. más. El todo es una estación... Bobadilla... claro está».

No ocultaba Bustamante que le costaba mucho trabajo hacer estos versos y otros por el estilo, y si no se hubieran inventado los ripios los hubiera inventado él para salir de tamaños apuros. Y aquí me permitiré una digresión a la retórica y poética de este literato de su pueblo, digresión útil porque pinta la manera de matar versos que tienen muchos escritores de cabeza de partido. Bustamante, considerando que el escribir versos era operación que hacía sudar y llegaba a calentar la cabeza, creía, lleno de lógica, que el mayor mérito de un verso (vulgo poesía) estaba en que fuera muy grande; cuantos más renglones mejor. ¿No tiene más mérito un andarín que anda cinco horas sin descansar que otro que sólo ande tres horas? ¿No apuestan los andarines a quién aguante más? Así era Bustamante, un poeta de resistencia; y así creía él que debían ser los poetas. El cambiar de metro se le antojaba una abdicación. Nada de redondillas (que además nunca le salían a derechas), romance y tente tieso; pero romance con un solo asonante (él no lo llamaba así) aunque fuese más largo el verso que de Gibraltar a Madrid.

Ahora sí, eso de que habían de estar mal los romances si caían en copla completa (consonante) le parecía a Miguel una barbaridad, con permiso de Ruedita. El que las palabras acabasen con las mismas letras, exactamente, ¿no era mérito mayor?, ¿no tenía más dificultad?, pues cuantos más consonantes en el romance, mejor. Sin saber por qué, prefería los romances agudos, porque el recurso de los verbos en infinitivo (si era en a, e o i el romance) le parecía muy útil, y cuando no bastaba eso, valía aquello de: Zas, ya, ¡tras!, ¡ah!, ¡quia!, ¡voto va!, pues, ¡eh!, ¡pardiez!, en fin, grano de anís, ¡por San Gil!, y otras interjecciones y frasecillas por el estilo.

Bustamante, como íbamos diciendo, en vez de ir a la fonda de López buscó la posada de Rueda y sorprendió al literato estudiante en el lecho, tres horas escasas después de haberse acostado el autorcillo satírico, que trasnochaba, por no ser menos que otros.

-¿Quién está ahí? -gritó asustado Rueda, que tenía la mala costumbre de cerrar su cuarto por dentro.

-¡Soy yo! -le respondió-. Mi primera en el pentagrama, mi segunda un senador, (si se le pone una diéresis) de varias obras autor.

Quería decir Mi-Güell... y Renté.

Pepito abrió, y volvió corriendo a meterse en la cama.

-¡Arriba, perezoso! -gritó el del pueblo, dejando una maleta sobre la cómoda, una manta de viaje sobre la mesa de escritorio, un paraguas sobre una silla y la sombrerera sobre la cama.

Rueda no protestó: pero no quería levantarse; le hacía daño madrugar.

-¿Cómo se entiende? ¡Arriba!

Y ¡cataplum!, el robusto autor de charadas cogió el colchón por una punta, dio un tirón y Pepito vino al suelo. No había manera de ofenderse. Así las gastaban allá. La verdad era que el empingorotado López no hubiera sufrido una broma de este calibre.

Almorzaron juntos y temprano, después de lavarse y cepillarse el del pueblo. Se le ajustó lo más barato que se pudo un cuarto con vistas a un pasillo que comunicaba, aunque no directamente, con una galería, y allí se acomodó el buen provinciano que tenía la convicción de que en Madrid todos viven así, apretados y a oscuras, y por esto no se quejó. ¡Para lo que él pensaba parar en casa!

-¿El café lo tomaremos con esos señores, por supuesto? -dijo después de almorzar Bustamante, que había encontrado el vinillo bueno y no se lo había escatimado por aquello de que lo mismo pagaba bebiendo mucho que bebiendo poco.

Esos señores eran los redactores del Bisturí, periódico en que a la sazón escribía el empecatado Rueda. Los redactores del Bisturí eran varios estudiantes -in partibus infidelium-, de la facultad de Medicina.

El Bisturí hablaba de política, de teatros, de todo, y especialmente tenía por objeto desacreditar -si tanto podía-, a los altivos catedráticos de San Carlos que osaban dejar suspensos a los malos estudiantes, aunque fuesen periodistas. Rueda era el único redactor no técnico como él decía, del periódico. Se le había buscado por su gran fama de escritor satírico y por sus ideas materialistas, demostradas en varios ataques humorísticos al culto y al clero. Esto último no le gustaba a Bustamante, fervoroso creyente, aunque no fanático, porque en él la religión era una necesidad de artista; creía por temperamento; sin un ideal no comprendía la existencia. Y al decir esto, suspiraba mirando una guitarra que también había traído consigo. En fin, lo mejor era la tolerancia, y él perdonaba de buen grado a los señores redactores del Bisturí su falta de principios religiosos, en gracia a la sección de «Charadas y acertijos» que publicaban en la cuarta plana.

Pepito advirtió que los literatos no iban al café tan temprano.

-Bueno, pues entonces iré yo antes a ver a ese López, que tiene que sacarme un destino. Espérame tú en el café, y yo iré a eso de las dos para que me presentes a esos jóvenes ilustres.

Salieron de casa juntos y en la Puerta del Sol se separaron. Bustamante bajó por la calle del Arenal. Iba hacia la casa de López como si lo llevasen al matadero; se paraba ante todos los escaparates. En la vidriera de un café vio colgados de un cordel varios periódicos. El Bisturí estaba entre ellos. Sintió cierto orgullo. ¡Él, que acababa de llegar del pueblo, era amigo de los que escribían aquel papel impreso! ¡Había almorzado con uno de los redactores! El viejecillo que vendía los papeles no pudo notar la sonrisa de lástima con que le estaba mirando Miguel Paleólogo. Compró El Bisturí y entró en el café. ¡Qué diablo! Tiempo había de ver al señor López, que después de todo, no escribía en los papeles ni hablaba en el Congreso ni era tan gran personaje como creía su mujer.

-¿Qué quiere el señorito? -le preguntó un mozo distraído. Bustamante quiso cerveza. Mala hora para tomar cerveza, pero no encontró en su memoria bebida más propia de un literato, como él era sin duda y cada vez más.

-¿Quién sabe -pensaba, mientras ponía cara de vinagre a la cerveza que tragaba-, quién sabe? Acaso mis relaciones literarias me sirvan mejor que López para mi pretensión. Donde menos se piensa... Y esta prensa satírica... influye mucho. Tal ministro que se ríe de todas las minorías, tiembla ante una caricatura o ante unos versitos satíricos de pie quebrado. Es muy posible que El Bisturí tenga más influencia que López.

Y para matar el tiempo en vez de ir a visitar al diputado, pidió papel y pluma y se puso a escribir.

No a su mujer, no. Escribió el nombre y apellido de los ministros y comenzó a manchar el pliego con versos, encima de los cuales puso: Anagramas políticos.

Así esperó la hora de ser presentado a los satíricos del Bisturí.

Cuando Miguel Paleólogo Bustamante llegó al café en que se reunían los redactores de El Bisturí, que era el Suizo Nuevo, ya los ilustres periodistas, satíricos como diablos, estaban alrededor de una mesa discutiendo, como de costumbre. Rueda los había enterado de las condiciones físicas y morales de su colaborador el de las charadas, y como notara que sus compañeros insistían en tener en muy poco al mísero provinciano, para hacerle valer recurrió a una mentira que le pareció inocente. Les dijo que era rico, y muy capaz, si allí halagaban su vanidad, de subvencionar El Bisturí, que se moría de hemotisis.

La presentación se hizo con solemnidad. Rueda estuvo en ella muy digno y serio como un introductor de embajadores. Era el muchacho andaluz de la clase de los sosos y tristones, y en su candidez, vecina de la pobreza de espíritu, propendía a mirar todas las cosas por el lado serio, que podían no tener siquiera.

Bustamante no trató ni un momento de ocultar que estaba conmovido, realmente conmovido.

En él las impresiones fuertes se traducían en un sudor copioso y de mal tono que bajaba por la frente hasta el tejado de cejas y pestañas; en una sonrisa de barro cocido, toscamente modelado, y en un ceceo tartajoso que inspiraba compasión, quitando al más cruel las ganas de burlarse.

Los redactores de El Bisturí supieron apreciar en lo que valía la humildad del provinciano, y después de significar que era ya de la mesa, que se le admitía allí como un ingenio colaborador, siguieron las disputas interrumpidas.

Bustamante colocó su taza de café en una esquina de la mesa, juzgando que harto honor era para él disponer de tan reducido espacio; se sentó al sesgo, para tomar menos sitio, y se juró en el fondo de su «fuero interno» pagar todo el gasto aquel día. Oía y callaba, y decía a todos con la cabeza que sí, que era como ellos aseguraban, aunque se contradijeran. De vez en cuando, si la discusión se acaloraba y no temía ser oído ni visto, se acercaba a su amigo Rueda y le decía en voz baja, casi por señas a veces: -¿Quién es este?

-Este que habla tan bien, ¿quién es? -preguntó primero, señalando a un joven alto, de barba negra, de buena figura, pero insulso de expresión, lacio y repugnante, porque se hacía vivaracho y gracioso cuando la pereza meridional estaba pintada en todo él pidiendo a voces silencio, reposo, vida de vegetal, nada de excitaciones cerebrales.

-¿Ese? Ese es una notabilidad -respondió de buena fe Rueda, al oído de Miguel-. Es Merengueda, que ha escrito ya un artículo en Los Lunes de El Imparcial, unos versos en La Ilustración y todo lo que ha querido en La Raza Latina y La Moda Libre.

Paleólogo se volvió para contemplar a Merengueda a su talante.

-Sí, sí, me suena -dijo.

Merengueda era el redactor principal de El Bisturí, escribía los artículos de fondo, que tenían que ser muy intencionados, sátiras como cantáridas, y de un estilo muy alegre, familiar y... vamos, barbián como decían ellos.

Merengueda (que se llamaba Narciso), tenía la desdichada habilidad de asimilarse (frase suya) todas las muletillas de moda en los periódicos festivos que él admiraba e imitaba. Como en los artículos de esos periódicos no solía haber más gracia que la de un estilo plebeyo, chabacano, desaliñado y caprichoso, plagado de idiotismos necios, de giros y vocablos puestos en uso por una moda irracional, poco trabajo le costaba al satírico de El Bisturí parecerse hasta igualarlos a los humoristas de otros papeles muy leídos y acreditados. Por lo cual los amigos de Merengueda le tenían por un Fígaro en ciernes.

Para comenzar su artículo tenía siempre una muletilla que usaba sin conciencia de ella, creyendo que cada vez se le ocurría por la primera y que tenía gracia y originalidad.

«Pues, señor, el gobierno nos quiere hacer felices, y... ¡nada!, hay que dejarle pasar con la suya; porque, lo que digo yo, señores...». Así empezaba un día el artículo.

Y otro día: «Pues, señor; que el gobierno se quiere quedar con nosotros».

Y otro: «Pues, señor; que el gobierno es un barbián».

Y cuando no era pues señor era decididamente.

Aquello de empezar por decididamente se le antojaba a Merengueda un recurso del mejor gusto, porque parecía como que se seguía hablando... de lo que no se había hablado todavía.

A estas y otras tonterías del satírico, que debía vender dátiles, las llamaban sus admiradores «sencillez, naturalidad, facilidad».

-¡Qué fácil es el estilo de Merengueda! -decían.

Y sí era fácil, ¡como que así puede escribir cualquiera! Las ideas del redactor en jefe (pero sin subordinados) de El Bisturí corrían parejas con su estilo. Pensaba a la moda, y con la misma desfachatez y superficialidad con que escribía. Era materialista, o mejor positivista... Que no se le hablase a él de metafísica; la metafísica había hecho su tiempo, decía con un horroroso galicismo.

Había otro redactor de El Bisturí que se pintaba solo para criticar a todos los autores y artistas del mundo.

Era el primer envidioso de España, y en su consecuencia se le hizo crítico del periódico. Lo mismo hablaba y escribía de teatros, que de novelas, de poesía lírica, de historia, de filosofía, de legislación, de pinturas, de música, de arquitectura y diablos coronados.

Se llamaba Blindado y lo estaba contra todos los ataques de la vergüenza que no conocía. Hablaba en el Ateneo, donde se reía de Moisés y de Krause. Para censurar un libro que tratase materia desconocida para él (cualquier materia), comenzaba por enterarse de la ciencia respectiva por el mismo libro, y después de deberle todos sus conocimientos sobre el asunto, insultaba al autor, en nombre de la ciencia misma y le daba unas cuantas lecciones aprendidas en su libro. Si el caso era criticar un cuadro, recurría al tecnicismo de la música, y hablaba de la escala de los colores, del tono, de una especie de melodía de los matices, de las desafinaciones, de las fugas de color; pero si se trataba de música, entonces recurría a los términos de la pintura, y decía que en la ópera o lo que fuese, no había claro-oscuro, que la voz del tenor era blanca, azul o violeta, que las frases no estaban bien matizadas, que la voz no tenía buen dibujo, etc., etc. Todo lo decía al revés. También era positivista.

Los demás redactores de El Bisturí eran de las mismas trazas. Para ellos no había eminencia respetable, trataban al Himalaya como al cerrillo de San Blas.

-Ese Campoamor está chocho -decía uno.

-¡Don Federico Rubio! ¡Don Federico Rubio! Un buen cirujano, pero no es profundo, y además es poco atrevido.

-¡Encinas! Encinas comparado conmigo es como un arbusto, como oleaster.

-¡En España no hay poetas!

-¡En España no hay médicos!

-¡En España no hay chicha...!

-¡Ni limoná!

Bustamante oyendo estos y otros disparates, y con algunas copas de cognac en el cuerpo, estaba como quien ve visiones y muy colorado. Se limpiaba el sudor del robusto cuello con el pañuelo y pensaba:

-¡Señor, si tan poco valen Campoamor, Encinas, Rubio... qué poquita cosa debe de ser mi señor López el diputado...! Decididamente no voy a visitarle. Aquí hay que darse tono.

Y acercándose a Rueda otra vez, le dijo en voz baja:

-Oye, tú, ¿qué opinan estos señores de López... el diputado de allá...?

Lo oyó Merengueda y gritó:

-¡Valiente animal!

-¿Quién? -preguntó Blindado.

-López, el andaluz.

-¡Oh, qué bruto!

-¡Qué zángano!

-¡Un paquidermo!

-¡Un rinoceronte!

Bustamante se puso como un pavo y dijo con tono humilde:

-No crean ustedes... también allá le tenemos por un mequetrefe... Yo no pienso pagarle la visita. ¡Es un avestruz!

-¡Un dromedario! -repitió el coro.

-Eso le decía yo a mi mujer... ¡Un dromedario!

Aquella tarde lo pagó todo, como se había ofrecido, el colaborador de las charadas.

Protestaron por fórmula algunos de los presentes, el mozo vaciló breve rato y por fin cobró.

Notó Bustamante que en aquel momento todos le miraron a él con respeto, con asombro pudiera decirse, y, mientras se ponía muy colorado, sintió una vanidad infinita.

A la puerta del casino se despidieron algunos redactores del Bisturí. Paleólogo bajó por la calle de Alcalá con Rueda, Blindado y el satírico Merengueda.

Tomaron una manuela cerca de la Cibeles y como sardinas en banasta se fueron a pasear al Retiro.

Bustamante no conocía el paseo de coches, y al llegar a la explanada, cerca del invernadero, donde se abre el horizonte como si allí debajo estuviera el Océano, al ver los perfiles de los coches de lujo destacarse sobre el cielo azul, se sintió en un mundo mejor y se le figuró que no mucho, pero algo, se fijaba en él la atención de todos aquellos señores y señoras que se dejaban arrastrar a paso de tortuga, tan serios, tan silenciosos como si el ceremonioso paseo fuera parte de una solemnidad religiosa, del dios del lujo y de la moda.

Cada vez se le iba subiendo más humo a la cabeza, y con esto y el mareo de la cerveza y el cognac y el ruido y movimiento de los coches, se puso medio borracho, muy contento, sin saber por qué, y empezó a ver visiones; se le imaginaba que Merengueda y Blindado eran dos grandes literatos que iban llamando la atención, y que él, que les había pagado el café y los acompañaba en aquel simón descubierto, también iba camino de ser un personaje.

Y tal es la perversidad humana y tanto deslumbran las grandezas de la tierra, que Miguel Paleólogo tuvo que reprocharse el criminal pensamiento de pesarle que allá en el pueblo quedasen una esposa y varios hijos, como otros tantos eslabones de una cadena y ser un hombre en aquel Madrid, como Merengueda y Blindado lo eran seguramente.

Pero Miguel no tardó en desechar tan repugnantes ideas y sentimientos y experimentó en breve la saludable y moral reacción de un cariño tierno y acendrado a los pedazos de su alma que había dejado en Andalucía. Entonces preguntó a Rueda (que iba a su lado, sentado en la ceja de la asendereada manuela):

-¿Cuánto costaría poner casa en Madrid, con mujer y tres hijos?

-Hombre... un Potosí. En Madrid la vida es muy cara...

-Sí, ya sé... ¿pero cuánto?

-Además... todo es relativo...

-Sí, ya sé... ¿pero crees tú, que... con veinte mil reales al año...?

-¡Absurdo! -gritó Merengueda, que en aquel momento saludaba a un señor que lucía un carruaje de mucho lujo, lacayos de librea oficial y un soberbio tronco.

-¿Quién es ese? -preguntó por lo bajo Miguel a Rueda.

-El ministro de la Gobernación -contestó Pepito con afectada sencillez, como si a cada momento saludasen ellos a un ministro.

-Ni con treinta mil, si es que quiere usted comer principio, puede vivir en Madrid -añadió Merengueda, como dando más importancia a la conversación que al incidente del saludo ministerial.

-Ya metí yo la pata -pensó Miguel-, ¡cómo ha de parecerle bastante dinero mil duros a un hombre a quien saluda con la mano y sonriéndose el ministro de la Gobernación!

-En rigor, eso mismo le decía yo al diputado López -continuó Bustamante, mintiendo como un bellaco-; él me decía que bastaría aquí un destino de veinte a veinticuatro... pero yo le contesté que menos de dos mil duros... nada.

-¡Y eso para vivir con hambre! -advirtió Rueda.

-¡Lo absurdo es poner casa! -dijo Blindado.

-Aquí no se debe vivir con familia y menos con casa puesta, a no ser millonario... porque entonces se puede tener otra casa fuera de casa.

Rueda rió la gracia. Merengueda dijo sonriendo:

-No está mal.

Y Miguel Paleólogo tuvo la virtud de pueblo de no comprender el chiste.

-¡Qué barbián es ese Paco! -dijo Merengueda, que deseaba volver a lo del saludo del ministro.

-¿Qué Paco? -preguntó Bustamante.

-Romero Robledo.

La mayor gloria de Merengueda era haber dado la mano cinco o seis veces al señor Romero Robledo: había tenido también el honor de que el ministro en persona le hubiera pedido cierto artículo diciendo:

-Pollo, quiero ver ese palo que V. me pega en El Bisturí... Creo que tiene mucha gracia y a mí me gusta ver el talento, aunque sea en el enemigo...