Chapter 2
¡Qué pena! Ella me gustaba con una ternura que tiene nubes en el cielo de la infancia. Esas nubes llegan lentas, mansas, ingenuas; cuando queremos acordar están por encima de nuestras cabezas en el cielo y en el día claro de hoy. Su alma era clara y su picardía ingenua y entregada. Aquellas piernas gruesas, rollizas, como las de un niño que no sabe que son así, en la inocencia de no saber cómo es, cómo es para nosotros, llena una pequeña porción de espacio en el mundo, en el que lo sentimos sólo con su gracia tan tierna, tan ignorante de sus torpes desproporciones que nos tienta a quererlo más y a protegerlo más. Ella tenía algo de eso. Yo había sentido un poco –un poco no más– [de] recogimiento antes de traicionar esa inocencia indefensa y hasta ponerla en la situación de que ella traicionara a su vez al inocente de la canoa, llevada por la sugestión de un juguete nuevo como el que sería yo. También había en mí celos tristes provocados por él. Si ella hubiera sido menos indefensa o hubiera dado esa impresión (la de ser menos indefensa, como algunos intelectuales que presentan batalla a la cabeza y uno por eso los cree más responsables y fuertes) no me hubiera importado nada. Y menos por él que cambiaría fácilmente de compañera de canoa. Todo aquello era feo por la forma en que tendría que hacer nido yo, y tal vez por eso me fui. Pero apenas desprendido sentí que la dejaba sola; rápidamente todo se empezaba a hacer recuerdo embadurnado de angustia dulce. Traté de dar otra dirección a mi pesada y torpe angustia; entonces pensé en la novedad de la ciudad vista de nuevo con sus recuerdos llenos de Eutilodia. ¿Todavía no tendría tiempo de correr, hacer algo, y decirle a ella, a Trisca, cualquier cosa? ¡Qué vergüenza! Además la angustia presente era perezosa. Salí por la portada exterior de la aduana y detuve mi rueda-equipaje ante un kiosco –antes no estaba– y compré el diario verdoso que tanto me había gustado leer en aquella ciudad. Casualmente había nada más que ejemplares de ese diario, mi diario predilecto. La mujer que despachaba tenía un brazo y mano como si hubiera sido untado de pomada verde, y el otro azul. Saqué de mi cartera en bandolera un billete de cinco unidades. Me empezó a dar el cambio y tenía las uñas llenas de números, menos en los anulares que estaban completamente limpios de pintura y de números. Me llamó la atención que el cambio me lo empezara a dar en moneditas de centipartes y tendría que cargar una enormidad de ellas. Con cara adusta le fui a pedir otro cambio, y al agachar la cabeza para mirar por debajo de la ventanilla me veo espantado a Eutilodia. Gozaba inmensamente en mirar la idiotez de mi cara. Yo dejé por broma esa máscara un buen rato, y detrás de ella aproveché para pensar un poco en Trisca y en la cara distinta que ahora tendría Eutilodia si supiera.
Categoría:Cuentos de Felisberto Hernández