Buenos Aires, a fines del siglo XIX
Chapter 2
Las iglesias, emplazadas en las calles, son muy parecidas entre sí. Generalmente ostentan en su fachada multitud de estatuas de estuco, y los campanarios y cúpulas están cubiertas de azulejos de Talavera, azules, rosados y blancos, constituyendo una alegre nota de color en medio de la uniformidad de las casas. Inútil es decir que esas iglesias son de construcción española.
Recuerdo de nuestra dominación es también la Aduana, de planta circular, cuyo origen se remonta a los primeros tiempos del coloniaje.
Los Bancos ocupan todos suntuosos edificios modernos, en las calles nuevas, distinguiéndose sobre todos el de Carabassa, notable por su estilo corintio, según se cultiva hoy, aplicado a las necesidades del siglo xix.
Honor grande resulta para la capital argentina que sean, sin embargo, sus mejores edificios, no precisamente los consagrados a Pluto (no confundirlo con Pintón), o a Mamón, o dígase a Mercurio, sino los levantados a Minerva; y, en efecto, no cabe mayor suntuosidad que la que ofrecen los magníficos palacios llamados la Escuela Sarmiento, en la calle del Callao; la Escuela Normal, en la calle de Córdoba; la Escuela Graduada de Niñas, en la plaza de Lavalle; la Escuela Petronila Rodríguez, en la que están instalados en Consejo de Instrucción Pública y el Museo Pedagógico, figurando entre los mejores edificios de Buenos Aires, pues rivaliza con el Palacio del Gobierno, la Bolsa y la Estación del Sur.
Pertenece la Escuela Petronila Rodríguez al estilo Renacimiento alemán, y es tan grandiosa en sus proporciones como imponente en su aspecto. La fachada está superiormente desarrollada, lo mismo que el soberbio ingreso, estando divididas las ventanas por bien esculpidas cariátides y revestida toda ella de elegantes adornos. Desgraciadamente, el material empleado es la piedra artificial o el cemento, que nunca pueden resistir bien la destructora acción del tiempo y de la intemperie, ni aun gozándose de tan suave clima como el de Buenos Aires.
La Escuela Petronila Rodríguez es debida a la munificencia privada, pues debe su existencia a un legado hecho por la digna señora cuyo nombre lleva. Echemos ahora un vistazo a los paseos. El de Julio, en el que se levanta la fachada principal de la Casa Rosada, es el punto de reunión de los desdichados atorrantes, 6 emigrantes tronados, viniendo a ser como una especie de calle de Sevilla en materia de sablazos. Menos peligroso es el Jardín de la Recoleta, muy bien cuidado, en el cual se admira una preciosa cascada artificial de enorme coste; pero nada admite comparación con el famosísimo Palermo (oficialmente, Parque del 3 de febrero), situado al N., cerca del río.
Es Palermo el Bois de Boulogne de Buenos Aires, llegándose a él (pues se encuentra extramuros) por la avenida de Alvear, una de las soberbias calles nuevas de la capital. Esta avenida, como la de la República, la calle de Juncal, etc., es una especie de trasunto de nuestras calles de los ensanches de Barcelona, Madrid, Bilbao, etc.; es decir, que hay de todo, como en botica, codeándose el pompeyano con el gótico alemán, el rococo con el renacimiento italiano, el renacimiento francés con el corintio clásico. En punto a materiales, como no es posible emplear piedra de sillería, los arquitectos italianos, que son los que suelen hacer aquello, se valen de ladrillos y hierro, disimulados por medio del estuco. Es decir, como en Europa. En cambio, brillan por su ausencia el estilo árabe y el plateresco.
Pero hablemos ya del Palermo. Este parque, pues, está muy bien trazado y cuenta con suficiente profusión de árboles, arbustos, plantas y flores. Las dos avenidas de Las Palmeras y los Abetos son vastas, espaciosas y majestuosas, dándose cita allí toda la high life bonaerense, que luce sus magníficos carruajes y sus soberbios caballos europeos. El paseo es en invierno de cuatro a seis, y en verano por la noche, a cuyo efecto dichas avenidas están iluminadas por la luz eléctrica. Lo mismo que en el paseo de Carlos III de la Habana, son raros los paseantes de infantería. En cuanto al lujo de los trajes femeninos, es... ¡la mar!... a l'instar de París.
Al norte de la ciudad se encuentran también los dos hipódromos bonaerenses, el Argentino y el Nacional, dispuestos de la más perfecta manera y con acertada comprensión del elemento pintoresco. "Hay en invierno carreras todos los domingos y días de fiesta—dice un viajero— en uno u otro de los hipódromos. Las reuniones están organizadas por un Jockey Club que lo dirige todo e impone las formalidades y el aparato acostumbrados de las reuniones europeas. Los argentinos se han dado desde hace algún tiempo a comprar en Europa muchos caballos pur sang. Tienen ya un studbock y caballerizas muy bien montadas." Diversión que se ha propagado mucho es la del juego de pelota, siendo varios y lujosos los frontones que hay en Buenos Aires. La concurrencia es siempre numerosa, no cediendo en nada el entusiasmo que despiertan los buenos pelotaris en la capital Argentina al que suscitan en los frontones peninsulares.
En punto a teatros, bien puede asegurarse que pocas ciudades cuentan relativamente con tantos: Ópera, Politeama, San Martín, Doria, Onrubia, Nacional, Variedades, Pasatiempo, Florida, etc., etc.
No podría decir gran cosa de la Ópera, como no fuese que es un edificio vasto, cuya fachada da a la calle de Corrientes. Añadirla, además, que el espectáculo está subvencionado por el Gobierno. Estos datos resultarían muy incompletos, dada la importancia del asunto, y por lo mismo me haré eco de lo que escribe el citado M. Child: "El vestíbulo —dice—es espacioso y está bien ventilado; la escalera, de mármol, tiene pretensiones a la magnificencia; el foyer, recargado de ornamentaciones, no es de buen gusto. Los salones son de bellas proporciones, profusamente guarnecidos con cortinajes de peluche, divanes y sillones de molduras doradas. Las paredes están decoradas con adornos de estuco y plafones encuadrados en molduras, con una yuxtaposición de los más crudos tonos rojos, verdes, azules y amarillos que sea capaz de combinar juntamente pintor toscano. Todo eso es demasiado voyant, demasiado chillón, demasiado hecho para atraer las miradas.
La sala, blanca y oro con papeles y sillones rojos en los palcos, es grande y bastante cómoda. Desgraciadamente, no se puede calentarla; y como el invierno es de cada año más riguroso en Buenos Aires, público y artistas sufren de frío. El mismo inconveniente existe en otros teatros, y aun en todas las casas viejas particulares de Buenos Aires, donde son desconocidas igualmente estufas y chimeneas. La Ópera da representaciones excelentes, para las cuales se contrata a los cantantes más célebres y más caramente pagados. El repertorio comprende todos los éxitos consagrados de los últimos cincuenta años: Il Irovatore, Rigoletto, Carmen, La Traviata, etc., y Gli Ugonotti, de la cual ópera son apasionados los argentinos y tiene siempre un lleno. El público habitual se viste algo en demasía; quisiérase menos joyas y piedras preciosas. Los aplausos no indican un gusto muy delicado. Saludan, sobre todo, las notas altas, los gritos prolongados y las voces de estentor. Los críticos no encuentran mayor elogio que hacer del tenor Tamagno que alabar su garganta de cobre... Durante la temporada de 1890, siendo el precio del oro, por término medio, 230, pagábase una butaca en 25 duros papel, y había cuatro representaciones por semana."
En la misma calle se encuentra el Politeama, mayor aún que la Ópera, y que bien podría citarse como uno de los teatros mejor trazados y más cómodos, sin que, por lo que he visto, se le pueda criticar en punto a excesiva ornamentación. Al contrario: no se ve asomar por ningún lado la menor pretensión arquitectónica. En ese teatro suelen dar sus representaciones las compañías extranjeras, habiendo trabajado en él Rossi, la Duse, Coquelin, Calvo, etc. Precio de la butaca: 10 duros papel.
Nuestros apreciables zarzueleros monopolizan los teatros Nacional, Daría y Onrubia, donde suele acudir mucha concurrencia, y los italianos se instalan a su vez en el Jardín de la Florida y San Martín. Todos esos teatros son bonitos y cómodos, aunque pobremente decorados. Los calaveras tienen para su uso particular Variedades y Pasatiempo, que pertenecen a la categoría Folies Bergéres.
Terminaré lo relativo a los teatros diciendo que, lo mismo que en Montevideo, la cazuela está exclusivamente destinada al bello sexo; piadoso resabio de nuestros gallineros, derivación a su vez del circo romano. Ya en la cazuela, puede estar seguro la bella aficionada que no habrá allí ningún hijo de Adán, de lo cual se vengan los pollos (zambullidores en Buenos Aires) colocándose a la puerta de la escalera para echarles requiebros, o lo que sea, a las que prefieren la cazuela al palco. Distracción grata a los sietemesinos bonaerenses, que siguen en eso las costumbres de sus colegas españoles, es la de situarse de 5 a 10 en la acera de la calle Florida para ver pasar las buenas mozas. La calle Florida viene a ser la Carrera de San Jerónimo de Madrid, o la calle de Fernando de Barcelona, encontrándose allí los comercios más lujosos: joyerías, quinquillerías, sastrerías, zapaterías, sombrererías, modas, restaurants y, sobre todo, la famosa Confitería del Águila, donde se va a comer dulces y a tomar una copita o un refresco.
La confitería ocupa los bajos de una casa cuya fachada es de mármol blanco, y se instala a su puerta lo más pschutteux de la juventud dorada, echando flores a las mujeres qué pasan por la acera de la estrecha calle, lo cual se llama en Buenos Aires hacer la vida de confitería y de vereda.
Centro de los más encopetados es también el Club del Progreso, cayos socios pasan de 1,200. Los otros casinos son el Jockey, el Oriental, el Club del Plata, la Unión Argentina. Los extranjeros tienen un magnífico casino en la calle de Rivadavia, fundado en 1841, con un personal de más de 600 socios. Hay además distintas sociedades de recreo de españoles, franceses, italianos y alemanes. Los Montepíos y demás asociaciones benéficas de las diversas colonias son ricos y están perfectamente organizados.
Los citados casinos dan de vez en cuando suntuosos bailes. En cuanto a su marcha ordinaria... es como la de todos los casinos, si bien la sala del crimen es mucho más anchurosa y se ve más concurrida que en los nuestros.
Cafés hay más de doscientos; pero ninguno se recomienda por sus comodidades. Depende esto de que en Buenos Aires no se va al café a hablar o leer los periódicos, sino d tomar, y, por lo mismo, no tienen el carácter que en las naciones latinas. En cambio, tienen todos una gran sala de billares, habiéndolos que cuentan con 40 mesas.
En punto a tipos pintorescos, no deja buenos Aires de tener bastante cantidad de ellos muy característicos: el lechero, vascongado casi siempre, avecindado en los arrabales, encaramado sobre sus jarras, hechas de duelas. Aparte de esto, así como en las ciudades españolas recorren las calles, a ciertas horas, las burras de leche, o las cabras, recórrenlas en Buenos Aires las vacas lecheras, seguidas de sus becerros, deteniéndose delante de las casas, donde se las ordeña. Hay además en la ciudad muchas lecherías, o tambos.
Tipos curiosos asimismo son los mozos de cordel, o changadores, vascongados también, por lo general, y de honradez a toda prueba; los pescaderos, que, como en ciertos países del Asia, llevan su mercancía colgada de una pértiga; los limpiabotas, italianos, por lo regular; los chicuelos que venden periódicos; los organilleros; los vendedores de hortalizas y de frutas; músicos ambulantes; mendigos; carreros, que guían enormes carretas arrastradas por dos o tres yuntas de bueyes, y cien más que se encuentran igualmente en todas las capitales populosas, sin olvidar los sablistas. En cuanto al aspecto de los transeúntes, vestidos con ternos de procedencia europea, vese predominar el tipo español y el tipo italiano.
La actividad comercial de Buenos Aires se ejercita especialmente en los negocios de banca y en los de importación y exportación, interponiéndose entre el comerciante y el comprador el despachante de aduanas, que encuentra inmenso campo a su misión gracias a las múltiples formalidades que, lo mismo en la Argentina que en la Oriental, exigen las aduanas. No se puede formar idea de la complicadísima tramitación a que está sujeto el embarque o desembarco de las mercancías, siendo indispensable, para no perder tiempo, confiar este cometido a los citados despachantes, enterados, como es de su deber, de las innumerables diligencias, pasos y documentos requeridos.
No abundan menos los agentes de vapores, cambistas, corredores de fletes, comisionistas, subastadores, etc. Como dice muy bien un viajero, "el movimiento y la actividad del puerto, de los depósitos, de la Bolsa y de las calles comerciales de la capital argentina son positivamente maravillosos; no se podría encontrar análogo ejemplo más que en los grandes puertos de comercio de Europa."
Llaman la atención preferentemente los corralones de madera y las ferreterías. Véndense en los primeros no sólo vigas y tablones, sino también columnas, jácenas y tirantes de hierro, con tanto exclusivismo empleados hoy por los arquitectos de Hispano-América y de España. En cuanto a las ferreterías, algunas de las cuales están instaladas en vastas y lujosísimas tiendas, despachan todo lo referente a quinquillería, colores, barnices, papeles pintados, cristales, marcos y molduras, etc.
Entre los comercios al por menor ocupan el primer lugar los dedicados a la venta de artículos de lujo, siguiendo luego los bazares, bisuterías y tiendas de comestibles. El bazar Ciudad de Londres llega a rivalizar con el mismísimo famoso Louvre de París, haciéndole la competencia Le Bon Marché de la calle Florida, soberbio edificio de nueva construcción.
Abundan las joyerías (cuarenta o cincuenta), aunque menos que en Montevideo, luciendo magníficos surtidos, incluso en relojes y cronómetros. Los joyeros montan ellos mismos los brillantes, perlas y piedras preciosas, pudiendo asegurarse rotundamente que ni los joailliers de la Rue de la Paix, ni los jewellers de Regent Street llegan a competir con los de Buenos Aires en punto a presentar los más deslumbradores escaparates, donde no sólo aparecen joyas de valor inmenso, sino también jarros, vasos, jofainas y hasta ¡vasos de noche de plata maciza. Las tiendas de artículos de lujo son también vistosísimas, conteniendo los más llamativos y caprichosos articles de Milán, Venecia, Génova, París, Londres, Viena: suntuosas vajillas, mantelería riquísima, guarnecida de encajes, objetos de laca, grabados, muebles esculpidos, estatuitas de bronce, mármol y terracotta, acuarelas, abanicos, sombrillas, espejos, cajas y neceseres, porcelanas de la China y del Japón, álbumes, cofrecillos, objetos de escritorio artísticos, etc., etc. Algunas de esas tiendas venden a subasta, dos veces por semana, llevándose la preferencia los objetos más suntuosos y efectistas, en su mayoría italianos.
(1) Lo mismo podríamos decir de la catedral de Burgos o de los edificios mudejares (Alcalá, Guadalajara, Sevilla, Zaragoza; que nos quedan. O. V. R.
Nota: se han modernizado algunos acentos.
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