Buenos Aires, a fines del siglo XIX

Chapter 1

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Las comunicaciones entre Montevideo y Buenos Aires son incesantes, pues no solamente cruzan de continuo el Plata los grandes trasatlánticos que, con destino a la capital argentina, hacen escala en la capital uruguaya, sino que hay también un servicio de vapores fluvial, los cuales tienen la ventaja de que fondean en los mismos docks, evitándose así el pasajero la molestia y el gasto de tener que desembarcar en guadaños o lanchas.

Esos vapores, propiedad de La Platense, son de ruedas; calan poco, y su forma es parecida a la de una canoa; hacen la travesía entre Montevideo y Buenos Aires, y suben hasta el Paraná, el Paraguay y el Uruguay, ríos todos ellos cuajados de bancos de arena, por lo cual es sumamente conveniente su disposición. Las cámaras y camarotes son lujosos hasta el exceso; tienen todos luz eléctrica; y en cuanto al servicio, puede pasar, relativamente.

El trayecto entre Montevideo y Buenos Aires es de 120 millas; sálese a las cinco y a las siete de la tarde, y llégase a su destino a la mañanita siguiente. La travesía, hecha de noche, en nada se diferencia de un viaje por mar. El Plata, en efecto, tiene 40 leguas de anchura en su desembocadura, y 8 leguas entre los dos citados puertos. No se tarda, pues, mucho en perder de vista la tierra, no viéndose sino el cielo arriba, y abajo el agua oscura, arrastrando troncos de árboles y grandes entretejimientos de yerbas. A veces es tanta la cantidad de éstas, que parece el Plata como sembrado de praderas notantes, o camalotes, como dicen los naturales.

Llegado el vapor, antes de !a salda del sol, a la Dársena meridional, salta en tierra el viajero, toma un birlocho, y llega al cabo de media hora al mismo riñón de la capital argentina.

Como las fondas no suelen ser ningún modelo de comfort, lo mejor es hospedarse en alguna casa amueblada e ir a comer al restaurant o al café, habiéndolos muchos y buenos en el barrio del Comercio. Descuellan entre todos el Aue Keller, de estilo neogótico alemán a guisa del famoso Rathhauskeller de Berlín; el indispensable Café de París, el Criterion, etc. A la verdad, puede asegurarse que, en cuanto a restaurants, no tiene nada que envidiar Buenos Aires a las más adelantadas capitales de Europa. La concurrencia suele ser casi toda hombruna y extranjera, prefiriendo los hijos del país alojarse en las fondas.

Lo primero que sorprende al recién llegado es ver cuán estrechas son las calles y bajas las casas. Las primeras no suelen tener más de 13 metros de anchura, y las casas constan, en su mayoría, de un solo piso. En cambio, por mucho que haya abultado en su imaginación la idea del tráfico rodado y pedestre, verá que la realidad excede a cuanto pudiera presumir. No se ha visto pueblo más atrafagado, más cruzado de tranvías, carros, carruajes y carretones, resonando de continuo los cuernos de los conductores y cocheros. El empedrado es de granito, pero lleno de baches, que dan lugar a un traqueteo muy desagradable, especialmente si uno va en coche.

Los vehículos de los tranvías pertenecen a la clase de lo que llamamos en España jardineras, pero con la novedad de que las banquetas son de báscula. El tiro lo forman un par de caballejos del país. Ni conductores ni cocheros van uniformados. Hay seis compañías de tranvías, con 199,378 kilómetros de rieles, 342 coches y 6,000 caballos.

Con lo dicho se comprenderá que las calles quedan obstruidas con frecuencia con tanto maremagnum. Nada más frecuente que ver detenida una larga hilera de jardineras, carretones y birlochos, hasta que, por fin, al cabo de media hora quizás, restablécese la circulación rodada. En cuanto a la pedestre, no es tampoco muy cómoda por la estrechez de las aceras.

Lleva Buenos Aires en su traza el sello de nuestras antiguas ciudades americanas, es decir, que está dividida en cuadras de dimensiones uniformes, a tenor de lo ordenado por las Leyes de Indias. Cada cuadra mide 140 metros de lado; de manera que ocupa una superficie de unas dos hectáreas. Buenos Aires, en total, cubre así una extensión de 18,000 hectáreas Las calles longitudinales están orientadas de E. a O , teniendo su punto de partida en el río, y las transversales de N. a S.

La ciudad está dividida longitudinalmente por la anchurosa calle de Rivadavia, que termina en el arrabal de Almagro. Al llegar a esta calle, cambian de nombre las calles transversales, como sucede, por ejemplo, en las calles que desembocan en la Rambla de Barcelona, y no sucede en las que desembocan en el Paseo de Gracia o la Gran Vía. El sistema de numeración es ingenioso: las fachadas de cada cuadra, a derecha e izquierda, contienen 100 números, 50 pares y 50 impares. La primera cuadra contendrá, pues, del 1 al 100; la segunda, del 101 al 200; la tercera, del 201 al 300, etc. Así, con decir calle Florida, n.° 2,094, ya se sabe que la casa estará situada en la cuadra 21.a Considérese ahora cuanta ha de ser la monotonía de esas calles, parecidas en su generalidad a las de la Barceloneta, que empiezan en el n.° 1 y acaban a veces en el 4 000.

En el Ensanche, situado al N., las calles son más anchas, pero sin separarse del sistema del casco antiguo. Sin embargo, la monotonía desaparece, gracias al arbolado que las adorna, como en los bulevares de París o en las calles del Ensanche de Barcelona. Algunos de esos bulevares o avenidas son verdaderamente soberbios, tales como la calle de Santa Fe, la de Belgrano, Callao, Rodríguez y otras; las avenidas de la República y de Alvear; el bulevar Corrientes, etc., en todos los cuales levántanse suntuosos edificios.

No cabe negar que el desenvolvimiento de Buenos Aires compite con los más asombrosos que se registran en las ciudades norteamericanas. En 1869 la población ascendía a 187,126 habitantes, y en 1887 había subido hasta la cifra de 433,375; de manera que en 18 años aumentó en cerca de 250,000 habitantes. La población legal, es decir, la nacida en Buenos Aires, era sólo de 75,062, estando formada la diferencia por provincianos y extranjeros. La proporción en dicha fecha era de 112 extranjeros por 100 argentinos. Estos figuran en la población total de Buenos Aires por un 47 por 100: los italianos por 31 por 100, nosotros por el 9, y así sucesivamente en decrecimiento alemanes, ingleses, portugueses, norteamericanos, rusos, etc. Por lo demás, cuando llegó a su colmo el delirio de la emigración (1888 y 1889) puede que contase Buenos Aires con medio millón de almas.

Desde el punto de vista de la religión aparece que hay el 97 por 100 de católicos, y solamente 868 librepensadores.

El número de casas (incluyendo los arrabales de Flores y Belgrano) era en 1887 de 33,804, de las cuales 28,353 tenían un piso, 4,979 dos pisos, 436 tres pisos y 36 cuatro pisos. El número ha aumentado algo desde entonces; pero la edificación quedó detenida bruscamente cuando el crak de 1890, que determinó tan grande corriente de contraemigración, apareciendo con frecuencia en todos los barrios el antes desconocido rótulo de Por alquilar.

Un viajero que ha estudiado con tanta competencia como ingenio la historia de la arquitectura civil bonaerense, la divide en cuatro períodos. "El primero—dice—es el del rancho de techo de bálago; el segundo es el de los techos de caña, de las paredes espesas de ladrillos o de adobe, de las puertas adornadas con gruesos clavos, de las ventanas raras y protegidas por pesadas rejas de hierro, de los grandes cuartos y de los patios tomados de las casas andaluzas. Las espaciosas casas de este período fueron construidas por alarifes españoles; existen muchas aún en Buenos Aires, aunque viejas y pasadas de moda, que albergan familias criollas de gustos conservadores. En las antiguas ciudades de provincia, en Córdoba y Corrientes, por ejemplo, encuéntranse también gran número de estas casas.

Las construcciones del tercer periodo tienen los techos de tejas, fachadas coronadas por parapetos y balaustradas, paredes exteriores revestidas de estuco o de cemento romano y pintadas de rosa, azul y otros colores, rejas ornamentales de hierro colado o forjado delante de las ventanas, pavimentos de mármol, y a menudo plafones de mármol en las paredes. Las casas de esta categoría, que no tienen generalmente más que un piso, han sido construidas casi todas por albañiles italianos, y figuran por un 80 por 100 entre las habitaciones de la capital. Se les puede criticar que son demasiado chicas, incómodas, mal dispuestas desde el punto de vista de la higiene y absolutamente desprovistas del confortable moderno. No corresponden por el aspecto a ningún estilo particular de arquitectura: la mayor parte son muy sencillas y no tienen otra ornamentación que las rejas de hierro de las ventanas; otras están recargadas de capiteles, cornisas, columnas, cariátides y florones, modelados todos en cemento y de dibujos muy poco variados. Encuéntranse los mismos modelos reproducidos en cien casas diferentes. Por lo demás, análoga ausencia de diversidad y falta de gusto se manifiesta en las pinturas y adornos interiores. Parece que el ideal reconocido de la arquitectura doméstica consiste, durante este periodo, en la mayor profusión posible de adornos en la fachada y en el patio, el cual, aparte de todo, debe estar decorado con estatuas en yeso, palmeras y macetas. Cumplidas estas condiciones, declárase que la habitación es muy linda.

"Durante el cuarto período, que es el periodo actual, la arquitectura se transforma completamente. Los materiales de construcción consisten exclusivamente en hierro para las columnas, cercos traveseros y cabriales (accesorios fabricados en su mayoría en Bélgica), en ladrillos y cemento para las paredes y adornos. Las casas, ya estén destinadas al comercio o al alojamiento de particulares, tienen unos bajos superados por tres o cuatro pisos, y están provistas de todas las comodidades que pueden reclamar el arquitecto y el higienista. Algunas de las manzanas afectas al negocio son muy hermosas, tales como la Casa-Ayuntamiento y las nuevas escuelas. Aquí el estilo dominante es el estilo alemán moderno, esto es, una adaptación de los elementos del estilo Renacimiento a las exigencias modernas.

"Las nuevas modificaciones que experimenta la arquitectura argentina tienen por objeto dar a la capital un aspecto propiamente europeo. Por otra parte, los estilos que se prefieren en la arquitectura doméstica, y que se han adoptado particularmente para las casas recientemente construidas al N. de la ciudad, parecen ser los estilos Renacimiento francés e italiano.

"Todo eso parece singular cuando se considera la oportunidad de las cosas en general y las condiciones de la arquitectura en particular. No hay, en todo Buenos Aires, un solo edificio de piedra; ni hay tampoco piedra susceptible de recibir los delicados cincelamientos que contribuyen esencialmente al encanto de la arquitectura del Renacimiento. Ciertamente que el castillo de Blois es hermoso, más allá de toda expresión (1); pero ¿dónde estaría el mérito de sus columnas ornamentadas, si los encajes de sus balaustradas y los arabescos de sus plafones fuesen de cemento o de piedra artificial? ¿Qué placer puede procurar lo que es de similor, lo que es falso, lo que ni es puro ni lógico? ¿Dónde está, por ejemplo, la razón de ser de los techos a pico de estilo Renacimiento en un clima como el de la República Argentina? ¿Por qué particularidades convienen las casas modernas de Berlín a los veranos terriblemente calurosos de Buenos Aires? ¿Piénsase que las villas parisienses del parque Monceau estarían bien adaptadas a las condiciones de existencia que reinan a orillas del Plata? Permítasenos creer que es menester responder negativamente a todas esas preguntas; permítasenos lamentar, en todo caso, que los argentinos hayan abandonado sin ningún motivo fundado las tradiciones de los colonos españoles de antaño, a lo menos en lo que concierne a la arquitectura doméstica.

"Las fuentes de inspiración que la naturaleza y la historia imponen a los arquitectos argentinos de nuestra época no están en los estilos del Renacimiento, tal como los han traducido la Francia o la Italia, la Bélgica o la Alemania modernas: están en los monumentos moriscos de Andalucía y del Oriente. La distribución arquitectónica de la casa morisca es la que hasta el presente ha prevalecido en la América Española; los materiales de construcción empleados en la arquitectura morisca son los que pueden procurarse en el país; los métodos y especies de ornamentación particulares a los moros son los únicos apropiados y razonables en una región en que los elementos naturales de que se dispone son la madera y el mármol, la arcilla, la cal, la arena y sus derivados.

"Si por una parte las calles estrechas de Buenos Aires no responden a las exigencias de la circulación actual, por otra parte, las casas ofrecen a la población unos alojamientos de una conveniencia insuficiente. Las clases obreras, en particular, están acuarteladas en miserables viviendas construidas sin cuidado de las leyes de la higiene.

"Considerando su vasta superficie de 18,000 hectáreas, la ciudad está poco poblada, y esta débil densidad de población se explica por la preponderancia de las casas de un solo piso. En ciudades como París o Berlín, casas que cubren una superficie igual tienen cinco o seis pisos y proporcionan alojamiento a veinte o treinta familias. Aun en el centro de la ciudad (en la calle Florida, por ejemplo, que es a Buenos Aires lo que el bulevar de los Italianos es a París) encuéntranse grande número de casas de un piso, y mayor número aún de casas de dos pisos. —¿Por qué,—se dirá,— no reemplazar esas casas por otras más elevadas?— Dada la carestía de los alquileres, la especulación no dejarla de ser provechosa. Nada es más exacto; pero, sin embargo, los propietarios se atienen al siatu quo, sea porque no puedan sacudir su apatía de criollos, sea porque hayan, hasta el presente, preferido colocar su dinero en especulaciones sobre los terrenos, los valores y el oro; especulaciones que dan más aprisa y con mayor ventaja. Sea como fuere, lo cierto es que el 80 por 100 de las casas de la capital de la República Argentina no tienen más que un piso, y los alquileres son extremadamente caros y que la población está diseminada en una superficie de tal manera considerable, que los habitantes pierden gran parte de su existencia en recorrer las calles en tranvía."

Me he complacido tanto más en hacer esta cita, en cuanto aquí no fue el león el pintor, es decir, que son palabras, no de un español, sino de un francés, M. Child. No se me podrá tachar, pues, de parcialidad y de hablar imbuido por el españolismo al hacer constar que los arquitectos argentinos han errado al buscar en el renacimiento francés y tudesco el modelo de sus proyectos de casas, cuando tan a mano tenían el mejor de todos, el hispano-morisco, adecuadísimo al clima y a las primeras materias de la República Argentina.

Viniendo ahora a la condición de las clases proletarias, es curioso lo que sucede en Buenos Aires. así como en Londres, París, Barcelona y otros centros industriales viren dichas clases en los barrios excéntricos, en Buenos Aires sucede lo contrario: viven en el centro de la ciudad, pero, |de qué manera!, en unos llamados conventillos, asquerosos cobertizos con techumbre de hierro o zinc, a orillas del Plata, entre la Estación Central y el arrabal de la Boca. Viven en esos conventillos, cuyo número era, hace poco, el de 2,835, nada menos que 120,000 seres humanos. Con terrible pesar de la higiene, de la conveniencia y el aseo, ocupan cada cuarto diez personas, cuando no son más, realizando el colmo de la promiscuidad.

Como este horroroso atentado contra la higiene y la moral salta a la vista del más despreocupado, han comenzado a edificarse grandes casas de vecindad, bastante bien proyectadas; pero para que las clases proletarias de la capital argentina pudiesen hallarse humanitariamente instaladas, serían menester 6 000 casas de ésas, capaz cada una para 200 personas, o sea para 40 familias, por término medio. Sin duda, con el tiempo, todo se andará; pero en el entretanto es una lástima que se vayan perpetuando los conventillos, prolongación terrestre de las espantosas terceras de los trasatlánticos italianos, franceses y españoles. Esos vagones de ganado.

Siento tener que insistir en la monotonía y pesadez de las calles de Buenos Aires; pero voy ahora a decir algo de los monumentos que la rompen, prestando cierta amenidad a la populosa capital.

Conviene notar, ante todo, que dichos monumentos no lucen todo lo que debieran, por culpa de su emplazamiento, pues en su mayoría se encuentran en calles estrechas, que, por lo mismo, perjudican a su perspectiva. Otra cosa sería si su visualidad fuese mayor, esto es, si estuviesen situados en anchos y despejados espacios.

Llévase la palma entre los mejores sitios de Buenos Aires la Plaza de la Victoria, centro convencional de la ciudad, y decimos convencional porque no tiene nada de céntrica, hallándose situada cerca de los limites de la urbe y a la sola distancia de una cuadra del río. Esto no quita que confluyan allí diez importantes calles y todas las líneas de los tranvías. Está la plaza alfombrada de céspedes y rodeada de palmeras, y en su centro se levanta una hermosa pirámide blanca en cuya cúspide está colocada la estatua de la Libertad. Conmemora este monumento la fecha del 25 de mayo de 1810, día de la proclamación de la independencia, habiendo en todas las ciudades argentinas una plaza de igual denominación. Otra estatua hay, además, ecuestre: la del general Belgrano, frente al Palacio del Gobierno.

Ocupan los cuatro lados de la Plaza de la Victoria el Palacio del Gobierno, el de Justicia, la Bolsa, el Teatro Colón, la Catedral, el Palacio Arzobispal, el Congreso, y algunos edificios particulares. El más hermoso de todos los citados es el primero, a cuyos lados se levantan el de Justicia y la nueva Casa de Correos, los tres de estilo Renacimiento italiano. El material empleado en ellos es el ladrillo, revestido de estuco; de estuco son las columnas, los capiteles y todas las molduras en general.

Podría, quizá, criticarse la fachada del Palacio del Gobierno de carecer de uniformidad y de armonía; pero, sea como quiera, contiene detalles muy notables. La fachada, que corresponde al Paseo de Julio, pertenece al estilo compuesto, y en dicha ala, llamada la Casa Rosada, habita el presidente de la República, que bien puede alabarse de vivir en morada que no desdeciría del más alto y soberano rey, según lo que se cuenta de lo de dentro. "Pavimentos en mosaico, columnas de mármol, molduras doradas, pinturas representando amores y asuntos mitológicos encuadrados, a lo pompeyano, en guirnaldas de fiares; medallones, arabescos, vasos multicolores, cortinajes suntuosos, mobiliario soberbio, todas las magnificencias que procura el dinero y toda la profusión de adornos que puede inventar el genio italiano contemporáneo,—dice un viajero,—han sido acumuladas en cada pulgada de pared, de pavimento y de techo. La escalera, toda de mármol, ofrece bellas proporciones, con superabundancia de decoraciones espléndidas, siendo, en el ánimo de los argentinos, comparable a la grande escalera de la Opera de París". Y, ciertamente, puede compararse con ella.

La Bolsa de Buenos Aires es, a lo que me parece, la mejor que existe actualmente. La fachada, que da a la Plaza de la Victoria, es tan elegante como majestuosa, lo cual no es poco decir. El gran salón, de estilo corintio, está rodeado por una amplia y cómoda galería, y su ornamentación se recomienda por su buen gusto, hermanado con la sencillez. Las demás dependencias están no menos acertadamente dispuestas pudiendo con toda holgura moverse allí un millar de personas. Pueden entrar únicamente en el local los corredores y los socios, y todas las puertas están cuidadosamente vigiladas para impedir el acceso a los intrusos. Las horas de contratación son de doce a cuatro, y bien puede asegurarse que durante dichas horas rivaliza la Bolsa de Buenos Aires con las más animadas del mundo. El edificio tiene otra entrada por la calle de la Piedad, centro de los principales establecimientos de crédito.

En el mismo lado de la plaza que la Bolsa se levanta la vastísima Catedral, de fábrica española, pues fue construida por D. Juan de Garay en 1580 y reedificada en 1752. Mide la catedral 90 metros de longitud por 50 de anchura, ocupando 4,500 metros cuadrados y puede contener 18,000 personas, figurando, en el concepto de la capacidad, en sexto lugar entre las catedrales del orbe, esto es, inmediatamente después de San Pedro de Roma, San Pablo de Londres, la catedral de Amberes, Santa Sofía de Constantinopla y Nuestra Señora de París.

El célebre dictador federalista Rosas creyó adornarla enriqueciéndola con un pesado pórtico clásico, de doce columnas, las cuales Sostienen un tímpano en que se admira un bajo relieve representando el encuentro del casto José con sus hermanos. ¡Singular ocurrencia la de Rosas al ir a fijarse en semejante episodio! ¿Qué tendría de común el digno ministro del Faraón con el terrible azote de los unitarios?

El interior de la catedral es no menos imponente que espacioso; está dividido en tres naves, por macizos pilares, y en el crucero se alza una cúpula de 43 metros de altura, dato que basta para dar idea de su mucha majestad.

Entre las cosas notables (no muchas) que contiene la catedral es digno de visitarse el mausoleo del general San Martín, erigido en una rotonda aneja al templo metropolitano. El monumento consiste en una urna de mármol negro que descansa sobre un zócalo de mármol rojo, y está guardada por sendas estatuas en mármol representando la República Argentina, Chile y el Perú, viéndose sobre la losa sepulcral los emblemas de la dignidad militar del insigne guerrero que allí yace.

Citaré ahora, a titulo de curiosidad, lo que sobre la catedral ha escrito un viajero, asaz atrabiliario. "El aspecto—dice—es frío, desnudo y pobre. Es de temer que los argentinos no concedan grande importancia a la religión, y de ello he adquirido, en particular, la prueba, al asistir, en la catedral, a las ceremonias y la procesión del Corpus. Trajes de los eclesiásticos, candeleros, banderas, accesorios del culto, todo era mezquino y miserable, y habida en cuenta la población de la ciudad, la asistencia era poco numerosa. No se es en Buenos Aires testigo de esas manifestaciones de piedad y de respeto que son características de Chile y del Perú. Las argentinas han abandonado el uso del manto, que en Santiago y en Lima hace a todas las mujeres iguales al pie de los altares; van a los oficios con toilettes parisienses, cubierto el rostro con polvos de arroz y velutina. En cuanto a los hombres, traspasan raramente el umbral de las iglesias... etc." Paréceme, sin embargo, que no cabe dudar de la religiosidad de una capital en la que, además del templo metropolitano, hay 23 iglesias católicas y 4 capillas protestantes.

El Congreso no se recomienda, ciertamente, por su suntuosidad, pues es pequeño y mezquino, a pesar de servir de albergue al Senado y a la Cámara de Diputados. Aparte de esto, los argentinos son los primeros en reconocer que tan gran república como la suya necesita dar a sus representantes un edificio digno de la nación, a cuyo efecto está ya proyectada la construcción de un soberbio palacio que costará tres millones de duros.

En cuanto al Teatro Colón, ya no es tal ahora, sino que ha sido convertido en domicilio del Banco Nacional.

Dejemos ya la Plaza del 25 de Mayo, o de la Victoria, y veamos las otras.

Magnífica es la Plaza de Lavalle, en cuyo centro se levanta una estatua de este héroe argentino, sostenida por una airosa columna de mármol blanco, y hermosa es también la de San Martín, a la que afluyen multitud de calles que rebosan en tráfico.