Chapter 6
Sandy se levantó zigzagueando. Medía seis pies de altura; doña María temblaba. Sandy adelantó con ímpetu algunos pasos y parose de súbito.
--¿Por qué me he de ir a casa?--preguntó de repente con seriedad.
--Para tomar un baño--contestó la maestra lanzando una ojeada a su sucia persona con gran indignación.
De pronto, con infinito contento de doña María, Sandy se quitó la levita y chaleco, tirolos al suelo, se arrancó las botas, y con la cabeza hacia adelante arrojose precipitadamente por la cuesta abajo en dirección al torrente.
--¡Virgen santa! ¡Este hombre va a ahogarse!--dijo doña María.
Y entonces, con femenil inconsecuencia, echó a correr hacia el colegio y se encerró con llave en su cuarto.
Durante la cena, mientras estaba sentada a la mesa con su huéspeda, la mujer del herrero, se le ocurrió a doña María preguntarle con gazmoñería si su marido atrapaba curdas con frecuencia.
--Abner--contestó reflexivamente Filomena,--déjeme que lo piense: Abner no ha estado chispo desde la última elección.
Entonces le hubiese gustado a doña María preguntarle si en tales ocasiones prefería tenderse al sol y si un baño frío era perjudicial, pero esto hubiera provocado una explicación a la que no tenía ganas de dar publicidad. De manera que se contentó con abrir sus grandes ojos, sonriendo a la ruborosa mejilla de Filomena, bello ejemplar de la florescencia del sudoeste, y después dejó a un lado la cuestión. En una sabrosa epístola que escribió a su mejor amiga de Boston podía leerse lo siguiente:
«Opino que la parte de esta comunidad que se emborracha, es aún la menos digna de objeción. Por de contado, querida, me refiero a la masculina. No sé nada que pueda hacer tolerable a la femenina».
Al cabo de una semana había doña María olvidado ya por completo este episodio: pero sus paseos de la tarde tomaron inconscientemente otra dirección. Con cierta extrañeza notó que todas las mañanas un fresco ramo de flores de azalea aparecía por entre las demás, sobre su pupitre. En un principio, no fue muy grande su extrañeza, puesto que los niños conocían su cariño para las flores, y mantenían siempre adornado su pupitre con anémonas, heliotropos y lupinos; pero al ser severamente interrogados, cada cual y todos a una manifestaron ignorar lo del ramito de marras.
Una tarde, Juanito, cuyo pupitre estaba próximo a la ventana, fue acometido de repente por una risa espasmódica, al parecer inmotivada y atentatoria a la disciplina escolar. Lo más que doña María pudo sacarle fue que alguien miraba por la ventana, y ofendida e indignada salió de su colmena para librar batalla al impertinente. Al volver la esquina de la escuela, dio con el quídam borracho, a la sazón completamente sereno, corrido a más no poder y con cara suplicante y cariñosa.
Doña María no hubiera dejado de sacar de estos hechos una ventaja femenil, si no se hubiese fijado, algo confusa también, de que el patán, a pesar de algunas leves señales de pasada disipación, tenía agradable aspecto; era una especie de rubio Sansón, cuya sedosa barba, de color de trigo, jamás había conocido el filo de la navaja del barbero, ni de las tijeras de Dalila. Así es que la cáustica frase que bailaba en la punta de su lengua expiró en sus labios y se limitó a recibir una tímida excusa con altiva mirada, recogiéndose la falda como para evitar la proximidad de un ser contagioso. De regreso a la sala del colegio, sus ojos cayeron sobre las azaleas, presintiendo una revelación. Involuntariamente se echó a reír, y toda la gente menuda se rió también, y sin saber por qué se sintieron muy felices.
Unas semanas después de esto, y en un día caluroso, sucedió que a dos chicos pernicortos les pasó una desgracia en el umbral de la escuela con un cubo de agua que habían traído laboriosamente desde la fuente, y que la compasiva doña María tomó el cubo para llevarlo a su destino. Al pie de la cuesta, una sombra cruzó el camino y un brazo vestido de una camisa azul, la alivió con destreza de aquella carga, que empezaba a quebrantar sus delicadas articulaciones. Doña María sintiose a la vez enojada y confusa.
Y sin dignarse elevar los ojos hacia el bienhechor, dijo con cierto despecho:
--Si más a menudo llevases esto por tu cuenta harías mucho mejor.
Arrepintiose luego del discurso, ante el sumiso silencio que siguió, y dio las gracias tan dulcemente en la puerta, que Sandy tropezó, lo cual hizo que los niños riesen otra vez, risa de que participó doña María, hasta el punto de que sus pálidas mejillas se tiñeron débilmente de carmín. Al día siguiente, apareció misteriosamente un barril al lado de la puerta, y con igual misterio cada mañana quedaba lleno de agua fresca de la fuente.
Y no sólo eran éstas las únicas delicadas atenciones que recibía esta joven singular.
El cochero Bill de la diligencia Sangulion, famoso entre todas las aldeas y aldehuelas de la localidad, por su galantería en ofrecer siempre el asiento del pescante al bello sexo, había exceptuado de esta atención a doña María, y bajo el pretexto de que tenía costumbre de blasfemar en las cuestas, ponía la mitad de la diligencia a su disposición. Jacobo Melín, de oficio jugador, después de un silencioso viaje en la misma diligencia que la maestra, arrojó una botella a la cabeza de un apreciable colega, por el atrevimiento de mentar su nombre en una taberna. Y la emperifollada madre de un alumno, cuya paternidad era dudosa, se paraba a menudo frente al templo de esta astuta vestal, contenta con adorar a la sacerdotisa desde lejos y sin atreverse a profanar su sagrado recinto.
La monótona procesión de cielos azules y soles deslumbradores, de cortos crepúsculos y noches estrelladas, que se deslizaba sobre Red-Gulch, fue interrumpida algún tanto por los incidentes que se acaban de relatar.
La maestra se aficionó a pasear por los bosques apacibles y silenciosos; quizá creía con Filomena que los balsámicos olores de los pinos hacían bien a su pecho, pues lo cierto era que su tosecita iba siendo menos frecuente y su paso más firme; quizá había aprendido la eterna lección que los pacientes pinos nunca se cansan de repetir a oídos ya atentos ya indiferentes; así es que un día dispuso una partida campestre hacia Selva Negra y se llevó a los niños consigo.
¡Cuán infinito desahogo no era el suyo, lejos del empolvado camino, de las esparramadas cabañas, de las amarillas zanjas, del clamoreo de locomotoras impacientes, del abigarrado lujo de los aparadores, del color chillón de la pintura y de los vidrios de colores y del ligero barniz a que el barbarismo se adapta en tales localidades! Pasado el último montón de roca triturada y arcilla, cruzando la última disforme hendidura, ¡cómo abrían sus largas filas para recibirles los hospitalarios árboles! ¡Con qué indefinible alegría los niños, no destetados por completo del pecho de la generosa madre común, se echaron boca abajo sobre su rústico y atezado seno con extrañas caricias, llenando el aire con su risa! y ¡de qué manera doña María, esa persona felinamente desdeñosa y atrincherada siempre en la pureza de su apretada falda, cuello y puños inmaculados, lo olvidó todo y corrió como una codorniz, al frente de su nidada hasta que, saltando, riendo y palpitante, suelta la trenza de cabello castaño, el sombrero colgando del cuello por una cinta, dio de repente en lo más espeso del bosque con el malaventurado Sandy!
Inútil es indicar aquí las explicaciones, disculpas y no sobrado prudente conversación que allí se sostuvo. Sin embargo, parece que la maestra había ya entablado algunas relaciones con este ex-borracho. Sólo diré que pronto fue aceptado como uno de la partida; que los niños, con aquella pronta inteligencia que la Providencia da a los inocentes, reconocieron en él un amigo y jugaron con su rubia barba, largo y sedoso bigote, y se tomaron otras libertades según su inveterada costumbre. Sobre todo, su admiración no conoció límites, cuando les armó un fuego contra un árbol y les enseñó otros secretos de la vida de monte. Al cabo de dos ociosas y felices horas de locuras, encontrose tendido a los pies de la profesora, contemplando su rostro, mientras ella, sentada en la pendiente de la cuesta, tejía coronas de laurel con el regazo lleno de mil variadas flores. Su posición era muy parecida a la que tenía cuando le había encontrado por primera vez. No es aventurada la semejanza. Aquella naturaleza fácil y sensual, a la que la bebida había dado una exaltación fantástica, era de temer que encontrase en el amor algo parecido al arrebato alcohólico.
Opino que el mismo Sandy estaba vagamente convencido de esta verdad. Su imaginación vagaba con vehemencia para hacer algo, matar un oso, partir el cráneo a un salvaje o sacrificarse de alguna otra manera por aquella profesora de rostro pálido y de grises ojos. Como mi gusto sería ahora presentarle en una situación heroica, con gran dificultad contengo mi pluma en este momento, y únicamente me abstengo de introducir semejante episodio con el profundo convencimiento de que generalmente nada de esto ocurre en semejantes casos, y tengo la esperanza de que la más bella de mis lectoras perdonará la omisión, recordando que en una crisis verdadera, el salvador es siempre algún forastero poco interesante, o bien un poco romántico agente de autoridad, y jamás un Adolfo.
Durante un buen rato, permanecieron allí, sentados en plácida calma, mientras los picos carpinteros charlaban sobre sus cabezas y las voces de los niños jugando a escondite llegaban algo débiles desde la hondonada.
Lo que hablaron, poco importa, y lo que pensaron, que podría ser interesante, no pudo traslucirse.
Los pájaros, siempre curiosos, sólo pudieron saber que la maestra era huérfana; que salió de la casa de su tío para ir a California en busca de salud e independencia; que Sandy era huérfano también; que llegó a California en busca de aventuras, que había llevado una vida de agitación desordenada, y que trataba de reformarse, y otros detalles que desde el punto de vista de aquellos alados seres sin duda debían de parecerles estúpidos y de poca miga. Pero, sea como sea, se pasó la tarde, y cuando los niños se reunieron otra vez, y Sandy, con una delicadeza que la maestra comprendió perfectamente, se despidió de ellos con toda tranquilidad, en los arrabales del pueblo, les pareció a todos aquel día el más corto de su vida.
Conforme el sol del largo y árido verano iba marchitando las plantas hasta la raíz, la época de colegio de Red-Gulch, para emplear un modismo local, se iba secando también. Un día más, y doña María sería libre ya, o, por lo menos, Red-Gulch no la vería en toda una estación. Sola en la escuela y sentada con la mejilla descansando en su mano, los ojos medio cerrados, mecíase en uno de aquellos ensueños a que, con peligro de la disciplina escolar, se entregaba tan a menudo, desde no hacía mucho tiempo. Con la falda llena de musgos, helechos y otros recuerdos silvestres, se encontraba tan preocupada y metida en sus propios pensamientos, que le pasó inadvertido un suave golpear en la puerta, o bien lo tradujo por una lejana extraña alucinación. Cuando por fin se afirmaba más claramente en ello, sobresaltose, y con ruborizadas mejillas se dirigió a la puerta, preguntando, ¿quién hay?
En el umbral estaba una mujer cuya audacia y vestidura formaban extraño contraste con su ademán irresoluto y lleno de timidez.
La maestra reconoció al primer golpe de vista a la dudosa madre de su anónimo discípulo. Contrariada quizá, tal vez enojada, invitola fríamente a entrar; arreglose instintivamente sus blancos puños y cuello, y recogió su corta falda castamente. Quizá esto fue motivo de que la turbada forastera, después de dudar un momento, dejase al lado de la puerta, plantada en el polvo, su llamativa sombrilla abierta, y se sentara en el extremo opuesto de un banco inconmensurable. Su voz, al comenzar, era ronca.
--Me han dicho que se va usted mañana a la bahía, y no podía dejarla marchar sin venir a darle las gracias por su bondad para con mi Tomasito.
En opinión de doña María, Tomasito era un buen chico y merecía algo más que el pobre cuidado que de ella podía esperar.
--¡Gracias, señora, gracias!--dijo la forastera, sonrojándose aún a través de los afeites, que Red-Gulch llamaba maliciosamente su «pintura de batalla», y procurando en su confusión arrastrar el largo banco más cerca de la maestra.--Le doy a usted las más cumplidas gracias. Y, sin ánimo de lisonja alguna, no hay muchacho viviente más dócil y cariñoso, ni mejor que él. Y... a pesar de lo poco que soy para decirlo, no existe maestra más paciente, más bondadosa, más angelical que la que él ha tenido la feliz estrella de encontrar.
Doña María, sentada muy peripuesta detrás de su pupitre, con una regla al hombro, abrió a esto sus ojos grises, pero guardó silencio.
--Bastante sé--prosiguió rápidamente aquélla,--que mujeres como yo no pueden halagarla. No debía tampoco entrar aquí en mitad del día, pero vengo a pedir un favor, no para mí, señora, no para mí, sino para mi pobre hijito.
Gracias al interés que observó en los ojos de la joven maestra, se animó, y juntando entre las rodillas sus dos manos, enguantadas de color de lila, continuó en tono confidencial:
--Señora, ya ve usted que nadie más que yo tiene derecho sobre el niño, y, sin embargo, yo no soy la persona que debiera educarle. El año pasado tuve intención de llevarle a la escuela, en Frisco, pero, cuando se habló de traer aquí una maestra, esperé hasta que la vi a usted y entonces creí la cosa arreglada y que podía guardar a mi hijo algún tiempo más... ¡Si supiese, señora, lo que él la quiere! Si pudiera oírle hablar de usted a su bonita manera, si él pudiera pedirle lo que ahora le pido yo, sería usted incapaz de oponerse a ello. Es natural--continuó con rapidez, con una voz que tembló extrañamente, entre orgullosa y humilde,--es natural que la ame, señora, pues su padre, cuando le conocí, era un caballero, y es forzoso que el niño me olvide tarde o temprano... así es que no voy a llorar por esto. En una palabra, vengo a pedirle que se encargue de Tomasito, y Dios le bendiga como al mejor, al más querido de sus hijos sobre la tierra... vengo a... pedirle que... le lleve en su compañía.
Y, esto diciendo, la forastera se había levantado, y postrándose de rodillas a sus pies, tenía agarrada la mano de la joven entre las suyas.
--Tocante a dinero, tengo mucho, y todo es de usted y de él, para que lo ponga en un buen colegio, donde pueda verle y ayudarle a... a... a olvidar a su madre. Puede usted hacer con él lo que le parezca; lo peor que haga será bueno, comparado con lo que aprenderá a mi lado. Con tal que no hiciese más que sacarle de esta mala vida, de este pueblo, de este hogar de pena y de vergüenza. ¿Lo hará? ¡Dígame que lo hará! ¿No es verdad? Lo hará; no puede, no debe negármelo. De este modo, mi hijo se hará tan puro, tan dócil como usted misma, y cuando haya crecido le dirá el nombre de su padre, el nombre que hace años no han pronunciado mis labios, el nombre de Alejandro Morton, a quien llaman aquí Sandy. ¡Doña María, no retire su mano! ¡Doña María, contésteme! ¿Se llevará a mi hijo? ¡No vuelva la cara! ya sé que no debería contemplar a una mujer como yo. ¡Pero por Dios, señora, sea clemente! ¡Que esta mujer me deja!
Doña María se levantó, y a la luz del expirante crepúsculo tentó su camino hasta la abierta ventana; allí permaneció en pie, apoyada contra el marco, con los ojos fijos en los últimos rosados matices del crepúsculo. Quedaba todavía algo de aquella luz en su pura y tersa frente, en su níveo cuello, con sus finas manos entrelazadas; pero todo desapareció lentamente. La suplicante se había arrastrado aún de rodillas hasta su lado.
--Ya me hago cargo de que se necesita tiempo para pensarlo. Aguardaré aquí toda la noche; pero no puedo marcharme sin que haya usted resuelto. No me lo niegue ahora. ¿Se lo llevará? lo veo en su hermosa cara, cara semejante a la que he visto algunas noches, soñando. Lo veo en sus ojos, doña María. Va a llevarse a mi hijo.
El postrer rayo del crepúsculo, que serpenteó hasta el cenit, reflejose en los ojos de la maestra con algo de su gloria, fluctuó y apagose desapareciendo en el ocaso. El sol se había puesto en Red-Gulch. En el crepúsculo y silencio la voz de doña María sonó majestuosamente.
--Me llevaré al niño; envíemelo esta noche.
Las manos de la afortunada madre alzaron hasta sus labios el borde de la falda de doña María, y de buena gana habría sepultado su ardiente cara en sus virginales pliegues, pero no se atrevió y se puso en pie.
--¿Ese hombre conoce su intención?--preguntó de repente la maestra.
--No; ni le interesa. Ni siquiera ha visto al niño para conocerlo.
--Vaya a verle en seguida, esta noche, ahora mismo. Comuníquele lo que ha hecho. Dígale que me he llevado a su hijo, y hágale saber que jamás debe ver... ver... otra vez al niño. Allí donde vaya éste, él no debe venir; dondequiera que me lo lleve, él no debe seguir. Basta, pues. Estoy cansada y... me queda aún mucha tarea.
Y la acompañó hasta la puerta. En el umbral, la mujer se volvió.
--Buenas noches.
Se hubiera echado a los pies de doña María, pero, en el mismo momento, la joven le tendió sus brazos, estrechó por un momento contra su puro pecho a la pecadora mujer, y después empujó y cerró la puerta con llave.
Sin poder librarse de un repentino sentimiento de responsabilidad, tomó el hereje Bill a la mañana siguiente las riendas de la diligencia Silio Gullon, pues aquel día uno de sus pasajeros era la maestra, doña María. Al enfocar en la carretera, obediente a una agradable voz del interior, refrenó de repente los caballos y esperó respetuosamente mientras Tomasito saltaba del coche por orden de la maestra.
--La otra mata: no aquélla, Tomasito.
El interpelado sacó su cuchillo nuevo, y cortando una rama de una alta mata de azalea, volvió con ella hacia doña María.
--¿Adelante?
--Adelante.
Y la portezuela de la diligencia cerrose sobre el Idilio de Red-Gulch.
DE COMO SAN NICOLÁS LLEGÓ A BAR SANSÓN
Estaba el tiempo muy metido en aguas en el valle del Sacramento. El North Fork se había salido de madre y la Rattlesnake Creek estaba impracticable.
Bajo una enorme extensión de agua que alcanzaba la base de las montañas desaparecían los gruesos cantos rodados que durante el verano habían señalado el vado en el cruce de Sansón.
El servicio ascendente de diligencias tuvo que parar en la casa Granger; el último correo fue abandonado en los túneles y su jinete salvó la vida luchando a brazo partido con la corriente.
Como observaba el _Alud de la Sierra_ con cierto orgullo local, «un área» tan grande como el Estado de Massachusetts, está a estas fechas bajo el agua. Y en la sierra el tiempo no se presenta mejor.
El barro era denso en el camino de la montaña. En la carretera, galeras que ni la fuerza física ni el ingenio podían arrancar de los baches en que habían caído, obstruían el paso, y los tiros de caballos rezagados y las blasfemias mostraban más que otra cosa el camino de Bar Sansón.
A lo lejos, aislado e inaccesible, empapado en agua, azotado por un viento furioso y amenazado por la subida de las aguas, Bar Sansón, en la Nochebuena de 1862, colgaba de Table Mountain como el nido de golondrina que la borrasca sacude en los viejos triglifos de pétreo entablamento.
Mientras la noche descendía sobre el campamento, unas pocas luces brillaban, al través de la neblina, desde las ventanas de las cabañas a entrambos lados del camino, surcado a la sazón por riachuelos desordenados y azotado por violentas ventoleras.
Afortunadamente, la mayoría de los vecinos estaban recogidos en el almacén de drogas de Daniel, alrededor de una roja estufa, en la cual escupían, silenciosamente con tan ostensible acuerdo de la comunidad social, que relevaba a todos de cualquier otra ocupación.
Como la crecida de las aguas había suspendido las faenas de las minas y del río, hacía ya mucho tiempo que los medios de diversión se habían agotado en Bar Sansón. Además, la subsiguiente falta de dinero y aguardiente quitaba el gusto hasta la más inocente diversión.
El mismo señor Perrín abandonó el Bar con cincuenta pesos en el bolsillo, única cantidad que alcanzó a realizar de las grandes sumas que llevaba ganadas en el lucrativo y arduo ejercicio de su negocio.
--Si me dijesen otro día, si me dijesen que señalara una bonita aldea en donde un jugador retirado, a quien no le importase mucho el dinero, pudiera divertirse a menudo y alegremente, diría que Bar Sansón; pero para un joven con una numerosa familia que depende de su trabajo, no produce lo suficiente.
Como la familia del señor Perrín la formaban únicamente damas elegantes, citamos esta observación más para dar una idea de su humor que de sus deberes.
Formando abigarrado conjunto, encontrábanse reunidas aquellas personas con la indiferente apatía que engendra la pereza y el fastidio.
Ni el repentino resonar de los cascos de un caballo a la puerta, les hizo volver en sí.
Sólo Federico Bullen se detuvo en la tarea de vaciar su pipa y alzó la cabeza, pero nadie más del grupo dio a conocer el menor interés hacia el hombre que entraba pausadamente, por cierto.
Era una figura bastante familiar a la sociedad que en Bar Sansón le llamaban «El viejo».
A pesar de esto, parecía aún de complexión fresca y juvenil, y su cabello escaso y entrecano denotaba al hombre de unos cincuenta años. De cara simpática y complaciente, tenía una aptitud así como la del camaleón para adoptar la sombra y el color de las opiniones y caracteres de los que entraban en su trato.
Acababa de dejar a unos compañeros de diversión, así es que, de momento, no observó la gravedad del grupo, pero golpeó amistosamente por la espalda al hombre más próximo, y se echó en una silla que vio libre.
--¡Acabo de oír la cosa mejor del mundo, muchachos! ¿Conocen ustedes a Melín? ¿El de allá abajo, Joaquín Melín, el hombre más divertido de Bar? Pues Joaquín nos estaba contando el cuento de más chispa que...
--¡Melín es un animal!--interrumpió una voz seca.
--Un cuadrúpedo--añadió otro, en tono sepulcral.
Y el silencio volvió a reinar después de estas declaraciones.
El viejo miró rápidamente en torno al grupo. Luego, su cara se transformó poco a poco.
--Es verdad--dijo, después de un momento de reflexión,--es realmente una especie de cuadrúpedo, algo tiene de animal, no puede negarse.
Y frunció el ceño, como en dolorosa meditación de la ignorancia e imbecilidad del impopular Melín.
--Hace un tiempo bien triste, ¿verdad?--añadió, engolfándose en la corriente del general sentimiento.--Mala la van a pasar los obreros y poco dinero corre esta temporada... Y mañana es Navidad.
Hubo un movimiento entre los concurrentes al anunciar esto, pero no se traslució claramente si era de satisfacción o de disgusto.
--Sí--continuó el viejo en el tono lúgubre que desde los últimos momentos involuntariamente adoptara,--esto es... se me ocurrió la idea, ¿comprenden? de que tal vez les gustaría venir a mi casa y pasar allí una Nochebuena. Ahora tal vez no les gustaría... ¿Quizá no están en buena disposición?--añadió con simpática solicitud, observando las caras de sus oyentes.
--No diré que no--respondió Tomás Flavio, algo más animado.--Puede que sí. ¿Pero y tu mujer, viejo? ¿Qué tal va?
El viejo titubeó.
Todo Bar Sansón sabía que las experiencias conyugales no habían sido felices para él.
Su primera esposa, una mujercita delicada y bonita, había sufrido las más vivas y celosas sospechas de su marido, hasta que un día éste convidó a su casa a todo el Bar para que su infidelidad quedase plenamente probada.
Pero al llegar los de la partida, encontraron a la tímida e inocente criatura tranquilamente ocupada en sus obligaciones caseras, y tuvieron que retirarse corridos y avergonzados.
La delicada sensitiva no se repuso fácilmente del choque de tan extraordinario ultraje.