Blanca (Carrasquilla Naranjo)

Part 3

Chapter 3406 wordsPublic domain (Wikisource)

Al fin termina su toilette y aparece la madre de Blanquita. Llevara una diadema en su frente, y fuera aquella Ester que salvó al pueblo judío. Lo egregio y clásico del tipo; ese color trigueño que los pintores atribuyen á María; los ojos garzos, rasgados, que vierten la humildad y la caricia; esa boca que destila la dulzura; el cuerpo escultural de curvas ideales; el andar reposado y majestuoso -todo bíblico.

Traje y peinado contribuyen á la realeza. El cabello castaño que se embomba en quiebras naturales hacia la frente, que se afloja desmayado por la nuca vellosa, se recoge en la coronilla en nudo sobresaliente y gracioso. Seda amarfilada envuelve aquella escultura en una bata Princesa: ciñe espalda y caderas; flota ampulosa en elegante cola; cae suelta, deshecha en encajes por delante; ancha cinta tornasolada en verde y rosa desteñidos se enlaza sobre el pecho y desciende cortada en forma de tijereta, como para besar aquellos pies menudos que pisaron siempre firmes la senda de la virtud.

En una mesa de la sala estaban los presentes con que la familia de Alberto iba á obsequiar á Pepito. En vez de enviárselos á su casa, como es costumbre, querían entregárselos á su llegada. A tiempo que Ester abre una de las puertas que da al corredor, entran los esperados. Hija y padre se confunden en un abrazo. El viejo se enjuga los ojos y se cala las gafas para examinar aquellas bagatelas tan valiosas á su corazón. Todos se agolpan en redondo de la mesa, todos hablan, todos se mueven, todos se agitan.

Blanquita corretea como una loca. Sale al patio; ve un colibrí que revuela junto á una maceta florecida, y salta exclamando: "¡Ya vino un pajarito! ¡Qué tan lindo!". El colibrí, rumoroso, intangible, se flecha por el zaguán interior y traspasa el muro de curasao. La niña, transportada, se escurre por la última alcoba.

La alegre confusión continúa en la sala. De repente se oye un alarido de dolor, de espanto. Todos se precipitan en tropel. La niñera, convulsa, desencajada, brotados los ojos, mesándose el pelo, apenas puede articular: "¡Corran por Dios!".

Máximo, disparado, se lanza al jardín. Sobre el baño flota como enorme margarita el sombrero blanco.

Se arroja al agua. Saca algo blanco, flácido, desmadejado.

Enloquecido, fuera de sí, lo sacude, lo zarandea, le insufla su aliento, su vida...

¡Todo en vano!...

El colibrí, en tanto, revoloteaba rumoroso entre las fucsias.

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