Part 2
Y como si obraran de concierto, por un acuerdo tácito de sus almas, Ester y Blanca se unieron para consumar aquella venganza. Apenas si salía la niña del cuarto de papacito; en todo quería intervenir; metía sus manitas para ayudar á mamá y á los médicos á hacer las ligaduras; traía la servilleta cuando le llevaban las comidas; anunciaba la visita del facultativo; le ofrecía á Alberto cigarrillo y le acercaba el cenicero; acariciábale el cabello y los bigotes; lo cobijaba como á un niño y á cada paso se le oía: "Papacito ¿está aliviado? ¿Quiere que la Niña cierre la ventana para que se duerma?". Y aquella vocecita daba el tono de la caricia, del halago, de la tierna compasión. En su solicitud, todo lo refería á papacito; quería rodearlo, envolverlo en lo que ella más amaba; traíale á la cama las flores, los abanicos-anuncios que le regalaban en las boticas, su favorito Almamía, las estampitas de la Virgen. Hablábale de los palomos, de los gansos y del chivito de la casa de El Poblado; le tocaba en la guitarrita de pino que le había regalado Pedro, el asistente; denigraba la bicicleta, esa bicicleta fea y malcriada, esa descarada que había tumbado á papacito; lo obsequiaba con barras de caramelo, metiéndoselas en la boca para que chupara; regañaba á Alberto II por los estrépitos, por el taconeo que no dejaban dormir á papacito; quería que éste librara cada rato en unos papeles muy grandes que tenían viejos y animales pintados; lo imponía de la salida y de la entrada de la yegua rucia y del caballo alazán; y cuando en la calle se sentía ruido de carros, corría á cerrar la ventana para que á papacito no le dieran las viruelas.
Fue una escena enternecedora y cómica la aplicación del termo-cauterio. Blanquita vio los preparativos, con esa curiosidad de lo desconocido, peculiar de la niñez; pero cuando los puntos de fuego iban calcinando la rodilla enferma y empezó á sentirse en la alcoba ese olor de carne chamuscada, la niña prorrumpe en un grito vehemente de pánico y conmiseración: "¡No maten á papacito, no lo maten por Dios! ¡Pobrecito!". Y loca, arrebatada, se abalanza sobre aquellos "descarados" que acababan con papá. Y cuál se vieron los médicos y Ester para consolarla. De ahí en adelante había que sacarla del cuarto con cualquier pretexto, cuando se trataba de la chamusquina.
Todos los conocimientos que "Maximito hermoso" le había trasmitido, los rezos que mamá le enseñaba, los cantos de la dentrodera, los cuentos de la planchadora, todo se lo ofrecía á papá como fuente de distracción; y, acomodada en la silla del asiento de peluche con "floritas pegadas" que le había comprado Pepito, principiaba muy satisfecha: "Esta era una señora que tenía dos muchachitas, una buena y otra mala...". O bien, poniéndose en pie, con la cabeza ladeada, los bracitos caídos, ajustándose en todo á los preceptos de Máximo, declamaba:
"No hay burlas con el amor. ¡Tontería! Cuando Calderón lo dijo Estudiado lo tendría. ..............................."
Todo esto, sin contar el hechizo de la infancia, esa poesía, esa delicia indefinible de la travesura, esos ex abruptos, esas desproporciones de una inteligencia, cuando asimila, cuando busca la relación de las cosas, cuando se abre á la investigación. Y ¡cuidado si Blanquita era investigadora! Más que la belleza y la gracia infantil, más que la blandura de aquel corazoncito, maravillaba tánta inteligencia en aquella criatura que aún no había cumplido cuatro años. Como bien podía decirse que Alberto no la había tratado, las manifestaciones de ese carácter fueron para él otras tantas novedades.
Sus amigos de casino, de sport, de jolgorio, poco más le acompañaban: si al principio le visitaron unos cuantos, pronto se vio reducido al círculo de la casa, y, como no tenía el dulce vicio de la lectura, si se exceptúa la de periódicos europeos, pasaba las negras horas de reclusión con su mujer y con su hija.
El primer mes que estuvo reducido á la cama, parecióle aquello insoportable, imposible; del segundo en adelante, cuando ya le permitieron los médicos estirarse en una silla, todavía llevaba en su espíritu algunas nubes negras; y cuando con el cuerpo principiaba á hacer pininos, iba despuntando por allá en esas obscuridades un alborcillo plácido y tranquilo que lentamente se iba avivando y difundiendo una emoción nueva, enteramente desconocida para él. Tenía notas melancólicas, tal vez tristes; pero, así y todo, lo vivificaba, le infundía calor, ánimo, aliento; descubríale horizontes, lontananzas que nunca contemplara en su vida, cual si el hombre moral se viese de improviso en alta cumbre que dominase extenso, dilatado panorama. En aquel corazón donde antes pulularan larvas, cizaña, flores de envenenados efluvios, brotaba poco á poco, como á influjo de mágica primavera, una eflorescencia de dulces, de elevados sentimientos. Cual emanaciones fecundantes, aquellos sentimientos se elevaron á su cabeza, y formando corrientes, condensándose, resolviéronse en agitado torbellino. Por varios días se encontró en completo estado de turbación, y en sus insomnios, aquel cerebro fermentado hervía como la almáciga cuando el jugo de la madre tierra la hace reventar. Eran tan puros, tan luminosos los vapores que se alzaron de aquel corazón, que el intelecto de Alberto Rivas tuvo un instante de clarividencia. Replegado, sobrecogido en sí mismo pensó, y por la vez primera contempló el mundo, se contempló á sí propio con miradas de reflexión; tendió la vista al pasado, y todo aquello que en antes lo halagara, todo aquel cúmulo de sucesos en que puso su encanto, se le iba antojando pálido, tedioso, mentido. Tornando al presente encontraba á Ester, á su hijo, su familia, su casa y, por sobre todo, á su Blanca, á su hija, destacada, luminosa, como en tranquila noche de verano la estrella salvadora del marino. El hogar se le definió; la noción del deber se le impuso, y, como si la conciencia hubiese abierto un dique, una ola saludable de remordimiento lo inundó por completo. Alberto se sintió redimido, esposo y padre.
VI
Once meses después del percance del ciclista -que ya no volaba en ruedas- nació bebé. Este sí que podía llamarse el hijo del amor.
Blanquita estaba trastornada: en su cabeza se anudaban en maraña de confusiones, Carlitos, bebé y la "Virgen María". ¿Era bebé el mismo Carlitos que le guardaba la "Virgen María" á mamá? ¿Era otro Carlitos nuevo? ¿Estaba Carlitos allá en el Cielo arropadito con el manto de la Virgen, o era el mismo que dormía en la cuna, con la gorrita, la camisita blanca y los pañales cosidos por la Virgen y traídos por ella misma en aquel canasto tan bonito la misma noche que trajo á bebé? ¡Confusión de ideas! A todos preguntaba, á todos requería; la niña comparaba las distintas versiones, y más y más se ofuscaba. Al fin, "Maximito hermoso" se lo explicó todo con circunstancias de tiempo, de lugar y de persona, con detalles de ociosidad artístico infantil que asombraban á la niña. Sí era un Carlitos nuevo.
Era aquello un poema teológico, una á modo de cosmogonía de muñecas, de pajaritos, de ángeles, dictada en más de una conferencia. "El niño Máximo ha vuelto al estado de l'inocencia", decía la dentrodera, al oírle los disparatorios con que él se embelesaba, embelesando á Blanquita. La leyenda aquella tenía efectos estupendos. En el patio se oyó una música muy bella; papá y mamá fueron á abrir, y ahí estaba la Virgen con un envoltorio bajo el manto de estrellas y de luna; dos angelitos alumbraban con faroles; otro tenía el paraguas; otro tocaba la campanita; una docena más atrás, cornetas y tambores; y unos pajaritos muy lindos hacían pío, pío. La Virgen, calladita, se entró á la alcoba; se arrimó á la cuna; puso adentro á bebé con mucha maña, y el canasto de ropa sobre un taburete; y se salió, calladita como había entrado; y ella y los ángeles, y los pajaritos se volvieron volando para el Cielo. Blanquita, que no era pródiga en sus besos, se los daba entusiasmada á aquel maestro tan sabio, tan enterado de todas las cosas de la Virgen María. Fue entonces cuando él le regaló la de terracota y un devocionario tamaño como una galleta para que librara en misa.
Quería que le dieran á bebé para cargarlo, para estrecharlo entre sus brazos, para comérselo á besos. Era un desbordamiento, una locura de ángel. Aquel bebé con sus piesitos tan chirringos, con sus uñitas como las lentejuelas rosadas que le había regalo Cheres, y que chillaba como Almamía cuando se lo trajo la planchadora; la Virgen María que traía y guardaba muchachitos; aquel Carlitos del Cielo, vinieron á ser para la niña como un delirio. Una mañana, á tiempo que Ester la peinaba, dijo con aire de pleno convencimiento: "Mamacita, la Niña estuvo con la Virgen y con Carlitos". -"Sí, sí, mi ángel, los has visto en la Cruz", dijo Ester, creyendo que se refería á la estatua de la Virgen del Perpetuo Socorro venerada en esta iglesia. "Esa nó, mamacita: la Niña los vio durmida, en el Cielo, y la Virgen María la cobijaba con su manto como á Carlitos". (Porque Blanquita, para expresar que soñaba, decía que había visto).
En ella se recrudeció la ternura, la devoción, el afecto por la Virgen. Entró en tal estado de fervor y misticismo que sus temas, sus juegos revestían el carácter religioso: todo era administraciones, misa, altares, procesión y Mes de María. Unas veces era sacerdote, otras campanero, monaguillo con frecuencia. También Almamía desempeñaba diversos papeles, lo que daba lugar á grandes conflictos, porque á las veces se le antojaba á Blanquita que el turpial de papá, que estaba en su jaula adosada á la pared del patio principal, por allá muy arriba, o que el canario de mamacita, cuya jaula colgaba de la ventana del costurero, tomaran participación en sus fiestas religiosas, pues en su instinto estético se le figuraban estas dos aves canoras y sus elevadas prisiones, algo así como el coro que había visto en las iglesias, á donde la llevaban con frecuencia.
Bien se comprendía que Blanquita era mujer de esta época de las fiestas religiosas, del embolismo de devoción y de cofradía que por ahora nos acomete; y si ella se chiflaba por este lado, no le iba Máximo en zaga en esotra chifladura literaria en carne viva que padece esta nueva Atenas de caja de fósforos italianos. Sí señor; Máximo era uno de tantos, y para Blanquita componía poemas regionalistas al par que decadentes, cuentos de la montaña y hasta discursos en que salía á figurar aquello de la dura cerviz, del gran carácter, del hogar cristiano, de esta nuestra influencia antioqueña, avasalladora, definitiva en los destinos del mundo...
Como se ha visto, el hogar de Alberto Rivas estaba en el cenit de la felicidad. Ester sentía estremecimientos nerviosos de dicha. Su marido suyo, enteramente suyo, reconciliado con Dios, dedicado á ella, á sus hijos, á su familia, reñido con el Club, activo y metódico en sus trabajos; las horas de vagar para su casa, dando la bendición á sus hijitos cada noche, rezando el rosario con frecuencia, acompañándola en sus contadas visitas. Parecía más joven y más bella; sencilla y desprendida, le halagaban ahora los bienes de fortuna, el gusto y la elegancia de su casa. En ella se recluía, como temerosa de que en otra parte pudiera evaporarse tanta ventura. Y Ester, de suyo tan hacendosa y ordenada, tan pulcra, tan fanática por el aseo, como buena medellinense, estaba ahora más exagerada con aquella vivienda tan cómoda que Alberto había hecho refeccionar con todo el lujo y las invenciones modernas.
Todo esto era para Ester un sueño, un milagro, obrado únicamente por ministerio de Blanca, que la abnegada esposa ninguna parte se atribuyó en la providencial mudanza.
Pepito, para quien no se habían ocultados las íntimas penas de su hija, y que nunca le había hecho á ella la más mínima alusión á este respecto, estaba rejuvenecido con la transformación de aquel hogar. Reverdecía en sus nietos y en Máximo y Mercedes, á quienes ya veía casados -que el matrimonio de los padrinos de Blanca al fin se había arreglado definitivamente con aplauso universal.
VII
Blanquita á pesar de la traslación de la santa casa de la Virgen al Loreto de la sombra, seguía en el patio contemplando el cielo tan barrido. Más que barrido parecía lavado, bruñido: la luz con que Dios alumbra nuestro valle se prodigaba en un derroche de gloria; las zonas luminosas de todas aquellas paredes recién enlucidas, eran de una blancura incandescente; el follaje de árboles y trepadoras, los frutos, las flores, el césped, heridos por aquel resistero, semejaban una vegetación de talco, uno de esos paisajes con incrustaciones de nácar que lucen en el fondo de algunos pisapapeles de cristal.
La niña bajó de los cielos á la tierra. Junto á la base de un poste del corredor, en la juntura de dos ladrillos, había repuntado como por encanto un hormiguero, aún no debelado por la escoba del asistente. Verlo y sentarse á contemplarlo, todo fue uno. "¡Mírenlas qué tan formales, cómo llevan su comidita!", exclama entusiasmada no bien parecen unos cuantos de esos titancitos laboradores agobiados con un átomo blanco, apenas perceptible, del pétalo de una rosa. "¡Lo que comen es floritas!... ¡Qué tan lindo!". Y cual si con la admiración se le acabase el entusiasmo hormiguero, corre al santuario, quita la Virgen, la carga en el delantal y la da á Ester para que se la ponga en la repisa del Divino Rostro, donde había que colocársela siempre "para que no estuviera solita".
" La Niña quiere coser", dice Blanquita, acercándose al cesto de medias que repasaba Ester, "quiere coser con naranjita, así como usté, mamacita". Pero no hubo lugar á la costura, porque de pronto siente que unas manos misteriosas le tapan los ojos y que una voz cavernosa del otro mundo le dice: "¡Que te come el tigre, que te come!". Y el tigre le comía el pelo, y las mejillas, y el pecho, y los bracitos. La víctima zapatea de gusto, lanzando aquellas carcajadas argentinas que más que de las cosquillas del besuqueo eran de alegría, de aquella como atracción psíquica que sobre ella ejercía "Maximito hermoso". "No me trajites los pajaritos", le dice ella con mucho mimo, apenas Máximo se ha sentado, y, metiéndosele entre las piernas y colgándosele á dos manos de la nuca, agrega con fingido enfado: "No te quiero Maximote feo". - "¿A qué sí?", exclama él; y, tomándola por las axilas, la alza en vilo y la recuesta contra la pared. "Por fin sale de la muchacha", prorrumpe Ester entre alarmada y satisfecha. Blanquita se retuerce de contento. "¿Qué te dijo Cheres anoche? ¿Qué resolvió por fin que cantáramos en el cumpleaños?" pregunta Ester sin levantar los ojos del zurcido. Máximo, sin atender á la pregunta, baja á Blanquita, y este tío de los tíos se pone muy orondo á hacer con ella el Aserrín aserrán, las maderas de San Juan, con todo y canto. "¡Este sí es el más bobo que yo he visto! Es más niño que Blanca. Míra; si con los sobrinos te pones así, ¡con los hijos habrá que hacerte rancho aparte!". El le soplaba al oído á la niña, y la niña iba repitiendo como un fonógrafo: "Madre cursilona... chiflada... esculta... remendona y perecida... que no sabe hacer... sino oficios... de negra sirvienta...". Ester pregunta, provoca, incita al hermano de todos modos para hacerlo conversar, pero el tal como si no oyera. Después de repasar con la niña todas las boberías, de haber comprado carne, matado el pajarito sin cola, enumerádole los nombres de los dedos; después de hacerla andar para ver si aún torcía el zapatico izquierdo -único defecto que encontraban en aquel ángel y que Pepito estaba empeñado en corregir- pasa con toda formalidad á la clase de recitación.
Se trataba de enseñarle á la niña á declamar, con toda la mímica y expresión del caso, unos versos que su padrino le había compuesto para que felicitase á Pepito en su próximo cumpleaños. La niña, paradita en un taburete, con la quietud exagerada que solía gastar en las ocasiones solemnes, fijos los ojos en "Maximito hermoso", que hacía de figurante, iba repitiendo las palabras imitando los gestos, el movimiento de las manos, sugestionada, hipnotizada por aquel influjo omnipotente de su maestro.
Y no era tan sólo Blanquita la del ensayo: Ester y Mercedes también querían obsequiar al venerable viejo, grande amigo de la música, con algún bambuco o con algún trozo selecto de ópera cantado á dúo. Tampoco Alberto quería quedarse atrás en aquella fiesta que él mismo había promovido: iba á estrenar oficialmente el landó con su tronco de caballos ingleses, y en ellos se ocupaba. Como la familia del suegro no cabía toda en el carruaje, había determinado no usarlo para conducirla á casa, sino que, en cuanto terminase la comida, entre cinco y media y seis, darían Pepito, Blanca y él una vuelta por la Quebrada-arriba, pasarían por el Parque de Bolívar, y, siguiendo por la Carretera del Norte y por la Plaza de Berrío, tornarían á casa donde ya estarían en escena las cantoras.
No era aquello solamente el natalicio del abuelo: era el brote, el alarde de una felicidad que necesita manifestarse. Todos á cual más tenían especial empeño en excederse á sí mismos en aquel triunfo de la dicha, en aquella orgía del afecto. Blanca, la que volvió la paz al noble abuelo, la ventura á sus padres; la que enlazó los corazones de sus padrinos, era el geniecillo providente que tenía en sus manos los hilos todos de aquella dicha solidaria. Como alma de la fiesta la proclamaba la familia.
La de Rivas, culta y refinada si las hay, preparaba de acuerdo con las modistas, con las grandes cocineras de la ciudad, con floricultores y tapiceros, todos los refinamientos posibles en Medellín para la celebración de este cumpleaños.
La víspera todo estaba preparado. Mercedes y Máximo acudieron esa noche á casa de Alberto, ella para dar los últimos perfiles al canto, él para presidir la répétition générale, que decía Alberto, la muestra que llamaba Cheres, en que Blanquita iba á interpretar el genio creador de "Maximito hermoso". En el comedor, escenario de la fiesta, iba á verificarse el ensayo. Los presentes ocupaban el asiento que en la comida debía corresponderles. La servidumbre toda, desde la planchadora hasta Almamía, esperaba ansiosa. A falta de Pepito, ocupa el puesto de honor una almohada que Máximo ha declarado por su padre. El está á la diestra; en el extremo opuesto, entre Alberto I y Cheres, la niña de pie en su silla, donde pueda oír á la novia, que es el apunte, y ver al novio, que es el figurante. "¡Silencio!", manda éste con tono imponente de dómine, y hace una señal.
Blanca cómicamente pensativa, en actitud petulante de arrobo, con mohín picaresco en la boquita, acentuando los hoyuelos de las mejillas, infladas suavemente las narices, parece que invocara; lanza luégo un suspiro de su pecho, sacude con blandura la cabeza, revuelve en torno la mirada, tiéndela al frente, y, cual si de esos ojos emanase con el candor del ángel la travesura del diablillo, fíjalos en la almohada, y, á la señal de Máximo, principia:
"Soy la Princesa Blanca -tú me lo has dicho- De tal tengo los mimos, tengo el capricho; Yo soy un angelito blanco y hermoso; De ángel tengo lo dulce, lo candoroso.
"Blanca también es mi alma, y en mi pureza Vístome de lo blanco con la belleza: Blancos son mis zapatos, bata y sombrero, Blancos como el cariño con que te quiero.
"Yo soy lo más precioso que verse pudo (Como todos lo dicen, ya no lo dudo) Y para complacerte tánto me esfuerzo, Que, mira el zapatico... ¡ya no lo tuerzo!
"Tú eres Pepito mío, viejito amado, El papacito tierno, bello, adorado En la cabeza llevas tú la blancura, Y en el cano bigote y en tu alma pura.
"Tal contento produce tu alegre fiesta Que á celebrarla el Cielo mismo se apresta: La Virgen, que guardado tiene á Carlitos, Va á mandar á la tierra sus pajaritos.
"Mi almita blanca supo que hoy es tu día, Y á tu alma, que es tan blanca como la mía, Un beso manda: agáchate, pues, Pepito, Que tu Blanca querida te dé el besito.
"Pero nó, que me raspas con tus mejillas; Nó, que con los bigotes me haces cosquillas; Ha de ser en la frente donde te beso, Y parezca, al besarte con embeleso, Mi boca, que en tus blancas canas se posa, Como cuando en la espuma cae una rosa".
Dijo, y fue á acercarse á la almohada, pero la explosión de besos, de caricias, no la dejó llegar. Albertico casi la sofoca en su entusiasmo; á Alberto I se le saltaban las lágrimas. Ella se vuelve á su maestro con mucho mimo, y le pregunta: "¿Y sí vienen mañana los pajaritos?". Porque la venida de ellos era el premio que Máximo le tenía ofrecido, y era esto lo que más preocupada la traía.
VIII
¡Con qué solemne júbilo rasgan el aire las campanas de San Francisco! Es María que congrega á sus hijas á celebrar su natalicio; y al reclamo de la Madre acuden presurosas las doncellas todas de Medellín. Mercedes es de las primeras en llegar. En su alma límpida, serena, de novia y de huérfana, hay un dejo de tristeza que la enternece y la conturba: ya nunca más volverá á tomar parte en esta hermosa festividad de las vírgenes: en el año venturo, corona menos inmaculada, si más santa, ceñirá su frente. No puede más, no puede: aunque la vea todo Medellín llora con ese llanto que no es posible ocultar; recibe á su Dios; eleva su hacimiento de gracias; despídese de su Madre y la pide su bendición con el lenguaje de las lágrimas, que en su emoción no le es dado ajustarse á las palabras consagradas de las preces ni hallarlas por lo pronto.
A las doce estaba en casa de Alberto para peinar á Ester y ayudarle en los últimos retoques. En acabando de colocar unas macetas en la antesala, admiraban el efecto, la perspectiva poética, cándida, deliciosa que ofrecía aquella serie de piezas. En cada puerta, doble cortina calada de dos paños; iracas, cinco de abriles, drácenas, jardineras de vistosas flores, pareadas á uno y otro lado, como recogiendo y abullonando aquellos encajes, daban la nota selvática sobre aquel fondo vago, transparente, de espumas; y allá, en el último término, entre un círculo de alternanteras y coleos recortados á la inglesa, se veía el baño. "¡Qué bonito!", exclama Mercedes. "Parece el monumento de la Catedral".- "Eso mismo dijo Pedro", replica Ester muy satisfecha con aquella aprobación. "Lo que quiero es que papá pase por aquí para ir al baño: no ves que parece que va como por arcos de triunfo. No se le ha de pasar al viejito un día sin su baño antes de comer... Y ahora que me acuerdo: tengo unos jabones finísimos". Y ambas fueron á buscarlos, y los llevaron al tocadorcito del baño.
Este, oval, diáfano, remansado, semeja enorme lente. Dos fucsias simétricamente plantadas campan en el centro de aquellas espesuras artificiosas; extienden sus ramajes, cuelgan sus flores purpurinas y las dibujan en la quieta superficie.
Las dos cuñadas pasan al comedor; nada falta: tras el cristal de los artísticos aparadores relumbran porcelanas y electroplatas; en las rinconeras ostentan los cacharros sus campos y arabescos de oro, sus pinturas al fuego, el rococó de sus relieves; Baccarat ha enviado sus primores de muselina, sus copas de gasa; Pomona, sus grosuras; Flora, lo más selecto de su reino; y hasta el sol parece que acrecentara su belleza para filtrarse por los vidrios de colores de la ancha reja.
Blanquita enreda, mariposea e indaga por todas partes: "¿Mandará la Virgen los pajaritos á la fiesta? ¿No los mandará?".
A las dos párte la comisión de Alberto I, Alberto II y Blanca para traer á Pepito con su familia.
Justificando la estrofa de Máximo, Blanca lo estaba por dentro y por fuera: los zapatos, la tela, los encajes y aquel enorme sombrero de resplandor, cubierto, erizado de tules y de plumas: todo era blanco.