Blanca (Carrasquilla Naranjo)

Part 1

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A las Damas de Medellín

I

Es entre monumento y parque. Alzase imponente; se extiende blanqueando sobre el pretil de un granado. La caja en que le vino á papá El Médico Práctico es la base; el primer cuerpo, el molde de hojalata, alto y estriado, en que mamá funde budines y natillas; el segundo, un tarro de salmón; forma el cimborio una tacita de porcelana boca abajo; y por remate y coronamiento de tan estupenda construcción, se yergue, blanca, estirada, las manitas puestas, el rostro al cielo, la "Virgen María" de terracotta, regalo de "Maximito hermoso". Espesuras de cogollo de hinojo, cármenes de fucsias y de heliotropios, macetas en cascarones de huevo rodean el grandioso monumento.

Aún no está satisfecho el genio creador que lo levanta. Como Salomón el Templo Santo, quiere embellecerlo con todas las riquezas imaginables. Corre al jardín, y, sin temer espinas ni gusanos, troncha con los dientes ratonescos capullos de rosa imperial, y desguaza con aquellas manitas que con las flores se confunden, copos de caracucho blanco y de albahaca. Vuela al corral, y recoge cuanto plumón dejaron gallinas caraqueñas y palomas. Jadeante, las mejillas encendidas, volandero el cabello, cogido el delantal con ambas manos, por no perder un ápice del riquísimo botín, torna á la obra, y frisos, cresterías, cornisones surgen en aquel rapto de inspiración.

¡Y qué obra! Tiene todo el encanto de lo torcido, de lo confuso, de lo revuelto, el sello disparatado de la estética infantil. A los divinos ojos de la Virgen jamás se levantó santurio más hermoso. En el gran patio, o mejor, en el prado de la cocina, junto á la tapia que lo separa del jardín-baño, pasa aquello. El sol de agosto, sazonando frutos, reventando gérmenes, difunde la vida y la alegría. Son las dos, y las proyecciones de sombra de los madroños y naranjos que se alinean del lado occidental, se van extendiendo por el limpio, recién recortado césped, como la calma en el espíritu después de la exaltación.

Tras los árboles, invadiendo por completo la tapia divisoria, casi derribándola, apasionado, escandaloso como este nuestro carácter antiqueño, se desparrama en furiosa eflorescencia un curasao solferino. No fuera para mirado á ojo abierto, si algo menos violento no se interpusiese: á más de los nombrados, otros árboles menores enfilan adelante. Y es de ver cómo pululan en el esqueleto de los azucenos aquellos gusanos de felpa negra bordados de corales; y cómo el mirto se gloría con lo clásico del fruto y del follaje artístico, y el azahar de la India, con los copos virginales que recargan el aire de oriental fragancia. Por ellos trepan y con ellos se entrelazan el norbio, el cundeamor y el recuerdo y otras varias sutiles enredaderas de nombre incierto y altisonante.

Formando escuadra con la ancha faja de árboles floridos, se extiende y ondula de poste á poste, á lo largo del corredor, un cortinaje de bellísima, que aquí cuelga en tallos, allá se abullona en ramilletes, para luégo recogerse en guirnaldas. Colonia rumorosa de insectos enreda y explota con insana codicia aquella Capua de mieles y perfumes; en tanto que las mariposas loquean en el aire, besan á sus hermanas vegetativas, ponen en juego sus cambiantes, y, como el anhelo humano, se largan voltarias, caprichosas, en pos de nuevos ideales.

La niña, una vez terminada la magna obra, celebra la consagración, como si dijéramos. De rodillas, las manos puestas como la virgencita reza con atragantamiento de fervor el Bendita sea tu pureza; repítelo más apurada todavía; sigue con el padrenuestro; luégo, con frases y palabras sueltas de oraciones y jaculatorias, ensarta un disparatorio, cuyos vacíos inarticulados llena con una monserga que sólo María puede entender. No le basta esto: cual si alguno de los ángeles de Jacob la poseyese, se desata en desvarío cómico-celestial. "¡Virgen María queridita! ¡Virgen linda de mamacita y de papá! ¡Virgen María de Pepito y de 'Maximito hermoso', de Alberto, de bebé y de Carlitos!". Tan pronto alza la voz en una octava y la emite metálica y vibrante; tan pronto la quiebra en ruidos secos linguo-palatinales o la modula en zumbidos de caricia; á veces canta, á ratos murmura, por momentos conversa, y, sea apurada o vacilante, declama siempre. En la improvisación menciona á todos los de la casa, sin olvidar á Pedro, el asistente, sin olvidar á sus amigas ni mucho menos á Cheres, su madrina.

Almamía, el amigo íntimo, el de los juegos delicados y caprichosos, el de la blancura de algodón boricado, el de las manitas de felpa, se le acerca con volteretas y movimientos de trapo; hace el arco, ronca, y, pasándole el lomo por los bracitos, le pone el hocico y el bigote hirsuto en las mejillas. Ella lo carga, lo estrecha, y con él cargado, prosigue su plegaria.

En el corredor trasiega la niñera con el bebé en los brazos, dándole biberón, sin parar mientes en la algarabía ni en las fiestas de la niña. Es la planchadora la que, al ir á avivar la hornilla, oye aquello. Sale y se encanta. "¡Vean esto, por Dios! Lo que yo le vivo diciendo á misiá Ester: esta niña no se cría". Y corre en busca de la señora para que venga y admire. Ester, medias y aguja en la mano, aparece en el corredor, levanta la cortina de la bellísima, y se asoma al patio. Permanece un instante silenciosa, y luégo, con esa voz, ese acento fingido de mimo tan tonto como sublime de las madres, exclama: "Mi Reina, te vas á asoliar! ¿Para qué escogió ese punto tan malo para hacer el altar?... Tan bella, tan devota de su 'Virgen María'. Mi blanquita, mi grandeza, mi terciopelo precioso". Porque esta niña era unas veces divinidad incomparable, otras palomita de la gloria, otras agua de azúcar, fuera de los mil dictados á cual más inaudito que inventaba la madre en su locura.

De Dios y ayuda necesitaron señora y sirvientas para que la niña trasladara el altar al corredor. Con esa volubilidad de la niñez, deja Blanquita el santuario, y dando zapatetas, mostrando aquellos calzones con rodilleras y arrugados en las corvas, corre por el patio persiguiendo un gorrión que se ha posado en la rama de un hicaco. "Voy á traerle arrocito", grita entusiasmada. Y en un instante está en la cocina, mete la mano en los esponjados granos que muele la cocinera, los echa en el delantal y torna al patio. El pájaro se ha ido; pero en el tejado de la casa colindante brinca, negro y neurósico, un gallinazo, y la niña le grita: "¡Bajá, cochinito, pa que te comás el arroz". Y larga una carcajada de burla, al ver aquella ave tan triste, tan desamparada. "Bajáte que yo sí te doy". Parece que el ave recelosa no la entiende: da un aletazo y se lanza. Suelta la niña los granos, y, tendiendo la mirada por el cielo, exclama: "Miren lo lindo que está el cielo, barrido, barrido. ¡Miren lo lindo!... Allá está Carlitos con la Virgen". Y cerraba los ojos, deslumbrados por aquel azul reverberante.

II

No tuvo el encanto de la media lengua, porque antes de cumplir un año articulaba con claridad admirable. Inventaba los verbos y los participios más extraños, rara vez usaba el pronombre de primera persona y sus declinaciones, así como tampoco la inflexión verbal correspondiente, sino que se llamaba á sí misma "La Niña". "La Niña tiene la bata rotada; La niña está librando (leyendo); álcenla, cárguenla". Su voz timbrada, armoniosa, con ese acento de la niñez que parece el capullo del habla, se adaptaba, sin embargo, á todas las modulaciones. Era una ocarina articulada y acariciadora de una belleza indecible. El alborear de aquella inteligencia, de aquel sentimiento, auguraba un carácter complexo, hondo, artístico, delicadamente femenil. Apenas si le gustaban las muñecas: lo predilecto, lo atrayente para ella eran los animales, las flores, los astros y, en general, la naturaleza; y por sobre todo esto aparecía el ideal: "La Virgen María".

Mamá la tenía en su cabecera con los ojos llenos de lágrimas y el corazón chuzado y de coronita; ella la había visto en la Catedral con su manto azul rodeada de muchachitos; ella la veía en la Vera-Cruz, como una señora de verdad, tan linda, tan preciosa, con aquel niño cargado; ella la veía en todas partes; mamá le había dicho que las estrellas y la luna eran el manto de la Virgen; las flores del jardín todas eran para la Virgen María, porque ella las había visto en los ramos de las iglesias y en el oratorio de mamá. La Virgen, la que le traía los niños á las señoras, y que si se los volvía á quitar era para guardárselos en el Cielo cobijaditos con su manto, como había hecho con Carlitos; la Virgen, la que le había traído el bebé á mamá, ese bebé que era un muñeco que comía y que chillaba y que no era un muñeco; esa Virgen á quien ella, y Albertico, y mamá rezaban por la mañana y por la noche; á quien ella quería ¡tánto, tánto!

Aquel corazoncito para todos alcanzaba. A mamá mucho amor; mucho á papá últimamente; con su hermanito mayor tenía intermitencias; con bebé se enloquecía; pero su afecto, la nata y espuma de su ternura, de sus coqueterías eran para Pepito, el abuelo, para Máximo, el tío, el más fanático, el más tocado de idolatría por esta muñeca, que vino á ser en la familia el blanco y el centro de todos los afectos. Alberto II, inquieto, brusco, voluntarioso, cuyas pasiones hípicas lo arrastraban á grandes atropellos, empalagaba un tanto á Blanca con sus cariños de lienzo gordo, con sus juegos en que la echaba por tierra y le ensuciaba el vestido, punto éste de enorme gravedad, que la limpieza, la pulcritud parecían en esta niña parte integrante de su sér. Cuando se le antojaba que la bata estaba ensuciada, eran el llanto y el gemir desconsolado. El comer era un martirio, porque se le volvía un desafuero chorrear la servilleta o el delantal. Pero esto era nada para lo que sufría la niña cuando su hermano le aseguraba, por hacerla rabiar, que la Virgen no la quería. Corría entonces á la madre, y, anegada en llanto, exponía siempre su querella en esta forma: "Alberto la molestó". Y Alberto soltaba la carcajada, porque era ésta la gracia que más le celebraba. Carlos, el hermanito muerto ocho años antes de venir ella al mundo, era para la niña la tradición gloriosa de la familia; le llamaba, lo nombraba con frecuencia, lo hacía figurar en sus juegos, cual si estuviese á su lado en cuerpo y alma. A pesar de su blandura no dejaba de ser turbulenta á las veces, sobre todo cuando se las había con el gato; cuando contemplaba los terneros y los pájaros, parecía que la acometieran ansias de correteo, de trisca y de vuelo.

Eran especiales sus facultades artísticas para la declamación. Maravillaba tánta memoria en esa cabecita rubia, de toques grises como la seda sin cardar, cuyos bucles en tirabuzones se esfumaban en nimbo de gloria. Y qué rayos de dulzura despedían sus ojos claros de un azul etéreo, indefinible. Obra como ésta no la prodiga naturaleza: las líneas rehenchidas de aquella escultura de carne tierna diseñaban ya la mujer antioqueña, alta, esbelta, de movimientos lánguidos y cadenciosos; el cuello y el pecho ondulaban en esponjes de paloma cuando arrulla; la boquita, de labios un tanto gruesos pero correctos, se plegaba con el mimo y la monería que sólo la inocencia sabe producir, mostrando unos dientecitos que parecían miajas de la pulpa del coco; movía esas manos pompas, de palmas sonrosadas, con la gentileza, la maña y la travesura de una gatita; y cuando, inclinada la cabeza, proyectaba aquellas pestañas crespas, largas y de color atortolado, hubiera servido de modelo para una Virgen niña.

III

Aquel espíritu que flotaba sobre las aguas en los días del Génesis parecía ahora apacentarse, como en remanso espejado, en el hogar de Alberto Rivas. Sentíase por doquiera, refulgía en las conciencias y en los semblantes, y cual si su providencia fuese especial para aquella familia, derramaba, al par que la salud y la fortuna, sus dones y sus frutos. Ester era una perpetua oblación; á cada golpe del reloj, hablaba con Dios en el lenguaje mudo del fervor, y le ofrecía sus felicidades, como le ofreciera en otro tiempo sus desgracias.

Nacida en la cumbre social, arrullada por los halagos de la opulencia, por los cuidados de amantísimos padres, despertó á la vida por un choque que, dejándola por tierra, proyectó en su juventud una sombra tenebrosa: la muerte de su madre. Vino luégo otra mujer á ocupar aquel puesto. El corazón de Ester se sublevaba. En su bondad, se reprochaba á sí propia aquel sentimiento de antipatía, aquel tributo al barro miserable.

Casada á los diecisiete años con el hombre á quien amaba desde los nueve, creyó alcanzar la dicha, y todos la diputaban por la novia venturosa. Cómo no, si Alberto Rivas reunía cuanto puede apetecerse.

La estatura prócer, el porte garrido y arrogante, el rostro agitanado de perfil enérgico y de ojos de árabe, el brío y regocijo del carácter, las seducciones de la alcurnia y del dinero, el prestigio de los viajes, ese refinamiento, esas mil monadas que constituyen el buen tono, hacían de "el negro Rivas", el popular "negro", el gran partido de Medellín. Empero, bajo las áureas urdimbres que deslumbran, bajo alfombras de rosas que embriagan bien puede solaparse la lepra que lacera. El sentido moral dormía en Alberto Rivas. El placer era su meta; amó por el placer; por el placer se unió á aquella niña inocente y pura cuya belleza moral superaba á la física. Tras la embriaguez vino el cansancio, el desvío. Las enfermedades de Ester completaron la obra.

En la primera época del matrimonio, fluctuaba la joven entre el desencanto y la sorpresa. No sabía si amaba al marido como había amado al novio, pero indudablemente ella tenía una noción muy distinta del amor. La maternidad vino á revelarle la felicidad conyugal, á dejársela entrever apenas, que á los seis meses de nacido murió su primogénito; vino luégo otro hijo débil, enfermizo, para quien temía la misma suerte. Estos frutos seguidos prometían la cosecha sin tregua de la fecundidad antioqueña. Mas no fue así: naturaleza pareció resistirse; y para aquella esposa tan joven, tan sana, principió una etapa de dolor callado, de agonía moral. Cuanto una mujer delicada y casta puede sufrir con la intervención médica; las humillaciones, las miserias de una esposa enferma; las dudas que surgen en su espíritu cuando se cree burlada en la más santa de sus aspiraciones; el temor, sugerido por un corazón que adivina, de que su compañero ha de ver en ella un sér inútil, despreciable, repugnante; los alarmas de la conciencia al pensar en la disipación del esposo; el ver al único hijo, enfermo, en manos mercenarias y extrañas; el forzado abandono de los deberes domésticos; todas estas penas, complexas, tenaces, realzadas por una sensibilidad exquisita, las sufrió Ester, sola, aislada, allá en los profundos de su alma, durante siete años.

No podía Dios desoír los íntimos clamores de una alma atribulada. Un día se inició la salud en el hijo, y, cual si de ella dependiese la de su madre, tornó Ester á la vida, lozana, radiante de belleza, como en gloriosa resurrección, y vino Blanca. En ella cifraba Ester su dicha; cuanta ternura comprimida acendraba el corazón de esta madre le parecía poco para aquella hija predilecta de sus entrañas.

El retorno á la salud y á la belleza de la esposa, la aparición de Blanquita no fueron parte á devolver al extraviado esposo el prístino entusiasmo. Aún no tenía un mes la parvulilla y ya Alberto emprendía su tercer viaje á Europa. Dieciocho meses lo engolfaron metrópolis y balnearios, para volver á su tierra con la nostalgia de la ajena. Regalos suntuosos para la esposa y para los hijos, muebles, artísticas chucherías de alto precio para la casa; todo aquello lo estimó Ester en un principio como fineza de esposo y de padre, mas pronto su experiencia, la intuición de su amor le enseñaron cuánto más vale la dádiva de un corazón que todas las riquezas del mundo. No importaba: tenía á sus hijos: si con su Alberto no le bastaba en antes, con su Blanca, ese presente con que Dios la favoreciera, tenía ahora para cobrarse con creces la indiferencia, la algidez mortecina del esposo. Qué importaba que el Club y el sport lo absorbiesen, que pasara las noches fuera de casa, que recibiera cartas y fotografías parisienses, que sirenas plebeyas de acá lo hechizasen con su canto: ¡qué importaba, si ella sobre la coraza de su virtud llevaba aquel talismán, aquella pureza, aquel armiño del Cielo! Quejarse, manifestar siquiera en el semblante las ocultas heridas de su dignidad, era regatearle á Dios el galardón aquél inmerecido. Qué importaba... y sin embargo, cuántas veces la frente inmaculada de la niña recibía, al par que el beso, las lágrimas de su madre; cuántas, la frase amante y delicada de la esposa, al dirigirse al infiel á quien adoraba, moría ahogada por un sollozo que estallaba de lo más profundo de su alma. Qué importaba... y sin embargo, cuántas veces en la alta noche, de rodillas en su lecho de esposa abandonada, pedía á Dios, no la vuelta del esposo, sino el revocamiento de un castigo que en su conciencia creía inminente para el culpable, para ella, para sus hijos inocentes.

Si el padre no apreciaba aquella hija, aquel tesoro, si prefería á las fruiciones santas los miserables devaneos, el abuelo, el tío, la madrina, los amigos, todos, competían con la madre en aquel afecto entrañable, que más que afecto semejaba idolatría.

Faltaba en aquel concierto la nota cariñosa de la abuela: Alberto había perdido á sus padres tiempo hacía; Ester era hija de primeras nupcias; pero su padre (Pepito, que le decían sus dos nietos) amaba él solo á Blanca por los otros abuelos que faltaban.

IV

Se ha dicho que los matemáticos, á fuer de imbuídos en abstracciones numéricas, tienen carácter reseco y enfadoso. Máximo Santalibrada (único hermano de Ester por padre y madre) desmentía el aserto, y no porque fuera ingeniero á medio untar. Era un mozo ingenuo, con una de esas delicadezas vestidas de niñerías, de frivolidades; risueño, alborotado, travieso; era una grandeza de espíritu esmaltada de pequeñeces, un corazón. Acababa de llegar de Norte-América cuando nació Blanca, y él mismo se ofreció como padrino. Mercedes, la hermana menor de Alberto, fue su compañera de pila. ¿Sería esta circunstancia germen de amor en el corazón de la joven? Ella misma lo ignoraba; ella misma no sabía definirse; pero es lo cierto que tuvo que confesarse á sí propia al fin y al cabo que amaba á Máximo. Corría el tiempo, y Mercedes, á pesar de las muchas ocasiones que de tratar á Máximo tenía, nada lograba descubrir en él que revelase siquiera inclinación por ella, nada, ni siquiera coqueteos de muchacho. Varios adoradores se le presentaron: á ninguno hizo caso: algo le decía interiormente: espéra, espéra.

Era una morena acanelada, de ojos adormidos de una tristeza vaga y extática; el cabello espeso y alborotoso; alta, lánguida, de movimientos rítmicos más provocativos que majestuosos; redondo, negro, como dibujado con tinta china, lucía un lunar en la mejilla. Era una niña nerviosa, mimada, impresionable. Según su fe de bautismo, contaba dieciocho años; moralmente apenas tendría nueve. Demasiado espigada ya para habércelas con muñecas de trapo o de cartón, se le iban las horas en juegos con su ahijada, muñequita de carne y hueso. La adoraba, no sólo por esa ternura que inspira la niñez ni por aquella especial que inspiraba el angelito, ni por el instinto materno tan pronunciado en Mercedes, sí que también, y quizá más que por todo, porque veía en la niña algo como un vínculo que la unía á su amado. ¿No era Blanca ahijada y sobrina de ambos? ¿No tenía cariño entrañable por los dos? Para el corazón de la joven era esto argumento irrefutable. Ello estaba como en la atmósfera. Blanquita misma llegó á sentirlo.

Un domingo, después de misa de ocho, se hallaban en el corredor, Ester, los padrinos y la ahijada. Mercedes le arreglaba á ésta una canastica de flores; Máximo, que había estado bobeando con la niña toda la mañana, entró en juicio, repantigóse en una mecedora, levantó la cabeza hacia el cielo del corredor como si contase los portaletes, y dando golpecitos con los dedos en los brazos de la silla, á guisa de acompañamiento, se puso á silbar el Dúo de los paraguas. Hallaríase en los astros, en Norte-América, en cualquier parte, menos en la casa. Blanquita se entretenía en hojearle el devocionario á su madrina, admirando los registros. De repente toma uno, el primero que halla á mano, lo pone entre las flores, se acerca de lado á Máximo, lo sacude, lo vuelve á la realidad, y, con una chuscada, con un gesto de risa contenida que le alumbraba la carita, le dice al oído en un secreto susurrado, aparatoso, que todos oyeron: "Esto es que te manda Cheres". Y le pone el regalo en las rodillas. La niña lo hizo de tal modo, que Máximo, á pesar de su aplomo, no deja de inmutarse un tanto; Mercedes baja los ojos encendida; y el diablillo agrega con mucho dengue: "Papá y mamá son novios; 'Maximito hermoso' y Cheres son novios también; la Niña quiere que sean novios". Y volviéndose á Ester: "¿No es cierto, mamacita, que Cheres y 'Maximito hermoso' van á ser novios?". Sin esperar la respuesta, y á carcajada tendida, corre saltando hasta el extremo opuesto del corredor, torna hasta la mitad, y, escondiendo la carita tras los tallos fibrosos de una iraca que desparramaba sus plumajes tropicales por encima de un aparato á estilo rústico, y señalando con el dedo á sus padrinos, grita con tono burlesco: "¡Hi, hi, hi, son novios, son novios!". Suena la campanilla del contraportón, y aparece el abuelo. La niña se le aboca, lo ase con un bracito por una pierna, y, siempre señalando, repite: "¡Véalos, Pepito!; véalos: ¡son novios, son novios!". Máximo estaba lo que se llama corrido; Mercedes palidecía; Ester, viendo que ya no era posible disimular, exclama: "¡Esta sí es la muchacha!" ...Pepito, que se da cuenta, sonríe maliciosamente, quiere decir algo y nada dice. Máximo siguió pensativo, y ni siquiera hizo caso cuando Blanquita fue á recitarle al abuelo el Blas y Blasa que el mismo Máximo le había enseñado. A poco se despidió, y, pensando en el significativo rubor de Mercedes y en su propia inesperada turbación, esta pregunta surgió en su mente: "¿Por qué no?".

La escena, como todo lo relativo á Blanquita, fué en la casa muy comentada, y todo ello aumentaba el entusiasmo y la admiración por aquella muñeca, con quien todos chocheaban.

V

Todos no: Alberto continuaba indiferente á los grandes acontecimientos de la casa: por entonces sólo lo preocupaba el sport rodado: era el número uno de los ciclistas de la ciudad. Cuando, con el traje del caso, pedido especialmente á Europa, volaba por esas calles, fantástico, transfigurado, saludando, gorra en mano, á sus muchas admiradoras, parecía "el Negro Rivas" un fin de siglo convertido en meteoro. ¡Ah, Negro elegante y cachaco! Pero ¡oh brevedad de los tabores humanos! Un día lo llevaron á la casa en guandos. ¿Cómo fué aquello? Nunca se ha averiguado bien. Hubo golpe en la rodilla, y ya se sabe... líquido! Desde que oyó á los médicos la palabra aterradora, todo lo vió entenebrecido; humores negros, esplines de lo más británico, neurosis franco-antioqueña le acometieron en gavilla. Pero no hubo remedio: tuvo que encamarse. Aquí de mis deberes, se dijo Ester; y principió una de esas venganzas inconscientes de la esposa amante y abnegada, de la mujer antioqueña, que tiene el talento en el corazón.