The Auld Doctor and other Poems and Songs in Scots

Chapter 2

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A su entrada a la Paz recibió Belzu espléndidas ovaciones; y el pueblo, reunido en comicios, le confirió la pluma blanca de general.

Muy luego la revolución se extendió en todos los ámbitos de Bolivia; Ballivian abdicó, retirándose al exterior, y Belzu fue llamado al poder.

Belzu lo rehusó, y envió emisarios al general Velazco, emigrado entonces en la República Argentina, y salió él mismo a su encuentro reuniéndosele en Sucre, y lo invistió del mando supremo.

¿Qué motivos aconsejaron a Belzu no aceptarlo para sí? La convicción, quizás, de que aun no había llegado su hora.

La verdad es que él empleó toda su influencia para sostener a Velazco en el poder, hasta que las intrigas de los partidos lograron separar a estos dos hombres, que, unidos, tanto bien habían hecho a Bolivia.

Impresionado por las sugestiones de Olañeta, hombre superior, ambicioso, e interesado en desquiciar el nuevo orden de cosas, Velazco empezó a desconfiar de Belzu, y muy luego la enemistad se declaró entre ellos.

Un día, con la excentricidad caballeresca genial en él, Belzu se declara desligado de sus compromisos con el gobierno, renuncia la cartera de la guerra que servía, y dejando la capital sin anunciarlo a Velazco, marchó al norte, donde unido a varios cuerpos del ejército, proclamó la revolución que aceptaron, Oruro, Cochabamba y la Paz.

Muy luego, y después de un combate con el resto de las fuerzas que le quedaban al gobierno, Belzu invocado por los pueblos, ascendía al poder.

La narradora rehúsa seguirlo en aquel elevado puesto en que la esposa rehusó acompañarlo también.

Pero, llegado a esas cimas vertiginosas de la vida, Belzu no se deslumbró. Guardó siempre su rectitud incontrastable, su amor a la verdad, y una generosidad que más de una vez desarmó a sus enemigos convirtiendo su odio en fanática adhesión.

Así logró frustrar infinitas revoluciones tramadas contra él en aquel país clásico de la conspiración, a pesar del oro de los ricos, enconados por la protección que dispensaba a los infelices indios, defendiéndolos de sus inicuas arbitrariedades con severa energía.

Realizó, en la hacienda pública, grandes economías que llenaron las arcas nacionales, mantuvo en respetuosa amistad a las repúblicas vecinas, y cumplido su período legal, caso único desde la fundación de Bolivia, transmitió el poder a su sucesor, y se retiró a Europa.

Allí vuelto a la vida privada, hacíase notar por su conmiseración hacia los menesterosos. En aquellos países, donde la civilización, refinando los goces ha entronizado el egoísmo, mirábase con extrañeza y creíase loco a ese filántropo que recorría las comarcas derramando socorros y consuelos sobre los desgraciados.

Empuñó el bordón de peregrino y visitó la Tierra Santa; habitó bajo las tiendas del árabe; recorrió la Turquía y el Egipto; escaló las Pirámides, y subió el Nilo hasta sus cataratas.

En aquellas remotas soledades, fueron a buscarlo los primeros apremios de sus compatriotas que lo llamaban, invocando su civismo contra la despótica arbitrariedad de Linares, elevado al poder por una revolución.

Belzu sabía a qué atenerse respecto a lo que ellos llamaban arbitrariedad en la conducta de aquel mandatario: sabía que era la severidad necesaria en ese país profundamente desmoralizado por la acción de una continuada guerra civil.

Así, no solamente la aprobó, sino que le escribió congratulándolo por aquel rigor saludable en esa actualidad: rigor a que él no tuvo necesidad de recurrir en iguales circunstancias, porque le bastaba solo el prestigio de su nombre.

Como Ballivian, como Velazco, como Córdoba, Linares cayó también, expulsado del poder por sus mismos amigos, y enfermo, casi moribundo, desamparado de todos, refugiose en Chile: y el general Achá, nulidad militar, fue elevado al poder.

Juguete de los partidos, durante el período de su administración se perpetraron en Bolivia atrocidades cuyo recuerdo estremece de horror, y que han dejado en aquel país una herencia de odios que no se extinguirá jamás.

- II - La campiña de seis días

Bolivia acababa de ver sucumbir su poder constitucional, bajo la acción violenta de un motín militar. Las causas que determinaron aquella catástrofe surgieron todas de la debilidad y vacilación que caracterizaron siempre los actos de la administración Achá.

El período de aquel mandatario tocaba a su fin. Las actas populares proclamaban la candidatura del general Belzu, y este nombre de mágica influencia en las muchedumbres, despertaba, de un confín a otro de la república, ideas de prosperidad y bienandanza, olvidadas hacía largo tiempo. La trasmisión legal iba a efectuarse, y Bolivia se presagiaba una era de ventura.

Sin embargo, aquel de quien la esperaba, en un voluntario ostracismo, se mantenía lejano. Sentado en los hogares de un pueblo extraño, solo, pobre y perseguido por la ruin venganza de un gobernante hostil, negábase al llamamiento de sus compatriotas, a los ruegos de sus amigos y al propio anhelo de su alma, no queriendo que su presencia influyera de manera en la espontaneidad del voto nacional.

Entretanto, una hoguera de intrigas ardía en el seno de esa patria, a cuya tranquilidad se sacrificaba él con tanta abnegación. Gavillas de ambiciosos recorrían el país, entregándose a toda suerte de manejos para escalar el poder.

Y así llegó el 28 de diciembre, en cuya alborada estalló en Cochabamba una insurrección de cuartel. Encabezábala un soldado oscuro, uno de esos generales forjados por el favoritismo de actualidad, y cuyas charreteras arrancan burlonas sonrisas: Melgarejo.

¿Quién era ese hombre? ¿de dónde salió, y cómo cayó en las cuadras de un cuartel? Nadie se ocupó nunca de averiguarlo. Es probable que una de esas levas, que de vez en cuando espuman las masas, lo llevó a vestir la jerga del soldado.

Una noche en diciembre de 1840 estalló un motín en el batallón «Legión», que guarnecía la plaza de Oruro. Encabezábanlo tres sargentos. Choque, Pecho y Melgarejo.

El objeto de aquel motín fue el pillaje. En efecto, saquearon la ciudad y se dispersaron. Melgarejo fue a dar a Tacna, donde se hallaba emigrado el general Ballivian, que lo acogió en su casa, y después lo trajo consigo a Bolivia.

Después, solo tres veces ha sonado el nombre de Melgarejo: las tres en sentencias de muerte pronunciadas por consejos de guerra y revocadas por Belzu, que tres veces le salvó la vida.

El 20 de febrero de 18... la «Época de la Paz» registraba en sus columnas un voto de gratitud dirigido a Belzu por un reo indultado. Firmábalo Mariano Melgarejo.

He ahí el pasado del hombre que el 28 de diciembre asaltó como un bandido el poder constitucional, el vándalo, que cañoneó una ciudad pacífica, entregada al sueño; y pisoteando el libro sagrado de la Ley, se invistió del mando supremo por su propia autoridad, pasando sin transición de los bancos de la taberna al dosel presidencial.

Así, el primer acto de su sacrílego triunfo, fue dar muerte a la constitución. Disolvió el Consejo de Estado, suprimió el municipio, ese elemento equilibrador entre el gobierno y el ciudadano. Plantó la pluma blanca, consagrada al mérito militar, en cabezas infames, dilapidó en torpes saturnales el tesoro nacional, y puso la república como se halla: al borde de un abismo.

El general Belzu se encontraba por entonces en Islay. Él, que, sumiso hasta el fanatismo a la ley constitucional, había resistido al llamamiento de los pueblos, que levantados en masa, lo proclamaron unánimes en marzo de 1862, ahora, a la noticia del peligro inminente que amenazaba a la patria, solo, inerme contando únicamente con su valor, corrió a salvarle o morir. Ni en el desfiladero de Leónidas, ni el abismo de Curcio, hubo más abnegación, que en esas etapas solemnes de Arica a Corocoro, donde llegando solo con su criado, se presentó a tomar el cuartel.

Al verlo, los soldados cayeron de rodillas, y le presentaron las armas. ¿Qué sostenía a aquel hombre en ese sublime abandono de sí mismo? Su confianza en la misión de dicha prosperidad que tenía para la patria, su fe en el amor del pueblo. No engañó esa fe, al ilustre mártir: el pueblo le ha elevado templos en su alma.

El 20 de marzo, la Paz se despertó conmovida con estas palabras: ¡Belzu viene!

Desde esa hora, la ciudad bullía en gozosa agitación. El pueblo, sin armas, llevando solo en los labios el nombre de Belzu, se arrojó sobre la columna que había quedado de guarnición. El oficial que la mandaba (Cortez) ordenó hacer fuego, pero la multitud ahogó aquel movimiento, arremolinándose, compacta en torno de la tropa, y arrebatándole las armas.

A vista de sus soldados vencidos sin pelear, Cortez se puso en fuga.

Esa noche, y al siguiente día, los caminos estaban invadidos por largas hileras de peregrinos que, el alma llena de fervor, corrían al encuentro de aquel hombre tan largo tiempo deseado. Su inesperada presencia en Bolivia les parecía un sueño. Pero muy luego, aquellos que se habían adelantado, volvieron sucesivamente, clamando:

-¡Ya está en Corocoro! ¡Ya está en Viache! ¡Ya está en el Alto!

Aquello fue una escena de locura, de idolatría. Ese hombre no caminaba: lo llevaban en brazos. Seguíanlo pueblos enteros, contemplándolo maravillados; y los que estaban lejos pedían a gritos que los dejaran acercarse para tocarlo, y convencerse de que no era una ilusión. ¡Oh! bello debe ser verse amado de esa suerte: las últimas horas de aquella existencia valían siglos de ventura.

Y él, entregado a esa dicha suprema; al gozo de volver a ver la tierra natal, de aspirar su aire, y soñar para ello la realización de las ideas de mejora y progreso recogidas en sus lejanos viajes, se adormecía en una indolencia extraña en las circunstancias, y enteramente ajena a aquella activa naturaleza. Habríase dicho que lo retenía la mano de la fatalidad.

Así pasaron cuatro días.

En ese corto espacio, cuántos tiernos episodios vinieron a probarle a cada momento el amor entusiasta de sus compatriotas. Los padres le llevaban sus hijos, equipados para el combate; las señoras le enviaban armas cargadas por su mano, y adornadas con ramilletes de flores; las pobres verduleras y fruteras del mercado, desenterrando el producto de los sudores de toda su vida, le llevaron el dinero con que se hizo aquella campaña. Una mendiga paralítica, se arrastró hasta sus pies, y poniendo en sus manos una alcancía en que guardaba, quién sabe cuánto tiempo hacía, los ahorros de la caridad pública, le dijo que allí encontraría algo de sus limosnas. Belzu recibió esta ofrenda llorando de enternecimiento.

Los jóvenes más apuestos de la ciudad se le presentaron armados de rifles, para combatir a su lado. Más de doscientos niños de todas edades y condiciones, solicitaron formarse en cuerpo y velar cerca de él.

Entretanto, el tiempo trascurría, sin que los amigos de Belzu pudieran alcanzar de él la orden de fortificar la plaza para ponerse en actitud de defensa contra Melgarejo, que, recibiendo aviso en Oruro, regresaba a marchas forzadas. Indignábase cuando le hablaban de levantar barricadas, que pudiesen causar daño a la ciudad; y con la poca fuerza que contaba quería batirse en el campo.

El 25 de marzo, un extraordinario anunció la aproximación de Melgarejo con su ejército, y algunas horas después una fuerte avanzada se presentó en el Alto. Belzu mismo seguido de algunos de los suyos, le salió al encuentro. La avanzada huyó, dejando un rezagado que fue hecho prisionero. El pueblo, reconociendo en él a uno de los que habían ido de la Paz a incorporarse a Melgarejo, quiso matarlo. Belzu lo defendió y para mejor asegurar su vida, mandó llevarlo a palacio.

Aquella noche, habiendo al fin conseguido de Belzu el asentimiento deseado, el pueblo, secundado por Edelmira la heroica hija de Belzu, se entregó a los trabajos de fortificación.

Fantástico era el espectáculo que presentaba aquella noche la Paz. Hombres, mujeres y niños, todos acudían cargando adobes, piedras, y toda especie de materiales. Luego, transformados de cargadores en ingenieros, trabajaron toda la noche, a la luz de las fogatas alimentadas por los niños.

A la mañana siguiente, la plaza como por encanto, se hallaba circuida de fuertes barricadas, y el pueblo, ebrio de entusiasmo, armado solamente de ciento ochenta fusiles, se preparó a la pelea y esperó.

Así pasó el 26 de marzo. En la noche, Belzu visitaba las barricadas, donde fue recibido con gozosas aclamaciones, volvió a palacio, se acostó en su cama y durmió tranquilo, cual si ningún peligro lo amenazara. Cerca de él velaba su hija. La pobre niña, avezada a las catástrofes y profundamente inquieta, sentía sin embargo, abrirse su alma a la confianza, ante aquella impasible serenidad. No presentía que estaba velando el último sueño de un moribundo.

A las doce del siguiente día, Melgarejo llegaba al Alto. Los que estuvieron a su lado cuentan que al divisar la ciudad que se extendía abajo, fortificada y hostil, se detuvo para darse lo que es fama que él llama baño de inspiración: la embriaguez.

En efecto, cuanto ese hombre ha hecho hasta hora, absurdo o criminal, todo fue inspirado por ese degradante vicio. Entonces, por ejemplo, dicen que echando en torno una mirada recelosa, dijo a uno de los suyos.

-Hoy desconfío del ejército, y voy a anticipar un escarmiento, fusilando al primero que se me presente.

En ese momento el capitán Cortez, aquel oficial que mandaba la fuerza de guarnición vencida por el pueblo seis días antes, y que huyendo se ocultó en el pueblo de Achocalle, saliendo de su escondite alcanzó al ejército, y vino a presentarse a Melgarejo.

Verlo, mandar salir cuatro tiradores y ordenar hacerle fuego, fue asunto de un instante. En vano el desgraciado probó que había cumplido su deber hasta el fin, en la noche del 21; en vano viendo la inutilidad de su justificación, se asió desesperado a la capa de Melgarejo. Éste lo magulló a golpes con el cañón de su revólver; y uno de sus edecanes haciendo el oficio de verdugo, arrancó de las manos del desventurado, aquel paño, único resto de su esperanza. Entonces empezó sobre el pobre Cortez un fuego graneado que lo mató a pausas; y por encima de su cuerpo palpitante pasó el ejército, acabando de mutilarlo los acerados cascos de los caballos.

Después de este sangriento episodio, Melgarejo descendió del Alto y atacó las barricadas. El pueblo las defendió con un denuedo que puso en derrota al ejército.

El ataque preparado por Melgarejo conforme a un plan que cierto ingenioso sucrense le envió al enemigo, fue dirigido a la barricada de la Merced, penetrando por las puertas traseras del convento, forzadas a cañonazos, como las del templo mismo, que fue el teatro de un sangriento combate. Melgarejo se constituyó allí en persona, con sus mejores materiales de guerra, cañones, jefes y soldados ofreciéndolos en holocausto estéril a los tiros de la barricada, mientras él solo se mantenía a cubierto. Esto explica cómo en aquella matanza horrible que cubrió de cadáveres el atrio y una parte del templo, él solo quedó ileso.

Llegó en fin el momento en que faltó a Melgarejo la obediencia ciega del soldado, ante el espectáculo de la sangre que corría sin provecho alguno para los asaltadores de la plaza. Entonces, desesperado de todo expediente, hizo alto al combate, y fue a vagar solo por las inmediaciones desiertas que estaban al abrigo de los fuegos de la plaza. Ignoraba que allí donde había buscado un refugio se hallaba precisamente bajo los rifles de veinte valientes apostados en las bóvedas de la Merced, y mandados por el bravo Larrea, que les impidió matarlo, recordándoles la orden que tenían de Belzu para respetar su vida.

No menor resolución que entre los asaltadores de la barricada de la Merced, reinaba en todos los grupos del ejército agresor. Situados en torno de la plaza, contemplaban con espanto su desesperada posición. Hallábanse entre un pueblo pronto a lanzarse sobre ellos, y las balas de la barricada, certeras, inexorables. Su derrota estaba consumada, y no les quedaba ni el recurso de la fuga; pues los que pudieron huir, eran perseguidos por el pueblo, que, en la previsión de aquel caso, se hallaba fuera de barricadas. Así ninguno de ellos aspiraba a otra cosa que a una ocasión de rendirse, cualquiera que fuese, a todo trance o condición.

Convencidos con escarmiento de que las barricadas eran, no solo inexpugnables, sino inatacables, poseídos de esta certidumbre, cesó el fuego de ataque en todas direcciones.

Aprovechando este momento, el coronel Peña invitado a fraternizar con el pueblo, entró en la plaza con ciento treinta hombres de su cuerpo, no pasado sino vendido. Belzu los recibió con abrazos, y prohibió el desarme de los rendidos: imprudencia ajena de un veterano, y que tan caro debía pagar luego.

Es indecible el gozo que se apoderó de los soldados al penetrar en la plaza, viéndose recibidos con tan magnánimas demostraciones de simpatía.

Los soldados apostados en otras direcciones siguieron el ejemplo de los primeros: se presentaron rendidos en las barricadas, que les dieron entrada franca; y bien pronto el palacio en que se hallaba Belzu, y sus inmensos salones se llenaron de jefes y soldados, que estrechándose en torno de él y mezclados con los defensores de la plaza, formaron una delirante confusión de abrazos y aclamaciones.

Esta escena, aunque tornó la suerte de ese día en sangre y luto para los vencedores, y por largo tiempo en ruina y exterminio para Bolivia, será también un timbre de gloria para los nobles hijos del Illimani. El terrible desenlace de esa jornada habrá servido al menos, para realzar la virtud y el heroísmo de ese pueblo que venció por su valor y sucumbió por su magnanimidad. ¡Enorgullécete Paz, Níobe trágico y sublime de los Andes! aun cayendo, conquistaste siempre un nombre inmortal. Y tú, grande y gloriosa víctima de ese día; regocíjate que tu sangre no habrá corrido en vano para el porvenir de esa tierra que te fue tan querida.

Mientras Belzu, se adormecía imprudente, al arrullo de aquella inmensa ovación, por las barricadas abandonadas ya, en la certeza del triunfo, entraban y salían emisarios que informaron a Melgarejo del estado de la plaza, y de la insensata confianza que embargaba a Belzu en aquel momento decisivo. Eran estos, jefes y oficiales, desecho del ejército en épocas anteriores, recogidos por Melgarejo, y que aviniéndose mal con el triunfo de Belzu, penetraron pérfidamente con el objeto de provocar una reacción en el ejército rendido, una vez que esta era ya superior en armas y número a los defensores de la plaza.

Melgarejo que un momento antes solo y abandonado quería darse un balazo, para escapar a la vez de la vergüenza y de la ira del pueblo, doblemente reanimado ahora, por la esperanza y por el alcohol, que en casos dados es para él un motor de coraje, tuvo una idea; idea siniestra que irradió en su estrecho cerebro, como la luz que enciende la noche en la pupila del tigre.

Rondando en torno de la plaza, por calles desiertas, volviose de repente a los pocos húsares que lo acompañaban y les ordenó seguirlo.

Bajo la pendiente calle a espaldas de la Merced, costeando sus muros; torció a la derecha, y se presentó en la barricada que cerraba la calle de las Cajas.

Por desgracia, los soldados que la guardaban, arrastrados por el contagio de la funesta confianza de Belzu, habían abandonado su puesto, y mezclados con los rendidos llenaban en ese momento la plaza.

Tan desierta estaba la barricada que los húsares tuvieron tiempo para derribar los adobes necesarios al paso de los caballos.

Melgarejo no fue apercibido hasta que llegó al ángulo de la plaza. Allí un grupo de soldados lo detuvo; pero él vivó a Belzu, y estos le dieron paso.

La súbita presencia de Melgarejo en el patio de palacio pasmó a todos, soldados y paisanos. Lo creían prófugo y de repente lo veían allí. Así, unos lo juzgaban prisionero, otros que rendido venía a presentarse a Belzu.

Este, al saber lo que ocurría, creyó lo mismo; y dio orden para que lo dejaran entrar, reiterando la orden que ya había dado para que no se le ofendiera en manera alguna. Y cuando uno de los suyos (Machicado) lo insultó en la escalera de palacio, y lo asió por el cuello, Belzu mandó a su sobrino para que prohibiera en su nombre el tocar siquiera a la persona de Melgarejo.

Cuatro veces había salvado la vida a ese hombre: y tenía por aquella existencia el apego simpático que nos inspiran los objetos librados por nosotros de la destrucción.

Pero la muerte de Machicado, que cayó bajo la espada de Melgarejo, puso de manifiesto el carácter con que este entraba.

Los paisanos, que habían ya dejado las armas, viéndose cercados de soldados, y creyendo en una traición preconcebida, recurrieron a la fuga; y estos hallándose dueños del sitio, y al frente suyo el jefe que un momento antes los mandaba, obedecieron maquinalmente a la reacción.

Aprovechando este momento de asombro, Melgarejo subió hasta la antesala que precede al gran salón de palacio.

Belzu ignoraba lo que en ese momento acababa de pasar, lleno de confianza y desarmado, salió a recibir al funesto huésped, y le tendió los brazos. El coronel Campero que precedía de un paso a Melgarejo, interceptó aquel abrazo.

Melgarejo entonces en voz baja, dio orden a dos rifleros que habían subido con él, de hacer fuego sobre Belzu. Estos no obedecieron.

En ese momento Belzu, separándose de los brazos de Campero, los tendió de nuevo a Melgarejo.

-Está usted libre -comenzó a decirle. Pero a las primeras palabras la voz se extinguió en su labio y cayó al suelo bañado en sangre.

Melgarejo había sacado de su seno un revólver, y mientras con el brazo derecho simulaba un abrazo, con su mano izquierda le atravesó las sienes con una bala que produjo la muerte instantánea.

Después de este crimen, Melgarejo saliendo a la galería que se abre sobre el patio, gritó:

-Belzu ha muerto.

Estas palabras consumaron la reacción. El asesino huyó de aquel sitio, espantado por la sombra de Belzu, cuyo cadáver, recogido con religiosa veneración, fue trasladado a su casa, seguido por una multitud de pueblo, que no arredraba la tromba de balas que barría las calles, acribillando a los fugitivos vencedores, de la plaza.

En un salón convertido en capilla ardiente, el cadáver de Belzu yacía rodeado del triple silencio de la noche, de la muerte y del dolor.

Hacia fuera, en la calle, al otro lado de la puerta cerrada, oíase un rumor que iba creciendo gradualmente y que a la primera luz del alba se tornó formidable. Muy luego, golpes espantosos sacudieron aquella puerta que amenazó caer. Abierta al fin, una inmensa multitud invadió el patio y las escaleras; y precipitándose en el salón mortuorio, se arrojó sobre el cadáver exhalando gritos de dolor. Allí permaneció tres días, renovándose sin cesar, gimiendo, amenazando.

Asustado Melgarejo ante la audacia de aquel dolor popular, pretendió hacer a Belzu los honores fúnebres que prescribía su rango. El pueblo declaró que no lo consentiría; y que daría muerte al soldado que se atreviera a seguir el convoy fúnebre. Y apoderado del cadáver, el pueblo lo revistió de las insignias del supremo mando, y lo llevó en procesión a su última morada.

Así pasó a la tumba y a la historia aquel hombre que pudo gloriarse de haber fanatizado y hecho eterno el más inconstante de los sentimientos humanos, el amor popular.

La distinguida señora, la pobre obrera, el artesano, el mendigo, guardan entre los relicarios venerados de su piedad, el retrato de Belzu. Penetrad en el interior de las punas, y veréis en las chozas de los miserables indios, arder devotas lámparas ante su imagen.

El solo vínculo que puede unir entre sí, a los pueblos de Bolivia, antagonistas en intereses y carácter, es el sentimiento democrático; y Belzu era el primero, el último y poderoso representante de ese sentimiento, que fue el secreto de la mágica influencia que ejercía y ejercerá todavía largo tiempo en el alma del pueblo.