Part 1
- I -
Al escribir estas líneas, que bosquejan a grandes rasgos la figura del hombre ilustre cuyo nombre las encabeza, he creído cumplir un deber. Mientras las traza mi humilde mano, dos plumas magistrales se ocupan del mismo objeto, y desarrollarán de un modo brillante los detalles de aquella esplendorosa existencia. Pero la vida humana, y notablemente la de que nos ocupamos tiene dos faces: una de luz, otra de sombra. Una iluminada por los rayos de la dicha, de la fortuna, de la gloria; la otra perdida en la oscuridad de la pobreza, en las tinieblas de los días de dolor y de prueba. Los dos ilustrados biógrafos, fueron testigos y parte integrante de la primera: yo, compañera inseparable de la segunda.
Por tanto, y esperando que este modesto relato sirva en algo al complemento de aquellos importantes trabajos, lo he seguido, y le doy cima.
Manuel Isidoro Belzu nació en la Paz el 4 de abril de 1811. Fueron sus padres don Gaspar Belzu y doña, Manuela Umeres. Recibió su educación primaria en las aulas que los Padres franciscanos tenían en el convento de este orden. Su grande inteligencia le habría hecho distinguir con brillo en la carrera de las letras, si desde muy temprano el joven Belzu no hubiese manifestado un carácter inquieto, aventurero y caballeresco, que se avenía mal en los bancos escolares, y pedía instintivamente una espada y un corcel.
En efecto, apenas a la edad de 13 años, se escapó un día del aula, fue a reunirse al ejército independiente pocos días antes de la batalla de Zepite, y con el fusil al hombro, combatió como soldado en aquella gloriosa jornada. Después, envuelto en el desastre que la siguió, disperso, a pie, y ocultándose de pueblo en pueblo, fue reconocido y arrestado por un oficial amigo de su familia, que lo trajo a la Paz y lo entregó a su madre.
El joven volvió al aula pero no su pensamiento, ni sus aspiraciones, que habían quedado entre las filas de los libres; y las visiones de la guerra venían de continuo a interponerse entre él y los libros de la ciencia, y así pasaron dos años; y los días gloriosos de Ayacucho vinieron, y el ejército libertador se derramó como una avenida de luz en todo el alto Perú.
El general Sucre había distinguido entre los oficiales de la secretaría del virrey La Serna a un joven inteligente y laborioso a quien dio su confianza y lo llevó a su lado. Era este un hermano de Belzu, mayor suyo en muchos años, y que habiéndolo criado, lo amaba como a un hijo.
A su paso por la Paz, tomolo consigo, y lo llevó a Chuquisaca, dándole colocación como escribiente en una de las secciones del ministerio.
Pero no era esa la cuenta del joven Belzu. Aborrecía de muerte la existencia sedentaria de las oficinas; frecuentaba las academias militares, y quien lo buscaba estaba seguro de encontrarlo, con el libro de ordenanzas en la mano, sentado en el escaño de los oficiales de guardia a la puerta de los cuarteles.
Un día que el batallón, Legión Colombiana, había salido de Chuquisaca con destino al Cuzco, hacia el fin de la etapa, el capitán Salaverry que mandaba granaderos en aquel cuerpo, fue abordado por un muchacho que le pidió lo diese de alta en su compañía. El capitán reconoció en él al oficinista visitador de los cuarteles: ¿qué descubrió aquel héroe en ciernes en el niño que tenía a la vista? Lo cierto es que en el momento lo recibió como distinguido, y le dio un puesto en la marcha. Desde ese día, Salaverry lo tomó a su cargo. Usando con él de un extremado rigor, al mismo tiempo que lo enaltecía, elevándolo así, y tratándolo como a igual suyo, imponíale todas las cargas, y le daba todo los trabajos de la Mayoría del cuerpo, encargada a él en ausencia del segundo jefe. Nunca lo apartaba de su lado. Él mismo le enseñó el manejo de las armas; y el joven ganó, tanto con aquella intimidad, que muy luego obtuvo el grado de subteniente. Belzu recordó hasta el último día de su vida, la saludable influencia que aquella severidad protectora ejerció en su juventud; y cuando vino al Perú con el ejército boliviano en la inicua invasión de 1839, rehusó siempre su acción personal en los combates contra aquel que, según su propia expresión, había dado nueva vida a su alma.
En 1828, iniciada y abierta la campaña contra Bolivia, Belzu vino con el ejército peruano, más bien que como soldado, como acompañante de la esposa del general Gamarra, que lo estimaba y distinguía entre los oficiales de su clase.
Llegado el ejército al Desaguadero, Belzu, viendo realizarse la invasión, pidió su separación servicio, en razón de no poder entrar a su patria como enemigo. Gamarra quiso disuadirlo de aquella idea; pero la bella Francisca Subiaga, que también sabía comprender todo lo que era noble y generoso aprobó la resolución del joven; lo abrazó, y usando del supremo ascendiente que ejercía en el ánimo de su marido, le ordenó acceder a aquella demanda.
Belzu volvió a su país, donde poco después tomó servicio como primer ayudante en el batallón 1.º de Bolivia.
Posteriormente, habiendo caído en desgracia del general Santa Cruz, presidente de la República en aquella época, fue confinado a Cobija en clase de ayudante de aquella gobernación.
Belzu marchó a desempeñar aquel triste destino con la alegre imprevisión de la juventud, y permaneció allí algún tiempo; pero un día, a consecuencia de una carta en que su anciana madre le manifestaba el temor de no volver a verlo a causa del estado deplorable de su salud, Belzu, sin solicitar licencia de nadie, ensilló su caballo, ciñó su espada y partió.
Llegado a la Paz, fue a presentarse al general Santa Cruz.
Este, al verlo, se imaginó alguna novedad ocurrida en el puerto; y le preguntó el objeto de su venida.
-El destierro me era insoportable -respondió Belzu, con la cruda franqueza que le fue característica-. No he cometido ninguna falta que pudiera autorizarlo, y vengo a pedir a usted que lo haga cesar.
Santa Cruz, acostumbrado al servilismo que lo rodeaba, quedó aturdido ante aquella audacia inaudita en los fastos de su administración; mas volviendo luego de su asombro a impulsos de la cólera, avanzó hacia Belzu con el puño levantado. Pero el joven oficial dando un paso atrás, y desnudando a medias su florete, le dijo con serenidad y mesura:
-Conténgase vuestra excelencia, y lleve entendido, que, si valiéndose de su autoridad, quiere ultrajarme, la nación me ha dado esta espada para hacer respetar al soldado que la sirve.
Santa Cruz se contuvo, en efecto; pero mordiéndose el labio de rabia, llamó a su guardia, y haciendo aprender a Belzu, lo mandó en reclusión a la fortaleza de Oruro.
Un día que el coronel Ballivian pasaba por aquel punto con el batallón lo que mandaba, fue a visitar en su prisión al ayudante que le habían quitado para enviarlo al destierro. Ballivian lo estimaba. Llamábalo el bajo del batallón; lo echaba de menos y escribió a Santa Cruz pidiéndole su libertad y su antiguo puesto en el cuerpo.
Santa Cruz concedió lo primero; pero envió a Belzu como supernumerario al batallón N.º 3, que se encontraba en Chichas, y que poco después pasó de guarnición a Tarija.
Allí, Belzu conoció, amó y se unió en matrimonio con una hija del general Gorriti, emigrado argentino.
Demasiado jóvenes ambos esposos, no supieron comprender sus cualidades ni soportar sus defectos; y aquellas dos existencias se separaron para no volver a reunirse sino en la hora suprema al borde del sepulcro.
Santa Cruz, que en su prevención contra Belzu, y a pesar del relevante mérito del joven oficial, lo había postergado hasta entonces, le dio al fin, pero como regalo de boda, la efectividad de capitán, y el grado de sargento mayor.
Después, y sucesivamente, sirvió en el batallón N.º 4 y en el ministerio de la guerra, donde se hallaba cuando en mayo de 1835 se abrió la campaña sobre el Perú.
En la batalla de Yanacocha, donde se distinguió entre los más valientes, fue ascendido a comandante y segundo jefe de un cuerpo, con el que siguió la campaña sobre el norte.
Belzu desaprobó abiertamente la actitud del mandatario de Bolivia, desde el momento en que de auxiliar se convirtió en conquistador. Consagró lágrimas de dolor y de indignación al sacrificio de la ilustre víctima del 18 de febrero, y nunca, según su propia expresión -nunca sino en aquella guerra impolítica, el cumplimiento del deber militar fue penoso para él.
Así, cuando el ejército llamado pacificador hubo llegado a Lima y que Belzu encontró incorporados a él muchos de sus antiguos camaradas del ejército peruano que ahora lo abordaron cariñosos, él se alejó de ellos con desprecio: aquella alma honrada no podía perdonarles su traición.
Entre esos hombres había uno, que, incapaz de comprender el noble sentimiento que dictaba la conducta de Belzu en aquella ocasión, se vengó de él más tarde; pero como se vengan los traidores; con una venganza ruin. Ese hombre se llama Pezet.
Entretanto, a pesar de las ideas subversivas de Belzu, el ánimo de Santa Cruz había cambiado mucho respecto a él.
Desde Yanacocha las cualidades de este bravo oficial lo habían forzado a estimarlo; pero demasiado orgulloso para olvidar la severa lección que dio un día a su despótica arbitrariedad, lo mantenía alejado. Mas después del ataque de Ninabamba, en que el valor y la serenidad de Belzu salvaron el honor boliviano, forzando al enemigo a una pronta retirada, Santa Cruz lo olvidó todo, abrazó a Belzu, colmolo de elogios, y lo llevó a su lado.
Abierta la campaña del norte contra el ejército chileno, Belzu dejó de ser edecán de Santa Cruz para servir como segundo jefe en el batallón N.º 4, se distinguió en Buin, y otros encuentros con los valientes hijos de Lautaro.
Un día, el 20 de enero de 1839, los dos ejércitos, perú-boliviano y chileno-peruano, se encontraron frente a frente en los campos del Yungay.
Los hijos de los héroes de Maipú, a fuerza de audacia habíanse hecho dueños del cerro conocido con el nombre de «Pan de azúcar», y desde allí acribillaban con un fuego mortífero el ejército boliviano.
Santa Cruz, viendo diezmados sus escuadrones, que comenzaban a desbandarse tendió en torno una mirada, y exclamó con esa voz que resonó triunfante en Pichincha:
-Venga aquí el soldado más valiente, quien quiera que sea; tome una compañía, y desaloje a los chilenos de aquella cumbre.
Santa Cruz no había acabado de hablar, cuando Belzu, al frente de una compañía, escalaba las ásperas pendientes del cerro.
Un momento después, cubierto de ensangrentado polvo, bajaba solo: la compañía entera había sucumbido.
Sin proferir una palabra; sin pedir órdenes, tomó otra compañía y volvió a la carga.
-Bien ¡comandante Belzu! -le gritó Santa Cruz a lo lejos.
El combate fue ahora largo, encarnizado. Belzu a pie y espada en mano subía al través de la tromba de balas que venían de arriba y barrían a sus soldados, cuyos mutilados cuerpos rodaban a los precipicios que flanqueaban su camino.
De repente, y a la revuelta de un peñasco donde se había empeñado una lucha cuerpo a cuerpo, una voz, dominando el tumulto de las armas, gritó en lo alto saliendo de las filas enemigas:
-¡A la derecha, bravo oficial!
Belzu instintivamente se inclinó hacia aquel lado.
En el mismo instante, un trozo de roca, empujado por la mano de un soldado chileno, cayó a su izquierda y se estrelló en tierra.
Poco después Belzu bajaba de nuevo solo: toda su gente había perecido, y él volvía en busca de otro refuerzo.
Esta vez Santa Cruz lo detuvo.
-Basta, bravo entre los bravos -le dijo con voz solemne-. El deber está cumplido, el honor satisfecho. Salvemos a nuestros soldados.
En el desbando completo de aquella retirada, Belzu, merced a la influencia que comenzaba ya a ejercer en el ánimo de estos, fue parte a mantener el orden, y reunir a los dispersos, con lo que se logró formar una división compuesta de dos batallones.
Los generales Otero y Pardo de Zela se pusieron a la cabeza de esta fuerza y marcharon al Sur en la intención de reunirse a Santa Cruz.
Nada se opuso a su paso, hasta el punto de Cora-cora más allá de Ayacucho. Allí supieron que aquel a quien iban a buscar, noticioso de la revolución que le cerraba las puertas de Bolivia, se había embarcado en Yslay, y navegaba hacia Guayaquil. Abandonados de su jefe, Otero y Pardo de Zela pensaron al fin en capitular. Para ello era necesario mandar las condiciones al encuentro de Gamarra; y Belzu elegido para el desempeño de esa misión, peligrosa en aquellas circunstancias, marchó inmediatamente a cumplirla.
Dos días después, el coronel Desestua, destacado con una división al alcance de los restos del ejército de la confederación, detenía a Belzu y lo hacía prisionero. Conducido al Callao y encerrado en Casamatas con los oficiales bolivianos que cayeron en manos de los vencedores, muchos entre estos antiguos compañeros suyos en el ejército peruano quisieron sacarlo de allí, garantizando su libre morada en Lima. Belzu rechazó este servicio de la amistad, no queriendo abandonar a sus compatriotas en el infortunio.
Y en efecto durante aquel largo cautiverio, Belzu fue su sostén y su campeón contra la arbitrariedad y las crueldades que el gobernador del Callao, pretendía ejercer con los desgraciados prisioneros.
Si en el campo de batalla había desplegado valor y arrojo, no fue menos el que manifestó desde el fondo de esa mazmorra, exponiéndose diariamente a la venganza de aquel funcionario. Hoy arrancaba de la puerta del calabozo común, un cartel humillante, fijado allí por orden del gobernador; mañana, rechazado un nuevo ultraje inferido por este a sus desventurados compañeros salía al encuentro a aquel loco, y lo arrojaba a empellones del recinto de la prisión.
Así, poseídos de gratitud y admiración ante aquel enérgico comportamiento, los prisioneros bolivianos, entre los que figuraban jefes de alto grado, dieron a Belzu el mando de la triste colonia, sometiéndolo todo a su voluntad. De entonces data el ascendiente poderoso que ejerció durante su vida en el alma de sus compatriotas, y que después de su muerte sublevó un pueblo entero a la sola presencia de su cadáver.
Restituido a la libertad en virtud de un tratado entre el Perú y Bolivia, Belzu regresó a la patria rodeado de un prestigio, que pasó en alarma a los ambiciosos, y que después fue con sobrada razón, motivo de recelo para los gobiernos.
Sin embargo, el general Velazco, presidente de Bolivia, lo recibió con distinción, ascendiolo a teniente coronel, y le dio el mando del batallón 7.º de línea, cuerpo recién formado, y que Belzu puso luego en pie brillante de disciplina.
Derrocado el gobierno Velazco por una revolución, el general Agreda y el coronel Goitia, que la encabezaban, proclamaron al general Santa Cruz, asilado entonces en Guayaquil, y lo llevaron al poder.
Belzu no tomó parte alguna, ni en pro, ni en contra de aquel movimiento: acantonado con su cuerpo en Laja, pueblo situado a seis leguas de la Paz, dejó correr los acontecimientos al grado de la casualidad, esperando, quizá imponerles, a una hora dada, el poderoso contrapeso de su influencia. Así, esa prescindencia fue luego sospechosa a los jefes que dirigían el nuevo orden de cosas. Atribuyéronla a miras de ambición personal, y resolvieron deshacerse de él, o al menos alejarlo del teatro político; pero temiéndolo mucho para atacarlo abiertamente, recurrieron a la traición.
Una noche que, habiendo cedido su alojamiento a la señora del general Vivanco, llegada allí de paso a la Paz, Belzu fue a pedir una cama en el del coronel Goitia, aprovecharon aquella ocasión, y mientras dormía, se arrojaron sobre él; ligaron sus manos, y custodiado por una fuerte escolta lo enviaron camino del Beni.
Pero no había el prisionero llegado todavía a Samaipata, cuando una nueva revolución ejecutada en el ejército por los partidarios del general Ballivian, lo restituyó a la libertad.
De regreso a incorporarse al ejército, encontró a este en Sicasica, donde Ballivian se había retirado para reforzarlo a fin de rechazar la invasión peruana, que a marchas forzadas seguía sus pasos.
Un mes más tarde, la aurora del 18 de noviembre encontró los dos ejércitos, peruano y boliviano, frente a frente, y alineados en orden de batalla a mitad de la extensa llanura de Ingavi.
El batallón 9.º que Belzu mandaba aquel día se encontraba a retaguardia y recibió orden de mantenerse allí de reserva. Belzu no tuvo paciencia para esperar que le mandaran entrar en acción: dejó el mando del cuerpo al 2.º jefe, desenvainó su espada y se arrojó a vanguardia, donde peleó como soldado.
Al siguiente día, Ballivian enviaba a Belzu un edecán portador de las charreteras de coronel y de una orden de arresto por haber abandonado su batallón para ir a batirse sin orden superior.
No obstante, aquella buena inteligencia entre Ballivian y Belzu no debía durar mucho tiempo. Aquellos dos hombres, sintiéndose de igual fuerza en arrojo, audacia y valentía, eran también demasiado semejantes en cualidades y defectos, para que pudieran respirar en paz la misma atmósfera.
Además, un militar de la importancia de Belzu, debía necesariamente inspirar emulaciones y concitarse enemigos, que deseando su caída, trabajaron para ello.
Las sugestiones de estos acabaron de indisponer contra él el ánimo de Ballivian, que, dado a toda suerte de recelos, quiso alejarlo del ejército y lo mandó a ocupar la prefectura y comandancia general de Cobija.
Por una coincidencia singular el odio de dos mandatarios le había dado el mismo punto de destierro.
Mas, ahora, Belzu, lejos de fastidiarse en aquel arido y triste lugar consagrose enteramente a su mejoramiento material y administrativo.
Llamado de nuevo cerca del gobierno, a causa de los amagos de la guerra con el Perú, a su arribo a la Paz fue nombrado comandante general de la división de vanguardia, y marchó a situarse en la frontera. Pero en el momento que recibía la orden de pasar el Desaguadero, y se disponía a ejecutarla, un despacho del gobierno lo llamó precipitadamente a la Paz.
Ballivian lo recibió teniendo en la mano un anónimo en que acusaban a Belzu de conspiración en connivencia con los pueblos del sur. Dióselo a leer, y le hizo reconvenciones en las que llevó el enojo a tal punto, que Belzu se vio forzado a renovar en aquella ocasión la escena habida entre él y Santa Cruz a la vuelta de su primer destierro.
Pero las cosas no pasaron esta vez como en aquella; y si el hijo de Juana Basilia Caleumana sabía dominar sus pasiones hasta la hipocresía, el de Isidora Segurola era demasiado leal para ocultarlas, y muchas veces se dejaba arrastrar por ellas hasta el frenesí.
En un arrebato indigno en aquel grande hombre, llamó a su guardia, y haciendo prender a Belzu lo mandó de último soldado al batallón 9.º que con otros cuerpos se hallaba acantonado en el Obraje a una legua de la Paz.
El coronel Honorato, designado para conducirlo, lo entregó al coronel Ballivian, jefe de aquel cuerpo, y Belzu, despojado de las insignias de su rango, fue dado de alta como soldado raso.
Este incidente produjo grande escándalo en el ejército. Los jefes se creyeron ultrajados en su clase, y los soldados, que tenían ya por Belzu esa adhesión que después se elevó a las proporciones religiosas de un culto, lo rodearon, murmurando sordas amenazas, que dieron a Belzu el pensamiento de una pronta venganza.
En efecto, hablar a la tropa y ponerla de acuerdo con sus proyectos, fue para él obra de pocas horas.
Dueño de todas las fuerzas acampadas en el Obraje, a las cuatro de la mañana del 5 de julio, mientras reinaban en torno la oscuridad y el silencio, levantose de repente del jergón en que yacía, y dando la voz convenida a cuya seña la tropa se alzó en pie y tomó las armas, púsose a la cabeza del batallón 9.º y seguido de los otros cuerpos, marchó sobre la Paz.
Apoderose de la plaza sin ser sentido; marchó con tres compañías al cuartel del escuadrón que, junto con un batallón mandado por el coronel Dávalos, guarnecía la ciudad; sacó formados ambos cuerpos, y los llevó a incorporarse al resto de la fuerza. Enseguida, tomando dos compañías, se dirige a palacio, y ordena a la guardia abrir la puerta. Franca ya esta, no se encontró a Ballivian, que avisado a tiempo se había puesto en salvo.
Viendo fracasado el movimiento en su objeto primordial, la tropa se inclinó a las sugestiones del coronel Mariano Ballivian, traído allí preso; y el tumulto de la reacción recorrió las filas.
Belzu oyó los gritos de la defección; y rodeado de enemigos conoció que era necesario huir para salvarse.
En ese momento, una mano amiga echó sobre sus hombros una capa de paisano y lo impelió hacia una calle oscura y solitaria. Era el coronel Mariano Ballivian. Condiscípulo de Belzu, lo había amado siempre; y en ese momento, corazón magnánimo, no solamente lo amaba: lo admiraba.
Belzu salvó a favor de la tenue luz crepuscular. Solo, perseguido, y cercado por todas partes, guardose de intentar la salida de la ciudad, cuyas garitas estaban vigiladas; y pasando sobre millares de peligros, logró por fin refugiarse en la choza de un indio, a las orillas del río de Challapampa.
Allí vino a buscarlo un amigo, lo ocultó en un subterráneo bajo los cimientos de su casa, y con salida a la de una señora que vivía en el retiro acompañada de una negra.
A esta dio el ama el encargo de cuidar al fugitivo; misión que la negra desempeñó con la adhesión y fidelidad características en su raza.
Belzu, permaneció allí escondido tres meses, en tanto que, en la ciudad y sus contornos se hacían para encontrarlo, exquisitas diligencias.
Sin embargo, la monotonía de aquel encierro se volvió luego insoportable por el carácter activo, impetuoso y osado del proscrito, que sin hablar de ello a sus amigos, comenzó a buscar los medios de efectuar una fuga a pesar de los riesgos que la hacían imposible.
Una mañana de setiembre el señor Sáenz, argentino establecido en la Paz, se hallaba en la garita del Panteón y hablaba con el guarda en lo bajo del corredor al borde del camino.
Mientras hablaba, su mirada, vagando distraída, cayó sobre un indio que, con el képi a la espalda y en la mano el bordón del viajero, subía la áspera senda que conduce a la cuesta. La elevada estatura de aquel hombre, extraña a la raza indígena, fijó su atención en el caminante, y los ojos de ambos se encontraron.
¡Cuáles serían su sorpresa y su inquietud al reconocer a Belzu!
Por una rápida inspiración, cogió bruscamente al guarda por el brazo, y le mostró un águila que volaba sobre sus cabezas, distrayendo de aquel modo la vigilancia del funcionario, mientras el fugitivo se perdía entre los matorrales del camino hondo y pedregoso que desemboca ante el arco del cementerio.
Acostumbrado a las rudas fatigas del soldado, y a favor de aquel disfraz, el proscrito caminó todo el día y a las siete de la noche atravesaba en una balsa el lago de Titicaca, y pocas horas más tarde, descansaba libre en el suelo del Perú.
No de allí a mucho, hallándose en Arequipa, llamolo de nuevo a Bolivia la revolución que, encabezada por los generales Agreda e Irigoyen, estalló en los departamentos del sur. Belzu se situó en Pomata; y una noche acompañado de algunos bolivianos que proscritos, como él habían venido a reunírsele, pasó el Desaguadero y se apoderó de la fuerza que lo guardaba; mas bien esta, al reconocerlos, se le plegó entrando de lleno en sus miras.
Al día siguiente se hacía dueño de dos compañías del batallón 1.º que destacadas contra él de la Paz, a la primera noticia de su entrada al territorio boliviano, lo encontraron en Guarina y se reunieron a él con gritos de entusiasmo.
De allí se dirigió a la provincia de Muñecas, cuyos habitantes, levantados en masa, se pusieron a sus órdenes, proporcionándole toda suerte de recursos. Poco después, la revolución del sur, mal apagada en Vitiche, se extendió al norte, y estalló en la Paz, encabezada, por el coronel Ravelo, quien inmediatamente envió una comisión cerca de Belzu para llamarlo a nombre del pueblo, que reclamaba su presencia.