Part 5
--Vea usted, Belarmino. Éste es _El Espejo de la Moda_, y éste _La Sílfide Mundana_. Vea usted. Hay una parte consagrada al calzado. Aquí hay un par de zapatos que me enamora. ¿No podría usted hacerme uno así? Soy muy exigente para el calzado. Es mi debilidad. A las personas bien nacidas se les conoce por los pies. Un pie juanetudo denota un espíritu grosero. Anselmo es, lo mismo que yo, esclavo del bien calzar. Lo habrá usted observado. Vea usted estos zapatitos que describe _La Sílfide_. Son de piel de Escandinavia. ¿Tiene usted ese material? Llevan pespuntes y picados de cabritilla blanca. De eso sí tendrá usted. En todo caso, podremos aprovechar algún viejo par de guantes de los innumerables que poseo. Esta es otra debilidad mía. El guante y el calzado; la mano y el pie. A todo esto, me estoy distrayendo más de lo debido. Y, a propósito; ahora se me ocurre, ¿le parecerá mal a Anselmo que entre en su casa de usted, Belarmino? Como él es dinástico y usted tan subversivo.... Pero, no. Si le pareciese mal, me lo hubiera dicho. Ea, me voy. Me llevo las revistas de modas. Ya hablaremos con calma de los zapatos de piel de Escandinavia.
Y salió, con perfumado revoloteo de faldas, sin haber dejado en todo el tiempo de su permanencia un solo resquicio por donde Xuantipa o Belarmino hubieran podido colarse a decir esta boca es mía. Esta escena se repetía casi a diario. Era obligado que penetrase creyéndose perseguida, que proyectase vagamente hacerse un par de zapatos, y que, de postdata, le acometiese el escrúpulo de si a Novillo le placerían aquellas visitas al zapatero subversivo. A poco de salir Felicita, cruzó, por delante de las puertas de la zapatería, don Anselmo Novillo, con solemnidad de hombre corpulento, machucho y poseído de su elegancia. Comenzaba a pasear la calle a Felicita y pasearía durante tres o cuatro horas.
Xuantipa se retiró a preparar la cena. Belarmino, a solas, apoyó la frente en ambas manos, meditabundo. Así estuvo, sin moverse, largo espacio, hasta que volvieron el aprendiz y la niña. Obscurecía ya. Belarmino despertó de su meditación para besar y abrazar a su hija, silenciosamente, con ahinco y ternura, todavía más exagerados que de ordinario. Se le humedecieron los ojos.
En la tienda reinaba total tiniebla.
--¿Enciendo luz?--preguntó el aprendiz pelirrojo.
Belarmino tardó en responder; le faltaba la voz.
--No hace falta. Ahorraremos en luz. Vete a la cocina con la niña, y ayuda al ama, si hace falta. Alúmbrate con este fósforo. Cuidado.
Belarmino se recogió otra vez a meditar, empapado en la tiniebla. Belarmino, ahora, no se desleía en aquellas especulaciones filosóficas, o lo que él entendía por tales, que últimamente, en los dos o tres recientes años, le habían acaparado la actividad del pensamiento y los afanes del pecho, sin dejar lugar ni vado para ninguna otra ocupación o sentimiento, a no ser el amor por su hijita. No; ahora Belarmino no cavilaba sobre el problema del conocimiento, sino sobre el problema de la conducta; no le preocupaba lo que debía pensar, sino lo que debía hacer. Su vida externa, el curso y movimiento de su vida social, era al modo de una rueda dentada, en engranaje con otras; esta rueda cada día realizaba mecánicamente una vuelta completa, entreverando sus dientes con los dientes de las demás ruedas, siempre los mismos y siempre de la propia forma y disposición, y de suerte que no cabía averiguar si ella hacía girar a las otras o las otras le hacían girar a ella, o si la una y las otras rodaban con regularidad a impulsos de un mecanismo incógnito y enorme. Aquel día había sido idéntico a otros incontables días, en el rodar de los días de Belarmino. Y, sin embargo, aquél era un día señero, un día crítico, un día que le había provocado una intuición profunda del porvenir, o, como Belarmino se decía a sí mismo en aquellos instantes, empleando el tecnicismo esotérico de su inventiva, un _faraón crónico_.
Los hombres se dividen en dos clases, según la manera de dormir. Unos duermen poco, porque duermen de prisa; otros duermen mucho, o cuando menos permanecen largas horas en el lecho, porque duermen poco a poco. La cabeza, o depósito del sueño, es como una vasija con un pequeño desagüe. A unas personas se les colma de sopetón la vasija, y caen dormidas en un sueño inerte y sin ensueños; luego la vasija se va desaguando con regularidad, y en las tempranas horas mañaneras la cabeza se halla vacía, limpia, despejada y el cuerpo con anhelo de ejercicio. Estas personas se levantan despiertas del todo. A otras personas la vasija se les va llenando lentamente, a causa de penetrar por un lado poco más cantidad de sueño de la que por otro se va vertiendo y disipando, y así contraen un sueño dificultoso y enrarecido, poblado de imágenes incoherentes; el contenido de la vasija alcanza su plenitud precisamente al tiempo que es fuerza abandonar el lecho. Estas personas se levantan cuando están más dormidas, y se conducen como sonámbulos en la mañana baldía, hasta que al cabo de unas horas han eliminado la saturación de sueño. Aquellas otras personas son de naturaleza muscular y robusta. Estas últimas, de naturaleza linfática y débil. Las primeras están dotadas para el éxito práctico: en la guerra, en la política, en los negocios. Las segundas, para el éxito intelectual y estético. Belarmino era de esta segunda clase de personas. Xuantipa le hacía levantar a escobazos, como en un ojeo se ahuyentan las liebres encamadas. Después, durante las horas antemeridianas, era hombre inútil. Sentía la frente llena de humareda que le descendía a los ojos y se los escocía y enturbiaba. Al final de la comida del mediodía, después de haber bebido su botella de sidra hecha, y fumado sus dos pitillos, de los amarrados por la cintura, era ya otro hombre. El talento, que él se lo figuraba como un ser substantivo, independiente, hasta corpóreo, misterioso huésped interior, comenzaba a rebullir, a desasosegarse, y dando unos golpecitos con los nudillos por la parte de dentro de las paredes del cráneo, le decía: «Ea, Belarmino, aquí estoy yo; vamos a discurrir cosas nunca oídas.» A este recóndito ser personal o demonio íntimo, Belarmino lo llamaba _Inteleto_.
Solía impacientársele el Inteleto a los postres, y tan pronto como Xuantipa se levantaba a fregar la loza, Belarmino se evadía furtivamente al Círculo republicano. Después, lo de siempre: irrupción violenta de Xuantipa, retorno aflictivo, este o aquel cliente, todos morosos, el óptimo Colignon, el pésimo Bellido, la imposible Felicita. El trazado de la vida de Belarmino era una página escrita con falsilla, y en la cabecera de la página un signo sagrado: la hija de sus entrañas. De raro en raro, abríase un corto paréntesis, en las líneas de la página, que se correspondía con alguna reunión pública del Círculo republicano, en que Belarmino pronunciaba discursos tremendos. Como todas las naturalezas dulces y tímidas, Belarmino tenía ahorrados el coraje y la violencia en un depósito a réditos con interés compuesto, y cuando llegaba la coyuntura excepcional de gastar las reservas se exaltaba en términos que parecía un poseso. El sastre Balmisa, el director y redactores de _La Aurora_, y demás correligionarios pertenecientes a la clase media baja intelectual, tomaban a broma a Belarmino y le calificaban de chiflado. El clero y las familias piadosas le reputaban como un loco, aunque generalmente inofensivo, en ocasiones peligrosísimo y de más cuidado que todos los otros republicanotes. Pero el estado llano del partido, obreros y artesanos humildes, dedicaban a Belarmino supersticiosa fe y se enardecían oyéndole. Cierto que no le entendían; también San Bernardo inflamó una Cruzada, arrebatando muchedumbres que no entendían la lengua en que les persuadía. Cuando Belarmino pronunciaba un discurso, era de rigor que los oyentes saliesen a la plazuela del Obispo lanzando gritos inflamatorios y blasfematorios. Por eso, algunas gentes devotas maduraban seriamente el plan de convertir a Belarmino.
Allí estaba Belarmino, empapado en la tiniebla, desfallecida el alma, atravesando un terrible _faraón crónico_ y cavilando lo que debía hacer. Los mismos incidentes cotidianos, repetidos mecánicamente, van tomando diferente semblante y adquiriendo valor más preciso. Según la estructura de la piedra, el curso y agresión de las aguas a unas las monda, redondea y suaviza, y a otras les saca ángulos, aristas y púas, hasta que un día, de pronto, cortan como cuchillos y penetran como puñales. El roce forzoso con Xuantipa Belarmino lo había aceptado como una disciplina de perfección. Xuantipa había arañado y cortado y pinchado desde el principio; pero en fuerza de frotar, arañar, cortar y pinchar, a Belarmino le parecía el roce más blando cada vez, y sentía ya el alma redonda, suave y como lubrificada al contacto con su áspera cónyuge. La frotación con la clientela le era cada vez más indiferente, y lo mismo el agitado y turbulento roce con Felicita. La frotación con el francés, cada vez más grata. Lo espantable, lo que había suscitado el terrible _faraón crónico_, era el contacto con Bellido, contacto siempre molesto y congojoso, pero que aquel día, de súbito, le había herido y desgarrado hasta lo más íntimo. «Estoy arruinado. Me veré en la calle mañana o pasado o dentro de un mes. Esto no tiene _igua_» (significaba: no hay salvación), se dijo Belarmino, mentalmente. Hubiera podido ir tirando como hasta entonces, por tiempo indefinido; pero la llegada de un competidor, que Bellido le había anunciado, aceleraba el desenlace catastrófico. Además, presumía con fundamento que Martínez, un antiguo oficial suyo, trataba de instalar una tienda de calzado de fábrica en la misma calle. «¿Calzado de fábrica?--pensó Belarmino, desviándose del camino recto--; buen calzado será ése que no está hecho a la medida. Como si una máquina pudiera hacer zapatos decentes. ¡Pazguatos! Milagro que no se les ocurre inventar una máquina para hablar y otra para escribir, o cualquiera otro disparate....» Volvió en seguida al camino recto de sus cavilaciones. La cuestión era que aquello no tenía _igua_. Con el buen Colignon no había que contar. Por lo pronto, no era verosímil que el francés adelantase todo el dinero que se necesitaba para pagar la deuda de Bellido y montar por lo grande la zapatería. Pero, aun cuando el señor Colignon lo ofreciese, él no lo aceptaba, porque sabía de antemano que era dinero perdido. Confesábase a sí propio, honradamente, no haber nacido para gobernar un negocio. Había nacido para más nobles y menos provechosos cuidados; bien claro se lo decía su demonio interior, el Inteleto: «Belarmino, vamos a discurrir cosas nunca oídas.» Su deber era abandonarlo todo, vivir de limosna, sufrir penalidades, dormir bajo los porches, alimentarse de hierbas, con tal de seguir la voz del Inteleto y dar con aquellas cosas nunca oídas que el geniecillo interior le prometía. Pero, ¿y su hijita de sus entrañas? Cuando Belarmino decía entre sí «hija de mis entrañas», la frase adquiría casi sentido literal. Cuando abrazaba y besaba a su hija, o la miraba en adoración, o pensaba en ella, sentíase más madre que padre. Lo cierto es que Angustias no era hija de Belarmino, sino de una hermana suya que, a poco de morírsele el marido, murió ella de sobreparto. Belarmino recogió a la criatura, apenas nacida, y la crió él mismo con biberón. Esto ocurrió un año antes de casarse con Xuana. Belarmino había contado a Xuana, antes de casarse, la verdadera historia, que ella admitió sin sospechas. Mas después de casados, como quiera que ella no lograba hijos propios, comenzó a odiar al marido y a cavilar que la niña era hija disimulada de Belarmino; con que la criatura tampoco se libraba del odio de la apasionada mujer. En los apóstrofes y denuestos de Xuantipa, aunque muy veladas, siempre latían, como se habrá advertido, venenosas alusiones a este asunto.
Si se arruinaba--proseguía pensando Belarmino--, su deber era entrar como oficial con el nuevo zapatero y trabajar porque a la hija no le faltase lo preciso. Trabajar.... Le harían trabajar de la mañana a la noche, y aun de noche, como él había hecho trabajar a sus oficiales en épocas de prosperidad económica, antes de que aquella personilla exigente que llevaba alojada dentro de la cabeza, o sea el Inteleto, hubiera dado imperiosa cuenta de sí, distrayéndole del negocio. Trabajar horas y horas, de longitud inacabable, despidiéndose para siempre de las horas calmas y fugaces dedicadas al ocio contemplativo y al coloquio secreto con su habitante interior.... ¡Imposible! Tal era el pavoroso _faraón crónico_ que traía a mal traer a Belarmino.
--Buenas tardes nos dé Dios. ¿Hay alguien en la casa?--dijo una voz flaca y aguda, como de flautín, que caía de lo alto.
Belarmino creyó estar soñando. ¿Era aquélla la voz de un ángel acatarrado?
--¿No hay cristiano o alma humana en este recinto?--volvió a hablar la voz de flautín, sonando siempre al nivel del cielo raso. Oyéronse a continuación unas palmadas retumbantes, como el tableteo de un trueno.
--Belarmino, ¿estás ahí?--rugió Xuantipa, desde las habitaciones interiores.
Belarmino dijo para sí: «Pues, señor, no estoy soñando.» Encendió una cerilla, y a poco se cae de espaldas. Tenía ante sí una mole que casi tocaba con el techo. Presto se recobró y se percató de la realidad verdadera. Tratábase del Padre Alesón, un fraile dominico de las dimensiones de un paquidermo antediluviano, a quien sus hermanos en religión y la grey parroquiana de la Orden llamaban la torre de Babel, por la estatura y porque sabía veinte idiomas: unos vivos, otros muertos y otros putrefactos. Acompañábale otro Padre innominado, de volumen normal entre religiosos, aunque excesivo para laicos. Aun al lado de este segundo fraile, Belarmino era una pavesa. Los dominicos penetraban entonces por primera vez en la zapatería de Belarmino.
Luego que el zapatero encendió un quinqué de petróleo, el Padre Alesón tomó la palabra:
--Le causará maravilla vernos en su tienda, dadas las ideas que usted profesa....
--Reverendo--interrumpió Belarmino, no muy seguro de que éste era el tratamiento debido--, la ciencia zapateresca ignora las cláusulas políticas; por eso es analfabética. Yo también he confeccionado zapatos para religiosos y sacerdotes.
--¡Ah! ¿Sí? ¿Cuándo, amigo mío?
--Hace tiempo.
--Quiere decirse que usted, a pesar de sus ideas contrarias a la Iglesia, no tiene inconveniente en calzar a las personas religiosas. Pero pudiera ocurrir que las personas religiosas tengan inconveniente en dejarse calzar por usted.
--El fanatismo es reincidente--declaró sentencioso Belarmino.
--¿Cómo reincidente?--preguntó el Padre Alesón.
--Vamos, que abunda... y daña; que se lo encuentra uno a cada paso.
--Ya; ha querido decir frecuente....
--No, señor; he querido decir, y he dicho, frecuente, y abundante, y dañoso, y que se choca con él; en autonomasia, reincidente.
El Padre Alesón permaneció un tanto perplejo. Belarmino le hablaba una lengua perfectamente insólita, que él no conocía ni sospechaba; como que no era lengua viva ni lengua muerta, sino lengua en embrión.
--Y usted, ¿no es nada fanático?--preguntó, algo desconcertado, el Padre Alesón, con su voz de flautín, dejando, a pesar suyo, escapar un gallo o atragantón en la sílaba acentuada del esdrújulo--. Hanme dicho que sí.
Después de este giro en transposición, que es, naturalmente, grave y solemne, el dominico cobró bastante serenidad y aplomo.
--Fuera de la zapatería, y suscrito en el círculo de la paradoja, que es un cuadrado, porque es el ecuménico, soy fanático y hasta teísta macilento; pero dentro de la zapatería, y en ridículo, soy analfabético. Este es el maremágnum de la clase y del bien eliminar.
El Padre Alesón, consternado, no sabía qué replicar. La cosa no era para menos. Belarmino, con el tecnicismo de su inventiva, había dicho, traducido al pie de la letra: «Fuera de la zapatería, e inscripto en el círculo de mi ortodoxia, que así puede llamarse círculo como cuadrado, puesto que la ortodoxia es la conciliación de los contrarios, soy fanático, y aún más, incendiario violento; pero fuera de mi centro propio y dentro de la zapatería, soy indiferente. Tal es el ideal de la conducta y del bien obrar.» En la torre de Babel no se hablaba todavía tal lenguaje.
El Padre Alesón pensó: «Si me dedico ahora a trabajos lingüísticos y hermenéuticos, no acabo nunca. Al grano.» Y dijo en voz alta... y tan alta:
--Pláceme, amigo mío. Ha hablado usted con singular elocuencia y persuasión. Ahora me explico que sus discursos conmuevan y arrastren a la audiencia.
--Le advierto a usted, reverendo--cortó Belarmino, cosquilleado por una comezón de simpatía hacia el ciclópeo dominico--, que no entienden mis discursos, pero causo entusiasmo por el peso llamativo.--Lo cual significaba por el fuego del sentimiento.
--Justamente por eso me lo explico. Y voy ahora directamente a mi propósito. Hemos acordado que haga usted los zapatos para los Padres de la residencia: cinco padres y un lego. Don Restituto Neira, señor caritativo y dadivoso, y su santa esposa, doña Basilisa, los cuales, como usted no ignora, nos han cedido el último piso de su palacio para residencia, desean también que usted haga el calzado para la servidumbre. Espero que, a pesar de sus ideas impías, aceptará el encargo. No se arrepentirá, le garantizo. Nuestros zapatos no le serán muy difíciles de hacer. El voto de pobreza nos obliga a vestir y calzar sin artificio--y adelantando el pie sacó del faldamento un zapato por el estilo de los del dómine Cabra; una tumba de filisteo.
Belarmino, con su clarividencia psicológica, adivinó repentinamente que pretendían sobornarle. En otra ocasión, soltando la reserva de coraje y violencia para los casos extraordinarios, se hubiera descarado con los frailes. Pero en aquellos momentos, sangrante aún la herida que Bellido le había abierto y en estado de _faraón crónico_, lejos de enfurecerse, sintió una manera de alivio y esperanza.
--Acepto--dijo con firmeza.
--Congratúlome--exclamó el dominico, sin ocultar su satisfacción--. Quedamos, pues, amigo mío, en que mañana, por la tarde, vendrá usted a nuestra residencia a tomarnos las medidas.
--¿Eh? ¿Debo ir yo allí?--preguntó, preocupado, Belarmino--. ¿Qué dirán mis correligionarios?
--¿Qué han de decir? Usted va como zapatero. Además, es lo más rápido y expeditivo.
A Belarmino le gustó la voz expeditivo, y la almacenó en la memoria, a fin de meterla en la horma, ensancharla y darle un significado espacioso, nuevo y conveniente.
--¿Da usted su palabra?--pidió el Padre Alesón.
--Sí, señor reverendo. Y que sea lo que Dios quiera.
--Que me place oírle esa expresión devota: que sea lo que Dios quiera. Dios querrá lo mejor. Hasta mañana, amigo mío.
Así que salieron los frailes, Belarmino se arrepintió de su promesa. Pasó la noche en claro, caviloso y febril. Dábase golpes en la cabeza, requiriendo socorro y consejo de su habitante interior; pero el Inteleto estaba distraído o ausente y no acudía al llamamiento.
A la mañana siguiente, con la cabeza que tan pronto le pesaba al modo de una bola de granito, como sentía que se le escapaba de sobre los hombros, cual vedija de humo, Belarmino salió a la puerta del establecimiento para despejarse. En un entresuelo de la acera del frente, y poco más abajo de la calle, una cuadrilla de carpinteros, albañiles y pintores, trabajaban con energía y diligencia.
Belarmino se aproximó al señor Colignon y le habló recatadamente al oído:
--¿Recuerda usted que un día le dije: «ya daré, ya daré en el blanco?» Pues ya he dado, ya he dado. La beligerancia es la madrona de la Grecia. El faraón crónico es lo más puerperal. He hallado la solera recreada.--Traducido al romance: la adversidad es la madre de la sapiencia. Una crisis profunda es siempre fecunda. En cuanto a la última sentencia, el propio Belarmino la vertió al habla vulgar, a instancias del señor Colignon, que preguntó:
--¿La solera recreada?
--Se lo interpretaré en forma corriente: solera es palabra que viene de sol y dice la luz más viva, y fuente de luz. Recreado es lo que nadie ha hecho, que se hizo por sí, y produce gusto, recreo--o sea, luz increada.
Esta vez, los recónditos y gargarizantes pavos del señor Colignon permanecieron taciturnos. El francés apoyó horizontalmente el antebrazo en la depresión o meseta superior del abdomen, sustentó el opuesto codo sobre aquella mano, y con la otra mano se cubrió el huevo y la huevera de latón, esto es, la barbeta y la perilla, en actitud napoleónica y cogitabunda.
--Yo comprendo, yo comprendo, _mon pauvre ami_; los Padres te han convertido....
El que se rió ahora fué Belarmino, y de la mejor gana:
--¿Convertirme? ¡Qué proyectil!--Belarmino juntó en un racimo las yemas de la diestra mano, se las llevó al entrecejo y silabeó confidencialmente:--¡El Inteleto!--Y luego, cambiando de tono:--Algo me he ayudado con un libro de los Padres....
--¿Te lo prestaron?
--No; lo pedí yo prestado, porque lo vi encima de una mesa.
--¿Y cómo es que se titula?
--No se enterará usted, porque está en latín.
--Pero, tú, tú, ¿comprendes latín?
--Llegaré a tener intuición con él; por ahora, sólo me es saludable.
El señor Colignon se retiró pensando: «No tiene remedio el pobre hombre.»
La apertura de la nueva zapatería causó inolvidable sensación y pasmo descomunal. El rótulo rezaba: «Apolonio Caramanzana, maestro artista.» Había un ancho escaparate, con límpida luna de cristal. Sobre el piso del escaparate, forrado de peluche verde, se alineaban varios pares de zapatos y botas, realmente exquisitos, apoyados oblicuamente en sendos sustentáculos de níquel, y con inscripciones debajo que decían: «Zapatos de piel de Suecia; encargo de la excelentísima señora duquesa de Somavia.» «Bota de becerro; para el señor Novillo», y así otros varios encargos de personas distinguidas y elegantes. Al fondo, en una urna, guardábase el esqueleto auténtico de un pie humano. Sobre la urna se leía: «Osteología del pie.» De cada huesecillo salía un alambre, con una cartela al final. Las cartelas decían: «Tibia, peroné, maléolo interno, maléolo externo, tarso, astrágalo, calcáneo, escafoides, cuboides, las tres cuñas, metatarso, falanges, falangitas, falangetas.» Encima de la urna colgaba de la pared del fondo un cuadro pintado a la acuarela, que representaba una bota, de perfil, despidiendo rayos; en la cabecera, un letrero: «La podoteca ideal», y, en la parte inferior, una estrofa:
«Aunque tan fina y lustrosa y de tan bellos perfiles, nadie, si la llevas, osa cortarte el tendón de Aquiles.»
Y más abajo aún: «Dime con qué botas andas, decirte he quién eres.»
A entrambos lados del cuadro central pendían otros dos cuadros. Uno figuraba un pie desnudo, de alto puente y empeine corvo, con su inscripción: «Pie ario; noble.» El otro, un pie asentado todo a lo largo, la planta sobre la tierra, con su inscripción: «Pie planípedo, plantígrado o semítico; plebeyo.» En las paredes laterales del escaparate, repisas de cristal, con vaciados de pies, en escayola, algunos retorcidos y deformes, y, adherida a la repisa, una indicación: «Repertorio de extremidades, obtenido del natural.» En lo más altanero de la luna de cristal desarrollábase una cinta, a modo de divisa heráldica, declarando, con doradas letras teutónicas: «Una hermosura soberana inspira a Caramanzana.»