# Belarmino y Apolonio

## Part 4

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--Y esto un día, y otro día, y otro día....

--Lo mismo digo yo--replicó iracunda Xuantipa--; un día, y otro día, y otro día, y jamás aprendes, babayo.

--Ya te he dicho, mujer, que todo lo llevo con resignación, todo, menos que me llames babayo. Con esa palabra vulgar me parece que me cubres de inmundicia.

Xuantipa condujo de la solapa a Belarmino, a través de las acostumbradas calles de amargura. Los chicuelos les seguían, a distancia prudente, canturreando:

Hoy a la Xuantipa le duele la tripa. Monxú Codorniú, lo pagarás tú.

La Xuantipa les arrojaba guijarros. Desparramábanse los pilletes, pero volvían a poco con la cantata. Belarmino caminaba con talante digno y admirable. Así llegaron a la zapatería. En la zapatería aguardaba a Belarmino un caballerete. Xuantipa se perdió por una puerta de la trastienda. Quedaron a solas el caballerete y Belarmino. Dijo el caballerete, apuntando desdeñosamente con el bastón a un par de botas que yacía sobre el mostrador:

--Belarmino, te devuelvo ese par de botas; no me sirven. Tú haces el calzado sedicioso, republicano....

--Usted dispense, don Manolito. En mi profesión soy analfabético. Quiero decir que, como zapatero, no tengo preferencias políticas, sino como ciudadano. La ciencia zapateresca ignora las cláusulas políticas; por eso es analfabética. Yo, lo mismo hago botas de monte y campo, que botas de montar o zapatos higuelife. También confecciono calzado para religiosos y sacerdotes; ahí ve usted, don Manolito.

--Esas botas no me sirven. Estoy decidido a encargarme el calzado fuera de Pilares.

--¿Qué le vamos a hacer? Pero este par de botas...--murmuró Belarmino, dando vueltas a una de ellas, y descubriendo consternado los desgastes y quebrantos que la bota había padecido por el uso, evidentemente prolijo. Añadió con timidez:--Están muy usadas.

--Por favorecerte, las he puesto un par de veces.

--Algo más--se atrevió a corregir Belarmino.

--Quizás media docena de veces. Cuando las recibí y las probé, vi que no me estaban bien. Pero pensé: «¡Si se las devuelvo al pobre Belarmino, creerá que es manía.» Y me las puse, para ensayar si se adaptaban al pie. Imposible. Pues no conforme con esto, y porque me disgustaba devolvértelas, ensayé otros días, no más de seis veces, hasta que, a pesar mío, me convencí que no me sirven. Y todavía no me agradeces el favor.... Temo que has perdido los papeles; pero, con todo, y antes de encargar el calzado fuera, me resigno a que me hagas otro par, a ver si esta vez aciertas. Ea, abur.

Y se fué.

Belarmino extrajo del cajón del mostrador un libro, que era un diccionario de la lengua castellana, y con él bajo el brazo se sentó en una silleta, cerca de una de las puertas de entrada.

--¡Eh, tú, Celesto! ¿Estás ahí?

De un ángulo de sombra surgió un rapacejo pelirrojo, como de doce años: el aprendiz. Se acercó con la boca abierta.

--¿Tienes algo que hacer?

--Nada.

--No hay encargos, ¿verdad?

--No, señor.

--Pues saca de paseo a la neñina, hasta la plaza de la catedral, que da el sol. Yo quedo aquí al cuidado.

El rapacejo penetró por la trastienda y volvió a salir en un momento, con una criatura de unos siete años. Belarmino la tomó en brazos:

--¿Quieres a tu padre?

--Sí, quiero--respondió la preciosa chiquilla.

--¿Mucho?

--Mucho, mucho.

Belarmino besó a su hija con ternura y largueza Luego se la encomendó al aprendiz, dándole de paso una moneda de cinco céntimos:

--Toma una perrina, para que le compres una cachava de caramelo. Y que sea colorada, porque de ésas le gustan más.

Y ya por su cuenta, Belarmino abrió el diccionario y comenzó a tomar notas en un cuadernillo de hule que sacó de la chaqueta. Apenas transcurridos cinco minutos, irrumpió en la zapatería el voluminoso y rubicundo don René Colignon, fabricante de achicoria y confitero. Su rubicundez era tan flamígera que proyectaba reflejos en las paredes. Tenía, además, la epidermis tirante y barnizada, como una vejiga de manteca, y poseía una perilla color de trigo, esmeradamente construída, desde donde se alzaba la blanquecina barbeta, como un huevo en una huevera de latón dorado. Ojillos galos, rabelesianos, azules y alegres, que delataban al deleitante de la mesa y del lecho.

Como antes de penetrar el señor Colignon le anunció, al modo de heraldo, un resplandor rojizo y canicular, Belarmino se apresuró a esconder el libro y el cuadernito de notas.

--_Oh, monsieur le cordonnier! Mon cher ami le cordonnier!_--entró diciendo el señor Colignon, con modulaciones y altibajos en la voz, que sonaban como las gárgaras de un pavo; los brazos abiertos, con que estrechó contra su corpacho al manso, dulce y enjuto Belarmino--. Que yo os quiero, ilustre y simpático _cordonnier_.

--Yo también le quiero a usted, señor Coliñón, sin guardarle rencor por el mote.

--Que no ha estado mi falta, amado Belarmino.

El caso es que las gentes, nada avezadas a la prosodia francesa, habían convertido el _monsieur le cordonnier_ en monxú Codorniú.

--Y hasta me han sacado cantares--añadió Belarmino.

--Ya, ya; pero ello no ha estado mi falta.

--Lo sé. A mí me gusta hablar con usted, que es persona ilustrada y sabe de tierras lueñes; sobre todo, que viene usted de una república de estranjis.

--De estranjis.... ¡Ja! ¡Ja! Delicioso....--El señor Colignon emitió una risotada que era como sonoro glogló de pavo.--Quería preguntarte una pequeña cosa que me ha venido anoche a la cabeza. ¿Por qué es que tú llamas tu zapatería «El Nenrod boscoso y equitativo», y metes que es bilateral?

--Quedará usted complacido en un finiquito.

El aquel de hablar bien y pensar de doble fondo, y, en antonomasia, ser filósofo.

--¿Eres tú filósofo? Creía que tú eras solamente republicano y orador.

--¿Orador? ¡Arreniego! Los oradores son los lentes--(lentes = entes)--más vulgares. Desprecio la oratoria. Claro que hablo en público; pero no quiero ser orador, sino locuente, sólo locuente, como mi maestro Salmerón. Bueno; también republicano de celebro; por eso soy filósofo. Ahí está Salmerón. Yo no soy todavía del todo filósofo; pero cada día lo soy más. Y andando el tiempo.... Pues el aquel de la filosofía no es más que enanchar las palabras, como si dijéramos meterlas en la horma. Si encontrásemos una sola palabra en donde cupieran todas las cosas, vamos, una horma para todos los pies; eso es la filosofía, tal como la apunta mi intelecto. Ya daré, ya daré en el chisgaravís--(chisgaravís = quid)--. Entre que doy o no, me aplaco haciendo hormas para varios pies y enanchando palabras para varias cosas, cuantas más, mejor; ecolicuá el doble fondo. Ahora usted se penetrará. El Nenrod; éste es nombre propio y no se puede enanchar. Boscoso; adula, o como otros vulgares dicen, alude al boscan, que es una piel, al bosque o monte, porque hago botas de monte, y al oso, porque se engrasa el material con unto de oso. Equitativo; porque hago botas de montar, o sea de equitación; porque están hechas sobre seguro, como en la Equitativa, y porque la ciencia zapateresca ignora las cláusulas políticas, y así manifactura un escarpín para la reina de Escocia, como un zueco ferrado para el sacamantecas, o un zapato de hebilla para el camarlengo; total, equis.

El hervor que se movió en el recinto torácico del señor Colignon ya no fué glogló de pavo singular, sino greguería de piara navideña. Abrazaba una y otra vez a Belarmino, diciéndole, en los ojos lágrimas provocadas por la risa:

--¡Que tú eres grande, _monsieur le cordonnier_, que tú eres grande!

Las regocijadas zalemas del señor Colignon no enojaban a Belarmino; antes le producían emoción y halago. Era muy penetrativo el zapatero, rápido en percatarse del mecanismo y expresión de pasiones y afectos; pero como al propio tiempo su bondad aventajaba aún a su penetración, cuando sospechaba un sentimiento ajeno de hostilidad o mofa, rehuía darse por enterado. Sabía distinguir, por lo tanto, entre risas y risas. En las risotadas del abundante y rubicundo señor Colignon, especie de rebase _ex abundantia cordis_, Belarmino adivinaba una amable cualidad personal, o acaso cualidad de raza: la de admirar con alegría. ¡Cuán de otro linaje las risitas celadas y maliciosas del sastre Balmisa y demás tertuliantes del Círculo republicano; expresión ambigua de un corazón de secano y de un celebro oscurecido! Así pensaba el zapatero. Pero como compadecía y amaba, porque lo habían menester, a sus contertulios, asistía diariamente a ejercitarles en los procedimientos del discurso de doble fondo.

Ya que el señor Colignon terminó de sahumar el ambiente con aquel copioso rebase de optimismo, Belarmino quedó un punto en suspenso, temeroso de que su interlocutor solicitase por último el significado de la palabra bilateral aplicada al establecimiento de zapatería. Como filósofo catecúmeno, Belarmino empleaba algunos términos a los cuales daba valor místico, y cuyo contenido no hubiera acertado jamás a elucidar satisfactoriamente. Por fortuna, el señor Colignon olvidó llevar sus pesquisas hasta la bilateralidad de la zapatería. El francés y el español prosiguieron la cháchara, muy al mutuo sabor, hasta que se presentó Xuantipa. La zapatera consorte se dirigió al señor Colignon con extremada cortesía y miramiento. Estas civiles afectaciones no se producían en Xuantipa sino en coyunturas extraordinarias y con razón suficiente. La razón era que hacía tiempo el señor Colignon había prestado al matrimonio Pinto mil pesetas, sin recibo ni documento alguno comprobatorio, y la Pinta premeditaba sangrar nuevamente al sanguíneo y rubicundo confitero, y aliviarle de un regular chorro de pesetillas. El señor Colignon era muy rico. La gran casa en donde vivía y ejercía el comercio era de su propiedad. La había levantado con los rendimientos abundosísimos de la confitería, pastelería y chocolatería, y de una fábrica de achicoria que poseía en las afueras de la ciudad. En cambio, hasta los gatos de la calle sabían que la casa Pinto decaía, se empeñaba, estaba en un tris de desaparecer, debido a que Belarmino descuidaba sus intereses por mezclarse en politiquerías.

--¿Qué botas son éstas?--preguntó Xuantipa, indicando los miserables residuos que don Manolito había desechado a pretexto de que no le habían servido--. Parecen botas de un pobre de los caminos.

--Son unas botas de don Manolito Cuevas; para un arreglo.

--Pues no se las arregles si no las paga por adelantado; es un hambrón, que no tiene ni para sardinas--rezongó Xuantipa, recobrando su habitual rostro torvo, de Euménide--. ¿Cuántos pares te debe?

Belarmino no se acordaba con precisión. Lo mismo podían ser quince, que veinte, que veinticinco pares. Pero, ¿cómo se lo decía a la irritable Xuantipa, sin suscitar una escena ominosa, y en presencia del señor Colignon?

--Dos o tres pares--dijo, al fin, Belarmino.

--¿No sabes si son dos o tres?--preguntó Xuantipa, irguiéndose rápida y enderezando las sierpes de sus ojos hacia el anonadado Belarmino.

--Lo tengo apuntado.

--¿En dónde? A ver, a ver...--exigió Xuantipa, alargando el brazo amenazador.

--Mujer...--suplicó Belarmino.

--Xuantipa, cuando él lo dice.... Belarmino es un hombre verdadero--medió el señor Colignon.

--¿Ese un hombre verdadero? ¿Ese mastuerzo, ese babayo, un hombre verdadero? Lo habrá sido antes, de soltero. Ahora.... Un tontorontaina, un hazmerreír, un holgazán. Eso, eso es lo que es. Usted no le conoce, señor Coliñón.

--Esto que yo he deseado decir es que Belarmino habla verdad. Sea usted tranquila, Xuantipa; póngase usted tranquila.

--¡Tranquila, tranquila!... Si es para tocarse del queso. Esto se lo lleva la trampa, porque no hay un hombre aquí. ¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a ser de esa pobre neñina inocente? Porque yo, bien lo sabe Dios, perdono, hago como que no sé. Pero no me chupo el dedo.... ¡A mí me la va a dar ese babayo!...--rugió Xuantipa con voz ronca y ojos áridos y contraídos, que se esforzaban inútilmente en exprimir algunas lágrimas--. Pero se ha acabao, se ha acabao y se ha acabao. Se lo juro a usted por éstas--y, más que besar, chascó los labios, delgados y secos, sobre una cruz improvisada con el pulgar y el índice de la mano diestra--. Desde hoy mismo, tomo yo el gobierno de todo, y si éste no sirve para otra cosa, que haga las camas, y lave los orinales, y barra, y cocine, y que cante el himno de Riego mientras friega los platos.

--Pero, ¿es que sabe usted hacer calzado? Porque eso es lo principal--dijo sonriente el señor Colignon, procurando rebajar el diapasón dramático de la escena a un tono más cuoloquial y tranquilo.

Belarmino permanecía baja la testa, de precoz calvicie; un haz de luz venía al soslayo a clavarse en ella, como una espada en la cabeza de un mártir.

--Pues si yo supiera hacer calzado...--replicó Xuantipa--, estaba ya todo requeterresolvido y en un periquete. Pero, ya ve usté.... Cuando nos casamos, había aquí seis oficiales y oficialas, y no dábamos abasto a los encargos y pedidos. Un miserable aprendiz sóbranos hoy.

--Bueno, hace falta volver a lo de antes, y volverán ustedes--afirmó el optimista y rosáceo señor Colignon.

--¡Dios le oiga!--oró Xuantipa, adoptando una actitud devota convencional.

--Yo creo que usted debe intervenir algo en el negocio, Xuantipa: llevar la administración, hacer a los deudores que ellos paguen.... Usted sirve para eso, tanto como Belarmino creo que no sirve.

--¿Que si sirvo? Si éste me dijera de verdad quiénes son los que no pagan, le prometo a usted que, o pagan, o les saco el galillo.

--¿Qué es lo que tú opinas de mi plan, Belarmino?

--Bien, muy bien--elevando los ojos, con beatitud.

--A éste, todo lo que sea ahorrarse trabajo y molestias le sabe a gloria.

--Él hará lo que le pertenece--declaró convencido el señor Colignon--. Y ahora, ¡coraje y hacia adelante!

Un nuevo personaje penetró desde la calle. Era un vecino, sin duda, puesto que venía con cilíndrico gorrete de andar por casa, muy cochambroso por cierto; nariz minúscula y erisipelosa; antiparras cuadradas; color amarilla; boca circular, desdentada, negra, honda como una sima. Vestía levitín raquítico, rapado y camaleónico, por sus tornasoles; bufanda de Palencia, enroscada al pescuezo; estrechos pantalones a cuadros, con sendas prominencias en las rótulas. Calzábase con zapatillas de orillo. Sobre la oreja diestra, larga pluma de ave, color toronja; la bocamanga izquierda, revestida con una especie de malla o red de negras rayas, que no eran sino las huellas y rasgos de haber limpiado allí los puntos de la pluma. Emitía en la atmósfera un efluvio sombrío y pesimista, como si poseyese una zona de influencia nefasta. Era, por prestigio o metamorfosis, la encarnación humana de aquella ictérica casuca de la Rúa Ruera, en donde el pintor Lirio calculaba que no podía por menos de vivir un prestamista.

Así como los joviales espíritus diurnos se alejan con ruborosas alas apenas despunta por Oriente el íncubo nocharniego, el señor Colignon, desasosegado, aturdido y pálido por dentro, pues por fuera no se lo consentía su imposible rubicundez, se despidió y tomó la salida, no sin que Xuantipa le dijese al partir:

--Con su apoyo contamos, señor Coliñón, y Dios se lo premiará.

--Ajá, ajá. ¿El franchute apoya? De perlas, hijos, de perlas--comentó don Angel Bellido, que éste era el nombre, tan propio cuanto impropio, del prestamista.

--Sí, señor Bellido. ¿Sale usted del limbo? ¿Quién no sabe que el señor Coliñón es uña y carne con nosotros?

--Hija, tanto como uña y carne.... Que sea carne, que carne, gracias a Dios, no le falta, y que vosotros seáis la uña..., doyme por satisfecho--dijo don Ángel--. Pero, como quiera que yo todos los días tengo el gusto de hacervos una visitilla para refrescarvos la memoria, y vosotros nada me decíais ni me dejabais entrever.... Porque, acá, para inter nos, la cosa presentaba un cariz... que... ya, ya... ya me entendéis.--El señor Bellido era singularmente afecto a los puntos suspensivos. Todas sus sentencias dejaban un rumor silbante de cohete. El que le oía, quedábase anhelante, esperando el estallido de la nuez. Generalmente, los cohetes no llevaban nuez. Pero cuando estallaban, la bomba era de dinamita. Prosiguió el señor Bellido.--Porque el préstamo y los intereses acumulados ascienden....--Psss.... El cohete ascendía en el espacio. Silencio. Ansiedad.--Ascienden a diez mil pesetas. Constan en documento ejecutivo. Vos pudiera embargar en el acto y, por no perderlo todo, quedarme con estas cuatro porquerías que aquí tenéis, que no valen ni la mitad del débito.--Tal fué la bomba de dinamita que don Angel Bellido hizo estallar sobre la mansa cabeza de Belarmino y la frente arisca de Xuantipa.

Xuantipa, como más inconsciente, se dejó dominar por el espanto. Belarmino, con su intuición repentina de los sentimientos, comprendió lo que debía responder:

--Mala ocasión sería para embargarnos, ahora que no hay materiales en almacén ni apenas calzado en existencias.

--Quita allá, hombre de Dios--se apresuró a decir el señor Bellido--. ¿Pero es que yo he hablado de embargarte? He dicho que si quisiera.... Pero qué lejos está de mi ánimo.... Y más ahora que el señor Coliñón vos apoya....

--No es que nos apoye--declaró el sincero Belarmino.

--¿Ehhh...?--preguntó alarmadísimo el señor Bellido, estirando el pescuezo y asomando las pupilas por encima de las cuadradas antiparras.

--¿Cómo que no? ¿Pues no acabamos de hablar mano a mano y como Cristo nos enseña?--terció, sofocada, Xuantipa.

--Yo prefiero no mezclar a mi amigo, el señor Coliñón, en estos asuntos--dijo Belarmino.

--Te entiendo, picarín--gangueó el señor Bellido, retirando los ojuelos, uno de ellos con guiños de despedida, detrás de las vidrieras, y retrayendo el pescuezo a su longitud usual--. Tú no quieres que se difunda la noticia de que el franchute es tu socio capitalista, ¿eh? Pues, por mí.... Y para que te convenzas de que merezco tu confianza, voy a darte otra noticia. Un zapatero de fuera, zapatero de lujo, viene a establecerse en esta misma calle. Es un protegido de la duquesa de Somavia. Conque.... Ojo al Cristo, que es de plomo. Para competir, tendréis que apretar. Díselo al franchute. Que suelte mosca.

En esto que, con ágil y perfumado revoloteo de brisas primaverales, se hizo presente una dama. Llegar ella y escapar el prestamista, todo fué uno. No se dijera sino que la zapatería sólo tenía cubicación disponible para una persona de fuera. Cada recién llegado era el clavo que sacaba otro clavo.

La dama exhalaba melindrosos resoplidos y se agitaba de aquí acullá con gentileza enteramente adolescente. Vista por la espalda, era una figurilla breve, fina y graciosa. El anverso de la medalla no se correspondía con el dorso; pecho alisado con rasero; rostro acecinado y de ojos conspicuos; una faz del todo masculina.

--¡Uf, uf! ¡Qué hombre ése!--rompió a parlotear--. Qué aspecto de desenterrado. Si huele a camposanto.... No sé, Belarmino, como le admite usted aquí. Ha dejado un tufo.... Esta noche me da la pesadilla. ¡Ay! Si le veo no entro. Pero el otro me venía siguiendo. Y busqué en ustedes refugio, asilo, amparo. Cada día más atrevido. Es capaz de entrar en pos de mí. ¡Qué Anselmo, señor!... Pero a cada cual lo suyo; hay que reconocer que es guapo, simpático, buen mozo y elegante que no cabe más. Envía las camisas a planchar a Madrid. Ya me pasma que haya tardado tanto en pasar por la puerta. Me asomaré con disimulo a espiarle. Allí está. Se ha quedado en acecho a la puerta de la confitería. ¡Qué tenacidad! ¡Qué constancia! Y así cinco, seis años; he perdido la cuenta. Si yo le diera pie, nos casábamos en un decir amén. Pero no me atrevo, no me atrevo. El tálamo me impone. Y admito que una joven no debe estar soltera y sola. Hay lenguas como agujas de colchón. Pero el tálamo me impone, me impone. Venía volada por la calle, y él detrás, detrás. ¡Qué asiduidad! ¡Qué perseverancia! ¡Ay! Déjenme ustedes que repose y tome aliento.

Aquella criatura facunda y versátil, especie de andrógino reseco y sin incentivo, vivía en la Rúa Ruera, y se llamaba Felicita Quemada. Su tenaz y perseverante perseguidor, hombre un tanto machucho, como cuadraba con la dama, pasaba en Pilares por arbitro de las elegancias y ocupaba el lugar más distinguido en la política local. Era vicario del duque de Somavia, el cacique de la jurisdicción, que se pasaba la vida en Madrid. La vicaría o representación no se limitaba solamente a los asuntos de la política de campanario. La elegancia veníale a Novillo también por delegación o apoderamiento del aristócrata, viejo verde y currutaco. Novillo, en lo indumentario, constituía una réplica, algo rebajada, de su protector el duque, el cual le enviaba desde Madrid corbatas, cuellos postizos, calcetines y chalecos de fantasía semejantes a los suyos, aunque de clase inferior, y trajes, de paño catalán, imitados de los que él usaba, de paño inglés. Los amores de Novillo y la Quemada, o, como le decían en Pilares, la Consumida, habían llegado a ser a manera de rasgo típico o suceso rutinario y familiar en la vida de la calle y de la población entera. Databan los amores desde más de dos lustros; los habían iniciado estando los dos muy corridos en años, y no habían trascendido del estadio del más puro romanticismo, platonismo e inefabilidad. La Consumida jamás hablaba de otra cosa. Novillo jamás hablaba de ellos, y si se los mentaban, sentíase gravemente ofendido. Los vecinos de Rúa Ruera y de la ciudad tomaban por lo cómico aquellos amores, y a Novillo, acaso por su edad, quizás por su corpulencia, tal vez por satírica suspicacia, le sobrenombraban el Buey. Pero el amor mudo y constante de Anselmo y Felicita encerraba, bajo el aspecto ridículo, emoción patética. Aquella timidez invencible de Anselmo (él, tan osado en los manejos de la administración municipal y provincial y en las estratagemas electorales), ¿cómo podía explicarse sino por la fatalidad? ¿A qué podía atribuirse sino al sañudo antojo de la Némesis adversa? Buscábanse sin cesar Anselmo y Felicita, vivían el uno para el otro; pero la Némesis antojadiza había herido de mudez a Anselmo y colocado entre los dos, además de esta barrera de silencio, un ancho valladar infranqueable, aunque de aire delgado y transparente. La propincuidad máxima del objeto de su amor a que Anselmo aventuraba acercarse era una distancia de cinco metros, como si al llegar allí tropezase con un obstáculo cristalino e invisible. Ahora, que esta distancia la conservaba de continuo. No parecía sino que Felicita estaba encerrada en un fanal o gran campana de vidrio. Dentro de aquella prisión imperceptible para los ojos, Felicita se consumía lentamente; de fuera, Novillo se detenía estupefacto, sin apenas atreverse a mirar a la amada cautiva. Añádase, en honor de la verdad, que el tormento surtía contrapuestos efectos en Novillo que en Felicita, pues a Novillo no le robaba carnes, antes se las añadía. Y conste, por último, que la fidelidad de Novillo era absoluta; nadie le conocía otros galanteos, ni siquiera claudicaciones de amor mercenario, en una capital de provincia donde todo se sabe.

Sentóse Felicita, respiró fuerte, tomó aliento, pero no se reposó, sino que, tan pronto como había tocado el asiento, saltó en pie de nuevo, sacudida por aquel dinamismo fatídico que la tenía en los huesos, y tomando unos papelorios que llevaba debajo del brazo, los extendió sobre el mostrador.

